NOTA: Las dos historias paralelas, transcurren en meses distintos. Puse la fecha exacta al inicio de cada una para que se siga mejor el hilo por separado. Esta situación va a regularizarse cuando ambas tramas se encuentren dentro de un par de capítulos.
3. EN MARCHA
21 de mayo, 1942. Moscú, RSFSR, Unión Soviética.
Cientos de voces se perdían en el bullicio incesante de la estación de ferrocarril, que tantas despedidas había presenciado ya en los últimos meses. Las órdenes de los oficiales y los encargados del tren sobrevolaban la atmósfera densa, desoyendo los murmullos íntimos y los llantos silenciosos que se intercambiaban las familias.
Svetlana Nikoláyevna repartía una cantidad poco discreta de besos sobre las mejillas y la frente de su hijo. No parecía preocuparle demasiado que sus lágrimas saladas dibujaran surcos húmedos en la piel blanca del muchacho, que se limitaba a aguardar en silencio, permitiendo por primera vez en mucho tiempo que su madre descargara sus penas en él.
—Mi niño... mi pequeño Yurochka... —Sus murmullos no eran más que un lamento sin sentido, derrotados en su intento por hacer que Yuri renunciara a su voluntad.
Las dos semanas de espera se les habían escurrido a ambos entre los dedos. Yuri, demasiado impaciente a la espera de su llamado, se precipitaba todas las mañanas a recoger el correo y saltaba de la silla cada vez que alguien de afuera llegaba preguntando por su familia. Su desilusión crecía con cada día, mientras que su madre, sumida en una muda resignación, lo observaba con el dolor enredado en las entrañas.
El día en que por fin llegó un aviso a nombre de Yuri Ivánovich Plisetsky, madre e hijo habían logrado establecer entre ellos una tregua no pactada. No sin amargura, ella consiguió aceptar que el destino de su hijo era unirse a los millones de muchachos jóvenes movilizados por su nación; y Yuri, muy a regañadientes, optó por dejar de lado su actitud combativa hasta que llegara su momento de partir.
Era ese el motivo por el cual permitía a Svetlana besarlo como a un niño y enterrar sus dedos cariñosos en sus cabellos rubios y lacios. Aún los llevaba lo suficientemente largos como para permitir tales caricias.
Detrás de su hija, Nikolai observaba la escena en silencio. Cargaba con el modesto equipaje de su nieto, que consistía únicamente de una vieja maleta de cuero donde llevaba sus pertenencias más elementales. Escondía sus ganas de abrazarlo detrás de una sonrisa apacible, demasiado consciente de que la escena que presenciaban sus ojos no debía ser perturbada por nada del mundo.
—Escucha, Yuri. —Svetlana se separó finalmente del chico. Tenía los ojos verdes hinchados por el llanto y la nariz enrojecida. Estrujaba contra su rostro un pañuelo blanco, ya muy arrugado y humedecido—. Prométeme que regresarás conmigo, con tu madre... —le pidió. Su voz se quebró y las lágrimas volvieron a amenazar por desbordarla, pero su hijo logró contenerla posando sus manos sobre sus hombros frágiles.
—No puedo prometerte eso... —dijo apenas en un susurro, rogando porque el viento se llevara sus palabras.
Le siguió un silencio sepulcral, en el que Yuri temió por el impacto de sus palabras, y Svetlana se limitó a observarlo con cautela.
—Tengo algo para darte, si tu partida es inevitable...
—Lo es, madre —respondió Yuri con firmeza.
La mujer se guardó sus palabras. Sus manos nerviosas se inmiscuyeron en los bolsillos internos del abrigo ligero que llevaba sobre el vestido, para extraer un objeto que Yuri no pudo reconocer al instante, al estar este cubierto por su puño cerrado.
—Por lo que más quieras, no me lo rechaces... —suplicó, con los ojos llorosos perdidos en los de su hijo, idénticos y fervorosos—. Ven, acércate.
Cuando su madre alzó la mano, la cadena se escurrió entre sus dedos y Yuri pudo ver de qué se trataba su regalo. Era una cruz de plata muy discreta, la misma que ella siempre llevaba encima, oculta entre sus vestidos y su pecho. A pesar de que su inicial reacción fue contener la respiración en un acto de sorpresa, Yuri se quedó quieto mientras Svetlana colocaba el símbolo en torno a su cuello. En el camino, el pequeño objeto de plata chocó deliberadamente con la insignia del Komsomol que tan orgullosamente portaba en su pecho. Entonces volvió a ponerse tenso.
—¿Qué se supone que haga con ella? —preguntó, desviando la mirada hacia el suelo de cemento.
—No es necesario que reces —respondió, acomodando los cabellos del chico con cariño—, pues yo lo haré por ti.
—La ayuda de tu dios me es irrelevante —declaró el joven. Sus dedos se dirigieron a la cruz para presionarla con fuerza. Era la primera vez que vestía una, y se sentía tan pesada... Buscó la mirada de Nikolai, en un silencioso pedido de ayuda; pero el anciano solo asintió con rectitud.
«Hazlo por ella. Solo por ella —parecía querer decirle.»
—Si no crees que Dios pueda ayudarte, está bien —dijo entonces Svetlana—. Considérala entonces como mi último regalo.
—No tengo objeciones para eso.
Los últimos besos de su madre, uno en cada mejilla, fueron tan vehementes que casi le dolieron. Les siguió un abrazo fuerte, al que él correspondió con un cariño del que se sentía incapaz de profesarle a ella. Luego, la mujer se apartó un paso, e inconscientemente Yuri llevó sus manos hacia el nuevo amuleto que había recibido, deshizo el primer botón de su camisa, y metió la cruz por debajo de la tela. No sabía rezar, nunca nadie le había enseñado; sin embargo, sí tenía inculcada la buena costumbre de no rechazar jamás un regalo hecho desde el amor y la buena voluntad.
Cuando Svetlana lo soltó, Nikolai se acercó cauteloso para entregarle la maleta. Él también tenía un regalo para darle. Le tendió una bolsa de tela bien cerrada con una cuerda; y Yuri supo al instante qué era lo que contenía.
—Sé lo mucho que te gustan —explicó el anciano con una sonrisa—, y mucho me temo que será lo último decente que comerás en mucho tiempo. —Yuri sabía que hablaba desde su dura experiencia en el frío frente del Extremo Oriente, hacía ya más de veinte años.
Deshizo la cuerda que sujetaba la bolsa y asomó la nariz por el orificio para deleitarse con el aroma delicioso de una docena de pirozhki, su aperitivo favorito.
—Por lo menos, tendrás combustible para el viaje... ¿te han dicho dónde te enviarán? —preguntó, revistiendo sus palabras con un falso entusiasmo, en un esforzado intento por aligerar la tensión que pesaba sobre la estación entera.
Yuri parecía ya haberse entregado a sus emociones. El sutil aroma de los pirozhki, la especialidad autoproclamada de su abuelo Nikolai, lo catapultaron súbitamente a su primera infancia. Era inevitable. Dejó caer la maleta en el suelo y ahogó un sollozo en el hombro ajeno cuando lo rodeó fuertemente con su brazo libre. Su abrazo fue correspondido al instante, permitiéndole relajarse y descargar, por primera vez, la angustia de la incertidumbre.
—Voy a extrañarte —farfulló, con los labios pegados al suéter de lana que llevaba el mayor.
—Te esperaré en casa, Yurochka... Durante todo el tiempo que sea necesario para ganar esta guerra.
Al escucharlo, comprendió al instante que, así como la honorable generación de su abuelo se había hecho con la victoria una vez, la de él debía recoger su legado para volver a poner en orden aquel mundo nuevamente perturbado. El deber le pesaba, pero en lugar de oprimirlo y torturarlo, le daba sentido a los primeros pasos que debía de emprender en su vida. Nikolai comprendía aquello tan bien como él, por lo que el hecho de que fuesen a extrañarse como nunca antes no podía borrar su pasión fervorosa por algo que los trascendía ambos; que los trascendía a todos.
Una vez estuvo seguro de haber logrado recuperar la compostura, Yuri se deshizo con cautela del agarre de su abuelo y le dirigió una mirada seria.
—Me los acabaré todos en el trayecto —declaró, señalando la bolsa cerrada—; y la próxima vez que coma uno, será contigo... y con mi madre... aquí en Moscú.
Según su razonamiento algo infantil, nada podía interponerse entre él y su objetivo. Ni los nazis, ni una bomba, ni siquiera la brutal escasez de harina y carne que, desde la invasión, azotaba las tiendas urbanas.
—Es un trato —dijo el anciano, aprovechando el momento para admirar la sonrisa de Yuri, que con el tiempo se volvía cada vez menos frecuente, y por ende más radiante y preciosa—. Ahora, vete; nadie esperará por ti si te quedas atrás. —Le lanzó una mirada severa.
—Sí, abuelo —acordó. Recogió la maleta del suelo, torciendo la boca al descubrir cuán pesada estaba.
Ni bien se hubo dado la vuelta, oyó el llamado de su madre.
—¡Yuri! ¡No olvides escribir!
—¡Te dije ayer que lo haré! —respondió con un grito. Tan larga despedida había acabado por sofocarlo hasta el punto de hacerlo rozar lo grosero, como cuando transitaba los años más espinosos de la adolescencia. Sin embargo, esa era su última promesa, que muy bien habría de cumplir.
A partir de ese momento, se encontró solo de cara al tren inmóvil y la multitud de personas que pululaban a su alrededor para asegurarse de que su equipaje fuera cargado en el vagón. Una sensación de inquietud anidó en su pecho mientras observaba a todas aquellas almas enfrentadas al desarraigo. Sentía aún la mirada de su única familia clavada en su espalda, pero luchó con éxito por suprimir el impulso que le obligaba a mirar atrás.
Esa era la mejor y única forma de decir adiós.
Tragó saliva y avanzó con decisión. Dentro suyo intentaba ocultar los miedos que comenzaban a aflorar de golpe, como si hubiesen estado esperando por ese momento, agazapados. No fue hasta que entregó su maleta que fue consciente del sabor a sangre dentro de su boca, producto de haber estado mordiendo la cara interna de su mejilla con tanta fuerza.
Estaba solo, sin nadie con quién compartir siquiera una mirada cómplice. A Mila la habían convocado tan solo cuatro días después de alistarse, para ser despachada directamente al frente. En su última carta, con fecha del 9 de mayo, le comunicó las noticias: la enviaban a la ciudad de Járkov en un osado intento por devolverla a manos soviéticas. Con el júbilo presente en cada una de sus letras, le informó también que había sido integrada en la 13° División de Guardias Fusileros comandada por el coronel Aleksandr Rodímtsev.
Yuri la envidió por una semana entera, hasta que el turno le llegó a él. Pero su arriesgada aventura distaba mucho de iniciar. Primero era menester que consiguiera dominar un rango decente de armas, aprendiera técnicas de supervivencia, y se curtiera lo suficiente para dejar atrás su condición de civil y convertirse en alguien digno de ser llamado soldado.
2 de abril, 1942. Taskent, República Socialista Soviética de Uzbekistán, Unión Soviética.
Pese al alivio que sintió cuando vio el primer rayo de luz matutino colarse por la estrecha ventanilla del vagón, Otabek no movió ninguno de sus músculos agarrotados. El traqueteo constante del tren permanecía en la memoria de sus huesos cansados incluso cuando el gigante a vapor se detenía en alguna estación de un pueblo perdido en el corazón de la estepa. Para él, era imposible deducir qué momento del día era, menos aún en dónde estaban. La incertidumbre era un mal crónico del pastor ingenuo que juega a ser soldado.
Pero aquella mañana era diferente. Había contado dos días enteros desde su partida de Alma-Ata; dos días que cuadraban bien con las palabras del oficial ferroviario. Taskent estaba por fin ante ellos.
Alia dormía profundamente, con la cabeza sobre su regazo y el cuerpo aovillado. Temió despertarla de su merecido descanso, tras días enteros de no haber podido pegar ojo por más de dos horas seguidas. Pero su arribo inminente a la estación pareció ser motivo suficiente para sacudirla por el hombro con cautela. La chica se removió bruscamente y no tardó en incorporarse de un salto. Tenía el rostro adormecido y sus cabellos desprolijos apuntando en direcciones distintas, pero sus ojos oscuros no tardaron en tornarse severos.
—¿Qué te pasa? —le espetó con voz ronca y amedrentadora, con la mano alzada instintivamente preparada para propinarle un puñetazo.
—Creo que ya estamos por llegar —respondió su hermano, sin hacer demasiada gala de su certidumbre.
—¿Crees?
Cada una de las paradas parecía ser igual a la anterior. Siempre el mismo frío, la misma estepa pelada, y el viento indomable azotando sus abrigos maltrechos. De vez en cuando, alguna que otra montaña lejana se asomaba en el horizonte, para desaparecer poco después. A pesar de que solo habían estado en marcha unos siete días —contando las paradas inexplicablemente largas y su corta estadía de tres días en Alma-Ata—, a los dos les era difícil creer que aquel viaje tenía un destino final.
—Hoy es el amanecer del segundo día.
Otabek se puso de pie con dificultad, intentando mantener el equilibro sobre aquella superficie en constante movimiento. Aún le costaba acostumbrarse a la molesta sensación de no tener los pies bien afirmados sobre la tierra. Sin embargo, al ponerse de puntillas junto a la ventana, fue incapaz de atisbar un indicio de que la ciudad estaba cerca. Los rodeaba la misma llanura de siempre, con sus matorrales azarosos y el polvo que se arremolinaba en forma de nubes a la altura del suelo.
—¡Esto es Taskent! ¡Estoy seguro de ello, camarada! —le gritó un joven desde una de las esquinas del vagón.
Él se volteó con cautela. Era la primera vez que reparaba directamente en aquel joven. Era uno de los tantos que viajaban acurrucados en aquel vagón, pensado originalmente para transportar la producción de una región a otra. Tenía la piel morena tostada por el sol, nariz redonda y cejas espesas. Por su sonrisa tan grande y su rostro lampiño, parecía aparentar menos edad de la real.
—¿Cómo puedes estarlo? Si es todo lo mismo... —Otabek ocultó su desilusión detrás de la indiferencia.
—¡Yo soy de Taskent! —respondió con vehemente entusiasmo. Al hablar, no tenía que esforzarse demasiado en alzar la voz por encima del incesante ruido de la máquina.
—Ya veo... gracias.
No encontró otra respuesta para darle. Para él, tres palabras eran suficientes. Notó que Alia había aprovechado aquella breve interrupción para despabilarse y quitarse el abrigo; esperaba ya sentada contra la pared del vagón, a la espera del escueto desayuno que les servían a los reclutas. Había conseguido alistarse como voluntaria en Alma-Ata, pero nadie allí supo especificarle qué tipo de tareas tendría permitido desempeñar.
—Hace años que no piso Taskent... —comenzó el joven moreno, dejando escapar un suspiro profundo—, pero ya no queda nadie de mi familia allí.
Alia decidió ignorarlo, pero Otabek, a pesar de que ya tenía sus pensamientos puestos en otras preocupaciones, no dudó en dirigirle un gesto de cortesía: una mirada acompañada de unas palabras sencillas.
—¿Por qué?
Al instante se reprendió a sí mismo. Necesitó solo pensar en cuál sería su propia respuesta para juzgar la pregunta como la más inapropiada. Apartó la mirada, sin esforzarse demasiado por parecer interesado.
—Mi familia entera tuvo que abandonar la ciudad hace doce o trece años para trabajar en un sovjoz cerca de Dzhambul —explicó con una apacible sonrisa en los labios, tan característica de aquellas personas que decidían reñir poco con las situaciones de la vida—. Nunca pensé que volvería a mi ciudad natal para convertirme en un soldado... jamás estuvo en mis planes, pero fueron esas las órdenes para todos los hombres adultos del sovjoz. ¡Tampoco pensé que acabaría en la misma división que mis compañeros de la brigada de trabajo!
Esta vez, Otabek se guardó de hacer preguntas para saciar su curiosidad, aunque las dudas empezaran a hacerse presentes en su cabeza. No le pareció oportuno preguntar qué era un sovjoz, o el motivo exacto por el cual tuvo que dejar su ciudad. Se sentía un extraño en aquel mundo que le era tan familiar a todos aquellos con los que conversaba.
—Tus compañeros, ¿también son de Taskent? —preguntó.
—No, todos no —se apresuró a responder el chico—. Algunos son kazajos, otros rusos... las órdenes siempre se dan en ruso. Allí, aquí y en todos lados.
La variedad de contextos en los que había vivido aquel muchacho parecía haberlo convertido en un orgulloso políglota. Otabek no pudo evitar sentir una mezcla de envidia y admiración.
—¿Tú sabes ruso?
Era una inquietud que venía carcomiendo su cabeza durante todo el trayecto. Además de su idioma natal, él solo conocía el de los uigures, que le resultaría completamente inútil en la Unión Soviética.
—¡Claro! ¡Nos lo enseñan en la escuela! —exclamó el chico, lanzándole una mirada de extrañeza—. ¿A qué clase de escuela fuiste tú?
Otabek bajó la mirada y soltó un profundo suspiro.
—No fui a la escuela —respondió, un poco avergonzado. Por primera vez sintió que la sequedad de su garganta le pasaba factura de la peor manera.
—¿Qué? ¡Pero si hasta los campesinos recibimos la educación adecuada! —se alarmó el otro, abriendo muy grandes los ojo sredondos color avellana—. ¿Por qué ustedes no...?
Pudo notar que en sus ojos se encendía la llama de la curiosidad, tan difícil de omitir como de sofocar.
—Mi hermana y yo somos pastores. Jamás echamos raíces en la tierra. —Habló con voz queda, como si su pasado fuera el más preciado de los secretos.
—Pude deducirlo porque tus ropas son... no se parecen a las nuestras. —El joven vestía una camisa y unos pantalones sencillos, igual que los rusos y alemanes que se habían encontrado en las minas de Karagandá y la plaza de Alma-Ata—. Pero... —La perplejidad no daba indicios de abandonar el rostro del joven.
El estruendo del altavoz interrumpió la conversación. Todos los presentes en el vagón guardaron silencio, callándose atropelladamente entre ellos con sonidos enfadados. La voz del oficial apenas podía oírse a través del aparato, que emitía un sonido sucio y entrecortado. Otabek solo fue capaz de oír el nombre de la ciudad, Taskent, porque el comunicado estaba en ruso.
—Ya hemos llegado —vociferó uno de los compañeros de brigada del joven uzbeko.
Fue en ese momento que el tren se detuvo, y un oficial agitado apareció por la puerta para ordenarles que descendieran a la estación. Antes de ponerse de pie, el chico moreno se acercó a Otabek y le tendió una mano, callosa y ennegrecida por la tierra acumulada de años en el mismo oficio de agricultor.
—Por cierto, soy Farid.
Otabek no dudó un segundo en estrechar su mano con seguridad. Si algo había aprendido de tanto observar a su padre durante su niñez, era la importancia de estrechar con fuerza la mano de otro hombre al momento de presentarse o cerrar tratos.
—Otabek; ella es mi hermana, Alia. —Hizo un ademán a dónde estaba la chica, que se ocupaba de sacudir su abrigo en silencio.
—Un placer conocerlos, y saber que seremos camaradas —dijo Farid con una sonrisa—. Otabek, Alia. —Cuando la miró, la aludida apartó la mirada con decisión.
Desde el andén de la estación de Taskent aún podía atisbarse la llanura desértica que habían surcado para llegar hasta allí. Pero una vez dentro, el panorama cambiaba radicalmente. El edificio era grande, similar en tamaño a las estaciones de Alma-Ata y Karagandá. La muchedumbre se movía de un lado a otro como un enjambre, ofreciendo un espectáculo variopinto en el que se mezclaban vestidos y túnicas coloridas con camisas y pantalones corrientes. No era extraño ver mujeres cubiertas de la coronilla a los pies, así como tampoco lo eran aquellas que apenas se distinguían de los hombres por sus trenzas largas, siempre sujetas detrás de la nuca.
La estación era el punto de encuentro entre mundos opuestos y enfrentados desde el momento mismo de su colisión: era la antigua tradición de aquellas tierras milenarias, contra la modernidad extranjera que había irrumpido de forma convulsa para desterrarla para siempre de su propio rincón del mundo.
Como si de una sombra fiel se tratara, Farid no tardó en alcanzarlos. Caminaba junto a dos muchachos de su brigada de trabajo, pero su curiosidad parecía haberse quedado prendado de aquellos misteriosos pastores de la estepa.
«Si tan solo supiera —pensaba Otabek— que somos más ordinarios de lo que cree».
El joven sovjóznik se detuvo cuando, frente a sus ojos, se reveló una primera imagen de la ciudad. A través del arco gigantesco de la entrada principal a la estación, el paisaje urbano derrochaba opulencia y majestuosidad, al menos desde la percepción ingenua de Alia y Otabek. Contra el cielo despejado se perfilaban numerosos edificios, tanto modernos como antiguos, conectados por una densa red de avenidas y calles; a lo lejos, podía incluso atisbarse algún que otro autobús o tranvía.
—Vaya... la ciudad ha cambiado un poco desde la última vez que la visité —comenzó Farid, quitándose de un manotazo la doppa que llevaba en la cabeza. Ya empezaba a evidenciarse el clima seco y caluroso que a principios del mes de abril se instalaba en las desérticas estepas sureñas—. En Dzhambul dicen que por la guerra, han trasladado aquí muchas de las industrias de Rusia, así como a los refugiados de las ciudades ocupadas. —Detrás de su hablar entusiasta, Otabek pudo percibir la intachable huella del orgullo que sentía por la capacidad productiva de su nación—. Mira, si la memoria no me falla, el Cuartel General está a poco de aquí, a metros de la plaza.
Eso captó la atención de Alia, que caminaba junto a Otabek en el más discreto silencio.
—Espero que allí por fin puedan aceptarme —musitó con los labios bien apretados.
—¡Lo harán! Una camarada del sovjóz que sabía usar un rifle gracias a su padre, fue aceptada junto conmigo. —Se apartó un incómodo mechón de cabello de la frente y le lanzó una mirada intrépida a la joven—. No te preocupes por eso, Alia.
—Yo no sé cómo usar un rifle.
—Tampoco yo, ni tu hermano. Los meses de entrenamiento antes de enviarte al frente tienen un propósito —respondió—. Además, Gulnara puede ayudarte con eso. Es una buena chica.
Alia tenía la mirada perdida en el horizonte. Era cierto que su hermano, al que tanto admiraba, tampoco sabía usar armas de fuego, pero para él era distinto. Sobre sus hombros pesaba el deber de alistarse, el deber de aprender, mientras que ella podía ser descartada por no poseer ningún talento.
El silencio los envolvió a los tres una vez más, pero no fue eterno. Farid tomó la palabra de nuevo, ansioso por saber más de aquellos misteriosos desconocidos.
—Ustedes dos, sí que son extraños —declaró, como si aquella conclusión fuese el producto directo de las arduas reflexiones que cargaba en su cabeza—. ¿No van a decirme su lugar de procedencia?
Los labios de Otabek dejaron escapar un suspiro hastiado. Para responder a la pregunta, sencilla en apariencia, precisaba internarse en las profundidades de su memoria, bucear entre un mar de recuerdos fragmentarios de su infancia y juventud. Ni siquiera le alcanzaban los dedos de las manos para contar en cuántos lugares había vivido. Tampoco encontraba las palabras exactas para nombrarlos. Para orientarse, no se servían de otro mapa que del cielo estrellado, los picos de las montañas y los lagos. Pero sobre todo, escarbar en su memoria era algo demasiado doloroso como para hacerlo sin prudencia.
—De donde venga cada uno de nosotros no tiene importancia si todos iremos a parar al mismo sitio.
Mintió. Mintió descaradamente y cómo nunca antes lo había hecho. Casi pudo sentir la mirada gélida de su hermana aguijoneando su consciencia, pero de parte de Farid, solo obtuvo una sonrisa franca.
17 de abril, 1942. RSS de Uzbekistán, Unión Soviética.
Los primeros días en el Cuartel General de Taskent transcurrieron con una lentitud tortuosa y desesperante. Al principio, recibir su primer uniforme fue un motivo de celebración. La gimnastiorka y los pantalones verduscos le sentaban de maravilla, y eran un cómodo relevo de las ropas andrajosas y sucias que llevaba desde marzo. Pero a ninguno le resultó sencillo adaptarse a vivir con el cuerpo adolorido y las inevitables magulladuras que se ganaban, como medallas de guerra, en los arduos entrenamientos físicos. Todas las noches, Otabek encontraba dificultades para tumbarse en el camastro del barracón de manera que su cuerpo maltrecho no doliera demasiado.
Por la mañana, y hasta las primeras horas de la tarde, tocaban los ejercicios más fuertes en el patio del enorme edificio, bajo la tiránica supervisión del teniente Sokolov. A veces se movilizaban hasta las afueras de la ciudad, para realizar la rutina allí donde no había manera de escapar del sol ardiente; y cuando este empezaba a esconderse en el horizonte, tocaban las clases de ruso. Nadie parecía demasiado interesado en enseñarles a escribir; lo único importante era aprender a seguir órdenes. Sin embargo, por las noches, antes de dormir, Farid se ocupaba de enseñarle a Otabek todo lo que sabía, desde el lenguaje más cotidiano del sovjóz hasta las palabras que usó para cortejar a una joven.
A Alia la veía muy poco, debido a la estricta segregación que el cuartel militar imponía a hombres y mujeres. Aparte de su hermana, había dos muchachas más: Gulnara, la compañera de Farid, y Zoya, una joven enfermera de origen ruso. Por lo poco que Otabek sabía, y para su gran sorpresa, Alia se llevaba mejor con Zoya y decía detestar a Gulnara. Cuando le preguntó la razón, ella simplemente se encogió de hombros y le ofreció una respuesta genérica. Sin embargo, él sabía la razón que subyacía a todos esos gestos incómodos: Zoya era la única que no suponía una competencia para ella.
Fue en uno de aquellos días fatídicos que el teniente Sokolov los reunió en un campo de las afueras de la ciudad. Era un hombre recto, casi calvo y de hombros anchos, que cojeaba notablemente con su pierna derecha. Ese era, tal vez, el motivo por el cual se dedicaba a entrenar jóvenes inexpertos en lugar de estar en el frente.
—¡Camaradas! —inició, logrando que su potente vozarrón alcanzara hasta el último de los oídos indefensos—. Ha llegado el día de probarse a ustedes mismos en lo que, permítanme decirlo, de verdad importa en el campo de batalla. Hoy dispararán un fusil por primera vez.
Otabek tenía que hacer un esfuerzo impensable para comprender más de tres palabras entre todas las que el hombre estaba soltando en ruso. Intentaba, en vano, hurgar en su mente a la busca de aquellas que Farid le había enseñado, para conectar el sonido de una con el de otra que sonara similar. Sin embargo, comprendió todo cuando Sokolov extrajo un fusil de la caja que reposaba a su lado y lo alzó por encima de su cabeza, provocando que algunos de los muchachos emitieran jadeos de sorpresa.
—Mosin Nagant, modelo 1891 1930 —comenzó—. No sean tan ingenuos para creer que aquí solo aprenderán a usar este, y que con eso basta. En el frente, nadie va a preguntarles qué tipo de arma se les da mejor. —Hizo una meditada pausa para chequear por última vez que todo estuviese en orden con el arma. Farid aprovechó para reproducirle las palabras en un susurro apresurado—. Asumo que conocen su funcionamiento y las partes que lo componen. Bien, ahora quiero que pongan todo ese conocimiento en práctica. Cogerán cinco balas, lo colocarán dentro y dispararán sin perder tiempo, ¿de acuerdo? ¡Timurov! ¡Tú empiezas!
Víctima de un sobresalto, el joven Umar Timurov abandonó la fila precipitadamente para coger el fusil de manos de Sokolov. Con movimientos torpes e inseguros, logró enderezar el arma, que de largo casi superaba su estatura y pesaba más de lo que su brazo podía soportar. Metió las balas una a una, como si se creyera poseedor de todo el tiempo del mundo. Cuando intentó apuntar, Otabek observó un agarre firme en la mano que debía presionar el gatillo, pero la que tomaba el arma por debajo temblaba bajo el peso del cañón. Intentó apuntar, pero el extremo de la bayoneta no dejaba de moverse.
—¡De prisa! ¡Ya deja de temblar como una niña! —bramó Sokolov. Todos escucharon el chasquido que hizo el seguro de su revólver cuando lo sacó del estuche de su cinturón—. ¡Si no disparas pronto, yo lo haré por ti, y será en tu cabeza!
Bastó aquel exagerado ultimátum para que Umar presionara su dubitativo dedo en el gatillo y dejara libre a la bala, que salió despedida en una dirección azarosa. El resto de las balas tuvieron el mismo destino patético: derrochadas en cualquier lugar menos en el blanco.
Los otros chicos no tuvieron mucha más suerte. Otabek ponía el ojo en cada uno de ellos, con el objetivo de aprender algo para cuando llegara su turno; escuchaba con especial atención las instrucciones en ruso que escupía el teniente, pero terminaba resignándose y posando su aguzada vista en el único fusil. Farid lo hizo un poco mejor que los demás, pero erró el último tiro y se ganó una sarta de insultos de parte de Sokolov. Cuando regresó a la línea, lejos de verse contrariado, parecía estar luchando por no echarse a reír.
—¡Altin! ¡Tu turno!
Antes de poder siquiera moverse, sintió la mano firme de Farid sobre su hombro.
—Ánimo, hijo de las estepas.
Sin hacer demasiado caso al entusiasmo de su compañero, dio un decidido paso al frente y cogió el fusil entre sus manos. Contaba con la indiscutible ventaja de haber ya visto a casi cuarenta muchachos hacer lo mismo; no tenía permitido cometer errores ridículos. Mientras sujetaba el rifle por debajo, cogió cinco balas con su mano libre y las metió una a una dentro de la recámara, haciendo uso de una habilidad desconocida hasta el momento. A continuación, bajó el cerrojo y apretó la culata del arma contra su hombro, en posición para el disparo. Sin embargo, las cosas no salieron tan bien como esperaba. Las manos empezaron a sudarle y sintió que el arma se le escapaba de las manos; la bayoneta enganchada a la punta del cañón la hacía demasiado larga.
—¡Te estás tardando! —El bramido de Sokolov hizo que la mano que intentaba afirmar debajo temblara de repente—. ¡No duermas!
Afirmó su agarre del rifle y se esforzó por aislar su mente de los gritos, de las miradas expectantes de todos los hombres de la unidad. Aislarse del mundo al momento de disparar: uno de los tantos consejos que le había legado su padre cuando él no era más que un niño con un arco. Se sorprendió a sí mismo con la mejilla y la boca presionadas contra la culata del arma, como si de la cuerda de su arco se tratara. Los nervios parecían haber abandonado su cuerpo cuando cerró uno de sus ojos para buscar su punto de mira con una cautela extrema, ayudándose de la punta de la bayoneta.
No le costó fijar su ojo en un blanco que solo distaba cincuenta metros de su posición. Con su arco, él había llegado a cazar presas que hacían sus vidas a trescientos metros de su escondite de cazador. El rifle estaba lejos de ser su adorado arco, pero con la mente despejada y serena logró centrarse en su objetivo. La tensión estaba al tope y se notaba en cada uno de sus músculos contraídos; pero al igual que con el arco, siempre llegaba el momento de relajarse y dejar ir el proyectil.
En una fracción de segundo, presionó el gatillo con decisión y la bala se eyectó hacia delante. El culatazo del arma contra su clavícula hizo que retornara súbitamente a la realidad. Abrió los ojos y observó el cerrojo con desconcierto.
—¿Qué sucede? ¡Te quedan cuatro balas! ¡Dispara! —ordenó el teniente, quebrando su calma.
Con un movimiento rápido, abrió el cerrojo para descartar la vaina y volvió a bajarlo para preparar un segundo tiro. De nuevo, se tomó su tiempo para enfocar su objetivo con precisión, ignorando los gritos impacientes de su instructor.
Y disparó una vez más.
Una tras otra, disparó las balas sin escatimar tiempo. Para un cazador, la prioridad estaba en llegar a la presa de la manera más efectiva. No eran pocos los recuerdos de las veces que se había quedado hasta medio día acuclillado detrás de un terraplén, un árbol o una roca, con los huesos cansados y los músculos entumecidos, esperando el momento de hacerse con la mejor de las presas.
Cuando la última de las vainas vacías se estrelló en el suelo, alzó por fin la vista para encontrarse con un silencio sepulcral. Sokolov no hizo nada más que recibir el rifle y llamar al siguiente muchacho, pero Otabek sabía que sus intentos de apurarlo habían cesado antes de que terminara su turno.
Quedaban solo cinco chicos, de los cuales dos fueron reprendidos duramente por el teniente por fallar en los aspectos técnicos más básicos. Pero el relevo les llegó a todos por igual. Entre risas y resoplidos nerviosos, comenzaron a enfilar hacia el campamento.
—Vayan todos a ocuparse del almuerzo. —Los despachó con un gesto casi despectivo—. ¡Altin! Tú no, tú te quedas aquí.
Otabek se detuvo en seco. Por su cabeza se cruzaron miles de interrogantes, pero los descartó todos en beneficio de una imagen calma y resuelta. No era su estilo el enrollarse con problemas menores y cuestiones que estaban fuera de su alcance.
—Sí, señor.
Sokolov había aprovechado el pequeño intervalo para ir en busca del blanco, que apenas podía reconocerse con tantos agujeros de bala.
—Camarada teniente —le corrigió.
—Camarada teniente —rectificó Otabek al instante. Hizo una venia y se puso firme enderezando sus hombros, como bien se había acostumbrado a hacer en las últimas semanas cada vez que se las veía frente a un superior.
—Ven, acércate. —Ya no gritaba. Por su forma de dirigirse a él, podía parecer que intentaba ganarse su confianza—. Observa esto.
Marcó con sus dedos tres agujeros que se distinguían bien de los demás por estar casi en el centro mismo del blanco de tiro, lejos de las maltratadas líneas periféricas.
—Estas son tuyas —continuó, muy concentrado en buscar los dos puntos de impacto faltantes—. Los otros... deben de ser alguno de estos otros, pero...
—¿Cómo sabe usted que son los míos? El blanco estaba demasiado lejos para que lo viera —cuestionó el muchacho.
—No estaba mirando el blanco. Te estaba mirando a ti. —Por primera vez, alzó la vista para interpelarlo directamente—. ¿De verdad nunca antes usaste un rifle? Tienes una puntería excelente para ser una primera vez.
Otabek se apresuró a negar con la cabeza. La honestidad era el más irrenunciable de sus valores.
—No, se... camarada teniente, nunca. —Por un momento, pensó en quedarse callado, pero antes de poder meditarlo, la verdad se le escapó de los labios—. Supongo que de algo me habrán servido más de quince años disparando con arco todos los días.
El teniente Sokolov apenas podía ocultar su asombro. Sus ojos claros intentaban penetrar con insistencia el velo de misterio que cubría a aquel joven. No era la primera vez que reparaba en él. Entre los chicos de su unidad, era el que hablaba el peor ruso de todos, y varias veces había visto, con algo de decepción, que solo podía recibir ciertas órdenes a través de un compañero que se las tradujera a su idioma. Sin embargo, jamás lo había oído quejarse ni emitir opiniones dudosas. Era serio y diligente. Tenía madera de soldado.
—Escucha, camarada —le dijo—. Cincuenta metros es muy, muy poco. Pronto, los haré disparar a cien, trescientos metros. —Al ver que el semblante de Otabek permanecía inmutable, sin un solo vestigio de sorpresa, siguió hablando—. Los francotiradores, sin embargo, pueden acabar con cualquier enemigo que esté hasta quinientos metros de su posición.
Aquello despertó la curiosidad de Otabek, que desvió su mirada al largo cañón del rifle. El teniente lo colocó en modo horizontal para ilustrar sus palabras y facilitar la comprensión de su alumno.
—Solo basta una mira telescópica, que te permita ver más allá de lo que alcanza el ojo humano —le explicó, señalándole el lugar donde debía colocarse la mira—. Por lo general, una compañía puede permitirse uno o dos francotiradores; a lo sumo, tres. Depende de la cantidad de rifles y hombres preparados con los que se cuenten. Los francotiradores son, muchas veces, la salvación de un batallón o una compañía en momentos críticos.
Otabek se limitaba a observarlo en silencio. No era ninguna novedad que su puntería era muy buena, pero jamás la había considerado un talento, una forma de diferenciarse de los demás. Era el resultado de años de haber utilizado su arco como su medio de subsistencia, como una extensión de su cuerpo. Su perseverancia juvenil por ser cada vez mejor, siempre debía verse reflejada en una mayor cantidad de animales conservados en los depósitos de la aldea como una garantía para un invierno sin hambre. De lo contrario, no tenía sentido.
—¿Usted cree que yo pueda ser uno de ellos? —Su mirada oscura se clavó, punzante y decidida, en los ojos sorprendidos del teniente.
—Con el debido entrenamiento, sí —respondió el otro, arrugando el entrecejo. La jerarquía militar que legitimaba cada una de sus órdenes, parecía un aparato endeble ante la mirada firme y dominante de aquel chico—. Sería un desperdicio no aprovechar eso que tienes a tu favor. No lo hagas por ti, hazlo por todos nosotros, por toda tu patria, ¿oíste? —le espetó en el mismo tono gruñón que estuvo empleando durante toda la mañana—. Ahora vete.
—Sí, camarada teniente —respondió deprisa, sin haber llegado a comprender al completo la conversación que acababan de tener.
Al final del día, los reclutas regresaron todos juntos al Cuartel General. Ya había caído la noche, pero la densidad del ambiente era un augurio de la inminente llegada del verano. Prueba de ello era también el sudor que empapaba su uniforme ligero, perlaba su frente e impregnaba sus cabellos. No era nada que no pudiese soportar.
Les dieron media hora libre para relajarse y asearse antes de la cena. Pero por mucho sudor y mugre que llevara encima, a Otabek no le gustaba compartir las duchas con otros veinte de sus compañeros, que aprovechaban la ocasión para volver a comportarse como niños y bromear entre ellos como si fuesen amigos de toda la vida.
Era una situación incómoda, más incómoda que tener que soportar una noche sin asearse. De todas maneras, nunca sería la primera ni la última vez.
En lugar de ir a los baños, decidió hacer valer ese tiempo de paz para ir en busca de su hermana. No tardó en encontrarla, reclinada contra la pared exterior del ala oeste del edificio donde estaba el dormitorio de las chicas. Sabía que ella también solía pasar ese rato lejos de sus compañeras.
Eran hijos de la misma madre y el mismo padre.
—¡Otabek! —Aquella vez, parecía más entusiasmada de lo normal. Sonreía como una chiquilla de diez años, con suaves hoyuelos marcados en las mejillas y los ojos brillando con una audacia pícara—. Mira lo que encontré.
Se desdobló la gimnastiorka, que llevaba sujetando con sumo cuidado, y sacó de allí dos enormes manzanas, ambas muy rojas. Descubrió que tenía tanta hambre que casi podía oler el jugo de la fruta madura.
—La robaste, querrás decir —Otabek cruzó los brazos sobre su pecho, de repente adoptando una posición severa.
—Las encontré. —La mirada de Alia era la única que podía competir con la de su hermano. Ella no le tenía miedo—. Una para ti, y otra para mí. —Le entregó una y se quedó con la otra, que ya tenía una voraz mordida en uno de los lados—. Tenemos media hora, al parecer.
—Sí, yo también.
—Siéntate conmigo.
Aún después de haber tomado asiento, Otabek no dejó de observar la manzana con desconfianza, debatiéndose si era correcto o no darle un mordisco y disfrutar de su dulce jugo, sabiendo que no le pertenecía. Mientras tanto, Alia ya se había comido la mitad y masticaba ruidosamente.
—¿Cómo fue tu día? —le preguntó ella, sin perder de vista la fruta. El jugo se resbalaba de sus labios y le corría por la barbilla; pero rápidamente lo atrapaba con los dedos para lamérselos con gusto. No quería desperdiciar ni una gota.
—Muy bien. —No iba a mentirle—. Por fin nos permitieron disparar un arma de fuego... y el teniente Sokolov elogió mi puntería.
—No me sorprende para nada. —Alia ya casi terminaba su manzana—. ¿Qué te dije yo, aquella vez en Karagandá?
Parecía haber pasado una eternidad de aquella fatídica noche. A esas alturas, su cuerpo apenas recordaba cómo se sentía pasar frío y hambre. Ninguno de los dos había vuelto a hablar de esos sucesos, del dolor de la pérdida y cómo la miseria los condujo a abandonarlo todo. Desempolvar esos recuerdos, recientes y lejanos a la vez, podía acabar de la manera más trágica. Ambos lo sabían. Sin embargo, eran heridas no sanadas que, ocultas malamente en sus memorias, estaban destinadas a resurgir alguna vez con desgarradora potencia.
—Tenías razón, supongo. Es un arma muy distinta —le explicó—, pero la clave es apuntar bien. En eso, es lo mismo. —Dejó de resistirse y le dio una primera mordida a su manzana.
—¿Crees que a mí vayan a darme uno pronto? —Arrojó con fuerza los restos de la manzana, que fueron a parar a algún lugar oscuro alejado de su vista.
—Alia, el rifle que usé hoy, con su bayoneta, puede que hasta supere tu estatura —le dijo—. Además, creo que es un poco pesado para ti.
—¡Pero qué dices! —La chica se puso inmediatamente a la defensiva, expresando su súbita indignación—. Eso lo comprobaré cuando pueda poner mis manos en uno, ¿o acaso me estás llamando enclenque?
—Jamás insinuaría eso.
—Lo estás haciendo ahora —terció su hermana.
Se oía muy enojada y genuinamente decepcionada. Lo que Otabek jamás llegaría a saber, era que había estado soportando muy bien las miradas y comentarios despectivos por parte de sus instructores, que consideraban que no bastaba con su actitud combativa y su carácter curtido si sus brazos eran tan delgados que podían ser rodeados por el dedo índice y el pulgar de cualquiera. Ella ignoraba sus juicios malintencionados, pero los consideraba humillantes e ignominiosos.
—Eres la chica más fuerte que conozco, pero...
—¿Con eso intentas hacerme un cumplido? ¡Como si tuvieras que buscar demasiado!
Otabek dejó escapar una risa suave. La conocía, y sabía que en ese momento, se encontraba caminando sobre arena movediza. Se preguntó por qué aquellos que llevaban siempre flameando la bandera de su inquebrantable orgullo personal, eran los primeros en saltar como una flecha cuando este se les era mancillado aunque sea un poco.
—Eres muy joven aún. A tu cuerpo le falta crecer, y tienes que ponerte fuerte —sentenció. Después de tantos años, estaba acostumbrado a ser el reemplazo de la figura paterna que la niña había perdido a los seis.
Alia lo respetaba como a un padre, pero por fortuna, jamás olvidaba que era su hermano.
—Tendré diecisiete el próximo mes —le recordó, dispuesta a salir victoriosa de aquella discusión.
—Y aun así, estás entre los más jóvenes de aquí. A los chicos de menor edad también se les resbalaba el fusil de las manos —dijo Otabek, recordando a todos los muchachitos inexpertos que observó por la mañana—. Simplemente, es pesado.
Su respuesta no llegó a satisfacer a su hermana.
—Escucha, Otabek —empezó, buscando su mirada a través de la oscuridad—. Me conoces lo suficientemente bien como para saber que es inútil que intentes justificar mi debilidad por los fracasos de otros, o por las simples características de un objeto inanimado, ¡eso no influye en mi capacidad! —vociferó. Rogaba porque la entendiera, que comprendiera por fin que sus intentos por calmarla solo conseguían echar más combustible al fuego de su ira—. Sé que aquí estoy en desventaja, por mi edad y porque no tengo la fuerza física de un hombre. —Eso último la atormentaba desde muy temprana edad—. Tengo que esforzarme el doble o el triple que todos los demás, lo sé, y estoy dispuesta a afrontar ese desafío.
—Está bien, tienes razón —reconoció. A Otabek no le gustaba pelear por motivos absurdos; y al contrario que Alia, él no consideraba que darle la razón al otro fuera un acto de debilidad—. Pero relájate, porque si las miradas pudiesen matar...
Alia arrugó el entrecejo, pero al instante relajó los hombros y se dejó caer sobre la pared de piedra.
—Ah, pero mira quien lo dice... —dijo con soltura. Sus labios se curvaron en una sonrisa pícara que a Otabek le dio a entender que el momento de tensión ya estaba superado.
—¿Qué? ¿A qué te refieres?
La chica tomó una gran bocanada de aire y exhaló con fuerza.
—A que Zoya te ha echado el ojo —respondió con atropellada rapidez.
—¿Qué dices?
—Lo que oíste. —La frialdad volvió a hacerse presente en sus irises negros—. Que Zoya, la enfermera rusa, se ha fijado en ti. ¿Recuerdas cuando tuvo que ocuparse de ese corte en tu brazo la semana pasada? Ella lo recuerda con todo detalle.
Otabek guardó silencio; de repente se sentía aturdido. Nadie nunca le había enseñado a lidiar con aquellas situaciones, y él tampoco se mostró demasiado interesado. Para hacerla peor, Alia lo miraba fijo, esperando su respuesta con impaciencia. Detrás de ese semblante serio, lo que ella deseaba era que fuera él quién le diera las explicaciones que necesitaba. Cómo si pudiera articular algo más que preguntas.
—¿Y por qué eres tú la que viene a decírmelo? —le cuestionó—. ¿No se supone que debe hacerlo ella?
—Ella no te dirá nada.
—¿Por qué? —Intentaba mostrar su mayor desinterés, ya que apenas conocía a la muchacha de vista y no quería mostrarse correspondiendo a sus deseos.
—Porque le dije que eras mi hermano, y que si se acercaba a ti, yo le iba a arrancar los ojos. —Alia cruzó sus brazos sobre su estómago chato, satisfecha con su indecoroso accionar—. De todas formas, tú no estás interesado en ella, ¿o sí? —le preguntó, con los labios curvados en gesto despectivo. Otabek comprendió que Zoya había sido cruelmente eliminada de la brevísima lista de personas que podían llegar a ganarse la simpatía de su hermana.
Alia era y siempre sería la persona que Otabek más amaba en el mundo, pero a veces, su accionar extremista y filoso lo dejaba estupefacto; en el mal sentido. Ella no parecía ser la misma con él que con las demás personas.
—No, si ni siquiera la conozco, pero... tal vez hubiese sido mejor que yo mismo se lo dijera —murmuró, adoptando una actitud conciliadora.
—¿Qué? ¿Qué vas a arrancarle los ojos? —Su voz áspera dejaba entrever la furia que dominaba sus palabras, pero cuando habló, sonreía con los labios apretados.
—¡No! —Eran pocas las veces en las que se encontraba a sí mismo levantándole la voz a alguien porque, por lo general, no lo necesitaba—. Que no estoy interesado, que no tengo absolutamente nada para darle, que no quiero una esposa.
Siempre se sentía apático y desganado cuando pensaba en ese tipo de futuro. Apenas cumplió los dieciséis, su madre empezó a introducir sus inquietudes en las conversaciones cotidianas, de a poco, como bocados amargos. Sin embargo, nunca se esforzó demasiado por encontrarle una novia en la aldea de su marido o en las comunidades aledañas. Ella tenía la ilusión de que él regresara alguna vez a las estepas donde había nacido, cargado de regalos, y trajera con él a alguna muchacha de ojos bonitos. Cuando se ponía muy insistente, Otabek montaba al mejor caballo de la familia, cogía su arco y desaparecía por días en las vastísimas praderas de los valles cercanos al lago Sayram. Tras una semana, regresaba solo a la aldea, con los ánimos renovados y un cargamento generoso de carne y pieles para justificar su prolongada ausencia. Su madre se limitaba a abrazarlo con fuerza y besarle las mejillas, y no volvía a mencionar el matrimonio por meses.
—Tú siempre tan esquivo... —Alia remitió al mismo recuerdo que él. Sinkiang era más su hogar que el de Otabek, pero por la deslumbrante belleza de sus lagos y montañas, conservaba un lugar especial en el corazón de ambos—. Pero está bien. Mamá me hostigaba mucho con Nurzhan, y yo jamás le hice caso, ni a él ni a ella. Nunca me gustó pensar demasiado en el futuro, pero las pocas veces que lo hacía, las cosas no cambiaban demasiado; siempre éramos tú y yo, solos, y me gustaba así. Me gusta así.
A Otabek no le sorprendió demasiado aquel sinceramiento, pero sí que lo pusiera en palabras con tanta soltura. Alia no tenía reparos en insultar a cualquiera que la incordiara, sin importar su condición, edad o rango, pero siempre había sido reacia a hablar de lo que sucedía en su corazón. Para Otabek, eso no era un problema, porque él se le asemejaba bastante, y siempre podía intuir lo que ella callaba.
—Lo que siempre ha sido, está destinado a serlo por siempre.
4 de junio, 1942. Ozherelye, óblast de Moscú, RSFSR, Unión Soviética.
El impacto del golpe en su estómago fue tan brutal, que lo empujó al suelo una vez más. Desesperado, intentó levantarse haciendo uso de sus pies y manos, pero le dolía tanto, como si alguien estuviese arrancándole las tripas una a una, que desistió en medio de un quejido de derrota. Sin embargo, lo que más herido tenía era, como siempre, el orgullo. La humillación de la que se sentía víctima era insoportable.
Logró incorporarse apenas para clavar su aguerrida mirada verde en su agresor, que medía fácil más de un metro ochenta, un imposible aún contra su metro setenta y cinco y su marcada complexión de bailarín de ballet, de la que habría sacado buen provecho en contextos más favorables, pero que en el entrenamiento de combate cuerpo a cuerpo le jugaba una muy mala pasada. Para hacerla peor, el otro debía de sacarle unos buenos siete años; pero así los había emparejado el sargento a cargo. En la guerra, los soldados no elegían a sus adversarios.
—¡Lo siento, lo siento! —El hombre le pidió disculpas de inmediato, y se inclinó sobre él para ofrecerle una mano—. Tu nombre es Yuri, ¿verdad? —Lo escudriñaba con atención; en sus expresivos ojos color gris azulado, Yuri pudo leer una genuina preocupación.
Renegando de la amabilidad de su compañero, demoró intencionalmente en responder a su gesto. El corpulento muchacho de cabello castaño oscuro y sonrisa amable era uno de los doce con los que compartía la isba de tres habitaciones. Llevaban allí casi dos semanas y no habían hablado nunca, pero Yuri sabía que se llamaba Piotr Kirillovich—o Petia, como él mismo se presentaba ante todo aquel que no fuese su superior. No había forma de ignorar su existencia. Era aquel que, por la mañana, se ocupaba de despertar a todos con escandalosas palabras de ánimo y alguna que otra broma pesada, y por la noche, entretenía a sus compañeros con chistes, historias y canciones. Para desgracia de Yuri, el muchacho era un aficionado del acordeón y también gustaba de cantar bien alto una vez finalizada la cena. En otras palabras, era el ser más insufrible que se había encontrado desde su llegada a la aldea de Ozherelye.
—Deja ya la hipocresía, ¡acabas de tirarme al suelo, maldito yak! —Nunca había visto un yak, pero fue lo primero que se le cruzó por la cabeza tras pelear con aquel grandulón. Cuando terminó de hablar, se percató del sabor metálico que impregnaba su labio inferior y su lengua. Sangre. Con toda seguridad le había partido el labio. Reunió saliva y escupió con fuerza a un lado, haciendo arcadas por el asco que le provocaba—. Agh... maldito seas... —murmuraba por lo bajo mientras se frotaba los miembros adoloridos.
Intentó levantarse otra vez, pero se reencontró con la sensación de tener las tripas revueltas y las náuseas provocadas por tan violento golpe en su bajo vientre. Porque sabía que todo eso pasaría cuando se recuperara un poco, lo que más temía en ese momento era ser incapaz de mostrarse fuerte frente a su adversario y futuro camarada.
—Está bien, está bien; cálmate, camarada. —Por su reacción, Piotr no parecía ofendido en lo más mínimo por las palabras de Yuri—. Venga, levántate. No quise ser blando contigo, porque te aseguro que los nazis no lo serán. Tenemos que ayudarnos entre nosotros para llegar en las mejores condiciones posibles.
Él no temía ver su orgullo mancillado. Ofreció su mano a Yuri una vez más, y se sintió satisfecho cuando este la tomó con fuerza.
—Ten, Yura.
Como solía hacer con sus compañeros de la isba, no tardó en empezar a usar apodos. Yuri lo miró y Piotr sacudió contra su pantalón la pilotka que Yuri había perdido con la caída, para ponérsela sobre los cabellos rubios, que empezaban a crecer luego de haber sido perfectamente rapados hacía ya dos semanas.
—¡Kovalevsky! —El grito los sorprendió a ambos—. ¡Deja de dispersarte y acompaña a tu camarada a la enfermería! Se ve que no puede ni caminar solo —dijo haciendo gala de una irritante soberbia.
—No estoy dispersándome, lo estoy ayudando —se quejó Piotr—. Pero lo llevaré de inmediato, camarada sargento. —Ni siquiera se molestó en mirarlo, al estar demasiado ocupado en ofrecerle un hombro a Yuri para ayudarle a caminar.
—Y regresarás de inmediato.
Al sargento Sergei Ilich Kochnev, un joven de apenas veintidós años, le gustaba imponer una presencia férrea y una autoridad indiscutible en el pelotón de veinticinco hombres que le tocaba comandar dentro del regimiento de entrenamiento. Él mismo estaba todavía completando su instrucción para el frente, aunque no le gustaba que nadie —y menos aun los que lo superaran en edad—, se lo recordara. Constantemente se esforzaba por mostrarse duro e implacable; a veces llegaba a lograrlo, con su cabello rubio cortado al ras, el rostro bien afeitado y los ojos, muy azules, fríos como el Báltico. Sin embargo, su juventud y su experiencia casi nula eran fácilmente advertibles por sus subordinados.
—Qué disgustado se sentirá el coronel Feltsman —escupió cuando pasó por al lado de Yuri—. Y la enfermera, pronto comenzará a pensar que le gustas de tanto que la visitas —añadió con un desagradable tono de burla.
Yuri supo al instante que las palabras iban dirigidas a él, pero puso todas sus energías en mantener el control y evitar insultarlo en voz alta. Por más que se comportara como un patán arbitrario, Kochnev no dejaba de ser su superior en aquel lugar.
—Me pregunto yo —le dijo Piotr a su compañero, en un susurro apenas audible—, cómo se sentirá el general de brigada Ilya Kochnev, al tener un hijo que se muestra tan arrogante, para ser tan poca cosa. ¡Camarada suboficial! —Llamó al sargento, alzando la voz—. Solo llevamos dos semanas aquí, ¿no cree usted, que debe tratarnos con más paciencia, con más respeto?
—Ya, ya déjalo. No seas idiota —vociferó Yuri.
Kochnev se disponía a continuar supervisando a sus hombres, pero las palabras de Piotr le golpearon la espalda. Se volteó con los labios apretados y la mirada destilando veneno.
—Ustedes no son niñas de escuela, son soldados del Ejército Rojo. Además, los nazis no mostraron ningún tipo de respeto al romper el pacto de no agresión, no lo muestran ni siquiera con los civiles —sentenció—. Así que guarde sus palabras, camarada Kovalevsky, que no es más que un soldado raso —le recordó, haciendo gala de su altanería.
Dicho eso, el sargento se retiró y Piotr le ofreció el hombro a Yuri una vez más, para ayudarle a movilizarse a la isba donde se había instalado la enfermería.
Los reclutas de distintos pelotones que se iban acumulando cerca de la entrada de la pequeña isba obligaban a las enfermeras a imponerse a sí mismas un ritmo de trabajo bastante intenso a lo largo del día. Sin embargo, allí ninguna herida era de verdadera gravedad, como las que habrían de presentárseles a los médicos y enfermeras que trabajaban en el frente. Yuri solo recordaba, hacía unos días, la conmoción que supuso que a un chico del regimiento, de dieciocho años, le explotara una granada en la mano, quemándole también la cara y el cuello. Al estar los mejores recursos médicos destinados únicamente al frente y a los grandes hospitales de las ciudades, el regimiento de entrenamiento de Ozherelye no pudo tratar al herido, que tuvo que ser trasladado a Moscú.
Pero las heridas de Yuri distaban muchísimo de aquel desastre; eran más bien las usuales, que todos allí recibían casi todos los días. Valentina, una de las cuatro enfermeras del regimiento, limpió y vendó sus raspones más prominentes con suma rapidez, sin descuidar la precisión. También cambió la venda de la herida que se había hecho en la rodilla dos días atrás. Cuando Yuri le preguntó por el dolor del golpe en su estómago, la joven le respondió que no había mucho que pudiese hacer. Toda la morfina estaba en el frente, y nadie tendría jamás la loca idea de utilizarla en un golpe moderado. Solo tendría que esperar, y ver cómo su piel pálida pasaba de rojo a morado, y de morado a un color amarillento, hasta desaparecer finalmente.
Fue eximido de la siguiente tanda de ejercicios, pero lo integraron en una de las cuadrillas de trabajo que se ocupaban de preparar la cena. Para las ocho de la noche, todos incluido él mismo habían terminado de cenar y regresaban a sus isbas. Él llegó a la suya un poco antes que sus compañeros, ganando el tiempo suficiente para sentarse en su cama —que para fortuna suya estaba debajo— y darse un respiro.
Pero sus compañeros no tardaron en irrumpir, haciendo escándalo con la charla que traían de afuera.
—¡Eso es asombroso! —Reconoció la inconfundible voz de Piotr en la diminuta sala principal—. ¡Hurra por la madre de Lyonya, que ha salvado la noche!
Horrorizado, Yuri oyó los pasos pesados en la entrada, y calculó el tiempo justo en el que alguno de sus compañeros de habitación llegaría a molestarlo. Se había quitado ya el cinturón que sujetaba su gimnastiorka para darle un respiro a su abdomen adolorido, y se disponía a deshacerse de su uniforme para tumbarse en la cama a leer un poco antes de dormir. Pero como siempre, sus compañeros decidían por él. El primero en entrar fue Vadim, un tosco campesino de la aldea de Domny, en el óblast de Oriol, que arrojó las botas con descuido a un costado de la cama. Lo siguieron Artem Leschenko, un joven ucraniano que apenas pronunciaba palabra, y el mismo Leonid, aquel que parecía ser la fuente de todo aquel alboroto. Tenía tan solo un año más que Yuri y solía mostrarse amable y abierto con todo el mundo; tal vez, esa fuera la razón por la cual había forjado una mejor relación con los chicos de las otras dos habitaciones. Dejó sus botas al lado de la puerta y alzó la botella que llevaba en sus manos, para que todos la vieran.
—¡Camaradas! —exclamó, dirigiéndose a todos ellos—. Me llegó este regalo de casa, y me gustaría compartirlo con ustedes, con todos ustedes —se apresuró a aclarar.
No tuvo que preguntar el contenido de la botella.
—¿Vodka en junio? —masculló—. ¿Es que acaso estás loco?
—Una botella para doce no hace nada. —Leonid se encogió de hombros—. Vamos, que ha sido un día duro.
—No cuenten conmigo. —Yuri se cruzó de brazos y se sentó sobre la cama cucheta.
—Oh, vamos, Yuri, qué pareces un sacerdote. Te molesta el ruido, no quieres vodka, ¿acaso escondes un ícono debajo de tu almohada? —Piotr se asomó por la puerta estrecha que conectaba la habitación del fondo con la suya, que daba al pequeño comedor.
Bastaron aquellas palabras tan insultantes, dichas con tal simpleza bromista, para que Yuri se sintiera arder en rabia. Pensó que de todas las personas que en ese momento podían llegar a convencerlo de que se les uniera, Piotr era el menos adecuado para hacerlo. No iba a negar que desde aquella tarde, al inicial rechazo que le producía su exceso de optimismo y su afán entrometido, se le sumó un cierto rencor por haberlo humillado delante de su pelotón, y del sargento Kochnev.
—¿Por qué actúas como si fuéramos amigos? —Lo confrontó, sin siquiera hacer amago de levantarse de la cama—. Tú y yo, no tenemos nada en común. Nunca seremos amigos.
A decir verdad, él no era bueno para hacer amigos. Su relación con Mila era una suerte de milagro, que en su momento fue también una sorpresa para él. Sin embargo, le pareció un tanto irónico recordar cómo se llevaba con ella el primer año de conocerla, cuando tenía quince. Su amiga también tenía el optimismo más puro como bandera, y lo había humillado unas cuantas veces con sus locuras. Pero también lo empujó a cosas que él jamás hubiese pensado que haría, por haber estado tan encerrado en sí mismo durante su infancia y primera adolescencia.
Allí, no obstante, las cosas eran muy distintas. No se trataba ya de una temporada de verano en el Campamento de Pioneros, sino de la antesala al verdadero campo de batalla, de la mismísima muerte. Hacer amigos allí era como intentar correr a través de un campo minado, donde el cruel dedo del azar podía posarse en cualquiera de ellos, de manera inesperada e injusta.
Pero a Piotr no parecía preocuparle lo que sucediera en el campo de batalla. No. Su ingenuo optimismo era como una venda sobre sus ojos, que le impedía ver más allá de un presente sin mayores contratiempos. En el diccionario mental de Yuri, era un verdadero idiota.
—¿Eres así de rígido en todos los ámbitos de tu vida, Yuri? —le preguntó Piotr. Parecía apenas capaz de contener su asombro y decepción.
—Es que no estamos aquí para hacer amigos —le respondió Yuri con frialdad.
Su compañero se rehusaba a darse por vencido, porque aunque le pesara, podía ser capaz de ver más allá de las palabras determinantes del menor del grupo.
—Compartimos la isba, en menos de tres meses compartiremos la trinchera, ¿y no podemos compartir una botella de vodka? —rebatió, ignorando la mirada fulminante y exasperada que le lanzó el otro.
—Está bien —accedió Yuri, reconociendo algo de verdad en sus palabras—, pero debes saber que lo hago porque sé que el vodka me ayudará a dormirme después de este día tan horrible.
—Es una razón más que válida —intervino Leonid, encogiéndose de hombros.
A Vadim y a Artem nadie tuvo que convencerlos. El primero se mostró entusiasmado con la propuesta, y el segundo los siguió a todos sin decir nada. Sin buscarlo, Artem llamaba la atención de Yuri constantemente, porque siempre solía sentarse con ellos, sus compañeros, pero no era más que una presencia casi invisible para los demás. Era un muchacho simple, de veinte o veintiún años, alto y desgarbado, pero con una espalda ancha y manos fuertes que, a juzgar por la torpeza que había demostrado al disparar un fusil, no eran diestras en otra cosa que en las herramientas de labranza (y tal vez, ni siquiera con eso). Su rostro, aunque muy demacrado, era apuesto, un tanto aniñado, y muy común entre las gentes de las regiones más occidentales de la gran nación soviética: piel pálida, casi traslúcida, nariz ligeramente alargada y cabello rizado color castaño claro. Sin embargo, eran sus ojos lo que lo hacían inexplicablemente enigmático. No eran del todo bonitos; más bien, eran muy comunes, de un marrón muy intenso, casi negro, enmarcados por unas cejas espesas igual de oscuras. Había algo en esos ojos que ponía a Yuri muy incómodo: parecían expresar un agotamiento profundo, incapaces de recuperarse de una pesadilla que los obliga a mantenerse abiertos para siempre.
De los doce que ocupaban la cabaña, estaban presente solo diez; Yuri observó que faltaban Alekséi y Vasili, dos muchachos que eran amigos de la infancia. Sin embargo, Leonid decidió abrir la botella; al no haber en la isba ningún tipo de cacharro para beber, se conformaron con hacerla circular entre todos. Empezó una conversación trivial y relajada, de la que a Yuri le costaba sentirse parte. Al principio, se limitó a oír sin escuchar, aprovechando las ocasiones en las que la botella de vodka pasaba por sus labios. No le era nada grato beber con el clima de junio, porque le bastaba un trago largo para sentirse sudar debajo de sus ropas.
—Yuri, tú eres de Moscú, ¿verdad?
La repentina pregunta de Piotr lo devolvió a la cálida isba, a las miradas expectantes de todos sus compañeros. Todos se conocían entre ellos lo suficientemente bien como para sentirse intrigados por aquel chico que, al igual que Artem, rara vez hablaba con nadie. Pero a diferencia del primero, Yuri era más contundente en su estricta posición de no querer hacer amigos, más comunicativo al respecto de eso y, por ende, un poco más accesible.
—Sí. —Se enderezó en su asiento y apoyó los codos en la mesa.
—Lo supuse, tenías que ser de una ciudad grande, si no de Moscú —afirmó el mayor, con una seguridad casi científica. Yuri quiso preguntarle en qué fundaba sus suposiciones, pero no lo hizo—. Mi padre era de Moscú —murmuró vagamente, sin dar pie a que nadie le preguntara sobre él.
—¿Y tú? ¿De dónde eres? —cuestionó Yuri. Su tono de voz, grave y potente, lo hizo sonar algo brusco.
—De Briansk. —Su sonrisa se opacó un poco al pronunciar el nombre de su querida ciudad, una de las tantas que, a pesar de la lucha, cayeron ante el poder de la Wehrmacht.
—Ah. —En ese momento, Yuri se encontró mudo. Por más insoportable que pudiese parecerle Piotr, no deseaba a nadie la desgracia de perder su hogar y todo lo que le era querido—. Pero los partisanos están teniendo un rol admirable; estoy seguro... que van a ganar. Todos nosotros vamos a ganar.
En momentos tan desesperados, expresar derrotismo era un crimen.
Las miradas esperanzadas de todos se clavaron en él, satisfechas con su intervención. Por un momento, la pequeña habitación se sumió en un grato silencio, hasta que un muchacho, Pável, decidió tomar la palabra.
—Los partisanos no están organizados ni entrenados —dijo con un dejo de altanería, con la lengua ya un poco suelta por el vodka—. Su rol no es desdeñable, pero solo consiguen que los maten a montones.
—¿Cómo a nuestras tropas los primeros dos meses de la guerra, quieres decir? —intervino Fiódor, un chico pelirrojo que se había hecho muy amigo de Piotr—. Los partisanos son uno de los tantos brazos armados de nuestra nación, ¡sin ellos, el Ejército Rojo estaría ya condenado!
—¡Pero qué dices! —Pável se inclinó sobre la mesa, con la mirada oscura echando chispas.
—¡La verdad, la única verdad, que tú conoces tan bien como yo! —bramó Fiódor, en respuesta.
Yuri sabía lo que pasaba por su cabeza: Pável desconfiaba de los pueblos de la Unión que no eran rusos y, con armas en las manos, encontraban la posibilidad de luchar por fuera del marco seguro del Ejército Rojo, escondiéndose entre los partisanos leales a la patria. Nadie podía estar del todo seguro si en verdad luchaban por librarse de los nazis, o por sabotear los esfuerzos conjuntos de la Unión Soviética, en los cuales, debía admitir Yuri, los rusos tenían un rol dominante. En tiempos de caos, los rencores del pasado encontraban oportunidades para resurgir, y no era descabellado pensar a ucranianos, lituanos o tártaros cooperando con el enemigo, el verdadero enemigo, en contra del bien de todos. Él se vio obligado a admitir también, para sus adentros, que se le haría el doble de difícil confiar en alguien que no fuera ruso ni comunista; pero no pudo tolerar que Pável calificara el esfuerzo de los leales partisanos como inútil.
—Este año ha iniciado bien, después de la defensa de Moscú —intervino Yuri, dispuesto a ponerse en favor de Fiódor—; el Ejército Rojo ahora puede permitirse entrenar bien a sus hombres, o enseñarles a usar un arma, por lo menos. ¿Pero qué sería de nosotros, o de aquellos atascados en las zonas ocupadas, ¡qué va!, de la nación entera, sin los partisanos? —Sus ojos verdes se endurecieron notablemente, y la atención en torno a él se hizo casi total—. Ellos rompen líneas de suministros, interrumpen comunicaciones, protegen a los civiles sometidos, matan nazis como nosotros... muchos han muerto también, fusilados o ahorcados por el enemigo, ¡son nuestros camaradas! —Sintió que le faltaba el aire tras haber escupido tantas palabras juntas, por lo que inhaló y exhaló profundamente antes de continuar—. Nuestro pueblo es fuerte, ¡cuando a los nazis se les acaben los tanques y los aviones, estarán muertos!
Los murmullos entusiasmados que tuvo como respuesta le dieron la razón. Sin embargo, en el fondo de su corazón, detrás de su expresión decidida, él estaba lejos de creer sinceramente en sus propias palabras. Eran producto de un arranque de ira, nada más que una expresión de deseo de ver a los nazis tan muertos como sus compatriotas asesinados.
—Mis hermanos menores, Vanya y Olya, son partisanos en las regiones circundantes de Briansk —dijo Piotr, cuando los ánimos se calmaron—. Mi hermano no se unió al Ejército Rojo, no lo llamaron a filas porque no cumplía aún los dieciocho, y había muchos otros que reclutar, pero él mismo me dijo saber que haría más por la causa como partisano, que como soldado. Mi hermana, como buena melliza, lo siguió sin dudar.
—¿Y por qué tú no te les uniste? ¿Qué hiciste durante el último año, además de alboroto? —preguntó Yuri, con curiosidad inquisidora—. Porque me pareces muy mayor para ser un recluta en el segundo año de la guerra.
—Tengo veinticinco —le respondió el mayor con una sonrisa afable—. Cuando estalló la guerra, yo me recuperaba de una lesión en el brazo. No me aceptaron, pero muchos otros, amigos y conocidos míos, dejaron sus asuntos y corrieron a alistarse. Luego, cuando los nazis amenazaban las inmediaciones de mi ciudad, todo estalló en caos, y yo me metí de lleno en las tareas de evacuación. No podía soportar que todo aquello por lo que había trabajado por años despareciera de un día para el otro. Me preocupaban especialmente nuestros niños de la escuela y sus familias. Muchos de sus padres fueron llamados a filas, y sin otros parientes en Briansk, acabaron viviendo con Lyuda, mi novia, y yo. Nos ofrecimos para evitar que acabaran en un orfanato hacinado, contagiándose del sufrimiento de los más desdichados.
—¿Niños? —Yuri sentía que se había perdido una parte importante del relato.
—Sí, los estudiantes de la escuela donde daba clases —le contestó el otro con entusiasmo. Su sonrisa era radiante y bonita a pesar de tener los dientes gastados y un poco amarillentos por el tabaco—. Lyuda y yo somos maestros.
—Ah. Y ahora, ¿todos esos niños están a salvo?
—Hasta el último de ellos —dijo el otro—. Vivieron con nosotros por un mes y medio, no mucho más; y cuando la ciudad cayó, Lyuda y yo ya estábamos con ellos en un tren camino a Kazajistán, con intenciones de regresar a pelear, por supuesto. Yo me alisté como soldado y ella como intérprete; habla alemán y francés. Se los digo a todos: no importa la cantidad de nazis que mate, haber salvado a los niños, siempre será mi mayor motivo de orgullo. —Hizo una pausa antes de volver a abrir la boca—. ¿Y tú, Yuri? ¿Qué hacías antes de venir aquí? Porque entre nosotros hay de todo: estudiantes, obreros, campesinos... ¡Hasta Fiódor, que entrenaba para ser campeón de natación!
«Habla demasiado —pensó Yuri, con un dejo de irritación que no se iba—. Tras estarse seguro de que ha soltado todo, recién se le ocurre preguntar por los otros.» Sin embargo, no fue ajeno al cambio que se produjo en ese momento en su forma de ver y dirigirse a Piotr. Más allá de que su personalidad abierta y extrovertida chocara con el carácter férreo e intolerante de Yuri, el joven era un digno ciudadano soviético, el héroe de por lo menos una treintena de niños. Respondió a su pregunta, olvidando el rencor infundado que le tenía hacía días. Les contó a todos que trabajaba en una fábrica de proyectiles desde los quince años, pero que cuando estalló la guerra y esta fue evacuada a los Urales, tuvo que trasladarse a una fábrica de clavos para continuar su labor para con la patria mientras terminaba el décimo año de escuela. Les habló de cómo escapó a los ruegos de su madre para alistarse y, sin darse cuenta, entre preguntas de sus compañeros, acabó por mencionar a su abuelo y su rol en la Guerra Civil. Su vida era tan poco emocionante que, de alguna manera siempre, acababa narrando las historias que le contaba Nikolai sobre los días de febrero y octubre, la emoción en las calles y en los corazones y, más adelante, el frío sufrido en el inhóspito frente del Extremo Oriente ruso.
Así fue como, al menos la mitad de ellos, acabaron compartiendo historias de sus padres y abuelos. Eran hijos y nietos de una generación ejemplar, artífices del mundo en el que vivían. Y cuando ellos pensaban que su vida ya estaba resuelta, que vivirían para siempre en la sombra de aquellos que los precedieron, el destino, cual diablo cruel, oyó las demandas de sus corazones y les dio la oportunidad de ser los héroes de su propia historia (tal vez, a cambio de un precio muy alto).
De repente, la puerta de la isba se abrió con un golpe que destruyó el ambiente de la velada, y dos chicos aparecieron en el umbral. El primero, tan alto que tenía que agacharse para pasar por debajo de la puerta, era un joven delgado, de rostro cetrino y rasgos que remitían un poco a los tártaros. Sus ojos recorrían la habitación con impaciencia, y apretaba los labios en gesto tenso. El chico que lo acompañaba parecía un tanto más joven, a pesar de que los dos tenían la misma edad. Era más bajo y un poco regordete, de ojos amables que lo hacían ver más relajado y despreocupado que su amigo. Eran Alekséi Stepanovich y Vasili Vladimirovich.
—¿Qué sucedió? ¿Dónde estaban? —preguntó Fiódor, que estaba más cerca de la puerta. Su mirada se desvió discretamente hacia la botella de vodka, del que ya quedaba muy poco: lo suficiente para convidar a los recién llegados lo que les correspondía y quitarle a los presentes su último trago.
—Nosotros... —empezó el más bajo de los dos chicos.
—¡No importa eso, Vasia! ¡Cállate! —le interrumpió Alekséi, con el ceño fruncido. Cerró la puerta detrás de él y bajó la voz—. ¿Han escuchado el rumor?... ¿De lo sucedido en Járkov?
—Por radio no han informado nada. —Piotr se encogió de hombros—. ¿Quieren un sorbo de vodka? Antes de que estos salvajes se lo acaben todo...
Las emisoras de radio oficiales, a disposición de toda la población, solían decir poco y nada sobre los desastres acaecidos en el campo de batalla, para evitar la histeria masiva entre los civiles y desalentar el derrotismo en la tropa.
—La operación de Járkov fue un total desastre —soltó Alekséi con voz rasposa, como si temiera ponerlo en palabras—. El Sexto Ejército alemán rodeó a los nuestros con su formación en pinza, y los aplastó. Estiman varias decenas de miles de muertos y capturados, ¡tal vez lleguen hasta los cien mil o más!
—El verdugo de Ucrania... —vociferó Artem, siendo esas las primeras palabras que soltó en toda la noche. La rabia contenida era muy palpable en su voz suave y tranquila; en sus venas ardía un poderoso deseo de venganza.
—La operación estaba destinada al fracaso —apuntó Pável. Todos se voltearon a verlo, algunos con enfado contenido, otros con extrema confusión—. Resulta claro que no estábamos en condiciones de lanzar una contraofensiva, si nos estamos retirando de todos lados. Y con esto, no quiero decir que no seamos capaces de ganar, pero debemos reservar los recu...
—¡Dile eso al camarada Stalin! —estalló Fiódor, su principal rival de la noche, pisando sus palabras antes de dejarlo terminar—. Eres un simple soldado de tropa, no, ni siquiera eso... ¡y hablas como si tuvieras los conocimientos de un general! —Soltó una risotada de burla.
—Ahora mismo, ese es el mejor elogio que podrías darme. ¡Gracias, Fiódor Nikitovich! —Esbozó una sonrisa socarrona que irritó a más de uno, incluyendo a Yuri. Pero este comprendió que, en ese lugar, la atmósfera ya se estaba tornando demasiado densa para seguir discutiendo. Todos estaban alterados por las noticias, y, a su manera, reaccionaban de la peor forma posible. A decir verdad, no había motivo ni opción de reaccionar bien a ese desastre.
Antes de que Fiódor pudiera responderle, Yuri golpeó su puño contra la mesa dos veces, consiguiendo que los gritos y murmullos cesaran por un instante.
—¡Ya basta! ¿No ven que esto es asunto serio? —les gritó a ambos. Desencajado, volvió su vista a Alekséi, que a fin de calmarse un poco, había aceptado el vodka que le ofrecía Piotr—. ¿Hay algo más? ¿Se saben detalles... de las formaciones que fueron destruidas? Suelta todo lo que sepas.
—Los ejércitos 6° y 57° quedaron dentro del cerco, por lo que con toda seguridad, puedo decirte que están acabados —murmuró—. Algunas divisiones del ejército 28° y 21° lograron escapar, pero con pérdidas tan devastadoras, que han tenido que ser retiradas del frente para ser reconstruidos. No lo sé, Yuri, ya no tengo más información. Lo siento.
—Un cerco... —susurró Leonid, con la cabeza entre las manos y los dedos enterrados en los cabellos castaños—. Y pensar que nosotros seremos enviados pronto a ese infierno... —Se mordía el labio con fuerza, intentando controlar los nervios y los miedos que evidentemente empezaban a perturbarlo.
—Tal vez, nos espera algo peor que eso... —respondió Fiódor, con la mirada perdida en algún punto incierto de la mesa de madera.
En un momento dado, Yuri dejó de escuchar los lamentos de sus compañeros. Le enfurecía que, ante tan devastadora masacre, ignoraran a los muertos y trasladaran su dolor al temor por sus futuros individuales. El desastre de Járkov era las esperanzas de una nación entera pulverizadas bajo la bota despiadada del enemigo; eran familias con un plato menos en la mesa, y un muerto más en su recuerdo...
Era la letra temblorosa de una joven francotiradora informándole orgullosa a su amigo que recibiría su bautismo de fuego en una fenomenal contraofensiva, sin siquiera imaginar que aquella podía ser la última de sus cartas.
GLOSARIO:
*Sovjóz: Abreviatura de uso común para soviétskoie jozyáistvo (granja soviética, literalmente). A diferencia del koljoz (granja colectiva), que tenía un carácter cooperativo, el sovjóz era una granja estatal. El régimen de trabajo también era distinto: en el koljoz, se les pagaba a los campesinos con parte de la producción de acuerdo a sus horas trabajadas (también tenían permitido poseer de forma privada un poco e tierra y ganado), mientras que en el sovjóz se les pagaba con un salario fijo independientemente de la producción de la granja. Sovjóznik es la persona que trabaja ahí.
*Dzhambul: Nombre que llevó entre 1938 y 1991 la ciudad actual de Taraz, al sur de Kazajistán, muy al límite con Kirguistán.
*Doppa: Significa "sombrero" en uzbeko pero no hace referencia a cualquier tipo de sombrero sino a los sombreros tradicionales de uzbekos, tayikos y uigures, que son cuadrados.
* Gimnastiorka: Es la parte superior del uniforme (de verano) del Ejército Rojo (también se usó en el ejército zarista), y es una túnica un poco más larga que una camisa sobre la cual va el cinturón.
*Isba: Cabaña campesina típicamente rusa construida con troncos.
*Pilotka: Es un gorro militar que tiene una forma medio triangular. En el Ejército Rojo, llevaba la estrella roja en la parte frontal.
¡Hola! De nuevo pido disculpas por la demora. Noviembre fue un mes horrible por el fin de la cursada, y en diciembre estuve casi todo el mes preparando un examen que al final no di, y luego vinieron las fiestas. Espero estar más activa escribiendo ahora, que hasta marzo no empiezo las clases (aunque sí tengo mucho que estudiar para los exámenes de febrero, pero espero hacerme un tiempo).
En fin, espero que les haya gustado este capítulo, que sigue estando entre los capítulos introductorios pero necesarios para contextualizar mejor la batalla que se viene que, por cierto, todavía ni mencioné porque un sencillo motivo. Hasta junio de 1942, las operaciones de los alemanes se encuadraban en la gran "operación Barbarroja" que fue la primera que lanzaron contra la URSS en junio de 1941. Esta finaliza más o menos en mayo/junio de 1942, y ahí es cuando empieza la serie de operaciones que encuadran lo que sucederá el resto del fic: "Fall Blau" u "operación Azul" (no ahondo mucho en estos detalles en la historia porque estos son términos usados por los alemanes y además estas grandes movidas eran conocidas con detalle por los oficiales de alto rango, a los soldados se les daban órdenes más precisas; la cadena de mandos era demasiado rígida en ambos ejércitos). En fin, Fall Blau empieza el 28 de junio de 1942 y su principal objetivo era conquistar el Cáucaso por sus pozos petrolíferos (Hitler quería más combustible para sus tanques y además tenían la locurita de que con ese punto geopolítico estratégico podían avanzar hasta la India xD). Aquí, Stalingrado (Volgogrado en mapas actuales) es un punto altamente estratégico.
Con respecto a las divisiones militares: Otabek y Alia están en Taskent, Uzbekistán, porque esa ciudad en ese momento era la capital del Distrito Militar de Asia Central (más tarde lo fue Alma-Ata, actual Almaty), y deduje que ahí se formaría la 196° división de fusileros, que según mi libro, agrupaba a muchos kazajos y uzbekos (en el libro solo la mencionan al pasar y no encontré su origen). El Sexto Ejército alemán es suuper importante porque es del Grupo de Ejércitos del Sur en la invasión a la URSS, es decir, los que recorrieron todo el camino de Ucrania (y cometieron atrocidades)y fueron la principal fuerza en la ofensiva del Cáucaso (y dentro de la ciudad de Stalingrado y las áreas circundantes).
Por otro lado, espero que no se hayan mareado con tantos nombres y personajes nuevos. Algunos serán importantes, sí, pero la gran mayoría no estará más con nosotros dentro de algunos capítulos (?).
De nuevo, disculpen la demora, espero actualizar pronto. ¡Hasta el próximo capítulo!
