Capítulo 10 - Los vivos están muertos I

Primera parte: Pardon My Past

Hermione se detuvo frente a la chimenea, llena de dudas.

Ignoró a propósito el botecito que la directora McGonagall le ofrecía y agachó la cabeza. Su mirada se detuvo en sus manos, aferradas a la parte delantera de su blusa blanca. Las llamas, de un intenso color esmeralda, arrojaban un resplandor enfermizo sobre su piel.

—No creo que sea una buena idea —repitió por enésima vez. El olor del fuego le hacía cosquillas en la nariz—. Debería quedarme aquí.

La mano de Pansy se posó en su hombro muy suavemente, apenas notaba la presión de su contacto.

—No seas tonta.

Sabía que Pansy pretendía ser amable con ella, convencerla, pero lo cierto es que nada de lo que su amiga dijera en ese momento podría hacerla sentir mejor. Nada podría hacer que cambiara de opinión.

—Yo no ningún tengo derecho a ir, Pansy —musitó entre dientes. Apretaba tan fuerte la mandíbula que empezó a dolerle—. Y lo sabes.

Había perdido la cuenta de las veces que esa misma conversación se había repetido a lo largo de las últimas horas, siempre con el mismo resultado. Sin embargo, aquella era la primera vez que la directora intervenía.

—La señora Malfoy ha solicitado expresamente la presencia en su casa de todos —recalcó la palabra— los amigos del señor Malfoy.

Tuvo que controlarse para no resoplar. No quería faltarle al respeto a la profesora McGonagall y, no obstante, sus palabras la irritaban sobre manera porque la petición de Narcissa Malfoy no le resultaba en absoluto desconocida. Lo que ninguno de los demás parecía comprender es que, con esas palabras, era imposible que Narcissa se refiriera a ella. Probablemente ni siquiera estuviera al tanto de la relación que había entre ella y su hijo.

Si Narcissa Malfoy la veía salir de su chimenea, le daría un infarto. O intentaría matarla. Sí, probablemente intentaría matarla.

Hermione tragó saliva. La directora le había acercado más la cajita de polvos flu. La tenía delante de las narices. No podía seguir ignorándola sin más.

—Yo iré primero. —Fue Theo quien se apiadó de ella. Se acercó con pasos calmados, lentos, y una expresión imperturbable en el rostro, tan serio como de costumbre—. ¿Profesora?

La directora le dirigió una fugaz sonrisa mientras volvía el botecito hacia él. Theo cogió un diminuto pellizco. Las llamas danzaron a su alrededor, lamiendo sin quemar los bajos de su túnica, cuando él se introdujo en la chimenea. Sus pasos, aunque suaves y calmados, levantaron una nube de cenizas.

Hermione tuvo que parpadear para protegerse; la voz de Theo retumbó en el interior de la chimenea. Luego, un zumbido y una aspiración. Cuando Hermione abrió los ojos de nuevo, del chico ya no quedaba ni rastro. Durante una fracción de segundo, las llamas se arremolinaron con fuerza, golpeando las paredes de piedra negra. Luego, se calmó y Hermione supo que había llegado su turno.

El botecito estaba casi vacío, así que tuvo que meter la mano hasta el fondo para poder agarrar un pellizquito. Los polvos flu tenían un curioso tacto arenoso que Hermione conocía bien. Entró en la chimenea, se aseguró de tener los codos bien pegados al cuerpo y —antes de poder arrepentirse y salir corriendo— dejó caer los polvos.

—¡Mansión Malfoy! —exclamó, con toda la vehemencia y claridad de las que fue capaces, que no fueron muchas, porque acabó atragantándose. No a causa de la ceniza, sino del pánico.

El fuego le lamió los tobillos una última vez antes de ser aspirada conducto arriba y, mientras veía girar frente a sus ojos decenas de las escenas que tenían lugar al otro lado de la Red Flu, Hermione pensó que no estaría tan mal salir por la chimenea equivocada. Al fin y al cabo, Pansy no podría reprocharle nada si encima se perdía.

Lamentablemente, no hubo suerte.

Hermione salió despedida de la chimenea —polvos flu, trasladores, escobas... no acababa de cogerle el tranquillo a la mayoría de los transportes mágicos— y aterrizó sobre algo mullido que, en cuanto abrió los ojos, reconoció como una lujosa alfombra bordada. Una lujosa alfombra que ella estaba poniendo perdida.

Se levantó de un salto, tan rápidamente que estuvo a punto de caer, y lo que vio la dejó sin aliento. La habitación —de un tamaño inmenso, casi más grande que toda la planta baja de la casa de sus padres— estaba ricamente decorada con abundantes terciopelos y maderas nobles. Y las escaleras, que se abrían amplísimas justo delante de ella, parecían más propias de un palacio que de una casa particular.

Las mesas, los cuadros, las alfombras... Todo allí exudaba riqueza y poder. Todo.

Hermione se sintió fuera de lugar. Sintio como la garganta se le cerraba. Porque, allí, daba miedo hasta respirar.

¿Una sangre sucia contaminando con su presencia el hogar de los Malfoy? Quiso salir corriendo. Quiso huir, pero sabía que no había lugar en el que pudiera esconderse.

A su espalda, el crepitar del fuego se hizo más intenso y, un par de segundos más tarde, la tos de Pansy retumbó en el interior de la inmensa chimenea.

—Estas malditas cenizas... —Hermione escuchó como se sacudía la capa en un vano intento de eliminar la suciedad.

La voz de Pansy, pareció convocar las peores pesadillas de Hermione:

—Aquí estáis. —Narcissa Malfoy apareció de la nada, por una puerta de madera oscura que había al final de la sala, casi en una esquina.

Hermione tragó salva e instintivamente se encogió, tratando de pasar desapercibida.

—Disculpad el retraso. —No dio muestras de haber reparado en su presencia—. Los preparativos de la fiesta requieren más tiempo del que me gustaría dedicarles.

De cabellos imposiblemente rubios, perfectamente recogidos, y piel pálida, Narcissa Malfoy guardaba un parecido asombroso con su hijo. Seguía siendo la misma mujer imponente y, al mismo tiempo, había en ella algo radicalmente distinto. Ahí seguía su expresión lánguida, sus párpados ligeramente caídos —que hicieron que Hermione recordara de inmediato a su hermana—, y la rigidez de su espalda.

Y, sin embargo, había algo más. O algo menos.

Hermione se dio cuenta de que esa perpetua mueca de asco, la forma en que la mujer siempre arrugaba la nariz con desprecio, había desaparecido. En su lugar habían aparecido las arrugas, todavía finas y delicadas, pero prematuras en una mujer de su edad.

Narcissa se acercaba a ellos. Se movía con pasos lentos, calculados. Su larga túnica color verde botella ondeaba a su paso. Seguía siendo una mujer elegante, a pesar de todo.

Todavía no la había mirado siquiera.

Hermione no sabía si aquello era bueno o malo. Puede que no la reconociera...

Intentando aliviar la tensión que sentía, se obligó a apartar la mirada de la mujer. La paseó por la enorme mesa de comedor, los rígidos sillones de respaldo alto. Siguió subiendo por las escaleras...

Y ahí estaba Draco. En el piso superior, reclinado contra el pasamanos, con los brazos apoyados en él, y observando la escena con un fastidio nada disimulado.

Se obligó a apartar la mirada. Desde esa altura, con su actitud displicente y lejana, Draco la hacía sentir muy pequeña.

Narcissa ya se había detenido frente al chico, el más cercano a la puerta por la que ella había entrado.

—Theo, querido —le dijo, posándole una mano sobre el hombro—. Bienvenido.

—Gracias, señora Malfoy. —La sonrisa de Theo era amplísima y genuina cuando se inclinó para besarla en ambas mejillas. A Hermione le sorprendió la familiaridad de aquel gesto.

Pero también Narcissa sonreía. Sonreía con una sonrisa diminuta que, no obstante, resaltaba sobre todo lo demás. Quizá porque la hacía parecer otra persona.

—¡Señora Malfoy! —Pansy no tardó mucho en hacerse notar. Adelantando a Hermione, se acercó a la señora de la casa y, sin preguntar, la envolvió en un fuerte abrazo nada propio de ella.

—Me alegro de verte, Pansy —murmuró contra el cabello de su amiga, estrechándola entre sus brazos. Su voz era sorprendentemente cálida—. Es un placer tenerte de vuelta.

El abrazo no duró más que un instante, pero fue suficiente. Suficiente para hacer pensar a Hermione que, quizá —al igual que había ocurrido con Pansy—, Narcissa había cambiado. Quizá hubiera algo más detrás de esa frialdad que ella recordaba tan claramente.

Tragó saliva. Pronto lo descubriría.

Las rodillas empezaron a temblarle cuando, por fin, la señora Malfoy se volvió hacia ella. Hermione la vio moverse como a cámara lenta, en un segundo eterno que pareció alargarse y alargarse y alargarse...

Aguardó su destino con el corazón en un puño y los dedos firmemente cerrados en torno a la varita, dentro del bolsillo.

¿La echaría a patadas? ¿Le lanzaría un maleficio? Y, en ese caso, ¿intentaría Pansy al menos protegerla?

Narcissa se detuvo a tres pasos de ella. Demasiado cerca como para que Hermione se sintiera cómoda, demasiado lejos como para considerarlo una buena señal.

Pero ¿es que acaso en algún momento se le había pasado por la cabeza que Narcissa fuera a admitirla en su casa sin más?

Tragó una vez más. La mano que aferraba la varita empezó a sudarle.

—Hermione Granger —habló, finalmente, Narcissa. Pronunció su nombre muy despacio, casi con cuidado, como si fuera un animal peligroso que había que tratar con cautela.

Intentó responder, pero se le había secado la garganta.

¿Desde cuándo esa mujer le daba tanto miedo? En el pasado habría sido capaz de enfrentarse a ella sin pestañear. ¿Y ahora? Ahora no podía ni hablar en su presencia.

¿Por qué?

Porque, en el fondo, Hermione sabía que si ella no la aceptaba, no tendría ningún otro lugar al que volver.

Aguardó, con el corazón en un puño. Esperaba ver aparecer la varita en la mano de la mujer en cualquier momento. Esperaba odio, gritos, golpes. Dolor.

Pero la varita no apareció. En su lugar, Narcissa hizo cuatro cosas que la sorprendieron. Cuatro cosas que Hermione nunca podría haber imaginado por parte de aquella mujer.

En primer lugar, le sonrió. Con una sonrisa delicada que parecía a punto de quebrarse en cualquier momento. Y que, sin embargo, era verdadera. Tan verdadera que alcanzaba sus ojos, de un perfecto y brillante color azul hielo.

En segundo lugar, se le acercó. Tanto, que Hermione se sintió tentada de dar un paso atrás. No tuvo tiempo.

En tercer lugar, le cogió la mano. Y la apretó con fuerza. Sin un solo gesto de repugnancia. Sin hacer mención alguna a su sangre inmunda.

Hermione desvió la mirada hacia abajo, hacia sus manos unidas, incapaz de creer lo que veía. ¿Estaría soñando? Los dedos de Narcissa, tan largos y delicados como los de su hijo —¿por qué diablos sabía ella cómo eran los dedos de Draco?—, y la frialdad de su piel parecían muy reales. Demasiado reales.

Pero, si todo aquello sorprendió a Hermione, lo que ocurrió a continuación la desarmó por completo.

Porque, en cuarto lugar, Narcissa lloró. Una única lágrima se deslizó desde el rabillo de su ojo derecho, perdiéndose mejilla abajo. Y, a continuación, le habló:

—Gracias —susurró con una voz rota, cargada de emoción, que no parecía provenir de su interior—. Gracias —repitió. Y le dio un apretón en la mano, que no había soltado.

—¿Gra... cias? —Hubiera deseado ser más elocuente, pero se había quedado sin palabras.

Pero Narcissa no pareció molesta por su torpeza. Inclinó la cabeza en su dirección.

—Gracias por salvarle la vida a Draco —le respondió sin miedo, con una sinceridad apabullante—. Te debo mucho más de lo que nunca podré pagarte. —La vio tragar saliva con fuerza, la frágil nuez agitándose en su garganta—. Después de todo lo que mi familia y yo te hemos hecho...

Hermione sintio como la sangre se le subía a las mejillas.

—Espero que algún día... puedas disculparnos.

La habitación empezó a dar vueltas. No había utilizado la palabra perdón, pero sus palabras fueron suficientes para que Hermione se sintiera mareada.

Gracias por salvarle la vida a Draco.

Gracias por salvarle la vida a Pansy.

Aquellas palabras eran cada vez más difíciles de asimilar. ¿Primero Theodore Nott? ¿Y ahora Narcissa Malfoy?

¿Cómo había llegado a eso? ¿Por qué estaba en esa casa —en la que solo unos años atrás había sufrido la primera tortura de su vida— rodeada de gente que en otra época la había odiado?

No lo sabía.

Gracias por salvarle la vida a Draco.

No lo sabía, pero hacía que se sintiera bien.

—¿La directora McGonagall le ha contado lo que pasó? —preguntó, con un hilo de voz y su mano izquierda todavía entre las de Narcissa. Optó a propósito por ignorar la parte de las disculpas.

La madre de Draco asintió muy lentamente. De forma inconsciente había fruncido los labios. La sonrisa había desaparecido y la preocupación, que hasta entonces había permanecido agazapada, tomó posesión de cada uno de sus rasgos.

—En realidad, fue gracias a Pansy y Theo que... —Pero no llegó a terminar la frase.

Porque fue en ese momento cuando Hermione entendió que, por encima de todas las cosas, Narcissa Malfoy quería a su hijo. Que sentía hacia él un amor puro e incondicional. Un amor por el que había matado y torturado en el pasado. Un amor por el que había cometido atrocidades durante años.

Y, sin embargo, era ese mismo amor el que ahora le estaba abriendo a ella las puertas de la Mansión Malfoy.

De pronto, quiso llorar. Porque ella ya no sabía lo que era ese tipo de amor. Ella ya no tenía amor. No lo tendría nunca.

—Fue gracias a ti. —La voz de Narcissa fue lo único que impidió que Hermione se rompiera en ese preciso momento—. De no ser por ti, Draco... —Otra lágrima.

Hermione quería que la soltara. A pesar de lo frías que estaban sus manos, su tacto parecía arder.

Alzó el rostro y se encontró con los ojos de Narcissa fijos en ella. La miraba con intensidad, como si quisiera mirar dentro de ella, atravesarla de arriba abajo.

Sin soltarle la mano, sus labios se movieron una vez más:

—Es la segunda vez que le salvas la vida.

Segunda parte: Blood in Blood Is Repaid

Draco apretó la carta entre las manos una vez más. Su color negro era tan intenso que daba la impresión de ser capaz hasta de absorber la luz que lo rodeaba.

A pesar de que ya no le servía de nada, no se sentía capaz de tirarla. No, hasta que todo terminase.

La miró otra vez, con un profundo odio. Odiaba el estúpido pergamino y odiaba las palabras escritas en él. Odiaba el color del papel y el tono plateado del sello. Pero, por encima de todo, odiaba lo que representaba. Lo que significaba.

El día que había recibido la carta —en aquel extraño momento en la enfermería, junto a Granger—, Draco no había necesitado abrir el sobre para conocer su contenido porque recordaba con absoluta perfección aquel otro día, más de una década atrás, en que otra nota idéntica le había sido entregada a su padre.

Lucius Malfoy había cogido el sobre con cautela y una expresión prácticamente indescifrable. Prácticamente, porque durante un efímero instante había sido incapaz de contener una pequeña sonrisa de satisfacción. En cuestión de horas había dispuesto todo lo necesario para el traslado a la casa principal, la misma Mansión Malfoy en la que se encontraban entonces.

Ven, Draco, le había dicho nada más llegar. Y Draco, a pesar de tener solo cinco años, a pesar de no tener ni idea de qué estaba ocurriendo, había obedecido. Siempre obedecía.

Cuando llegaron a la habitación principal, el cuerpo de su abuelo ya estaba frío. Nadie lo velaba. Nadie.

Draco había sentido ganas de llorar. Había tenido que morderse la lengua para lograr contener el llanto. No quería que Lucius volviera a castigarlo.

Su padre se había acercado al irreconocible cuerpo de Abraxas Malfoy. Su abuelo había sido un hombre imponente en otra época, pero la viruela de dragón había hecho estragos en él: la piel había adquirido un desagradable tono verdoso e infinidad de pústulas y marcas desfiguraban sus rasgos.

Draco cerró los ojos, incapaz de detener el recuerdo que, imparable, se habría paso en su mente.

—Así que por fin habéis llegado.

Sybella Malfoy era tan silenciosa que ni Draco ni su padre la habían oído llegar.

—Madre —saludó Lucius, tenso.

Inconscientemente, Draco dio un paso atrás. Su abuela era una mujer aterradora; su largo cabello blanco era el único testigo de su avanzada edad. La piel, por el contrario, era relativamente lisa, carente de arrugas. A Draco siempre le había recordado a una de las hechiceras de los cuentos que su madre le leía por las noches, cuando era pequeño.

—¿Y bien? —Sybella entró en la habitación. Con pasos elegantes, gráciles, se acercó a la cama. No le dirigió una sola mirada al cuerpo exánime de su marido. No había lugar para la pena en su interior—. ¿Vas a hacerlo?

Lucius no respondió, pero avanzó hacia el cadáver. Se detuvo al otro lado de la cama; el mar de sábanas y el cuerpo del difunto Abraxas lo separaban de su madre.

El pequeño Draco se quedó solo en medio de la habitación, aterrado y sin tener ni idea de qué hacer. Paseó la mirada desde Sybella a Lucius, ignorando a propósito el terrible aspecto de su abuelo. En ese momento, Lucius cogía la varita de Abraxas de la mesilla de noche, una varita larga, de madera tan oscura que parecía negra.

Con un rápido giro de muñeca, Lucius desgarró las vestiduras del que hasta entonces había sido el cabeza de la familia. La varita de Abraxas le obedecía.

Su padre acercó la varita al pecho ahora desnudo del cadáver. La punta se posó sobre la piel, justo sobre el corazón, y de inmediato ardió con un fulgor rojizo. Allí donde se posaba, la madera provocaba una ardiente quemadura que centelleaba con luz propia. A pesar de la distancia, Draco pronto notó el hedor de la carne chamuscada.

No pasa nada. No pasa nada, se decía. No llores, suplicaba.

Quería apartar la mirada, pero —aunque Lucius estaba demasiado concentrado en su tarea como para prestarle atención— Draco sabía que su abuela lo vigilaba. Si dudaba, su castigo sería incluso más terrible que el que su padre pudiera infligirle.

Su padre había trazado un círculo resplandeciente sobre el corazón de Abraxas. Draco no podía comprender su propósito, pero deseaba que aquello terminase cuanto antes. Por eso, cuando el centelleo se apagó, estuvo a punto de dejar escapar un pequeño suspiro de alivio.

Seguro de que el extraño ritual había llegado a su fin, Draco dio un par de pasos en dirección a su padre. Trataba de aparentar un valor del que carecía.

—¿Padre? —Se atrevió a preguntar, pero Lucius no dio muestras de haberlo escuchado. Toda su atención seguía pendiente del extraño círculo. También la de su abuela.

Horrorizado, Draco se dio cuenta de que aquello no había terminado. El resplandor brillante había sido reemplazado por una nubosa oscuridad, una especie de niebla que se alzaba desde la herida que su abuelo tenía en el pecho. La niebla ascendió hasta la mano de Lucius, enroscándose alrededor de la varita, y Draco se dio cuenta de que había tomado la forma de una serpiente que, con cada centímetro que avanzaba, se volvía más sólida. La punta de la cola seguía unida a la herida de Abraxas.

El grito de Draco murió en su garganta: el animal había terminado de ascender y, tras dar un par de vueltas alrededor de la muñeca de su padre, había clavado sus punzantes colmillos en la pálida piel de Lucius. La sangre manó a borbotones, a pesar de lo finos que eran los dientes de la serpiente.

—El uróboros, Draco —explicó su abuela plácidamente—, es el símbolo de lo eterno. El ciclo infinito.

Draco escuchaba la voz de Sybella, pero era incapaz de volverse hacia ella. No podía apartar la mirada de la serpiente. La sangre de su padre resbalaba por la madera de la varita, hasta el pecho de su abuelo. Su olor metálico, unido al de la carne abrasada, amenazaba con ahogarlo.

—Esto es lo que los Malfoy somos, Draco. Somos eternos. —La voz de su abuela quemaba. Empezaba a marearse—. Y por eso, Draco, siempre debe haber un cabeza de familia. No lo olvides nunca.

Cuando la primera gota de sangre de Lucius cayó sobre la herida de su abuelo, la serpiente siseó. El olor a carne quemada se intensificó de repente y Draco se dio cuenta de que el círculo sobre la piel de Abraxas parecía haberse hecho más profundo: se tiñó de un color rojo intenso al principio y, poco después, la sangre comenzó a fluir.

La serpiente se retiró entonces, hacia el interior del cuerpo de Abraxas. Mientras resbalaba a lo largo de la varita llena de sangre fue perdiendo solidez, en el proceso contrario al que había tenido lugar apenas unos minutos antes, y cuando la cabeza tocó el pecho del viejo Malfoy se deshizo en un mar de niebla.

La sangre de Lucius y la de Abraxas se mezclaron. Draco sintió la náusea subiéndole a la ganganta.

La carne que quedaba dentro del círculo trazado con magia empezó a deshacerse entonces frente a los atónitos ojos de Draco, que estaba a punto de desmayarse a causa del hedor. Se volvió de un preocupante color negruzco, similar al del carbón.

Lucius Malfoy sudaba. La frente le brillaba y Draco pudo ver una pequeña gota deslizándose por su sien. La varita había empezado a vibrar en su mano.

Draco creyó que iba a escapársele de entre los dedos. Rezó en silencio para que así fuese. Para que aquello acabase y el espantoso olor se desvaneciese.

La vibración aumentó de intensidad. Su padre aferraba la varita cada vez con más fuerza. Los dedos se le habían quedado completamente blancos.

Más fuerte. Y más y más...

La varita de Abraxas Malfoy se quebró con un chasquido sordo.

El pequeño Draco dejó escapar un gemido. Estaba seguro de que su padre había cometido un error imperdonable. Pronto comprendió que estaba equivocado.

—Está hecho. —Sybella parecía satisfecha—. Ahora tú eres el cabeza de familia, Lucius. No me defraudes.

Draco se encogió ante las palabras de su abuela, pero Lucius pareció conforme. Agachó la cabeza apenas, sin decir palabra.

Con movimientos secos, Sybella se envolvió más en su túnica y Draco supo que aquello había al fin terminado. Su abuela salió de la habitación tal y como había entrado, sin dirigirle ni una sola mirada al fallecido. Pasó junto a Draco sin prestarle la más mínima atención y, cuando sus pasos se perdieron al fondo del pasillo, el pequeño Draco sintió que le quitaban un peso de encima. Inspiró hondo, profundamente aliviado.

Craso error. El hedor lo envolvió por completo.

En el mismo instante en que Lucius utilizaba su propia varita para hacer arder la de Abraxas, Draco vomitó sobre la alfombra. No pudo evitarlo.

Aunque, por lo menos, no lloró.

El castigo había sido terrible. Draco todavía temblaba al recordarlo: a pesar de las muchas torturas a las que había sido sometido en los años posteriores, aquella en particular parecía grabada a fuego en su mente. Casi todos los demás recuerdos de aquella época se habían desvanecido, pero aquel perduraba con absoluta claridad.

Miró la estúpida carta con odio. La carta que cada día le recordaba que pronto tendría que someterse él mismo al ritual. Su padre no había muerto aún, pero todos ellos que no le quedaba mucho tiempo; Narcissa Malfoy había escrito la breve nota el día en que los sanadores de San Mungo habían desahuciado a Lucius.

Golpeó la pared con el puño cerrado. Estaba enfadado consigo mismo, terriblemente enfadado.

Tiempo atrás se había jurado a sí mismo que jamás regresaría a esa casa. Que jamás tomaría el lugar de su padre al frente de la familia. Y, sin embargo, allí estaba. En casa de nuevo.

Draco sabía qué le había hecho cambiar de opinión: su madre.

Lucius Malfoy podía haber sido un asesino, un desgraciado, podía haber arruinado sus vidas casi sin remedio, pero el corazón de Narcissa no albergaba rencor alguno hacia él. Solo amor. Un amor tan intenso y violento que todavía sorprendía a Draco cada día.

Semana a semana, mes a mes, Draco había visto languidecer a su madre. Consumirse a medida que Lucius iba perdiendo la cordura, alejándose más y más de la realidad.

¿Qué sería de Narcissa cuando...?

—¡Amo Draco! ¡Amo Draco! —La chirriante voz de la elfina doméstica se escuchó antes que sus rápidos pasitos—. ¡Amo Draco! —repitió unos segundos después, asomando su larguirucha nariz por la puerta. Tenía los ojos abiertos de par en par a causa del pánico.

A Draco el corazón le empezó a latir a mayor velocidad. ¿Su madre...?

—¿Qué ha ocurrido, Dilli? —preguntó con brusquedad, acercándose a la elfina rápidamente—. ¿Qué ha pasado?

Ella gimió.

—¡Es el amo Lucius! —explicó, con una voz tan chillona que Draco apenas sí distinguió el nombre de su padre.

El alivio que sintió fue instantáneo. Lo que le ocurriese a Lucius le importaba una mierda. Podía morirse en ese preciso instante y Draco no sentiría nada. Nada, excepto miedo.

Bufó. Quiso quedarse allí parado, maldiciendo su situación, su vida, su impotencia. Quiso hacerlo, pero sabía que no podía porque Narcissa nunca se lo perdonaría. Así que echó a correr hacia el cuarto que ocupaba su padre, con Dilli pisándole los talones.

—¡Se puso...! ¡Se puso a gritar...! ¡...amo Draco! —trataba de explicar la elfina entre jadeos a causa de la carrera—. ¡De repente, amo...!

Efectivamente, los alaridos de Lucius Malfoy se escuchaban desde el final del larguísimo pasillo.

—¿Lo ve...? ¿...amo?

Draco hubiera deseado que Dilli cerrase la boca. Era insoportable escucharla hablar.

Cuando llegó a la habitación de su padre —la última de la planta—, Draco no se permitió dudar porque sabía que, si lo hacía, ya no sería capaz de atravesar esa puerta.

Entró como un huracán, con la varita en la mano y listo para usarla.

Allí no había nadie más —a excepción de su padre. Ni siquiera Narcissa. Draco comprendió que no debían haber regresado de su excursión al Callejón Diagón. Por eso Dilli había corrido a buscarlo a él.

Lucius se retorcía en la cama con una violencia impensable. Sábana, mantas y almohadones habían caído ya al suelo; su padre se mantenía sobre el colchón tan solo gracias a las gruesas cuerdas que rodeaban sus muñecas y tobillos. Por lo poco que Draco sabía, Narcissa había intentado retirar las ataduras, pero había resultado imposible. El hechizo que las mantenía en su lugar no podía romperse a la fuerza.

En el fondo, Draco daba gracias por ello. Los sanadores habían sido muy claros: la vigilancia sobre Lucius Malfoy debía ser constante. Ya no podían hacer nada por él —ni en San Mungo ni en ningún otro lugar—, por eso habían permitido que regresase a casa. Para morir en (relativa) paz. Pero hasta entonces...

Lucius era un peligro, tanto para sí mismo como para los que lo rodeaban.

Draco había presenciado antes aquellos ataques. Por suerte o por desgracia, su padre no se estaba muriendo.

Reaccionó rápido.

—¡La poción, Dilli! —gritó, mientras trataba de sujetar a su padre por los hombros. Estaba tan flaco que podía notar los huesos perfectamente bajo sus dedos.

Escuchó los pasos apresurados a su espalda. Luego, el casquido de los cristales al entrechocar unos contra otros.

—¡Aquí está, amo! —exclamó ella tendiéndole un diminuto bote color púrpura. La pócima que Lucius tenía que tomarse a diario.

Gruñó.

—¡Esa no, por Merlín! —La elfina se encogió visiblemente ante su tono—. ¡La verde! ¡Espabila!

La escuchó gimotear y supo que ya estaría pensando unas cuantas maneras de castigarse a sí misma. No le importó.

Empujó a su padre contra el colchón, sin miramientos. Lucius se revolvía como una bestia salvaje, gritando cosas incomprensibles y con los ojos —que miraban sin ver, traspasándole sin reconocerle— inyectados en sangre. El pelo, aunque seguía llevándolo largo, estaba enredado y se le había caído en algunas zonas. O se lo había arrancado.

—¡Aquí la tengo, amo! —Dilli se encaramó a la cama de un brinco al tiempo que quitaba el tapón de corcho del frasco.

—¡Bien...! —Ahora era él el que jadeaba.

A pesar de la fragilidad de su padre, tenía que emplear todas sus energías para sujetarlo. Draco empezaba a cansarse.

Con mucho esfuerzo y sin saber muy bien cómo, logró aprisionar la mandíbula de Lucius. Le forzó entonces a abrirla, clavándole las puntas de los dedos con violencia. Su padre gritaba, escupía, trataba de morderle, pero Draco no lo dejó ir.

—¡Ahora, por Circe! —gritó—. ¿A qué esperas?

La elfina se apresuró a vaciar el contenido de la poción en la boca de Lucius. Él se atragantaba y tosía y la mayor parte de la pócima acabó resbalando por su mandíbula, empapando el colchón.

—¡Draco!

Oh, joder.

De no haber sido porque tenía que seguir sujetando a su padre, Draco se habría vuelto hacia la puerta como un resorte.

—¿Qué diablos haces aquí? —exclamó, en cambio, sin volverse hacia la puerta. Porque, por supuesto, reconocería esa voz en cualquier lugar.

No obtuvo respuesta. Nada.

Hasta que ella apareció súbitamente a su lado y agarró las muñecas de Lucius que, a pesar de estar atado, hacía grandes esfuerzos por arañar a su hijo. Su brazo derecho estaba lleno ya de marcadas líneas rojizas que escocían una barbaridad.

—¿Qué demonios haces, Granger? —vociferó, justo en su oreja.

De nuevo, nada.

Granger parecía completamente concentrada en la tarea de retener a Lucius contra el colchón. Frente a ellos, Dilli se retorcía las manos nerviosa, sin saber qué hacer.

Draco estaba a punto de gritarle que, si no pensaba ayudar, por lo menos se largase a hacer algo útil, cuando los forcejeos de su padre empezaron a remitir. Bendita poción.

Lucius fue perdiendo fuerza rápidamente. Intentó morderle una última vez, se sacudió un par de veces y, por fin, cayó rendido sobre la cama, con el cuerpo completamente relajado. Su respiración era profunda. Dormía.

—¡Lo ha conseguido, amo Draco! —Dilli chilló de felicidad, pero lo único que consiguió fue que Draco la mirase con odio.

—Esfúmate —le dijo, entre dientes, mientras se dejaba caer en el suelo, completamente agotado. La elfina hizo una mueca lastimera, pero obedeció al instante. Desapareció con un suave plof.

Draco se recostó contra la cama, respirando profundamente. Estaba seguro que Granger iba a recriminarle la manera en que había tratado a Dilli. Igual hasta le echaba una charla de esas con las que en el pasado había aburrido a todos en el colegio. Pero, sorprendentemente, no hubo nada de eso.

Curioso, alzó el rostro hacia ella. Granger ni siquiera lo miraba. Estaba demasiado pendiente de su padre.

De inmediato, se sintió incómodo. Fue terriblemente consciente de la situación. La sangre se le subió a las mejillas, lo notó.

—¿Qué haces aquí? —ladró, poniéndose en pie de un salto.

En esa ocasión, ella sí que lo miró, ladeando la cabeza hacia él.

—Oí los gritos. —Se encogió de hombros suavemente—. No estaba segura de si había alguien más en la casa. Yo solo quería ayudar...

Ella y su estúpida manía de querer hacer el bien.

—No tenías derecho a meter las narices aquí —escupió.

Sentía la rabia crecer en su interior. No podía pararla.

Quería sacar a Granger de allí, a rastras. Quería que ella olvidara lo que había visto. Pero él no se movió y, al principio, tampoco lo hizo ella.

Luego, tras comprobar que él no pensaba dar el siguiente paso, muy lentamente, Hermione se agachó a recoger las mantas que Lucius había tirado al suelo. Tuvo que dar un tirón, porque Draco las estaba pisando.

—¿Qué haces? —preguntó estupefacto, paseando la mirada desde su rostro a sus manos.

Ella echó las mantas sobre la cama, sobre el cuerpo inerte de Lucius. Tapándolo.

Intentaba estirarlas, pero no lo logró. Draco la detuvo. Sus dedos se cerraron con fuerza en torno a su brazo, deteniéndola en el acto.

—¿Qué crees que estás haciendo? —De un tirón, la obligó a incorporarse, a mirarlo a la cara. Había ira no contenida en su voz. Violencia.

Granger parpadeó. Parecía perdida, confusa. Lo miraba con una expresión que él no era incapaz de identficar.

—Solo quería ayudar —repitió entonces.

Hablaba tan bajo que Draco apenas podía escucharla, a pesar de que estaba cerca. Muy cerca de ella.

—Lo siento.

¿Por qué? ¿Por qué tenía que decir que lo sentía?

Draco agachó la cabeza. Se fijó en su mano, que rodeaba el delicado brazo de Granger. Apretaba tan fuerte que ya le había dejado unas marcas rojas. Recordó las marcas, los cardenales en su garganta donde él mismo había apretado.

Una vez más se sintió culpable.

Toda su rabia se desinfló de golpe. La soltó. De improviso, como si quemase. Porque, en el fondo, sabía que Granger no tenía la culpa. Sabía que no era ella lo que le molestaba.

—¿Por qué haces esto? —susurró. Había algo en la actitud de Granger que dolía, que resultaba angustioso. ¿Por qué era tan buena? ¿Tan... pura? —¿Por qué te preocupas por él?

Suspiró.

—¿Por qué no iba a hacerlo? —Los labios le temblaban—. Está enfermo, Draco. Se merece...

—¡No! —Sus sentimientos parecían haberse subido a una jodida montaña rusa—. ¡No se merece nada, Granger! ¡Nada!

Ella intentó acercase a él. Extendió la mano, como queriendo tocarlo. La rechazó. Dio un paso atrás. No quería su compasión.

—¡No se merece estar aquí! —Tenía la respiración agitada—. ¡Debería haberse muerto en Azkaban!

En cuanto lo dijo, se sintió más tranquilo. Porque era lo que pensaba, lo que deseaba en lo más profundo de su ser.

Ojalá su padre hubiera muerto, como tantos otros. De esa forma, su madre no habría tenido que soportar esa tortura. Y él, con toda seguridad, no tendría que hacer una elección que no deseaba.

—No tienes ni idea de lo que dices... —Su murmullo fue tan suave que, de no ser por el dolor profundo, lacerante, que había en él, Draco habría pensado que lo había imaginado.

Granger tenía los ojos brillantes. Pero lo miraba a él, no a su padre. Lo miraba buscando entenderlo. Sin juzgarlo.

Y, de pronto, gracias a aquella mirada, Draco supo qué era lo que más le dolía de todo aquello.

Era él mismo. Era la admiración ciega que había sentido por un hombre que los había llevado a la ruina y que ni siquiera había sido lo suficientemente fuerte como para soportar las consecuencias.

Draco se avergonzaba de su padre.

Fue toda una revelación; le golpeó como un rayo. Hasta entonces Draco había odiado a su padre, había deseado no haberse criado con él, había detestado el parecido que los unía. Pero nunca se había avergonzado de él.

Hasta ese momento. Porque en ese momento Draco no podía evitar preguntarse cómo vería las cosas Granger desde su perspectiva. Qué vería ella cuando miraba a Lucius en ese instante.

Un guiñapo. Eso era todo lo que quedaba de Lucius Malfoy. Un cascarón vacío, hueco, completamente consumido.

Un hombre que no reconocía a su familia.

Un hombre que había perdido todo rastro de cordura.

Un hombre que había intentado matar a su propio hijo.

—¿Draco?

Un escalofrío le recorrió la espalda. Le gustaba cómo pronunciaba su nombre. Con suavidad, con duda.

Granger lo trajo de vuelta a la realidad. Por poco que le gustase a Draco, ella era un ancla en ese instante de miedo.

—No importa —replicó tras un momento, vacilante—. No importa. Ya lo sabías, ¿no?

Ella lo miraba en silencio, con esos enormes ojos castaños. Anodinos, pero brillantes.

—Llevas aquí casi una semana, así que tenías que saberlo. —Fue como quitar un tapón; en cuanto pronunció la primera palabra, Draco supo que ya no sería capaz de retener el torrente que llevaba dentro—. ¿Quién te lo dijo? ¿Pansy? Apuesto a que sí.

—Draco...

—¿Te dijo qué era lo que decía la carta? —gimió—. ¿Te explicó que esa era la forma en que tenía que enterarme de que mi padre se estaba muriendo?

Porque —oh, sí— la bocazas de Pansy conocía la existencia de aquel jodido ritual. Sabía, tan bien como el propio Draco, que pronto él tendría que tomar el lugar al frente de la familia.

—Draco... —Granger trató de interrumpirlo por segunda vez, pero él no podía callar.

—¿Te contó que se había vuelto completamente loco? ¿Que ha estado internado en San Mungo desde que salió de Azkaban?

No se dio cuenta de que estaba llorando hasta que la primera lágrima le rozó los labios. Su sabor salado fue como un terremoto que lo sacudió por dentro.

Por Merlín. Estaba llorando. Él. Delante de Granger.

Pero ella no lo miraba con lástima. Dio un paso hacia él y, en esa ocasión, Draco no retrocedió.

Tenía que salir de allí. Se ahogaba.

Granger pareció comprenderlo sin necesidad de palabras.

—Ven —le dijo. Y su mano agarró la suya. Se cerró con fuerza y Draco ya no pudo liberarse. O no quiso.

Se dejó llevar, se dejó arrastrar lejos de la habitación de su padre, lejos de esa cama llena de dolor y temores. Siguió los pasos de Granger sin saber a dónde iba, con la vista nublada por las estúpidas lágrimas retenidas. No dejó que ni una sola más cayera.

Se sentía como un niño. Perdido e indefenso. Y la mano de Granger era seguridad.

No supo a dónde lo había llevado hasta que se encontró dentro de su cuarto y le obligó a sentarse en la cama. No le había soltado la mano.

—¿Quieres algo? —Le preguntó, con calma, y Draco tuvo que parpadear un par de veces para poder distinguir su rostro con claridad.

—Whisky. —No tuvo ni que pensarlo. Solo señaló con la cabeza hacia su mesilla, donde había una botella grande, casi entera, y un único vaso.

Tampoco hubo protestas. Granger se levantó, liberando su mano al fin, y él sintió frío en los dedos que ella había estado sujetando. Se sintió perdido sin ella.

Llenó el vaso estando aún de pie. Se lo tendió sin sentarse y Draco estuvo seguro de que iba a irse. Pero él no quería estar solo.

Quédate, pensó. Aunque sabía que nunca podría decirlo en voz alta.

No hizo falta.

Granger se sentó a su lado, a la izquierda, y le cogió la mano. Otra vez.

Tuvo que dar un sorbo largo a su bebida para lograr mantener la calma. El whisky le quemó la ganganta, pero mereció la pena.

Draco comprendía que aquella era la manera en que Granger intentaba consolarlo. Una parte él quería odiarla por ello, quería alejarla, quería demostrarle que no necesitaba aquello. La otra —que era muy pequeña, minúscula— deseaba dejarse llevar. Sentir, por una vez en su vida, lo que era bajar la guardia.

Por una vez ganó la segunda.

Tuvo que dar un segundo trago, pero logró no apartar la mano.

Ambos guardadon silencio, prácticamente inmóviles. Draco recorrió la habitación con la mirada —sobria, elegante, de muebles carísimos. Granger no encajaba allí y, sin embargo, era lo más real que había allí dentro.

Se volvió hacia ella, con tantas palabras quemándole los labios que no sabía por dónde empezar. Notó entonces que ella estaba llorando por la forma en que sus hombros se sacudían. Y las palabras se desvanecieron durante un instante.

Tercer sorbo.

—¿Qué te pasa? —consiguió articular.

El temblor de sus hombros aumentó. Draco quería que parara.

—¿Qué te pasa? —gruñó, brusco. A diferencia de Granger, él no sabía cómo ayudarla.

Más temblores. Silencio. Silencio. Silencio.

Draco se sorprendió a sí mismo al darse cuenta de que realmente quería que ella hablara. Que le respondiera.

—Tienes suerte, ¿lo sabías? —Y ella le contestó al fin, con la voz rota y rasposa—. Dentro de lo que cabe, tienes suerte.

Los dedos de Draco se crisparon sobre el vaso.

—¿Qué diablos...?

Pero ella sacudió la cabeza. Un par de mechones le golpearon el brazo desnudo. Eran suaves.

—Tienes a tu madre —le dijo—. Y todavía tienes a tu padre.

Más fuerza sobre el vaso. Tanta que, de estar hecho de cristal más fino, habría acabado quebrándose.

—Ese no es mi padre. —A pesar de que sus palabras le habían molestado, todavía sujetaba la mano de Granger—. Y aunque lo fuera...

—¡Tienes suerte! —exclamó ella, interrumpiendo todo intento de protesta por parte de Draco—. ¿Tienes idea de lo que daría yo...? ¿Tienes idea de lo quedaría por verlos una vez más?

La verdad tras sus palabras lo golpeó como un tsunami.

¿Cómo podía haber sido tan idiota? ¿Por qué nunca se le había ocurrido preguntar —a Pansy, por lo menos— qué había sido de su familia? Incluso aquel gato suyo tan feo...

—¿Tu familia está...? —Muerta. No fue capaz de pronunciar la última palabra, pero no hizo falta. Granger asintió—. ¿Cómo? —Se atrevió a preguntar.

Otro trago. El vaso estaba ya vacío.

—Seguidores de Voldemort.

El nombre le produjo un estremecimiento. Cuatro años después de su desaparición, Draco todavía le temía.

Ella no pareció darse cuenta.

—Fui a Australia a buscarlos... —Draco la vio dudar. Creyó que se había arrepentido, que no iba a continuar, pero lo hizo—: Los mandé allí antes de la guerra, desmemorizados. Para que no se acordaran de que tenían una hija.

Las lágrimas le caían por el rostro ya sin freno, dejando un rastro brillante a su paso. No se las limpió y Draco pensó que, en contra de lo que siempre había creído, aquella era una actitud valiente.

—Cuando di con su rastro, descubrí que habían vuelto a Inglaterra. Pero lo descubrí demasiado tarde. —Cerró los ojos un momento y otra lágrima cayó, rápida, casi con violencia—. Cuando llegué, llevaban semanas muertos. Asesinados.

Podía ver el dolor en el rostro de Granger. Un dolor que, en cierta forma, sentía como propio. Él sabía lo que era aquello; el terror, el dolor, la desesperación.

—No puedes ni imaginarte... Toda esa sangre, ese olor... —La voz le temblaba—. Nadie los echó en falta porque no tenían a nadie. Estaban solos. Por mi culpa.

Sintió pena por ella. Una pena abismal.

Así que —sin levantarse, sin soltarle la mano— se estiró todo lo que pudo para coger la botella de whisky, que se tambaleó al borde de la mesilla. Estuvo a punto de caer, pero Draco consiguió sujetarla. Quitó el tapón con los dientes, rellenó el vaso hasta arriba.

Y se lo tendió a Granger.

—Creo que necesitas esto tanto como yo.

Ella lo miro con escepticismo, pero él no pensaba detenerse ahí.

—¿Cómo...? —No sabía si era lo más adecuado, pero tenía que preguntar—. ¿Cómo sabes que eran seguidores de...? Bueno, ya sabes.

Una sombra cruzó por su rostro. Nubló sus ojos y Granger ya no dudó más. Alcanzó el vaso, se lo arrancó de entre los dedos, y dio un largo trago.

—Créeme —le dijo, después, entre pequeñas toses—, ningún muggle podría haber hecho eso. Era... magia negra, Draco.

Y a él no le cupo ninguna duda, sin necesidad de detalles, de que Granger sabía de lo que hablaba.

—Murieron sin saber que tenían una hija.

Sus sollozos se hicieron tan intensos que Draco creyó que se iba a ahogar. No podía respirar.

Aquello dolía, Draco lo sabía bien. Así era como moriría Lucius. Sin tener ni idea de que tenía un hijo —que en algún momento de su vida lo había admirado profundamente— y una mujer que todavía lo adoraba con todo su corazón. Lucius no los recordaría. No recordaba nada.

Dolía.

Su mano apretó con fuerza la de Granger, durante un segundo. Quería hacerle saber que, de alguna forma, por algún extraño motivo, estaba ahí. Justo a su lado.

Ella le devolvió el apretón y el suyo fue más largo. Mucho más largo.

Draco se odió una vez más. Se odió por haber pertenecido a ese mundo. ¿Y si las cosas hubieran llegado más lejos? ¿Y si el Señor Tenebroso hubiera vencido?

¿Habría sido él quien hubiera matado a los padres de Granger?

Se llevó la botella a los labios sin pensar y, de pronto, se encontró con la ardiente bebida resbalando por su boca y garganta, imparable.

No podía dejar de pensar en ello. ¿Qué habría pasado?

¿Qué habría pasado si su padre no hubiera caído en desgracia? ¿Si su madre no se hubiera impuesto al final?

Otro trago, este más largo que el anterior. Un par de gotas rodaron hasta su mentón y él se las limpió con rabia.

Cuando bajó la botella, notaba ya las extremidades temblorosas. Y se sintió bien. Así que bebió más, con Granger a su lado y el mundo dando vueltas a su alrededor.

Bebió y bebió y bebió. Hacía tiempo que la habitación estaba borrosa. Sintió una náusea, pero volvó a beber. Porque la imagen de su padre no desaparecía. Ni la de Hermione.

Granger, tan jodidamente buena, inocente. Granger, con todas sus desgracias.

Él se merecía toda aquella mierda. Se merecía todo lo que le estaba pasando. Ella no.

—¿Hermione? —No sabía lo que decía. Se le trabó la lengua al pronunciar su nombre por primera vez. Quizá porque estaba borracho, quizá porque el alcohol no había conseguido borrar el miedo por completo.

—¿Sí?

La contempló en silencio unos segundos.

Ella representaba todo lo que, durante años, su padre le había enseñado a odiar. Todo lo que se suponía que debía detestar. Y, en cambio, ahí estaban. Juntos.

Que le dieran a su padre. Que le dieran.

Aquello estaba bien. Estaba jodidamente bien.

Draco se dio cuenta de que si sus padres hubieran sido un poco más parecidos a Granger, las cosas hubieran sido muy diferentes. Muy, muy diferentes.

Si hubiera tenido unos padres más parecidos a ella...

De pronto, recordó la fotografía que había encontrado en su baúl. Y sintió miedo, celos, angustia, envidia. Lo sintió todo en apenas un instante.

Estaba muy borracho. Jodidamente borracho.

Y, por eso, habló sin pensar:

—Tu hijo es muy afortunado, Hermione...

Continuará...

Bien, como siempre, millones de gracias a todos los que se han tomado la molestia de leer y, muy especialmente, a aquellos que han dedicado algo de su tiempo a dejarme un comentario. Lo valoro muchísimo. Perdonad que ni siquiera os nombre esta vez, pero son las seis de la mañana y me caigo de sueño...