Capítulo 6 — Los muertos están muertos I

Primera parte: Death and the Wizard

—Buenos días.

Por supuesto, su voz la sobresaltó. Llegó desde algún punto situado a su espalda como un leve susurro que, sin embargo, pareció resonar en la estancia vacía.

El pesado libro de encantamientos se le escurrió de entre las manos y cayó al suelo con un golpe sordo. Una de las esquinas le aplastó el pie derecho y ella fue incapaz de reprimir un gruñido, al que rápidamente siguió una maldición murmurada entre dientes.

Sin molestarse en recoger el estúpido volumen, se dio la vuelta, debatiéndose entre la molestia y la sorpresa. Odiaba esa capacidad que tenía Malfoy para pillarla por sorpresa. No le había visto al bajar del dormitorio, había creído firmemente que estaba sola, que sería capaz de escabullirse a través del muro sin tener que enfrentarse con nadie.

Aquello habría sido demasiado bueno para ser real.

Espiró sonoramente.

Malfoy estaba sentado en un mullido sofá de cuero negro, en el rincón más oscuro y apartado de la sala. Las llamas que danzaban en la alejada chimenea apenas proyectaban algo de luz sobre su pálido rostro y la expresión seria de sus facciones, perfiladas entre las sombras, no auguraba nada bueno.

—Malfoy —saludó, con un tono que esperaba que sonara inexpresivo.

Él la contemplaba con bien disimulada curiosidad, cómodamente repantigado en el sillón, pero Hermione no pensaba dejarse engañar tan fácilmente. Malfoy no era su amigo; no había razón alguna para que estuviera siendo ni remotamente amable con ella cuando la noche anterior no parecía siquiera soportar mirarla.

Era frío, astuto y calculador y Hermione sabía que estaba tramando algo.

—¿Qué tal tu primera noche en Slytherin? —Sonaba despreocupado. Lo relajado de su postura sugería desinterés, indiferencia. Y, no obstante, Hermione no pudo evitar pensar que todo aquello formaba parte de su perfecta fachada.

—¿Vuelves a hablarme? —preguntó con algo de brusquedad, sin pensarlo siquiera. Su propio conato de atrevimiento la sorprendió y, de inmediato, deseó haberse mordido la lengua.

Que Malfoy le dirigiera la palabra o no, le era absolutamente indiferente. Lo que Malfoy pensase de su elección le importaba una mierda.

Y eso que, en los últimos tiempos, él parecía haberse convertido en una de las pocas personas capaces de soportar su presencia.

Molesta consigo misma, sacudió la cabeza. No quería pensar en aquello.

Malfoy se incorporó. Dio un par de pasos en su dirección y solo entonces, al salir del oscuro rincón, Hermione fue capaz de percibir su rostro con perfecta claridad. Tenía las cejas arqueadas —tanto que se fundían con su cabello rubio— y un atisbo de sonrisa asomaba a sus labios.

Dio otros dos pasos.

—Veo que te he ofendido. —Definitivamente, sonreía.

Siguió avanzando. Para llegar hasta ella esquivó una pequeña mesita de caoba y rodeó el sillón de tres piezas que coronaba la estancia. Deslizó la mano sobre el respaldo de cuero oscuro mientras se acercaba a ella con pasos elegantes, casi cuidadosos.

Era curioso; en el pasado sus gestos —sus andares— siempre le habían parecido un tanto ostentosos. Pomposos, quizá.

El flequillo rubio le cayó sobre los ojos y él lo apartó con una ligera sacudida de cabeza. La sonrisa no flaqueó.

Se detuvo a un metro escaso de ella.

—No era mi intención. —Desvió la mirada al suelo, al libro. Tras un instante en el que pareció mantener un pequeño debate interno, se agachó para recogerlo—. Ofenderte, quiero decir —añadió con un tono bajo, muy lentamente, al incorporarse. Hermione no estaba segura de si era burla lo que había en su voz.

Chasqueó la lengua, molesta. A pesar de ello, recogió el tomo que él le tendía.

—¿Es que vas a disculparte conmigo? —preguntó, con una pizca de ironía. Aferró el libro con fuerza contra el pecho, colocándolo entre ella y Malfoy.

Él soltó una especie de gruñido, una mezcla entre bufido y carcajada.

—Ni lo sueñes. —Hizo una mueca, algo despectiva.

Por supuesto. Disculparse. Eso no iba con Malfoy.

Él era de esa clase de personas que tomaban lo que querían, sin importarles nada más. Siempre lo había sido.

Hermione se frotó la mano libre contra la túnica del uniforme. Le sudaban las palmas, probablemente a causa de su cercanía, de su insistencia.

—¿Por qué estás aquí? —Fue él quien rompió el silencio.

Hermione se había estado preguntando cuánto tardaría en lanzarle la bomba. Suspiró.

—¿Por qué? —repitió. Trató de sonar seria, segura de sí misma.

De nuevo, una pausa. Esta más larga que la anterior.

—¿No es evidente? —Se inclinó un poco para quedar a su altura. Ella se envaró. De cerca, sus ojos tenían el extraño color del cielo en un día de tormenta—. Porque elegiste Slytherin. —Y, aunque durante un instante Hermione creyó que se trataba de una pregunta, no lo era. Solo era una respuesta.

Tragó saliva. Luchó contra el impulso de retroceder.

—Quiero saber por qué estás aquí —continuó Malfoy—. Necesito saberlo, Granger. —No bromeaba.

Hermione tensó más la espalda, tanto que los músculos protestaron. Dolía, pero no relajó la postura.

—Creo que eso no es asunto tuyo, Malfoy —replicó al instante.

Se dio la vuelta, sintiéndose ligeramente enfadada consigo misma. Algo estafada, quizá. Estafada por haber creído que Malfoy había madurado lo suficiente como para reprimir su malsana curiosidad y actuar como una persona medianamente civilizada. Estaba claro que eso no iba a pasar.

No había dado ni un par de pasos cuando sintió los dedos de Malfoy cerrarse sobre su antebrazo, con tanta fuerza que estuvo segura de que le dejaría marcas. Tuvo que morderse el labio para contener un quejido.

Tiró de ella, obligándola a girarse hacia él.

Ella intentó zafarse, pero sus esfuerzos fueron en vano. Malfoy la sujetaba con firmeza, con dedos como garras. Y, a pesar de ello, no fue la violencia de su gesto lo que llamó la atención de Hermione, sino lo cerca que se encontraba de ella.

Y, sobre todo, la ausencia total de odio y desprecio en su rostro.

Contuvo el aliento. El Malfoy repelente y consentido que había sido años atrás habría preferido cortarse la mano antes que rozar siquiera a un sangre sucia como ella.

Se mordió el carrillo con tanta fuerza que notó el sabor de la sangre en la boca.

—Suéltame, Malfoy —siseó, con los dientes apretados—. Suéltame.

Él negó con la cabeza.

—No. —Le apretó con más fuerza el brazo. Notó sus uñas clavársele a través de la tela del uniforme—. No, hasta que me digas qué haces aquí. Por qué escogiste Slytherin.

Hermione apretó los labios con tanta fuerza que se le pusieron blancos.

Malfoy esbozó una sonrisa. Sin soltarla, se inclinó hacia ella una vez más, de tal forma que sus ojos quedaron a la altura de los de Hermione.

Ella parpadeó. Había hablado con tanta seriedad que, de pronto, la muchacha comprendió que decía la verdad. Que no iba a parar hasta descubrir lo que había ocurrido. Hasta desenterrar todos y cada uno de sus traumáticos recuerdos.

Hermione sabía que aquella había sido su intención desde el principio. Lo había intuido aquel primer día en la falsa indiferencia con la que él la había contemplado al pie de las escaleras, el día en que Pansy decidió tenderle la mano en las mazmorras. Y lo había comprobado días más tarde, en aquella clase de Cuidado de Criaturas Mágicas.

¿Qué quería Potter antes?

Hermione cerró los ojos. Aquello era lo que Malfoy siempre había querido. Saber qué había ocurrido con Harry. Y con Ron.

Sin embargo, Hermione no podía culparlo. Sabía que todos y cada uno de los habitantes de ese maldito castillo —y todo el mundo mágico que había más allá de sus murallas— se moría por descubrir qué había ocurrido con el Trío Dorado.

¿Por qué iba Malfoy a ser una excepción?

Agachó la cabeza. La sensación de humillación —de certeza al constatar al fin que lo único que le interesaba a él era desvelar su secreto— la abrumó de tal manera que sintió como la garganta se le cerraba. Apenas podía tragar. El corazón se le aceleró; latía tan fuerte que Hermione estuvo segura de que iba a estallar. Latía tan fuerte que resultaba doloroso.

Pero lo peor de todo fue la oleada de intenso odio que, de repente, sintió hacia él. La sacudió por completo, haciéndola estremecer, dejándola sin habla por un instante.

Rechinó los dientes.

—Qué equivocada estaba Pansy… —tomó una bocanada de aire—, al decirme que tú ya no estabas en mi contra. —Casi no podía ni respirar.

Malfoy frunció el ceño e, inconscientemente, ladeó un poco la cabeza. Todo rastro de sonrisa desapareció de golpe. Parecía confundido.

—¿Qué diablos…?

Pero ella no estaba dispuesta a dejarle hablar.

—Solo piensas en ti mismo —masculló con voz áspera, mirándolo fijamente, como si fuera la primera vez que lo veía. Y, en cierta forma, así era. Por primera vez en días lo veía exactamente como era. Como el bastardo egoísta que siempre había sido—. Solo piensas en ti mismo —repitió. Sacudió la cabeza. Se sentía desolada—. Y en lo que tú quieres.

Él frunció el ceño. Se estiró hasta recuperar toda su altura, de manera que Hermione tenía que alzar el rostro para mirarlo a los ojos.

No se dejó amilanar.

—Todo lo que no seas tú te da exactamente igual, ¿verdad? —Un par de rizos rebeldes le cayeron sobre la cara, pero no podía apartarlos. Tampoco quería hacerlo—. Estás dispuesto a lo que sea para conseguir lo que quieres. Sin importarte las consecuencias.

Nunca supo de dónde había sacado el valor para hablar, pero se alegró al comprobar que Malfoy era incapaz de rebatir sus palabras. Abrió la boca y, acto seguido, volvió a cerrarla, sin haber dicho ni pío.

Eso solo consiguió envalentonarla.

—Eres un egoísta —escupió con rencor y los ojos entrecerrados, llenos de ira.

Una pausa. Malfoy continuó sin decir nada. Hermione era incapaz de leer en su rostro inexpresivo qué era lo que pensaba y, furiosa, habló sin siquiera pensar lo que decía:

—Eres exactamente igual que tu padre —afirmó. Las palabras escaparon de su garganta, con calma, con resignación, antes de que ella pudiera detenerlas.

Y lo cierto fue que tuvieron un efecto instantáneo, incluso más devastador que aquella bofetada que le había propinado tantos años atrás. Malfoy la soltó de inmediato, como si su tacto quemara. Retrocedió, trastabilló y chocó contra el gran sofá de cuero que había a su espalda.

A Hermione no le pasó desapercibido el gesto —probablemente instintivo— con el que se llevó la mano al brazo izquierdo, como si quisiera ocultar, proteger, algo.

Y ella no pudo evitar preguntarse si la Marca todavía se vería sobre su piel.

Todo el odio, el rencor, la ira se esfumaron de golpe, dejándola completamente vacía.

Las facciones de Malfoy se contorsionaron en un rictus de dolor que cambió su expresión por completo.

Duró solo un segundo. En apenas un parpadeo, la máscara impenetrable volvía a estar en su lugar, pero Hermione supo que ya no podría olvidar lo que acababa de ver.

—No presumas de conocerme, Granger —dijo—. Porque no tienes ni idea de cómo soy.

No quería sentir pena por él. No quería.

Clavó las uñas en el lomo del libro.

—¿Eso crees? —protestó, a pesar de todo. Cerró los ojos un momento, con fuerza. Cuando volvió a abrirlos, se dijo que no iba a dejarse mangonear por él. Tomó aire—. ¡Eres exactamente igual que él! —La voz le temblaba, pero no pensaba callarse. Sabía que se estaba equivocando, sabía que no quería decir aquello. Sabía que ya no quedaba rabia en su interior y, sin embargo, no podía callarse. No, si con ello lograba protegerse—. ¿O es que alguna vez me has dado un motivo para creer…?

—Cierra la boca —la interrumpió. Estaba tenso.

—¿O qué, Malfoy? —De nuevo, empezaba a elevar la voz. Estaba nerviosa, él la ponía nerviosa—. ¿Qué vas a hacerme? ¿Vas a obligarme? —El pecho le subía y bajaba a toda velocidad, pero el oxígeno no parecía llegar a sus pulmones.

Esperaba una réplica, una negación. Un grito, quizá. Pero no hubo nada de eso. En su lugar, Malfoy dejó escapar un gruñido y se lanzó hacia ella.

No llegó a tocarla, pero no hizo falta. El libro cayó una vez más al suelo mientras ella retrocedía de manera instintiva. Estuvo a punto de tropezar con sus propios pies, pero entonces su espalda chocó contra la pared.

Solo entonces sintió el contacto de Malfoy. Sus piernas, sus brazos, su pecho chocaban contra los de ella. También él tenía la respiración entrecortada y su aliento le golpeaba el rostro, fundiéndose con el suyo.

Su mano derecha se cerró en torno a su cuello, obligándola a alzar la vista, a mirarlo a los ojos. Apretaba un poco, pero —curiosamente— Hermione no sintió miedo.

Y es que en ese momento solo pudo preguntarse qué le había hecho perder los estribos de esa manera.

—Te he dicho que cierres la boca —siseó él. Sus dedos ardían contra su piel.

Ella sonrió con tristeza. De pronto se sentía extrañamente tranquila. Y culpable.

Se sentía culpable, pero sabía que ya no había vuelta atrás.

Así que, por tercera vez, dijo lo que pensaba.

—Esto es precisamente lo que haría él, ¿no? —La mano de Malfoy no aflojó su agarre—. O quizá él prefiera usar la varita. No mancharse las manos.

Malfoy pestañeó rápidamente. Hermione pudo ver la emoción contenida en sus ojos y supo que había dado en el clavo.

Se preguntó también qué clase de padre había tenido Malfoy. Qué clase de padre podría haberle convertido en lo que era. Y en lo que había sido.

—¿Me equivoco?

Él tomó aire. Luego, muy lentamente, dedo a dedo, fue despegando su mano del cuello de la muchacha.

Dio un paso atrás. Hermione le vio tragar saliva, mirarse la mano con la que acababa de sujetarla.

Acto seguido, él se volvió, sin decir nada.

Hermione tragó saliva.

—Malfoy… —llamó. Durante un brevísimo instante se sintió tentada de disculparse—. Malfoy —repitió.

Pero él seguía dándole la espalda. No podría asegurarlo, pero le pareció que temblaba.

Tendió la mano hacia él, pero la dejó caer casi de inmediato.

—Mal…

—Cállate. —Apenas oyó su voz—. Cállate, Granger.

Ella se mordió el labio.

—No entiendes nada —dijo, todavía dándole la espalda—. Si fuera igual que mi padre, en este momento no te quedaría secreto alguno que guardar. —Se pasó la mano por el pelo, en un gesto que parecía desesperado—. Eso te lo puedo asegurar —añadió tras una pausa, en voz incluso más baja.

Sin saber por qué, los ojos empezaron a picarle. Pero no iba a llorar. No delante de Malfoy.

No por Malfoy.

Él soltó un bufido. Meneó la cabeza.

—Olvídalo, Granger —dijo, mientras echaba a andar hacia las escaleras que conducían a los dormitorios.

Hermione fue incapaz de detenerlo. Se quedó allí, sola en la sala común de Slytherin, con la humedad de la fría piedra calándole los huesos y viendo a Malfoy desaparecer sin mirar atrás.

Siguió escuchando el eco de sus pasos aun después de perderlo de vista. Y solo cuando oyó la puerta del cuarto cerrarse de un golpe, ella se movió.

Salió de la Sala Común sin recoger el libro, dejándolo abandonado en medio de la habitación, allí donde había caído. En ese momento esas páginas arrugadas, dobladas, tan solo le recordaban a Malfoy. Y no quería pensar en él.

El muro se abrió para ella y, en cuestión de segundos, se encontró a sí misma recorriendo las inhóspitas mazmorras en busca de un poco de aire fresco que ayudara a calmar sus nervios.

Cuando salió al exterior, el césped estaba salpicado de una fina capa de escarcha que crujía bajo sus pies a cada paso que daba. Había olvidado su capa y sus guantes, así que pronto empezó a tiritar. No obstante, no se detuvo. Siguió andando, tratando de poner distancia entre ella y el castillo.

Entre ella y Malfoy.

A pesar del comportamiento brusco del chico, de su egoísmo, Hermione sentía que había sido ella la que había metido la pata hasta el fondo. Y lo peor era que, hasta ese momento, jamás habría creído que eso pudiera importarle.

Se frotó las manos vigorosamente, tratando calentarlas. Fue en vano, así que aceleró el paso.

La cabaña de Hagrid fue haciéndose más y más grande a medida que Hermione se iba aproximando y, con ella, el pequeño cercado que el guardabosques había construido recientemente una decena de metros más allá.

Estuvo a punto de dar media vuelta al distinguir una alta figura reclinada contra la valla de madera, pero su corto cabello oscuro y la bufanda color esmeralda hicieron que cambiara de opinión.

Siguió andando. La fina capa de hielo crujía a cada paso que daba, así que Nott la escuchó llegar.

Ladeó la cabeza y la miró por encima del hombro.

—Hermione —saludó.

Ella se colocó a su lado y la verja se tambaleó ligeramente con su peso añadido.

—Así que tú también vuelves a hablarme —dijo, con cierta burla.

Theodore sonrió. Hermione lo notó, a pesar de no estar mirándolo. Tenía la vista clavada al otro lado del cercado, en la pequeña criatura que en ese momento pateaba inquieta el suelo.

—¿También? —La chica no contestó, así que Nott siguió hablando—. ¿Ha estado Draco dándote problemas?

Sacudió la cabeza, sin saber muy bien cómo responder a esa pregunta.

Suspiró.

—¿Crees que he hecho una tontería? —Volvió a frotarse las manos, recargando todo su peso sobre los codos al hacerlo. La valla crujió. Se echó el aliento caliente sobre los dedos y luego, rápidamente, los hundió en el interior de la capa—. Al haber escogido Slytherin, me refiero.

Él se tomó su tiempo para responder.

—Sin duda —repuso al fin—, eso es lo que debe pensar todo el colegio. —Hermione agachó la cabeza, pero Nott no había terminado de hablar—. En cuanto a mí —añadió tras una corta pausa—, creo que has sido muy valiente.

Ella se volvió hacia él como un resorte, sin dar crédito a lo que acababa de escuchar.

—¿Valiente? —preguntó con incredulidad.

Theodore sonrió sin mirarla.

—Todo el mundo quería huir de Slytherin. Todo el que tuvo la oportunidad, lo hizo —explicó—. Todos, excepto tú. Tú nos elegiste, a pesar de todo. —Sacudió suavemente la cabeza—. Sí, creo que esa es una actitud muy valiente.

Hermione carraspeó.

—Solo… Solo estaba huyendo —susurró, más para sí misma que para él—. De Gryffindor.

—Lo sé —concedió él—. Pero lo hiciste. Por propia voluntad. Eso es algo que nadie más ha hecho.

Sus palabras la reconfortaron. Quiso creer en ellas. Quiso creer que, en cierta forma, Nott tenía razón.

Lo miró por el rabillo del ojo. En ese momento él hurgaba en el bolsillo de su capa, con movimientos rígidos a causa de los gruesos guantes. Sacó un paquetito envuelto en papel, que retiró con torpeza.

—¿Te animas? —Inclinó el bulto en su dirección y Hermione vio que, en su interior, había media docena de salchichas. De inmediato, escuchó los cascos de la cría de thestral golpeando rítmicamente el suelo, mientras se acercaba a ellos al galope. Negó con la cabeza, sin dejar de sonreír. Hacía demasiado frío como para sacar las manos desnudas de los bolsillos.

El thestral llegó hasta ellos en cuestión de segundos y Nott le tendió la primera salchicha. El animal la devoró sin siquiera masticar y olisqueó el aire, buscando más.

—Hagrid lo está cuidando bien, ¿no crees?

Hermione enarcó las cejas, sorprendida por su halago. Pero era cierto, el ala desgarrada del animal —cuidadosamente entablillada— presentaba mucho mejor aspecto que la primera vez que Hermione la había visto, apenas unos días atrás.

—Siempre ha hecho bien su trabajo. —Se encogió un poco de hombros.

Ambos guardaron silencio. El thestral engullía las salchichas a toda velocidad y, pronto, a Nott solo le quedaron un par de ellas en la mano.

—¿Desde cuando puedes verlos? —preguntó él cuando Hermione creía que ninguno de los dos tendría ya nada que decir.

Hermione sabía que detrás de esa pregunta había otra más importante, más oscura.

¿Cuándo fue la primera vez que viste morir a alguien?

Carraspeó, incómoda.

—Desde la Batalla de Hogwarts, supongo —respondió, un poco seca.

En ese momento, Nott acariciaba la quijada del animal, que parecía disfrutar del contacto.

—Tienes suerte, ¿lo sabías? —Ella lo miró, incrédula, con la cabeza ligeramente ladeada—. Yo siempre he podido verlos.

Oh. Por supuesto.

Hermione agachó la cabeza, pero Theodore no pareció notarlo.

—Era el único que podía. —Extrañamente, sonreía. Un poco, con una sonrisa triste, pero sonrisa al fin y al cabo—. Cuando descubrí lo que eran —le tendió la penúltima salchicha al thestral—, cuando descubrí por qué podía verlos… —La criatura se tragó el pedazo de carne y le golpeó la mano con el morro, pidiendo más—. Odiaba a estas criaturas —confesó Nott—. Me recordaban que mi madre estaba muerta. Y que yo era uno de los pocos que habían tenido que pasar por algo así.

Hermione no estaba muy segura de qué se suponía que debía decir. Ni siquiera tenía ni idea de por qué le estaba contando todo aquello.

—¿Tu madre…?

No terminó la frase, pero él comprendió.

—Murió cuando yo tenía seis años. —Una pausa, cargada de tensión. El thestral, al comprobar que no quedaba nada más para comer, se alejó trotando silenciosamente—. ¿Sabes cómo? —añadió él tras unos minutos de silencio, en voz tan baja que Hermione creyó que lo había imaginado.

Por si acaso, negó suavemente con la cabeza.

No obstante, pronto deseó no haberlo hecho, porque no estaba preparada para lo que Theodore dijo a continuación:

—Mi padre la mató. —No había rastro de emoción en su voz y, a pesar de ello, el corazón de Hermione pareció detenerse durante un brevísimo instante al escucharlo.

Para alguien como ella, para alguien que siempre había estado tan unida a su familia, resultaba difícil creer aquello. Resultaba difícil aceptarlo.

Pero él estaba muy serio. Y Hermione supo, sin asomo de duda, que le estaba contando la verdad.

—La mató delante de mí. De su único hijo.

Hermione no se atrevió a mirarlo. Clavó la vista al frente y apretó los dientes con fuerza, luchando contra la rabia, el dolor que despertaban sus palabras.

Al ver que él no añadía nada más, Hermione se preguntó si estaría esperando alguna reacción por su parte.

—¿Qué…? —intentó articular la pregunta, pero una vez más se le atascó en la garganta.

—¿Que qué pasó?

Asintió. Nott se encogió de hombros.

—No estoy seguro. No lo recuerdo. Discutieron, eso es todo lo que sé. Acabó mal. —Chasqueó la lengua—. Tenía mucho carácter mi padre. Siempre lo tuvo.

Sin poder evitarlo, Hermione pensó en Malfoy. Y en su padre. Durante un instante pudo recordar su expresión de tristeza con tanta viveza que, de haber cerrado los ojos, habría creído que lo tenía delante.

El pulso comenzó a latirle de nuevo con fuerza en la garganta y el lugar sobre el que los dedos de Malfoy habían presionado pareció arder durante un instante.

—Le gustaba utilizar imperdonables para castigarnos a mi madre y a mí.

Pestañeó una vez, dos, tres. Sacudió la cabeza y se empeñó en dirigir su atención al presente, a Theodore.

No quería pensar en todo aquello, en que —quizá— la máscara de Malfoy, su silencio, su ira, ocultasen una historia similar a la de Nott. Con que una sola persona hubiese vivido aquel horror bastaba.

¿Me equivoco?, le había dicho para provocarlo. Y no, estaba segura de que no se había equivocado. Había acertado, lo había visto en sus ojos, lo había sentido en la mano que aferraba su cuello.

No podía soportar pensar que esas prácticas podían tratarse de algo habitual.

—Tu padre era mortífago, ¿verdad? —consiguió preguntar, a pesar de conocer la respuesta.

Por el rabillo del ojo, lo vio asentir.

—Pero mi madre no lo era —añadió, sin que Hermione dijera nada más—. Ella no tenía la Marca. Nunca quiso formar parte de ello.

La chica se preguntó hasta qué punto aquello era cierto. Una cosa era no llevar la Marca tatuada en el brazo y otra muy distinta ser inocente de cualquiera de los crímenes que Voldemort había fomentado en el pasado.

Nott continuaba hablando, ajeno a los pensamientos de la chica.

—Por eso yo nunca quise unirme a Draco. —Empezaba a nevar—. Nos conocíamos, podríamos haber sido buenos amigos. —Hermione hubiera deseado que ese nombre no apareciera en la conversación—. Éramos dos sangre limpia, dos Slytherin, herederos de dos de las más ricas y honorables familias del mundo mágico.

Hermione produjo un sonido indefinido con la garganta.

—A pesar de ello, me mantuve alejado. —Ella seguía temblando, pero ya no estaba segura de que fuera a causa del frío—. Lo hice porque sabía que el padre de Draco era exactamente igual que el mío.

La chica se mordió el labio con fuerza. Las palabras de Nott, su historia, era dolorosa. Pero casi peor era su sinceridad. La confianza que estaba demostrando en ella.

¿Por qué?, quiso gritarle.

Y, en lugar de ello, solo pudo decir:

—¿Por qué estás aquí, entonces? —Señaló con la cabeza a la cría de thestral—. ¿Por qué has venido?

Él soltó una pequeña risa. Sonó burlona. La pregunta parecía divertirle y Hermione supo, con certeza, que se estaba perdiendo algo.

—Porque este año, por primera vez, no resulta tan doloroso poder verlos —fue toda la explicación que recibió.

Nevaba con más fuerza. Delicados copos caían sobre ellos y pronto el cabello de Nott y sus hombros —al igual que los de la propia Hermione— se tiñeron de color blanco. La temperatura descendió considerablemente y, antes de regresar al castillo, Hermione se permitió ir un paso más allá, formular una nueva pregunta.

—¿Por qué?

Pero, en esa ocasión, Nott no respondió. Pasaron los minutos y, aunque Hermione siguió esperando una aclaración, esta nunca llegó. Y entonces comprendió que, al igual que ella y a pesar de su sinceridad, Theodore había impuesto unos límites que no quería traspasar.

Se apartó de la cerca tiritando con violencia y con algo de esfuerzo, ya que sentía las extremidades entumecidas.

Dio un par de pasos, pero no consiguió alejarse mucho. No podía irse sin hacer la pregunta que de verdad la carcomía por dentro. Sin saber si la razón por la que Pansy había madrugado esa mañana era para hablar con él.

—¿Por qué me cuentas esto? —No se volvió hacia él, así que tuvo que alzar la voz para que la escuchara.

Escuchó el crujir de la verja y supo que Nott se había girado para mirarla.

—Es mi forma de ser sincero contigo —le llegó su voz, muy suave y calmada—. Y de darte las gracias.

Hermione apretó los puños, aterrada.

—¿De darme las gracias? —preguntó, con voz temblorosa.

Escuchó sus pasos acercarse a ella, rompiendo la fina capa de escarcha. Se detuvo a su espalda, muy cerca de ella. Hermione casi podía sentir su proximidad. Inconscientemente se tensó, aguardando su respuesta.

Ahí estaba. La verdad saliendo a flote. La peligrosa verdad.

Cerró los ojos con fuerza, preguntándose si la noche anterior había tomado la decisión correcta.

Si aquello sería el principio del fin.

—Así es. —Su voz sonaba extrañamente lejana—. Gracias...

Hacía tanto frío que cada inspiración dolía.

—Gracias por salvarle la vida a Pansy.

Segunda parte: Hello, My Treacherous Friends

Draco sabía que no era posible, pero hubiera jurado que el sobre pesaba una tonelada en su bolsillo.

Sabía que no era posible porque lo único contenía era una diminuta carta; un pequeño pedazo de papel, con cuatro palabras escritas con letra temblorosa.

Y, a pesar de ello, pesaba. Quemaba.

Draco era incapaz de dejar de pensar en ella.

Deslizó la mano en el interior del bolsillo, casi con cautela, y sus dedos rozaron el áspero pergamino.

La retiró casi de inmediato, maldiciendo el instante en que la había abierto. Había llegado aquella misma mañana— atada a la pata de un gigantesco cárabo de color café grisáceo— y aunque Draco había escrito la respuesta en el reverso casi de inmediato, todavía no la había mandado.

No se atrevía, en realidad.

Era perfectamente consciente de que sus palabras la dañarían y eso lo estaba volviendo loco. Ella era la única persona a la que no soportaría herir. Era —junto con Pansy, quizá, y puede que Theodore— la única persona a la que no quería volver a decepcionar. Y, sin embargo, sabía que estaba a punto de hacerlo. Porque sabía que no podía dar su brazo a torcer.

Esa tarde. Se había prometido que enviaría la carta esa tarde, justo antes de regresar al colegio.

Iría a la oficina de correos, utilizaría uno de los escasos halcones disponibles y la carta llegaría incluso antes que si la hubiera enviado por la mañana con una de las lechuzas del colegio.

—Mirad quién viene por ahí. —La voz de Theodore lo arrancó de sus pensamientos.

Draco pestañeó un par de veces, sorprendido, y vio que su amigo inclinaba la cabeza en dirección a la ventana.

Al otro lado del cristal cubierto de escarcha, Draco distinguió un par de cabezas con un llameante cabello anaranjado. Suspiró.

Obviamente, entre la chica Weasley y el pobretón de su hermano caminaba San Potter.

El nuevo Trío Dorado, se dijo Draco con ironía e, inconscientemente, se volvió hacia Granger, que estaba sentada al otro lado de la mesa, junto a Pansy. Ella debía de estar pensando algo similar; trataba de aparentar serenidad, de parecer seria, pero Draco sabía que había algo de tristeza en su expresión, en la forma en la que las comisuras de sus labios se curvaban de manera casi imperceptible hacia abajo y sus hombros se inclinaban hacia delante. Apretaba tanto la jarra de cerveza entre las manos que las puntas de los dedos se le habían vuelto de un blanco antinatural.

—Creía que habías dicho que no iban a venir hoy. —Era prácticamente la primera vez que se dirigía a Granger desde la noche en que ella había llegado a Slytherin. O, más bien, desde aquella mañana en que ella se había atrevido a gritarle a la cara aquello que tanto miedo le daba.

Eres igual que tu padre.

Draco apretó los puños bajo la mesa.

Odiaba aquellas palabras. Pero, sobre todo, odiaba que le hubieran hecho pararse a pensar, que le hubieran hecho reflexionar —algo a lo que, en realidad, no estaba muy acostumbrado.

Ella ladeó el rostro para mirarlo.

—Eso creía —dijo fríamente y, al hacerlo, se llevó la mano al cuello. Aferró la bufanda, color esmeralda, con fuerza durante un efímero instante y, luego, la aflojó un poco. Sus gestos fueron inconscientes y Draco no pudo evitar preguntarse si estaría pensando en aquel día, al igual que él. Desde entonces no había vuelto a ver a Granger sin su bufanda y, aunque no había sido su intención lastimarla, Draco estaba prácticamente convencido de que le había dejado alguna marca en la piel.

Apretó más los puños. Las manos empezaron a temblarle a causa del esfuerzo.

Sí que era igual que su maldito padre.

—Deben de haber suspendido el entrenamiento —intervino Pansy.

Draco se obligó a relajar las manos.

Supuso que Pansy tendría razón; aquello no le habría sorprendido. Gryffindor había ganado unos cuantos miembros la noche del 30 de septiembre y, por lo que él sabía, su equipo había sufrido unas mejoras considerables. Dos nuevos golpeadores y un cazador parecían haber obrado maravillas.

A su espalda, la puerta principal de Las Tres Escobas se abrió con un crujido y una bocanada de aire helado se coló en el interior. Granger se arrebujó en su capa.

Aunque no podía verlos, Draco supo que los magníficos —incluso en su cabeza la palabra sonó sarcástica— Gryffindor se habían percatado de su presencia por la forma en la que la estridente risa de la pobretona se cortó en seco.

Pansy dejó el vaso vacío sobre la mesa, con tanta fuerza que Draco entrecerró los ojos, molesto por el ruido.

—Creo que deberíamos irnos —forzó una sonrisa despreocupada. Parecía tranquila, pero Draco sabía que empezaba a estar harta de las gilipolleces de Potter y compañía.

Y, por supuesto, la pullita de turno no se hizo de rogar.

—Creo que es la primera vez que te oigo decir algo sensato, Parkinson. —Cómo no. Tenía que ser el bocazas de Weasley el que metiera baza.

Inmediatamente Granger agachó la cabeza y mantuvo la mirada tercamente clavada en la mesa. Resiguió el contorno de uno de los nudos de la oscura madera con el dedo, evitando por todos los medios que su mirada se cruzara con la de sus ex-compañeros.

Por toda respuesta, Pansy puso los ojos en blanco.

Draco se apresuró a vaciar su propia jarra; se bebió el último trago de cerveza de golpe y dejó su vaso vacío junto al de Nott.

Su amigo fue el primero en levantarse.

—Tienes razón, Pansy. Larguémonos. —Theodore rebuscó en el bolsillo interior de su capa hasta dar con los guantes—. De repente este sitio apesta.

Pansy soltó una pequeña risa mientras se ponía en pie. Draco los siguió.

—¿Hermione? —Theodore se volvió hacia Granger, que permanecía sentada—. ¿Vamos?

Ella dudó, pero no tuvo ocasión de contestar..

—¿Hermione? —Fue la chica Weasley, quien hasta entonces había permanecido en silencio, pegada a Potter como una lapa, la que habló en esa ocasión. Parecía sorprendida, aunque Draco no podía juzgarla por ello. Para él también había resultado sorprendente la facilidad con la que 'Granger' se había convertido en 'Hermione' para Theodore—. Así que es cierto —añadió pensativamente—. ¿Tan amigos sois?

Draco notó la desconfianza de su voz.

Fue Weasley quien respondió. Dio un paso adelante y, con el rostro rojo de furia, siseó:

—Por supuesto, Ginny. —Hizo crujir los nudillos—. ¿Es que no lo ves? Es igual de traidora que ellos.

Draco se mordió la lengua justo a tiempo. Traidor no era una palabra que él se tomara a la ligera, pero —lo cierto era que— lo último que necesitaba Granger era que se enzarzaran en una nueva disputa.

Qué considerado se estaba volviendo últimamente, se reprochó a sí mismo con sarcasmo.

Aunque, al menos, aquello no habría sido propio de Lucius Malfoy.

En cualquier caso, Pansy debía de estar pensando lo mismo, porque agarró a Granger del codo y empezó a tirar de ella hacia la salida.

Sin embargo, eso solo pareció empeorar las cosas.

Al ver lo cerca que Pansy mantenía a Granger, Potter asintió lentamente, corroborando las anteriores palabras de su amigo.

—Probablemente sea incluso peor —añadió entre dientes.

Sus palabras surtieron un efecto mágico. Granger se detuvo en seco y la mano de Pansy resbaló desde su codo. Sorprendentemente, Granger se volvió para encararse a ellos.

No obstante, Draco apenas fue consciente de aquello porque era el rostro del santurrón lo que en ese momento atraía su atención. Y es que lo que veía en él era, cuando menos, interesante.

No había que ser un genio para darse cuenta de que Weasley estaba genuinamente cabreado. Tampoco era muy difícil ver que su hermana se mantenía a la defensiva.

Pero ¿Potter?

No, en el rostro de Potter había mucho más. Detrás de su ceño fruncido y de los ojos entrecerrados por el rencor, Draco vio algo más.

Se notaba a la legua que trataba de ocultarlo, pero —a diferencia de Weasley, que parecía dispuesto a abalanzarse sobre Granger en cualquier momento— él apenas era capaz de sostenerle la mirada a la chica más de unos segundos. Fruncía el ceño y los labios, pero a Draco no le pasó inadvertido el hecho de que, entre los pliegues de su túnica, no dejaba de retorcer los dedos.

Draco hubiera jurado que estaba nervioso. Confuso, quizá.

—Escuchad. —Oyó a Granger inspirar profundamente, pero él no apartó la mirada de Potter—. Ron, Harry —la manera en la que la chica Weasley se pegó más a su novio al escuchar a Granger llamarlo por su nombre resultó sencillamente patética—, ¿por qué no…?

Pero no pudo terminar la frase.

—¡Ni siquiera entiendo cómo te atreves a hablarnos! ¡A mirarnos a la cara! —Weasley elevó la voz y solo entonces Draco se dio cuenta de que, a pesar del ruido que había en la taberna, las personas de las mesas cercanas no perdían detalle de la discusión. Draco frunció el ceño. Tendrían que salir pronto de allí, o la prensa del día siguiente incluiría un par de titulares que no serían del agrado de Granger—. ¡Después de lo que nos hiciste…! ¡De lo que me hiciste!

Ni siquiera lo pensó. Solo actuó.

—¿Por qué no la dejas en paz de una vez, Weasley? —habló tranquilamente, pero sus palabras tuvieron el efecto de una bomba. Granger dio un respingo y se volvió hacia él con la estupefacción pintada en el semblante. No fue la única. Él ignoró las miradas de asombro, a pesar de que sus acciones lo sorprendían incluso a sí mismo—. Resultas cansino, ¿lo sabías? —Arrastró un poco las palabras, tratando de sonar aburrido, despreocupado.

Durante largos segundos —tan largos que parecieron horas— nadie dijo nada. Y no era de extrañar.

Aquella era la primera vez que Draco se inmiscuía directamente en una pelea entre Granger y los dos Gryffindor.

Aquella era la primera vez que la defendía.

Maldijo para sus adentros. Aquello era incluso más raro que ver a Weasley despreciándola o a Pansy defendiéndola.

Contuvo las ganas de aclararse la garganta. Sacudió la cabeza y el estúpido flequillo le cayó una vez más sobre los ojos. Tendría que cortarse el puñetero pelo pronto.

Finalmente fue Weasley quien, una vez más, volvió a hablar.

—Debería darte vergüenza —dijo, en voz baja, mortalmente serio. Luego, pareció dudar un instante y, al final, añadió una única palabra. Una palabra que Draco supo que estaba pensada para hacerle daño. Todo el daño posible—. Granger —siseó, con todo el desprecio que fue capaz de imprimir en esas dos sílabas.

Por un momento, Draco estuvo convencido de que ella iba a derrumbarse.

Pero, una vez más, se equivocó.

Tras un momento de lucha interna, la chica estiró la espalda, cuadró los hombros y apretó la mandíbula. Y, entonces, sin dirigirles siquiera una última mirada a los que años atrás habían sido sus mejores amigos, echó a andar hacia la salida.

Draco fue el primero, y el único, en seguirla. Nott y Pansy permanecieron inmóviles, pero Draco no se quedó con ellos. Sentía la imperiosa necesidad de respirar aire fresco.

Granger abrió la puerta con tanta fuerza que esta rebotó contra la pared, provocando un estruendo.

El viento gélido le cortó la respiración.

—¡Eso es! ¡Sal corriendo, como siempre has hecho! —escuchó bufar a Weasley justo antes de abandonar el local. Acto seguido emitió un extraño sonido, una curiosa mezcla entre gruñido y resoplido, que hizo que Draco pensara, durante un breve instante, que se estaba atragantando. Lástima que no fuera así.

Luego la puerta se cerró tras ellos y la irritante voz de Weasley se extinguió.

Delante de él Granger se llevó la mano a la bufanda para aflojarla. Se inclinó hacia delante, con las manos en el pecho. Tomó una gran bocanada de aire y, a continuación, inspiró un par de veces más, de manera más superficial. Solo entonces se volvió hacia él.

Por primera vez en días, Granger se atrevió a mirarlo a los ojos. Lo contempló con tal expresión de desamparo en sus ojos castaños que Draco tuvo que tragar saliva.

Porque, cuando sus miradas se encontraron, Draco se sorprendió a sí mismo al darse cuenta de que sentía algo similar a la compasión por ella. Sentía lástima.

El corazón le dio un diminuto vuelco al darse cuenta de lo que significaba aquello.

Que Granger, sin saber cómo, cuándo, ni por qué, se había convertido en uno de los suyos.

Y, aunque eso lo asustaba hasta límites insospechados, en ese momento supo con certeza que ya no podría parar hasta descubrir toda —absolutamente toda— la verdad. Que no podría darse por satisfecho hasta descubrir qué, o quién, había logrado que Hermione Granger renunciara a todo lo que había tenido, a todo lo que había conocido.

Se fijó en su bufanda verde, que tanto desentonaba con ella. En el escudo de Salazar en su pecho, en su corbata color esmeralda. Y, de pronto, ya no era solo curiosidad lo que le incitaba a desentrañar su secreto. De pronto sentía genuina necesidad de saber qué era aquello que la había obligado a renunciar a todo lo que había apreciado en otra vida. Qué era aquello que la había empujado a buscar refugio junto a él, que la había insultado, maltratado y humillado durante años. Que le había hecho creer que deseaba su muerte. Que había permitido que su propia tía la dañara, la torturara, en su propia casa.

Draco tragó una vez más, luchando contra todos aquellos pensamientos. Y contra todas las sensaciones que, de repente, hacían aflorar en él.

Angustia. Culpabilidad. Arrepentimiento. Desconcierto.

Draco no estaba acostumbrado a aquello. No estaba acostumbrado a sentir.

Sentir dolía.

—¿Por qué…? —A Granger se le rompió la voz. Lo intentó de nuevo—: ¿Por qué lo has hecho?

Pero Draco no lo sabía. No tenía ni la más remota idea.

Los pies se le habían hundido hasta el tobillo en la gruesa capa de nieve y él empezaba a sentir el frío y la humedad a través de los pantalones. Sin embargo, no se movió.

—¿El qué? —replicó, en cambio, fríamente. Quiso quitarle importancia a lo ocurrido—. ¿Cerrarles la boca a Potter y a Weasley? ¿No es eso lo que intento hacer siempre que tengo ocasión?

Granger abrió la boca para replicar, pero en ese preciso instante la puerta de Las Tres Escobas se abrió una vez más y Pansy y Theodore salieron del local.

—¿Todo bien? —preguntó Pansy. Ni él ni Granger preguntaron qué había ocurrido dentro de la taberna a raíz de su abrupta marcha.

Granger asintió. Pero Pansy no le quitaba ojo de encima a Draco.

Él maldijo una vez más. Debería haberse mordido la lengua, haber cerrado la boca, lo sabía. Y es que estaba convencido de que, en ese preciso instante, Pansy estaría imaginándose cosas absurdas. Cosas que no eran.

Porque él seguía sin tener ningún puñetero interés en convertirse en el perro guardián de Granger.

Sacudió la cabeza, molesto.

Pero, justo entonces, Theodore acudió al rescate.

—Creo que deberíamos ir volviendo al castillo. —Lanzó una mirada al cielo. Empezaba a oscurecer—. No queda mucho para el toque de queda.

Todos sabían que aquello era una excusa. Una excusa para largarse de allí, para olvidar lo que acababa de ocurrir. De otro modo, se habrían aparecido de inmediato frente a las puertas del colegio. Pero surtió efecto.

Pansy suspiró.

—De acuerdo —concedió. Se ciñó más la capa al cuerpo e hizo ademán de echar a andar.

Nott y Granger se dispusieron a seguirla, y —en esa ocasión— fue Draco el que permaneció inmóvil. A fin de cuentas, tenía una promesa que cumplir.

Y es que, pesar de todo, no había olvidado el sobre. No podría hacerlo.

Se obligó a hablar.

—Id yendo —dijo, con toda la seriedad de la que fue capaz. Inmediatamente los tres se volvieron hacia él—. Tengo que pasar por la oficina de correos.

—Oh. —Pansy entendió sin necesidad de más explicaciones y, por fortuna, no insistió—. ¿Quieres que te acompañemos? —ofreció, sin demasiado entusiasmo.

Draco negó con la cabeza.

—Terminaré antes si voy solo.

Pansy asintió rígidamente. Resultaba evidente que no estaba de humor para discutir, lo que era una suerte.

—Entonces te esperaremos en el camino que lleva a Hogwarts, a las afueras del pueblo.

—De acuerdo. —Y se dio la vuelta, sin esperar respuesta. Tuvo que hacer un esfuerzo considerable para desenterrar los pies de la nieve, pero un vez lo hizo, el alivio fue casi instantáneo.

El sol casi se había puesto por completo, así que apretó el paso.

Unos metros más adelante torció a la derecha para tomar un atajo. Se metió por un oscuro y estrecho callejón, completamente desierto, que apestaba a basura y a orina de gato. Asqueado por el olor, arrugó la nariz y contuvo la respiración.

Siguió andando y andando y andando.

La callejuela parecía no tener fin.

Una ráfaga de viento helado sopló a su alrededor, erizándole los pelillos de la nuca. Se envolvió más en la capa y metió las manos —que se le estaban quedando frías a pesar de los guantes— en los bolsillos.

De pronto, creyó oír el sonido de unos pasos que luchaban contra la nieve a su espalda y, justo entonces, sintió un breve escozor en el brazo. Apenas un instante de picor que, sin embargo, le hizo detenerse en seco. Giró la cabeza como un resorte, pero allí no había absolutamente nadie.

Y, sin embargo, Draco tuvo la absurda certeza de que lo observaban.

Escudriñó las sombras, aguzó el oído. En vano.

Inspiró hondo, súbitamente nervioso.

Y es que, de no haber sabido que aquello no era posible, habría jurado que la Marca tatuada en su brazo acababa de reaccionar.

Tragó saliva, diciéndose a sí mismo que, de pronto, se estaba comportando como un idiota paranoico sin razón alguna.

A pesar de ello, sus dedos empuñaron la varita.

Avanzó un par de pasos, todavía vigilando el lugar por el que había venido, el lugar en el que creía haber escuchado los pasos.

Y, de pronto, sintió una oleada de calor proveniente de algún punto frente a él.

No le dio tiempo a reaccionar. El hechizo lo alcanzó en el pecho en cuestión de milésimas de segundo, lanzándolo hacia atrás con violencia.

La varita se le escapó de entre los dedos y Draco chocó contra la pared de ladrillo con tanta fuerza que se le cortó la respiración.

Escuchó un sonoro crac e, instantes después, un dolor agudo comenzó a extenderse por su cráneo desde el punto en el que se había golpeado. De inmediato, la visión se le nubló y la náusea le subió a la garganta.

Trató de moverse, de escapar, pero su cuerpo parecía no responderle. Permaneció inmóvil, desmadejado contra el muro.

Escuchó el crujir de la nieve y, un momento después, un par de piernas borrosas —enfundadas en unas gruesas botas negras— entraron en su campo de visión.

Sintió una nueva quemazón a la altura de la Marca, más intensa que la anterior. Otra náusea.

Quiso rascarse el brazo, quiso arrancarse la piel. Siguió sin poder moverse. La visión se tornó más borrosa. Todo empezó a oscurecerse.

Parpadeó, mientras la persona que estaba frente a él se agachaba para quedar a su altura.

—Hola, Draco —le dijo.

Y, aunque él ya no podía ver nada, aunque todo estaba negro, supo quién le hablaba.

Aquella voz fue lo último que escuchó antes de desmayarse. Una voz que conocía bien.

Continuará…

Bien, como siempre lamento muchísimo el retraso. Sé que siempre digo que lo lamento y, en cambio, me sigo retrasando… Pero de verdad que lo lamento.

De nuevo, tenía este capítulo a medias desde hace un montón de tiempo, pero no encontraba el momento para terminarlo. Hasta hoy. Al darme cuenta de cuánto tiempo había pasado desde la última vez que había actualizado, me prometí a mí misma que no iba a acostarme hoy hasta terminarlo. Y aquí estoy, a las 4:30 de la madrugada, muerta de sueño y deseando irme a dormir, pero con el capítulo terminado. Estos días próximos días lo repasaré y corregiré porque estoy segura de que tendrá muchos fallos, pero ahora mismo ya me bailan las letras.

También como siempre millones de gracias por vuestros reviews. Me vais a perdonar que no os nombre porque, de verdad, necesito irme a dormir YA. Pero os lo agradezco mucho, mucho, muchísimo.

Gracias especiales a Adriana por recomendar esta historia en facebook. No me puedo creer que te gustara lo suficiente como para hacerlo (risas). Yo es que sigo pensando que tiene mucho que mejorar —prometo que algún día cambiaré el primer capítulo, que sé que es un verdadero coñazo. Ya sabía que lo era cuando lo publiqué, pero fue una manera de ponerme las pilas. Es que esta es una historia muy distinta a las que suelo escribir, más profunda, con más trama, más descripción y, en definitiva, capítulos demasiado largos en comparación con lo que suelo hacer. Así que ese primer capítulo fue necesario para cambiarme el chip y sacar el resto de la historia adelante. (Sé que suena estúpido, pero verdaderamente me ayudó mucho sacar ese tostón adelante).

En fin, gracias a todas las que habéis llegado a la historia a partir de esa recomendación, que sé que habéis sido muchas. De repente un día empezaron a llegarme un montón de avisos de favoritos y alertas, y a mí me empezaron a entrar sudores fríos (risas). Es que nunca me ha leído mucha gente, así que esto se está convirtiendo en una gran presión.

Y, por último ya, una confesión que hace tiempo que quiero hacer. Ahí va… Lo cierto es que nunca he leído un Dramione. Sí, nunca. Sé que es pecado, pero es que nunca tengo tiempo para leer en fanfiction. Ya veis lo que tardo siempre en actualizar por falta de tiempo. El caso es que, quizá un poco por mi falta de experiencia en este terreno, no tengo ni idea de cómo estoy llevando la historia. Por eso, si veis que estoy haciendo cosas raras o cometiendo errores garrafales, os agradecería que me lo dijeseis (risas). Críticas constructivas, sugerencias e incluso peticiones son bien recibidas.

Y eso es todo.

Millones de gracias,

Cynder

PD: el título de la primera parte del capítulo está tomado de las cartas del tarot, de los Arcanos Mayores. Quería que Nott tuviera su pequeño momento en la historia, porque (un poco a causa de su personalidad) normalmente aparece en segundo plano.