Capítulo 5 - Los muertos están vivos V

Primera parte: Rumor Has It

Draco fue el primero en alzar la mirada al escuchar los pasos.

Longbottom ya no era el niño gordito que había sido años atrás —a Draco todavía le sorprendía lo mucho que había crecido; era casi tan alto como él mismo y su rostro, de mandíbula firme y facciones marcadas le recordaba un poco al de su padre, Frank Longbottom, cuyas fotos Draco había visto en los innumerables reportajes que la prensa había publicado sobre la Orden del Fénix tras la caída del Señor Tenebroso—, pero seguía siendo igual de torpe. Llegó arrastrando los pies, con el pelo despeinado y el nudo de la corbata flojo.

Se detuvo delante de ellos, a tres metros de distancia e inmediatamente Pansy centró en él su atención. Se quedó inmóvil, con la lima en la mano izquierda y la uña del pulgar derecho más larga que las demás. Theodore siguió rasgueando con su pluma en el pergamino, completamente ajeno al parecer a todo lo demás.

Granger estaba sentada unos metros más allá, un poco apartada de ellos, con la espalda muy tiesa, apoyada en uno de los pilares del claustro y la nariz hundida en un grueso tomo encuadernado en piel de dragón. Draco sabía que no leía; tenía la mirada clavada al final de la página y las puntas de los dedos se le habían puesto blancas al apretarlas contra la cubierta del libro. Era imposible que no se hubiera percatado de la llegada de Longbottom, así que Draco supuso que estaba haciendo un esfuerzo por ignorarlo. Quizá pensaba que así se largaría, que los dejaría tranquilos.

Granger guardaba su secreto con celo, pero en las últimas semanas Draco había notado que, en lo que a sus emociones se refería, ella seguía siendo un libro abierto.

Encontrar a Granger en compañía de los Slytherin se había convertido en algo prácticamente habitual; desayunaban en grupo los fines de semana y, en ocasiones, hasta se reunían para estudiar juntos al salir de clase.

Granger solía ayudar a Pansy con sus deberes sin que ella tuviera que pedirlo e incluso mantenía apasionados debates con Nott sobre los usos del veneno de acromántula o los peligros de la auto-transformación. No obstante, parecía haber aprendido que quedarse a solas con Draco no era buena idea si pretendía evitar preguntas incómodas; seguían trabajando juntos en Cuidado de Criaturas Mágicas, pero Granger nunca se alejaba más que un par de metros de Pansy.

A pesar de ello, la presencia constante de Hermione Granger en sus vidas era indiscutible y Draco no había podido evitar percatarse de que, a medida que pasaban los días, la angustia de Granger aumentaba.

Septiembre tocaba a su fin, y la chica era un manojo de nervios. Esa misma noche Granger dejaría por fin la odiosa casa de Gryffindor y Draco no podía evitar preguntarse qué consecuencias tendría su decisión. Qué recibimiento le darían en Ravenclaw.

Resultaba evidente que ella se preguntaba lo mismo, porque a medida que la fecha límite se acercaba, Granger se había ido encerrando más y más en sí misma.

—¿Hermione? —Tras unos segundos de silencio, el tarado de Longbottom se atrevió a abrir la boca.

Draco casi pudo notar como Granger suspiraba antes de alzar la mirada.

—¿Podemos hablar?

Draco esperaba que ella se negara, pero no lo hizo. Cerró el libro de golpe y, con un rígido asentimiento de cabeza, le indicó a Longbottom que se sentara a su lado.

Estaban lejos, así que cuando Granger bajó la voz, Draco no pudo escuchar qué decían.

Maldijo mentalmente. Intentó aguzar el oído, pero el rítmico golpeteo de la lluvia contra las paredes de piedra ahogaba sus susurros.

Inconscientemente sus dedos se deslizaron en el interior de su bolsillo, buscando la varita. Las magia no verbal no era su punto más fuerte, pero las palabras del hechizo se formaron de inmediato en su cabeza y, tras un par de disimuladas sacudidas de varita, sus esfuerzos dieron fruto.

Al principio tan solo escuchó un zumbido. Luego, los oídos empezaron a pitarle y, después, el rasgueo de la pluma de Nott se intensificó. El ruido de la lluvia aumentó, junto con el sonido de lima contra las uñas de Pansy. Y, por encima de todo ello, estaba la voz de Longbottom.

Si hubo un instante de remordimiento por lo que estaba haciendo, este se esfumó enseguida. Él quería respuestas y, de una forma u otra, iba a obtenerlas.

—…antes contigo. —El chico se miraba las manos, no a Granger—. Pero ya sabes cómo son Harry y Ron…

Ella acarició el lomo del libro.

—Están muy enfadados. —No era una pregunta, pero Longbottom no pareció comprenderlo.

—Sí, mucho. —Granger lo miró de soslayo, con el cabello castaño revuelto por el viento enmarcándole el rostro. Su expresión de desamparo era tal, que hasta el propio Longbottom se dio cuenta—. ¡Oh! —exclamó—. ¡Pero ya se les pasará, estoy seguro! No pueden estar enfadados para siempre, Hermione. Quiero decir, que vosotros sois… —Gesticuló con las manos, pero dejó la frase en el aire.

Porque sí, era evidente lo que eran. O lo que habían sido.

El maravilloso —la palabra siempre sonaba de forma irónica en la mente de Draco, a pesar de todo— Trío Dorado.

Granger se colocó el pelo tras la oreja. Luego, con la cara despejada, miró a Longbottom de frente.

—¿Te lo han contado? —preguntó, muy seria—. ¿Por qué se acabó todo?

Longbottom tardó demasiado en responder. Tanto, que la respuesta resultó evidente incluso antes de que abriera la boca.

Draco contuvo el aliento. Quizá ahí estuvieran sus respuestas. Quizá…

Se inclinó de forma apenas perceptible hacia delante, en su dirección. Quería que Longbottom abriera la maldita boca y escupiera lo que sabía.

—Me contaron… Me contaron lo de Krum.

Draco frunció el ceño. Apenas hubo reacción por parte de Granger.

—¡Pero quiero que sepas que yo no creo que hicieras nada malo, Hermione! —Longbottom parecía ligeramente avergonzado—. Ron y tú no estabais juntos entonces...

—Neville —interrumpió ella. Parecía muy tranquila; por primera vez en días parecía realmente serena. Le recordaba un poco a la antigua Granger—. Neville, íbamos a casarnos.

Draco abrió los ojos de par en par; por una milésima de segundo, fue incapaz de contener su sobresalto. Todo el mundo mágico sabía que Weasley y Granger habían estado juntos, pero ¿casarse? Draco nunca hubiera creído que ella fuera una de esas, de las que se comprometían nada más terminar el colegio. O incluso antes de terminarlo.

—¿Draco? —Su nombre sonó muy cerca, muy alto, por culpa del hechizo. Contuvo una mueca—. ¿Pasa algo? —Nott lo miraba con curiosidad, con la pluma rozándole el pómulo.

—¡...en ese momento no…! —Escuchó la voz del Gryffindor, pero fue incapaz de concentrarse en ella. La de su amigo sonaba mucho más fuerte.

—¿Draco?

—Acabo de recordar que he olvidado escribir a casa —improvisó—. Mi madre esperará carta pronto.

De inmediato, lamentó su pobre excusa, porque Pansy le dedicó toda su atención.

—¿Es por tu padre? ¿Ha ocurrido algo? —preguntó, muy seria, con los ojos ligeramente entrecerrados.

Nott y Pansy eran los únicos que sabían del delicado estado de Lucius Malfoy y, en ocasiones, eso resultaba agobiante.

—Ya sabes cómo es Ron… —En ese momento era la voz de Granger la que sonaba de fondo—. ...perdonado...

—Todavía tienes tiempo de ir a la lechucería —aseguró Theodore, su voz mágicamente amplificada por el hechizo de escucha. Draco sabía que tenía razón, que quedaba aún una hora para la cena, pero no tenía ningún interés en moverse de allí.

Negó con la cabeza.

—No es nada. Padre está bien —mintió—. Es solo que hace tiempo que no escribo a casa.

Pansy parecía dispuesta a replicar, así que Draco alzó el libro que había estado sosteniendo hasta entonces, en busca de algo que le ayudase para terminar su redacción de Runas Antiguas.

—Mañana —dijo—. Ahora quiero terminar esto. —Y se inclinó sobre el libro, fingiendo leer.

—...siempre de parte de Ron, Neville. —Granger hablaba y, al instante, Draco supo que se refería a Potter—. No lo habría entendido.

—¡Pues yo creo que sí, Hermione! —Aunque susurraba, Longbottom parecía muy animado.—. Creo que deberías hablar con ellos. —Draco no sabía si es que realmente era muy inocente o rematadamente bobo—. Seguro que si aclaráis las cosas…

—Neville —le cortó ella. Sonaba muy decidida—. No tenemos nada que aclarar. Cometí un error, y ellos lo saben. Eso es todo.

Longbottom guardó silencio. Parecía estar pensando qué debía decir.

—Pero, Hermione —murmuró al final—, no creo que a ellos les importe realmente lo de Krum. Fue un desliz, nada más.

—Ron…

—Sí, sí… —Alzó las palmas de las manos, como dando a entender que sí, que Weasley era un hueso duro de roer—. Entiendo que Ron esté molesto por… —Carraspeó, aparentemente incapaz de terminar la frase—. Pero… Creo que lo que más le dolió fue que desaparecieras de repente. Igual que a Harry.

Granger agachó la cabeza.

—Estábamos todos muy preocupados, ¿entiendes? —Longbottom parecía ganar confianza a medida que hablaba. Debía ser cierto que era un verdadero Gryffindor; años atrás había encontrado su valor y no parecía haber vuelto a perderlo.

—No tenía elección, Neville.

—Mira, Hermione…

Granger dejó el libro a un lado, en el suelo.

—No, escúchame. —Subió el tono y Draco estuvo seguro de que no habría necesitado el hechizo para escuchar esas palabras, porque tanto Theodore como Pansy alzaron el rostro. Al percatarse de ello, Granger se inclinó un poco hacia su compañero—. No tenía elección —repitió—. Y no quiero hablar más de ello. Por favor —añadió.

Draco no pudo evitar pensar que, si Longbottom tenía un par de dedos de frente y sentía un poco de empatía, dejaría de presionarla. El agotamiento de su rostro y su extrema delgadez eran claros indicios de que había algo más en aquella historia que Granger no pensaba revelar.

Efectivamente, Longbottom pareció darse cuenta de que aquella era una batalla perdida.

Le sonrió.

—De todas formas, Hermione, quiero que sepas que yo… —Suspiró—. Yo no estoy enfadado contigo, ¿vale? —Longbottom la contemplaba muy serio y Draco no pudo evitar sentir cierta incomodidad al percibir lo intenso de su mirada—. Tu siempre me has ayudado, Hermione. Incluso en Pociones… —La sonrisa se hizo más amplia—. Me daba tanto miedo Snape… ¿te acuerdas? Siempre la fastidiaba.

Si pretendía hacerla reír, funcionó. Granger esbozó una tenue sonrisa, con la que Longbottom pareció darse por satisfecho.

—Por cierto —añadió—, Luna y yo nos preguntábamos si querrías acompañarnos en la próxima excursión a Hogsmeade.

En apenas un instante, la pobre sonrisa de Granger se esfumó. Draco la vio fruncir el ceño con desconfianza.

—¿A Hogsmeade? ¿No vais a ir con Harry y Ron? ¿Y Ginny?

Las orejas de Longbottom se tiñeron de un rojo amoratado.

—Bueno, ya sabes… No creo que vayan. Tienen entrenamiento de quidditch.

—¿Quidditch?

A Draco le pareció increíble que Longbottom no percibiera el tono de incredulidad en la voz de Granger. Sí, a veces ese chico parecía realmente tonto.

—Están siguiendo un programa de entrenamiento intensivo —explicó el Gryffindor con una mueca, sin darse cuenta de que aquello no era lo que mosqueaba a Granger del asunto—. Como somos muy pocos en Gryffindor este año… Harry está preocupado por el equipo. No cree que haya problemas para ganar a Slytherin...

Draco apretó los puños. El tarado tenía razón; el equipo de Slytherin de ese año era virtualmente inexistente. Incluso él había renunciado.

Pero Slytherin seguía siendo su casa, pesara lo que pesara.

—…pero Ravenclaw es otra cosa. Incluso Hufflepuff puede darnos problemas. —De hallarse en otras circunstancias, a Draco le hubiera resultado gracioso que Longbottom opinara tanto de quidditch.

—Y por eso van a entrenar el día de la excursión, ¿no? —El bobalicón asintió fervientemente. Granger suspiró—. ¿Por eso queréis que vaya con vosotros a Hogsmeade? ¿Porque ellos no van a estar?

Pillado. Draco contuvo una sonrisa.

Las orejas se le habían puesto más rojas si cabe.

—No, eso no...

Pero Granger no parecía necesitar explicaciones.

—No te preocupes, Neville. Lo entiendo. —La voz se le rompió y, aunque Draco no veía lágrimas en sus ojos, parecía a punto de echarse a llorar—. No quiero que discutas con ellos por mi culpa, ¿de acuerdo? Ni tú, ni Luna.

—Te estás equivocando, Hermione…

Ella sacudió la larga cabellera castaña.

—Sé que no me quieren cerca vuestra. Harry me lo dejó bien claro.

Longbottom se frotó la sien.

—Es porque está muy dolido, Hermione. Sé que en el fondo no piensa eso. —Las palabras de Longbottom habrían sonado más sinceras si él se hubiera atrevido a mirar a Granger a la cara—. Estoy seguro de que solo tienen miedo de que vuelvas a desaparecer, Hermione, y… —Se cortó en seco.

—¿Y a qué, Neville? —Granger casi escupió amargamente—. ¿A que vuelva a dejaros tirados?

Fue como si le hubieran arrojado un cubo de agua helada; Longbottom se tensó y retrocedió unos centímetro. Se golpeó la cabeza contra la pared y soltó una exclamación de dolor que le perforó los oídos a Draco.

—¿Hermione? —Pansy había vuelto su atención a ellos una vez más. Draco se tapó disimuladamente la oreja, tratando de ahogar su voz—. ¿Estás bien?

Granger se ponía de pie en ese preciso instante.

—Estoy bien, pero tengo que irme. —Cogió el libro que había estado leyendo y se lo puso bajo el brazo—. Tengo que ir a la habitación, a coger otro libro. Volveré pronto.

—¡Hermione, espera! —Longbottom se levantó con ella, pero se pisó el bajo de la túnica y se oyó un crujido cuando el bajo se descosió. El chico hizo una mueca, pero no se detuvo a comprobar los daños. Salió pitando tras su compañera y Draco apenas alcanzó a murmurar el contrahechizo antes de que Pansy se volviera hacia él.

—¿Crees que deberíamos ir con ella? —La voz de Pansy sonó al volumen acostumbrado y Draco no pudo evitar sentirse aliviado. Esa voz podía llegar a ser extremadamente irritante a veces.

—Déjala respirar, Pansy. —Sus dedos se deslizaron ágilmente por las páginas hasta encontrar el índice—. No eres su madre.

—Pero no creo que necesite realmente ningún libro, Draco. —Qué aguda—. Ni siquiera está estudiando. —Pansy frunció tanto el ceño que Draco estuvo seguro de que debía dolerle—. Sé que está demasiado nerviosa para eso.

Draco fingió una carcajada.

—¿Hermione Granger no estudiando? —Acentuó la negación—. Creo que te estás confundiendo.

Pansy arrugó —¡incluso más!— el entrecejo, porque sabía que tenía razón. Por supuesto, Draco también lo sabía, pero admitirlo sería reconocer que había estado observando a Granger. Que le había estado prestando más atención de la necesaria. Obviamente, reconocer eso implicaría admitir también que estaba interesado en descubrir su sucio secretillo —y el de Pansy, de paso— y eso tan solo le acarrearía problemas.

De llegar a enterarse, Pansy lo mataría. Le gritaría tanto que, estaba seguro, hasta las banshees envidiarían sus pulmones.

—Relájate, Pansy —añadió al ver, por el rabillo del ojo, que su amiga seguía mirando la puerta por la que había desaparecido Granger. Luego, para impedir que ella replicara, fingió buscar algo en el índice y abrió el libro por una página al azar.

No tenía muchas ganas de estudiar. No podía ignorar la sensación de que, tras las palabras de Granger, había mucho más.

Rumió en silencio lo que había escuchado, lo que había visto.

Todavía no podía creer que ella hubiera estado a punto de casarse. Con el pobretón, para más inri. Siempre había sabido que tenía mal gusto, pero había estado seguro de que, finalmente, Potter sería el elegido. Como siempre.

Pero, por supuesto, lo que más había llamado su atención era el hecho de que ella siguiera manteniendo una relación con Viktor Krum. Sabía que el Torneo de los Tres Magos los había acercado considerablemente, especialmente el Baile de Navidad —de hecho, esa fue la primera vez en que Draco comprendió que la admiración era algo volátil, efímero. Ver a al ídolo de los Mundiales de Quidditch del brazo de una sangre sucia había resultado algo difícil de asimilar para su yo adolescente, el que todavía creía en esas gilipolleces sobre la pureza de sangre.

No obstante, lo que nunca se habría imaginado, era que esa relación se hubiera prolongado tanto tiempo. Ni mucho menos que fuera tan intensa como para que Granger recurriera a él antes de su boda.

Y él, que siempre había considerado a Granger un tanto mojigata… Qué irónica era la vida.

—Deberíamos irnos. —En esa ocasión, fue la voz de Nott la que lo sobresaltó—. El banquete debe de estar a punto de comenzar.

Draco se sorprendió al darse cuenta de que tenía razón. La luz del sol había desaparecido por completo y solo el fuego que Theodore había conjurado iluminaba las páginas de sus libros.

—Hermione no ha vuelto —protestó Pansy.

Nott comenzó a recoger sus cosas.

—Seguro que ha ido directamente al Gran Comedor.

Pero Draco no las tenía todas consigo y, al parecer, Pansy tampoco.

—¿Y si no está? ¿Y si no se presenta a la cena?

Theodore terminó de enrollar el pergamino y lo metió en la mochila.

—Lo hará. —Y la seguridad de su voz llamó la atención de Draco.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque es lo que haríamos nosotros, si tuviéramos oportunidad. —Se levantó y se echó la mochila al hombro—. Por muy asustada que esté, si quiere escapar de Gryffindor, estará allí.

Pero Granger no estaba cuando llegaron, tarde, al comedor. La comida estaba servida y las mesas ocupadas. El banquete había comenzado y de la chica no había ni rastro.

Quizá realmente fuera Gryffindor. Gryffindor hasta la médula. Quizá no estuviera preparada para huir de allí.

Draco se sorprendió a sí mismo al sentir cierto malestar en el estómago. Ansiedad.

Quería saber qué diablos había hecho Granger. Dónde estaba. Ella, que tenía la oportunidad de elegir.

—Vamos a sentarnos —dijo Nott.

Pansy se dejó conducir, reticente, hasta su extremo en la mesa de Slytherin. Draco la siguió y ambos se sentaron de frente a la puerta.

Theodore se sirvió una tajada de pavo. A continuación, le pasó el puré de patatas a Pansy, que cogió una cucharada con desgana.

A Draco aquella cena le recordaba peligrosamente a la de la noche del uno de septiembre.

Aquel día Granger también había llegado tarde.

Picoteó sus guisantes, lanzando cada pocos minutos un vistazo a la mesa de Gryffindor.

Y, finalmente, casi al final de la cena, cuando los platos estaban a punto de ser retirados, Granger apareció.

Una vez más, se sentó en el extremo del banco. Parecía preparada para salir corriendo de allí, y Draco supo que Nott había estado en lo cierto.

Cuando Granger alzó la mirada, se encontró con la suya. Y Draco, sin saber muy bien por qué, se encontró a sí mismo asintiendo en su dirección, en una muda seña de reconocimiento.

Ella correspondió a su gesto y, justo entonces, los platos desaparecieron.

—Atención, por favor. —La directora se puso en pie, con una lista en la mano. Aguardó a que todas las voces cesasen—. Ha llegado el momento de hacer algunos cambios —anunció—. Me gustaría daros las gracias a todos aquellos que habéis accedido a participar en este proyecto.

A Draco le daba absolutamente igual a quién sentía McGonagall necesidad de agradecer.

Buscó a Potter y Weasley entre la multitud. Como siempre, estaban en el centro de su mesa, completamente rodeados.

Draco se preguntó qué cara pondrían al enterarse de que Granger abandonaba su heroica casa. Sería divert…

Una ruidosa ovación interrumpió los pensamientos de Draco, quien volvió bruscamente a la realidad. Se dio cuenta de que McGonagall había comenzado a anunciar los cambios cuando uno de los niños de su propia mesa —uno de los dos que habían sido seleccionados para Slytherin ese año— se levantó y salió pitando en dirección a la de Hufflepuff.

Draco prefirió guardarse su opinión. No estaba seguro de que Hufflepuff supusiera una gran mejoría.

—Mark Jones —leyó la directora, una vez que el chaval de Slytherin hubo ocupado su nuevo lugar.

Le aplaudían porque era joven, porque había huido de Slytherin en cuanto había podido. Si hubiera sido él el que se sentara a una nueva mesa tan solo habría recibido abucheos.

—Gryffindor. —Y un chico, de unos quince años aproximadamente, se levantó de la mesa de Ravenclaw.

Draco no aplaudió. Tampoco lo hicieron Theodore, ni Pansy. Ni Granger.

Draco fue contando los nombres. Tres, siete, quince. Veinte. Veintiocho.

McGonagall estaba llegando al final de la hoja, y Granger seguía en su sitio.

Empezaba a dudar de que realmente ella hubiera accedido a esa locura cuando McGonagall pronunció su nombre.

—Hermione Granger —carraspeó, pero eso fue todo. La directora calló y con ella, el Gran Comedor. El grandullón de Hagrid se giró bruscamente hacia McGonagall y, al hacerlo, golpeó su copa, que cayó al suelo con un estruendo.

Nadie se levantó a recogerla.

En la mesa de Gryffindor, la cabeza pelirroja de Weasley se volvió como un resorte en dirección a Granger y Draco se sintió satisfecho.

La directora se ajustó las gafas.

—Hermione Granger —repitió la directora, con voz firme.

—¿Por qué no dice nada? —gruñó, por lo bajo, Pansy.

—¿Crees que…? —Pero Draco no pudo continuar porque, en ese preciso momento, McGonagall siguió hablando, anunciando el tan esperado cambio.

Al escuchar la voz de la directora, Pansy contuvo una exclamación. Draco parpadeó, creyendo firmemente que había escuchado mal.

Pero, cuando Granger se levantó y echó a andar en dirección a la mesa de Salazar, con la mirada fija en él, en el Gran Comedor estalló el caos. Y Draco supo que había oído bien.

Ella había elegido Slytherin.

Segunda parte: At the Serpent's Nest

—Era la cama de Daphne.

Hermione tragó saliva. Pansy parecía seria, pero Hermione creyó detectar una nota casi imperceptible de añoranza en sus palabras.

Rozó con las yemas de los dedos el ornamentado pilar de ébano de la cama. Su baúl ya estaba allí, a los pies del lecho, con todas sus pertenencias dentro.

Volvió el rostro; Pansy estaba apoyada contra el quicio de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho y, de pronto, Hermione se sintió incapaz de soportar su silencio por más tiempo.

—¿Crees que he hecho mal? —susurró, ladeando un poco la cabeza.

Después de todo el tiempo que habían pasado juntos, Hermione había creído que Pansy —y, quizá, incluso Theodore— estarían contentos de tenerla cerca. Parecía que se había equivocado.

Pansy apretó los labios.

—Creía que ibas a ir a Ravenclaw —dijo un instante después.

Hermione agachó la cabeza.

—Esa era la idea —reconoció.

—¿Entonces?

No levantó la mirada, pero no le hizo falta. Casi podía ver el ceño fruncido de Pansy. Sabía que intuía la respuesta, y que no le gustaba en absoluto.

—Harry —confirmó—. Y Ron.

Escuchó el bufido de Pansy y, acto seguido, sus pasos acercándose a ella.

—¿Sigues pensando en lo que te dijo?

Hermione se mordió el carrillo, pensando en la pregunta de Pansy. Esa clase de Cuidado de Criaturas Mágicas seguía muy presente en su pensamiento.

Luego, retrocedió. Se sentó en la cama, casi con cautela. El colchón se hundió bajo su peso, y ella guardó silencio.

La habitación de séptimo de Slytherin era muy parecida a la de Gryffindor, pero el lujo de sus detalles marcaba la diferencia. Los candelabros adosados a las paredes eran de plata bruñida y el dosel de las camas, de un verde esmeralda intenso, no era de terciopelo, sino de seda fina. Estiró el brazo para acariciar la suave tela, dejando que se escurriese entre sus dedos.

No quiero que vuelvas a acercarte a Luna.

Cerró los ojos, mientras las palabras de Harry resonaban en sus oídos.

Sabía lo que estaba pensando Pansy. Sabía que creía que era una cobarde.

—No lo hago por ellos, Pansy. —Quería explicarse, pero no sabía cómo—. Lo hago por Luna. Y por Neville.

Los tacones de Pansy resonaron contra la madera oscura del suelo. Un instante después, Pansy estaba sentada en su cama, inclinándose sobre Hermione. Extendió la mano hacia ella, pero no llegó a rozarla.

—¿Hermione?

Ella sacudió la cabeza. Se sentía impotente y ni siquiera sabía cómo explicarse; había cambiado su decisión en el último minuto y el recibimiento que le habían brindado no era el que ella había esperado.

Al reunirse con ellos en la mesa de Slytherin —en su extremo más alejado—, Pansy la había recibido con una sonrisa fría. Nott había guardado silencio durante todo el camino hacia la Sala Común. Y Malfoy ni siquiera la había mirado.

Chasqueó la lengua. Apoyó la cabeza en las palmas y le lanzó una mirada de soslayo a Pansy.

—No quiero que Luna tenga problemas —murmuró al fin—. Sé que si hubiera ido a Ravenclaw, ella habría estado a mi lado, pero…

Pansy gruñó.

—O sea, que sí es por Potter.

Hermione se mordió el labio.

—Mira, Pansy… Hablar hoy con Neville… —Hizo crujir los nudillos—. Me ha abierto los ojos. No puedo pretender que mi relación con él, o con Luna, sea como antes. —Resopló—. Sé que su intención era buena, pero… —Se le rompió la voz. Se inclinó hacia atrás y se dejó caer en la cama. De pronto estaba muy cansada—. Ha tardado un mes en hablar conmigo, Pansy. ¡Un mes! —exclamó—. No quiere tener problemas con ellos, y yo lo entiendo. —Bajó el tono, hasta convertirlo en un susurro—. Son sus amigos…

—Tú también eres su amiga, Hermione.

Las palabras de Pansy dolieron. Quería creer que era verdad, pero no estaba segura. No podía evitar preguntarse si también Neville creía que lo había abandonado.

Cerró los ojos.

—No se puede tener todo, Pansy —susurró—. Es lo mejor. — Y lo decía completamente en serio. No quería poner a Luna en una posición incómoda, por eso había renunciado a Ravenclaw. Porque conocía a Ron. Y a Harry. Y sabía que no le pondrían las cosas fáciles.

—¿Por eso has hecho esto? —Estaba enfadada, lo notaba en su voz, a pesar de que se mantenía serena—. ¿Por eso has vuelto a hacerte a un lado? ¿A huir? —gruñó. Su tono de voz aumentaba progresivamente a medida que hablaba—. Te recuerdo que la última vez no salió demasiado bien. —Se puso en pie. La respiración se le había acelerado—. ¡No puedes protegerlos a todos, Hermione! —exclamó—. ¡Deja de intentar hacerlo!

Sus palabras fueron como una bofetada.

—¿Qué es lo que pasa, Pansy? —Las palabras escaparon de sus labios. Se incorporó de golpe. Segundos más tarde incluso ella se asombraba de su arrebato—. ¿No me quieres aquí? ¿Es eso? —Tomó una bocanada de aire apresuradamente—. ¡Si es eso, dilo! ¡Dilo, Pansy! ¿Quieres que me vaya? —casi gritaba.

Hacía años que no perdía los estribos de esa forma, que no se encaraba a nadie. Pero Pansy era Pansy. Pansy la comprendía.

O eso había creído.

Esperó la respuesta de la chica con el corazón latiendo a toda velocidad. En el pecho, en la garganta, en las muñecas.

Curiosamente, ella le sonrió. Y, al hacerlo, el enfado pareció esfumarse de repente.

Pansy se acercó a ella. Se sentó a su lado, en la cama de Daphne.

Su cama.

—Me alegro de que estés aquí, Hermione —susurró—. De verdad que me alegro.

La mano de Pansy le rozó el brazo. Hacía mucho tiempo que Pansy no estaba tan cerca de ella y, al darse cuenta de ello, sintió como el estómago se le revolvía.

La oyó inspirar hondo.

—Lo que me preocupa… —continuó tras una pequeña pausa—. Lo que me preocupa es que estés aquí por las razones equivocadas.

Hermione se aflojó el nudo de la corbata. Los colores de Gryffindor desentonaban en la habitación color esmeralda.

—También lo hago por mí, Pansy.

—¿Estás segura?

Asintió. No mentía. Estaba cansada de las discusiones, de los enfrentamientos. Sabía que no se lo perdonaría si arrastraba a alguien más a su cruzada personal.

Pansy suspiró, dándose por vencida.

—Está bien. —Se levantó de la cama y, acercándose a la suya, echó mano de su pijama. Era de algodón grueso, color azul marino.

Hermione estaba convencida de que, en otra época, Pansy había vestido lujosos camisones, probablemente de raso o satén, bordados y sugerentes. Pero ya no lo hacía, y eso hizo que Hermione se sintiera inmediatamente mal consigo misma.

Se preguntó si alguna vez Pansy habría querido hablar de lo que había ocurrido. O si lo habría necesitado.

Se le secó la boca.

—¿Pansy? —preguntó, dudosa, con un hilo de voz.

—¿Sí?

—¿Tú…? —No sabía muy bien cómo seguir, así que optó por cambiar de estrategia—. Siempre te estás preocupando por mí, Pansy… —Arrugó un poco la nariz, nerviosa—. Pero tú también estabas allí.

El rostro de Pansy se ensombreció en cuestión de milésimas de segundo. Era evidente a qué se estaba refiriendo Hermione.

—Estuviste allí conmigo y… —Las manos le temblaban con solo pensar en ello—. Nunca hablamos de ello.

—¿Es eso lo que quieres? —La incredulidad de Pansy resultaba evidente—. ¿Hablar de lo que pasó?

Hermione tragó saliva.

—Si es lo que necesitas...

Pansy suspiró. Se pasó la mano por el cabello, derrotada.

—Quiero hacerlo. Sí que quiero hacerlo.

El corazón de Hermione se detuvo un instante. Había esperado que Pansy se negara. Había deseado que lo hiciera.

—Pero sé que no estás preparada —añadió, tras una densa pausa. Y Hermione se sintió egoístamente aliviada, porque era cierto. Pansy la miraba fijamente. Sus ojos color hierba trataban de mantenerse serenos—. Quiero hablar con alguien, Hermione, pero no contigo.

Ella contuvo el aliento.

—¿Entonces…? —Pero no necesitó que Pansy respondiera. Sabía de quién habla. Lo había visto en sus gestos, en sus miradas—. ¿Nott?

Pansy asintió, con una diminuta sonrisa en los labios.

—Theo, sí.

Y el pánico regresó de golpe. Era consciente que Pansy solo hablaría de sus experiencias, que jamás traicionaría sus secretos, pero esa época de su vida estaba intrínsecamente ligada a la de Hermione.

Algo en su rostro debió de traicionarla, porque Pansy volvió a hablar.

—No hablaré con él hasta que tú estés preparada, te lo prometo. —Y no había dejado de sonreír.

Hermione dudó un segundo. Sabía que no era justo que Pansy siguiera tratando de protegerla, pero también sabía que no podía renunciar a su silencio.

—Gracias —murmuró al fin, con la mirada clavada en sus manos.

Pansy se encogió de hombros.

—Creo que es hora de dormir. —Se estiró y bostezó, aunque a Hermione le pareció que fingía. Probablemente solo trataba de poner fin a la conversación.

Pansy se levantó sin esperar respuesta y con dos largas zancadas volvió a meterse en su cama. Se coló debajo de las mantas.

—De todas formas… —dijo mientras se acomodaba en la cama—, ¿podemos dormir con el fuego encendido? —preguntó, con medio rostro hundido en la almohada—. Me ayuda.

Hermione correspondió a su sonrisa de forma inconsciente.

—Claro.

Pansy asintió, agradecida.

—Entonces, buenas noches. —Y corrió las cortinas, dejando a Hermione sola y completamente agradecida.

La oscuridad era algo que tampoco ella apreciaba, pero —mientras que Pansy había optado por luchar contra sus recuerdos dejando las luces encendidas—, Hermione llevaba meses recurriendo a las pociones para dormir sin sueños. Sabía que Pansy no lo aprobaría y, por eso, se había encargado de esconder todos los frasquitos en el fondo del baúl, entre calcetines viejos y unas cuantas camisetas muggles.

Se levantó para sacar su propio pijama del baúl y, mientras se lo ponía, no pudo evitar preguntarse si Pansy se habría sentido tan sola en aquella habitación como ella en la su cuarto de la torre. Puede que se hubiera sentido incluso peor.

Lo cierto era que la relación de Hermione con Lavender y Parvati nunca había sido realmente cercana, así que no lamentó demasiado que Parvati hubiera decidido terminar sus estudios en Beauxbatons tras la muerte de su compañera. Muchos alumnos de Hogwarts habían optado por tomar esa salida; en los cuatro años que la escuela había permanecido cerrada, habían continuado sus estudios en los otros colegios de magia europeos. Eran muchos los que habían decidido no regresar y, la mayoría de los que lo habían hecho, habían optado por repetir curso. No solo los alumnos que —como ella misma, Harry o el propio Malfoy— se habían perdido los ÉXTASIS, sino muchos otros. Hermione lo comprendía; no estaba muy segura de que el programa impartido por los Carrow hubiera aportado nada a los alumnos de Hogwarts.

Lo que, en cierta forma, había resultado beneficioso para Hermione. La chica se odiaba a sí misma por pensar así, pero que Ginny Weasley —junto con las otras dos únicas Gryffindor de su curso— hubiera decidido repetir sexto, suponía un alivio.

Durante un mes había tenido el dormitorio para ella sola.

A Pansy le había ocurrido lo mismo, pero su relación con sus compañeras había sido mejor y más cercana que la que unía a Hermione con las suyas. Seguramente las echaría de menos.

Se volvió hacia la cama de Pansy. Su respiración era profunda y regular y Hermione se sorprendió ante su facilidad para conciliar el sueño.

Se descalzó. Dejó caer su túnica al suelo. Luego, la corbata, la camisa. La falda y las medias. Se quedó en ropa interior, con la camiseta vieja que usaba para dormir entre las manos.

Sin pensarlo mucho, estiró la mano y, tras rebuscar unos instantes en los bolsillos de su capa, sacó su varita.

Tragó saliva.

Finite… —masculló, con un temblor en la voz, apuntándose a sí misma.

De inmediato, la variación del hechizo desilusionador que la protegía cada día empezó a deshacerse ante sus ojos.

Las finas líneas blancas comenzaron a extenderse sobre su piel, desde el punto en el que apoyaba la varita, como una red de telarañas. Le cubrieron el pecho, el estómago, los muslos, los brazos. Le llegaron a los pies y a las manos y, aunque Hermione no podía verlo, sabía que estaban también en su rostro.

Recorrió una de las cicatrices, la que iba de su muñeca izquierda al codo, con el índice. El nudo en la garganta volvía a estar ahí y las lágrimas amenazaban con aflorar al recordar el dolor, el olor de la sangre, el miedo. Pero se negaba a dejarse llevar.

Sin soltar la varita, apretándola firmemente en el puño, se puso la camiseta y —con la respiración acelerada— se metió en la cama. No rehizo el encantamiento y tampoco corrió las cortinas.

Quería ser consciente de todo lo que la rodeaba. De todo lo que la había llevado ahí.

Cerró los ojos, con los dedos rozando la varita bajo la almohada. Contó lentamente, en silencio, preguntándose si esa noche sería capaz de dormir.

Si a la mañana siguiente sería capaz de reunir el valor suficiente para salir del cuarto.

Hizo un esfuerzo por borrar todo pensamiento, por concentrarse únicamente en el reconfortante tacto de la madera pulida contra sus dedos y horas más tarde se sumió en un sueño ligero, lleno de recuerdos del pasado.

La despertó un débil gemido. Atontada por el sueño, parpadeo para despejarse. Un nuevo quejido se sumó al anterior. Y luego, otro.

De pronto, un grito desgarrador resonó en la habitación y el corazón de Hermione pareció detenerse durante un brevísimo instante.

—¡Pansy! —Saltó de la cama a todo correr. Las sábanas se le enredaron en los tobillos y ella cayó de bruces, pero no se detuvo. Se levantó con dificultad y se lanzó hacia la cama de la otra chica—. ¡Pansy! —Corrió las cortinas; Pansy se sacudía en sueños, se arañaba la cara. No dejaba de gritar. Hermione la agarró de los hombros y comenzó a sacudirla, aterrada—. ¡Pansy, despierta!

Las lágrimas empapaban la cara de la chica y, cuando abrió los ojos, no pareció reconocer el lugar en el que se hallaba. Trató de zafarse del agarre de Hermione, pero ella la abrazó con fuerza y, solo entonces, Pansy comenzó a tranquilizarse.

—Solo ha sido una pesadilla —susurró con la nariz enterrada en el sedoso cabello negro de su compañera—. Solo una pesadilla.

Pansy se pegó un poco más a ella.

—¿Hermione? —La voz le temblaba y, al darse cuenta de que había estado llorando, se pasó la mano por las mejillas, con rabia, tratando de borrar todo rastro de su debilidad.

Pero Hermione no la juzgaba. No podría hacerlo.

—¿Era…? ¿Él?

Sintió asentir a Pansy contra su brazo.

—Pansy… —Se separó un poco de ella, pero no la soltó. Solo quería mirarla a los ojos—. Dime, ¿te pasa a menudo?

Un momento de duda. Después, un asentimiento más.

Hermione lanzó una mirada inquieta a la puerta. La otra chica debió de adivinar lo que pensaba.

—No te preocupes, Hermione. No vendrá nadie. —Bajó la voz—. Nunca… nunca viene nadie.

Pansy hizo un esfuerzo por sonreír.

—Vuelve a la cama, Hermione. —Se apartó de ella bruscamente—. Ya ha terminado.

—Pero…

Pansy negó con la cabeza, con una sonrisa triste pintada en los labios.

Y, como Hermione sabía que Pansy no soportaba sus momentos de debilidad, le hizo caso. Volvió a su cama, se sentó en el borde y le lanzó una última mirada de preocupación.

Pero Pansy la miraba igual a ella. No eran las cicatrices lo que llamaba su atención, sino que las llevase al descubierto.

—¿Por qué? —le preguntó. Y Hermione entendió, sin necesidad de que ella añadiera más.

Se encogió de hombros.

—Me parecía lo correcto. —Jugueteó con uno de sus rizos castaños—. Hoy me siento más fuerte. Esta es mi oportunidad para empezar de nuevo.

Pansy sonrió abiertamente, a pesar de que era evidente —por la forma en la que se encogía sobre sí misma— que los restos de la pesadilla no la habían abandonado por completo. Volvió a pasarse la mano por el rostro, a pesar de que ya no quedaba ni rastro de sus lágrimas. A Hermione siempre le sorprendía lo rápido que Pansy se recuperaba.

Supuso que cuando te criabas en una familia como la suya, era inevitable aprender a levantar una fachada perfecta.

Pansy permaneció unos segundos más sentada en la cama, jugueteando con la manga larga de su pijama. Estaba descalza y Hermione se fijó en que llevaba las uñas de los pies pintadas. Recordó la máscara de pestañas que se ponía a menudo, y su manicura siempre perfectamente arregladas.

Era un comienzo, pero eso era todo. Un pequeño paso inicial. Nada más.

Pansy pareció darse cuenta de su escrutinio, porque volvió a deslizarse bajo las mantas.

—Buenas noches —repitió.

Estiró la mano para correr las cortinas, pero Hermione la detuvo antes de que pudiera hacerlo.

—¿Pansy? —Se miraban a los ojos—. Quiero que hables con Nott.

La sorpresa de Pansy se hizo patente. La contempló con la confusión grabada en el rostro.

—¿Por qué?

Y en esa ocasión fue Hermione la que negó con la cabeza.

Con el tiempo había aprendido a comprender a Pansy. Era altiva y orgullosa, la princesa sangre limpia de Slytherin. Y, a pesar de todo ello, había decidido quedarse a su lado.

Así que si ella confiaba en Theodore, Hermione también lo haría.

—Buenas noches. —Y no hubo más que hablar.

Corrió las cortinas de su cama. El fuego de las antorchas brillaba al otro lado de la tela.

Cerró los ojos. Pensó en Pansy, en Harry. Pensó en Ron, en Ginny, en Luna y en Malfoy.

Y, antes de caer rendida, pensó en Daphne, que había ocupado esa cama durante siete años.

Continuará...

Muchas gracias por vuestros reviews: Valeria Gh, Amber, Granger-Malfoy, Kagome-Black y PaolaLissete (de nuevo, muchas gracias por tomarte el tiempo para redactarme ese gran review. Estoy totalmente de acuerdo contigo —y esto es un comentario para todos los lectores del fic—; yo soy la primera que cree que los personajes de esta historia no se parecen en nada a los de Rowling, por eso avisé en capítulos anteriores que habría OoC. Sin embargo, creo que en el fondo no son tan, tan distintos a como lo eran antes (aunque ahora no lo parezca). Por supuesto, sí que tienen que haber cambiado en algo, porque cuatro años después (con todas las experiencias que ese tiempo conlleva) no van a seguir siendo las mismas personas que cuando eran adolescentes. Con esto me refiero a que los cambios en sus personalidades están (o al menos eso creo yo) justificados y, en cuanto superen sus traumas y se sinceren unos con otros veremos como vuelven a sus caminos habituales.

Nos leemos.

Aclaración: el título de la primera parte del capítulo está inspirado por el mashup de Glee Rumor Has It / Someone Like You.