NOTA: A lo largo del capítulo puede que haya términos que desconozcan, algunos de los cuales no son tan obvios y otras cosas que fui investigando para la historia. Me adelanté a ese inconveniente y puse un glosario al final (para que sea más cómodo).
2. NECESITAMOS UNA VICTORIA
28 de abril, 1942. Moscú, República Socialista Federativa Soviética de Rusia, Unión Soviética.
Cuando a las siete de la tarde acabó su jornada de trabajo, el cielo despejado se teñía de distintos tonos de naranja, uno más intenso que el otro. Si no fuera porque, apenas unos meses atrás, fue testigo de cómo esa calma aparente era perturbada por el vuelo letal de los aviones de la Luftwaffe y las bombas que estallaban en la tierra, podría jurar que el firmamento era ajeno al teatro del horror que se desplegaba abajo.
A diferencia de muchos de sus desafortunados compatriotas, Yuri Plisetsky no conocía la guerra en carne propia. No obstante, su corazón era aún lo suficientemente fervoroso como para encogerse con cada noticia que llegaba del frente. Las malas eran el pan duro de cada día, y las buenas, se exhibían en los titulares de los periódicos por semanas. La más importante de ellas aún hacía eco en cada rincón de una Europa hostigada: los soviéticos habían conseguido alejar a los alemanes de las puertas de Moscú, de manera inesperada y milagrosa. Sin dudas, era motivo de celebración para aquellos que oraban por la liberación en el oeste; pero solo los moscovitas sabían lo muy errado que era atribuirle la victoria a un Dios inexistente. El mérito estaba en los soldados que perdieron la vida en las líneas de defensa que rodeaban la ciudad, en todos aquellos jóvenes estudiantes que dedicaron sus días a cavar trincheras en vez de ir a la escuela, o en los líderes supremos de la Unión, que decidieron no abandonar la ciudad a pesar de la catástrofe inminente.
Pero ni el más egoísta de los hombres podía ignorar el hecho de que gran parte del país, gran parte de su gente, todavía se desangraba bajo la despiadada mano negra del yugo nazi. El ánimo que había acompañado las briosas celebraciones del pasado 7 de noviembre, a las que Yuri acudió junto con algunos camaradas del Komsomol muy a pesar de las amenazas del enemigo, era ya algo lejano y olvidado. La defensa de Moscú estaba lejos de ser una victoria de la que presumir; y eso, sus habitantes parecían tenerlo muy presente, luego de cuatro largos meses de más fracasos.
Desde la Plaza Roja y el mismísimo Kremlin hasta el distrito Presnensky, donde Yuri pasaba la mayor parte de su vida, el aire denso olía a derrota. Un silencio tenso se ocupaba de llenar el espacio interpersonal de las ancianas que hacían fila frente a una tienda de comestibles o entre aquellos que esperaban el tranvía. Las malas noticias que llegaban todos los días a través de Krasnaya Svezdá y los anuncios matutinos de la radio, eran ciertamente motivo de conversación entre los ciudadanos de Moscú, pero nadie repreguntaba o pedía detalles.
Todos tenían un hermano, hijo, amigo o marido en el frente; y el dolor de la incertidumbre que cada uno llevaba consigo no se compartía con nadie.
Era difícil para Yuri ser consciente del desastre mientras su rutina permanecía casi intacta, en una ciudad que tan solo unos meses atrás, había estado al borde de correr la misma suerte que Leningrado, donde las personas morían de frío y hambre en sus casas, obligadas a confiar ciegamente en sus compatriotas armados. Para él, hacerlo era lo más natural del mundo. Era como confiar en su abuelo, y en el padre al que no había conocido, pero al que le debía su nombre y su carácter férreo, contra el que su madre tanto despotricaba. Pero su desilusión crecía cada vez más a medida que observaba cómo la gente de su ciudad pretendía ahogar su desconsuelo entregándose a la anomia y a la oración individual, frente a los íconos que muchos conservaban todavía en sus casas.
Yuri no podía concebir una mejor manera para hacer estallar en pedazos los cimientos del mundo que tanto costó construir a dos generaciones antes que la suya.
Sus pensamientos se dispersaron al momento de atravesar la puerta de su complejo de kommunalki. Al llegar al tercer piso, revisó instintivamente el buzón de correo que le correspondía a su familia. Estaba vacío. Caminó hasta el final del pasillo, respondiendo con un breve gesto a todos los vecinos que se aprestaban a saludarlo. El ocaso del día era el momento más animado; los adultos llegaban de trabajar, los niños regresaban de sus diversas actividades, y los ancianos se desplazaban a la cocina para preparar la cena e intercambiar noticias.
Como todos los días, comprobó con pesar, una vez más, que era el único hombre joven que quedaba allí. La tristeza, el miedo y la expectativa habitaban cada uno de los ambientes del piso, un lastre que más que nunca uniría los destinos de todos los vecinos hasta incluso después de finalizada la guerra.
—¡Ya estoy en casa! —anunció, apenas cerró la puerta detrás de él. En la relativa privacidad que le otorgaba su vivienda el bullicio no cesaba, pero se atenuaba notablemente.
Lo primero que oyó fue el zumbido de una radio encendida, que venía del fondo de la habitación. El aire estaba impregnado con el aroma de muchas cenas distintas que aguardaban en la cocina, situada al final del pasillo junto a su puerta. Mientras se detenía en la entrada para quitarse las botas húmedas, sintió que su estómago le reclamaba el plato caliente del día. En silencio, se despojó el abrigo que llevaba y lo colgó en el perchero, junto a la puerta.
Avanzó por la sala, arrastrando las medias gruesas por el piso de madera que crujía bajo sus pies. El apartamento era largo y estrecho; cercana a la entrada estaba la mesa, donde reposaban ya tres platos hondos de cerámica blanca sobre un pulcro mantel con flores bordadas. Junto al pequeño comedor, apenas había espacio para un sofá de tres cuerpos, una mesa baja de abedul, y una modesta biblioteca repleta de libros amontonados en posiciones imposibles, en un forzado intento por hacerlos encajar.
Al fondo, detrás de una cortina verde, se abría una sala apenas más amplia que hacía de dormitorio para los tres habitantes del apartamento. Estaba dividida en dos desde mucho antes del nacimiento de Yuri, para separar el dormitorio de una hija adulta del de su padre. Ante la imposibilidad de llevar a cabo un tercer compartimiento, el nieto adolescente se halló pronto en la incómoda situación de tener que elegir en qué lado instalar su cama.
—¿Abuelo? —llamó. De los dos miembros de su familia con los que compartía techo, el único que escuchaba la radio, desde la mañana a la noche, era el viejo Nikolai. Desde el inicio de la guerra, había desarrollado incluso el hábito incómodo de llevarla consigo al baño que compartían con otras doce familias.
—¡Buenas tardes, Yurotchka! —Nikolai salió de detrás de la cortina, desde la habitación que cohabitaba con su nieto. Lo recibió con los brazos abiertos, como cuando este era un chiquillo que regresaba de la escuela.
Con dieciocho años recién cumplidos, la estatura de Yuri superaba a la de su abuelo por una cabeza, pero no era ningún impedimento para que el anciano lo rodeara con los brazos y le revolviera los cabellos. Y el muchacho, sin desdeñar del abrazo, se limitaba a devolverle el gesto con una palmadita cariñosa en el hombro.
—Estás callado hoy, ¿cómo ha ido tu día? —cuestionó Nikolai, alejándose del chico para dirigirse a él de hombre a hombre—. Estás agotado, ¿no es así?
Yuri negó con la cabeza, por más que la misma le pesara de cansancio.
—¿Qué noticias nuevas llegaron?—respondió con impávido desánimo.
La respuesta tardó en llegar. Nikolai conocía muy bien el carácter del joven al que había criado. Tenía muy claro que una noticia desagradable podía despertar en él una furia tormentosa y repentina, como el proyectil de un mortero reventando contra la tierra. Pero también era consciente, de que Yuri ya no era el pequeño que se metía en la cama con él para huir del estrépito de los truenos en una noche lluviosa. La sinceridad los mantenía unidos desde que el joven se hizo lo suficientemente mayor como para aplicar al Komsomol.
—Nada demasiado relevante, pero ya sabes... —En su mirada estaba la respuesta. Aquel día, parecía no haber habido ninguna victoria, pero tampoco una derrota importante. Los acontecimientos seguían su curso, muy lejos de ser una situación estable y favorable para los rusos—. Nuestras tropas de Sebastopol se encuentran cada vez más lejos de un control efectivo sobre la ciudad. Se rehúsan a abandonarla pero... ¿hasta cuándo podrá durar su esfuerzo?
La inminente caída de aquella ciudad portuaria, a Yuri le dolía más de lo que cualquiera podía llegar a imaginar. Hasta un año antes de la invasión, solía pasar allí un mes cada verano, en la dacha en la que solía veranear la familia de Mila, su mejor amiga. El lugar era idílico e irreal. Para cuando ellos arribaban, a mediados o finales de junio, el clima cálido estaba ya instalado en la ciudad, convirtiéndola en un lugar propicio para descansar, pescar y nadar en las benevolentes aguas del Mar Negro. Pero en el verano de 1941, su viaje tuvo que ser cancelado tan solo tres días antes de concretarse, por la irrupción de los alemanes en la frontera del río Bug.
—Yo me pregunto... hasta cuándo tendré yo que esperar aquí —murmuró con amargura, tragándose las palabras más filosas, que su abuelo no merecía oír—. Con cada día que pasa es peor. Algo en mí me dice que no tengo que estar aquí, oyendo en las noticias cómo todos mueren o se retiran.
Como su más confiado cómplice, el mayor asintió con gravedad. Comprendía mejor que nadie las inquietudes que atravesaban el alma joven de su nieto, que se traducían en la necesidad apremiante de tomar el fusil para defender a su patria y, si era necesario, morir por ella. Le afligía pensar en aquel posible resultado, pero el entusiasmo de Yuri lo conmovía y llenaba de orgullo; podía darlo por bien aprendido.
—Traté de hablar con ella, pero se muestra cada vez más inflexible... —Su rostro cansado revelaba una pena enorme, producto de la desesperanza—. Ya sabes, ella solo... no quiere perderte. Así como debe aprender a comprenderte, tú debes comprenderla también a ella.
—¡Pero ya estoy cansado de esperar!
—Yuri, solo han pasado dos meses desde que alcanzaste la edad para...
—¡En dos meses pueden pasar tantas cosas, abuelo! ¡En poco más de dos meses, buena parte de nuestra nación fue ocupada por los nazis! —estalló, bien dispuesto a reiterar el discurso patriótico que le soltaba a todo el mundo, frente a un hombre que ya no necesitaba de exhortaciones de ningún tipo—. Yo no puedo quedarme aquí para siempre... lo sabes, mi madre lo sabe... No puedes impedirme luchar por la nación por la que tanto has dado, y a la que me has enseñado a amar con el mismo fervor que tú.
—No tienes que explicarme eso a mí, Yuri. —La mirada del hombre, que de repente se mostró severa, le heló la sangre dentro de su cuerpo. Bastó eso solo para saber que era momento de callar.
Nikolai, con su vida tan poco singular entre aquellos de su generación, estaba entre los máximos héroes de su nieto por el mero hecho de haber presenciado y contribuido al acontecimiento que el chico juzgaba como el más glorioso de la historia de la humanidad. Desde muy niño, incluso desde antes de pasar a formar parte de los Pequeños de Octubre, no se cansaba de escuchar el sinfín de anécdotas de la Revolución de Octubre y de la posterior guerra que su abuelo le relataba cuando lo sentaba cariñosamente en su regazo. Sin saber, se perdía en la trama épica de nombres que no conocía y lugares lejanos que ni siquiera podía ubicar en el mapa de su extensísimo país. A medida que pasaban los años, la censura impuesta por su abuelo se iba desvaneciendo, el relato se tornaba más crudo, y las acciones de Nikolai más heroicas.
Fue entonces, a los ocho años, que Yuri descubrió por fin los ideales por los que su abuelo tanto había luchado, y los motivos que lo llevaron a ser parte de los hombres que cambiaron el mundo.
En su juventud, Nikolai no fue más que un hijo de zapateros moscovitas devenido también en obrero de una fábrica de calzado, seducido por las promesas de un hombre ejemplar y la posibilidad de asegurarle, a partir de su lucha, un mundo mejor a su hija y al niño que ella misma traería al mundo algunos años más tarde. Sin embargo, desde la humilde perspectiva de Yuri, su abuelo merecía un importante lugar entre los sujetos de su admiración, allí junto al mismísimo Vladímir Lenin. No así su madre, que parecía cada vez más empecinada en renegar del altruismo y la inteligencia que su padre había intentado inculcarle con un sinnúmero de libros y lecciones.
Hacía ya rato que Svetlana Nikoláyevna Plisetskaya los observaba con los penetrantes ojos verdes que compartía con ambos. Tenía los brazos cruzados sobre su pecho menudo y no parecía muy feliz de ser excluida de lo que fuese que estuviese discutiendo su padre con su hijo. En los últimos años, la relación entre Svetlana y su padre se había tornado tensa, y en consecuencia, la crianza de Yuri acabó por convertirse en un campo de batalla implícito entre ambos adultos. El muchacho era consciente de ello, pero en nombre del respeto que aún sentía por su madre, decidió que jamás le diría en la cara que había perdido la guerra hacía tiempo.
—Yuri... no te oí llegar. —Hablaba arrastrando las palabras, consciente de que ya le era difícil engañar a Yuri, que si bien no había advertido su presencia, no podía tragarse aquella mentira—. ¿Quieres quitarte la camisa? He montado la plancha en mi habitación y quiero acabar antes de la cena.
Obedeció casi de inmediato. Se deshizo de los botones con descuido, para deslizar la camisa azul por sobre sus hombros y entregársela a su madre en un bollo desprolijo. Era consciente de que aquello era lo mínimo que podía hacer para mantenerla satisfecha, en un panorama en el cual no estaba dispuesto a dar el brazo a torcer para darle lo que ella en verdad quería.
—Ahí tienes —le espetó con brusquedad, mientras estiraba la camiseta interior blanca que llevaba debajo—. Procura no planchar el cuello hacia arriba.
Lejos de marcharse con lo que le había pedido, la mujer se quedó de pie, inmóvil, con el fardo de tela entre sus manos frágiles. Svetlana era aún joven y muy bonita y, a pesar de vestir de manera extremadamente sencilla, se las ingeniaba siempre para mantener su cabello rubio bien peinado y recogido en un rodete muy tirante detrás de su nuca. Su aspecto era la fachada perfecta para una vida interior opaca y desdeñada, abandonada a su suerte por una mujer que, habiendo podido ser otra, eligió la oscura e infinita senda de la dependencia emocional. Primero fue su padre, tan sobreprotector como cariñoso; le siguió otro hombre, un soldado diez años mayor que, en el otoño de 1923, pidió ser transferido a una división acuartelada en Vladivostok —el lugar donde había luchado durante la Guerra Civil—, dejando atrás a su mujer y al hijo que crecía en su interior.
Su único cable a tierra durante dieciocho largos años fue el pequeño Yuri, fruto de su vientre, el mismo que en ese momento la miraba con un rencor que tenía un origen tan lejano como lo eran sus primeros años de consciencia individual. Ella podía leer la amargura que despedían los ojos del hombre que pugnaba por crecer dentro de su niño, pero una y otra vez tomaba la decisión descarada de desoír las señales. Para ella, que por tanto tiempo pudo ingeniárselas para reprimir sus propios deseos olvidados, era más fácil intentar aplastar las aspiraciones del chico con su indiferencia revestida de inocencia mordaz.
—Madre, espera. —Yuri se apresuró a hablar cuando vio que Svetlana hacía un amague de darse la vuelta—. Antes de que te encierres en tu mundo, quiero hablar contigo.
—¿Conmigo? —Svetlana era una manipuladora nata, por más que sus ojos pétreos no encerraran otra cosa que a una mujer mediocre y asustada, que no tenía otra meta que asegurarse de que aquellos a los que decía amar, permanecieran siempre a su lado—. Lo que sea, puede esperar para la cena, cariño...
—¡No! —le cortó el hijo con una determinación imperiosa—. Porque luego, encontrarás otra cosa de la que hablar... monopolizarás la cena con desvaríos estúpidos sobre nuestra ropa sucia y mis sábanas revueltas, lo único que te ocupa durante todo el maldito día. —De repente, de su boca brotaba todo aquello que siempre deseaba echarle en cara, pero se guardaba a falta de una situación propicia. Sin embargo, no era aquel el motivo por el cual se estaba plantando frente a su madre. Puso todo su esfuerzo el calmar el ardor de su pecho y su lengua intrépida con un profundo suspiro—. Mamá, escucha, hay algo que debo decirte, que ya no deseo ocultarte.
Una risa seca escapó de los labios de Svetlana, que recostó su lateral contra la pared.
—¿Cuándo te has guardado algo dentro tuyo por tanto tiempo, Yuri? —dijo con una fresca sonrisa adornando su bonito rostro. Ella tenía una capacidad nata para arrojarse ciegamente al descrédito—. Nunca —respondió a su propia pregunta.
—Hace diez días solicité un permiso en la fábrica, para ausentarme por un tiempo —le explicó haciendo uso de la mayor calma que fue capaz de emplear—. Llegó hoy mismo, y no tardarán en conseguir un reemplazo. —Hizo una pausa larga, dándole tiempo de asimilar sus palabras—. Mañana mismo iré a al voenkomat y me uniré al Ejército Rojo.
Detrás de él, casi pudo oír una exclamación ahogada por parte de su abuelo, que tampoco estaba enterado de la más reciente de las noticias. Yuri le había confesado lo de la solicitud el mismo día en que la elevó a la dirección, y Nikolai no dudó un segundo en apoyar su decisión y elogiar su actitud ante el deber moral que aquello suponía. No obstante, Yuri podía entender si de repente sentía desasosiego cuando las cosas comenzaron a concretarse. En silencio, deseó con todas sus fuerzas que el anciano lo perdonara, mientras centraba su atención en su madre, que cual figura fantasmagórica, permanecía inmóvil en la misma posición, únicamente habiéndose llevado una mano a las sienes.
—Yuri Ivánovich, tú no... —Ella jamás utilizaba el nombre de su padre en él—. Tú no vas a ir a ningún lado... —Terminó por escupir las palabras para evitar ahogarlas en su garganta.
—Me voy a la guerra, madre. —Incluso para él era difícil oírse a sí mismo decirlo.
—Pero... no has terminado la escuela aún. Te quedan solo dos meses, un poco más y...
—¡Eso es demasiado tiempo! —estalló una vez más, incapaz de contener su rabia ante las amenazas pasivo-agresivas que le propinaba su madre—. Usaste una excusa similar el junio pasado, cuando nuestras tropas perdían posiciones vertiginosamente y yo seguía aquí, observando como mi mundo se caía a pedazos, como avanzaban sobre mi país sin que yo pudiera hacer mucho, al ser demasiado joven...
Recordaba aún la impotencia que lo había dominado entonces, a sus diecisiete años. Todos los muchachos de su escuela se marchaban apenas alcanzaban la mayoría de edad, algunos de ellos como voluntarios, y otros, reclutados en masa por los oficiales que visitaban las instituciones educativas. Los dirigentes más jóvenes del Komsomol no tardaron en ponerse a trabajar; organizaron una colecta de bienes y recursos para sus camaradas del frente, en la cual Yuri participó activamente desde el primer momento. También acudió voluntarioso a ayudar con la preparación de fosos antitanque, cuando la invasión de Moscú amenazaba con convertirse en una realidad catastrófica.
Dos meses habían pasado ya desde su cumpleaños, y él mismo comenzaba a preguntarse por qué no se encontraba ya en una trinchera, con un rifle en la mano. Sentía que su madre tenía que agradecerle, por haberle él brindado tan generoso período de gracia.
—Sabes que no puedo permanecer aquí para siempre. Tarde o temprano, seré reclutado para reemplazar a diez jóvenes que han muerto en el frente.
Esa era la más cruda de las realidades. Todas las madres que se despedían de sus hijos en la estación de trenes albergaban el deseo de verlos regresar victoriosos o, por lo menos, sanos y salvos. Pero mientras los vientos de la guerra siguieran arrasando las regiones más importantes de la vastísima nación, lo único que solo un pequeño número de familias obtendría, en el mejor de los casos, sería un ataúd cerrado y unas condolencias estandarizadas. Todos los demás, la gran mayoría de los soldados, quedarían sepultados dentro de sus trincheras en algún frente lejano, o enterrados con descuido en una fosa común, acompañados en su descanso eterno por otros cuerpos anónimos, muchos de ellos pertenecientes a los verdugos de su patria. Era difícil de aceptar, para una madre cariñosa, que su hijo sería uno más entre los muertos, que por cada Ivan Sidorenko o Lyudmila Pavlichenko habría diez mil hombres sin nombre ni gloria. Sin embargo, todas ellas conservaban la fe, volcando sus deseos en las cartas que enviaban al frente, como si a través de ellas pudieran pedir que se hicieran realidad.
Solo Svetlana parecía observar ya a su hijo como si de un fantasma se tratara.
—Si es necesario, te enviaré a Asia Central, a Siberia, con todos los evacuados de las ciudades ocupadas. —Hablaba con una decisión escalofriante, para alguien que no conoce la realidad en absoluto.
—Los evacuados son mujeres, niños y ancianos. No importa dónde me envíes, acabaré en el ejército por voluntad propia o ajena —rebatió su hijo.
—Entonces, te enviaré a la China.
—¡Pero si bien sabes que eso es imposible! —exclamó, furioso—. Por fin puedo decir, sin miedo a equivocarme, que has perdido la cabeza... —Muy atrás quedaba ya la compasión que alguna vez pudo haber sentido Yuri hacia una mujer sola, que decidió darle la oportunidad de nacer a pesar de las circunstancias adversas. Aquella razón, legítima e irrebatible, hacía tiempo que había quedado sepultada por los humillantes desplantes a los que lo sometía su madre.
Las palabras hirientes de Yuri parecían hacer mella en Svetlana que, sorprendida y horrorizada por la rabia efervescente que estas destilaban, se vio obligada a replegarse en sí misma y cuestionarse su posición. Después de tantos años, volvía a tomar consciencia de su propia vulnerabilidad ante la inminencia del abandono.
—No arrojaré a la basura los años que he invertido en evitar que te conviertas en... en tu padre. —Para cuando terminó de hablar, tenía el rostro contraído y acongojado. Se había acercado lo suficiente como para sujetar a su hijo del brazo con insistencia—. De haber sabido que las cosas acabarían de esta manera...
—Mi padre dio más por nuestra gente que tú, madre. —Yuri se sacudió el agarre de la mujer con esforzado desdén. A pesar de lo ajeno que le era ese hombre del cual ni siquiera conocía el apellido, en ese momento se sentía más cerca que nunca de su padre—. Dime, ¿también a él le rogaste de esta manera que ignorara su voluntad por mero capricho tuyo?
—¡Es que yo sabía que tú ya estabas conmigo! —estalló la mujer, componiendo una sonrisa forzada—. Y se lo dije, con la esperanza de que no partiera... y lo hizo. Solo me dijo que era libre de disponer de ti como quisiese, como si tu vida no tuviera valor alguno... Con cada día que pasa, me convenzo de que he tomado la decisión correcta pero...
—¡Sveta! —Nikolai, que se había retirado a la cocina para ir en busca de su olla de sopa, acudió justo a tiempo para socorrer a Yuri. Este no podía hacer otra cosa más que oír con horror como, una vez más, su madre convertía su vida miserable en el principal tema de discusión. Incluso para él, con carácter fuerte y conflictivo, era difícil no rendirse ante la frustración provocada por la capacidad de victimización de Svetlana—. Hoy no parece ser el mejor de tus días. Vete a descansar. Ya me ocuparé yo de servirle su sopa a Yurotchka.
Ante la atónita mirada de Svetlana, abuelo y nieto intercambiaron una mirada fugaz y cómplice. El padre escoltó a la hija fuera de la habitación, cuyo aire comenzaba a tornarse denso por la presencia incómoda de las tres personas tan distintas que compartían aquel engendro de apartamento. Yuri, por su parte, procuró quitarse las pesadas botas para descansar su cuerpo en una de las sillas.
Poco tiempo después de que la oscuridad se adueñara por completo del cielo, las pocas luces de la kommunalka quedaron apagadas; todos los ruidos que podían perturbar, se redujeron al sonido de las manecillas del reloj a cuerda, y a los murmullos ocasionales que se oían a través de la fina pared que conectaba con la vivienda vecina. La noche era el momento idóneo para las conversaciones privadas y los rezos silenciosos de las almas desconsoladas. Yuri sabía que su vecina, una anciana octogenaria, tenía dos nietos en Leningrado, y todas las noches rezaba por ellos al Dios milenario del que los muchachos renegaban. Su propia madre se entregaba también a los rezos cuando las situaciones de la vida cotidiana la desbordaban, y los dos hombres de la casa guardaban silencio: Yuri, porque nunca había conocido ningún dios, y Nikolai, porque había olvidado al suyo muchísimo tiempo atrás. Para él, la deidad máxima a la que su pueblo alguna vez había adorado era símbolo de un pasado humillante y opresivo, un pasado en el que el valor de las personas respondía a la nobleza que se adjudicaba su familia, o la capacidad que tenían de quedarse con el fruto del trabajo ajeno.
Los ojos inquietos de Yuri estaban fijos en la pared contraria, apenas iluminada por la luz tenue que despedía la lámpara que su abuelo utilizaba para leer. Sobre el viejo empapelado danzaban sombras oscuras y amorfas, que de niño lo asustaban hasta el punto de hacerlo saltar de su cama y meterse en la de Nikolai. Hacía tiempo ya que no le daban miedo. Menos aún aquella noche, en la que sus pensamientos le pertenecían a otros horrores.
Con sus dedos, acariciaba el abundante pelaje de Potya, su gato, que dormía plácidamente acurrucado en la cama junto a él. El animal era arisco con toda la familia excepto con Yuri, por quién cada atardecer abandonaba su cómodo lugar debajo de la cama.
—Moscú se está muriendo tan deprisa como Leningrado. Y ella, ella insiste en que la vida de un muchacho vale más que la dignidad de una nación entera.
Su voz se escuchó áspera, como si en un inicio se rehusara a hablar. Bastó, sin embargo, para que Nikolai depositara su libro en la mesa de noche y le dirigiera a su nieto una mirada atenta, por encima de los lentes de lectura.
—Te lo dije ya en la cena y no me cansaré de repetirlo, Yuri —respondió—. Has tomado la decisión correcta.
—Escogí el único camino que tengo, abuelo. Si fuera de otra manera, como quiere mi madre, sería un desertor incluso antes de ser soldado. Un traidor. —El desprecio impregnaba cada una de sus palabras, dejando escapar por fin el odio que sentía cada vez que veía a sus compañeros de escuela dejar la ciudad por la noche, para escapar lejos, a una región inhóspita que no hubiese sido aún tocada por la guerra.
—Tu madre tiene que aprender muchas cosas. Es como una niña, que cree que el mundo debe dejar de seguir su curso porque a ella le asusta —murmuró, apenas articulando las palabras. En su nieto, Nikolai volcaba todo aquello que no pudo arraigar en el espíritu frágil y roto de su hija—. No seas tan duro con ella; ponte en su lugar, aunque luego decidas seguir tu propio camino.
—Cree que me mueven mis caprichos, mi voluntad por alejarme de ella... maldición, si así fuera, ¡estaría en Vladivostok con mi padre!
Al ser consciente de sus palabras, Yuri calló de inmediato y apretó los labios. Nikolai guardó silencio ante tan incómoda declaración. En el fondo, sabía que Yuri era consciente del abandono voluntario y caprichoso del único hombre al que podía llamar padre, a pesar de no conocer su rostro.
—Él era un buen hombre... —susurró con calma—, pero la guerra fue demasiado para él. Cuando regresó, tardó pocos meses en descubrir que la vida que buscaba no estaba en Moscú.
—Pero él era soldado, y un comunista —respondió Yuri. Era incapaz de comprender cómo alguien que reuniera características tan heroicas podía desdeñar tan fácilmente de las pruebas que le imponía la vida. Si bien no guardaba rencor alguno contra aquella sombra de su pasado, no eran pocas las veces que se encontraba pensando en cómo hubiese sido tener un padre que se ocupara de acallar las objeciones pasivas que su madre constantemente arrojaba contra el sabio y viejo Nikolai.
En medio de la penumbra, a la que sus ojos ya se habían acostumbrado, vio cómo su abuelo enderezaba sus lentes.
—Era solo un hombre.
—También lo era Lenin —dijo Yuri. No parecía dispuesto a irse a dormir pronto, a pesar del cansancio crónico que cargaba en su cuerpo desde que había empezado a trabajar en la fábrica, hacía ya tres años. Un turno de seis horas, tras siete de escuela, podía conseguir que hasta el espíritu más enérgico se apagara. Con las obligaciones, se terminaron también las tardes de patinaje en la pista de hielo en el centro de Moscú, y se redujeron los días que podía acompañar a su amiga en sus prácticas de tiro. No tuvo que pasar demasiado tiempo para que la eterna vitalidad infantil acabara por desvanecerse.
—Él también lo fue, Yurotchka —respondió Nikolai—; él también se enfrentó a disyuntivas imposibles y dolorosas, también fue derrotado ante la muerte, a la que nadie nunca logró vencer de una vez y para siempre.
—Lo sé, pero...
—Los hombres pueden morir, pueden ser derrotados, e incluso desertar en su lealtad a una causa; por el motivo que sea —le explicó—. No debes pasar tu vida entera intentando emular a hombres ejemplares, sino forjar tu propio camino hacia aquello en lo que tú desees creer. Recuérdalo mañana, y más aún, recuérdalo cuando estés en el frente con un fusil en la mano y órdenes explícitas de matar a otros hombres.
Yuri agradecía cada porción de sabiduría que podía recibir de su abuelo. Recogía cada fragmento con entusiasmo, y los atesoraba en su inconsciente, como si fueran piezas que, por separado, parecían inconexas y poco congruentes, pero que serían de gran ayuda cuando se le presentara la situación de juntarlas.
—Yo quiero expulsar a las tropas de Hitler de nuestra tierra. Solo eso.
El sencillo fervor de su tono de voz escondía a la perfección la segunda intención, no menos ansiada, de lograr que su abuelo pudiera sentirse orgulloso de él. Más allá de todas las distinciones con las que solía soñar, todos los puestos que deseaba alcanzar en la empinada escalera hacia el Politburó, estaba ese objetivo último.
—Eso es a lo primero que todo hombre debe aspirar, en los tiempos que corren —finalizó Nikolai. Hizo ademán de volver a tomar el libro que reposaba en su mesa de noche, una señal para que su nieto se tumbara en la cama y cerrara los ojos—. Pero ahora debes descansar.
—Mañana será otro día, entonces —murmuró Yuri, con los labios pegados a su vieja almohada de plumas y los dedos enroscados en el suave pelaje blanco de su mascota. El gato lo había acompañado la mitad de su vida; era el as que Nikolai tenía bajo la manga para conseguir que se quedara en su cama cuando el cielo se estremecía por los truenos.
En algún lugar de la Unión, un abuelo podía estar intentando distraer a su nieto de las bombas que hacían reventar el firmamento.
—Un día muy importante —ratificó Nikolai—. Ya duérmete, Yurochtka —dijo con dulzura, como si fuera ya consciente de que esa podía ser la última vez que tuviera la oportunidad de dirigirse a su nieto como si fuera el niño que solía cargar en brazos.
Cuando Yuri cerró los ojos y relajó su mente excitada, dio lugar a que la guerra y la muerte, que muy a pesar de las circunstancias le habían resultado lejanas hasta el momento, se inmiscuyeran en su consciencia como un horizonte cercano.
La fila entera, vista desde lejos, recorría un largo trecho de la extensa cuadra, desconociendo a los transeúntes silenciosos que intentaban abrirse camino entre tal multitud de chicos y, en muy menor medida, chicas que esperaban completar su alistamiento. A medida que se acercaba, alcanzó a ver las expresiones de todos aquellos jóvenes, algunos de los cuales no debían llegar siquiera a los dieciocho años. En sus rostros se evidenciaba entusiasmo, pasión, esperanza y determinación. Algunos permanecían firmes y en silencio, mientras que otros, organizados en pequeños grupos, charlaban incansablemente sobre trivialidades.
No era para nada inaudito que, en la ciudad de Moscú, tantos jóvenes voluntariosos se apresuraran a ofrecer sus almas al Ejército Rojo; y la cantidad se había duplicado una vez que las tropas nazis fueron expulsadas de las cercanías la ciudad, en enero. Las razones para tal repentina adhesión eran múltiples: amor a la patria, deseo de venganza, miedo al reclutamiento forzado que recaía en todos los varones a partir de cierta edad y, por supuesto, la necesidad netamente juvenil de probarse a sí mismos. Yuri guardaba un cierto rencor contra el último grupo, al que lo movían motivos egoístas y falsos, pero sabía también que la Unión no estaba en condiciones de rechazar a ningún recluta. Hasta el más inútil de los soldados podía significar la diferencia entre la vida y la muerte a la hora de detener a un tanque, o desactivar una mina terrestre.
Avanzó con aire altanero para colocarse al final de la fila. Sobre su inmaculada camisa blanca, llevaba con orgullo el distintivo que lo diferenciaba de gran parte de todos aquellos chicos como miembro de pleno derecho del Komsomol. No era más que una pequeña insignia con la forma de una bandera roja y la cara de Lenin encima de ella, pero todos los que la portaban le tenían un profundo cariño. Era el símbolo mismo de la libertad.
Antes de que pudiera hallar un lugar adecuado para esperar, oyó que gritaban su nombre. Era una voz que conocía de sobra, del patio del colegio y las reuniones de la organización.
La joven pelirroja se encontraba en la mitad de la fila, y agitaba con ímpetu el brazo izquierdo para llamar la atención de Yuri. Verla le causó una grata sorpresa, que jamás reconocería abiertamente frente a ella. Mila Babicheva era de las personas que no olvidaban fácilmente las muestras de afecto descuidado que lograba obtener de la persona arisca que era su mejor amigo.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Yuri cuando la tuvo lo suficientemente cerca como para no tener que verse obligado a sostener una conversación entre gritos.
—¿No lo sabes, camarada Plisetsky? —Exhibía una sonrisa enorme, poco acorde con la situación entera—. Mira a tu alrededor, y dime qué ves.
—¿Acaso estás tomándome el pelo? —Empezaba a mostrarse furioso, a pesar de saber que lo de Mila era solo un juego—. Sí, tienes que estar bromeando. No tienes ningún tipo de entrenamiento para ser enfermera, y mucho menos doctora. Si crees que puedes recibir un curso de corta duración y ya, estás...
Como respuesta, recibió un duro golpe en el hombro que le hizo soltar una exclamación. Mila no estaba interesada en reprimir aquellos gestos bruscos que, a pesar de poder llegar a costarle una llamada de atención por parte de su madre, le habían ganado un lugar irremplazable entre sus compañeros de tiro y los muchachos del Komsomol.
—¡Por supuesto que no! —exclamó—. Sabes que mi único talento es el rifle...
—Tú no...
—Yuri, ¡la Stavka ha emitido un comunicado en el que acepta a las mujeres! —reveló por fin, con los enormes ojos azules rebosantes de emoción—. ¡Por fin podemos mostrar nuestro valor como combatientes, luchando codo a codo con ustedes!
—Ya era hora de que eso sucediera —dijo Yuri, expresando su sorpresa en la lentitud con la que pronunció sus palabras—. El frente no deja de sufrir bajas todos los días; necesita refuerzos constantes... sin importar qué mano dispare el fusil. —A medida que hablaba, sin mostrarse demasiado convencido, cobraba consciencia de que la mirada de su amiga exhibía un dejo de decepción, como si hubiese estado esperando otro tipo de reacción de su parte.
Sabía lo mucho que Mila había estado esperando por ese momento, incluso desde antes de comenzar a considerarlo una opción. Hasta la fecha, solo unas pocas mujeres conseguían destacar en el frente como soldados. Eran casos aislados y muy excepcionales, entre las que Babicheva no hubiese tardado en figurar aún si las cosas no cambiaban para todas. Con tan solo veintiún años, la intrépida muchacha era miembro del Komsomol y la mejor de la clase de mujeres en la academia de tiro a la que asistía desde los quince. Llevaba su carácter aguerrido en la sangre. Su padre, Viktor Babichev, era general en el NKVD, y tan solo unos meses atrás había recibido de manos del mismísimo Stalin la máxima distinción estatal, Héroe de la Unión Soviética, por haber contribuido de forma ejemplar a mantener el orden en una ciudad amenazada por la Wehrmacht.
Mila era la única mujer entre los hijos del señor Babichev y su esposa Galina, la tercera de cuatro hermanos. El mayor, Volodia, era marino y se encontraba en Sebastopol. Borís, piloto de la fuerza aérea, cumplía su deber en Leningrado; y el menor, Ilyushenka, con tan solo quince años, soñaba con seguir los pasos de su padre en tan prestigiosa institución.
Por lo menos dentro de su familia, Mila no tenía competencia a la hora de colocar sus balas en el blanco deseado. Ella misma era el producto perfecto y esperable de una familia de militares orgullosamente bolcheviques.
Una media sonrisa iluminó el rostro de Yuri al ser testigo de la felicidad de su amiga, que relucía en sus ojos como una antorcha inmortal a pesar de la decepción inicial. La conocía demasiado bien como para saber que ella sola resultaba más valiosa para un ejército que una docena de muchachitos mediocres. Confiaba en ella. Por eso mismo, alzó el brazo e hizo ademán de estrechar su mano en un gesto de profundo respeto. La muchacha devolvió el saludo, pero antes de soltarlo, apretó su mano con fuerza y lo jaló hacia su cuerpo para envolverlo con sus brazos.
—Te extrañé mucho, Yura —confesó, contra la camisa que cubría el hombro del chico—. Asumo que las cartas que envié se perdieron por culpa del cerco... Es una pena, porque escribí tantas, ni te imaginas.
A juzgar por su voz, parecía profundamente apenada por tan predecible inconveniente, pero Yuri no dejó pasar una oportunidad de bromear para neutralizar el dramatismo intencional que Mila le imprimía a cada situación.
—¿Debo agradecer eso? —dijo, soltando una risa corta—. Sabes que no puedo leer todas las cartas, mucho trabajo... —Se removió algo incómodo entre los fuertes brazos de la joven, hasta que se vio obligada a dejarlo ir y separarse de él para dirigirle una mirada cómplice.
—¡Cuéntame! ¿Qué ha sido de tu vida en tu nuevo trabajo? —la sonrisa volvía a hacerse presente en su rostro agraciado; de repente se encontraba muy deseosa de ponerse al día con Yuri, a quién no había podido ver por seis largos meses.
Tras el cerco fallido de la ciudad, Mila abandonó temporalmente sus estudios en la universidad para ser enviada por sus superiores de la escuela de tiro, junto a los mejores de sus compañeros, a una aldea en las afueras de Moscú, para aprender a matar hombres. El plan era entrenar a jóvenes tiradores, especialmente mujeres que no habían sido enviadas al frente, para convertirlos en partisanos, emulando aquellos movimientos surgidos en las zonas ocupadas. Pero muy pronto la prioridad puesta en la defensa de la capital se esfumó en favor de la urgente necesidad de enviar refuerzos al frente occidental.
—No, no —respondió Yuri—. Quiero saber... ¿qué dijeron tus padres sobre... ya sabes... esto? —cuestionó con entusiasmo renovado.
A Mila la pregunta pareció hacerle gracia, porque escondió una risa en un sutil gesto de sus labios.
—Mi madre se opuso, como suele hacerlo con cada una de mis decisiones —dijo con una calma que apenas parecía apaciguar la tormenta contenida en su mirada.
—¿Qué fue lo que te dijo?
—Tu pregunta debería ser... qué fue lo que no me dijo. —Soltó un suspiro pesado, dispuesta a escupir una larga lista de argumentos frágiles—. Que no aceptaría que su niña la abandonara; que podía comprenderlo de mis hermanos, que por algo le salieron varones, pero yo... ¡Ni siquiera parecieron importarle mis aptitudes!
—¡Pero eso es cosa de madres! —la tranquilizó Yuri—. Mi madre también...
—No es lo mismo para ti, Yuri. Tú eres un chico —se apresuró a responder Mila—. A ti, tarde o temprano te reclutarán contra la voluntad de tu madre, pero en nuestro caso, la defensa de algo tan preciado como la libertad de nuestro pueblo, parece estar reducido a una opción. Y no es una opción, es una obligación —sentenció—. Desearía poder pedirle a Stalin... que me permita armar a todos los chicos y chicas mayores de quince años, enseñarles a disparar un fusil, artillería antiaérea... que se les permita a todos defender lo que es suyo —acotó con dureza y decisión.
Ella también sentía un deprecio indescriptible por los cobardes y los traidores, a pesar de no haber aún experimentado en carne propia el verdadero horror del frente, ni conocer aún aquella fuerza oscura y macabra de la guerra que obligaba a jóvenes fuertes y voluntariosos a desertar.
—Es una idea excelente, pero... Mila, alguien tiene que quedarse en la retaguardia, asegurándose de que todo funcione correctamente, que la Unión siga existiendo, que los recursos lleguen al frente... —Era lo que les reiteraba el capataz de la fábrica a los pocos que quedaban, en su mayoría mujeres, ancianos y adolescentes menores de edad.
Unos años atrás, él habría secundado el plan extremo de Mila con el doble de entusiasmo; habría considerado una excelente idea volcar ciegamente todos los recursos de los que disponían contra los nazis, sin atenerse a la efectividad real del plan. Pero los años en la fábrica le enseñaron muchas cosas, como el simple hecho de que los recursos eran limitados y que la guerra ofensiva era la mejor manera de destruirlos.
—Bueno, sí... eso es lo que me dijo mi padre, a pesar de haber defendido mi postura frente a mi madre.
—Él mismo se ha probado más útil en Moscú que en el frente —dijo Yuri.
—Sí —reconoció Mila, con la cabeza gacha—. Pero yo soy inútil aquí. Pregunté a mi madre qué sentido tenía haber sido entrenada como francotiradora, si no podía usar mis habilidades para servir, ¿y quieres saber lo que ella me dijo?
—Dime —Yuri empezaba ya a perderse en aquella fiel reconstrucción de la cena familiar de la noche anterior en casa de su amiga.
—Que no iba a encontrar la gloria que buscaba en la guerra, sino en un buen marido y unos hijos adorables, tal como le sucedió a ella —le respondió con la voz distorsionada por la rabia que se amontonaba en la garganta—. No me malinterpretes, Yuri —agregó de inmediato. Tenía la mirada fija en un horizonte lejano, y los labios curvados en una tenue sonrisa—. A mí, me gustaría casarme con el hombre adecuado cuando sea el momento, también tener unos cuantos hijos, pero, ¿qué clase de alma egoísta podría pensar en traer niños a un mundo tan hostil y turbulento?
—Tendrás que esperar al fin de la guerra, que cada vez parece más lejano. Entonces, deberás elegir entre los pocos varones que hayan quedado. —El tono de Yuri estaba impregnado de un sarcasmo mordaz, la única postura que podía parecer permitirse ante la cruel perspectiva de la muerte de tantos hombres jóvenes, tantos futuros esposos y padres de familia. La guerra, no conforme con destruir familias ya establecidas, avanzaba sin piedad sobre aquellas que aguardaban por concretarse.
La fila avanzaba lentamente, pero con una constancia casi cronometrada. Cada vez que Yuri y Mila veían que el grupo que los precedía daba un paso hacia delante, ellos los imitaban con rapidez, para luego retomar fácilmente la conversación que los entretenía apenas en una mañana tan gris como aquella.
—De verdad, deseo no tener que hacer eso.
De repente, el rostro de la chica se mostraba compungido, producto de los pensamientos horrendos que surcaban su cabeza. Yuri se debatió entre proceder a consolarla, e ignorar su dolor pasajero. Al sentirse incapaz de lidiar con las emociones ajenas, eligió la segunda opción.
—Mira, ya casi estamos adentro —anunció, rompiendo con la atmósfera densa que, de un momento a otro, se había apoderado del espacio que los separaba.
Por el rabillo del ojo, Yuri pudo notar como su amiga juntaba sus manos con fuerza sobre el pecho, frotándolas constantemente con afán inquieto. A pesar de ser una muchacha esbelta y fuerte a resultas de sus arduos entrenamientos, era imposible desterrar de su cuerpo el aspecto delicado que había acompañado a la escolar enfermiza que solía ser. Desde su primer encuentro con Yuri, hacía ya cinco años, que se quejaba incansablemente de haber heredado la fragilidad física de su madre, contingencia que logró revertir unos años después, cuando sus prácticas de tiro se convirtieron en mucho más que un simple pasatiempo.
Mila era la mujer más fuerte que había tenido la oportunidad de conocer, y no dudaba jamás en llamarla su mejor amiga, en considerarla su igual en la dignidad a la que ambos aspiraban como fieles ciudadanos soviéticos. No obstante, los ojos de la chica mostraban, de repente, la tristeza compartida por todas aquellas jóvenes que veían a sus enamorados partir hacia el frente.
—¿Estás bien? —se atrevió a preguntar Yuri tras un silencio interrumpido por los molestos murmullos de los desconocidos que los rodeaban.
—Sí, sí —se apresuró a responder, sacudiendo levemente las cortas hebras pelirrojas que le caían sobre la frente con aire desprolijo—. Solo... me distraje un instante.
—Eso está bien... a todos puede sucedernos —murmuró Yuri. No deseaba ahondar demasiado en los sentimientos que anidaban en el corazón de su amiga. El cariño que sentía por ella se materializaba en sus largas charlas sobre política, cine y obras de ballet. Ninguno de los dos había intentado jamás traspasar barreras más íntimas, por el mero hecho de que jamás se sintieron necesitados de hacerlo.
Guardaron silencio mientras esperaban a que el joven que aguardaba delante de ellos completara su registro en la oficina. Su turno llegó muy pronto, y Yuri tuvo que insistir a Mila que entrara antes que él, al haber sido la primera en llegar. Parecía haberse puesto nerviosa de repente, cuando se quitó el sombrero apresuradamente para depositarlo en las manos de Yuri hasta que volviera a salir al exterior. El joven, apenas capaz de disimular su admiración, esbozó una sonrisa escondida cuando su amiga le dio la espalda.
—¿Es tu novia? —cuestionó sin tapujos el chico que esperaba atrás.
—No —respondió Yuri, dándose la vuelta con las manos bien hundidas en los bolsillos de su abrigo—, es mi amiga.
—¿Y qué esperas? —le soltó con la sorpresa reflejada en los ojos oscuros—. Es muy bonita.
Yuri veía con malos ojos que una persona repleta de cualidades admirables acabara siendo reducida vilmente a su belleza.
—Ella es fuerte; y eso es todo lo que importa —respondió, con intención de terminar la conversación allí—. Una belleza que solo puede alardear de eso, jamás hará una buena camarada.
Ingresó al edificio, estrujando distraídamente el gorro de Mila entre sus manos. A pesar de la trémula luz que iluminaba el pasillo, lo primero que llamó su atención fueron las paredes, tapizadas con afiches que Yuri había visto ya cientos de veces en la escuela, en el local moscovita del Komsomol, en el metro o en clubes deportivos. "¡Defendamos Moscú!" "¡La Patria te llama!" "¿Cómo estás ayudando tú al frente?" "Komsomolets, ¡sea un héroe de la Gran Guerra Patria!"
"Jóvenes hombres y mujeres, defiendan la libertad, la Patria y el honor que sus padres han ganado".
Por más que cada una de aquellas imágenes enardeciera su odio y resentimiento hacia los invasores, no necesitaba de exhortaciones para lanzarse a la lucha. El trabajo de la propaganda estaba dirigido a nadie más que a los cobardes, a los hijos ingratos de la patria.
El recibidor de la planta baja recordaba un poco al de la única dacha que Yuri conocía. A pesar del polvo que se acumulaba en los zócalos y el crujido infernal que emitía el piso con cada paso que daba, no se le hizo difícil imaginar que aquel lugar podría haber albergado una reunión de aristócratas tan solo treinta años atrás. En lugar de las majestuosas alfombras y el samovar que se aparecían en su mente al fantasear con aquel escenario, la sala estaba casi vacía, a excepción de un banco arrimado a la pared y dos escritorios ocupados cada uno por un voenkom, comisarios encargados del alistamiento.
Yuri se aproximó al que estaba libre, y el comisario tuvo solo que lanzarle una mirada de reojo para entregarle el sencillo formulario y una pluma. Se dispuso a llenarlo, mientras permitía a su atención desviarse hacia aquel que atendía a su amiga.
—¿Osas desoír las órdenes del Estado Mayor, del camarada Stalin? —preguntó ella con una calma desafiante. De reojo, Yuri pudo observar cómo su cuerpo estaba demasiado inclinado sobre el escritorio, con los puños cerrados y apoyados sobre la superficie.
—Mi trabajo consiste en recibir órdenes, señorita —respondió el hombre con una ironía monótona—, y me es inevitable preguntarme si a usted la tarea no le queda demasiado grande.
La pluma de Yuri se detuvo en seco en medio de una palabra, dejando una mancha de tinta que atravesó el delgado fajo de papeles sobre el que escribía. Llenaba los espacios vacíos con una urgencia ansiosa, ignorando el hecho de que su cursiva desprolija acabaría convirtiéndose en el dolor de cabeza del pobre oficial que recibiera el documento. No podía evitarlo si tenía su atención puesta en Mila.
—No dudó de ello con ninguno de mis compañeros, camarada comisario —replicó, elevando su tono considerablemente. En lugar de acobardarla, sentir el rechazo por parte del comisario la hizo henchirse de un orgullo que había forjado, con tozudez y perseverancia, durante los largos meses de invierno que duró su entrenamiento. Del bolsillo de su abrigo, sacó un papel y lo desdobló con cuidado para posarlo pulcramente sobre la mesa—. No pensé tener que llegar a esto, pero soy francotiradora certificada —declaró, sonriente.
Con desconfianza, el hombre cogió el papel y lo escudriñó con el desdén furioso de quién ha perdido la partida. Le bastó un largo e incómodo silencio para volver a dejarlo sobre la mesa.
—No serás la primera, ni la última mujer en el frente —expresó con cautela—, pero para mí es imposible no preocuparme por el futuro de esta nación. Con las mujeres también muriendo en el frente, ¿quién se encargará de criar a los niños que queden atrás?
El silencio tenso que siguió a la pregunta, se vio interrumpido por un bufido irónico que escapó de labios de Yuri.
—Todos los días llegan noticias atroces del frente, camarada. Los nazis no se detienen ni siquiera cuando sus víctimas son ancianos y niños. —Mila hablaba desde la sensibilidad intrínseca que el mundo en el que vivían asignaba a las muchachas jóvenes, pero con el ineludible elemento de crudeza que la guerra lograba por introducir en el lenguaje cotidiano de millones de personas bajo asedio—. En el frente ya han muerto millones de valientes; si no tomamos las armas nosotras también, pronto no habrá ningún niño al que criar.
—Me queda claro, pero...
Apenas acabó con el formulario, Yuri dejó la pluma a un lado y limpió sus dedos con el mismo pañuelo que usaban todos los que pasaban por allí. En el momento en que entregó los papeles, sintió por fin la necesidad apremiante de darse la vuelta e intervenir.
—Impedir que alguien luche por su Patria debería ser un crimen —sostuvo, con la furia impregnando cada una de sus palabras—. Habiendo en nuestro ejército tantos soldados que no saben siquiera hablar en ruso, ¿no es una orgullosa komsomolka la mejor de las opciones?
Cansado de intentar discutir, y despojado de sus endebles armas discursivas, el comisario terminó por entregarle un formulario a Mila e indicar a Yuri que se dirigiera a una habitación al final del pasillo para una rápida prueba física. Afuera esperaban cientos de jóvenes que debían ser atendidos, y no podían permitirse semejante demora.
El cuarto era pequeño y sin ventanas, sofocante para todo aquel que llegara del exterior. Allí, un médico con planilla en mano se ocupó de realizar un rápido informe de sus antecedentes médicos, su estatura, el estado de sus músculos, dientes y visión.
—Felicidades, eres un chico muy sano —le dijo casi con sorpresa, mientras observaba con cuidado los resultados en la planilla—. ¿Qué tal te llevas con el alcohol?
Era una pregunta difícil de eludir para la mayoría de los jóvenes.
—No del todo mal. —Se encogió de hombros—. Pero no tengo permitido embriagarme en días laborables —dijo con los labios apretados y la mirada solemne.
—Serás un alivio para los oficiales —respondió el médico con una sonrisa.
—No deseo causar molestia alguna, señor —declaró. Yuri era el dolor de cabeza de su madre, así como de muchos de sus profesores y compañeros de clase, pero con los años acabó por forjar una férrea disciplina para aquello que consideraba importante—. Yo solo quiero luchar.
Su sinceridad pareció resucitar la nostalgia de la juventud en los cálidos ojos grises del anciano. Los tiempos que corrían hacían que cualquier padre pudiese ver, en la persona de un joven desconocido, a un hijo que se encontraba lejos o que tal vez ya había perdido.
—Pelea bien y regresa —le pidió, tomándose la libertad de apoyar su mano, arrugada pero firme, sobre el hombro del muchacho—. Cuando acabe la guerra, iniciará una nueva lucha igual de ardua para volver a la vida. Nuestro país necesitará de muchos jóvenes voluntariosos como tú que aseguren el futuro de todos.
—Gracias. —El resto de las palabras se le ahogaron en la garganta, sofocadas por su repentina turbación.
Pero bastó una sola para sellar aquella promesa silenciosa. No podía prometerle al hombre que sus seres queridos regresarían del campo de batalla. No los conocía. En el fondo, ni siquiera él tenía la certeza de regresar. La guerra era aún una realidad ajena a él, a pesar de que insistiera constantemente en tenerla presente. Faltaba todavía recorrer un trecho para encontrarse cara a cara con la muerte.
—¡Camarada Plisetsky!
La llamada de atención por parte del comisario lo sacó de su breve ensoñación, justo cuando se disponía a salir al exterior para esperar a Mila. Giró su cuerpo apenas, lo suficiente para llegar a ver al hombre por encima del hombro.
—Recibirás una citación formal dentro de pocos días. Perteneces al Ejército Rojo ahora; si no acudes al llamado, se te juzgará como desertor —puntualizó, repitiendo aquello que debía recordarles a todos.
Yuri solo asintió, firme y decidido. Llevó su mano extendida a su sien, ofreciendo su mejor versión del saludo militar.
—No tan rápido, niñato —se burló el otro, mientras ponía a punto los formularios para los nuevos muchachos que entraban a la oficina—. No serás un soldado hasta que cojas un fusil en el campo de batalla.
—Me temo que no falta mucho para eso, camarada comisario.
GLOSARIO Y ACLARACIONES BREVES (si tienen alguna duda sobre procesos o personajes históricos mencionados, no duden en consultarme; estaré feliz de comentarles sobre ellos. Por obvias razones doy mucho por sentado, pero sé que no todos tienen por qué saberlo):
*Luftwaffe: Fuerza aérea del ejército del Tercer Reich (Wehrmacht).
*Komsomol: Organización juvenil del Partido Comunista de la Unión Soviética (el rango de edad es de 14 a 28 años). Los miembros masculinos se llaman komsomolets (singular) y los femeninos komsomolka.
*Distrito Presnensky: En la época en la que se desarrolla la historia, fue un distrito industrial y contenía en su mayoría residencias para la clase obrera.
*Kommunalki (plural de kommunalka): Apartamento comunitario en el que varias familias comparten un piso. A cada una le corresponde una habitación y comparten la cocina y el baño. Eran muy comunes en las ciudades grandes durante la época soviética, y hoy en día lo siguen siendo en Rusia para las familias obreras. Solían ser casas de familias adineradas que, luego de la revolución, fueron divididas para que en lugar de una familia pudieran vivir varias y si bien hoy en día se paga un alquiler, en aquella época, tener un trabajo en la ciudad les daba automáticamente el derecho a una habitación.
*Pequeños de Octubre: Organización del Partido Comunista para niños de entr años. Al cumplir 9, solían integrarse en la Organización de Pioneros Vladímir Lenin, que incluía niños y adolescentes de entre 10 y 15 años. Yuri pasó por todo el proceso.
*Krasnaya Svezdá (Estrella Roja): Periódico oficial del Ejército Rojo.
*Leningrado: Nombre soviético de la actual San Petersburgo (desde 1924 hasta 1991). Durante gran parte de la Gran Guerra Patria, estuvo bajo asedio hasta ser liberada. Nunca cayó, pero el cerco de unos tres años fue brutal y muchos civiles murieron de hambre adentro.
*Voenkomat: Abreviación rusa para "comisariado militar", una agencia local que se ocupaba de todos los asuntos de reclutamiento y movilización militar.
*NKVD: Abreviación rusa para "Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos". Como su nombre indica, se encargaba de asuntos de seguridad interna (funciones policiales, transporte, bomberos, guardia fronteriza). En la Segunda Guerra Mundial, hubo incluso algunas divisiones de la NKVD en el frente. En la época en la que se desarrolla el fic, su jefe fue el georgiano Lavrenti Beria.
*Dacha: Eran casas de campo que pertenecían en principio a la nobleza del período zarista, pero tras la revolución y el posterior proceso de burocratización del poder, eran parte de las atribuciones de los miembros más altos de la estructura burocrática del Partido.
*Stavka: Así se conocía al Estado Mayor de las fuerzas armadas de la Unión Soviética. Durante la Gran Guerra Patria. Un día después de la invasión, fue puesto bajo control directo de Iósif Stalin (Secretario General del Partido Comunista –puesto que tenía la preeminencia de facto en las estructura política de la URSS- entre 1922 y su muerte en 1952).
¡Hola! Primero que nada, lamento mucho la demora de dos meses. Aquí estoy peleando mi propia batalla contra un cuatrimestre particularmente complicado y los exámenes de noviembre :c
Espero que les haya gustado este capítulo introductorio de Yuri y Mila. Como ven (y como dije en las notas), la historia empieza unos meses antes de la batalla porque me gusta situar a cada personaje en su contexto, y a la misma época también.
¿Qué les parecieron este Yuri y esta Mila? En lo personal, amo hacerlos así; sobretodo a Mila defendiendo un derecho recientemente adquirido :D Sí, como ella menciona por ahí, las mujeres oficialmente fueron admitidas como combatientes en 1942 y en la época SOLO el Ejército Rojo lo permitía. Luego, personal médico y de comunicaciones femenino hubo en todos los países, pero la Unión Soviética tuvo esa particularidad. Antes de esta fecha, hubo muy pocas mujeres que combatieron, entre ellas una francotiradora ucraniana muy conocida que fue Lyudmila Pavlinchenko, pero lo suyo fue excepcional. Recién se abrió la primera Escuela Central de Entrenamiento de Francotiradores femeninos en 1943 (poquito después del fin de este fic), y de ahí salieron varias. Sin embargo, como dije arriba, desde 1942 las mujeres podían alistarse como voluntarias.
En el capítulo anterior olvidé decirles que en Karagandá no está lleno de alemanes porque está ocupada, NO, los alemanes nazis nunca llegaron hasta ahí. Ellos son los Alemanes del Volga, que vivieron en la cuenca del Volga por siglos (desde el período del imperio), pero que al comenzar la invasión nazi, fueron deportados a Kazajistán y para esa época el 70% de la población de Karagandá eran alemanes del Volga.
En dos semanas termina mi ola de exámenes así que espero poder dedicarle más tiempo a esto. ¡Hasta el próximo capítulo!
