Nota de Autora: la segunda parte de este capítulo incluye violencia explícita y de contenido sexual. No hace falta que leáis, las implicaciones para el argumento quedan bastante claras.
Capítulo 11 – Los vivos están muertos II
Primera parte: Please, Don't Leave Quite Yet
Para Hermione resultaba evidente que, incluso estando borracho como una cuba, Draco era consciente de que acababa de meter la pata hasta el fondo. De no haber sido por la expresión de su rostro, Hermione habría estado completamente segura de que esas palabras no habían sido pronunciadas. Hubiera jurado que el whisky acababa de jugarle una mala pasada.
Pero ahí estaba, la mueca de culpabilidad en la cara de Draco. Una expresión que no era propia de él, que Hermione nunca había visto antes en su rostro. Piel pálida, labios apretados casi como si estuviera —literalmente— mordiéndose la lengua.
—¿Qué has dicho? —preguntó con un hilo de voz. Temblaba.
No hubo respuesta. Solo silencio. Draco apenas respiraba.
Se levantó, incapaz de permanecer un solo segundo junto a él.
Draco se incorporó tras ella. Tuvo que apoyarse en los postes de la cama para no caer como un peso muerto sobre el colchón.
—¿Qué has dicho? —repitió, más fuerte, con la voz fría y los puños apretados.
Vio como tragaba saliva; la nuez se agitó durante un instante eterno en su blanca garganta.
—Hermione… Yo…
Ni su voz pastosa ni sus movimientos torpes ni sus ojos nublados consiguieron que Hermione se apiadara de él. Una borrasca de emociones comenzaba a tomar forma en su pecho y ella era consciente de que sería incapaz de contenerla durante más que unos segundos.
—Lo siento…
Fue demasiado para Hermione. Esa estúpida disculpa… ¿Por qué? ¿Por qué pedía perdón?
¿Qué era lo que sentía? ¿Haberle mentido? ¿Haber metido la nariz en sus asuntos privados? No, probablemente lo único que lamentaba era el que esas palabras se le hubiesen escapado. Que ella le hubiese descubierto.
Apretó los dientes con fuerza, luchando por no gritar, pero sus manos se dirigieron al bolsillo de sus pantalones y, en menos de un segundo, la varita estaba entre sus dedos.
La primera lágrima resbaló en cuanto la punta de madera se posó sobre la yugular de Draco.
—Te he preguntado qué has dicho —dijo, con la voz rasposa y la mano firme.
—Que… —La piel se movió bajo la varita, la punta dejó una marca rojiza en su cuello—. Que tu hijo… es…
Hermione gimió. Bajó la varita y le dio un empujón para alejarlo de ella. Draco trastabilló y cayó sobre la cama con un golpe sordo.
Y Hermione explotó. Explotó porque no quería escuchar esa última palabra de sus labios.
Afortunado. Afortunado. Afortunado.
Joder. Cómo dolía. Cómo quemaba por dentro. A pesar del tiempo, cómo seguía hiriendo.
Tambaleante, con piernas inestables, se apartó paso a paso. Se refugió en el rincón más alejado de la habitación, como si esos cinco metros que ahora los separaban pudieran protegerla. Protegerla de Draco y, sobre todo, de la verdad. Del pasado.
—¡Mi hija está muerta, Draco! —rugió, furiosa, dejándose llevar por el dolor que las palabras de Malfoy habían despertado. Permitiéndose, por primera vez en años, pronunciar esas palabras en voz alta. Las lágrimas seguían resbalando por su rostro, pero en ese momento no le importaba. Ni siquiera trató de contenerlas. No lo hubiera logrado—. ¡Muerta! —exclamó, más para ella misma que para él, con la garganta rota y ahogándose en la palabra y en sus sollozos.
Golpeó la pared con el puño, enfadada, dolorida y aterrada por la virulencia de sus sentimientos. Durante meses, durante años, se había esforzado por olvidar la verdad. Por encerrarla en algún lugar de sí misma, en lo más profundo, e ignorarla. Pero una única frase de labios de Draco y todo su autocontrol se había desvanecido. Ni siquiera tenía fuerzas para intentar mantener en pie una mentira que pronto ya nadie creería.
Se deslizó unos centímetros hacia el suelo, con la espalda apoyada en la pared. Solo unos centímetros. Se obligó a parar —sin saber muy bien cómo lo había logrado— justo antes de derrumbarse. Porque sabía bien que, si en ese momento caía, ya no podría volver a levantarse.
—¿Cómo lo has sabido?
Draco había tenido el sentido común de mantener la boca cerrada hasta entonces.
—Vi la… la… —Ladeó la cabeza. Frunció el ceño—. La… ¡efogranía! —musitó por fin y, tras unos segundos, Hermione entendió que se refería a la «ecografía». Si la culpa de su mala pronunciación residía en el alcohol o en su escaso conocimiento del mundo muggle, Hermione no estaba segura—. En tu baúl… —añadió tras unos segundos, aunque de forma innecesaria.
Hermione sabía a la perfección dónde guardaba el único recuerdo que conservaba de su hija.
Una parte de ella sintió tentaciones de preguntar. De preguntar muchas cosas.
¿Cómo pudiste encontrarla? ¿Cómo pudiste entrar en mi habitación? ¿Qué hacías registrando mi baúl? ¿Desde cuándo lo sabes? ¿Por qué no me lo has dicho antes?
¿Cómo te has atrevido?
Pero, en realidad, nada de eso importaba. Porque las únicas preguntas que importaban eran precisamente aquellas que más miedo tenía de pronunciar.
¿A quién se lo has contado?
¿A quién vas a contárselo?
¿Qué precio tiene tu silencio?
Ni una sílaba salió de sus labios. No podría soportarlo. No era suficientemente fuerte para escuchar las respuestas.
Derrotada, devolvió la varita al bolsillo trasero de sus pantalones sin pronunciar palabra. Sabía lo que tenía que hacer. Sabía cuál era la única salida.
La distancia hasta la puerta le pareció casi tan larga como le había parecido el camino que separaba Hogsmeade de Hogwarts meses atrás.
—Hermione…
Lo ignoró. Ni siquiera quiso mirarlo.
La puerta solo estaba a tres metros. Las piernas le temblaban tanto que estaba segura que caería de bruces sobre la alfombra. Dos. Las palmas de las manos le sudaban, así que se las restregó contra las mangas de la camiseta. Cinco pasos. Se abrazó el cuerpo con fuerza, como queriendo protegerse. Tres…
Uno. Las yemas de su mano izquierda rozaron el canto de la puerta y la voz de Draco llegó hasta ella.
—Por favor… No te vayas —fue solo un susurro, pero Hermione lo escuchó con la claridad que se escucha un bramido en medio del silencioso desierto. Y su corazón latió dolorosamente rápido durante siete segundos.
Quiso quedarse. De verdad que quiso hacerlo. Quiso olvidarlo todo, y especialmente las palabras de Draco. Quiso ignorar el hecho de que él había descubierto su secreto, pero sabía que no podía hacerlo. No era tan sencillo. No podía quedarse. No, tras haber comprendido que todos sus esfuerzos habían sido en vano.
No podía quedarse porque tenía miedo.
Y es que si Draco había descubierto aquello, ¿quién más lo haría? ¿Cuándo?
No, Hermione no podía quedarse. Porque, tarde o temprano, la verdad iba a salir a la luz.
Segunda parte: Misery Loves Company
Quiso ir tras ella, pero las piernas no le respondieron.
Quiso echar a correr, pero se tambaleó como un unicornio recién nacido y cayó al suelo. Se golpeó las rodillas. No le importó.
Porque ella se alejaba, se alejaba, se alejaba…
Y la vio marchar. La vio marchar sin poder hacer nada excepto musitar —desde el suelo— una súplica que no parecía salida de los labios de un Malfoy.
—Por favor… —Ni siquiera reconocía su propia voz—. No te vayas.
Pero ella no se detuvo. Se marchó sin siquiera dirigirle una última palabra. Ni siquiera una mirada. Y Draco quedó atrás. Borracho. Solo. Roto.
Enrabietado, alcanzó la botella de whisky y, sin pensar lo que hacía, la estrelló contra el suelo. Pequeñas astillas de cristal saltaron en todas direcciones —arañando sus manos, dejando a su paso reguerillos de sangre— y el olor del alcohol le golpeó las fosas nasales, provocándole una náusea. Al menos, recuperó la lucidez suficiente como para darse cuenta de que echarse a llorar como un crío no era una buena idea —¿por qué motivo debería hacerlo? ¿Porque Granger se había largado? Draco estaba acostumbrado a que le dieran la espalda—. Así que hizo un esfuerzo, apretó los párpados y tragó saliva, esperando a que la extraña humedad que había acudido a sus ojos desapareciera por completo.
En cambio, gritó. Gritó con todas sus fuerzas, tapándose la boca con las palmas sudorosas de las manos. Gritó hasta que la garganta comenzó a arderle, y más aún. Gritó de dolor; por su madre, por su padre, por él mismo. Por Hermione. Por lo mucho que sus vidas habían cambiado.
Gritó hasta que perdió la noción del tiempo. Podrían haber pasado segundos, minutos, horas —incluso días— cuando la voz de Pansy vibró al final del pasillo:
—¿Draco?
Él no contestó.
En cuanto Pansy asomó la cabeza por la puerta y vio el estado en el que se encontraba, soltó las bolsas de cartón que llevaba en las manos y corrió hacia él. Se escuchó un chasquido —algo se había roto dentro de las bolsas— y un apestoso olor floral se mezcló con el del whisky que ya inundaba la habitación.
Draco la vio correr hacia él, arrodillarse a su lado. Sintió sus manos sobre sus hombros, pero apenas pudo emitir más que un gemido.
—¿Estás bien? —Lo sacudió un poco y la cabeza empezó a retumbarle a pesar de la delicadeza que ella había empleado. Quiso decirle que parara, pero no fue capaz—. ¿Qué ha pasado? —Draco vio el ceño de Pansy fruncirse—. ¿Es por Lucius? Dilli nos ha contado… Tu madre está con él, Draco.
Intentó decirle que se callara. Que su padre podía irse al carajo. De su boca solo salió una retahíla de gruñidos ininteligibles.
—¿Draco?
—¿Se…? ¿Se ha ido? —consiguió articular, al fin, con esfuerzo—. ¿Dónde…?
Pansy ladeó la cabeza. A Draco le hizo gracia esa expresión de concentración, como si estuviera esforzándose por comprender sus palabras, la mirada en su rostro.
Rio sin poder evitarlo, pero no fue una risa feliz y murió tan abruptamente como había empezado.
—¿Ido? —preguntó entonces Pansy con voz suave. Podía ver la confusión, la preocupación, en el rostro de su amiga—. Lucius está bien, Draco…
A la mierda Lucius, pensó. A la mierda. Pero no lo dijo.
—Hermione —fue todo lo que logró susurrar. Y, como no estaba seguro de haber pronunciado su nombre con la claridad suficiente, lo repitió—: Hermione.
—¿Hermione…? —repitió ella—. ¿Se ha ido? —Y, poco a poco, pareció comprender.
Sus uñas se enterraron de pronto, con fuerza esta vez, en la piel de Draco y ella lo sacudió sin miramientos, con fuerza y los ojos azul hielo muy abiertos. Aterrorizados.
—¿Qué ha pasado? ¡Dímelo! —Le dolían los hombros; estaba seguro de que las uñas de Pansy habían abierto surcos en su piel. Pero lo peor era el dolor de cabeza, las ganas de vomitar. No le dejaban hablar, pero ella no se rendía—. ¿Por qué preguntas si ella se ha ido? ¿Qué le has hecho, Draco?
Esa última pregunta, la acusación, le escoció. Le dolió. Le dio las fuerzas suficientes para alzar la mano y apartar a Pansy de un manotazo.
—La he cagado —reconoció, en cambio, con la lengua lenta y la voz pastosa. Nunca podría haberlo negado. ¿Estaría ella entendiendo lo que decía? Su voz no sonaba demasiado clara—. Le hablé de su hijo… —¿«Hija», había dicho ella?—. No quería hacerlo. No quería… —El susurro murió en sus labios, ahogado por el gemido de Pansy.
Las garras volvieron a cerrarse sobre sus brazos.
—¿Qué sabes tú de eso, Draco? ¿Cómo lo has sabido?
Pero él no respondió. No tenía fuerzas.
Sin embargo, Pansy no parecía esperar una respuesta.
—¿Se lo has contado a alguien? —le espetó sin aliento y, de nuevo, la acusación dolió.
¿De verdad Pansy estaba haciendo aquella pregunta? ¿De verdad creía que él podría haber hecho algo así?
Sí, el antiguo Draco Malfoy lo hubiera hecho. Por odio, por venganza. Por diversión, incluso. No habría siquiera necesitado razones. Pero él ya no era ese Draco Malfoy. No quería ser ese Draco Malfoy.
—No —respondió. Quiso defenderse, pero no sabía si Pansy lo creería.
—¿Estás seguro, Draco? No te atrevas a mentirme… —Y parecía a punto de llorar— ¡No te atrevas! ¡Si alguien llegara a enterarse…! —pero no pudo seguir porque Draco la interrumpió, enfurecido por su desconfianza.
—¿De qué, Pansy? ¿De qué?—le gritó, o al menos lo intentó, con toda la fuerza que cabía en sus pulmones—. ¿De que tiene un hijo?
Se golpeó la rodilla con el puño, en un vano intento por controlar su rabia.
Notaba el cabello cayéndole sobre los ojos y sintió deseos de tirar de él hasta arrancárselo. Hasta que la mirada triste de Pansy le hizo detenerse, respirar hondo, y se dio cuenta de lo que acababa de decir y su furia perdió fuerza.
¿De que tiene un hijo?
Cerró los ojos, apretando los párpados con tanta fuerza que centenares de diminutas luces rojas bailaron en la oscuridad.
Mi hija está muerta.
Apretó con más fuerza durante unos segundos y después, soltando todo el aire de los pulmones, abrió los ojos y buscó la mirada de Pansy.
—¿Tenía? —preguntó casi con miedo, con duda, como si quisiera confirmarlo, como si no hubiera entendido las palabras de Hermione.
Ella asintió y un extraño cansancio se apoderó del cuerpo de Draco. Se dejó caer hacia atrás y su espalda chocó con la cama con un golpe fuerte que, sin embargo, no dolió. Ni siquiera lo sintió.
La habitación a su alrededor daba vueltas. Iba a vomitar.
Se mordió la lengua, obligándose a centrar su atención en Pansy. Solo en Pansy. La áspera alfombra plateada empezaba a rascarle las palmas de las manos, apoyadas con fuerza contra el suelo, pero él no las movió. Si lo hacía caería. Estaba seguro.
Pena. Sentía pena por Granger.
Sentía tanta pena por ella que comenzaba a doler y Draco se odió por ello, porque sabía que ya era irremediablemente tarde para él. Tarde para olvidar, para evitar que ella siguiera poco a poco colándose bajo su piel. En su mente. En su jodido y egoísta corazón.
Sentía pena por Hermione, porque había perdido a su hija. Él había perdido a su padre, su vida, se había perdido a sí mismo. Y no le importaba. No le importaba porque lo merecía. Pero ¿ella? Ella no merecía nada malo.
Ella lo había aceptado allí donde todos los demás lo habían repudiado. Granger le había salvado la vida, en más de un sentido. Y, por eso, si hubiera estado en su mano, habría cambiado su suerte. Habría terminado de sacrificar lo poco que le quedaba para darle un poco de felicidad.
La idea lo golpeó como un rayo y Draco se estremeció, jadeó. Su cuerpo se tensó al darse cuenta de que aquel era probablemente el primer pensamiento completamente desinteresado y generoso que había tenido nunca.
Y había sido por Hermione Granger. Hermione Granger, la sangre sucia. La amiga de San Potter.
Joder. Cómo podía haber llegado ella a importarle tanto.
Otra náusea le subió hasta la garganta y él tembló mientras los últimos restos del antiguo Draco se derrumbaban en su interior, destrozándolo, arrasándolo por dentro con la fuerza de un maremoto.
—¿Draco? —Se aferró a la voz de Pansy como a un salvavidas—. ¿Te encuentras bien? —Se obligó a sentir los dedos de su amiga sobre sus brazos, clavados como garras, y a volver a su habitación, con ella.
Pansy lo recibió con el ceño fruncido y los labios tensos. Boqueó, reuniendo el poco valor que alguna vez había guardado en su interior. Necesitaba entender. Necesitaba entender para curarse, para arrancarse esos sentimientos.
—¿Por qué lo esconde? ¿Qué importancia tiene? —susurró al fin. Seguía teniendo un extraño nudo en la garganta; le costaba hablar—. ¿Por qué no pueden saberlo? ¿Cuál es el jodido problema?
Ella negó con la cabeza. Los mechones delanteros de su melena negra, algo más largos, le rebotaron contra la barbilla.
—No lo entenderías, Draco…
Excusas. Excusas. Excusas.
A la mierda.
—¡Pruébame! —bufó—. ¡Explícamelo! ¡Sé sincera! ¡Por una vez en tu puta vida, sé sincera conmigo! —Draco sabía que no estaba siendo justo con ella. Que si había alguna persona en este mundo que siempre hubiera permanecido a su lado sin condiciones esa era ella. Pero no podía evitarlo.
Granger le importaba.
Joder.
Granger le importaba. Y no quería perderla también a ella. Pero ¿y si ya lo había hecho?
Sintió otra náusea subiéndole por la garganta.
—¡Es culpa tuya, Pansy! ¡Si hubieras sido sincera conmigo, nada de esto hubiera ocurrido! —La rabia le aclaraba las ideas, la garganta, las palabras; le aclaraba la mente—. ¡Si me hubieras contado la verdad, no hubiera tenido que buscarla por mi cuenta!
Omitió el hecho de que, el día en que había descubierto el secreto de Hermione, no había ido buscando la verdad a propósito. Ella se había topado con él, sin que él lo hubiera pedido.
Joder, lo cierto era que Draco hubiera deseado nunca descubrir aquello. Nunca.
Pero no lo dijo. No lo dijo porque, en ese momento, lo único que quería era herir a Pansy. Hacerle todo el daño que pudiera. Culparla a ella para así aliviar su estúpida conciencia, para acallar esa pena punzante.
Tomó aire.
—Toda la culpa es tuya —repitió, con calma fingida, con esfuerzo—. Se supone que podía confiar en ti, pero me has dejado al margen de todo esto. Me has apartado de tu lado.
Y supo, con esas palabras, que lo había logrado. La había lastimado.
Draco vio como Pansy apretaba los labios —el pintalabios se le había corrido— y se mordía el carrillo. Los ojos azules echaron chispas y él estuvo seguro de que Pansy iba a gritarle, a golpearle.
Nada de eso ocurrió. Pansy solo guardó silencio, con el cuerpo tenso y la mirada furiosa, sin apartar los ojos de los suyos ni las manos de sus hombros.
Luego, contra todo pronóstico, suspiró y Draco vio cómo se rendía.
—Tienes razón —le dijo, con una voz tan suave, arrepentida, que no parecía suya. Draco apenas pudo creer lo que oía—. Tienes razón. En parte, al menos. Mereces saber la verdad. No toda, pero sí parte de ella… —Ni siquiera le dio tiempo para protestar, para lanzarse a la carga. Pansy estaba totalmente entregada—: No estoy intentando ocultarte cosas, Draco. Pero esta historia, esta verdad que tan desesperadamente quieres descubrir, es la de Hermione. No la mía.
»Debes entender que el haber estado ahí, el haber visto las cosas que he visto, no me concede ningún derecho sobre ellas. No voy a traicionar los secretos de Hermione, aunque apenas quede ya ninguno intacto. No me corresponde a mí hacerlo, Draco. ¿Lo entiendes?
Sí, sí que lo entendía. Y lo aceptaba. Estaba dispuesto a conformarse, a esperar. Así que asintió.
—Pero entonces —la voz le salió ronca— ¿qué es lo que puedes contarme?
Pansy negó con la cabeza.
—No puedo contarte nada, Draco —susurró—. Pero puedo mostrarte por qué daría mi vida por Hermione.
Draco contuvo el aliento, sorprendido. No había que ser un genio —ni siquiera había que estar medianamente sobrio— para entender lo que ella estaba sugiriendo.
—¿Estás…? —No tuvo oportunidad de decir más, porque en apenas unos segundos Pansy cogió la mano de Draco y le obligó a cerrar los dedos alrededor de la suave madera de su varita.
Él se quedó inmóvil.
—¿Estás segura? —consiguió articular, por fin. Ella asintió, pero tampoco entonces Draco se movió.
Pansy bufó y entrecerró los ojos. La mano había empezado a temblarle.
—Vamos, Draco. ¡Hazlo! —le espetó. Y Draco entendió que ella tenía miedo. Que estaba intentando abrirse a él y que, si él no reaccionaba en ese momento, Pansy sería incapaz de intentarlo una vez más.
Apretó el puño con tanta fuerza —intentando reunir el poco valor que lo caracterizaba— que hubiera jurado que las marcas de sus uñas quedarían grabadas en la varita.
Y entonces, antes de poder cambiar de opinión, exclamó:
—¡Legeremens!
El efecto fue instantáneo.
Draco se vio arrastrado al interior de la mente de Pansy como si hubiera sido absorbido por un huracán. Fuera de su cuerpo, a través de los ojos de Pansy, los síntomas de la borrachera se atenuaron y, aunque no desaparecieron por completo, Draco se sintió aliviado de que el mundo dejara de tambalearse a su alrededor.
No obstante, la sensación de desahogo duró poco, apenas unos instantes: lo que tardó su mirada en acostumbrarse a la oscuridad reinante en la mente de Pansy.
La celda era tan baja que ni siquiera un niño hubiera podido ponerse de pie en ella. Pansy estaba acurrucada contra la pared del fondo, con la cara hundida entre los brazos, tiritando.
—Pansy…
Casi como si lo hubiera escuchado, la chica lanzó un gemido. Lloraba con el rostro oculto por la sucia melena y Draco sintió el impulso de lanzarse contra la verja y sacudirla hasta sacar a Pansy de ahí. Aunque para ello tuviera que destrozarse las manos, aunque para ello…
Pero Draco, en el fondo, sabía que no serviría de nada. No se podía cambiar el pasado. No se podía salvar a una persona de sus recuerdos.
Unos pasos retumbaron al final del pasillo, el eco amplificándolos de tal modo que parecía que un batallón se acercaba a ellos. Draco se movió, inquieto, esperando ver aparecer media decena de hombres, pero solo uno dobló el recodo. Un hombre inmenso, de piel pálida como la leche y ojos inyectados en sangre.
Impotente, Draco solo pudo permanecer quieto mientras veía como el hombre abría la celda de Pansy con una sacudida de varita y aferraba a su amiga, que no dejaba de retorcerse, por la nuca. Pansy chilló, aterrorizada, y a los labios del hombre asomó una sonrisa.
Los goznes chirriaron cuando él le dio un empujón a la puerta para sacar a Pansy del agujero. Su amiga se debatía impotente entre las manos del hombre, pero él la arrastraba con una facilidad pasmosa mientras recorría el pasillo con largas zancadas.
Draco los siguió con el estómago revuelto. Torcieron a la derecha, luego a la izquierda y una vez más a la derecha. Subieron un tramo de escaleras de madera medio podridas. El olor a humedad era tan fuerte que Draco estaba seguro de que, de haber estado realmente en ese sótano, hubiera al fin vomitado.
El hombretón abrió una última puerta, en mejor estado que las demás, y el brillo de la luz obligó a Draco a entrecerrar los ojos. Subió los últimos escalones detrás de Pansy y aspiró una bocanada de aire. El olor a humedad allí era más leve, pero el hedor seguía siendo casi insoportable. El olor metálico de la sangre lo teñía todo.
La habitación estaba vacía. No había muebles ni alfombras ni lámparas. Nada. Solo una amplia extensión vacía con el suelo de madera oscurecido por infinitud de manchas rojas.
—Aquí la tienes, Roran. —La voz del hombretón que arrastraba a Pansy hizo que Draco se volviera. En el rincón más alejado, el que quedaba justo a su espalda, había otro hombre, envuelto en la capa negra de los mortífagos.
—Vaya, vaya… —Su sonrisa helaba la sangre. Aunque era alto, al lado de su compañero parecía poca cosa, quizá por la extrema delgadez de su rostro y sus largas extremidades. Sin embargo, Draco no se dejó engañar. En sus ojos había un brillo de locura que Draco había aprendido a reconocer y a temer en sus tiempos junto al Señor Oscuro. Al fin y al cabo, aquel era el mismo destello que había adornado la mirada de su tía Bellatrix—. Bienvenida —le dijo a Pansy, dando un par de pasos en su dirección.
Su amiga gritó, trató de escapar —Draco oyó el sonido de su cuerpo al arrastrarse sobre la madera, el gruñido del hombre que la había traído, el estruendo de un bofetón seguido de un gemido—, pero él ya no la miraba. Porque allí, a un par de metros del tal Roran, Granger se debatía en el suelo, luchando con la fiereza de una leona enjaulada. Estaba atada de pies y manos con unas poderosas cadenas que surgían directamente del suelo; el metal había abierto profundos cortes en su piel, pero ella seguía debatiéndose, ajena —al parecer— al hecho de que con cada sacudida la sangre brotaba con más fuerza de sus heridas.
Aquella sí era Hermione Granger. La Hermione Granger que había conocido en Hogwarts tantos años atrás.
Draco dio un paso hacia ella, sintiendo la rabia multiplicarse en su interior.
Hermione tenía un ojo morado, tan hinchado que apenas era capaz de abrirlo. El cabello, además de espantosamente sucio, estaba enmarañado y a la altura de la sien derecha se pegaba a su cráneo en un revoltijo de pelo y sangre seca. Prácticamente cada centímetro de su rostro, sus brazos, sus piernas —Draco no podía ver su espalda, pero imaginaba que tampoco aquella zona había sido respetada, pues podía ver sus hombros llenos de moratones a través de la raída capa que la cubría— estaba cubierto de heridas. La piel había adquirido un tono oscuro, que iba del morado al verde suave en aquellos lugares, escasos, en los que los golpes habían comenzado a sanar.
El vientre, ya ligeramente abultado, era la única parte de su cuerpo que parecía intacta. Parecía fuera de lugar entre la masa sanguinolenta en la que habían compartido su cuerpo.
—Vaya, vaya… —repitió Roran y la suavidad de sus palabras hizo que Draco se volviera hacia él. Se había inclinado sobre Pansy, que temblaba encogida sobre sí misma, y le acariciaba el pómulo derecho con las yemas de los dedos—. Qué belleza —musitó el mortífago casi para sí mismo.
Draco supo que aquellas palabras no presagiaban nada bueno. Deseó que Pansy reaccionara, que se defendiera, pero ella parecía incapaz de moverse, de hacer nada. Se dejaba acariciar.
—¡No! ¡Déjala en paz! —El grito de Hermione resonó en la sala vacía. A pesar de sus heridas, se lanzó contra Roran y a punto estuvo de alcanzarlo—. ¡Ella no tiene nada que ver con…!
—¡Desmaius! —farfulló el monstruoso hombretón que había sacado a Pansy de la celda y el chorro de luz roja que escupió su varita le dio de lleno a Hermione en el pecho. Ella se desplomó de bruces, llena de sangre y heridas. Sus dedos estirados estaban a solo un palmo de distancia de la capa negra de Roran, que no se había movido.
—Llévatela —ordenó sin apartar la mirada de Pansy. Solo tenía ojos para ella.
Su compañero obedeció. Hizo levitar el cuerpo de Hermione y lo sacó de la sala por la puerta que llevaba al sótano, la misma por la que Draco había salido minutos antes.
Draco sintió el impulso de seguirla, pero sabía que no podía hacerlo. Aquello no funcionaba así.
La puerta se cerró con un chasquido en el mismo momento en que Roran conjuraba unas gruesas cadenas, similares a las que habían atado a Hermione. Rodearon las muñecas y los tobillos de Pansy y la aplastaron contra el suelo.
Con su varita, Roran la obligó a abrir las piernas. Ella intentó resistirse, pero no había nada que pudiera hacer. Un nuevo golpecito de varita y la ropa de Pansy se rasgó por completo, dejando al descubierto la piel, que se erizó a causa del frío.
Roran se inclinó sobre ella y, por primera vez, Pansy pareció comprender quñe era lo que la esperaba. Su rostro se tiñó de un terror irracional y se sacudió con tanta fuerza que la sangre empezó a brotar de inmediato allí donde tocaban las cadenas.
Aquello pareció excitar más a Roran. Se abalanzó sobre Pansy como un hombre lobo sobre su presa y enterró la nariz en su vientre. Aspiró su aroma con fuerza y el sonido le provocó a Draco una náusea.
Entonces, con brusquedad, enterró las manos en los muslos de Pansy y la obligó a abrir más las piernas para él. Ella suplicó, imploró, pero todo era en vano. A ojos de Draco resultaba evidente que, cuanto más miedo tenía ella, más disfrutaba él.
Asqueado, Draco vio como los dedos de Roran ascendían hasta enterrarse en el denso vello oscuro que Pansy tenía entre las piernas. Ella aulló de dolor cuando Roran se coló en su interior. Pansy se retorcía de dolor, pero el mortífago no la dejaba marchar.
Draco no pudo soportarlo más. Así que, a pesar de saber que no serviría para nada, se lanzó contra él. Intentó apartarlo de un empujón, golpearlo hasta alejarlo de ella, pero era inútil. Sus manos se cerraban en el aire.
Sabía bien que podía cambiar el pasado, pero eso no lo hacía sentir mejor.
Desesperado, cayó de rodillas junto a Pansy. Estaba tan cerca que podía ver las motitas grises de sus ojos azules. Estaba tan cerca que podía ver los dedos de Roran colarse entre sus piernas y la saliva agolparse en las comisuras de sus labios.
No supo cuándo había empezado a llorar, pero las lágrimas resbalaban por sus mejillas con una violencia nada digna de un Malfoy.
Por favor, por favor, por favor.
Intentó retroceder, poner fin al hechizo y abandonar la mente de Pansy, pero su amiga lo retuvo con una fuerza impropia de ella. La imagen no desapareció y Draco veía los labios de Roran recorrer los pechos desnudos de la que siempre había sido su mejor amiga. Veía el dolor y la vergüenza en el rostro de Pansy, en sus dedos crispados. Olía su sangre.
Y no podía hacer nada.
Cuando Roran se llevó la mano a la bragueta, Draco apartó la mirada. No podía con aquello. No podía.
Gritó impotente.
Déjame salir, Pansy. Sácame de aquí, suplicó. Ni siquiera sabía si ella podía escucharlo, pero al darse cuenta de que aquello no iba a parar, empezó a retroceder a gatas, alejándose de Pansy y aquel desgraciado. No quería ver más. No hacía falta. Lo entendía lo suficientemente bien.
Se acurrucó contra una de las esquinas del cuarto y hundió la cara entre las rodillas. Se tapó los oídos con fuerza y gritó para ahogar los espantosos sonidos que llegaba hasta él, pero resultaba casi imposible. Era como si alguien les hubiera lanzado un hechizo para amplificar sus voces, el ruido de sus roces. Todo.
Lo oía absolutamente todo.
Oía los sollozos de Pansy, que parecían haber perdido fuerza. Ella parecía a punto de desmayarse. Oía los gemidos ahogados de Roran y el húmedo sonido de succión cada vez que se movía dentro de ella.
Y también podía oler. Todo estaba impregnado de ese hedor a sangre y sexo. La mezcla era tan desagradable que Draco deseó morirse allí mismo si con ello podía dejar de respirar.
El tiempo parecía estirarse sin fin. En un vano intento por distraerse, Draco contaba los latidos de su corazón. Al llegar a mil trescientos cuarenta y tres perdió la cuenta.
Hubo un gemido particularmente fuerte, ronco y sonoro, que estremeció a Draco. Luego, por fin, nada.
Draco sabía que había terminado, pero no se atrevió a abrir los ojos hasta que escuchó el tintineó de cadenas y el susurro de dos pares de pies contra la tarima del suelo.
Roran se había puesto de pie y había obligado a Pansy a hacer lo mismo, pero ella parecía incapaz de sostenerse por sí misma. Estaba casi completamente desnuda; apenas la cubrían unos cuantos jirones de tela. El mortífago la arrastraba hacia la puerta del sótano sin contemplaciones.
Temblando, Draco los siguió. No supo por qué lo hizo. No quería hacerlo. Solo quería quedarse allí, en el suelo, cerrar los ojos y olvidar. Pero lo cierto es que los siguió, probablemente porque sabía que olvidar aquello no iba a ser tan sencillo. Porque no quería estar solo.
La oscuridad del sótano lo envolvió y, en esa ocasión, Draco agradeció el olor a humedad, que le limpiaba las fosas nasales y desterraba el hedor de la sala. Caminaba de forma mecánica, incapaz de fijarse en nada de lo que lo rodeaba. Sentía una especia de rabia sorda subiéndole por la garganta. Una impotencia furiosa que amenazaba con desgarrarlo por dentro.
Ni siquiera se dio cuenta de que había llegado hasta que la voz de Hermione retumbó por el pasillo.
—¡Hijo de puta! —le gritó a Roran—. ¿Qué le has hecho? —Se lanzó contra los barrotes como una fiera y, en medio de todos esos sentimientos que amenazaban con ahogarlo, Draco sintió una oleada de admiración por ella.
Roran no se dignó a responder. Abrió la puerta de la celda —tuvo que apuntar con su varita a Hermione para impedir que ella se abalanzase sobre él— y empujó dentro a Pansy. Ella trastabilló y cayó de bruces, incapaz de mantenerse erguida por sí misma. La puerta se cerró con un chasquido y Roran empezó a alejarse por el pasillo, pero ni siquiera entonces Pansy se movió ni lo más mínimo.
Draco se aferró a los barrotes y pegó la cara al metal, como queriendo colarse entre ellos. No podía dejar de mirarlas. Esas dos mujeres eran prácticamente todo su mundo.
Pansy temblaba con violencia. Tenía la mirada clavada en el suelo y el cuerpo desnudo lleno de marcas, igual que Hermione.
Hermione… A pesar de sus heridas, ella no parecía derrotada. Ni siquiera asustada. Se acercaba a Pansy con lentitud, casi con cautela.
Cuando la mano de Hermione se posó sobre su hombro, Pansy pareció regresar a la vida. Se retorció, tratando de alejarse del contacto. Pero no había dónde ir; su espalda chocó contra la pared y la mano de Hermione seguía ahí, fuerte, cálida. Así que Pansy gritó, forcejeó, arañó e incluso mordió. Pero, a pesar de todo, Hermione no la soltó.
Se acercó más a ella, ignorando los golpes, el dolor, y le colocó su propia capa sobre los hombros. La envolvió en un estrecho abrazo, pegándola contra ella, protegiéndola con su cuerpo y acariciándole el pelo hasta que ella se rindió en sus brazos. Y así permanecieron, Gryffindor y Slytherin, hasta que —muchas horas después— Pansy dejó de llorar y se durmió, agotada, contra el pecho de Hermione.
Entonces ella levantó la cabeza y —aunque Draco sabía que no podía verlo, que él no estaba realmente ahí— sus ojos parecieron atravesarlo de parte a parte.
Cayó de rodillas. Aulló de impotencia, de dolor, de rabia. Gritó por lo cobarde que había sido. Una vez más luchó por liberarse de Pansy, se revolvió con toda la fuerza de su maltrecha e intoxicada mente y la imagen empezó a desdibujarse.
Continuará…
Como siempre, siento el retraso. Esta vez más que ninguna otra. Quería traeros este capítulo lo antes posible para celebrar los 100 reviews (¡miles de millones de gracias!), pero entre mi proyecto de fin de máster y el trabajo…
Este capítulo ha sido particularmente difícil, además. No se me da muy bien lo de escribir escenas trágicas y llenas de sentimientos.
