Capítulo 3 – Los muertos están vivos III

Primera parte: Breakfast with Serpents

Draco tamborileaba furiosamente con los dedos sobre la raíz del roble, manchándose las puntas de los dedos de tierra. El cielo estaba despejado, la temperatura era agradable y no había nadie a la vista en los terrenos de Hogwarts. Pero su paciencia estaba llegando rápidamente al límite.

—¿Dónde diablos se ha metido Pansy? —bufó.

Su amiga los había dejado allí, con los bolsillos y las manos llenas de bollos y tostadas, y había vuelto corriendo en dirección al colegio, sin ofrecerles ninguna explicación.

A Draco no solo no le gustaba recibir órdenes, sino que, además, tenía un extraño presentimiento respecto a todo aquello. Teniendo en cuenta que últimamente Pansy Parkinson se estaba comportando como una demente, Draco tenía muy claro qué podía esperar de ella.

Efectivamente, sus sospechas se vieron confirmadas cuando —unos quince minutos después— Pansy apareció a lo lejos, caminando en su dirección, y seguida de una figura menuda de cabello encrespado.

Granger avanzaba prácticamente arrastrando los pies, con la cabeza agachada y la mirada fija en los bajos de su túnica. Por ese motivo no los vio hasta que estuvo apenas a unos metros de ellos. En cuanto lo hizo, se detuvo en seco.

—Pansy… —murmuró tan bajito que Draco, más que escuchar su voz, intuyó lo que decía.

Pansy no contestó. Por toda respuesta, la Slytherin sacudió la mano, tratando de restarle importancia a la situación, y le sonrió a la chica con dulzura.

De inmediato, Draco arrugó la nariz. Porque, desde luego, «dulce» no era un adjetivo que a uno se le pasara habitualmente por la cabeza a la hora de describir a Pansy Parkinson.

Mientras Draco observaba la escena con interés, su amiga condujo a Granger hasta a ellos y la hizo sentarse en el suelo, haciendo caso omiso de su mueca de terror. Acto seguido, sacó un bollo del bolsillo de Theodore —un cruasán envuelto en un par de servilletas y recubierto de chocolate, algo derretido— y se lo colocó a Granger entre las manos.

De esa forma, Granger quedó definitivamente instalada entre ellos. Una Gryffindor entre serpientes.

Definitivamente extraño.

—Hermione va a pasar mucho tiempo con nosotros a partir de ahora —explicó Pansy, mientras cruzaba las piernas y se acomodaba en el suelo, como si aquello fuera lo más normal del mundo.

El gesto horrorizado de Granger no se alteró lo más mínimo. Resultaba evidente —para cualquiera menos para Pansy, al parecer— que ella no estaba de acuerdo con la idea. Draco la vio tragar saliva y abrir la boca. La volvió a cerrar e inspiró hondo.

La mueca de espanto remitió, pero no desapareció.

Draco no estaba completamente convencido de que Granger fuera a ser capaz de decirle a Pansy lo que pensaba de su idea. La incertidumbre se prolongó más de un minuto.

—En realidad… Pansy… —consiguió articular ella al fin—, no creo que eso sea necesario. Te lo agradezco, pero… —Tenía todos los músculos de la cara tensos.

No se podía decir que su réplica tuviera mucha fuerza, pero lo había intentado al menos. Eso Draco no podía negárselo.

Por primera vez la sombra de la antigua Gryffindor se perfiló en los ojos de Hermione Granger. Aquella mujer —la que estaba haciendo un esfuerzo (en vano, pero esfuerzo al fin y al cabo) por ocultar su angustia, allí, frente a él, en ese mismo instante— se parecía un poco más a la prefecta perfecta que él había conocido tiempo atrás. Esa —y no la criatura atemorizada que Pansy parecía haber tomado bajo su cuidado— le recordaba un poco más, solo un poco, a la mandona y sabihonda Granger que tantos quebraderos de cabeza le había provocado en su juventud.

—No es necesario —repitió ella con más firmeza, casi como si hubiera intuido los pensamientos de Draco.

Pansy le dio un mordisco a su tostada. Masticó un par de veces.

—No digas tonterías —replicó una vez hubo tragado—. Por supuesto que es necesario. —Una pausa—. Y no pienso discutir —añadió, prácticamente silabeando la última frase. Sus ojos tenían un brillo peligroso.

La castaña agachó la cabeza y, en un instante, Hermione Granger había vuelto a esfumarse frente a los ojos de Draco.

—Pero, Pansy… —titubeó—. No creo… No creo que ellos soporten estar tan cerca de una sangre sucia.

Draco se detuvo a medio mordisco de su manzana. Estuvo tentado de pedirle que repitiera lo que acababa de decir, porque apenas podía dar crédito a sus oídos. Pudo sentir a Nott junto a él, tensando la espalda contra el tronco del árbol. Él mismo se vio conteniendo el aire un instante. Luego, empezó a soltarlo muy despacio.

Aquello resultaba ridículo.

Sangre sucia.

Esa era una palabra que, tras la caída del Señor Tenebroso, todos ellos habían aprendido a manipular con extremo cuidado, como si de un cuerno de erumpent, a punto de explotar en cualquier momento, se tratara.

Y ahí estaba Hermione Granger, utilizándola en su propia contra, sin pestañear siquiera.

Que ella, precisamente ella, se insultara y menospreciara a sí misma con esa facilidad resultaba… lamentable. Prácticamente imposible de creer. Difícil de soportar.

El silencio se prolongó unos instantes de más.

Nadie parecía saber qué hacer o decir hasta que, finalmente, Nott se echó a reír en voz baja.

Draco lo contempló con curiosidad. No sabía si su risa era fingida, o si realmente encontraba graciosa la situación. Parecía una risa sincera, pero Theodore, al igual que él, era un maestro en el arte de la actuación. Incluso para Draco siempre había resultado complicado saber qué le pasaba a su compañero por la cabeza.

—Personalmente, no tengo nada en contra de los sangre sucia, si es así como quieres llamarlos. —Nott se inclinó hacia delante, hasta quedar muy cerca de Granger. Ella parecía ligeramente intimidada, pero no retrocedió—. Nunca lo he tenido —continuó—. De lo contrario, todavía llevaría la Marca Tenebrosa tatuada en el brazo.

Draco se revolvió incómodo ante la sola mención de la Marca. Inconscientemente se tiró de la manga izquierda hacia abajo, como si con ese simple gesto pudiera ocultar el tatuaje ante los ojos del mundo.

—No me gusta que me achaquen las creencias de mi padre. Y no soporto que me culpen de sus errores.

Joder, cómo se identificaba Draco con esas palabras.

Se oyó el trino de un pájaro por encima de sus cabezas. Durante un instante, fue todo lo que se escuchó.

Granger empezaba a sonrojarse. Probablemente pensaba que había metido la pata, porque empezó a farfullar algo que sonaba como a disculpa. No obstante, Nott alzó la mano para hacerla callar.

—No voy a negar que siempre haya encontrado divertido el hecho de que provengas de una familia de muggles —continuó Theodore—, pero no por las razones que tú crees.

—¿Entonces…? —Granger, ligeramente más calmada y con la curiosidad pintada en el rostro, partió uno de los cuernos de su cruasán, pero no se lo llevó a la boca. Las dedos se le habían llenado de chocolate derretido.

Nott se echó de nuevo hacia atrás, reclinándose contra el tronco del roble. Parecía estar preguntándose si merecía la pena responder.

Debió de decidir que así era, porque no tardó en volver a hablar.

—Siempre me ha resultado curioso que tú, justamente tú de entre todos nosotros, fueras la primera del curso. —Una pausa—. Una nacida de muggles, que no sabía de la existencia de la magia hasta que recibió su carta. Y la única que podía superarme. En absolutamente todo.

Draco carraspeó casi imperceptiblemente. Por mucho que las cosas hubieran cambiado entre ellos (en serio, ¿cómo diablos habían llegado a eso?), no creía que fuera necesario alabar el cerebro de Granger —ni ninguna parte de ella, ya puestos— de forma tan gratuita.

Aquel había sido uno de los motivos por los cuales Nott nunca había pertenecido a su pandilla. Mientras que Theodore encontraba divertido ser un segundón, para Draco el hecho de ser superado por una Gryffindor nacida de muggles había sido fuente de humillación constante, especialmente cuando el tema llegaba a oídos de su padre.

A Draco le resultaba extraño constatar que, a pesar de que Lucius Malfoy y el señor Nott se habían parecido en muchos aspectos, Theodore se había desarrollado de una manera muy distinta.

Era agradable descubrir que había algo más allá de la influencia de un padre.

Tras unos instantes de silencio, Granger volvió a hablar. Acababa de probar el cruasán y tenía una diminuta mancha de chocolate encima del labio superior.

—En todo no —rebatió. Seguía teniendo un hilo de voz, pero sus palabras se escuchaban con claridad en la quietud de la mañana—. Se me da fatal volar. Mis prácticas de vuelo fueron un absoluto desastre —reconoció con una media sonrisa. Era evidente que admitir su debilidad le causaba vergüenza. Draco podía entenderlo.

Años atrás aquello se habría convertido en la munición perfecta. Draco sabía exactamente qué le hubiera dicho. Le hubiera echado en cara que ella no era una bruja de verdad, que ningún mago o bruja que se preciara habría tenido jamás problemas en sujetar el palo de una escoba.

La hubiera llamado sangre sucia casi hasta quedarse ronco.

Pero, en ese momento, lo único que arrancó su confesión fueron risas. Pansy soltó una carcajada y Nott sonrió, agradeciéndole su sinceridad.

El mismo Draco no pudo evitar que sus labios se estiraran ligeramente y la tensión que se había apoderado del grupo con la llegada de Granger se atenuó.

Una vez las risas hubieron remitido un poco, la inquisitiva voz de Pansy se hizo oír.

—¿Draco?

Supuso que Pansy esperaba que también él dijera algo. ¿Algo… del estilo de Nott? Se tiró más de la manga en un gesto que, esperaba, fuera disimulado.

Estuvo a punto de mandar a Pansy a la mierda, pero las palabras le salieron casi sin que él se diera cuenta. Se le escaparon entre los labios, que seguían estirados en esa media sonrisa.

Sangre sucia, sangre limpia… —Llevaba tanto tiempo meditando sobre ello, tantos meses, que el solo saber que tenía la libertad de expresar en voz alta sus temores, le produjo cierto alivio—. ¿Qué importancia tiene eso ya? —Cerró los ojos, apoyando la cabeza en el tronco.

Se sentía un poco más tranquilo. Un poco.

Casi podía sentir la mirada alucinada de Granger sobre él, pero lo que acababa de decir, lo había dicho completamente en serio.

¿Qué importaba todo aquello?

Draco había entregado su vida a su padre y a sus creencias. Se había doblegado a la voluntad del Señor Tenebroso sin dudarlo siquiera. Todo por Lucius Malfoy, por satisfacer sus oscuros deseos. Por tratar de que se sintiera orgulloso de él.

Y, a cambio, tan solo había obtenido dolor y sufrimiento.

Su supuesta sangre limpia solo le había hecho infeliz a la larga. A él y a todos los que había querido.

Se calló la última frase que le hubiera gustado decir en voz alta.

«Ahora todos somos parias».

Y es que esa revelación lo asustaba. Le aterrorizaba que ella pudiera estar sentada allí, a su lado. Que, después de tantos años de enemistad —y sin saber ni siquiera cómo—, Granger se hubiera convertido de pronto en uno de ellos.

—¿Esa es la insignia de los prefectos?

Las palabras de Draco pesaban sobre ellos y fue Granger la que intentó aliviar los restos de la tensión. Parecía haberse relajado de verdad, un poco al menos. Probablemente se hubiera convencido al fin de que aquello no era una encerrona, se dijo Draco con ironía. Tras constatar que todas las varitas estaban guardadas en sus respectivos bolsillos, la chica debía haber aceptado que no se hallaba en peligro inminente y ahora trataba de mantener una conversación medianamente normal. Ella siempre tan amable y civilizada. Típicamente Gryffindor. O Hufflepuff, más bien. Puede que un poco Ravenclaw. En todo caso, nada Slytherin.

Pansy emitió una especie de sonido afirmativo. Draco la escuchó masticar y unos segundos después, respondió:

—Sí, la profesora McGonagall volvió a ofrecerme el puesto. —Alzó la mandíbula orgullosamente—. Theo también tiene la suya.

—¿Nott…?

Draco seguía teniendo los ojos cerrados, pero estaba seguro de que aquella había sido una pregunta formulada para recibir respuesta.

—No creerás que la directora iba a ofrecerle el cargo de prefecto a alguien como yo, ¿verdad? —Hundió más los dedos en la tierra—. Pensaba que eras más inteligente, Granger.

Se hizo el silencio. Otra vez. Casi pudo escuchar a Pansy gruñir.

Sorprendentemente fue Granger quien, una vez más, trató de reencaminar la conversación.

—Tienes razón. —Draco apretó la mandíbula—. Supongo que ese es el motivo por el cual ahora en Gryffindor hay dos prefectas de sexto.

Cierto, Granger ya no llevaba su insignia. Se había fijado en ello días antes.

—¿McGonagall no te ofreció el cargo?

Hubiera sido lo lógico, aunque fuera por simple descarte. Hermione Granger era la única Gryffindor de último curso que quedaba en Hogwarts.

—Lo hizo. Junto con el Premio Anual —confesó—. Pero los rechacé.

Sorprendido, abrió los ojos. Tan solo un poco. Granger lo estaba mirando a través de su espesa cortina de cabello enmarañado.

—No creeréis que alguien como yo iba a aceptar, ¿verdad? —imitó las palabras del propio Draco. Hablaba con tanta amargura que, por un momento, Draco se sintió sobrecogido.

El silencio que siguió a la revelación fue denso. Draco se preguntaba si aquel sería el momento adecuado para empezar a indagar en el pasado de Granger. Su instinto le gritaba claramente que no, que no lo era. No, con Nott como testigo y estando Pansy presente para defenderla.

Granger seguía contemplándolo fijamente, con tanta intensidad que Draco se sintió tentado de apartar la mirada. Parecía que ella estuviera buscando algo en su rostro, en sus ojos. Estaba buscando respuestas, la respuesta a la pregunta que Draco le había formulado instantes antes.

«No creerás que la directora iba a ofrecerle el cargo de prefecto a alguien como yo, ¿verdad?»

Y, más importante: «¿Qué quiere decir 'alguien como yo'?»

Esa era la pregunta que torturaba a Draco. ¿Quién era él? ¿En qué se había convertido? ¿Quedaba en su interior algo de su antiguo yo?

Pansy había vuelto a tomar la palabra, cambiando una vez más de tema por completo. Draco podía escuchar la voz de su amiga, pero apenas entendía sus palabras.

—¿…idea de cómo hacer ese ejercicio sobre la auto-transformación para McGonagall? —Pansy hablaba sin parar. Parecía tener miedo de que el silencio se extendiera.

Pero a Draco no le importaba una mierda lo que fuera que estuviera diciendo.

Y es que Narcissa Malfoy había lucido esa misma expresión —la expresión de Granger— tres años antes, el día en que el mismísimo ministro Kingsley Shacklebolt se presentó en la puerta de su casa, tras haberlos sometido a meses de arresto domiciliario mientras volvían a acondicionar la prisión mágica, para escoltar a su marido y a su hijo a Azkaban.

Aquel fue el día en que Draco se dio cuenta de que su padre había estado terriblemente equivocado. Después de todo el miedo, de toda la angustia que habían vivido en los últimos meses, aquel fue el día en que comprobó que las decisiones de Lucius Malfoy los habían llevado a la ruina. Había dudado antes de él. Llevaba semanas, meses, años, cuestionando sus decisiones.

Pero aquel fue el día en que lo supo.

Narcissa observa la escena en silencio. Lucius Malfoy tiene las manos atadas frente a él —las cuerdas le cortan las muñecas— y los labios apretados. Intenta ocultarlo, pero hay miedo en sus ojos.

Sin embargo, Narcissa no lo mira a él, sino a su hijo. Draco le sostiene la mirada, quizá por última vez. Ella parece asustada, completamente desamparada.

Y es cuando Draco entrega su varita y los aurores le ponen la mano encima, cuando Narcissa Malfoy se rompe por completo.

De pronto, las lágrimas le resbalan por la cara y un auror tiene que apresurarse a sujetarla.

Ver a su madre así —su madre, que nunca jamás ha perdido la compostura y la serenidad— lo destroza por completo. Ver a su madre desmoronándose frente a él, sin que él pueda ayudarla, es lo que más le asusta. Más que el saber que se lo llevan a Azkaban. Más que el saber que puede que nunca vuelva a salir de allí.

Y es en ese momento cuando Draco comprende que lo único que su madre ha querido siempre es mantener unida a la familia. Ha seguido fielmente a Lucius, ha tratado de proteger a Draco por todos los medios posibles. Nunca por ella, sino por su familia.

Mientras se lo llevan a rastras, Draco siente las manos de su padre extenderse —luchando contra las ataduras— para agarrarlo del hombro. Pero, de pronto, ya no soporta su contacto.

Los gritos de su madre resuenan en su cabeza.

—¡No, no! —Narcissa se revuelve en brazos del auror—. ¡Draco!

Grita tan fuerte que la voz se le rompe y Draco sabe que, a partir de ese momento, sus gritos lo perseguirán cada noche en sus peores pesadillas.

Pero, peor incluso que sus gritos, son sus ruegos.

—Por favor, por favor…

Porque Narcissa Malfoy nunca suplica.

Draco estaba seguro de que su madre podría haber superado con estoicismo cualquier castigo que se les impusiera como pago por sus actos. Cualquiera menos ese. Cualquiera menos el ver como le arrancaban a su único hijo de las manos.

Y todo había sido culpa de Lucius.

Draco parpadeó un par de veces, tratando de alejar los recuerdos. Enfadado consigo mismo por dejarse llevar de esa manera, cogió una ramita del suelo. La apretó tan fuerte que no tardó en partirse en dos.

Aquel día, su madre parecía aterrada. Parecía haberse rendido. Parecía saber que, probablemente, jamás volverían a estar juntos. Parecía saber que ya no le quedaba nada por lo que luchar.

Y ahora Granger lo contemplaba con esa misma expresión.

Se le revolvió el estómago. Sabiendo que ya no sería capaz de probar bocado, lanzó la manzana lo más lejos que pudo, por encima de la cabeza de Pansy. La fruta cayó al suelo con un sonido sordo una veintena de metros más allá y rodó por la ladera de la colina hasta perderse de vista.

Mientras, Draco solo podía preguntarse qué pensaría su madre si pudiera verlo en ese preciso momento.

Segunda parte: One Lion Cub

El lunes llegó mucho antes de lo esperado.

Hermione bajó a los invernaderos sin desayunar, con el corazón en un puño y la carta de la profesora McGonagall en la mano.

Había esperado sinceramente que la directora le permitiera saltarse las clases de la mañana, Herbología y Cuidado de Criaturas Mágicas. Dos clases en las que le sería imposible pasar desapercibida.

No había tenido suerte.

Fiel a su recién adquirida costumbre, Hermione llegó justo antes de que sonara la campana anunciando el comienzo de las clases. Todos sus compañeros habían entrado ya en el invernadero y, a través de los sucios cristales, Hermione pudo distinguir el inconfundible cabello de Ron en el extremo derecho de la mesa. Por supuesto, el alborotado pelo azabache de Harry estaba justo a su lado.

Entró procurando no mirar en su dirección, encaminándose hacia el extremo opuesto de la mesa. En el invernadero el calor era asfixiante y olía a tierra mojada y a algo dulce y penetrante que ella no supo identificar.

—Hermione —saludó Pansy con una sonrisa, señalándole con la cabeza el sitio vacío que quedaba a su lado. Justo frente a Malfoy.

Hermione sopesó sus opciones. Lanzó un vistazo rápido a la clase. No quedaban apenas sitios libres. Uno frente a Malfoy, uno frente a Dean y otro… Junto a Harry.

No tardó en decidirse.

A pesar de lo mucho que Hermione había insistido para que Pansy se mantuviera alejada de ella, en ese momento se alegró de que no le hubiera hecho caso.

Profundamente aliviada, se aproximó al extremo de la mesa y dejó caer la mochila junto a la Slytherin. Durante todo el proceso trató de evitar la mirada de Malfoy. Incluso después del desayuno que habían compartido el sábado —y el domingo, por culpa de la insistencia de Pansy— Hermione habría preferido mantenerse lejos de él. Era evidente que parecía una persona completamente nueva, pero los años de enemistad y burlas todavía pesaban en su memoria.

Así que se dedicó a inspeccionar la bandeja que tenía enfrente. Cada alumno tenía su propia maceta llena de tierra y, de ella, asomaba una pequeña planta de tallo corto y dos grandes hojas que formaban un lóbulo abisagrado. Los bordes de la planta carnívora estaban recubiertos por una especie de pelillos que, una vez las hojas se cerraban, se entrelazaban para evitar que la presa escapase.

Fácil. Hermione la reconoció de inmediato.

Dionaea muscipula, o Venus atrapamoscas. Ningún problema.

Se atrevió a mirar de reojo a Nott y Malfoy. Parecían muy tranquilos. Ni siquiera parecían darle importancia al hecho de tenerla allí, a pesar de que Hermione podía sentir las miradas y cuchicheos del resto de sus compañeros.

Tragó saliva, rogando por que la clase comenzase pronto.

Por suerte, en el momento en el que Malfoy empezaba a enfundarse los guantes protectores de piel de dragón, la profesora Sprout entró en el invernadero. Seguía llevando el sombrero ladeado sobre el pelo corto y, como de costumbre, tenía manchas de tierra en la ropa.

—Buenos días, chicos —saludó alegremente—. Hoy vamos a seguir trabajando con la Venus atrapamoscas. Al final de la clase tendréis que haber recogido un bote entero de jugo. —Alzó un tarro de cristal para que vieran la medida—. Si habéis leído el capítulo correspondiente de la Guía de Herbología, sabréis qué hacer. —Dio un par de palmadas—. Podéis empezar. Vamos, vamos, vamos.

Hermione clavó la mirada en su planta. No había leído el capítulo, pero no creía que fuera a ser necesario.

A su alrededor todos se habían colocado ya los guantes protectores. Ella ni siquiera sacó los suyos del bolsillo.

—No estábamos seguros de que fueras a aparecer hoy —Nott, que estaba frente a Pansy, la observaba fijamente. Su expresión era seria—. El lunes pasado te saltaste las clases.

Hermione se aclaró la garganta. Podía sentir la mirada gris de Malfoy clavada en ella.

—Escribí a la directora para pedirle que me exentara, pero no ha sido posible. —Alzó la carta, que todavía sostenía en la mano—. Ha llegado esta mañana.

Se volvió para coger un escalpelo de la mesa del material, que estaba justo detrás de ellos. Aprovechó para agacharse y meter la carta en la mochila, quizá con demasiada brusquedad. El papel se arrugó cuando Hermione lo empujó contra su Guía de la Transformación, Nivel Superior.

Pansy ya se había puesto a trabajar. Había comenzado a practicar una serie de cortes alrededor de los cilios del borde y el jugo empezaba a asomar muy, muy lentamente.

Hermione, en lugar de imitar a Pansy, comenzó a practicar los cortes alrededor de los tres grandes pelos que asomaban de los lóbulos. Había que tener mucho pulso; cortar medio milímetro por encima del punto indicado significaba que la planta se cerraría sobre su mano en cuestión de milésimas de segundo y eso, sin la protección de los guantes de piel de dragón, podía resultar fatal.

Se tomó su tiempo y, una vez hubo terminado con el primer pelo, hizo una pausa para permitir que el pus empezase a aflorar. Pansy y Nott —que trabajaban con plantas algo más grandes que las de los demás— ya habían conseguido empezar a recoger el líquido. Sin embargo, Malfoy estaba teniendo problemas. Su planta era muy pequeña y de los cortes que había hecho apenas manaban unas gotas.

El chico parecía empezar a frustrarse. Cada vez practicaba cortes más profundos, que no ayudaban en absoluto. El jugo no solo seguía sin salir, sino que empezaba a contaminarse de savia.

—Estás estropeándola. —No se pudo contener. No soportaba ver un trabajo mal hecho, eso no había cambiado—. Es mejor que intentes cortar alrededor de los pelos que hay en el lóbulo. Así, ¿ves? —inclinó su maceta para delante para que él pudiera ver lo que estaba haciendo.

Malfoy tardó unos segundos en darse cuenta de que Hermione se dirigía a él. Lo pilló completamente desprevenido.

—No recuerdo haberte pedido ayuda, Granger —espetó instintivamente. Tenía el ceño un poco fruncido. Resultaba evidente que no le hacía ninguna gracia que le dijesen lo que tenía que hacer.

—Yo… —Sus mejillas se tiñeron de inmediato. Años atrás habría tenido una réplica ácida para devolverle a Malfoy su desplante, pero de eso hacía ya mucho tiempo. La mujer en la que se había convertido era absolutamente incapaz de defenderse a sí misma. Así que solo agachó la cabeza y, mientras practicaba un nuevo corte, musitó—: Solo quería ayudar.

Sintió un golpe en la mesa, y supo que Pansy había tratado de darle una patada a Malfoy. Hermione dudaba de que lo hubiera alcanzado, pero la intención estaba clara.

A pesar de que Hermione estaba tratando de concentrarse en su trabajo, pudo ver a Malfoy observando atentamente su planta. Era un completo desastre. Eso era innegable.

Lo escuchó contener un suspiro.

—¿Granger? —Tanteó el terreno. Ella produjo un sonido indefinido con la boca.

Sabía que probablemente Pansy estaba esperando a que Malfoy se disculpase. También sabía que él no pensaba caer tan bajo. Seguramente su orgullo le impedía denigrarse de esa manera.

Qué esperaba ella, eso no lo sabía.

—¿Granger? —repitió, esta vez más fuerte. Su tono no admitía réplica.

—¿Mmm…?

—¿Cómo diablos se hace esto?

Hermione alzó el rostro, muy lentamente. Malfoy se había inclinado para observar su planta. Si hubiera tenido valor para hacerlo, le hubiera lanzado la Venus atrapamoscas a la cara. Pero, por supuesto, no lo tenía.

Así que simplemente se rindió.

—Lo primero es quitarse los guantes.

Malfoy arqueó una ceja. Su mirada resbaló hasta las manos desnudas de Hermione.

—¿Desde cuándo trabajas sin protección? —Inmediatamente después frunció el ceño—. ¿Y desde cuándo ignoras las instrucciones de los libros? —Malfoy agarró su ejemplar de la Guía de Herbología, que había dejado abierto en la esquina de la mesa. Releyó la entrada dedicada a la extracción del zumo, como si el libro fuera a ofrecerle una explicación milagrosa para la extraña conducta de Hermione y su método alternativo.

Hermione esperó pacientemente a que él volviera a mirarla.

—Desde que sé lo que hago. —Al escucharla, Pansy sonrió.

Draco arqueó una ceja y Hermione no pudo evitar acordarse de las muchas veces que, en el pasado, se había opuesto a desviarse siquiera mínimamente de las instrucciones de los libros. Durante meses, su terquedad había logrado que Harry la superase en Pociones en sexto curso. Y, aunque no se arrepentía de su actitud —el libro del Príncipe Mestizo había resultado ser un peligro, como ella bien había anticipado— sí que había aprendido a relajarse un poco. Los meses que había pasado visitando mundo le habían enseñado que no siempre había una única manera de hacer las cosas y aquel era un ejemplo tan bueno como cualquier otro. Había aprendido una forma mejor de realizar aquel trabajo —y de una fuente fiable— y ahí estaba Malfoy, pidiéndole ayuda.

—Vas a decirme qué tengo que hacer, ¿o no?

Una vez más estuvo a punto de negarse, pero estaba cansada de peleas. Estaba cansada de discusiones.

—Quítate los guantes —repitió—. Entorpecen los movimientos y la sensibilidad. —Tras un instante de duda, Draco obedeció. Pansy lo imitó casi de inmediato—. Hay que cortar alrededor de los cilios que hay en los lóbulos, no de los pelillos, haciendo círculos concéntricos, cada vez más grandes. —Hermione señaló su planta, para que vieran cómo lo había hecho. Hasta Nott estiró el cuello para tener una buena perspectiva.

Hermione había trazado tres cortes alrededor de cada uno de los pelos. A partir de ahí, había comenzado a ampliar el diámetro de las circunferencias.

—El más difícil es el primer círculo, porque si tocas el pelo, la planta se cerrará. Cuanto más cerca del cilio se haga el corte, más zumo conseguirás. Pero, si no quieres arriesgarte, puedes empezar a cortar a unos cinco milímetros de distancia.

Malfoy tenía la frente arrugada. Hermione no pudo evitar pensar que, con toda seguridad, el Malfoy adolescente se estaría revolviendo en su interior. Aceptar la ayuda de una sangre sucia. Quién se lo iba a decir.

Él debía de estar pensando lo mismo porque, durante un par de minutos, se quedó quieto. Tenía la mirada clavada en la planta y el escalpelo en la mano, pero no se decidía a empezar el trabajo. Pansy y Nott miraban sus respectivas plantas, probablemente preguntándose si merecía la pena arriesgarse cuando ya estaban consiguiendo una cantidad aceptable de zumo..

Finalmente, Malfoy reaccionó. Con la determinación pintada en el rostro, se inclinó tanto hacia delante que de haberse cerrado la planta en ese momento le habría pillado la nariz.

La cabeza rubia de Malfoy le tapaba la vista, así que no podía saber qué estaba haciendo. No obstante, cuando se incorporó, Malfoy lucía una sonrisa victoriosa. El zumo ya asomaba de los cortes, perfectamente practicados. Hermione admiró el trabajo en silencio. Ni muerta pensaba darle la enhorabuena.

—¡Lo has conseguido, Draco! —Pansy estaba radiante. La victoria de Malfoy parecía haberla animado, porque enseguida echó mano del escalpelo de Hermione, que estaba más afilado—. Ahora voy a intentarlo yo... —Su expresión de concentración era tal que Hermione no pudo evitar sonreír.

El corte que practicó Pansy no estaba tan cerca del pelo como el de Draco, y Hermione no pudo evitar pensar que era una suerte que así fuera. A Pansy le temblaba demasiado el pulso; un par de milímetros más arriba y la planta la habría atrapado sin lugar a dudas.

Al levantar la cabeza, Hermione comprobó que también Nott se había quitado los guantes y seguido su consejo. Contemplaba orgulloso su planta.

—Me parece que mis notas en Herbología van a mejorar considerablemente este año —comentó mientras se estiraba para alcanzar un segundo tarro. El primero aún no estaba lleno, pero gracias a los nuevos cortes pronto lo estaría.

Hermione agradeció el comentario, especialmente porque resultaba evidente que a las notas de Nott, precisamente a las suyas, no les quedaba mucho margen para la mejora.

El entusiasmo de los chicos debió de llamar la atención de la profesora, que se acercó a ellos prácticamente saltando para evitar pisar unas raíces de Cornetilla del diablo que se habían extendido a lo largo del pasillo.

—¡Espléndido! —La regordeta bruja se inclinó sobre las plantas de los cuatro alumnos.

Al darse cuenta de a quién se dirigía la profesora, la clase fue quedando progresivamente en silencio. Todos los rostros estaban vueltos en su dirección.

La Venus atrapamoscas de Pansy era la que le quedaba más cerca y sus cortes rezumaban el tan preciado zumo.

—¿Cómo lo han conseguido, señorita Parkinson?

—Ha sido Hermione, profesora. Ella nos ha enseñado cómo hacerlo.

De inmediato, los murmullos comenzaron. La profesora no pareció darse cuenta de ello. O, quizá, decidió simplemente ignorarlos.

—¡Cómo no! ¡Es un placer volver a tenerla por aquí, señorita Granger! —La profesora Sprout sorteó a Pansy para acercarse más a la planta de Hermione. Examinó los cortes con ojo crítico—. Esta es una técnica más avanzada y efectiva para extraer el zumo de la planta, pero también más peligrosa. Resulta ser un trabajo excesivamente delicado. —Cogió la maceta de Hermione y la levantó para que toda la clase pudiera admirar su trabajo—. Practicando los cortes alrededor de los cilios, se consigue una mayor cantidad de jugo en menos tiempo. Sin embargo, hay que tener mucho cuidado. Como sabéis, las hojas de la Venus atrapamoscas tardan tan solo una décima de segundo en cerrarse para atrapar a su presa. —Hizo una demostración tocando uno de los cilios con un palito. En menos de lo que se tarda en pestañear, la planta había cerrado sus fauces—. Sin los guantes de protección y con tal cantidad de zumo, la mano puede sufrir graves quemaduras si esto llegara a pasar.

El jugo empezaba a gotear por la planta y la profesora Sprout se apresuró a devolvérsela a Hermione para que lo recogiese en el bote.

—¿Puedo preguntarle dónde ha aprendido así a tratar estas plantas, señorita Granger?

Hermione agachó la cabeza. Nunca se le ocurriría ignorar la pregunta directa de una profesora, pero tampoco quería que todo la clase se enterase de sus secretillos.

—En Castelobruxo, profesora —musitó al fin con un hilo de voz.

—¿Castelobruxo? —La profesora parecía encantada—. Eso es fantástico. Tengo entendido que tienen un impresionante programa dedicado a la Herbología y al Cuidado de criaturas mágicas —comentó.

—Así es, profesora. Pasé unos meses muy beneficiosos allí. —Por eso esperaba que McGonagall me exentara, añadió mentalmente con amargura.

—Resulta evidente, señorita Granger. —Le sonrió. Su cara regordeta traslucía entusiasmo—. Creo que esto merece quince puntos para Gryffindor.

Hermione contuvo una mueca. A esas alturas, le importaban un pimiento los puntos. No los quería. No quería contribuir a la victoria de una casa que la aborrecía.

La profesora Sprout lanzó una mirada pensativa a su alrededor. Theodore y Pansy casi habían llenado su primer tarro y Malfoy, con sus cortes perfectamente practicados, les ganaba terreno rápidamente.

—Sí, y creo que diez puntos para Slytherin. —Parecía muy orgullosa del trabajo de sus alumnos—. Por cada uno —añadió—. Me alegra comprobar que son ustedes capaces de trabajar en equipo. Minerva estará muy satisfecha —añadió, un poco para sí misma.

Cuando la profesora Sprout se dio la vuelta para vigilar el trabajo del resto, la mirada de Hermione se cruzó con la de Malfoy. Él sonreía, pero pronto resultó evidente que su alegría no se debía a los treinta puntos que acaban de conseguir. Malfoy inclinó la cabeza y Hermione, sin pararse a pensar en lo que ese extraño gesto de complicidad implicaba, siguió la dirección que le señalaba y pudo ver sin dificultad qué era lo que tanta gracia le causaba.

Ron los estaba mirando. Sentía tanta rabia que sus facciones estaban desfiguradas. Su rostro reflejaba tal expresión de asco que parecía que acabara de beberse de un trago una botella de Poción Multijugos, esencia de Crabbe. O de Goyle.

A su lado, Harry trabajaba tan furiosamente en su planta que, incluso desde donde estaba, Hermione sabía que estaba destrozándola.

Hermione nunca se había considerado una persona vengativa ni rencorosa pero, de pronto, esos treinta puntos que acababa de ayudar a ganar a Slytherin le supieron a gloria.

Sonrió para sus adentros y volvió a concentrar su atención en la Venus.

Trabajaron el resto de la clase casi en completo silencio, sin hablar entre ellos. Pero cuando aún faltaba media hora para el final de la clase doble, un aullido —proveniente de la otra punta del invernadero— los sobresaltó a todos.

Ron, probablemente tratando de imitar a Hermione, se había quitado los guantes y casi lloraba de dolor con la mano derecha atrapada entre las fauces de la planta.

La profesora Sprout se apresuró a correr en su auxilio. Tardó apenas medio segundo en liberar la mano del chico, pero el daño estaba hecho. La mano de Ron estaba llena de ampollas de doloroso aspecto.

—¡Señor Weasley! —La profesora negaba con la cabeza, alarmada—. ¿Es que no ha escuchado usted nada de lo que he dicho? Será mejor que vaya usted a la enfermería. De inmediato.

Ron no necesitó que se lo dijeran dos veces. Salió corriendo, dejando su mochila abandonada junto a la de Harry.

Pansy y Malfoy sonreían abiertamente, contentos por lo que acaba de pasar. Sin embargo, Hermione no pudo evitar una punzada de preocupación. Sacudió la cabeza, diciéndose que si hubiera sido ella la que hubiera acabado con la mano dentro de la planta, Ron habría lamentado que las ampollas no se le extendieran brazo arriba.

Al término de la clase, resultaba evidente que los Slytherin estaban de muy buen humor.

Salieron los cuatro juntos del invernadero. Hermione caminaba al lado de Pansy, un par de pasos por detrás de ella. Justo detrás, Nott y Malfoy cerraban la marcha y, mirase a donde mirase, Hermione se veía rodeada por el color esmeralda de Slytherin. Estaba en la bufanda de Pansy, en los ojos de Nott, en la corbata de Malfoy.

La serpiente de Salazar la miraba desde el pecho de sus acompañantes —¿sus compañeros?—, bordada en la pechera de sus túnicas, y Hermione se sentía un poco mareada. Daba la impresión de que las serpientes habían terminado adoptando a un desvalido cachorro de león y a Hermione le aterraba —no solo el hecho en sí— sino el poco tiempo que habían necesitado para hacerlo.

Por supuesto, que un Gryffindor —Ronald Weasley, para más inri— hubiera salido malparado en el proceso debía haber facilitado las cosas.

Sin embargo, lo que más la preocupaba era el poco tiempo que había tardado ella en rendirse a sus atenciones. ¿De verdad se sentía tan sola, tan desvalida? Sí, la respuesta era indudablemente sí. Y, a pesar de ello, a Hermione la aterraba pensar que ya no había vuelta atrás. Había querido esconder su relación con Pansy y ni dos semanas había tardado esta en hacerse pública. Ya no podían negarlo. Ya nadie lo olvidaría. Hermione tenía la sensación de que aquella muestra de compañerismo en clase de la profesora Sprout había puesto en marcha un mecanismo imparable, que había empezado a girar y a girar y a girar…

Alguien acabaría haciéndose las preguntas adecuadas y terminaría por encontrar sus respuestas. La pregunta ya no era «¿Y si alguien…?», sino «¿Cuándo?». Y, sobre todo, «¿Quién?»

—¡Ha sido genial! —En ese momento Pansy brincaba de felicidad—. ¿Visteis la cara que se le quedó a…? ¿…A todos los demás? —Fue un pequeño titubeo, pero Hermione sabía que Pansy había estado a punto de nombrar a Harry. O a Ron, quizá.

Se obligó a esbozar una mueca que esperaba pasase por una sonrisa.

La alegría de Pansy habría resultado contagiosa minutos antes, pero en ese momento cruzaban los terrenos del colegio en dirección a la casa de Hagrid y, de nuevo, Hermione podía ver los restos de la guerra. Casi podía ver el humo en la distancia, emergiendo desde la cabaña…

—Creo que nunca había ganado tantos puntos antes —añadió la Slytherin pensativamente.

—Me parece que no —concedió Nott, medio burlándose de ella con cariño.

Por el rabillo del ojo, Hermione pudo ver que las comisuras de los labios de Malfoy estaban ligeramente tensas, como si estuviera tratando de contener una sonrisa. Y, de pronto, se sintió más tranquila sabiendo que ella no era la única para la cual la guerra no había acabado todavía.

Conocía la historia de Pansy, y estaba convencida de que Nott y Malfoy tenían las suyas propias. De lo contrario ya se hubiera encontrado con alguna de sus varitas apuntándole a la yugular.

Caminaban con paso ligero, por delante de todos sus compañeros de séptimo. Aquella sería la primera vez que no llegaría por los pelos a su clase.

Inspiró profundamente. El aire puro de los terrenos de Hogwarts siempre la reconfortaba.

Pansy seguía hablando, pero Hermione ya no le prestaba atención. Su mirada acababa de toparse con una figura solitaria que ascendía por el camino en dirección a ellos. A pesar de la distancia, las gafas que llevaba resultaban inconfundibles.

—¿Luna? —Se adelantó un poco, saliendo del grupo de Slytherin.

El cabello rubio de la chica reflejaba el sol de la mañana y ella se movía con una gracilidad que resultaba sorprendente. Hermione apretó el paso. Llevaban una semana en Hogwarts y, hasta entonces, no había visto a Luna por ningún lado. Claro que, seguramente, eso se debiera a que Hermione había estado haciendo lo posible por evitar al resto del mundo.

Pronto Luna se fijó en ella. Se aproximaba dando pequeños saltitos. Le hizo un gesto con la mano y Hermione se lo devolvió.

—Hola —canturreó Luna cuando estuvieron lo suficientemente cerca. Llevaba el cabello mucho más corto, pero sus ojos seguían siendo igual de soñadores, aun a través de las gafas.

Había pasado tanto tiempo desde la última vez que se habían visto que, por un instante, Hermione se sintió desconcertada. ¿Qué debía decir?

Luna también se detuvo, a unos dos metros de ella. Miraba a algún punto situado tras ella y, solo en ese momento, Hermione se dio cuenta de que Malfoy, Pansy y Nott la habían alcanzado. No debía de ser una visión fácil de asimilar.

—¿Luna? —La chica seguía inspeccionando con curiosidad a la extraña compañía de la Gryffindor. A Hermione le entró el pánico. Quizá Luna, como todos los demás, solo diera crédito a los rumores—. Luna, soy yo… —No sabía cómo explicarse—. Hermione…

Al fin, la Ravenclaw se volvió en su dirección.

—Lo sé. Sigues teniendo el pelo lleno de skehrlis dorados. —Le sonrió con tranquilidad. Las gafas le resbalaron hasta la punta de la nariz.

Hermione se vio a sí misma correspondiendo a su gesto, a pesar de que no tenía ni idea de qué le hablaba. Luna la miraba pensativamente, con la sonrisa aún en los labios.

—Nunca había conocido a nadie con el pelo tan lleno de skehrlis —añadió suavemente.

A su espalda, Draco Malfoy soltó una carcajada.

Continuará…

Definitivamente, creo que la historia se me está yendo de las manos. Tengo el capítulo escrito desde hace días, pero no me animaba a subirlo. No me gusta como ha quedado. En absoluto.

De todas formas, queda poco para "entrar en materia", así que intentaré que a partir de ahora los capítulos no se hagan tan pesados.

En fin, muchísimas gracias por los reviews: a Cristel Lopez (lamentablemente no tengo un día fijo para subir los capítulos. Suelo tardar sobre dos días en escribir cada capítulo y, a partir de ahí, me tomo un tiempo para repasarlo. Depende de cómo de conforme haya quedado con el capítulo tardaré más o menos. En cualquier caso, ahora que estoy de vacaciones, trataré de subir al menos uno por semana), tujio21, Granger-Malfoy, Aigo Snape (¡me encantaría leer alguna de tus ideas sobre lo que ha pasado! Yo es que no puedo evitar pensar que mi historia no tiene ni pies ni cabeza. Además, lo que tengo pensado como explicación para la separación del Trío Dorado no sé si os gustará mucho. La desarrollé a partir de una petición que me hicieron, pero no termina de convencerme del todo) y amber91.

Muchísimas gracias también a EsmeraldaVanille, MaMiaDH, Majo16inu, RagnarokMorgana, cconcha-72, nekoarale, yoxo, aniali1234 y phoenix1993 por haberse tomado la molestia de leer y de añadir la historia a favoritos y/o alertas.

Editado: me había olvidado por completo de hacer unas aclaraciones.

1) Me encantó que Rowling revelara información sobre las nuevas escuelas (porque, al parecer, cada una tiene su especialidad) y pensé que sería divertido incluir algo sobre el tema en un fanfic (aunque fuera solo de pasada). De ahí lo de Castelobruxo. (Habrá también más referencias en el próximos capítulos).

2) La Venus atrapamoscas es una planta real, cuyo hábitat natural se encuentra en los estados de Carolina del Norte y Carolina del Sur (EEUU). Su descripción en la historia es lo único real, a partir de ahí es todo inventado.

3) Ni yo misma tengo ni idea de qué son los skehrlis (risas). Al principio había pensado en usar los torposoplos, pero no creo que Hermione sea la clase de persona que tenga el cerebro embotado. (Ya sabéis, según Luna los torposoplos se cuelan por los oídos y "afectan" al cerebro). Así que tuve que inventarme otras criaturas. El nombre proviene de sehrli que significa (al menos según el traductor de Google) hada en uzbeko. Quizá debería haberlo dejado tal cual, pero tengo la manía de modificar los nombres que saco del traductor...

Creo que eso es todo. Nos leemos pronto ;)