Capítulo 9 — Los muertos están muertos III
Primera parte: Reality Bites Us
Diciembre llegó prácticamente sin que Draco se percatase de ello.
La nieve caía con tanta fuerza, tan a menudo, que los alumnos se veían obligados a pasar hasta el último minuto de su tiempo libre en el interior del colegio. Y eso, para Draco, era una completa tortura; hasta el último rincón del maldito castillo parecía estar repleto de estudiantes aburridos sin nada mejor que hacer que lanzarle miradas venenosas.
Hasta el último rincón del castillo, exceptuando la enfermería.
Así que ahí estaba él, de nuevo, tirado en el frío de suelo de piedra, arrebujado en su capa y con el culo congelado. Porque, por supuesto, aquello era mejor que sentarse en la cama de Granger y arriesgarse a tener que mirarla a la cara. Porque ¿y si ella lo pillaba? ¿Qué pensaría?
Draco no sabía cuándo se había vuelto tan remilgado, pero el maldito descubrimiento que había hecho en el cuarto de las chicas no lo dejaba en paz. Estaba convencido de que, si sus miradas se cruzaban el tiempo suficiente, Granger descubriría que él lo sabía.
Lo cierto es que Draco no tenía ni idea de dónde había surgido ese absurdo temor; sabía perfectamente que era un actor excelente y un fantástico mentiroso. De eso no cabía la menor duda. Pero ya no podía negar por más tiempo que algo en la debilidad de Granger hacía que se sintiera como un cerdo por actuar así con ella.
Curioso, muy curioso. Y preocupante.
Maldita conciencia.
Resopló. Esas estúpidas ideas se estaban volviendo cada vez más intensas, acuciantes. Y, aunque a Draco no le gustaban nada, no parecía poder hacer nada por evitarlas. Había llegado demasiado lejos; estaba metido hasta el cuello en aquello y lo sabía. Así que, a pesar de todo, se atrevió a lanzarle una rápida mirada de reojo.
Granger estaba recostada —prácticamente hundida— contra un sinfín de mullidas almohadas, cortesía de Pansy, que hacían que su figura se viera diminuta, chupada. A tan solo dos semanas de que dieran comienzo las vacaciones de Navidad, ella seguía allí, tan pálida y ojerosa como el primer día. Sus heridas habían sanado bien, casi mejor que las del propio Draco, pero a diferencia de él —que había abandonado el hospital tan solo unos días después de su ingreso— Granger todavía seguía ahí.
Observándola, Draco se sintió incómodo, fuera de lugar. Hizo crujir los nudillos para aliviar la tensión, pero ella ni se inmutó. Eso solo lo molestó más.
Una parte de él, una ínfima parte que correspondía al antiguo Draco Malfoy, se moría por gritarle. Por increparle, por sacudirla hasta obtener las respuestas que quería. Porque, oh, sí, seguía teniendo muchas preguntas. Muchísimas. Su maldito número no hacía más que aumentar y eso era una completa tortura.
Solo en ese momento podía entender que debería haberse detenido antes de llegar al maldito límite: por simple casualidad, él se había convertido en una de las pocas personas que parecían haber atisbado el oscuro secretillo que había separado al Trío de Oro. Y aquello no era lo que había esperado.
Por supuesto, Draco no tenía ninguna respuesta definitiva, sino solo muchas suposiciones. Pero debería haber sido suficiente. Porque ya había llegado muy lejos. Demasiado lejos.
Cuando se descubría pensando de esa manera, Draco no podía evitar sentirse profundamente sorprendido consigo mismo. A fin de cuentas, su intención desde el principio había sido descubrir el secreto de Granger, sin importar lo mucho que eso costase. Sin importar a quién tuviera que destrozar en el proceso.
Pero ¿ahora...? Ahora, al verla ahí, tan pequeña, tan rota... El nuevo Draco Malfoy no se atrevía a preguntar. No quería preguntar.
De repente, ella habló. Tan de repente, que él no pudo evitar preguntarse si habría sentido su mirada.
—¿Por qué sigues aquí, Draco? —La voz de Granger sonaba muy débil, sin fuerzas, pero se escuchó con claridad en la enfermería: pareció reverberar en la silenciosa sala con una potencia de la que, en realidad, carecía.
El joven Slytherin ignoraba cuánto tiempo habían permanecido callados, pero sabía que había sido mucho. Siempre era mucho últimamente. Por eso sus palabras lo sorprendieron.
—Pansy cree que todavía tenemos que vigilarte. —No era del todo mentira, pero tampoco era su razón principal para estar allí. Claro que Draco estaba convencido de que reconocer que había ido allí buscando calma, un escondite lejos del desprecio que le profesaba el resto del mundo, no haría más que terminar de destrozar su ya maltrecho orgullo—. Si no estás conforme, habla con ella —fanfarroneó un poco, eso sí que no puede evitarlo.
Granger volvió la cabeza hacia él y, en esa ocasión, Draco tuvo que hacer un esfuerzo consciente por evitar su rostro.
—No me mientas, Draco —susurró, y su voz era como una bomba.
¿Desde cuándo ella lo conocía tan bien?
No me mientas, Draco.
¿Desde cuándo?
Draco tragó saliva. Se le había formado un nudo en la garganta y no sabía por qué. Para disimular, resopló.
—No te miento, Granger —prácticamente le bufó—. ¿Por qué iba a hacerlo? ¿Por qué iba a estar aquí de no ser por Pansy? —Pausa antes de añadir—: No te creas tan especial. —Pretendía sonar firme, ser hiriente. Durante un momento estuvo convencido de que lo había logrado. Pero entonces ella le sonrió.
Le sonrió. A él.
¿Qué mierda le pasaba a Granger?
Draco.
¿Por qué le hablaba, le sonreía? ¿Por qué era amable con él? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?
¿Por qué había decidido salvar su patética vida? Lo había hecho, sin siquiera dudar. Cualquiera —a excepción de Theo, Pansy y su madre— hubiera dejado que se lo llevaran, que se pudriera en el infierno. Incluso lo habría celebrado. Cualquiera, menos ella.
Cada segundo era una lucha constante por mantener las distancias con ella, pero cada día que pasaba era más difícil. Mucho más.
Tuvo que reunir todo el escaso valor que poseía para volverse hacia ella una vez más.
En ese momento, Granger se apartaba un mechón de su rebelde cabello de la cara. A Draco le sorprendió darse cuenta de que ya no parecía áspero y desordenado, como cuando ambos eran jóvenes. Los rizos tenían una forma suave y regular en la que el chico no había reparado hasta entonces. No pudo evitarlo: se fijó en el gran contraste de la espesa melena con su brazo. Estaba tan delgada que la muñeca parecía a punto de partirse.
—¿Draco? —Granger habló cuando él ya no lo esperaba. No se movió. Solo desvió la mirada, siguiendo el movimiento de su mano cuando ella bajó el brazo—. ¿Draco? —repitió. Por el rabillo del ojo, el chico creyó percibir una expresión dubitativa en su rostro. Fue breve, porque enseguida ella volvió a hablar. Lo que dijo, por supuesto, Draco no se lo esperaba—. ¿Por qué no te acercas? —Él contuvo el aliento, seguro de haber escuchado mal. Pero ella palmeaba el colchón con suavidad, justo a su lado—. No puedes estar muy cómodo ahí.
Dudó. Le hubiera gustado decir que no lo hizo, pero lo cierto es que dudó.
—Estoy bien —gruñó, dos segundos y medio después.
Pero ella no se dio por vencida.
—Por favor. —Tan sencillo como eso y, al mismo tiempo, tan efectivo. Porque Draco volvió a dudar.
—¿Qué es lo que quieres de mí, Granger? —Hizo crujir los nudillos, sacudió la cabeza. Intentó fingir un fastidio que no sentía en realidad.
Ella jugueteaba con las sábanas. Retorcía la tela entre los dedos una y otra vez, sin parar, pero casi sin fuerzas. Cuando habló, su sinceridad sorprendió a Draco:
—Quiero... Quiero no estar sola.
Bueno, eso él podía entenderlo. Eso él lo entendía muy bien.
—Lamento informarte de que yo no soy la mejor de las compañías, Granger —replicó, a su pesar. Rio incluso de sus propias palabras, con amargura. Pero, una vez más, no obtuvo en ella la reacción esperada.
Granger se hundió más en la cama. El mullido almohadón engulló sus hombros casi por completo.
—Sé que no soy... —era evidente que titubeaba en busca de las palabras adecuadas— ...el tipo de persona al que estás acostumbrado —terminó al fin—. Créeme, lo entiendo. Sé que me has odiado durante muchos años... Créeme que no era esto lo que buscaba cuando decidí regresar... ¡Slytherin, por Merlín! —Solo tenía un hilo de voz, pero de pronto parecía incapaz de callar.
Draco quiso taparse los oídos, quiso poder no escucharla, pero no lo hizo. Siguiendo un impulso, se clavó las uñas en el muslo derecho, con brutalidad. El dolor le hizo apretar los labios, pero también permanecer ahí, con ella, despierto y concentrado en sus palabras.
—El caso... —Se le rompió la voz. Draco creyó que iba a echarse a llorar, pero no fue así. Granger se recompuso y continuó hablando—: El caso es que ahora, por alguna razón, estamos juntos. Pansy, Theo, tú y yo. Sé que no te gusta, pero es así... Y lo siento.
—¿Lo sientes? —Las palabras se le escaparon, tuvo que preguntar.
—Siento que mi presencia te haga tan desgraciado. Siento estar aquí. ¡Yo no elegí esto, Draco! —Golpeó el colchón con el puño cerrado. Sorprendentemente el brazo no se quebró—. Créeme que lo siento...
El nudo en la garganta creció. ¿Granger... pidiendo disculpas? ¿Pidiéndole disculpas a él? ¿Por qué? ¿Por estar, por existir?
El nudo creció y creció y creció.
Supo que tenía que decir algo. Tragó saliva. Tenía la boca pastosa.
—Granger, me has salvado la vida... —Supo que tenía que decir algo, sí, pero no sabía qué. Era Granger, por Merlín.
Solo entonces un sollozo sacudió los hombros de la chica. Ella volvió la cabeza para que Draco no pudiera verla desde el suelo.
—Te agradezco lo que hiciste —él siguió hablando muy lentamente, masticando cada palabra—. De verdad que te lo agradezco. Te agradezco que estés con nosotros. —En cuanto lo dijo, Draco comprendió que era cierto: era consciente de que habían sido las circunstancias quienes habían empujado a Granger a esa situación, pero, a pesar de ello, había sido ella quien había decidido quedarse a su lado. Había decidido que, de alguna forma, podía olvidar todos sus pecados pasados.
Ojalá todos fueran como ella.
—¿Agradecimiento? —Supo por el tono de voz que ella intentaba reír. Intentaba fingir despreocupación, bromear—. No sabía que esa palabra entrase en el vocabulario de los Malfoy. —En otro momento el comentario le habría ofendido, pero Draco entendía qué intentaba hacer: intentaba protegerse a sí misma. De eso Draco sabía mucho.
—Pues ya ves que sí —acertó a decir.
Silencio. Silencio durante diez segundos, veinte, cuarenta. Draco los contaba mentalmente.
—¿Sabes qué? —El chico meneó la cabeza, pero aquella no era una pregunta que esperase respuesta—. Sois lo mejor que me ha pasado en mucho, mucho tiempo.
Ante esas palabras, el corazón de Draco dio un vuelco. Dio un jodido vuelco.
—De no haber conocido a Pansy, de no haber sido por ella... —Granger parecía hablar más para sí misma que para él en ese momento—. De no haber sido por Pansy, yo ahora no estaría aquí. Quizá... Quizá estaría muerta. —La crudeza de sus palabras lo sorprendió, pero más lo sorprendió que ella hiciera siquiera una leve referencia a su pasado frente a él—. Sí, sé que lo estaría.
Draco agachó la cabeza; una vez más, las preguntas quemaban en sus labios. Y, no obstante, se encontró a sí mismo disfrutando de aquello. De la calma de Granger, de su confianza.
Confianza. Qué extraña palabra.
—Y Theo... Theo me cuida mucho. —Parecía totalmente perdida en sus pensamientos—. Creo que al principio solo lo hacía por Pansy, pero ahora... Ahora creo que también lo hace por mí. ¿Sabes por qué lo sé?
Draco se alegró al comprobar que sí, al parecer, ella seguía hablando para él. Aunque no esperase ningún tipo de reconocimiento por su parte.
—Cuando viene a verme, se sienta ahí, a los pies de la cama... Y me lee. —Se le formó una diminuta sonrisa en los labios—. Siempre me lee, aunque Pansy no esté delante. Creo que he empezado a caerle bien, de verdad.
Draco hizo una mueca porque no necesitaba que Granger lo convenciera de sus palabras. Theo siempre, incluso antes de la guerra, había respetado a Granger —eso no era ningún secreto para él— y había resultado evidente que desde el primer momento había hecho un esfuerzo —infinitamente mayor, al menos, que el que el propio Draco había hecho— por conocerla. Tampoco había necesitado mucho tiempo para llegar a apreciarla sinceramente: Draco sabía que Theo la había aceptado sin reservas, y no solo por Pansy. Y es que él era así, amable. A su manera, pero amable.
A Draco esa actitud le había asqueado profundamente en el pasado. Pero ¿y ahora?
—Sí, creo que a Theo le caigo bien... —prosiguió ella, ajena a los pensamientos de su compañero.
Draco sonrió apenas, para sí mismo. Si ella supiera... Si recuperara parte de la confianza de la antigua sabelotodo-Granger...
—En cambio tú... —calló abruptamente. No añadió más, pero la acusación iba implícita. Flotó en el aire, entre ellos.
A Draco se le ocurrieron mil y un finales para esa oración.
En cambio tú me detestas.
En cambio tú desearías que desapareciera.
En cambio tú desearías no tener que acercarte a mí.
Pero todo aquello era falso. Totalmente falso y él lo sabía. Él lo sabía, pero ¿y Granger? Ella no. Ella no tenía ni idea de lo que pasaba en el interior de su retorcida cabecita. Al pensar en ello, se sintió mal. Sorprendentemente, Draco Malfoy se sintió mal.
Sus labios se movieron antes de que él pudiera detenerlos:
—No me digas que quieres que yo también te lea, Granger. —Quería arreglarlo, pero no sabía cómo hacerlo. Quería arreglarlo, aunque sabía que aquella no era la manera de hacerlo.
A pesar de todo, ella pareció agradecer el intento. Sacudió la cabeza y, por fin, se volvió hacia él. No parecía ofendida por la burla.
—No. —A Draco le pareció intuir que incluso sonreía. Un poco, al menos—. Pero quiero que hablemos.
Draco arqueó las cejas, sin tratar de ocultar su sorpresa.
—¿Por qué? —Seguía clavándose las uñas en la pierna, pero ya apenas sentía el dolor.
Antes de responder, Granger intentó incorporarse. Se apoyó en los codos; el cuerpo le temblaba por el esfuerzo.
—Porque somos amigos, ¿no? —Estaba muy seria. Extremadamente seria.
Draco tragó saliva.
—¿Amigos? —Los músculos de las mejillas empezaron a dolerle; tenía que hacer un gran esfuerzo para mantener una expresión imperturbable—. ¿Tan desesperada estás como para considerarme tu amigo? —En su pregunta solo había curiosidad. Por una vez, no pretendía lastimarla.
Ella pareció entenderlo. Meditó un momento antes de responder.
—Quizá —respondió al fin. Sus miradas se encontraron, a pesar de la distancia, y en esa ocasión Draco ya no fue capaz de volver la cabeza—. Pero tú también lo estás, ¿no es cierto?
Sus anteriores palabras resonaron en la cabeza de Draco.
Estamos juntos.
Sí, Draco supuso que no había forma humana de negar aquello.
Amigos. De eso se trataba, ¿no?
La mano de Granger se arrastró sobre el colchón. Palmeó una vez más el espacio que había a su lado, en un gesto prácticamente imperceptible.
Draco empezó a temblar.
Sabía que aquella era la barrera definitiva. Sabía que si en ese momento se levantaba y rompía la distancia que había entre ellos, las cosas cambiarían irremediablemente. Sabía que nada sería igual. Sabía que si en ese momento se levantaba...
Draco sabía muchas cosas y, sin embargo, se levantó. Lo hizo y en ese momento ya no dudo más.
Segunda parte: It Makes No Difference
Cuando el colchón se hundió bajo el peso de Draco, ella tuvo que contener un suspiro triunfal. Un escalofrío de placer le recorrió la espalda.
Se juró a sí misma que aquello era el comienzo. No pensaba retroceder; estaba harta de aquellos continuos vaivenes. Estaba cansada de sus desplantes, de su silenciosa presencia. Pero, sobre todo, estaba cansada de su amabilidad, de esos escasos pero valiosísimos momentos en los que él le proporcionaba —sin pretenderlo, por supuesto— comprensión y hasta consuelo.
Sí, Hermione estaba cansada de esperar esa amabilidad. De aguardar sentada a que él diera un paso en su dirección —y de que a ese único paso los siguieran unos cuantos más— cuando resultaba evidente que aquello no iba a suceder sin más. Estaba cansada de la tensión, de la incertidumbre. De la espera y la zozobra.
Hermione solo quería calma y seguridad. Y pensaba obtenerlas.
—Y bien, ¿de qué querías hablar? —Draco podría haber parecido altivo por la forma en que apuntaba con la nariz hacia el techo, pero Hermione ya lo conocía lo suficientemente bien como para saber que, en realidad, se sentía inseguro.
Lo conocía también... Quién lo hubiera imaginado unos años antes.
Hermione parpadeó un par de veces. ¿Qué podía decir? A pesar de sus palabras, había estado convencida de que Draco no le permitiría llegar tan lejos y ahora...
—Bueno... —carraspeó—. Llevas semanas viniendo a la enfermería, sentándote ahí... —Hizo un gesto con la cabeza en dirección al lugar que el Slytherin había ocupado hasta entonces—. No muerdo, ¿sabes?
Hermione ni siquiera sabía por qué lo intentaba. Por qué intentaba bromear, acercarse a él. ¿Qué había cambiado? Suspiró. Lo sabía muy bien: era ese maldito cansancio. Estaba exhausta. Había llegado a su límite. Lo había sobrepasado con creces.
Por toda respuesta, Draco se encogió de hombros. Luego, silencio. Un larguísimo silencio.
Él tenía las pupilas fijas en sus manos, que reposaban en el regazo. Sus largos y ágiles dedos tamborileaban sobre su pierna derecha y Hermione se detuvo a contemplarlo. El movimiento era hipnótico, ella se perdió en él sin pretenderlo; arriba, abajo, arriba...
Perdió la noción del tiempo. Se sentía bien. Bueno, no. En realidad, solo se sentía mejor que de costumbre. Lo cual, por supuesto, no era un bien propiamente dicho. Quizá un regular.
—¿Estás bien?
Se sobresaltó y apartó la mirada de sus manos de golpe, sintiéndose pillada in fraganti. ¿Es que Draco leía mentes ahora?
Alzó la cabeza hacia él. La pregunta la había pillado por sorpresa, pero —a juzgar por su expresión— también el propio Draco parecía desconcertado. Lo vio fruncir el ceño con rabia, como si no pudiera creer lo que acababa de decir.
—Tienes un aspecto horrible.
Definitivamente, no tenía nada de tacto. Cuando actuaba así, Hermione no sabía si reír, llorar o golpearlo directamente. Una sonrisa diminuta le estiró las comisuras de los labios al darse cuenta de que tiempo atrás habría escogido la tercera opción sin dudas ni remordimientos de conciencia.
—Vaya, gracias.
Él resopló por la nariz. Hermione creyó que su respuesta le había hecho gracia.
—Quiero decir... —Se detuvo un momento. Sus ojos grises danzaban sobre su rostro, sin atreverse a posarse en los suyos—. De cerca tienes incluso más ojeras. —Trataba de sonar despreocupado, pero ella apreció el comentario.
Se animó a responder:
—No duermo muy bien últimamente.
Solo al decirlo en voz alta, Hermione fue plenamente consciente de lo agotada que estaba. Fue como si sus palabras hubieran empujado de pronto una pesada losa sobre ella. Porque era cierto: era absolutamente incapaz de dormir más que un par de horas cada noche y la falta de sueño resultaba ser una tortura.
Incapaz, de pronto, de sostener el peso de su propio cuerpo, se dejó caer sobre la almohada. Su cuerpo tembló y ella contuvo el aliento cuando las vertebras superiores, que sobresalían en exceso debido a su extrema delgadez, se clavaron en el colchón.
—¿Por qué?
Un pequeño titubeo. Solo uno. Y al fin:
—Tengo pesadillas.
Draco pareció valorar su respuesta. Agitó la cabeza suavemente y el pelo rubio le cayó sobre la frente. Le quedaba bien. A Hermione le extrañó el ser capaz de fijarse en tan nimio detalle, pero era cierto: el cabello depeinado, algo largo, le favorecía.
—¿Sobre lo que pasó? —Hablaba muy lentamente. La estaba tanteando—. ¿Por Blaise?
Ella negó con la cabeza, milímetro a milímetro, en un movimiento eterno. La lentitud de su gesto pareció hacer entender a Draco que aquello era todo lo que iba a obtener. Hermione lo vio arrugar la nariz. Se fijó entonces en que la piel de sus pómulos estaba más tirante. También él había adelgazado.
—¿Por qué no te dan pociones para dormir sin sueños? —Seguía teniendo la nariz arrugada.
Hermione cerró los ojos durante un breve instante. Sentía el gigantesco almohadón envolviéndole los hombros con cada espiración. Era agradable.
¿Decirle que no podían? ¿Hablarle de lo que había pasado? ¿De la fiebre, las náuseas, los escalofríos? ¿Los gritos y los golpes? No.
Las adicciones eran asuntos personales, decidió.
—Ya he tomado demasiadas —se limitó a responder. Y lo cierto es que no mentía—. Pomfrey se niega a darme más.
Si la dejaran volver a su habitación... Si la dejaran, podría tomar una de las tantas que escondía en su baúl.
Draco la miraba con una curiosidad imposible de ocultar. Pudo ver sus labios moviéndose, preparándose para formular la siguiente pregunta. Una pregunta que no estaba segura de poder responder...
¡Pum!
El estallido la sobresaltó; durante un momento infinito el corazón le saltó con violencia en el pecho. A su lado, Draco se levantó de un salto de la cama y se llevó la mano de manera automática al interior de la túnica. Medio segundo más tarde, la varita estaba en su mano.
Hermione tardó en armarse un poco más a causa de su debilidad; la varita estuvo a punto de caer al suelo cuando ella, con dedos torpes, trató de sacarla de debajo de la almohada. Consiguió aferrarse a ella en el último segundo y, solo cuando ya la sostenía firmemente, se dio cuenta de que Draco se había levantado. Lo siguió con la mirada cuando, con grandes zancadas, él se dirigió hacia la ventana que quedaba a su izquierda.
Hermione se estiró, pero no pudo ver nada. Permaneció inmóvil durante unos angustiosos segundos. Escuchó la madera crujir, el casquido de la hoja al abrirse... El aullido del viento aumentó de intensidad y, sobre él, un quejido animal. Cuando Draco se apartó, Hermione comprendió al fin qué había ocurrido y respiró aliviada. La varita regresó a su lugar, bajo el cojín.
La lechuza esperaba impaciente en el alféizar; debía haber golpeado el cristal con virulencia, arrastrada por el viento huracanado del exterior. Tenía todas las plumas erizadas y ululaba aterrorizada. No había necesitado más que un par de segundos para saltar al interior de la habitación y, en ese momento, mantenía la pata estirada delante de Draco mientras lo contemplaba con sus enormes e impacientes ojos ambarinos.
Cuando el ave se movió, Hermione pudo ver que llevaba atado un pedazo de pergamino color negro. El sello de lacre era color plata.
El animal ululó una vez más en señal de protesta. Nada.
Hermione volvió su atención a Draco que, por algún motivo, se había quedado paralizado. Aunque solo alcanzaba a distinguir su perfil, Hermione se dio cuenta de que el Slytherin miraba el sobre con una curiosa expresión en el rostro. Le costó un momento descifrarla. Solo un brevísimo instante: el terror que se reflejaba en su expresión era innegable y tan evidente que la propia Hermione sintió miedo, sin saber de qué.
—¿Draco?
Él no se movió. No respondió. Ni siquiera pestañeó.
Ella tragó saliva. ¿Qué estaba ocurriendo?
¿Qué...?
—¡Buenas noches! —La puerta se abrió de golpe y la alegre voz de Pansy retumbó en la enfermería.
Hermione se volvió hacia su amiga. Sus altos tacones repiqueteaban, como de costumbre, sobre el suelo de piedra. Parecía contenta y, sin embargo, no necesitó dar más que un par de pasos en su dirección para darse cuenta de que algo iba mal. La expresión le cambió de repente; la sonrisa desapareció, el ceño se frunció, la velocidad de los pasos aumentó.
En menos de cinco segundos, estaba a su lado. Hermione pudo ver como su mirada se dirigía hacia el pergamino, como si de un imán se tratase. Ahogó un gemido. Draco siguió inmóvil.
Solo cuando Pansy hizo ademán de quitarle la carta a la lechuza, él se movió. Desató la nota con unos gestos torpes que Hermione nunca había visto en él. En cuando terminó, el ave lanzó un último grito indignado y echó a volar. Enseguida se perdió por la puerta que Pansy había dejado abierta.
—¿No vas a abrirla?
La carta temblaba en manos de Draco, firmemente cerrada. Él no parecía dispuesto a romper el sello. Incluso necesitó un momento para reaccionar. Estaba pálido, muy pálido. Hermione no había creído posible que su piel adquiriera un tono más blanco del habitual, pero ahí estaba. Ese tono lechoso enfermizo.
Quiso preguntar, pero no se atrevió.
Draco había empezado a negar con la cabeza. Muy despacio. Muy, muy despacio. Parecía un autómata; cada movimiento, cada gesto parecía requerir un esfuerzo inmeso por su parte.
Hermione lo vio tragar saliva. La nuez se agitó en su garganta con fuerza. Tragó una vez más. Se debatía consigo mismo, resultaba evidente. Pero, finalmente, pareció tomar una decisión. Tomó aire justo antes de darse la vuelta. Luego giró sobre sus talones, con la carta arrugada en la mano derecha y el puño izquierdo firmemente apretado.
No había dado ni cinco pasos cuando Pansy habló:
—¡Draco! —Su grito sonó demasiado agudo—. ¿A dónde vas?
Hermione creyó percibir un pequeño temblor en su voz. Tenía los ojos brillantes. Trataba de contener las lágrimas.
—¿No es evidente? —Draco se detuvo, pero permaneció de espaldas—. A casa. —Había amargura en su voz al pronunciar esas palabras.
La mirada de Hermione saltaba de uno a otro sin perder detalle. En ese momento Pansy se rodeaba el cuerpo con los brazos de manera inconsciente, en busca de protección.
—Creía que habías dicho que no pensabas volver a casa. Juraría que habías dicho que nada te haría cambiar de opinión. —A pesar de todo, seguía siendo Pansy. No pudo evitar el reproche. El te lo dije implícito en sus palabras fue hiriente sin siquiera pretenderlo. La espalda de Draco se tensó; Hermione pudo notarlo a simple vista.
El Slytherin apretaba el sobre con tanta intensidad entre los dedos que Hermione estaba convencida de que el sello de lacre se le estaba clavando en la piel. Lo escuchó suspirar, con los hombros todavía tensos.
—Cierto, Pansy. —Su voz era seria, fría—. Cierto. Pero ¿sabes? —Debió aumentar la fuerza con la que cerraba los puños porque las manos empezaron a temblarle—. La puñetera realidad siempre gana al final.
No añadió más. No esperó más. Simplemente echó a andar.
Se marchó sin despedirse.
Hermione guardó silencio mientras lo veía marcharse. No despegó la mirada de él. Solo cuando él desapareció por la puerta, se volvió hacia su amiga. También Pansy se giraba hacia ella en ese instante. Abrió la boca, pero no parecía saber qué decir. Se pellizcó el puente de la nariz.
—Hermione... —Nada más. No supo continuar. Sacudió la cabeza con tristeza—. Lo siento.
Y salió tras Draco.
El sonido de sus tacones siguió escuchándose unos instantes después de que ella desapareciera.
Hermione se quedó sola, preguntándose qué diablos había ocurrido y sintiéndose completamente sola. Se hundió en la cama una vez más, enroscándose en el edredón.
Hacía tiempo que el sol se había puesto, así que Hermione supo que ni Pansy ni Draco regresarían ese día. Hermione lo lamentaba porque, a pesar de saber perfectamente bien que aquello no la incumbía, deseaba saber qué había ocurrido.
Lo cierto es que no había mentido cuando había dicho que ella y Draco eran amigos. Lo sentía así. No podía evitarlo. No sabía cuándo —¡ni cómo, por Merlín!— había pasado aquello, pero lo cierto es que Hermione se preocupaba por él de la misma forma en que se preocupaba por Theo o Pansy. Ellos tres eran todo lo que tenía.
Seguía pensando en la carta que Draco había recibido cuando Pomfrey llegó para asegurarse de que se encontraba bien. Seguía pensando en ella cuando la enfermera apagó la luz y se marchó.
Y seguía pensando en ella cuando, horas después, la puerta se abrió de nuevo.
No necesitó volverse para saber quién había llegado. Aquellos no eran los pasos de McGonagall, ni de ningún otro profesor. Eran pasos lentos, cautelosos, porque era ya tan tarde que el abandonar los dormitorios estaba prohibido.
El corazón le saltó en el pecho. Odiaba aquellas visitas. Las odiaba con todo su ser. Así que se volvió, dándole la espalda a la puerta.
La primera vez que aquello había ocurrido, Hermione había sentido una chispa de esperanza. Había creído que por fin las cosas empezarían a mejorar, a aclararse. Había estado convencida de que todo empezaría a cambiar, pero no había sido así. Las visitas se quedaron en eso: visitas nocturnas, clandestinas. Prohibidas. Y dolía. A pesar de todo, todavía dolía.
Los muelles del colchón se le clavaban en las costillas, pero no le importó. Mejor eso que tener que enfrentarse a él. Mejor eso que tener que volver a verle. Otra vez.
Quizá si se quedase así —quieta, con los ojos cerrados, ignorándolo—, él terminaría dándose por vencido. Quizá entonces se marcharía.
—Sé que estás despierta, Hermione.
Se sintió tentada de ignorarlo, al igual que las otras noches. Era lo más sencillo.
—Dicen que no duermes bien por las noches, así que no trates de engañarme.
¿Por qué tenía que insistir?
Ella se mordió el interior de la mejilla, en un esfuerzo por contener el grito que deseaba dejar escapar. Lo logró. Por un momento, al menos. Pero entonces él hizo algo que no había hecho hasta entonces: se sentó. Se sentó en la cama, a su lado. Hermione sintió el colchón hundirse bajo su peso y, segundos después, una mano posarse sobre su hombro.
Quiso llorar. Se apartó con toda la brusquedad que su debilidad le permitía y se incorporó, alejándose de él todo lo que la cama se lo permitía.
—¿Qué diablos quieres, Harry? —Tuvo que contenerse para no llamar la atención de la señora Pomfrey—. ¿Qué haces aquí?
La capa de invisibilidad brillaba en el suelo. Parecía plata líquida. A Hermione le traía tantos recuerdos que quiso apartarla de una patada.
Se contentó con lanzarle una mirada furibunda a él.
—Tranquila, Hermione... —La mano hizo ademán de volver a subir a su hombro y ella sintió ganas de vomitar. Los ojos verdes de Harry, tan cálidos en el pasado, le parecían fríos ahora. Su peso, el peso de su cuerpo sobre la cama, parecía lejano a pesar de la cercanía. No como el de Draco.
Hermione contuvo la náusea, pero las ganas de llorar se acentuaron. ¿Cómo podían haber llegado a aquello? ¿Cómo podía sentirse más cómoda con Draco Malfoy que con el que durante años había sido su mejor amigo? Había querido que Draco se acercase a ella, se sentase a su lado. Sin embargo, ahora solo quería que Harry se marchase, que la dejase tranquila y no volviese.
¿Por qué?
Apartó la mano de Harry, que hacía un tercer intento de alcanzarla.
¿Por qué? La respuesta era sencilla: Draco había acudido allí por voluntad propia, de frente. Harry se escondía para ir a verla, recurría a la noche y a su capa de invisibilidad.
Resultaba patéticamente evidente que Harry se avergonzaba de estar allí. Resultaba particularmente obvio que tenía que tener una razón de peso que le obligaba a acudir a ella cada cierto tiempo. Hermione solo quería saber de qué se trataba. Descubrirlo, solucionarlo, seguir con su vida. ¿Era tanto lo que pedía?
—¿Por qué estás aquí? —repitió—. ¿Por qué no me dejas en paz?
Él la miró completamente confuso.
—Quiero hablar contigo, Hermione. —La sonrisa no era del todo sincera—. Estoy cansado de esto. De esta... guerra entre nosotros.
No pudo evitarlo, resopló. Quería creerlo, de verdad que sí, pero sus acciones le habían demostrado lo contrario.
—Si fuera así, no tendrías que hacer esto. —Hizo un gesto hacia la capa—. Supongo que sigue importando más lo que Ron quiere, ¿verdad? Siempre fue así: Ron antes que yo. —No era un reproche, solo exponía los hechos.
Harry se mordió el labio inferior. No podía negar lo evidente.
—Estoy aquí, Hermione —susurró. Parecía dolido. Parecía sinceramente dolido y Hermione dudó—. ¿Es que eso no cuenta? —Dudó, pero lo cierto es que lo conocía lo suficientemente bien como para saber que Harry era más egoísta de lo que uno podía suponer de entrada. No le dolía hacerle daño a Hermione, le dolía no ser capaz de convencerla.
Sin embargo, cuando él le cogió la mano, ella ya no se apartó.
—Esto no cambia nada, Harry —contestó a pesar de todo. Le temblaba la voz, apenas de forma perceptible. Deseó con todas sus fuerzas que él no lo notase—. Es demasiado tarde.
—No, Hermione... Aún...
Pero ella no quería escucharlo. Él no tenía ni idea de lo mucho que dolía el simple hecho de tenerlo ahí delante.
Harry no lo entendía. Ni Harry, ni Ron, ni Ginny. Ninguno de ellos podía comprenderlo. No era el desprecio que le habían profesado durante años lo que dolía, no. Ni siquiera era eso. Era la injusticia. Era la facilidad con la que la habían apartado de sus vidas, abandonado.
¿Y ahora? Ahora Harry estaba ahí, esperando ser bienvenido con los brazos abiertos. Como si ella tuviera que sentirse agradecida por su compañía.
La ira la ahogaba. Apenas podía respirar.
Y, en cambio, él parecía tan calmado. Ahí de pie, sin inmutarse, sin importarle lo que su presencia significaba para ella.
Harry, que la había abandonado sin siquiera intentar entender.
Harry, que vivía feliz inmerso en toda su estúpida y bendita ignorancia.
La rabia regresó de golpe. Y le odió. En ese momento le odió por primera vez.
—¿Por qué no lo sueltas de una vez, Harry? —Se le quebró la voz—. ¿Por qué no me dices de una maldita vez qué quieres de mí? ¡Dilo para que puedas dejarme en paz!
Harry retrocedió unos centímetros, visiblemente impactado por la violencia de sus palabras, la ira contenida en ellas. Agachó la cabeza y, por un momento, Hermione estuvo segura de que había vencido. De que él iba a marcharse, en silencio, sin decir más. De que no iba a volver.
Por un momento...
Se equivocó.
Cuando Harry levantó el rostro, parecía decidido a decir lo que había ido a decir. Buscó sus ojos en medio de la penumbra y, solo cuando sus miradas se encontraron, habló:
—Ha vuelto a dolerme la cicatriz, Hermione...
Continuará...
Vale, en primer lugar decir que la historia no estaba abandonada (aunque lo pareciera). Simplemente he tenido (muuuchos) problemas de trabajo, estudios, salud y cosas de esas. Sé que parece un poco tonto, pero a veces no queda tiempo para escribir porque, desgraciadamente, no vivo de esto (risas). Así que os pido disculpas por el restraso (miles, miles de disculpas). Pero, vamos, que a la historia le queda para largo aún.
Os pido disculpas también porque (encima después de la espera) este capítulo es diminuto, pero como ya veis no toca mucha acción en esta parte. Ya vendrá.
Gracias a todos por los reviews del capítulo anterior. Lloro de emoción, creo que nunca había tenido tantos. Intentaré actualizar más seguido a partir de ahora.
