Capítulo 8 — Los muertos están vivos VI
Primera parte: If I Lose Myself
Hacía frío. Hacía tanto frío que el mero hecho de respirar dolía.
Tiritando violentamente, Hermione se incorporó en la cama —con algo de dificultad a causa de sus músculos agarrotados— hasta quedar sentada en el durísimo colchón. Parpadeó rápidamente para aclarar la vista y a continuación arqueó la espalda, desperezándose, mientras se restregaba los ojos. Un vaho blanco escapaba de sus labios con cada una de las superficiales respiraciones.
La colcha —llena de pelotillas— estaba arrebujada a los pies de la cama, sobre sus tobillos, así que Hermione se inclinó hacia delante y estiró el brazo para cogerla. Tuvo que hacer un soberano esfuerzo para echársela sobre los hombros, porque parecía pesar una tonelada.
Ya bien arropada se dejó caer contra el cabecero, y ahogó un quejido.
Porque dolía. No físicamente, pero dolía.
Levantó la mano para apartarse el cabello de la cara. Su piel volvía a estar perfectamente lisa, suave. No quedaba ni rastro en ella de las heridas que el enfrentamiento le había causado, pero su pelo estaba enmarañado por culpa de la sangre seca y se le pegaba al cuero cabelludo.
Dio un tirón, tratando de deshacer un nudo particularmente grueso, pero tuvo que dejarlo en cuanto la sien comenzó a palpitar. Todo le daba vueltas. Se sentía débil, algo mareada. Sin fuerzas.
Al ladear la cabeza para buscar a la señora Pomfrey, el estómago se le revolvió. A duras penas logró contener la náusea.
Entre los dedos retorcía la áspera sábana. Su tacto la reconfortaba.
La habitación estaba sumida en la penumbra y, a simple vista, parecía vacía. De la señora Pomfrey no había ni rastro y la cama que estaba junto a la suya —la que había ocupado Draco— estaba deshecha, pero vacía. Tampoco se escuchaba el más mínimo ruido. Tan solo su respiración, irregular y ligeramente acelerada.
Al otro lado de las inmensas cristaleras la noche era cerrada, sin rastro de luna o de estrellas. La única luz que alumbraba la habitación era la de una antorcha —una única antorcha— situada junto a la puerta. Un par de diminutas llamas chisporroteaban en la parte superior de la tea, pero apenas proyectaban luz a su alrededor.
El murmullo de unos pies —procedente del rincón más lejano de la enfermería— que se deslizaban apresuradamente sobre el suelo, hizo que Hermione se volviera en aquella dirección. Entrecerró los ojos, tratando de distinguir algo en medio de aquella oscuridad casi total. Pero no vio nada.
Los pasos no se detuvieron. Cada vez sonaban más cerca.
—¿Me has echado de menos, sangre sucia?
Escuchó su voz, una especie de gruñido grave y ronco, mucho antes de verlo a él.
Hermione contuvo la respiración. Todo su cuerpo se tensó. Aquel siseo le erizó la piel de la nuca, porque lo conocía bien. Demasiado bien.
Él hablaba muy lentamente, pronunciando cada sílaba con absoluta claridad. La forma en que arrastraba las palabras le recordaba un poco a Draco, a la manera lánguida con la que él solía expresarse. Pero esta voz, a diferencia de la de Malfoy, estaba cargada de ira. De desprecio. Y rencor.
El corazón comenzó a latir tan violentamente, tan de improviso, que Hermione notaba el golpeteo de los latidos en la garganta.
—Respóndeme, sangre sucia.
Pero Hermione se sentía incapaz de pronunciar palabra alguna. Apenas podía pensar de forma coherente. Tenía que salir de allí, tenía que escapar de él. Eso era lo único que importaba.
La colcha se le escurrió de los hombros y ella apartó la sábana de un manotazo.
Se dejó caer bruscamente hacia el lado y rodó sobre la cama. Sus pies descalzos rozaron el suelo, pero ella no llegó a levantarse porque, de súbito, su mirada se topó con la de unos ojos azul celeste, casi tan claros como el hielo y totalmente carentes de emoción.
Se quedó paralizada, con los dedos de los pies descalzos balanceándose a ras del helado suelo. Quiso gritar, pero se le había secado la garganta. El largo cabello liso, tan negro como ala de cuervo, enmarcaba un rostro que —durante meses— la había perseguido en sus peores pesadillas.
El flequillo le caía sobre la frente y el contraste entre la palidez casi enfermiza de su rostro y —aunque el tono negrísimo de su cabello resultaba escalofriante—, con sus pómulos altos y la mandíbula cuadrada, Roran podría haber resultado atractivo de no ser por la mueca furiosa que deformaba sus rasgos. La contemplaba con odio. Con un odio visceral e irracional. Un odio animal.
Y, a pesar de ello, sus crueles labios sonreían.
En sus recuerdos Roran siempre sonreía, porque disfrutaba con lo que hacía.
—No… —Hermione carraspeó, se aclaró la garganta—. No eres… real —consiguió articular, con voz temblorosa. Se deslizó unos centímetros hacia el borde de la cama, y las plantas de los pies se posaron al fin firmemente sobre el suelo—. No eres real —repitió, tratando de imprimir a sus palabras algo de convencimiento.
Las piernas, las rodillas, le temblaban tanto que Hermione no creía ser capaz de levantarse.
Roran lanzó una risotada que hizo que, instintivamente, Hermione se encogiera sobre sí misma.
—¿No me digas? —Reía—. ¿Eso es lo que crees?
Mientras la miraba —con las pupilas dilatadas taladrándola—, Roran tanteaba con dedos ágiles en el interior de su túnica. Su capa azul marino ondeaba suavemente a pesar de la brusquedad de sus movimientos y, cuando unos segundos más tarde retiró la mano, Hermione vio que sujetaba la varita de nogal negro que ella tanto había aprendido a temer.
Se la pasó de una mano a otra, jugueteando con ella. Con el índice derecho, comenzó a recorrer la varita —acariciándola casi— y, al forzar la vista, Hermione distinguió una fina grieta que iba desde la punta hasta más allá de la mitad de la varita.
Una grieta, eso era todo; por lo demás la varita estaba intacta.
Tratando de ocultar su terror, Hermione apretó sus manos temblorosas contra los muslos. Las palmas le sudaban y las uñas, que estaban algo más largas de lo que solía llevarlas, se le clavaron en las piernas a través de la tela del pijama. Fue inútil.
Al percatarse de su tensión, Roran emitió un curioso sonido, similar a un ronroneo. Disfrutaba con el pánico de Hermione, eso ella lo sabía bien.
—Tenemos algo pendiente, ¿no crees? —Enseñaba los dientes al hablar.
Roran dio un paso hacia ella, sin dejar de acariciar la varita. Estaba cerca, demasiado cerca; a tan solo un par de metros de ella.
—Creo que ha llegado la hora de ajustar cuentas, sangre sucia.
Con la respiración acelerada, Hermione se puso en pie. Las rodillas temblequeaban. Quiso echar a correr, pero trastabilló.
Y fue entonces cuando —sin dejar de sonreír en ningún momento— Roran se lanzó hacia ella con la agilidad de una pantera. Aterrizó sobre la cama con un bramido. Antes de que Hermione lograra huir, los dedos de Roran se enredaron en su cabello y tiraron con fuerza, haciéndola caer hacia atrás. Ell gritó de dolor y Roran se revolvió en la cama, sin soltarla. Se abalanzó sobre ella y trató de aprisionarla bajo su cuerpo. Lo logró; durante unos segundos Hermione se quedó sin aliento a causa de la violencia del choque.
Hermione boqueó, pero para cuando logró que el aire regresara a sus pulmones los dedos de Roran ya se cerraban alrededor de su garganta. Tratando de escapar, estiró el cuello, ladeó la cabeza —y distinguió la varita, abandonada entre las sábanas, pero fuera de su alcance.
—¡No, no, no! —Su intención fue gritar, pero la presión que Roran ejercía sobre su cuello convirtió su aullido en un mero gañido cascado. Se revolvió furiosamente. Pegó patadas, manotazos, arañazos. Se sacudió, aterrada, pero no tenía fuerza suficiente. Frente a él nunca la había tenido.
Intentó gritar tan fuerte que la garganta comenzó a arderle. La poca voz que le quedaba se le quebró, pero ella siguió gritando. Las manos de Roran apretaron más.
Jadeó, luchando por inspirar. No le quedaba aire. La visión empezó a nublársele.
Iba a matarla. Esa vez iba a matarla.
De pronto, el agarre de Roran se hizo más suave, más sutil. Hermione tomó una gran bocanada de aire y, casi al mismo tiempo, unas manos fuertes la agarraron por la parte alta del brazo, sobre el codo. La sacudieron, pero ella ya no podía ver nada. Solo negrura. El pecho le ardía por la falta de oxígeno. Estaba ardiendo.
Hermione sintió dolor cuando diez largos dedos se enterraron en su piel, a la altura del hombro, así que —reuniendo la poca energía que le quedaba— alzó el brazo para tratar de defenderse. A pesar de que sus movimientos carecían de fuerza, sus uñas arañaron el aire y chocaron contra algo duro y cálido. Se escuchó un gruñido y los dedos se clavaron con más fuerza.
Ya no le quedaban fuerzas para nada.
Se preparó para el final. Para el dolor. Porque, sí, Hermione estaba convencida de que dolería.
Aguardó unos segundos, pero nada ocurrió. Hermione siguió respirando y todo rastro de presión alrededor de su cuello se desvaneció por completo, de golpe.
Las manos —las que estaban enterradas en sus hombros— resbalaron a lo largo de sus brazos, hasta aferrar sus muñecas. La obligaron a permanecer recostada sobre la cama y, aunque el cuerpo al que pertenecían esas manos —grande y fuerte— estaba justo sobre ella, aprisiónandola contra el somier, Hermione se sentía extrañamente aliviada. No había violencia en ese agarre.
El dolor había desaparecido por completo. Había desaparecido de su garganta, de sus pulmones.
El agarre de esos dedos era firme, pero en absoluto agresivo y la respiración —acelerada, pero cálida— sobre su cuello hizo que, finalmente, acabará deteniéndose. Hermione se quedó súbitamente inmóvil. Contuvo la respiración, casi esperando a que las manos volvieran a subir hasta su cuello, a apretar hasta quitarle el aire. Pero nada de aquello sucedió.
Secretamente aliviada, cerró los ojos. Apretó los párpados con toda la fuerza de la que fue capaz para evitar que las lágrimas se desbordasen.
Cuando los abrió de nuevo —tras un par de rápidos parpadeos—, la oscuridad había desaparecido. Y, con ella, el cabello color azabache de Roran. En su lugar, unos finos mechones de cabello rubio le hacían cosquillas en el mentón.
Ahogó un sollozo.
—¿Malfoy…? —susurró, incapaz de creer lo que veía. Incapaz de creer que él estuviese allí. La voz todavía le temblaba; la pesadilla no la había abandonado por completo.
Draco no la miraba. Tenía la cabeza inclinada hacia abajo —con la nariz prácticamente enterrada en el hueco que quedaba entre la clavícula y la mandíbula de Hermione— y el cuerpo, arqueado sobre el de ella. Su pecho no tocaba el de la chica, pero sus piernas estaban irremediablemente entrelazadas con las de ella.
Hermione notaba la tensión de su cuerpo. Tragó saliva.
La presión de las manos de Malfoy en sus muñecas seguía siendo sólida, pero no resultaba incómoda. Ni siquiera desagradable. Hermione solo necesitó un par de segundos para comprender que Draco solo había tratado de ayudarla, de arrancarla de su pesadilla.
Tragó saliva una vez más. Durante un puñado de segundos —segundos que se le hicieron eternos—, ambos permanecieron inmóviles. Hasta que la voz de la señora Pomfrey rompió la aparente quietud de la enfermería.
—Creo que ya puede soltarla, señor Malfoy —pidió. Su voz, normalmente severa, tenía un deje de dulzura—. Parece que la señorita Granger se encuentra mejor.
Hermione notó como las mejillas se le teñían de un suave rubor rosa, apenas visible. No se había percatado siquiera de la presencia de la enfermera. Trató de buscarla con la mirada, pero el cuerpo de Malfoy estaba en medio.
Draco no respondió, pero soltó las manos de Hermione —primero la izquierda y, tras un instante de vacilación, la derecha— y se incorporó. Sin mirarla, se apartó de ella y bajó de la cama.
En su rostro Hermione distinguió tres largas líneas enrojecidas que iban desde su sien a la mejilla. Sintiéndose un poco culpable por su arrebato, se mordió el labio.
La voz de la señora Pomfrey atrajo su atención.
—Solo era una pesadilla, señorita Granger —le dijo mientras se acercaba a ella, con voz tranquila. Hermione sacudió la cabeza; no hacía mucho que ella le había dirigido exactamente esas mismas palabras a Pansy.
La enfermera se detuvo a su lado. La contemplaba con una bondadosa sonrisa pintada en el rostro, pero Hermioe apenas se percató de ello. Tenía la mirada clavada en su delantal. En la pechera había una pequeña mancha de sangre, que la enfermera no parecía haber notado. Hermione se preguntó si sería suya o de Malfoy.
—¿Cómo se encuentra?
Ni un solo sonido salió de los labios de Hermione.
Se tapó con la sábana. Los pies se le habían quedado fríos. Se los frotó, el uno contra el otro.
Cerró la boca. Lo cierto es que casi le parecía escuchar su voz. Su maldita voz. Dentro de su cabeza.
Díselo, sangre sucia. Dile que sigo aquí contigo. —En su mente, Roran reía—. Siempre estoy contigo.
Se tapó más con la sábana. Hasta la barbilla.
Asintió con la cabeza y al final, con gran esfuerzo, consiguió responder a la señora Pomfrey.
—Me encuentro bien —susurró, abrazándose las rodillas. Pero era mentira.
La señora Pomfrey la miró con seriedad. No parecía haberse creido las palabras de la chica.
Hermione se dio cuenta de que un par de rizos canosos se le habían escapado del recogido y asomaban bajo la cofia.
—La directora dio orden de que fueran llevados a su despacho en cuanto fuera posible —explicó. Parecía dirigirse más a ella que a Malfoy.
Él se había sentado en su cama y se estudiaba las uñas con desinterés. A pesar de que los separaba un buen metro de distancia, Hermione se dio cuenta de que las uñas y manos de Draco seguían llenas de tierra.
—Pero si no se siente con fuerzas —continuó la enfermera—, estoy convencida de que la directora lo comprenderá.
La señora Pomfrey la miraba con los ojos muy abiertos. Resultaba evidente que esperaba que Hermione se negara.
Sin embargo, ella sacudió la cabeza.
—Quiero ir. —No necesitó pensarlo siquiera.
Las aletas de la nariz de la señora Pomfrey se dilataron cuando ella espiró sonoramente. Parecía decepcionada.
—De acuerdo —concedió.
Hermione la vio meter la mano en uno de los diminutos bolsillos delanteros de su delantal. Cuando volvió a sacarla, sostenía entre las yemas del pulgar y el índice un frasquito de vidrio. En su interior brillaba un líquido color rojo sangre.
—Antes debe tomarse esto —le dijo, mientras le tendía la botellita, con un tono que no admitía réplica.
Hermione obedeció. Estiró la mano para alcanzar el frasquito y —tras retirar el diminuto tapón de corcho— vació su contenido de un solo sorbo. La poción regeneradora ardía en su garganta, así que Hermione hizo una mueca. Al final, acabó tosiendo un par de veces. Ignoró la mirada preocupada de la enfermera.
En cuanto hubo tragado la última gota, notó como la cabeza se le despejaba de inmediato.
Miró a la señora Pomfrey, obligándose a esbozar una pequeña sonrisa. Sin darle oportunidad para impedírselo —o para negarse—, Hermione se incorporó. Solo entonces se dio cuenta de que Pansy —tenía que haber sido Pansy— le había dejado sus zapatillas de andar por casa, las de borreguillo azul, junto a la mesilla de noche. Dudó un momento antes de calzárselas, pero luego se dijo que, en ese momento, lo que menos debía de importarle a la directora era su informalidad.
Se volvió para coger la capa de su uniforme, que habían dejado sobre una banqueta, unos metros más allá. Se la echó sobre los hombros y, con dedos torpes, la abrochó. El escudo de Slytherin relucía sobre su pecho. Hermione lo rozó con las puntas de los dedos y se sintió extrañamente reconfortada.
Por el rabillo del ojo vio que Malfoy también se estaba poniendo la suya. Al igual que ella, llevaba el pijama debajo. No obstante, el suyo —de franela roja— contrastaba con la tela oscura del uniforme, en las zonas donde asomaba bajo la túnica —cuello, puños y tobillos.
Dio un par de pasos hacia la puerta. Se sentía extraña; no notaba dolor alguno y, sin embargo, casi podía notar todavía los efectos —tenues, amortiguados— de la maldición cruciatus. La picazón en los músculos, el embotamiento de la cabeza, el crujidos de las articulaciones. Hermione trató de ignorar aquella sensación; la había vivido con anterioridad —la forma en que su mente le jugaba esas malas pasadas, negándose a ignorar el sufrimiento, a olvidarlo.
Casi había llegado a la puerta, con Malfoy y la enfermera pisándole los talones, cuando esta se abrió de golpe. Un par de muchachos vestidos con el uniforme de quidditch de Ravenclaw entraron en la enfermería dando trompicones. La ropa del más bajito, un niño delgado de rebelde cabello castaño, estaba llena de barro. Se agarraba el brazo izquierdo contra el pecho; tenía la muñeca enrojecida y tremendamente hinchada.
—¡Oh, por Merlín! —La enfermera se acercó a ellos dando largas zancadas, adelantando a Hermione. Le pasó el brazo por el hombro al muchacho menudito—. Ustedes —dijo, dirigiéndose a ella y a Draco al pasar a su lado— espérenme aquí.
Empezaba a alejarse —murmurando furiosa algo sobre deportes peligrosos— cuando Malfoy tomó la palabra:
—Disculpe, señora Pomfrey, pero creo que deberíamos adelantarnos —afirmó seriamente—. La directora ya ha pospuesto el interrogatorio demasiado.
Al escuchar las palabras de Draco, Hermione chasqueó la lengua. Había pasado demasiado tiempo inconsciente; al contrario que ella, Malfoy sí parecía haberse puesto al tanto de todo lo que había ocurrido.
El sonoro gemido que soltó el joven Ravenclaw atrajo la atención de la señora Pomfrey. No tuvo ocasión de valorar las opciones antes de responder.
—Está bien —aceptó, aunque se notaba a la legua que no estaba muy conforme con la situación.
Malfoy cruzó la puerta, que los chicos habían dejado abierta. Tras lanzarle un último vistazo a la enfermera, que en ese momento ayudaba al muchacho a recostarse sobre la cama, Hermione salió tras Draco.
Con sus largas piernas, Malfoy caminaba tan deprisa que a Hermione —con sus rodillas ligeramente temblorosas— le costó alcanzarlo.
—Malfoy —llamó. Ni caso—. Oye, Malfoy…
No hubo respuesta. Malfoy prácticamente corría, por delante de ella.
El golpeteo de la lluvia, que había comenzado a caer en los últimos minutos, ahogaba el rumor de sus pasos. El aire estaba tan cargado de humedad que a Hermione le resultaba incómodo respirar.
El despacho de McGonagall no estaba lejos, pero durante todo el camino Draco la ignoró.
Hermione frunció el ceño. Tenía la mirada clavada en sus talones, que iban media decena de pasos por delante de ella. No comprendía su actitud.
Aunque su relación con Malfoy nunca había sido precisamente amigable, ni siquiera en los últimos tiempos, Hermione había creído que su relación había comenzado a enderezarse en las semanas que habían transcurrido desde el inicio del curso. Lo había creído firmemente.
Y ahora, de pronto, él ni siquiera la miraba.
Pero ¿por qué? Bufó.
Durante un efímero instante, la imagen del cuerpo de Malfoy sobre el suyo centelleó en su mente. Puede que aquel incidente tuviera la culpa.
Probablemente él se sintiera asqueado. Por haber tenido que tocarla. Probablemente él no soportase siquiera estar cerca de ella.
Sacudió la cabeza. Hermione sabía —incluso había podido comprobarlo de primera mano— que hacía tiempo que Malfoy había abandonado las antiguas creencias sangre limpia. Sin embargo, eso no significaba que tuviera que sentirse cómodo estando a su alrededor. Alrededor de una persona que había aborrecido y despreciado durante gran parte de su vida.
A fin de cuentas, y a diferencia de Pansy y Theodore, Malfoy siempre había mantenido las distancias con ella.
De pronto, recordó la forma en que su mano se había cerrado sobre su garganta, días atrás. Recordó el escozor de la presión, la cercanía de su rostro contraído por la furia. Pero sobre todo recordó la manera en la que se había alejado de ella, con esa mueca de profundo disgusto en su habitualmente inexpresivo rostro.
Un poco molesta, sin saber siquiera por qué, frunció el ceño.
Apretó el paso. Consiguió ponerse a su lado.
—¿Se puede saber qué diablos te pasa conmigo, Malfoy? —espetó entre resuellos. Tuvo que alzar la cabeza para poder mirarlo a la cara.
Le pareció que el rostro de Draco se crispaba. Seguramente su pregunta lo había molestado, pero a Hermione no le importó.
No obstante, él no respondió. Solo apretó el paso, tratando de alejarse de ella.
Hermione resopló, pero lo dejó ir. No tenía interés alguno en correr tras él, desesperada.
De esa forma, para cuando Hermione llegó junto a la gárgola de piedra que guardaba la entrada del depacho, Malfoy ya había pronunciado la contraseña. Las escaleras ya estaban girando.
Un poco incómoda ante la idea de tener que meterse ahí dentro —en el estrecho y húmedo espacio que tanto la agobiaba— dio un paso al frente en cuanto la estructura se detuvo, revelando los peldaños. No tenía sentido retrasar lo inevitable.
Malfoy la siguió; al menos ahí dentro él no podría escaparse.
Subió un par de escalones. Luego otros dos más, para dejarle espacio suficiente a Malfoy.
—¿Cuánto tiempo he dormido? —Consideró que la pregunta era lo suficientemente inocente como para que él no sintiese tentaciones de ignorarla.
Acertó. Draco se encogió de hombros, pero terminó respondiendo:
—Despertaste hace unas cinco horas. —Miraba al frente, sin moverse. Tenía las pupilas clavadas en la pared, que se movía a su alrededor sin cesar por culpa de aquella escalera infernal—. Pansy fue a buscar a McGonagall, pero para cuando llegó habías vuelto a dormirte.
No añadió más. Hermione se pasó la mano por el pelo, tratando de desenredar sus rizos llenos de mugre y sangre.
Se aclaró la garganta.
—¿Malfoy? —repitió Hermione una vez más—. La verdad es que siento lo de… —Draco la miró (¡al fin!) por encima del hombro, así que ella señaló su propia mejilla. Los arañazos sobre la piel de Draco ya no estaban enrojecidos, pero todavía podían percibirse si uno forzaba la vista.
Él solo asintió, secamente. Eso la irritó incluso más que la indiferencia que había mostrado hasta entonces.
Hermione había esperado sus preguntas, decenas de preguntas. Pero no su silencio, ni su desprecio.
Hizo crujir los nudillos.
A medida que subían el olor a humedad se iba haciendo más penetrante.
Empezaba a marearse, así que cuando las escaleras se detuvieron y la puerta se abrió ante ella, Hermione bajó del peldaño con un pequeño salto y entró en el despacho de la directora prácticamente sin llamar.
—Hermione. —La voz de Pansy rezumaba alivio.
Su amiga estaba sentada frente al escritorio de McGonagall, al lado de Nott. Con sus esbeltas piernas cruzadas y las cejas arqueadas, Pansy parecía mucho más segura de sí misma de lo que en realidad debía sentirse.
Había otras dos sillas, seguramente dispuestas para ella y Draco, pero Hermione optó por permanecer en pie. Tampoco Malfoy se sentó.
El despacho de la directora había cambiado muy poco en los últimos años; la admiración que la profesora McGonagall sentía por el difunto Dumbledore quedaba patente al detenerse a observar la sala. La multitud de pequeños e interesantes cacharritos que el antiguo director había coleccionado seguían allí, junto con todos sus libros.
La diferencia más notable era la ausencia de Fawkes, junto con los dos nuevos retratos que colgaban en la pared —el de Severus Snape y el del propio Dumbledore. Ambos observaban la escena en silencio, con ojos atentos.
—Señorita Granger, señor Malfoy. —McGonagall estaba de pie al otro lado de la sala. Llevaba puesta su habitual túnica color esmeralda oscuro y las gafas le habían resbalado hasta la punta de la nariz.
Justo a su lado —inconsciente y atado a una silla gracias a unas gruesas cuerdas— estaba Marcus Flint, el antiguo capitán de quidditch de Slytherin. A Hermione siempre le había parecido que tenía un poco aspecto de trol. Tenía un corte sobre la ceja, lleno de sangre seca que nadie se había molestado en limpiarle.
—Siento haberles hecho venir hasta aquí, pero creo que deberían estar presentes.
Pansy se revolvió en su asiento, pero la directora no se dio cuenta de ello.
—No obstante, antes de empezar… —La profesora levantó su varita y, aunque no terminó la frase, Hermione comprendió—. Le hará bien, señorita Granger.
Tras una breve vacilación, la muchacha asintió. Se aproximó a la directora, que se había vuelto para abrir el armarito de roble que estaba a su lado.
El pensadero de Dumbledore seguía allí dentro, donde siempre había estado.
Se detuvo frente a la directora, a tan solo un par de pasos de ella. Cuando McGonagall apoyó la varita sobre su sien, cerró los ojos. Un instante después, pudo sentir la avalancha de pensamientos fluyendo desde el interior de su mente hacia la varita. Cosquilleaba.
Cuando la profesora la retiró, Hermione fue incapaz de reprimir un suspiro. Se sentía algo más aliviada; por supuesto, los recuerdos no se habían desvanecido por completo de su mente, pero quedaron amortiguados una vez que McGonagall hubo retirado la delicada hebra de pensamientos.
Tras unos instantes de pausa, la directora apoyó la varita contra su sien una vez más. Y, luego, una tercera.
—Gracias, señorita Granger —le dijo finalmente.
Y solo entonces Hermione abrió los ojos de nuevo. Justo antes de volverse hacia sus compañeros pudo ver, de refilón, a McGonagall empujando el último hilillo plateado hacia el recipiente de piedra. Al caer dentro se arremolinaron y Hermione se alejó antes de poder ver nada en su interior.
—El señor Malfoy ya nos ha puesto al tanto de lo ocurrido —explicó la directora a su espalda—. Así que podemos comenzar cuanto antes.
Al escuchar sus palabras, Hermione tuvo que contenerse para no protestar. ¿Es que ni siquiera la directora pensaba preguntarle qué había ocurrido? ¿No pensaba hacerle ni una mísera pregunta?
Frunció el ceño, sin poder evitar que McGonagall estaba evitando a propósito el interrogarla. Quizá creyera que su salud mental seguía siendo tan endeble como lo había sido meses atrás.
Hermione se acomodó contra la pared, a la izquierda de Pansy. Volvió el rostro hacia McGonagall, que en ese momento se inclinaba sobre su escritorio, rebuscando entre los cajones. Enseguida volvió a incorporarse y entonces Hermione se percató de que sostenía entre las manos una ampolla llena de líquido transparente.
Acercándose al desmayado Flint, la directora le abrió la boca y —tras quitar el taponcito— vertió una única gota entre los labios del hombre. A continuación, se guardó la botellita entre los pliegues de la túnica y blandió la varita.
—¡Enervate!—exclamó.
El aullido de Flint fue inmediato. Con un grito ensordecedor que a Hermione le taladró los oídos —ella hizo una mueca, incómoda—, Flint abrió los ojos de par en par y empezó a sacudirse en su asiento. Por supuesto, no logró nada: las ataduras de McGonagall eran firmes.
—Marcus Flint —llamó la directora con voz severa. Los forcejeos del preso cesaron abruptamente. Miró a la profesora de soslayo, mostrando sus dientes torcidos. McGonagall fue directa al grano—. Me gustaría que me explicara por qué han atacado al señor Malfoy.
—Teníamos órdenes. —Eso fue todo.
Vaya. Ni siquiera bajo los efectos del Veritaserum era precisamente locuaz.
—¿Órdenes de quien?
—No lo sé. —La voz de Flint era baja y muy ronca, casi un gruñido animal—. Zabini es quien las retransmite. Él es quien se pone en contacto con el grupo.
Hermione y Pansy cruzaron miradas. Duró solo un breve instante, pero Hermione se dio cuenta de que las palabras de Flint no solo habían logrado ponerla nerviosa a ella.
Se agarró la manga de la túnica y empezó a retorcerla entre los dedos, tratando de calmar su ansiedad, y le lanzó una mirada de reojo a Malfoy. También él estaba apoyado contra la pared y contemplaba a su antiguo compañero con expresión indescifrable. No obstante, se apretaba el brazo izquierdo con tanta fuerza que los dedos, blancos, se le hundían en la tela negra de la capa.
Por enésima vez, se preguntó qué color tendría la Marca sobre la piel de Malfoy.
—¿El grupo? —Tras una pausa, Theodore se atrevió a formular la pregunta cuya respuesta todos ellos temían.
Flint sonrió, retorciendo las comisuras de los labios. Tenía los dientes amarillentos.
—Los mortífagos, claro —dijo—. Y los carroñeros.
Hermione se tiró más de la manga. En un descuido, las uñas le arañaron la palma de la mano, pero ella apenas lo notó.
McGonagall se concedió tres segundos para reordenar sus pensamientos antes de formular la siguiente pregunta.
—¿Se están agrupando de nuevo?
La sonrisa de Flint se ensanchó.
—Nunca llegaron a separarse.
Hermione tragó saliva. A lo largo de la sala, la explicación de Flint logró cosechar varias reacciones similares. Vio a la profesora McGonagall apretar los labios, a Pansy estremecerse de forma casi imperceptible y a Nott tensar la espalda.
Soltó el aire lentamente.
Todos ellos habían sabido que los mortífagos estaban ahí fuera, en algún lugar. Pero habían creído —habían deseado creer— que sobrevivían escondiéndose, alejados de la sociedad. Habían creído que los ataques del último par de años no habían sido otra cosa que sucesos aislados, producto de la rabia y el odio de los antiguos seguidores de Voldemort. Pero nada más.
Ahora, el pensar en ellos como grupo, como un nuevo ejército…
Un escalofrío le recorrió la espalda. Pudo escuchar la profunda inspiración de Pansy.
La profesora McGonagall dio un paso hacia Flint. Con movimientos rápidos, seguros, tomó el brazo del muchacho y le subió la manga.
Por supuesto la Marca estaba ahí, algo desvaída, quizá, pero claramente visible sobre la piel.
—Habla como si usted y sus compañeros se encontrasen al margen de dicho grupo —espetó la directora mientras soltaba el brazo de Flint. Su expresión seria trataba de ocultar un profundo rictus de repugnancia.
Al chico no pareció hacerle mucha gracia el comentario de McGonagall.
—Nos castigaron —escupió, lleno de rencor.
—¿Por qué?
—Flora fastidió los planes, hace unos años. Estaba al mando y la fastidió —gruñó—. Yo no sé qué pasó exactamente, pero la fastidió. Y pringamos todos.
Flora. Flora Carrow, la hermana de Hestia.
—Pero conseguiremos que nos vuelvan a aceptar.
McGonagall ignoró el comentario.
—¿Qué hizo mal la señorita Carrow?
Flint apartó la mirada de la directora. Sus ojos resbalaron desde Pansy hasta Nott. Luego, se detuvieron un par de segundos en ella y, finalmente, se posaron sobre Malfoy.
—Lo dejó escapar —dijo, enseñando sus dientes torcidos—. El día en que lo soltaron de Azkaban.
Por el rabillo del ojo, Hermione vio cómo Malfoy se tensaba perceptiblemente, seguramente incómodo ante la mención en la prisión mágica. Le pareció que volvía el rostro hacia ella, pero Hermione permaneció inmóvil y volvió la mirada al frente. Al fin y al cabo, la estancia de Malfoy en Azkaban no era precisamente un secreto.
—Así que ya habían intentado capturar al señor Malfoy con anterioridad —masculló la profesora, más para sí misma que para ellos—. ¿Por qué es él tan importante?
Flint se encogió de hombros.
—No lo sé. —Parecía disfrutar de aquello, de su incapacidad para proporcionar respuestas útiles a pesar del filtro de la verdad—. Solo cumplimos órdenes.
McGonagall se ajustó las gafas.
—Y supongo que no podrá decirnos dónde localizar dicho grupo de mortífagos, ¿verdad?
—No. —Prácticamente sonreía.
—¿Quién más trabaja con vosotros? —interrumpió súbitamente Pansy, incapaz de esperar por más tiempo a que se tocase el tema en cuestión. Estaba muy seria y algo pálida; Hermione no podía reprochárselo. Horas antes los que habían sido sus mejores amigos años atrás habían tratado de matarla—. Flora, Hestia, Daphne, Astoria, Blaise, Goyle, Malcolm, Graham, Millicent y tú —enumeró—. ¿Alguien más? —Tenía las mandíbulas tan apretadas que debía dolerle. Hablaba entre dientes.
—No, que yo sepa.
McGonagall inspiró profundamente. Dio un par de pasos hacia atrás.
—¿Alguno de ustedes tiene alguna otra pregunta? —inquirió, volviéndose hacia sus alumnos.
Hermione se dio cuenta de que Draco abría la boca —como si, efectivamente, tuviera algo que decir. Sin embargo, volvió a cerrarla sin decir nada.
Volvió el rostro.
Y entonces cayó en la cuenta de algo.
Era consciente de que —teniendo en cuenta la escasa información que habían obtenido hasta entonces por parte de Flint— probablemente fuera inútil preguntar. Pero valía la pena intentarlo.
—¿Quién es ella?
Sus tres compañeros, además de la directora, se volvieron hacia ella con la confusión pintada en el rostro. Draco no debía de haber escuchado aquella parte de la conversación, allá en el bosque.
Flint guardaba silencio, así que Hermione pensó que sería más fácil reformular la pregunta
—Hestia y Zabini hablaban de ella, de una mujer a la que pensaban entregar a Draco. —Solo cuando Hermione escuchó la risilla de Pansy, una especie de bufido alegre, se dio cuenta de que acababa de llamar a Malfoy por su maldito nombre de pila. Mierda—. ¿Quién es? —repitió, muy seria.
—No lo sé.
—Entonces, ¿es ella quien da las órdenes? —prosiguió.
Una vez más, Flint se encogió de hombros.
—Supongo. —Nada más, eso fue todo.
No pudo evitar resoplar, algo molesta, cansada de las inútiles respuestas de Marcus Flint. Guardó silencio.
Se miraron los unos a los otros, pero nadie parecía tener nada que añadir.
Tras unos minutos de silencio —en los que solo se escuchó la respiración ronca de Flint— Hermione vio como McGonagall, con el ceño fruncido a causa de la irritación, levantaba la varita. Sin que ella pronunciara palabra, la cabeza de Flint se desplomó sobre su pecho. De nuevo estaba inconsciente, lo que —en cierto modo— suponía un alivio.
La directora se volvió hacia ellos.
—Creo que deberíamos informar al ministro Shacklebolt de inmediato.
Hermione asintió distraídamente, pero McGonagall no había terminado de hablar.
—Sin embargo, primero... —titubeó un poco. Se giró hacia Hermione y la chica supo que no le iban a gustar las palabras que la directora iba a pronunciar a continuación—. Será mejor que la acompañe de vuelta a la enfermería.
Inmediatamente Hermione arqueó las cejas, sorprendida. Y ya no pudo contenerse por más tiempo.
—Disculpe, profesora... —comenzó—. Pero ha estado usted esperándome para interrogar a Flint —le dijo, con voz algo seca—. No puede ser que eso —hizo un gesto indefinido con las manos en dirección a la silla que ocupaba el antiguo Slytherin— sea todo. Todavía queda mucho por hacer.
Las comisuras de los labios de la directora se estiraron para formar una minúscula sonrisa. No obstante, ese gesto —lejos de relajar a Hermione— la puso más nerviosa. Al fin y al cabo, aquella no era una expresión que uno acostumbrase a ver habitualmente en el rostro de Minerva McGonagall.
—Le agradezco su interés, señorita Granger, pero tengo todo lo que necesito.
Y Hermione supo, sin asomo de duda, a qué se estaba refiriendo la directora.
Ladeó el rostro hacia el pensadero, que todavía desprendía un brillo plateado, y apretó los puños. Por muy molesta que se sintiese, sabía que no podía oponerse a la profesora. Porque McGonagall tenía razón; tenía todo lo que necesitaba. Hermione era perfectamente consciente de que, en cuanto la profesora se quedara sola, se inclinaría sobre el pensadero para diseccionar hasta el último y diminuto pensamiento sobre esa noche.
—Estoy convencida de que la señora Pomfrey querría que regresase usted de inmediato, señorita Granger.
Hermione no pudo discutir. Esperaba que Pansy —o quizá Theodore— intercedieran por ella, pidiéndole a McGonagall que le permitiera quedarse. Sin embargo, ambos permanecieron en silencio, así que Hermione supuso que todos estaban de acuerdo con las órdenes de la directora.
Se volvió hacia Malfoy, contemplándolo con las cejas arqueadas y los brazos en jarras; después de todo, si ella tenía que regresar, ¿por qué él no? No formuló la pregunta en voz alta, pero su gesto resultó tan evidente que la profesora no puedo ignorarlo.
—El señor Malfoy se reunirá con usted en la enfermería en breve. Mientras tanto, si me acompaña... —Le indicó con un gesto la puerta del despacho y Hermione comprendió que ya no tenía nada más que hacer allí. Solo podía obedecer.
Salió de la sala con la cabeza gacha y los labios apretados, sin siquiera volverse antes para mirar a Pansy. El frufrú de la túnica verde esmeralda de McGonagall la seguía de cerca.
La puerta se cerró tras ellas con un chasquido y, mientras la escalera comenzaba a girar una vez más, Hermione notó la mirada de la profesora —que se había quedado media decena de peldaños por encima de ella— perforándole la nuca. Ella irguió la espalda y fingió no darse cuenta de ello. Trató de guardar la calma, sabiendo que la profesora debía estar buscando en ella cualquier síntoma de debilidad, pero al final tuvo que taparse la nariz disumuladamente con la mano para evitar el apestoso olor que tan nerviosa la ponía.
La escalera se detuvo al fin y, al salir al pasillo, tuvo que apoyarse un instante contra la pared. El temblor de sus piernas era casi imperceptible, pero volvía a estar ahí. La cabeza comenzaba a dolerle y, ese brevísimo lapso de tiempo que había pasado en la escalera, había bastado para revolverle ligeramente el estómago.
Hermione sabía que las palabras de Flint, aunque poco informativas, eran las causantes de su malestar. Habían hecho mella en ella.
Tenía miedo.
Sacudiendo la cabeza, echó a andar pasillo abajo con pasos rápidos. La lluvia seguía cayendo. Goteaba desde los marcos de algunas de las ventanas, formando charquitos aquí y allá. No había un alma a la vista, pero —al pasar frente al corredor que conducía a las escaleras principales— Hermione escuchó el griterío procedente del Gran Comedor, un piso más abajo. Supuso que sería la hora de comer.
Se arrebujó en la capa; las paredes de piedra, a pesar de los gruesas que eran, no aislaban en absoluto de la gélida temperatura del exterior.
—¿Está segura de que se encuentra bien? —le preguntó la directora minutos más tarde, cuando la puerta de la enfermería ya se divisaba al final del pasillo. Su voz sonaba firme.
—No tiene que preocuparse por mí, profesora —respondió. Y, a continuación, dejándose llevar por un arrebato, añadió—: No tiene que protegerme.
La directora guardó silencio —un silencio enormemente incómodo— antes de responder.
—No ha sido mi intención menospreciarla en ningún momento, señorita Granger —replicó al fin. La entrada a la enfermería estaba ya solo a una docena de metros—. No intento obligarla a volver a la cama porque tema por su... —dudó— ...salud, eso se lo aseguro. De ser así, no habría permitido que presenciase el interrogatorio del señor Flint.
Se detuvieron frente a la puerta. La madera color castaño estaba llena de veras y pulida por el paso de los siglos.
—Entonces... ¿eso es todo, profesora? ¿De verdad? —preguntó, abrumada—. Todavía podemos... —Pero no pudo continuar.
—¿Eso cree? —A pesar de todo, McGonagall pareció comprender—. Resulta evidente que ese chico no sabe absolutamente nada. —La directora apoyó la mano sobre el picaporte—. Por supuesto, habrá que investigar esto. Pero el ministro y sus aurores se encargarán.
La cerradura se abrió con un crujido.
—Por el momento, solo tiene que ocuparse de descansar, señorita Granger.
Hermione alzó la mirada hacia la profesora. Se percató de que, con tanto ajetreo, el puntiagudo sombrero de bruja se le había escurrido un poco. Parecía a punto de caérsele, pero ella no llegó a recolocarlo en ningún momento. Quizá ni siquiera lo hubiera notado.
McGonagall estaba indudablemente preocupada. Las arrugas de su rostro parecían haberse hecho más profundas desde la última vez que Hermione había estado frente a ella.
—Si las palabras del señor Marcus Flint llegaran a confirmarse, me temo que necesitaremos que se encuentre en plena forma.
Las palabras de la directora no la consolaron, pero Hermione agradeció su sinceridad. Asintió, pasándose la mano por el enmarañado cabello castaño para apartárselo de la cara. Entró en la enfermería, pero McGonagall no traspasó el umbral.
Cuando resultó evidente que la directora no tenía más que decirle, Hermione arrastró los pies en dirección a la cama y —al llegar a ella— se tumbó en el colchón sin siquiera quitarse la apestosa túnica. De la señora Pomfrey y los dos muchachos de Ravenclaw no había ni rastro.
Cerró los ojos, completamente agotada. No podía haber transcurrido más de una hora desde que se había despertado en aquella misma sala y, sin embargo, le parecía que llevaba días sin dormir.
Las palabras de Flint —por breves e inútiles que hubieran sido—, le habían producido un tremendo desasosiego.
Casi podía oír a Roran riéndose en su cabeza, a carcajadas.
Eso no te lo esperabas, ¿verdad, sangre sucia?
Bajo la almohada, los dedos de Hermione se crisparon. No quería oír aquella voz, ni siquiera en sus recuerdos.
Una puerta chirrió —no distinguió de qué dirección procedía el sonido— y, acto seguido, se escuchó el rumor de unos pasos, a su derecha, que iban aproximándose a ella. A pesar de todo, no abrió los ojos, pues estaba convencida de que aquella visita no tenía nada que ver con ella.
Pero se equivocaba.
—¿Hermione? —preguntó, una voz titubeante, que cortó de golpe todos sus pensamientos e hizo desaparecer la voz de Roran de su cabeza.
Porque aquella voz era real y sonó a su lado. Aquella no era la voz de Roran. Roran no había pronunciado su nombre ni una sola vez.
Se atrevió a abrir los ojos —con el corazón latiendo de forma errática— y lo que vio la dejó sin habla. Mientras se incorporaba en la cama tuvo que tragar saliva ruidosamente.
Cuando habló, su voz fue apenas un murmullo ronco, atónito:
—¿Harry?
Segunda parte: Curiosity Killed the Serpent
Los pensamientos de Granger se arremolinaban dentro del pensadero. Delicadas hebras de color grisáceo brillante se encroscaban sin cesar sobre sí mismas, formando distintas imágenes. Dentro del recipiente, la cara de Blaise alternaba con la de sus otros antiguos compañeros. De fondo, el bosquecillo —tintado del tono azul plateado de los pensamientos de Granger— no parecía ya tan amenazador.
La imagen cambió de nuevo y las dos mágicas nutrias danzaron un instante en la superficie del pensadero antes de desvanecerse.
—Conjuró dos patronus. —Se encontró a sí mismo diciendo, en un susurro casi inaudible—. A la vez.
Pansy observaba la estantería repleta de libros que estaba frente a ella. Parecía absolutamente decidida a ignorar sus comentarios.
Pero Draco no se rindió.
—También hizo magia sin varita.
Se dio cuenta de que Theodore no parecía sorprendido por sus palabras. Quizá Pansy le confesara a él lo que no tenía intención de contarle a Draco. Quizá.
Frunció el ceño al pensar en ello.
—¿Pansy?
Ni caso.
—¿Pansy? —repitió, más fuerte.
Su amiga resopló, irritada, pero volvió el rostro para mirarlo por encima del hombro.
—No sé por qué te sorprendes, Draco. —Forzó una sonrisa—. Siempre fue la primera de la clase.
Maldijo para sus adentros; Pansy podía ser tan cabezota y escurridiza como él mismo. Aquella no era la explicación que quería y su amiga lo sabía.
Soltó el aire por la nariz, muy despacio. Para contener el enojo se puso a toquetear los lomos de los libros que McGonagall tenía en la enorme estantería de madera de pino. Casi todos los títulos eran de transformaciones.
—¿Creéis que se pondrá bien? —Nott habló antes de que Draco pudiera añadir nada más. Su amigo, como siempre, salvándole el culo a Pansy.
Resopló una vez más mientras esperaba pacientemente a que su amiga respondiera, pero Pansy tan solo se levantó de la silla, que arañó el suelo estrepitosamente, y fue andando hasta el otro extremo del despacho. Le daba la espalda a Draco.
—¿Pansy?
Pero ella guardó silencio. Se quedó completamente inmóvil —exceptuando la forma en que se mordisqueaba nerviosamente la uña del pulgar.
Draco se percató de que también Theodore la miraba muy serio, a la espera de una respuesta. Casi como si creyera que ella era la única que podía contestar a aquella pregunta. Y probablemente así fuera.
Su amiga negó finalmente con la cabeza.
—No lo sé. —Los miró por encima del hombro. Se mordía el labio con fuerza y, solo en ese momento, Draco se percató de que ya no llevaba maquillaje alguno—. No estoy segura…
Draco se apartó el flequillo de los ojos.
—No estaba tan mal, ¿no? —siseó lánguidamente, tratando de parecer despreocupado. Pansy y Theo se volvieron hacia él, esperando a que continuase. Él meneó la cabeza suavemente—. Las heridas cerraron bien, o eso dijo Pomfrey.
Era cierto; al menos el moretón de su mejilla había desaparecido por completo, en cuestión de minutos, una vez que la enfermera le había aplicado el ungüento.
Una vez más, Pansy negó con la cabeza.
—No son sus heridas físicas lo que me preocupan. —Habló tan bajo que Draco, más que escuchar sus palabras, las intuyó.
Theo la miró con curiosidad.
—¿Qué quieres decir?
Pero Draco creía saber a qué se refería Pansy.
Recordó la pesadilla de Granger; sus ojos abiertos, desenfocados en medio de la pesadilla, que lo miraban sin verlo. Su rostro contraído, aterrorizado, y las violentas sacudidas de su cuerpo.
Era evidente que, fuera lo que fuera lo que le había ocurrido en el pasado, aquello todavía la perseguía.
—¿Recuerdas lo que te dije antes? —Pansy contemplaba a Draco con intensidad. Pronunciaba muy lentamente cada palabra, como si se arrepintiese de sus palabras a medida que las pronunciaba.
Draco permaneció impasible.
—Te dije que Hermione había hecho mucho más que arriesgar su vida para salvarte. —Pansy se retorcía las manos. Ya tenía las uñas totalmente despintadas—. Ha arriesgado su… —Hizo un gesto de exasperación con las manos. No encontraba la palabra correcta. Irritada consigo misma, dejó caer los brazos. Suspiró. Parecía derrotada—. Ha arriesgado… su cordura, Draco.
Pansy lo observaba con los ojos muy abiertos y, extrañamente, Draco se sintió inquieto porque aquello era precisamente lo que, durante un breve instante, había visto en los ojos de Granger. La ausencia de lucidez; total y absoluta locura.
Se mordió más fuerte, hasta hacerse daño.
—Hermione… Hace un par de años, Hermione estuvo… —Se interrumpió.
Y, antes de que pudiera añadir más, la puerta del despacho se abrió y McGonagall entró, con los labios muy fruncidos y la preocupación plasmada en cada una de sus facciones. El momento había pasado y Draco supo que ya no conseguiría arrancarle nada a Pansy.
—Bien, señor Malfoy —dijo la directora en cuanto la puerta se hubo cerrado a su espalda, mientras se dirigía a su silla—, me gustaría que me explicase qué hacía usted solo en Hogsmeade, cuando tan solo faltaban unos minutos para el toque de queda. —McGonagall se sentó con la espalda muy tiesa. No perdía el tiempo.
Draco se concedió un par de segundos antes de contestar. Había estado temiendo aquella pregunta desde que había despertado en la enfermería, horas atrás. Y, por supuesto, le sorprendía que esta hubiera tardado tanto en llegar.
—Como le dije, profesora —replicó, muy lentamente—, necesitaba enviar una carta.
McGonagall lo miraba por encima de los cristales de sus gafas.
—¿Por qué no envió la carta desde el colegio, señor Malfoy?
Tenía los labios muy tiesos. Con el paso de los años, Draco había aprendido a interpretar aquello como una mala señal.
—En la oficina de Hogsmeade tienen pájaros más rápidos, profesora.
Las gafas le resbalaron casi hasta la punta de la nariz. Los labios se le habían puesto blancos.
—Pero, señor Malfoy —la directora no parecía muy convencida—, si tanta prisa tenía por que la carta llegase a su destino, ¿por qué no fue antes a la oficina de correos?
Draco apretó la mandíbula; ni siquiera él mismo sabía responder a aquella pregunta. Y, por supuesto, tampoco estaba preparado para informar a McGonagall sobre las dudas que su delicada situación familiar le suscitaba.
—Disculpe, profesora —fue Pansy quien interrumpió la conversación—, pero no creerá que lo que ha ocurrido tiene algo que ver con Draco, ¿verdad? ¿No creerá que ha sido culpa suya?
Curiosamente, a Draco le pareció que la severa expresión de McGonagall se dulcificaba ligeramente al volverse hacia la chica.
—Por supuesto que no, señorita Parkinson —respondió. Luego, suspiró—. Tan solo quiero entender qué ha ocurrido.
—Entonces ¿por qué no le pregunta a Granger, profesora? —No pudo evitarlo, el tono de voz le salió más arrogante de lo que pretendía. Carraspeó—. Estoy seguro de que ella recordará algo más. —Frunció el ceño—. Como le dije, me pillaron desprevenido. Me desmayé.
La directora inclinó la cabeza, probablemente de forma inconsciente, en dirección al pensadero.
—Me encargaré de eso más tarde, señor Malfoy, créame.
Tras un momento él asintió, con algo de rigidez. Le dolía el cuello por culpa de la espantosa almohada de la enfermería.
McGonagall lo observaba con intensidad, en completo silencio.
Draco supuso que estaba pensando cómo abordar el tema que —al menos eso suponía el chico— le interesaba. Qué diablos había pasado aquel día en Azkaban.
Pero la directora no dijo nada y Draco tuvo que aceptar que, seguramente, ella ya estaba al tanto de todo. A fin de cuentas, el mismísimo Shacklebolt en persona se había encargado de investigar lo ocurrido.
Inconscientemente, alzó el mentón un poco, en un gesto orgulloso que había heredado de su madre.
—¿Eso es todo, profesora? —preguntó, arrugando la punta de la nariz.
McGonagall jugueteaba con su pluma. Una de águila.
—En realidad, señor Malfoy, quería preguntarles por Flora. Flora Carrow. —La directora se aclaró la garganta suavemente—. Me preocupan las palabras del señor Flint.
Pansy se encogió de hombros.
—No sabemos nada de ella. Ni siquiera la conocíamos personalmente. —Enredaba los dedos corazón e índice en un brillante mechón de cabello negro—. No íbamos en el mismo curso.
McGonagall la contempló fijamente durante unos breves instantes, antes de volverse hacia Draco.
—Estoy al tanto de lo ocurrido el día en que salió usted de Azkaban, señor Malfoy. —Draco permaneció impasible—. Pero me gustaría saber si se ha visto envuelto alguna vez en un episodio similar.
Pansy se volvió hacia ellos como un resorte.
—¿Es que cree usted que Draco puede estar en peligro, profesora? —Al darse cuenta de lo que había dicho, se corrigió—: Quiero decir, ¿cree usted que lo pueden estar buscando por algún motivo en particular?
Pero Draco no le dio opción de responder a la directora. Soltó una risa amarga.
—Ya te lo he dicho, Pansy. Buscan venganza, eso es todo.
Pero su amiga no lo miraba a él, sino a la profesora.
—Responda a mi pregunta, por favor, señor Malfoy.
Así que Draco negó con la cabeza. La directora no pareció aliviada en absoluto.
—¿Ocurre algo, profesora? —le preguntó suavemente. Parecía nerviosa y Draco no pudo evitar pensar que buscaba cierto consuelo en la directora. Se preguntó desde cuándo Pansy confiaba tanto en la antigua jefa de la casa Gryffindor.
La expresión de preocupación de la profesora era claramente perceptible, no solo en su rostro, sino en la tensión de su cuerpo.
Pero, al final, solo suspiró.
—No es nada, señorita Parkinson. —Inclinó la cabeza en dirección a la puerta—. Pueden irse —les dijo—. La señorita Granger querrá verlos. Pueden decirle a Poppy que tienen mi permiso para quedarse con ella.
Por el rabillo del ojo, Draco se dio cuenta de que Nott había extendido la mano, buscando la de Pansy. Sus dedos se rozaban.
Draco desvió la mirada hacia la directora. Quiso añadir algo, pero no supo muy bien qué. Resultaba evidente que tampoco McGonagall tenía respuesta para el centenar de preguntas que les rondaban la mente.
Antes de salir del despacho, Draco se volvió hacia Flint. Seguía roncando suavemente, profundamente dormido.
Draco sintió una oleada de repulsión hacia él. Y hacia sí mismo, al darse cuenta de que una vez —muchos años atrás, cuando apenas era un chaval de doce años cuya mayor preocupación era batir a Gryffindor en el quidditch— habría hecho lo que fuera para conseguir la aprobación de su capitán.
Mientras bajaban por la escalera, Draco pensó una vez más en la pregunta que McGonagall le había hecho. Y en las palabras de Flint.
Cumplían órdenes, había dicho. Órdenes de atraparlo.
—¿De verdad…? —La voz de Pansy sonó extrañamente tímida—. ¿De verdad creéis que es cierto? ¿Que van a por ti, Draco?
Tras él, escuchó a Nott soltar el aire, muy lentamente.
—Es imposible que Flint mintiera. No, con el Veritaserum.
Draco no dijo nada.
—Pero quizá… Quizá lo haya entendido mal. Quizá… —A Draco casi le hizo gracia la forma en la que Pansy se esforzaba por buscar absurdas excusas, por ignorar la realidad—. Bueno, él nunca ha sido muy espabilado...
—Olvídalo —gruñó entre dientes, con las mandíbulas apretadas.
La escalera se detuvo y Draco bajó el último par de peldaños de un salto. Theo y Pansy lo siguieron, algo más despacio. La espantosa gárgola volvió a su lugar en cuanto ellos bajaron.
—Pero, Draco… —Pansy caminaba a su lado, pero él mantuvo la vista clavada al frente. Por suerte, su amiga terminó cerrando su irritante bocaza.
Caminaron en silencio hasta llegar a las escaleras que había al final del pasillo. Entonces Draco se volvió hacia la izquierda, hacia el camino descendente que llevaba a las mazmorras. Tras él escuchó a sus compañeros detenerse, en los peldaños de la parte derecha; las escaleras de subida llevaban hacia la torre en la que se localizaba la enfermería.
—¿A dónde vas? —La voz de Pansy lo detuvo. Su amiga lo miraba por encima del hombro—. Tenemos que ir a la enfermería. Hermione nos espera.
Draco esbozó una diminuta sonrisa, algo forzada.
—Iré enseguida. —Pansy ladeó la cabeza, esperando una explicación. Puso los ojos en blanco al ver que ella fruncía el ceño; con toda seguridad, a partir de ese momento Pansy se negaría a dejarlo ir solo a ningún lugar. Fuera de Hogwarts, al menos—. Tengo que ir a cambiarme, ¿no crees? —Dudaba que sus compañeros no lo hubieran notado. La capa de su uniforme, además de completamente desgarrada, apestaba a sangre y sudor. Estaba deseando deshacerse de ella.
Y, de paso, se arrancaría ese ridículo pijama muggle. Puede que hasta lo quemase.
Echó a andar pasillo abajo sin esperar la respuesta de sus amigos. A cada paso que daba, el color rojo del pantalón centelleaba a través de la abertura de la túnica.
Maldita su madre. Maldito el día en que había comprado esa aberración. Y malditas sus jodidas ideas.
Desde el fin de la Segunda Guerra Mágica, Narcissa Malfoy había comenzado a coleccionar diferentes artículos muggles. Draco sabía que, por supuesto, aquello no era más que fachada. Narcissa no estaba más contenta con su nuevo abrigo made in China —eso decía la etiqueta— que él con su ridículo pijama. Pero, al parecer, aquello formaba parte de la integración en el nuevo mundo de amantes de los muggles.
Como si fuera a haber muchas oportunidades de que alguien pudiera verlo a él con la ropa que utilizaba para dormir.
Todavía rezongando, llegó a las mazmorras. El muro se abrió para él sin un sonido y Draco respiró aliviado al comprobar que la Sala Común estaba desierta. Aunque —para ser sinceros— normalmente lo estaba, ya que apenas quedaban un puñado de Slytherins en Hogwarts.
Ya había puesto el pie en el primer escalón que conducía a su dormitorio, cuando se detuvo en seco.
La escalera que llevaba a los dormitorios de las chicas se abría a su derecha.
Gruñó para sus adentros, molesto consigo mismo.
Aquella estúpida conciencia suya llevaba rato gritándole que se había comportado como un auténtico capullo con Granger. Y lo peor era que ni siquiera sabía muy bien por qué.
Quizá se debiera al hecho de que no podía quitarse de la cabeza que le había hecho daño. Que le había dejado en la piel las mismas marcas que un día su padre le había dejado a él.
O, quizá, porque ella le había salvado la vida. Estaba en deuda con Granger.
Chasqueó la lengua, súbitamente decidido. Si Granger iba a pasar tanto tiempo en la enfermería como él creía, más le valdría distraerse con algo.
Empezó a subir los escalones. Un libro, eso era todo. Cogería un maldito libro de su mesilla y saldría pitando de allí. Granger no podría reprocharle aquello; solo trataba de ser considerado. Sería su manera de demostrarle que estaba dispuesto a firmar una nueva tregua.
El cuarto de Pansy y Granger era el último del pasillo.
Solo había dos camas ocupadas y, por supuesto, Draco sabía cuál pertenecía a Pansy. Había estado en aquel dormitorio muchas veces antes, hacía ya muchos años.
Sonrió un poco, sin poder evitarlo, al darse cuenta de cómo habían cambiado las cosas.
En aquella época Pansy era una chiquilla exasperante y malcriada. Tanto como lo había sido él mismo. Solía invitarlo a su habitación con la esperanza de que, algún día, Draco se dejase llevar por la tentación. Gracias a Merlín, aquello nunca había ocurrido.
Soltó una risa entre dientes al recordar aquello. De haberlo sabido, su madre se habría sentido orgullosa de él. Su padre, no tanto.
Gruñó. Pensar en su padre lo incomodaba, así que hizo un esfuerzo por concentrarse en la tarea que tenía entre manos. Con pasos decididos, se dirigió hacia la otra cama, la de Granger. Un solo vistazo le bastó para confirmar que en su mesilla de noche no había libro alguno. Tampoco sobre el colchón, ni en el suelo.
Frunció el ceño. De no haber sabido con absoluta seguridad que Granger dormía con Pansy, habría jurado que aquella no era su cama. Siempre había pensado que tendría pilas y pilas de textos a su alrededor, para pasar el rato cuando Potter y Weasley se cansaran de soportarla.
No se reprochó el pensamiento; en otra época había creído en ello. Ya no, pero en otra época lo había hecho.
Dudó un momento antes de abrir su baúl. Solo un momento.
Al fin y al cabo, estaba tratando de ser amable. ¿Quién podría reprochárselo?
El arcón de Granger estaba lleno de ropa —Draco ignoró deliberadamente las espantosas bragas color carne que ni su abuela se habría puesto—, pero no había libro ninguno a la vista.
Tras otro medio segundo de deliberación consigo mismo, hundió las manos en el arcón, hasta el fondo.
Bingo.
Las puntas de sus dedos toparon con algo duro, pero suave. Con algo de dificultad a causa de los montones de ropa, tanteó el objeto. Definitivamente era un libro.
Tiró de él con brusquedad para desenterrarlo, con tan mala fortuna que unos cuantos pares de calcetines —de esos hechos una pelota— cayeron del baúl y rodaron por el suelo.
Pero, al menos, consiguió el libro.
Se trataba de un grueso volumen, algo desgastado y encuadernado en cuero oscuro. En la portada, unas letras doradas rezaban Cuentos de los Hermanos Grimm.
Draco frunció el ceño.
Muggles, con toda seguridad. Cualquir mago o bruja con dos dedos de frente habría evitado cualquier referencia al perro espectral, no solo en su nombre, sino en cualquiera otro aspecto de su vida.
Se encogió de hombros. Tendría que valer.
Se incorporó con un ágil movimiento, con el libro en la mano. No obstante, cuando se inclinó para recoger los calcetines, los Cuentos estuvieron a punto de resbalársele.
Draco consiguió sujetar el libro a tiempo, pero no pudo evitar que un pedazo de papel cayera de su interior.
Maldiciendo su torpeza, se agachó una vez más para recoger la hoja.
Mientras se incorporaba de nuevo, sostuvo la fotografía con extremo cuidado, por el borde, apenas tocándola con las yemas de los dedos.
Tardó unos instantes en procesar lo que estaba viendo, pero —cuando lo hizo— se le cortó la respiración.
Oh, Merlín.
Las puntas de los dedos empezaron a temblarle, cubiertas por un sudor frío. Joder.
Si aquel era el secreto de Granger, no había estado preparado para descubrirlo de esa forma.
Continuará...
Más que nunca lamento el retraso. Quería traeros este capítulo cuanto antes, porque el anterior ha sido el que más reviews ha tenido hasta la fecha, y estoy increíblemente feliz. De verdad, sin palabras.
Pero entre unas cosas y otras, ocho veces acabé reescribiendo el capítulo. ¡Ocho! Y, como no estaba conforme con como quedaba, me puse a editarlo desde la página de fanfiction, en el Doc Manager. (Manías mías, pero solo quedo realmente conforme cuando leo y edito el capítulo después de haberlo leído en el formato de esta página.) Lo que pasó es que, después de unas diez horas corrigiendo el maldito capítulo, cuando por fin apreté el botón para subirlo... ¡puf! Desapareció. Se me había cerrado la sesión y yo, como soy tremendamente idiota, no había guardado el capítulo en otra parte. No os imagináis las ganas de llorar que me entraron. Por eso he tardado tanto en actualizar, este capítulo me ha traído de cabeza. Al final esto es todo lo que he podido conseguir.
En cualquier caso, millones de gracias por vuestros reviews. Perdonad que no me pare a responderlos uno a uno, pero llevo un poco de prisa. En todo caso, gracias a FridaMalfoy, HacheSinAzucar, Valery Ryddle, rose, JoaZB, UnaQueLee, Marycielo Felton, floppymoon (gracias por pararte a dejar review en cada capítulo, a pesar de haber llegado recientemente al fic), Alejandra Salazar, Semiramissome, AmiSakura, MaiRiddle, andrea y Pauli Jean Malfoy (si lo que no entendiste es lo que le dijo Pansy a Draco de que Hermione había hecho más que arriesgar su vida para salvarlo, aquí hay un poco más sobre eso. No es que sea realmente importante, pero esta parte de la historia está inspirada por la frase que le dice Sirius a Harry cuando le habla de los Longbottom "ellos sufrieron un destino peor que la muerte". Salvar a Draco le ha costado mucho a Hermione, porque ya veis que le trae recuerdos del pasado y de todo lo que tuvo que vivir).
Eso es todo por ahora. Una vez más, siento el retraso y mil gracias por vuestro apoyo.
