Capítulo 4 - Los muertos están vivos IV

Primera parte: This Is the Beginning of a Dark Ride

Draco apenas escuchaba a Hagrid.

— …para hacer capas invisibles…

La voz del profesor, un poco ronca, sonaba tan alto que resultaba irritante. Draco había esperado que la directora McGonagall fuera lo suficientemente inteligente como para contratar a alguien más competente que el zopenco del guardabosques, pero resultaba evidente que no había tenido suerte.

— ...su piel es muy valiosa…

Draco no tenía ni la más remota idea de lo que era un demiguise, pero debía reconocer que no parecían peligrosos en absoluto.

Las criaturas observaban a la clase con los enormes ojos oscuros muy abiertos y las patitas delanteras aferradas a los barrotes de la jaula. El color oscuro de la madera resaltaba el tono plateado de su pelaje, haciéndolo brillar.

— ...durante tres meses…

Ladeó un poco la cabeza, con disimulo. Granger estaba muy cerca, pero no le prestaba atención. Tenía la mirada clavada en el suelo y la túnica colgaba amplia sobre sus hombros. Parecía tan débil y menuda dentro de su uniforme, que Draco no pudo evitar preguntarse cómo diablos podía siquiera tenerse en pie.

La vio alzar la mano para apartarse el rebelde cabello castaño del rostro. Su muñeca era tan delgada, tan frágil, que parecía estar a punto de quebrarse.

Parpadeó y se obligó a desviar la mirada. Sintiéndose ligeramente incómodo, trató de prestar atención a la lección.

—Tenemos cinco demiguises… —El guardabosques alzó el dedo índice y fue señalando a sus alumnos uno a uno, mientras contaba. Diez, eso era todo—. …Así que trabajaremos por parejas…

Por el rabillo del ojo vio a Granger revolverse al escuchar las palabras del profesor. La joven dio un paso atrás y pisó un palo, que se partió con un chasquido. Inmediatamente, pareció encogerse sobre sí misma, como si temiera llamar la atención de los demás. Siguió retrocediendo y su espalda chocó contra el tronco de uno de los castaños que bordeaban el prado.

Draco no pudo evitar preguntarse qué diablos le pasaría últimamente a Granger por la cabeza. Tan solo una hora antes le había ofrecido su ayuda, sin rechistar, y eso Draco no podía sencillamente ignorarlo.

Porque ¿significaba eso quizá que Granger había olvidado todo lo que él le había hecho en el pasado? ¿Los años de insultos, de desprecios? ¿Las burlas y las amenazas?

¿Y la tortura? ¿Acaso no recordaba la tortura?

Draco no creía que Granger pudiera haber olvidado todo aquello. No podía creer que hubiera olvidado el trato que su tía Bellatrix le había dado. Ni que él, Draco, había permanecido inmóvil, mudo, incapaz de defenderla mientras ella rogaba por su vida.

Draco no habría podido hacerlo. No lo había hecho.

Inconscientemente se frotó el antebrazo. Sabía que era ridículo, pero la Marca Tenebrosa parecía quemar bajo la ropa, recordándole todos y cada uno de sus pasados crímenes.

¿Qué diablos le había pasado a Granger? ¿Qué le había pasado que pudiera opacar las acciones pasadas de Draco?

No podía quitarse la pregunta de la cabeza.

Antes de reencontrarse con ella, Draco jamás habría imaginado que alguien pudiera estar tan roto por dentro, sentirse tan solo y derrotado.

Pero allí estaba Granger, completamente desamparada, perdida.

Le recordaba un poco a él mismo.

Durante mucho tiempo Draco se había sentido exactamente así. Todavía lo hacía, pero resultaba evidente que él había aprendido a reprimir su traumático pasado mejor que Granger.

—¿Draco?

Pestañeó de nuevo, un par de veces. Nott lo miraba con seriedad, pero su cabeza ligeramente ladeada no engañaba a Draco. Ahí estaba otra vez la estúpida preocupación.

Desde que había abandonado Azkaban, Draco había tenido la oportunidad de comprobar en infinitud de ocasiones que lo único que despertaba en aquellos que lo conocían era lástima y condescendencia.

Y aquello era incluso peor que el odio que todavía sentían algunos hacia él y su familia.

—¿Vamos? —Nott señaló con un gesto de cabeza al profesor. Sostenía una de las criaturas en la mano y los alumnos formaban una fila ante él para recibir sus respectivos demiguises. Pansy ya estaba en la cola y, por supuesto, San-Potter-el-favorito-del-gigantón era el primero. Aun desde la distancia, Draco se dio cuenta de que Potter no parecía muy contento. Estaba serio y tenía los puños —semi ocultos entre los pliegues de su túnica— tan apretados que los nudillos se le habían puesto blancos.

—¿Draco? —repitió Nott y él asintió, haciendo un esfuerzo por mantener el semblante imperturbable.

Siguió a su compañero, sin poder evitar darse cuenta de que Granger no se había movido. Permaneció bajo la sombra del árbol, con la espalda apoyada en el tronco y las uñas enterradas en la corteza medio desprendida.

El profesor entregó el primer demiguise a Potter, y lo premió con una gran sonrisa bobalicona que hizo que Draco sintiera ganas de poner los ojos en blanco.

En cuanto Potter agarró al animal, este se hizo ligeramente más transparente, casi como si el color de su pelaje se difuminase al contacto del Gryffindor. Draco contempló divertido como el demiguise trataba de escapar, retorciéndose entre los brazos de Potter, quien lo apretó con tanta fuerza contra el pecho que Draco dudó seriamente de que la pequeña criatura fuese capaz de respirar. Sus sospechas parecieron verse confirmadas cuando el animalillo, completamente aterrado, se volvió completamente invisible.

Pero Potter estaba tan enfadado que ni siquiera pareció darse cuenta.

Draco siguió la dirección de su mirada y se topó con la figura de Granger, todavía agazapada junto al castaño, esperando —probablemente— a que Pansy volviera junto a ella.

Debía de estar absorta en sus pensamientos, porque no escuchó acercarse a Potter hasta que lo tuvo justo al lado. Cuando él habló, Granger dio un respingo. Alzó la cabeza, con una expresión de profundo pánico en el rostro y trató de retroceder, pero el tronco del árbol se lo impidió. Se tropezó con una raíz y estuvo a punto de caer al suelo.

—Pansy… —Draco llamó a su amiga sin apartar la mirada de la escena.

Potter se inclinaba hacia delante, amenazador. Desde donde se encontraba no podía verle el rostro, pero —por la forma en la que Granger mantenía la cabeza tercamente agachada— Draco estuvo seguro de que, fuera lo que fuera lo que San Potter tenía que decir, seguía sin ser del agrado de la chica.

—Será desgraciado… —siseó la Slytherin, al darse cuenta de lo que ocurría.

Una vez más, Pansy pasó velozmente a su lado. Sacudió su espesa mata de cabello negro, mientras murmuraba una serie de improperios que hacía mucho tiempo que Draco no escuchaba.

Nott permaneció en la fila, pero a su amigo no se le escapó la mirada de preocupación que le dirigió a Pansy. Cuando se trataba de la Slytherin, a Nott no le resultaba tan fácil ocultar sus sentimientos.

No obstante, no era aquello lo que en ese momento le llamaba la atención.

Pudo ver a Pansy acudir al rescate de Granger, colocándose frente a ella con una expresión airada que habría intimidado a cualquiera. Potter dijo algo que Draco no consiguió oír, pero la expresión de Pansy cambió en cuestión de segundos. El odio —un odio animal e instintivo— tomó posesión de sus facciones, sustituyendo al desprecio que Potter y Weasley siempre despertaban en ella.

A Draco no le hubiera sorprendido ver la varita de Pansy apuntando al delgaducho cuello de Potter, o sus uñas tratando de sacarle los ojos.

Por desgracia, Hagrid intervino.

—Eh, ¡eh! —Casi corrió hacia ellos, con el último demiguise fuertemente aferrado en el puño izquierdo—. ¡Vosotros dos! —Apartó a Finch-Fletchey de un manotazo—. ¿Qué está pasando aquí?

Pansy dijo algo que, de nuevo, Draco no alcanzó a escuchar. El guardabosques sacudió su gigantesca cabezota. Luego, volvió el rostro en dirección a la clase.

—Parkinson —bramó—. Ve allí, con Nott. Échale una mano.

Al darse la vuelta, Draco comprobó que, en efecto, Theodore estaba teniendo ciertos problemas para controlar al demiguise que acababa de recoger.

Nott agarraba al animalillo por el pedazo de cuero negro que llevaba atado al cuello, pero de la criatura no quedaba ni rastro. Completamente invisible, se retorcía en el aire y Theodore ofrecía un gracioso espectáculo al tratar de sujetarlo.

Pansy soltó un bufido y, tras dirigirle una última mirada a Granger, volvió a sacudir su oscura melena y se alejó dando furiosas zancadas.

El guardabosques volvió entonces su atención a Potter. Pareció dudar un instante y, al final, suspiró sonoramente.

—Harry, tú ve con Neville. —Señaló a Longbottom, que parecía nervioso—. Cuando Ron vuelva puede unirse a vosotros… —Su rostro reflejó confusión—. Por cierto, ¿dónde está Ron?

Draco arrugó un poco la nariz. Qué lento era, por Merlín.

Potter no respondió. Dio la vuelta, mientras se recolocaba las espantosas gafas. Pisaba tan fuerte que ramas y hojas crujían con violencia bajo sus pies. Lleno de rabia, apretó al demiguise con tanta fuerza que un débil quejido surgió del espacio que ocupaba la invisible criatura, entre los brazos de San Potter.

Por supuesto, Hagrid no prestó atención al arranque de furia de su alumno favorito. Ignoró el estúpido comportamiento de Potter y centró su atención en Granger.

La agarró del brazo, para apartarla aún más del resto de la clase. Draco la vio trastabillar. Por segunda vez en cuestión de escasos minutos, estuvo a punto de caer, pero el guardabosques la sujetaba con firmeza.

Se detuvieron unos metros más allá. El profesor se inclinó sobre Granger y bajó la voz. Ella mantuvo la mirada clavada en el suelo, pero Draco se fijó en que apretaba con fuerza la tela de la túnica entre los puños.

Luego, las manos empezaron a temblarle.

Y, de pronto, Draco fue incapaz de permanecer más tiempo, allí, solo. Impasible, tal y como se había mostrado toda su vida.

Su vida anterior.

Dio el primer paso, sin ser muy consciente de lo que hacía.

El segundo resultó tan difícil que estuvo a punto de detenerse.

No lo hizo.

Siguió andando.

—¡...una Slytherin, Hermione!

Había tanto desprecio en la voz del guardabosques, que Draco no pudo evitar resoplar ante su ignorancia, sus prejuicios. Hagrid seguía siendo el mismo bobalicón de siempre, igual que la inmensa mayoría de los que ese año habían regresado a Hogwarts.

—¡Sabes que no son de fiar!

Carraspeó.

—¿Granger?

Ambos se volvieron en dirección a Draco, claramente sorprendidos por la interrupción.

Ella alzó el rostro, y sus ojos castaños lo miraron a través de la espesa y desordenada mata de cabello. Draco no estaba seguro, pero le pareció que ella agradecía la interrupción.

—¿Qué diablos quieres, Malfoy? —protestó, en cambio, Hagrid.

Draco arqueó las cejas, fingiendo sorpresa.

—Creí que había dicho usted que teníamos que trabajar por parejas —sonrió—, ...profesor. —No hizo ningún esfuerzo por ocultar el desprecio que sentía. Hagrid abrió la boca, seguramente para ordenarle que cuidara su tono, pero Draco continuó hablando—. Granger está sola. —Tres segundos de pausa—. Y yo también.

El guardabosques miró a la chica, pero, al ver que ella no parecía dispuesta a hablar, farfulló algo y, antes de apartarse de ellos, le puso el último demiguise a Granger entre los brazos. Ella lo sostuvo con fuerza, mientras el pequeño animal olisqueaba la manga de su uniforme.

Granger esperó a que Hagrid se hubiera reunido con la clase para echar a andar hacia el claro. No miró a Draco.

Pansy y Nott estaban sentados en el césped, ocupados ya con su demiguise. Al mirarlos, Pansy asintió con la cabeza y Draco supo que aquella era su manera de darle las gracias.

La ignoró.

No sentía que Pansy tuviera nada que agradecerle. No quería que Pansy tuviera nada que agradecerle.

El instinto sobreprotector que su amiga había desarrollado hacia Granger resultaba sorprendente, pero Draco no tenía ningún interés en verse arrastrado a su cruzada personal. No tenía intención alguna de convertirse en el canguro de Granger, y no quería que Pansy malinterpretase sus acciones.

Él solo quería respuestas.

Satisfacer su egoísta curiosidad, eso era todo.

Nada más.

Se dejó caer en el suelo, frente a Granger, cuidando de no pisarse el bajo de la capa. Ella lo miró con los ojos muy abiertos, mientras acomodaba al demiguise en su regazo; tardó unos segundos en reaccionar.

—¿Qué haces, Malfoy?

Él la contempló impasible. La hierba estaba húmeda y Draco tuvo que recolocarse la túnica para evitar que los pantalones se le mojasen.

—Nott y Pansy están allí. —Granger señaló al otro lado del prado, pero Draco no necesitó volverse. Sabía dónde estaban; justo a su espalda, un par de metros a la derecha de San Potter y el idiota de Longbottom. También sabía que era precisamente aquella proximidad la causa de que Granger no se hubiera reunido con Pansy tras su pequeño intercambio de opiniones con Hagrid.

Se encogió ligeramente de hombros. Fue un gesto apenas perceptible, elegante.

—Tenemos que trabajar por parejas, Granger. Creía que eso había quedado claro.

La vio hundir los dedos más profundamente en el pelo plateado del demiguise, dibujando pequeños círculos al acariciarlo. El animal emitió un sonido que recordaba vagamente a un ronroneo y frotó la cabeza contra su pierna. La criatura parecía estar pasándoselo en grande; se mantenía completamente visible y, cada vez que temía que la chica detuviera sus caricias, la golpeaba suavemente con su pequeña mano simiesca para llamar su atención.

Sonrió ligeramente, muy ligeramente.

El guardabosques empezaba a repartir unas cajas de madera con el material que necesitarían para la clase. Dejó la que le correspondía a ellos al lado de Granger y se alejó sin mirarlos, sin decir nada.

—¿Por qué?

Draco la miró, echándose un poco hacia atrás.

—¿Que por qué? —repitió él—. Porque es lo que ha dicho tu querido Hagrid.

Granger hizo una mueca.

—No —replicó sin mirarlo—. Que por qué vas a trabajar conmigo.

El chico frunció el entrecejo. ¿Acaso aquello no resultaba evidente?

—Creo que no tengo otra opción, Granger. —Sacudió la cabeza y el flequillo rubio platino le cayó sobre los ojos—. Nott está con Pansy, por si no te habías dado cuenta.

Estiró la mano para coger la caja. Pesaba muy poco y, en cuanto le quitó la tapa, Draco descubrió el motivo. En su interior tan solo había distintos tipos de verdura y legumbres, y unos cuantos trozos de fruta ya cortadas.

—¿Bromeas? —preguntó con una mueca mientras alzaba un pedazo de manzana completamente oxidada—. ¿Esto es todo lo que tenemos que hacer? ¿Darle de comer a estos bichos?

—No está tan mal, Malfoy. —Y por su tono de voz Draco fue consciente de que, al igual que él, Granger daba gracias por la ausencia de zarpas, aguijones, colmillos y cualquiera de las otras armas mortales que el guardabosques parecía encontrar fascinantes.

—Claro que no —masculló él, sin embargo, con tono irónico—. Vamos a aprender muchísimo —añadió, más para sí mismo que para Granger.

Ella se concedió unos segundos antes de responder. Metió la mano en la caja, que todavía sostenía Draco, y sacó una hoja de lechuga. El demiguise la olfateó con curiosidad, pero no llegó a probarla.

—Puedes irte si lo prefieres.

Draco esbozó una media sonrisa.

—Por supuesto. Eso te encantaría, ¿verdad?

Pero Granger no respondió. Sacó una zanahoria de la caja y se la puso al demiguise delante del hocico. No obtuvo respuesta.

Draco estiró las piernas. El animal volvió la cabeza hacia él al escuchar el ruido. Olfateó el aire, estirándose en su dirección y Granger —aunque seguía teniéndolo firmemente sujeto por el collar de cuero— le permitió acercarse al chico, mientras ella seguía tratando de tentarlo, en vano, con distintos alimentos.

Draco suspiró. Dijera lo que dijera Granger, aquello era absurdo.

A pesar de ello, se estiró para alcanzar la caja y sacó unas hojas color verde oscuro, con un tallo largo y duro. El demiguise volvió a olfatear y, tras un instante de duda, saltó al regazo de Draco. Enseguida, Granger soltó el collar.

La criatura agarró entonces una de las hojas entre sus pequeñas patitas y se la llevó a la boca. La mordisqueó con cuidado y, en cuanto terminó, extendió la patita hacia Draco, para que le diera otra.

Muy a su pesar, el chico volvió a sonreír. La criatura era divertida, al menos.

Mientras, Granger garabateaba algo en un pedazo de pergamino, apoyándose sobre sus propias rodillas. Draco se inclinó hacia delante, tratando de descifrar su letra. Rúcula, había escrito y, debajo, una serie de anotaciones que no fue capaz de entender.

Ella siempre tan concienzuda.

Siguió alimentándolo en silencio. El claro estaba extrañamente silencioso; la clase permanecía muda, concentrada —o, quizá, fingiendo concentración— en su trabajo. Tan solo Finch-Fletchey y Terry Boot parecían lo suficientemente relajados como para conversar en voz baja.

Y Draco estaba convencido de que todo aquello tenía que ver con Granger.

Bueno, con Granger y con él. Con el hecho de que estuvieran allí, juntos, trabajando en equipo.

Sangre sucia y sangre limpia.

Mortífago y heroína de guerra.

Qué irónica era la vida.

El demiguise le rascó la mano con sus diminutas garras, arrancándolo de sus pensamientos. Solo entonces, al volver su atención a la criatura, se dio cuenta de que esta se había terminado todas las hojas. Estiró la mano para alcanzar la caja. Revolvió en su interior, mientras el demiguise lo miraba con ojillos expectantes.

—Se ha acabado la rúcula —anunció al fin, tras comprobar que, efectivamente, no quedaba más en la caja.

Granger alzó la mirada de su pergamino. No parecía sorprendida.

—Solo era una muestra. —Se encogió de hombros y, entonces, Draco vio que había estado apuntando los nombres de los alimentos rechazados por el demiguise. Lechuga, zanahoria, manzana, arándanos—. Se supone que tenemos que averiguar qué cosas —remarcó el plural— le gustan. —Le lanzó una mirada de desconfianza—. No estabas prestando atención a Hagrid, ¿verdad?

Draco emitió una especie de risa.

—¿Tú qué crees, Granger?

Ella sacudió la cabeza, dando a entender que daba la discusión por perdida.

Por detrás de Granger, unos metros más allá, Potter los fulminaba con la mirada. Longbottom parecía estar haciendo todo el trabajo y, de paso, haciendo un esfuerzo por ignorar a su compañero.

—¿Qué quería Potter antes? —preguntó con tono despreocupado, tras un largo silencio. Draco no quería desaprovechar su oportunidad, pero el tiempo corría en su contra; quedaba menos de una hora de clase y todavía no había conseguido nada.

Granger lo fulminó con la mirada. Rebuscó en la caja y sacó una nuez.

—No es asunto tuyo, Malfoy. —Trató de tentar al demiguise con el fruto, pero el animal ignoró la comida. Quizá realmente no le interesara la nuez o, quizá, no tuviese ganas de intentar abrirla siquiera. Granger pareció pensar lo mismo, porque suspiró y la apretó entre las palmas, tratando de cascarla. Por supuesto, fue inútil.

Draco la contempló pensativamente. Estaba completamente convencido de que el encontronazo lo había propiciado Lunática Lovegood. El encuentro que Granger había tenido con ella al salir de Herbología había sido tan breve como abrupto. Granger ni siquiera había tenido ocasión de despedirse; Potter había surgido de la nada, con la mandíbula apretada y los ojos echando chispas. No obstante, Pansy había sido más rápida que él. Había agarrado a Granger del brazo y la había arrastrado lejos, en dirección al prado donde tenía lugar la lección, mientras ella murmuraba un adiós ahogado, incapaz de resistirse a la fuerza de la Slytherin.

Resultaba más que evidente que la pequeña interacción había molestado a Potter y, por supuesto, que cualquier mención a sus antiguos amigos bastaba para poner a Granger a la defensiva.

Y, como Draco no era estúpido, decidió que aquella línea de investigación no iba a llevarlo muy lejos.

Granger hizo un segundo intento de cascar la nuez, con el mismo resultado: fue inútil. Draco chasqueó la lengua, irritado. Estaba convencido de que los esfuerzos de Granger por abrir el fruto no eran más que una excusa para mantener su atención lejos de él.

Exasperado, tendió la mano y le arrancó la nuez de entre los dedos. Ella lo miró, sorprendida, pero no protestó. Draco apretó el pequeño fruto con fuerza y la dura cáscara se le clavó en la piel, dejando las marcas de su irregular superficie. Apretó un poco más y la nuez se abrió con un chasquido.

—Podías haber usado la varita —dijo, sin burla, al devolverle la nuez, ya cascada. Ella no respondió; tan solo extrajo los pedazos comestibles de su interior y se los ofreció al demiguise.

Mientras tanto, Draco volvía a rebuscar en la caja, tratando de encontrar —no solo otra cosa con la que alimentar al irritante bichejo— sino algo que pudiera darle alguna pista, por pequeña que fuera, de qué le había pasado a Granger.

Y, de pronto, se dio cuenta de que algo en esa escena no encajaba.

No se trataba solo de que Granger estuviera allí, trabajando con él, sino, simplemente, de que estaba allí.

Draco frunció el ceño, ligeramente desconcertado.

—¿Qué haces tú aquí? —soltó. Ella lo miró sin comprender—. Aquí, en Cuidado de Criaturas Mágicas —explicó—. Dejaste la asignatura en sexto curso, después de los TIMOs.

—Como muchos otros aquí.

Draco asintió, casi imperceptiblemente.

—Sé que Potter y Weasley —no le pasó desapercibida la mueca de Granger— han vuelto por miedo a que despidieran a su amigote. —Señaló a Hagrid, que estaba revisando el trabajo de Boot, con un gesto de la cabeza—. Corría el rumor de que nadie se iba a apuntar este año, ¿lo sabías?

Granger asintió rígidamente, pero no añadió más.

—Pero —continuó Draco— no creo que ese sea el motivo por el que —remarcó el pronombre— estás aquí. De ser así, no le habrías pedido a McGonagall que te exentara.

—¿Y por qué estás tú aquí, Malfoy? —replicó ella con acritud—. Si tanto odias a Hagrid y la asignatura…

Draco ladeó un poco la cabeza. El demiguise devoraba la nuez.

Se preguntó si realmente valía la pena responder.

—No sé qué quiero hacer al terminar el colegio —contestó al final, fríamente—. Eso es todo.

Granger lo contempló impasible.

—Necesito todos los ÉXTASIS que pueda conseguir —continuó Draco, aunque resultaba evidente que ella lo había entendido.

El animal terminó la nuez y se volvió hacia Granger, olfateando el aire. Ella apartó el pergamino, ya completamente cubierto con su apretada letra y el demiguise saltó a su regazo, escurriéndose entre los dedos de Draco.

Granger abrió la boca y la volvió a cerrar. Sacudió la cabeza y, justo entonces, se oyó un sonoro carraspeó. Hagrid se había colocado en el centro del claro, con la jaula en la mano.

—¡Se acabó por hoy! —exclamó de improviso con su poderosa voz—. Venid a dejar los demiguises. —Abrió la puerta de la jaula e hizo una seña para que se acercaran.

La chica soltó un suspiro, aliviada.

—Salvada por la campana, ¿eh, Granger? —La voz de Draco sonó perfectamente tranquila, un poco burlona, pero él no pudo evitar sentirse ligeramente decepcionado. ¿Cómo podía ser posible que la clase hubiera terminado ya? Parecía impensable que las dos horas de Cuidado de Criaturas Mágicas hubieran tocado a su fin.

Granger se levantó, con la criatura —todavía completamente visible— acurrucada bajo el brazo. Se alisó la túnica con la mano que le quedaba libre y se apartó el pelo de la cara una vez más.

Le dio la espalda a Draco, pero no echó a andar.

Potter y Longbottom hablaban con Hagrid, con su demiguise ya metido en la jaula. Pansy y Nott los esperaban unos metros más allá, alejados de la clase. A pesar de ello, Granger no se movió. Permaneció de espaldas a él, con la mochila colgada del hombro y la pluma y el pergamino asomando del bolsillo pequeño.

Pareció dudar un instante y, unos segundos después, volvió el rostro hacia él, muy despacio. Lo miró por encima del hombro y, tras dudar brevemente un vez más, habló en voz baja.

—¿Qué te hace pensar que yo sí sé lo que quiero hacer al salir de aquí?

Y se alejó, dejando a Draco sentado en el suelo, con la túnica húmeda por culpa de la hierba mojada y preguntándose por qué diablos ella había respondido cuando él ya no esperaba respuesta.

Segunda parte: Eagle Claws

La escalera empezó a girar sobre sí misma. Hermione tuvo que cerrar los ojos, pero la sensación de falta de espacio resultaba igualmente agobiante. Podía sentir las paredes a su alrededor. La piedra fría, helada, le raspó las yemas de los dedos cuando estiró la mano, luchando por no perder el equilibrio.

Solo unos segundos más, trató de convencerse a sí misma, pero resultó inútil. Con cada vuelta de la escalera Hermione sentía el aire escaparse de sus pulmones. Intentó inspirar hondo, pero la garganta se le había cerrado; la falta de oxígeno quemaba y la cabeza le daba vueltas.

Aguanta, suplicó.

Por suerte, la escalera se detuvo suavemente poco después. Hermione abrió los ojos y se apresuró a bajar del escalón; la puerta del despacho de McGonagall estaba entreabierta, pero ella llamó de todas formas.

—Adelante —respondió la voz firme de la directora.

Hermione empujó la puerta.

—¿Quería verme, profesora? —preguntó al entrar en la habitación. La mesa de la directora, de madera maciza, ocupaba el centro del despacho.

—Sí, señorita Granger. —McGonagall apartó el pergamino que había estado leyendo. Lo dejó sobre un montón de redacciones ya calificadas. Deberes de sus alumnos de TIMO, supuso Hermione.

La directora le sonrió, pero Hermione no fue capaz de corresponder a su gesto. McGonagall parecía agotada. Seguía teniendo a su alrededor ese aura de indescriptible fuerza y severidad, pero parecía haber envejecido décadas en el último lustro. Su piel estaba más arrugada y las profundas marcas violeta debajo de sus ojos rivalizaba con las de la propia Hermione.

El trabajo extra estaba haciendo mella en la profesora, por mucho que ella se empeñase en negarlo.

A pesar de que habían transcurrido cuatro años desde la desaparición de Lord Voldemort, el mundo mágico todavía se hallaba conmocionado. No todos habían querido regresar a Hogwarts cuando la escuela reabrió sus puertas, y muy pocos profesores cualificados habían estado dispuestos a trabajar ese año para el colegio. McGonagall había conseguido cubrir la plaza de la profesora Burbage y el Ministerio había ofrecido un par de aurores para impartir Defensa contra las Artes Oscuras, pero nadie había solicitado el puesto de profesor de Transformaciones, con la excepción de un estudiante recién graduado en la escuela de Mahoutokoro. McGonagall había accedido a darle una oportunidad —a regañadientes—, pero se había negado a dejar las clases de quinto, sexto y séptimo en sus manos, por no considerarlo realmente apto para el cometido.

Todo eso —y más— le había contado la directora en su última carta, la que le escribió personalmente para convencerla de que regresara a Hogwarts.

—Siéntese, por favor. —La profesora señaló la silla que quedaba frente a ella y Hermione obedeció.

Se instaló con torpeza en el rígido asiento de madera y aguardó a que la directora hablara. McGonagall la miró por encima de sus gafas, con una expresión impenetrable.

—¿Qué tal se encuentra, señorita Granger? —preguntó, al fin, con tono firme.

Hermione hizo un esfuerzo por mantener el semblante imperturbable.

—Bien, profesora. —Mentira.

Mentirosa.

Y, por supuesto, la directora sabía que aquello no era verdad.

—Pero sigue sin relacionarse con Potter y Weasley. —No era una pregunta. Tampoco un reproche, tan solo una afirmación.

A pesar de ello, a Hermione se le formó un nudo en la garganta. Tragó saliva, nerviosa, e inconscientemente comenzó a juguetear con la punta de su corbata, retorciéndola entre los dedos.

—Pansy me hace compañía. —Y era cierto. Habían transcurrido tres semanas desde el inicio del curso y, a esas alturas, no imaginaba cómo podría haber sobrevivido sin ella.

McGonagall asintió.

—¿Se siente más a gusto en compañía de Pansy Parkinson que de los miembros de su casa?

Hermione bajó la cabeza, avergonzada. Entrelazó las manos debajo de la mesa, apretándolas con fuerza. No pudo evitar preguntarse si habría decepcionado a la única persona en ese colegio que parecía seguir creyendo en ella.

La profesora Vector la había reemplazado como jefa de la casa Gryffindor, pero Hermione estaba segura de que McGonagall todavía seguía sintiéndose especialmente responsable de los alumnos de Godric.

Debía dolerle que ella rechazara su casa de esa manera.

—¿Señorita Granger?

Hermione hizo un esfuerzo por levantar la mirada. McGonagall la observaba con cautela, con una expresión cálida en el rostro que no resultaba habitual en ella.

Se inclinó un poco hacia ella.

—Puedes ser sincera conmigo, Hermione. —Y la forma en que le habló, tan cercana, igual que aquella noche de invierno dos años antes, le provocó un escalofrío.

Hizo crujir los nudillos bajo la mesa. Se dijo que debía ser valiente, que si no decía en ese momento lo que quería, lo lamentaría después. Porque sabía que si no conseguía sincerarse en ese momento, no se atrevería a volver a intentarlo.

—En realidad, profesora, me gustaría… —Se aclaró la garganta—. Me gustaría hablar con usted sobre… Sobre lo que dijo en el banquete de bienvenida.

McGonagall no se movió. Permaneció en silencio, esperando a que ella siguiera hablando.

Hermione se concedió un instante, tratando de reunir valor. Inspiró hondo.

—No… —Se atragantó—. No quiero seguir siendo Gryffindor, profesora —soltó al fin, casi de carrerilla, sin atreverse a mirar a la directora.

Pero McGonagall no parecía enfadada. Ni siquiera, decepcionada.

—Lo entiendo, señorita Granger. —Se inclinó hacia ella y, por el rabillo del ojo, Hermione vio que sonreía levemente—. No tiene nada de qué avergonzarse.

Hermione alzó la mirada.

—No es la única que se siente así, créame. —La directora abrió el cajón superior de su mesa y extrajo de él un pergamino enrollado. Lo estiró frente a ella y Hermione alcanzó a ver una serie de nombres escritos con la elegante caligrafía de McGonagall.

Si aquello debía reconfortarla, no lo hizo. No obstante, la profesora McGonagall no pareció percatarse de ello. Tras una pausa, en la que pareció estudiar a Hermione, volvió a hablar.

—Dígame entonces, señorita Granger —tomó una pluma de color pardo y la mojó en el tintero—, ¿qué es lo que le gustaría ser?

Hermione tragó saliva. De pronto todo iba demasiado rápido.

Otra inspiración.

—Ra… Ravenclaw, profesora —consiguió articular.

—¿Está segura? —preguntó McGonagall con suavidad.

La muchacha se mordió el labio inferior, clavando la mirada en la lista. Contó veintisiete nombres.

Luego, asintió.

La directora apoyó la pluma sobre el pergamino. Hermione vio, como a cámara lenta, su nombre tomando forma sobre la hoja. El rasguear de la plumilla sobre el pergamino le hizo tensar la espalda.

Hermione Granger. Ravenclaw.

Cerró los ojos un instante, apretando los párpados con fuerza. Estaba hecho.

Escuchó a la profesora McGonagall suspirar sonoramente. Después, el crujido del pergamino al ser enrollado y, por último, el chasquido del cajón al abrirse y cerrarse de nuevo.

—¿Cree que en Ravenclaw tendrá un mejor recibimiento que en Gryffindor? —La voz de la directora sonaba tranquila, así que Hermione se atrevió a mirarla. No, no parecía enfadada.

Pensó detenidamente en la respuesta. No era difícil.

—Luna estará conmigo —contestó finalmente. Y era cierto, estaba segura de ello.

No había tenido ocasión de hablar con Luna detenidamente, pero el día en que se habían encontrado al salir de Herbología, Hermione —a pesar de sus miedos iniciales— no había visto desprecio en la mirada de la chica. Ni rencor, ni odio, ni decepción.

Luna seguía siendo Luna, y eso era un alivio.

En Ravenclaw habría una persona que la querría a su lado. En Gryffindor no había ninguna.

La profesora McGonagall pareció darse cuenta de lo que pensaba, porque asintió suavemente. Hermione aguardó unos segundos, pero la directora no parecía tener nada más que decir.

—¿Puedo irme ya, profesora?

La directora la miró por encima de sus gafas.

—¿No hay nada más que quiera hablar conmigo? —La pila de redacciones que había a su lado crujió y se tambaleó cuando McGonagall la rozó con el codo.

Hermione desvió la mirada en dirección al ruido, pero pronto se volvió hacia la directora. En esa ocasión, no dudó. No quería hablar con la directora, ni con nadie.

—No, profesora.

McGonagall volvió a sentir.

—Entonces puede irse. —Y le señaló con un vago gesto de la mano la puerta.

Hermione no perdió más tiempo. Se levantó con torpeza y salió del despacho con pasos rápidos, sin mirar atrás. La puerta se cerró con un golpe seco a su espalda y, en cuanto puso el pie en el primer escalón, la escalera de piedra empezó a girar de nuevo.

De nuevo, la sensación de falta de espacio le resultaba estresante. En cuestión de segundos, el aire volvía faltarle y el pánico amenazaba con atenazarle la garganta. El fuego que iluminaba el pasaje dibujaba extrañas sombras en la pared y Hermione se obligó a apartar la mirada, odiándose a sí misma por ser incapaz de reprimir los recuerdos que comenzaban a superarla.

La escalera dio otra vuelta y ella tuvo que apoyarse contra la pared, súbitamente mareada, para no caer.

Solo era una escalera, eso lo sabía y, sin embargo, en su mente era mucho más. Aquel espacio tan reducido, tan frío, le recordaba a su celda, a la húmeda y estrecha prisión a la que a duras penas había logrado sobrevivir.

Trató de ignorar aquello, las similitudes entre ambos espacios. Trató de concentrarse en el presente que tanto le costaba vivir.

Ravenclaw, se dijo. Ravenclaw era el futuro.

Y, justo entonces, un rayo de luz solar penetró en la escalera y, con dos vueltas más, la piedra bajo sus pies dejó de girar.

Prácticamente saltó del escalón, mientras tomaba una gran bocanada de aire y, solo entonces, cuando la visión y la mente empezaron a aclarársele, se dio cuenta de que no estaba sola.

Unos metros más allá, apoyados contra el alféizar de la ventana, estaban los Slytherin.

Nott sostenía un libro entre las manos, Draco estaba recostado contra el marco de la ventana con expresión aburrida y Pansy la contemplaba con una amplia sonrisa.

—Eso ha sido rápido —comentó, dando un par de pasos en su dirección.

—¿Qué hacéis aquí? —Hermione frunció un poco el ceño, debatiéndose entre el agradecimiento y la irritación. Lo cierto era que, en ocasiones, resultaba molesto constatar que Pansy parecía creer que necesitaba un perro guardián que la acompañara a cada paso que daba.

O quizá lo que resultaba verdaderamente irritante era saber que, probablemente, Pansy tenía razón.

—Dijiste que vendrías a ver a McGonagall al salir de Runas Antiguas. —Pansy se encogió de hombros—. Solo quería asegurarme de que no te hubieras echado atrás.

Y ahí estaba otra vez, la obsesiva preocupación de Pansy.

Hermione no dijo nada y la Slytherin arqueó una ceja.

—¿Y bien? —inquirió, entrecerrando un poco los ojos, como si tratara de descifrar la expresión de la chica—. ¿Lo has hecho?

—Sí. —A Hermione no le pasó por alto que, aunque se mantenía apartado, Malfoy no perdía detalle de sus palabras. Volvió la mirada a Pansy, que parecía expectante, y sacudió la cabeza, dándose por vencida—. Está hecho. A partir de la semana que viene seré Ravenclaw. —Forzó una sonrisa.

Pansy soltó una exclamación de júbilo.

—Bien hecho, Hermione. —Se acercó un poco más a ella y, aunque tuvo cuidado de no tocarla, se inclinó hacia delante, para que sus ojos quedasen a la altura de los de la Gryffindor, que era unos centímetros más baja—. Es lo mejor, lo sabes, ¿verdad?

Hermione hizo un movimiento indefinido con la cabeza y dio un paso atrás para alejarse de la insistente mirada de Pansy. Volvió su atención a Nott, que acababa de cerrar el libro. Al ver que lo estaba mirando, él asintió y Hermione comprendió que estaba de acuerdo con Pansy.

Que creía que había hecho lo correcto.

Sin saber por qué, sintió los ojos llenándosele de lágrimas. Parpadeó rápidamente para tratar de contenerlas.

—Vamos —dijo entonces Pansy, que parecía haberse dado cuenta del pequeño momento de debilidad de Hermione. Echó a andar, tratando de desviar la atención de la Gryffindor, y Hermione se lo agradeció.

Sin embargo, aunque Nott la siguió de inmediato, Malfoy permaneció inmóvil. El flequillo le caía sobre los ojos grises y enmarcaba sus angulosas facciones. Parecía tan serio, tan superior como siempre y, no obstante, en el escaso tiempo que habían compartido en las últimas dos semanas, Hermione había llegado a comprender que aquella expresión aburrida no podía ser otra cosa que una máscara.

Volvió a parpadear.

—¿Y tú? —Se atrevió a preguntar, con los ojos ya secos—. ¿Crees que he hecho lo que debía?

Malfoy permaneció en silencio y Hermione no pudo evitar preguntarse en qué estaría pensando. Quizá le parecía egoísta, quejándose de sus decisiones, de las elecciones que tenía que tomar cuando él ni siquiera tenía la opción de tomar ninguna.

Él, igual que Pansy, estaba atrapado en Slytherin.

Tragó saliva y, tras un instante de duda, echó a andar detrás de Nott. Decidió que no necesitaba una respuesta. Que no merecía una respuesta que, probablemente, él ni siquiera quería darle.

Sin embargo, cuando ella ya se alejaba, Malfoy habló y Hermione no pudo evitar recordar una situación parecida días atrás, en esa clase de Cuidado de Criaturas Mágicas en la que ella había tratado de ser sincera con él por primera vez.

—Sí, Granger, creo que es lo mejor —casi susurró, con voz calmada. Tan tranquila, que resultaba casi irreal.

Y, aunque eso fue todo, cuando Malfoy la alcanzó, Hermione no pudo evitar sentirse extrañamente reconfortada.

Tenía la aprobación del que durante años había sido su enemigo.

Al darse cuenta de ello, se le aceleró el corazón.

Y, de pronto —mientras caminaba pasillo abajo con su brazo prácticamente rozando el de Malfoy—, Hermione recordó las palabras de la profesora McGonagall, la posdata en aquella carta recibida a finales de agosto.

Hogwarts puede volver a ser su hogar, señorita Granger. Puede serlo para siempre.

En ese momento, por primera vez desde que había regresado, Hermione creyó en ello.

Continuará...

Lo primero de todo, no os podéis imaginar cuánto lamento el retraso. Sé que dije que iba a intentar subir uno por semana, pero se nos complicó todo en casa. Mi abuelo se puso enfermo de repente y fue todo una locura. Tuvieron que operarlo de urgencia y ya os imaginaréis cómo es eso. Y luego, encima, mi tío (bueno, mi tío abuelo, pero como si fuera mi tío) empezó a ponerse malísimo, también de un día para otro. Acaba de morirse, así que ya veis. Y, para terminar, yo ando medio jodida por un tratamiento que me pusieron para arreglarme un problema que tengo en la mandíbula. Ya de normal tengo un montón de migrañas y, con la férula que me pusieron, me levanto todos los días con un dolor de cabeza espantoso, que no me deja estar más de diez minutos seguidos delante del ordenador.

El capítulo lo tengo prácticamente escrito desde hace semanas, pero nunca encontraba el momento para terminarlo. Y, cuando me puse a releerlo hace unos días, me di cuenta de que no tenía mucho sentido. Había pasado directamente a la noche del treinta de septiembre y, aunque por el medio no pasa nada realmente interesante, no estaba muy conforme con un salto temporal tan grande. (Espero que me aceptéis un poco más de relleno.) Así que lo reescribí entero. Entre unas cosas y otras ha sido un verdadero suplicio terminar este capítulo.

Y, ahora sí, vamos a lo importante: como siempre, millones de gracias por vuestros reviews.

Lady Sunny: me alegro mucho de que te haya parecido interesante. La verdad es que lo de las tramas no es lo mío: no tengo mucha imaginación, por eso normalmente me dedico a los one-shots. Espero que conforme vaya avanzando no se vuelva demasiado enrevesada.

JazySpain: muchísimas gracias por tu comentario, lo agradezco un montón. Y, no, el fic no es Panmione, ni siquiera levemente. Sé que Pansy está muy amable con Hermione, pero sus sentimientos hacia ella no van más allá de la amistad. Han vivido cosas juntas en el pasado que irremediablemente las han unido. Creo, además, que Pansy nunca ha tenido a nadie en quien confiar verdaderamente (un amigo sincero, o algo así). Siempre la hemos visto como el perrito faldero de Malfoy, pero no creo que eso fuera muy sano para ella. Gracias a Hermione ha descubierto lo que es la verdadera amistad e, incluso, la lealtad. Por eso actúa así con ella.

Granger-Malfoy: me encanta que te haya gustado. Aquí está la segunda referencia a las otras escuelas de magia, en esta ocasión la de Japón. Es muy leve, pero intentaré añadir alguna más ;)

rose: la seguiré en cuanto pueda. Lamento muchísimo el retraso, sobre todo porque es una historia con la que estoy muy emocionada.

Caroone: muchas gracias por tomarte el tiempo de dejar review. Espero que me perdonéis la tardanza…

Qimi303: mil gracias por tu review. La verdad es que mi miedo es que haya demasiado suspense y que llegue a hacerse aburrida. Además, creo que ya dije por ahí en algún momento que la historia está basada en una petición que me hicieron. Esa petición es la razón de la separación del Trío Dorado, aunque a mí no termina de convencerme demasiado… En fin, veremos qué sale de aquí.

SiraG: gracias por tu comentario. La verdad es que soy muy insegura y los long-fic no son realmente lo mío, de ahí mi pánico al pensar que la historia es una basura (risas).

PaolaLissete: miles, miles, miles de gracias por tu review. Agradezco todos y cada uno de los comentarios que me dejan, pero el tuyo me ha hecho particularmente feliz. Gracias por tomarte la molestia de redactarlo. Estoy muy emocionada con la historia y espero poder seguirla cuanto antes; me alegro de que te haya parecido interesante y, la verdad, tu review me ha dado incluso más ganas de seguir escribiendo. Así que, de nuevo, muchas gracias.

Espero no olvidarme de nadie...

Y ojalá nos leamos pronto ;)

PD: El título de la primera parte está sacado del capítulo 3x13 de Pequeñas mentirosas: This is a Dark Ride.

Creo que eso es todo.