Capítulo 2 – Los muertos están vivos II

Primera parte: The World Turned Upside Down

El hedor de la bilis de armadillo impregnó el aula en cuestión de segundos.

Slughorn ya había desaparecido a todo correr por la puerta de la mazmorra antes de que se produjera el estrépito, así que en el aula no quedaba nadie para ayudar a Hermione Granger a recoger el estropicio que había provocado.

Resultaba curiosa la forma en la que el tiempo parecía haberse detenido en la clase; por el rabillo del ojo, Draco podía ver al pequeño grupo de Hufflepuffs y Ravenclaws parados junto a la salida. A su lado Nott contenía la respiración, casi como si temiera que el sonido de sus inspiraciones pudiera romper la quietud de la escena. Nadie parecía capaz de mover un solo músculo. Ni siquiera, de articular una única palabra. Y, por supuesto, nadie parecía dispuesto a echarle una mano a Granger.

A Draco no le sorprendía. Había pasado una semana desde que Hogwarts había abierto sus puertas de nuevo y, en todo ese tiempo, Hermione Granger había procurado dejarse ver lo menos posible. Era la última en llegar a clase —cuando todos los demás ya habían ocupado sus asientos— y era también la primera en marcharse. Ya no levantaba nunca la mano para responder a las preguntas de los profesores, se sentaba siempre en la última fila —donde no solía llamar la atención— y muy pocas veces se la veía comiendo en el Gran Comedor.

Todo Hogwarts había estado esperando impaciente el reencuentro del Trío Dorado. Y este por fin se había producido.

Granger estaba espatarrada en el suelo, con el largo cabello castaño completamente encrespado por culpa de los vapores que durante las dos horas anteriores habían emanado de los calderos.

Draco apenas había coincidido con ella en los días anteriores y, no obstante, ya había notado que estaba mucho más delgada de lo que la recordaba. En ese momento, al tenerla tan cerca, pudo constatar que su imagen era incluso más deplorable de lo que había supuesto en un principio. Las ojeras eran oscuras y profundas y contrastaban con una piel excesivamente pálida y enfermiza. El uniforme le quedaba demasiado grande y ella parecía exhausta, como si llevara días sin dormir.

La mujer que tenía en ese momento frente a él no se parecía en nada a la chica mandona y cargante que había conocido años atrás. Esta Granger parecía… patética. Sencillamente patética. Malfoy nunca habría imaginado que ella pudiera ofrecer un espectáculo tan lamentable. Nunca.

Granger parecía derrotada, y era la primera vez que la veía así.

¿Qué demonios ha pasado aquí?

La mochila se le había abierto y todos sus libros estaban desperdigados a su alrededor, pero la chica no intentó recogerlos. Tanto ella como sus pertenencias estaban empapadas del apestoso líquido oscuro.

Draco arrugó la nariz de forma inconsciente. El olor era espantoso. Pero, a pesar de ello, no se movió. Decidió que, probablemente, valía la pena aguantar el hedor unos minutos más.

Y es que, frente a Granger y mirándola desde arriba con una expresión de profundo horror en el rostro, estaba San Potter.

El chico se apoyaba en una de las baldas del armario para estudiantes como si le fuera la vida en ello. Draco supuso que aquello habría sido lo primero a lo que Potter había podido echar mano para ayudarse a mantener el equilibrio tras el choque con Granger. Debía de haber sido él quien había derramado la bilis, porque el estante al que se sujetaba estaba un poco más vacío que los otros y algunos de los tarros que contenía estaban volcados, como si la violencia con la que Potter se había agarrado a la madera hubiera ocasionado su caída.

Justo detrás de Potter estaba Weasley, que contemplaba a Granger casi con la misma expresión de susto con la que la chica los miraba a ellos. Draco notó con placer que todo rastro de color había desaparecido del larguirucho rostro del pobretón, de forma que la piel se le veía exageradamente blanca en comparación con el tono zanahoria brillante de su pelo.

Las comisuras de los labios de Draco se levantaron en una pequeña mueca de burla. Se alegraba de comprobar que Weasley seguía siendo igual de vulgar. Daba gusto ver que algunas cosas nunca cambiaban.

Y fue por esa precisa razón por la que, por una milésima de segundo, Draco creyó —firmemente creyó— que Potter iba a tenderle la mano a Granger. Por un instante estuvo seguro de que Potter iba a demostrar una vez más lo santurrón que era ayudando a la chica a levantarse. Hubiera apostado mil galeones a que después le sonreiría y todo volvería a la normalidad entre ellos. Así de fácil.

Hubiera perdido.

Tan solo un segundo después, a Draco le quedó claro que de la amistad que había unido al Trío Dorado no quedaban ni las cenizas.

Los rasgos de Potter se endurecieron de pronto y esbozó una mueca que Draco —experto en interpretar expresiones ajenas— no consiguió identificar. Había en ella algo de tristeza, quizá. Algo de decepción. Pero sobre todo… ¿había odio? ¿Rencor?

Y mucho, se habría atrevido a asegurar Draco.

Potter le dirigió a Granger una última mirada cargada de desprecio, con los ojos entrecerrados tras sus espantosas gafas. Acto seguido, echó a andar hacia la puerta pisando —el Slytherin estaba seguro de que a propósito— todos los libros de la chica que se encontraban en su camino. No dijo absolutamente nada, no se volvió. No dudó.

Weasley tardó unos instantes más en reaccionar pero, en cuanto lo hizo, siguió a Potter fuera del aula, con la espalda muy tiesa y la mandíbula muy apretada.

Y Draco, completamente confuso e intrigado, no pudo evitar preguntarse qué diablos había pasado con el mundo para que fuesen San Potter y Weasley, y no él, los que humillasen a Granger.

Porque lo cierto era que, por extraño que pudiese resultar, Draco no encontraba aquello divertido. En absoluto.

Malfoy era consciente de que sus acciones pasadas contradecían sus palabras, pero debía reconocer ante sí mismo que él no odiaba a Granger. Nunca lo había hecho, en realidad.

Ella no merecía su odio. Su desprecio, tal vez. Pero ¿su odio? No.

Era demasiado insignificante para ello.

El verdadero motivo por el cual había sentido una animadversión tan profunda hacia ella tiempo atrás era, simple y llanamente, su relación con Potter. Él era la persona a la que Draco le profesaba verdadero odio, no a Granger. Ella solo había tenido mala suerte al cruzarse en el camino de San Potter y su fiel escudero, Weasley. Nada más. Sin Potter y Weasley, Granger tan solo hubiera sido una sangre sucia más.

Pero ahora ese motivo había cesado de existir. Algo había separado al Trío Dorado y ahí se había terminado su primera y fundamental razón para aborrecer a Granger. A esas alturas, su estatus de sangre le era prácticamente indiferente. Después de todo lo que había sufrido su familia desde el regreso del Señor Tenebroso —y ahora que su padre no estaba cerca para vigilarlo— Draco no había tenido ningún problema en abandonar las antiguas creencias sangre limpia.

La Marca Tenebrosa tatuada en su piel era un recordatorio diario de los muchos errores que había cometido en el pasado por confiar ciegamente en Lucius Malfoy. Durante años había admirado e idolatrado a su progenitor, pero —tras comprobar lo mucho que sus decisiones les habían afectado tanto a él como a su madre— Draco había decidido que los pasos de su padre no eran unos que le gustaría seguir.

Obviamente, la estancia en Azkaban también había contribuido a que Draco viera las cosas desde otra persp...

El bufido de Pansy —proveniente de algún lugar a su espalda—devolvió a Draco a la realidad, arrancándolo de sus pensamientos de golpe. Quiso volverse hacia ella para preguntarle qué diablos le pasaba, pero no tuvo tiempo. Pansy pasó a su lado como un rayo, golpeándolo ligeramente en el hombro y murmurando algo como «esto es una estupidez».

En un abrir y cerrar de ojos estaba junto a Granger, que todavía no se había movido ni lo más mínimo. Con un gesto enérgico, sacó su varita de entre los pliegues de la túnica y, agitándola, limpió en un santiamén los restos de bilis que habían caído sobre la Gryffindor y sus pertenencias.

Oh, Merlín.

¿Qué era aquella locura?

Inmediatamente después, ajena al parecer a las miradas de asombro que su comportamiento suscitaba, Pansy se agachó al lado de la otra chica y empezó a recoger su enorme montaña de libros. Los apiló con cuidado y, tras asegurarse de que la mochila de Granger estaba limpia y en perfectas condiciones, los volvió a meter en ella.

Draco no se podía creer lo que estaba viendo.

Aquello no estaba pasando. No, definitivamente no podía estar pasando.

Aquella no era Pansy.

Porque —y Draco estaba completamente seguro de ello; era una de las pocas cosas de las que podía decir que estaba convencido en esa etapa de su vida— Pansy Parkinson, de sobrenombre 'princesa-sangre-limpia-de-Slytherin', jamás actuaría así.

—¿Qué está pasando aquí? —Oyó susurrar a Nott, pero no habría sabido cómo responder ni aunque su vida hubiera dependido de ello. Así que hizo caso omiso y solo siguió observando.

Granger seguía sin moverse. Draco no pudo evitar preguntarse cómo diablos era posible que alguien pudiese pasar tanto tiempo inmóvil. Daba la impresión de que ni pestañeaba. Tenía la vista clavada en la puerta por la que Potter y Weasley habían desaparecido y parecía a punto de echarse a llorar.

Por su parte, una vez hubo terminado con lo que estaba haciendo, Pansy se incorporó de nuevo y se volvió hacia ellos. Sacudió la cabeza para apartarse el pelo de la cara antes de hablar y la espesa mata de cabello oscuro reflejó la luz de las antorchas durante un breve instante.

—¿Qué hacéis ahí parados? —espetó con furia. Tenía los brazos en jarras y los labios tan fruncidos que debían de dolerle.

Draco sabía que el mal humor de Pansy intimidaba a la mayoría, pero él era una de esas raras excepciones que confirmaban la regla. Así que, creyendo que las palabras de su amiga iban dirigidas a él y a Nott, Draco ya había abierto la boca para replicarle cuando se dio cuenta de que Pansy no lo miraba a él, sino a algún punto situado sobre su hombro. Tras él.

Se giró justo a tiempo de ver a un par de Hufflepuffs que no conocía agachar la cabeza, atemorizados ante la ira de Pansy. Sí, también le alegraba comprobar que, a pesar de lo mucho que habían cambiado las cosas, a pesar de que se habían convertido en la escoria de Hogwarts, Pansy seguía imponiendo respeto.

—¿No tenéis nada qué hacer? —Pansy volvió a la carga—. Desapareced —casi gruñó.

Una de las chicas de Ravenclaw, una rubia bajita y excesivamente delgada, le dirigió una mirada furiosa, pero no se atrevió a contradecirla. Como si de una única persona se tratase, el grupo de Hufflepuff y Ravenclaw se puso en marcha al mismo tiempo, de forma apresurada, y en cuanto hubieron salido, los murmullos comenzaron. Draco podía escucharlos con perfecta claridad. No entendía las palabras por culpa del eco que había en el pasillo y que distorsionaba sus voces, pero en realidad no lo necesitaba.

¿De qué diablos iban a estar hablando sino?

Porque, definitivamente, el mundo se había vuelto jodidamente loco.

Primero Potter y Weasley. Y ahora… ¿Pansy?

Su amiga acababa de descolocarlo completamente, algo que no se podía decir que sucediese a menudo.

¿Una Slytherin ayudando a una Gryffindor?

Peor aún: ¿Pansy Parkinson ayudando a Hermione Granger?

En serio, Merlín, ¿en qué momento el mundo se había ido a la mierda?

Nott parecía igual de perdido que él, porque se atrevió a hacer la pregunta que a ambos les rondaba la cabeza una segunda vez.

—¿Tú entiendes algo de lo que está pasando? —masculló en voz baja, para que Pansy no lo oyera.

Draco empezaba a darse cuenta de que, aunque a Nott no le importaba una mierda la opinión que Malfoy tuviese de él, hacía lo posible por no provocar ni molestar a Pansy. Sin embargo, no tuvo ocasión de responder, porque en ese momento la princesa de Slytherin estaba ayudando a la otra chica a levantarse y Draco no quería perderse detalle.

—¿Estás bien? —le preguntaba en voz baja, con un cuidado y una calma de las que Draco no la hubiera creído capaz—. Hermione, ¿estás bien?

Malfoy emitió un sonido indefinido con la garganta al escuchar la forma en la que Pansy se había referido a la Gryffindor.

Debía de estar soñando. Tenía que estar soñando.

Aquello no estaba pasando. No. No, no, no.

—Estoy bien, gracias… —Granger se había levantado, pero miraba al suelo. Tenía el cabello tan encrespado que apenas se le veía la cara.

Y Pansy no la había soltado.

La condujo hacia la salida, con la mano apoyada en su codo para guiarla. Un contacto excesivo, tratándose de Pansy Parkinson.

Al llegar a la altura de Malfoy, Pansy le tendió la mochila de Granger para que la cogiese. A Draco no le hizo falta decir nada para que su amiga entendiese lo que estaba pensando. «Es una broma, ¿verdad?»

Pero, por desgracia, la mirada que le devolvió la muchacha no dejaba lugar a dudas: «Coge la puñetera bolsa si no quieres tener problemas».

La ignoró. Tan solo arqueó las cejas, dándole a entender que no pensaba ceder a sus chantajes.

—Déjamelo a mí, Pansy.

Lameculos, pensó Draco con disgusto.

La voz de Nott hizo reaccionar a Granger, que al fin se atrevió a alzar el rostro. Su mirada se encontró con la de Malfoy y, lo que vio en ella, debió de sorprenderla.

Porque, no, seguía sin haber ni rastro de burla.

Al darse cuenta de que Pansy sostenía —con considerable esfuerzo— su pesadísima mochila, y que esa era la causa de las palabras de Nott, Granger se apresuró a declinar el ofrecimiento con vehemencia.

—No, no… Gracias… —Tenía apenas un hilo de voz—. Yo puedo… Granger continuó, pero dejó la frase en el aire.

Se estiró para alcanzar la bolsa, aunque resultaba obvio que Pansy no se lo permitiría. Efectivamente, se la entregó a Nott, sonriéndole, y luego condujo a la chica fuera del aula. Ella miró hacia atrás una vez, con expresión preocupada, pero Pansy la hacía avanzar sin miramientos.

Nott fue tras ellas. Llevaba su mochila colgada del hombro izquierdo. Del otro lado llevaba la de la chica. Como la de Granger estaba incluso más llena que la suya, caminaba un poco inclinado hacia la derecha a causa del peso adicional.

Draco los siguió apenas unos instantes después, sumido de nuevo en sus pensamientos.

Su curiosidad estaba aumentando hasta límites insospechados.

Siempre había pensado que podía confiar ciegamente en Pansy. Había estado convencido de que ella jamás le había ocultado nada y constatar que no era así lo ponía nervioso. Draco odiaba ser excluído.

Darse cuenta de ello —de que Pansy había conseguido ocultarle su extraña relación con Granger desde hacía quién sabe cuánto tiempo— solo reafirmó la sospecha de Draco: el secreto de Granger tenía que ser grande. Lo suficientemente grande y oscuro como para despertar la compasión de la egoísta y egocéntrica Pansy Parkinson.

Y eso convertía la asquerosa vida de Granger en el entretenimiento ideal para olvidar sus propios desastres personales.

Sonrió al darse cuenta de que había topado con la distracción perfecta casi sin pretenderlo.

Sí, Draco Malfoy decidió que necesitaba respuestas.

Y pronto.

Segunda parte: Vertigo

Hermione temblaba cuando tomó la mochila de manos de Theodore.

Rogaba mentalmente por que él no lo notase pero, si lo hizo, no dijo nada. Hermione lo agradeció.

El pelo de Nott —algo más corto de lo que lo había llevado unos años antes— le daba un aspecto serio, pero sus ojos parecían extrañamente amables.

Las puertas de Gran Comedor estaban abiertas de par en par y la alegre cháchara de la hora de la cena se colaba en el recibidor, tal y como lo había hecho la noche del 1 de septiembre. Hermione no pudo evitar preguntarse cuánto se habría extendido ya la noticia de su encontronazo en clase de Pociones.

Si no hubiera tenido tanta prisa por salir de allí, quizás habría podido evitar el desastre. Seguramente no hubiera chocado con Harry y, desde luego, no se habría visto obligada a mirar a Ron a los ojos después de tanto tiempo…

—¿Estás segura de que no quieres comer nada? —Pansy la miraba con una preocupación excesiva y, aunque Hermione agradecía su amabilidad, su atención la hacía sentir ligeramente humillada.

Puede que si no hubieran tenido público su reencuentro hubiera sido distinto, pero Malfoy no era precisamente la persona que ella habría elegido para que presenciara el rechazo al que acababa de ser sometida.

—Segura.

Desde donde estaba Hermione solo podía ver el perfil de Malfoy, que se había alejado unos metros para apoyarse contra el pasamanos. Tenía pintada en el rostro una expresión de estudiado desinterés que no conseguía engañar a la muchacha. Aquello era solo fachada.

Hermione estaba absolutamente segura de que Malfoy no perdía detalle de la conversación que allí estaba teniendo lugar.

Porque, siendo sinceros, ¿quién lo haría?

Se colocó la mochila al hombro y, tras dirigirle una última mirada a Nott y Pansy, murmuró un leve «gracias» y echó a andar escaleras arriba.

—No hay de qué —escuchó decir a Nott, pero no le respondió. No se sentía con fuerzas para hacerlo. Para preguntarse por qué estaba siendo (relativamente) amable con ella. Entendía las razones de Pansy para actuar como lo hacía, pero eso era todo. No quería preguntarse cuál era la razón para la cortesía de Theodore, por el sencillo hecho de que temía la respuesta.

Solo quería llegar a su dormitorio, meterse en cama, hundirse en la esponjosa almohada de plumas y arroparse con el cálido y mullidísimo edredón. Solo quería dormir hasta el día siguiente, sin que nadie la molestase.

Pero parecía que no iba a resultar tan fácil.

Ya había llegado al primer piso cuando escuchó una serie de pasos apresurados tras ella, acompañados de un ligero jadeo.

—Creo que… Creo que voy a… acompañarte. —La voz de Pansy, un poco entrecortada a causa del esfuerzo que había tenido que hacer para alcanzarla, le llegó tan solo unos segundos después.

Hermione ni siquiera necesitó volverse para mirarla. La preocupación de Pansy era casi palpable.

Se le formó un nudo en la garganta.

—No es necesario. —Los escalones crujían bajo los pies de Hermione. Continuó subiendo, tratando de hacer caso omiso de la otra chica.

—Hermione…

La mano de Pansy se cerró en torno a su manga, haciéndola detenerse.

Suspiró, un poco exasperada. Pansy debería saber mejor que nadie que no tenía fuerzas para aquello. Que no tenía fuerzas para nada. Aquella semana en Hogwarts había sido incluso más difícil de lo que había imaginado, escondiéndose a cada momento, rehuyendo las miradas, y Hermione sentía ganas de darse por vencida. Si algún minúsculo resto de la antigua Hermione Granger no siguiera latiendo en su interior ya lo habría hecho.

—¿Por qué haces esto? —Notaba el temblor de su propia voz, pero no se dejó amilanar. Toda ella seguía tiritando. Tratando de detener los estremecimientos, apretó los puños tan fuerte que se hizo daño cuando las uñas se le clavaron en la palma de la mano.

Pansy puso los ojos en blanco. Tenía las pestañas muy largas y muy negras y Hermione descubrió, con sorpresa, que llevaba una pizca de rímel muggle. Notó también que se había vuelto a dejar crecer las uñas y que las llevaba pintadas de un rojo intenso.

Buenas señales, ciertamente.

—No me creo que vayamos a tener esta discusión. Otra vez. —La Slytherin arqueó las delicadas y perfectamente depiladas cejas en un gesto que demostraba con la suficiente claridad su irritación—. Pensaba que habíamos aclarado todo esto.

—Por supuesto. —Hermione inclinó ligeramente la cabeza.

Sentía una gratitud inmensa hacia Pansy por todo lo que había hecho por ella. Pero eso no significaba que estuviera preparada para llevar su relación al siguiente nivel. Porque no lo estaba. En absoluto.

Tras meditar en profundidad las posibilidades que tenían, Hermione había llegado a la conclusión de que airear su amistad solo ocasionaría preguntas. Que, tarde o temprano, alguien acabaría encontrando respuestas para las preguntas. Y que esas respuestas acabarían desvelando sus secretos. Así que Hermione creía firmemente que, para beneficio de ambas, lo mejor sería mantener su pasado común oculto. Sabía que Pansy no estaba de acuerdo con su decisión y había estado preguntándose cuándo daría la chica el primer paso para acercarse a ella de nuevo. Si tuviera que ser sincera, diría que durante esos siete días había estado tratando de evitar a Pansy casi tanto como a sus antiguos amigos.

Hermione bajó la voz de forma inconsciente.

—Habíamos decidido que nadie debía enterarse. Nadie debía saber que… Que nos conocemos.

«Que somos amigas», había estado a punto de decir Hermione. Se detuvo justo a tiempo. Aunque, efectivamente, su relación con Pansy era lo más parecido a una amistad que le quedaba, la palabra aún dolía tras el desdén de Harry y Ron.

Pansy cruzó los brazos sobre el pecho. La mandíbula ligeramente cuadrada le daba un aspecto un tanto fiero que Hermione había aprendido a apreciar. Había sido ese gesto —con el mentón proyectado hacia fuera orgullosamente— el que en el pasado le había dado valor a Hermione para enfrentarse a lo que jamás creyó que podría enfrentarse.

—No, eso lo decidiste tú sola. Yo no tuve nada que ver.

Otro suspiro. Pansy era un hueso duro de roer.

—¿Y qué crees que pensarán? —La expresión de Pansy tenía pinta de decir «¿Me ves pinta de que me importe un rábano lo que puedan pensar?» —Bueno, pero… Pero ¿qué hay de Malfoy? —fue lo primero que se le ocurrió preguntar—. Creo que le ha afectado verte hablando conmigo. Debe de estar convencido de que le han lanzado un confundus.

Pansy soltó una pequeña risa entre dientes.

—Totalmente cierto. Pero no deberías preocuparte por Draco. Me parece que no te has dado cuenta de que él ya no es tu enemigo. —Alzó un dedo acusador frente al rostro de Hermione—. Dime, en estos días, ¿acaso ha vuelto a burlarse de ti o hacerte daño de alguna forma? —Sacudió un poco el dedo—. La respuesta es «no». Ni siquiera hoy… —Se interrumpió a tiempo, mordiéndose un poco el labio, pero era tarde. Hermione casi pudo escuchar las palabras que Pansy había callado.

«Ni siquiera hoy, a pesar de que Potter y Weasley no podrían habérselo puesto más fácil».

Le costaba hasta tragar.

Sabía que Pansy tenía razón, pero eso era precisamente lo que la preocupaba y asustaba. La molesta sensación —sospecha— que había tenido con Nott regresaba ahora con más fuerza.

—¿Le has…? —Tratando de tranquilizarse un poco, Hermione empezó a rascar la madera del pasamanos con la uña, pero solo consiguió hacerse daño al clavarse una pequeña astilla en la yema del índice. La tensión no se alivió ni lo más mínimo—. Pansy, ¿le has contado…? —La garganta se le había secado—. ¿…Algo de lo que pasó?

La reacción de Pansy fue inmediata. La rabia centelleó en su mirada y, por un instante, Hermione pudo ver en su expresión a la altiva y orgullosa chica que había sido en otro tiempo.

—¡Por supuesto que no! —exclamó. La voz le salió demasiado alta y un poco chillona a causa de la indignación—. ¿Por quién me has tomado? —Dio una palmada, llena de rabia, y se inclinó un poco más hacia Hermione—. Deberías saber que nunca te traicionaría de esa forma. —Lo ocultaba bien, pero resultaba evidente que esas palabras le habían afectado.

De inmediato se sintió culpable. Por extraño que resultase, la realidad era aquella. Hacía tiempo que Pansy había desarrollado una profunda e inquebrantable lealtad hacia Hermione que la había convertido en algo más que en una Slytherin llena de prejuicios. En cuestión de meses Pansy había abandonado las antiguas creencias que su familia le había inculcado y había aprendido a respetar a los nacidos de muggles, especialmente a Hermione.

La Gryffindor se mordió el labio.

—Lo siento, Pansy… —Se pasó la mano por el pelo, desordenándolo incluso más de lo que ya estaba—. Es solo que no entiendo por qué él no…

Pansy se encogió de hombros, meneó un poco la cabeza.

Tardó casi un minuto en responder. Cuarenta y nueve segundos, para ser precisos. Hermione los contó.

—Draco… Draco tiene su propia historia. —Al contestar, empezó a juguetear con un mechón de cabello, retorciéndolo entre los dedos. Era un gesto que la ayudaba a calmarse—. Ha pasado mucho desde que la guerra terminó. —Meditó un instante lo que había dicho y enseguida se corrigió—: Desde antes de que la guerra terminase. —Una pausa—. Desde antes de que empezase, en realidad —rectificó una vez más.

Hermione no quería seguir por ahí. Tenía suficiente de su propio drama como para interesarse por el de Malfoy.

—Aún así…

El sonido de unas voces que conocía bien la hizo callar inmediatamente.

—No me puedo creer que haya tenido la cara de volver después de lo que hizo… —Ron estaba tan enfadado que la voz le salía estrangulada. Parecía que se estaba atragantando por culpa de la rabia.

De inmediato, Hermione trató de lanzarse escaleras abajo. Cualquier cosa antes que enfrentarse a ellos una segunda vez ese día. Pansy no se lo permitió. La agarró firmemente, aprisionándola contra el pasamanos. Ella siempre había sido más corpulenta que Hermione y en ese momento, con todo el peso que la Gryffindor había perdido, habría sido una locura pretender zafarse de su agarre. Hermione sabía que no tenía escapatoria, así que no tardó en rendirse.

Miró a Pansy con una expresión suplicante, pero ella negó con la cabeza.

Las voces se acercaban.

—Tienes razón, Ron. —Harry parecía más sereno, pero Hermione sabía que no por ello debía estar menos enfadado. Simplemente, a Harry siempre se le había dado mejor que a Ron manejar su mal humor—. Estaba convencido de que no iba a volver este año. ¡Es increíble que…!

La conversación se cortó en seco. Al doblar el recodo del pasillo, Harry y Ron aparecieron en lo alto de las escaleras, tan solo a un par de metros de distancia de las chicas.

—¡¿Qué significa esto!? —berreó Ron. No fue capaz de contenerse, y Hermione podía comprenderlo. Pansy estaba muy cerca de ella, pero su actitud era abiertamente protectora.

Pansy rio por lo bajo de forma despreciativa.

—Baja la voz, Weasley. —Sonreía y su tono estaba cargado de veneno—. Es irritante escucharte.

Harry abrió la boca para meter baza, pero no salió nada. La escena que tenía frente a él resultaba tan chocante que debía haberse quedado sin habla.

Ron se iba sonrojando por momentos. Estaba tan colorado que parecía a punto de explotar.

—¿Qué…? ¿Qué…? —Señaló a las dos chicas—. ¿Qué hacéis…?

—Si lo que quieres es hacer una pregunta, deberías aprender a hablar antes. —Pansy fingió un bostezo—. Me estás aburriendo, Weasley.

Hermione no se atrevía a levantar el rostro. Observaba con detenimiento los escalones que quedaban a los pies de Ron, sus zapatos, los bajos de su túnica. No se atrevía a mirar más arriba. El pecho le dolía. Era un dolor tan intenso que Hermione pensó que, de un momento a otro, dejaría de respirar.

—Ten cuidado, Parkinson. —Harry parecía haberse recuperado de la impresión—. No tienes ni idea de con quién te estás relacionando. —Ron gruñó—. O quizá sí. Puede que se trate precisamente de eso, ¿no, Parkinson? ¿Estás buscando un nuevo miembro para tu club de cobardes y traidores?

Hermione creía saber a qué se refería Harry. También Pansy.

Resultaba evidente, porque él nunca lo olvidaría. Nadie lo haría.

—Oh, Potter, me decepcionas. —Se llevó la mano al pecho, fingiendo desolación—. Esperaba que hubieras madurado un poco, que hubieras conseguido perdonarme... —Ahora se fingía arrepentida. Contraía el rostro como si sintiese verdadero dolor, pero cada una de las sílaba destilaba sarcasmo—. Has tenido tiempo en estos cuatro años, ¿no te parece? —Abandonó la actuación y volvió a reír una vez más. Qué bien se le daba fingir. Cuando se mostraba tan segura de sí misma, Hermione no podía más que admirarla—. Obviamente no ha sido así. No sabes cuánto lo siento.

—No sabes de lo que hablas, Parkinson… —Ron había alcanzado un nuevo tono de rojo intenso—. Hay cosas que no merecen ser perdonadas. —Y echó a andar escaleras abajo, completamente furioso.

Harry lo siguió sin perder un momento. Hermione vio sus pies alejarse y escuchó el suspiro de Pansy. Cuando por fin se atrevió a levantar la cabeza, se dio cuenta de que los retratos que había a su alrededor estaban llenos de gente, nada disimulada, que observaba la escena con excesivo interés. Un hombre de cabello rizado y nariz ganchuda se inclinaba tanto en su dirección que parecía querer salirse del cuadro.

La sensación de humillación aumentó. Los ojos se le llenaron de lágrimas una vez más.

Hermione odiaba esa sensación. Odiaba sentirse tan débil y derrotada.

Se dio la vuelta sin esperar a que Pansy hablara y empezó a subir los escalones de dos en dos en dirección a la Torre de Gryffindor. Casi de inmediato escuchó los pasos de Pansy siguiéndola.

Saltó de forma inconsciente el escalón falso del primer tramo de escaleras del quinto piso y, tan solo unos pasos después, tuvo que detenerse para recuperar el aire. Pansy jadeaba.

—¿Her… mione? —La escuchó inspirar hondo una, dos, tres veces—. Oye, Hermione…

Siguieron subiendo, más despacio esta vez.

Resultaba obvio que Pansy quería decir algo, que por eso había salido tras ella después de despedirse, pero no sabía cómo hacerlo.

—¿Has pensado en lo que dijo McGonagall? —preguntó al fin.

Claro que lo había pensado.

Lo pensaba a todas horas.

Y es que Hermione estaba cansada de ser Gryffindor.

Estaba cansada de ser Gryffindor y no recibir nunca nada a cambio.

Tiempo atrás, la gloria siempre había sido para Harry, solo para Harry. Eso no le importaba, desde luego. Hermione habría hecho cualquier cosa por él. Pero ese era ahora precisamente el problema.

Le dolía que él se hubiese olvidado de todo aquello tan fácilmente.

Y Ron. Ron también se había olvidado.

Odiaba seguir siendo Gryffindor. Porque sentía que ya no pertenecía allí.

—Sí —fue todo lo que respondió..

Llegaron al sexto piso, pero Pansy no la presionó. Continuaron subiendo.

—¿Crees que es buena idea? —murmuró entonces Hermione en voz tan baja que su compañera apenas pudo escucharla—. Lo de cambiar de casa.

Pansy chasqueó la lengua.

—Depende, supongo. —Habían llegado al séptimo piso. La Dama Gorda le sonrió a Hermione desde lejos—. No creo que para nosotros —y estaba claro que con «nosotros» se refería a la casa de Salazar— sea tan fácil.

—¿Por qué no?

—Porque vaya a donde vaya —Gryffindor, Ravenclaw o Hufflepuff— seguiré siendo la chica que quiso entregar a Potter al Señor Tenebroso. —Hermione tuvo que darle la razón. El mismo Harry había insinuado su desliz minutos antes—. En Slytherin solo soy alguien más que cometió un tremendo error. —No había amargura en las palabras de Pansy. Sonreía. Con tristeza, pero sonreía.

—¿Crees que yo…? ¿Crees que podría hacerlo?

Pansy asintió en silencio. Parecía tan calmada y segura de sí misma que Hermione se sintió reconfortada.

Llevaba días acariciando la idea en su cabeza, la idea de Ravenclaw. Cuanto más lo pensaba, más evidente le parecía lo que tenía que hacer. Y, a pesar de ello, todavía seguía sintiendo una intensa sensación de vértigo cada vez que pensaba en abandonar todo aquello que había conocido en Hogwarts.

Pero, a fin de cuentas, ¿no lo había hecho ya en cierta forma?

—Creo que deberías intentarlo —añadió Pansy. Estaba muy seria.

Hermione desvió la mirada. Luego asintió, casi imperceptiblemente.

—Descansa. Y piensa en ello.

Pansy le dio un apretón en el brazo y dio la vuelta. En unos segundos había desaparecido de la vista.

Hermione arrastró los pies en dirección a la Sala Común. Tenía tantas cosas en la cabeza que esta empezaba a dolerle.

Ravenclaw parecía una buena opción. Una década antes, el mismo Sombrero Seleccionar había estado a punto de enviarla a la casa de Rowena. Eso tenía que significar algo. Quizá debiera haber acabado allí desde el principio.

En Ravenclaw tendría a Luna, la única persona que se había molestado en escribirle durante esos años. Aparte de Pansy, claro.

Ravenclaw tenía sentido. Sería lo más sencillo.

—¿Santo y seña? —le preguntó la Dama Gorda alegremente.

Cor leonis… —musitó ella con desgana y el retrato giró sobre sus goznes de inmediato.

Mientras pasaba el agujero para entrar en la Sala Común, Hermione le daba vueltas a las palabras de Pansy.

No podía evitar preguntarse durante cuánto tiempo el retrato de la Dama Gorda seguiría abriéndose para ella.

Continuará…

Sé que ha sido un poco raro. Debo confesar que este es mi primer Dramione y, probablemente, se me esté yendo un poco de las manos.

En cualquier caso, muchas gracias a amber91 (ya ves que Pansy va a tener un papel protagonista) y a Granger-Malfoy por vuestros reviews. La verdad es que sí, el título de la historia está tomado de la última película de 007. Al principio de la película aparecía la frase 'los muertos están vivos' o algo así, y eso fue lo que inspiró este fic. Quería escribir sobre unos personajes traumatizados que no hubieran superado el pasado. Respecto a si lo de Pansy y Nott van a ser pareja (¡spoiler!) pues… la verdad es que esa era mi idea. Sé que la mayor parte de la gente prefiere la pareja de Blaise y Pansy (no me malinterpretéis, adoro a esa pareja), pero quería darles una oportunidad a estos dos juntos. A ver qué pasa.

Gracias también a aniali1234, phoenix1993 y yoxo por tomarse la molestia de leer.