Capítulo 13 - Los vivos están muertos IV
Primera parte: Real
La fiesta estaba siendo incluso más aburrida que de costumbre, lo que quizá se debiera a que gran parte de la imponente sala de baile estaba vacía. Por primera vez, su madre había recortado la lista de invitados al Baile de Navidad de la Mansión Malfoy. Lista que, desde que Draco tenía memoria, se había mantenido inmutable.
Nada de ex mortífagos, nada de antiguos seguidores del Señor Tenebroso, nada de extremistas puristas de la sangre. En definitiva, su madre había tenido que variar prácticamente toda la lista de invitados. Y los resultados no eran muy esperanzadores.
Sus antiguos conocidos sangre limpia los despreciaban. Eso era bueno, porque ni él ni Madre querían tenerlos cerca. Pero el resto de familias de sangre limpia del mundo mágico, como los Weasley, los odiaban. Los nacidos de muggles les tenían miedo. Y los mestizos caían bien a un lado bien a otro del espectro. Solo aquellos lo suficientemente interesados en la enorme fortuna que los Malfoy todavía poseían —a pesar de las reparaciones de guerra que habían tenido que pagar— se habían atrevido a asomarse por allí esa noche. Y Draco los detestaba.
Sí, aquella sensación de hastío seguramente se debiera a que el salón estaba medio vacío. Y a que la mayor parte de las personas que habían aparecido eran unos aprovechados. Por Merlín, si hasta los Seabrooke habían acudido. Su repelente hija, Harriett o Harper o algo por el estilo, arrugaba la nariz cada vez que se cruzaba con él en la escuela. Y ahí estaba, en su casa, sonriendo a todos como si no hubiera roto un plato en su vida, sacudiendo la melena dorada de un lado a otro, con ese peinado ridículo y lleno de rizos excesivamente elaborados. Resopló.
Joder. Y pensar que una vez aquello había sido lo normal para él. Ese tipo de fiestas. Ese tipo de gente. Ese tipo de chicas.
Ojalá Hermione estuviera allí.
Oh, Hécate.
—Draco.
Que la voz de Theo consiguiera sorprenderlo le demostró que estaba más distraído de lo que debería. Que le dieran ganas de pegarle un puñetazo solo por haber conseguido sobresaltarlo le reveló, sin asomo de duda, que su estado mental no era estable en absoluto. Gruñó y extendió la mano para coger el vaso que Theo sostenía. Whisky de fuego. Su amigo debía saber que Pansy estaba controlando el minibar.
—Gracias, lo necesitaba. —Pero, cuando sus dedos rozaban ya la deliciosa salvación, Theo apartó la bebida con agilidad.
—Más despacio, Draco —le dijo—. Esto es mío. —Y para corroborar sus palabras, le dio un sorbo.
Draco lo hubiera matado. Primero Pansy, y ahora él. ¿Es que uno no podía emborracharse una vez sin que sus dos mejores amigos empezaran a controlarlo?
—¿A qué has venido, entonces? —Espetó, agrio. No necesitaba que le hicieran de niñera; bastante tortura era saber que por culpa de su comportamiento Hermione había desaparecido. Ni una lechuza, ni un mensaje. Nada. Por supuesto, no esperaba que le escribiera a él. Pero ¿a Pansy? ¿O es que lo había hecho y Pansy no le había dicho nada, aún sabiendo lo… preocupado que estaba?
Circe, ¿en serio estaba preocupado?
Sí, Draco iba a volverse loco. Y lo peor es que sabía que todo era culpa suya. Suya, de su bocaza y de su manía de meter las narices en asuntos ajenos.
Theo le dio otro sorbo al whisky. A Draco le pareció que lo hacía a propósito. Se repitió a sí mismo que su madre no aprobaría que agrediese a un invitado durante su Baile. Ni siquiera un poquito.
Por fin, Theo bajó el vaso. Lo miró a los ojos y le hizo una seña con la cabeza. Al balcón. Era un hombre de pocas palabras. Todavía enfadado, pero sin poder evitar una punzada de curiosidad, Draco lo siguió. Fuera hacía frío a pesar de los hechizos de ambientación, pero no había un alma. Podía tomarse un respiro.
—¿Y bien? —Se apoyó en la barandilla. La piedra estaba helada y la tela de su traje muggle (otra estúpida idea de su madre) no abrigaba en absoluto.
Nott lo imitó. También él debía estar pelándose; Draco no podía olvidar que Theo se había solidarizado con él y se había sometido a las locuras de Narcissa. Su traje era de un color azul medianoche, que la propia Pansy había elegido. Sin embargo, Draco sospechaba que Theo, a diferencia de él, había accedido por placer y por pasar un rato extra con Pansy mientras se probaba los trajes. A Nott no podían importarle menos las apariencias.
—Sé que Pansy te lo ha enseñado.
No hizo falta que Theo le explicase a qué se refería. El cuerpo de Draco se tensó. El rostro de su amigo, normalmente serio e impenetrable, estaba triste. Dolido.
Draco torció la cabeza. Desde que Pansy lo había obligado a entrar en su mente, apenas podía mirarla a la cara. Cada vez que lo hacía, veía su cuerpo desnudo sobre ese repugnante suelo. Cada vez que cerraba los ojos, oía sus gritos, sus súplicas, sus ruegos. No podía sacudirse de encima la sensación de náusea.
—No quiso que habláramos de ello —consiguió decir tras un largo momento de pausa, en el que únicamente se escuchó el silbido del viento y el murmullo de conversaciones procedentes del salón principal—. Mira, Theo, lo siento… —La disculpa le supo rara en los labios. ¿Por qué diablos pedía perdón?
Merlín, qué violento era hablar con Nott de aquello. Qué violento era hablar con el novio de su amiga de lo vulnerable que Pansy se había mostrado ante él, de lo que le había pasado.
—Me ofendes, Draco. —Enseguida se dio cuenta de que Theo parecía entender exactamente a qué se había querido referir—. Te aseguro que no tengo problema con que te lo haya contado. Mostrado. —Draco le oyó suspirar, así que volvió el rostro hacia él. Nott tenía la cabeza gacha y se pellizcaba el puente de la nariz—. Es más, me alegra. Tampoco conmigo ha hablado demasiado sobre ello —alzó la mirada hacia él. En ella había una preocupación tan evidente, tan poco habitual en él, que Draco se sintió desconcertado. ¿De dónde había salido? ¿Cuándo se había desbordado de esa manera la admiración que Nott sentía por Pansy? ¿Cuándo se había convertido en… amor?
Draco sintió un escalofrío.
¿Qué es lo que se sentiría al querer a alguien así, de forma incondicional, a pesar de su pasado? ¿A pesar de tu pasado?
—Lleva años yendo a un terapeuta —continuó Nott, ajeno a los errantes pensamientos de su compañero—. Antes pensaba que era por la muerte de su familia, pero ahora sé que es por lo que le pasó. —Los padres de Pansy habían sido asesinados poco después de la Batalla de Hogwarts, por un puñado de mortífagos furiosos. Pansy nunca había estado muy unida a ellos. De joven, solía escaparse de casa y refugiarse en la de los Greengrass—. Le va bien, ha hecho muchísimos progresos. Tú no lo sabes, porque estabas en Azkaban, pero durante un tiempo… Pansy no fue ella misma.
Si Theo esperaba respuesta, no la obtuvo.
—¿Te molesta que no te lo haya contado antes? —le preguntó Nott al ver que él no reaccionaba. No lo miraba. Había apoyado los codos en la barandilla y su mirada vagaba por los jardines traseros de la Mansión Malfoy, iluminados por la luz de la luna y las estrellas.
—¿Lo del «secuestro»? —Le pareció un término lo suficientemente seguro—. ¿O lo del terapeuta?
Con la cabeza todavía ladeada en su dirección, pudo ver claramente como Theo se encogía de hombros.
—Ambos, supongo.
Draco sacudió la cabeza.
—No. Lo entiendo. —Y era cierto. Pensó en su padre, de vuelta en el hospital para evitar que esa noche alguien lo descubriera por casualidad en la casa. Y pensó en Hermione, en cómo él se había empeñado desde el principio en desenterrar lo que ocultaba y en cómo al final, sin siquiera pretenderlo, lo había hecho. ¿Y si a él le hubiera ocurrido lo mismo? ¿Y si alguien encontrase a su padre en ese estado? Draco no quería ni pensar en las consecuencias—. De verdad que lo entiendo.
Por el rabillo del ojo, vio asentir a su amigo. La atención de Draco se había vuelto hacia la puerta del balcón. Allí dentro la gente bailaba, charlaba, reía, ajena a todo. O eso parecía. Hipócritas, eran todos unos hipócritas.
Apretó el cuerpo con más fuerza contra la barandilla. Sintió la piedra fría e irregular bajo sus dedos. Él estaba ahí, esa noche, en esa fiesta, pero su padre no. Estaban a salvo.
Suspiró.
—¿Qué es lo que quieres, Theo? —Presionó con más fuerza. La piel de la palma derecha se le levantó al topar con un trocito de piedra particularmente afilado y sobresaliente. Escocía.
Escuchó la respiración profunda de su amigo. Una inspiración. Luego, otra.
—Supongo que te habrás imaginado lo que le hicieron a Hermione, ¿no? —le preguntó, por fin, con voz suave, cauta.
Draco se negó a apartar la mirada de la puerta que daba al interior. Veía pasar a magos y brujas, jóvenes y viejos, todos ellos perfectamente engalanados y sonrientes. Una de las mujeres llevaba una aparatosa túnica de gala, llena de volantes, de un rosa chillón. Qué poco elegante.
—¿Draco? ¿Me estás escuchando?
¿Acaso había forma humana de que pudiera no hacerlo? Sus palabras le martilleaban el cerebro. Claro que se lo había imaginado. Una y otra vez recordaba lo que había visto, lo que Pansy le había mostrado. Y esa era precisamente la cuestión, que sabía lo que ella le había enseñado. Solo conocía aquello que ella había querido que supiera. Pero ¿y Hermione?
Draco había visto sus heridas. Múltiples, terribles. No dejaba de imaginarse lo peor. En su mente, sustituía el cuerpo de Pansy por el de Hermione y a la violación agregaba las peores torturas que se le ocurrían. Palizas. Maldiciones. Cruciatus.
—¿Draco?
Asintió con rigidez.
No podía hablar. Tenía la boca seca.
Saber era malo, no saber era casi peor. Aunque, sin lugar a dudas, lo que de verdad lo atormentaba era saber que él había formado parte de ese mundo. Era saber que, si las cosas hubieran sido distintas —si el Señor Tenebroso no hubiera caído y él hubiera seguido bajo las órdenes de su padre— alguien podría haberle ordenado infligir una tortura similar. Podría haber matado a los padres de Hermione, podría incluso haberla golpeado a ella. Destrozado.
Un elfo doméstico se acercó a la puerta con una bandeja cargada de bebidas, pero se retiró a toda prisa en cuanto vio quién estaba en el balcón. Draco maldijo en silencio. Había hecho ademán de alcanzar una de las copas, pero el elfo debía de tener órdenes estrictas de su madre de mantener el alcohol alejado del joven Malfoy.
—¿Por qué todos me tratáis como si fuera un crío? —se quejó. Su voz, aunque rasposa, era firme.
—Porque todos coincidimos en que es culpa tuya que Hermione se haya largado.
Joder. Qué directo.
—Si tanto te preocupa donde esté, deberías pasarme tu whisky y largarte a buscarla —replicó, fingiendo desgana.
Escuchó la suave risa de Theo, breve.
—Vaya. Y yo que pensaba que te alegrarías de saber las buenas noticias.
No le dio el gusto de preguntar a qué se refería. Sin embargo, al ver que su amigo no continuaba, acabó ladeando la cabeza en su dirección. Nott, aunque parecía triste, lo observaba con una diminuta sonrisa en los labios. Draco arqueó las cejas, invitándolo a continuar.
—Hermione ha vuelto.
—Ah.
Deberían felicitarte por tu elocuencia, Draco.
La sonrisa de Theo se hizo más amplia. Casi parecía que se reía de él. Lo sacaba de quicio.
—¿Y dónde está? —Alzó el mentón. Imprimió a sus palabras todo el desprecio del que fue capaz. No quería que Theo pensase que le importaba, que pensase lo que no era. ¿Hermione se había convertido en parte de su grupo? Sí. ¿Estaba aliviado de que estuviera a salvo? Sí. A pesar de lo que todo el mundo creyera, no era un cretino sin corazón. Pero nada más.
—Con Pansy, preparándose para la fiesta. Ha llegado un poco tarde, pero tu madre ha insistido.
En un acto inconsciente, sus uñas intentaron hundirse en la piedra.
¿Es que era él el único que no estaba al tanto de su regreso?
—Deben de estar a punto de bajar.
No se molestó en responder. Paseó la vista por los invitados mientras, con la mano derecha, jugueteaba con la varita dentro del bolsillo.
Esperaron en silencio. La temperatura descendió. Draco se arrebujó en la chaqueta de su traje. Estuvo tentado de utilizar un encantamiento para calentarse, pero el frío lo ayudaba a mantenerse sereno y a sobrevivir, no solo a la espera, sino a la maldita fiesta que su madre había organizado. ¿Cómo diablos podía habérsele ocurrido algo así? Teniendo en cuenta el estado en el que se encontraba su padre… Draco bufó. Porque, claro, esa era precisamente la clave. Aparentar, aparentar, aparentar. Desviar la atención de la ausencia de Lucius. Ofrecer una fachada de familia perfecta y feliz, algo que —ahora se daba cuenta— nunca habían sido.
Por fin —¡por fin!— Draco las vio aparecer en el salón, en medio del tumulto. Miraron a su alrededor. Pansy giró sobre sí misma, estirándose para mirar por encima de las cabezas de los allí reunidos, y su vestido color melocotón ondeó a su alrededor. Puede que los estuvieran buscando a ellos.
Draco quiso moverse, ir a buscarlas, pero temía que si se apartaba de la barandilla las piernas no lo sostendrían. Ella había vuelto. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Qué es lo que quería de él? Draco comprendía tan poco las intenciones de Hermione que llegó a preguntarse si no habría regresado solo para desmemorizarlo, para hacerle olvidar que sabía que tenía una hija. Que había tenido una hija, se corrigió.
—Si me disculpas. —Theo no le pidió que lo siguiera. Salió del balcón todo lo rápido que le permitía el protocolo. Debía estar deseando reunirse con Pansy. Bailar, seguramente, como en los viejos tiempos, siguiendo la música de la orquesta. Disfrutar de la fiesta.
Una masa de cuerpos ocultó a Nott durante unos segundos y, cuando volvió a verlo, él ya había llegado junto a las chicas. Había cogido la mano de Pansy y señalaba hacia el balcón.
Vio a Hermione echar a andar hacia él despacio, casi dubitativa. Sola. Vaciló un instante junto a la puerta del balcón, pero acabó traspasándola.
Draco no podía creerse que estuviera ahí, delante de él. Después de saber que había metido las narices en sus asuntos, después de haber salido huyendo de la Mansión Malfoy… ¿Había vuelto? ¿Por voluntad propia? ¿Por qué?
Draco solo quería entender por qué.
Deslizó la mirada por el corpiño del vestido. Se pegaba por completo al cuerpo de Hermione y dejaba en evidencia lo delgada que estaba. La falda, en cambio, se desplegaba desde las caderas en un enorme vuelo, como una sombra. Debía ser uno de los vestidos de Pansy, retocado mediante magia para adaptarse al frágil cuerpo de Granger. El color negro de la tela resaltaba su palidez. Hermione siempre había sido mucho más morena que él y, sin embargo, desde que se habían reencontrado su blancura rivalizaba con la del propio Draco. Debía de hacer mucho tiempo que no disfrutaba del sol en condiciones.
—Hola. —Ella fue la primera en hablar. Tenía unas ojeras profundas que ni siquiera la fina capa de maquillaje lograba ocultar.
—Hola —respondió, sin moverse. De haber estado presente, su madre le habría dicho que esa no era forma de saludar a una dama, pero a Draco poco le importaba. Sus ojos trazaban el contorno de la cara de Granger una y otra vez, sin atreverse a ir más allá, rememorando las heridas. Era increíble que no le hubiera quedado ni una sola marca. Él todavía conservaba cicatrices en la espalda, cortesía de su padre.
Hermione se acercó y tomó el lugar que había ocupado Theo. Se inclinó sobre la barandilla y se asomó al jardín, sin volverse hacia él. Los ojos de Draco resbalaron por su espalda; además de sus brazos, el vestido también la dejaba al descubierto. Tanta piel… Draco se estremeció. Sintió el impulso de tocarla, de pasar el índice por su columna y comprobar si también el frío de la noche la habría enfriado, si ella lo sentía. De comprobar si en su espalda descubriría marcas, invisibles pero sensibles al tacto.
—Escucha —Hermione inspiró hondo—. Si no quieres hablar conmigo, lo siento —soltó luego, a bocajarro, sin que Draco se lo esperara—. Pero necesitaba disculparme.
¿Qué diablos…?
—No quería causarte problemas —continuó ella, sin darle opción a responder.
—¿Problemas? —Carraspeó para aclararse la garganta y se giró para también él quedar de frente a los terrenos de la mansión, con ella a su lado. De reojo vio que las mejillas de Hermione se habían sonrosado. El color le sentaba bien.
—Por Pansy, quiero decir —se apresuró a explicar. Jugueteaba con el colgante que llevaba, largo, sencillo y plateado—. Ya sé que a ti… —Se calló de golpe.
¿Que a mí qué?, quiso preguntar. Pero quizá no fuera buena idea meterse en ese berenjenal. Al fin y al cabo, sabía lo que había estado a punto de decir sin necesidad de que ella lo expresara en voz alta. Que a ti te da igual.
Pero no es cierto, quiso gritar. Sí que me importa, estuvo a punto de confesar.
La postura empezaba a provocar dolor en los hombros de Draco. Movió el cuello suavemente de un lado al otro, en silencio, sin mirarla, pero muy consciente de su presencia a su lado.
Hermione añadió:
—Supongo que Pansy habrá estado bastante nerviosa —forzó una risa que a Draco le sonó tensa y, no obstante, cálida, cercana. Se había acostumbrado a esa risa.
—Nerviosa es poco —le respondió—. Se ha vuelto loca.
Sopló una bocanada de aire frío y ella —puede que de forma inconsciente, puede que por casualidad— dio medio paso hacia Draco para protegerse.
Silencio.
—En realidad, no la culpo —prosiguió Draco. Bajó la mirada hacia sus manos. Se concentró en ellas. En las palmas, en el dorso, en los dedos, en las uñas. Se concentró en no apartar la mirada de ellas. Porque, de pronto, se sentía atrapado de nuevo en la mente de Pansy, aferrado a los barrotes de esa celda inmunda, viendo como Hermione abrazaba a su amiga de la infancia, a la que acababan de torturar, destrozar y humillar de la peor manera posible.
Volvió a sentirse desprotegido, indefenso. No tenía ni idea de cómo manejar todo lo que sentía. La rabia, el dolor, la pena. La impotencia. Lo único que sabía es que sentía la necesidad de cogerle la mano a Hermione —una necesidad casi física que le producía escozor en las yemas de los dedos— y darle las gracias por haber cuidado de Pansy cuando ninguno de ellos lo había hecho. Cuando él no lo había hecho. Porque lo cierto es que Hermione podría haberse encogido en una esquina, podría haber ignorado el dolor de Pansy y podría haber tratado de pasar desapercibida. En cambio, Draco la había visto gritar y pelear por una chica que siempre la había aborrecido.
Se aclaró la garganta.
—Me ha hablado de lo que le pasó.
La escuchó espirar con fuerza, lentamente.
—Lo peor de todo es que yo ni siquiera lo supe. Ni siquiera me enteré de que le había pasado… algo así —Se pasó las manos por el pelo, nervioso—. ¿Cómo puede ser? ¿Cómo puede mi mejor amiga desaparecer durante meses y yo ni siquiera…? —Se le rompió la voz, así que calló. Negó con la cabeza. La culpa se lo comía vivo.
Entonces sintió la mano de Hermione sobre su brazo, cálida, reconfortante, apretando sobre la tela de su traje.
—Estabas en Azkaban, Draco —le dijo con voz suave. Trataba de calmarlo—. No tenías noticias de ella, ni de nadie. Es normal. No es culpa tuya.
Solo consiguió que el nudo en la garganta siguiera creciendo.
—Nadie se preocupó por ella, ¿verdad? Nadie la buscó, nadie se dio cuenta de que había desaparecido. Nadie, excepto Theo. —Hermione asintió a su lado—. Todo el mundo la abandonó. ¿Por qué? ¿Porque su familia no quiso apoyar al Señor Tenebroso? ¿Porque después me defendió a pesar de todo? —Cerró los ojos. Antes de la guerra, nunca se le hubiera ocurrido describir a Pansy como «leal». Se había equivocado. Era leal, y le había sido leal a él.
La mano de Hermione apretó con más fuerza.
¿Por qué?
Quería preguntarle qué le había pasado a ella. Por qué había vuelto. Y no podía.
Se tiró de la corbata. Aquella cosa era de lo más molesta.
—Te estás deshaciendo el nudo —protestó Hermione y Draco se volvió hacia ella. Ahí estaba, esa ligera mirada de desaprobación, el ceño fruncido. Un eco de esa expresión de superioridad que tanto había molestado a Draco en el pasado—. Ven, déjame. —Y, sin esperar respuesta, tendió las manos hacia su cuello y se puso a trajinar con la corbata.
Sus manos estaban frías como el hielo y él no podía ver lo que hacía, pero se dejó hacer. No había ni rastro de la tensión que se había imaginado experimentar al tenerla tan cerca.
—Hablemos de algo más alegre —le pidió, con sus dedos helados rozándole la garganta—. Por favor.
Estaba tan cerca que podía ver los delicados pelillos de bebé de su frente, en los que nunca hasta entonces había reparado, las pecas prácticamente imperceptibles —nada más que diminutas sombras color castaño, imposibles de distinguir a dos pasos de distancia— sobre el puente de su nariz, y la tristeza oculta en el fondo de sus ojos marrones. Ella creía que había aprendido a ocultarla, a mentir, pero no era así. Draco podía leer en ella como en un libro abierto.
—Por favor —repitió Hermione. Sus dedos dejaron de moverse sobre el nudo de la corbata, pero no retiró las manos.
Draco dio cuenta de que su mirada se había detenido sobre los labios de Hermione. Ella había terminado de ajustar el nudo y había alzado la cabeza hacia él. Debía de estar nerviosa, porque se pasó la lengua por el labio inferior, en un gesto rápido y encantador.
Hacía tanto tiempo que Draco no estaba tan cerca de una mujer que casi había olvidado lo que se sentía al saber que, de haber querido, solo habría tenido que inclinarse para besarla. Y si hubiera sido cualquier otra chica, quizá lo habría hecho.
Ella siguió inmóvil, él no se apartó.
La miró a los ojos. Ella lo observaba con una intensidad que lo asustaba. Nadie, absolutamente nadie, era capaz de mirarlo como lo hacía ella. Hermione no era una de esas mujeres a las que se había acostumbrado durante toda su vida —no era una hipócrita, no era una interesada, ni siquiera era de esas que tan solo buscan la belleza—. En ese momento, el salón de su casa estaba lleno de mujeres como aquellas. En cambio, ahí estaba él, con la única mujer que era distinta.
Hermione era un maldito desastre, sí. Pero era real. Era lo más real que Draco había visto o sentido en mucho tiempo.
Más real que su padre, perdido en su mundo de locura y ajeno a todo lo que lo rodeaba.
Más real que su madre, que había permitido que sus ilusiones y fantasías crecieran. Que vivía esperando el día en que Lucius se levantara de la cama. Que era incapaz de renunciar a la esperanza que aún sentía, a pesar de saber que eso ya no ocurriría nunca, que su marido estaba al borde de la muerte.
Más real que Theo, con sus silencios y su reflexividad, que se obligaba a ser una roca para Pansy aun a costa de tener que negar, ignorar, suprimir su propio pasado y sus recuerdos.
Y más real que Pansy que, a pesar de haber vivido un infierno, se había protegido y había ocultado una parte de sí misma de tal modo que, cuando Draco salió de Azkaban, nunca sospechó lo que le había ocurrido.
Y entonces ¿por qué «si hubiera sido cualquier otra chica»?
Carraspeó, sorprendido por haber estado siquiera pensando en ello, y el sonido pareció llevarlos a ambos de vuelta a la realidad. Hermione dio un paso atrás y le dejó espacio. Como si de un acuerdo tácito se tratase, ambos giraron para quedar de frente a las puertas del balcón.
—Esta fiesta es un asco —soltó Draco, atendiendo por fin a su petición. Fue lo primero que se le ocurrió—. Creía que me había librado de ella después de la guerra, pero parece que mi madre tiene otras ideas.
Supuso que Hermione iba a preguntarle qué era lo que no le gustaba de ella, pero se equivocó. Debía de haberlo entendido a la perfección.
—¿La celebráis todos los años?
Draco asintió.
—El Baile de Navidad de la Mansión Malfoy —recitó con una mueca de disgusto—. Desde que tengo memoria. Cuatro años de parón tras la guerra. Y, al quinto, aquí estamos.
—¿Por qué ahora?
Se tomó un momento antes de responder. No era fácil. Draco se había criado en el seno de una familia sangre limpia y, aunque para él y su madre ese estatus había quedado atrás, las maquinaciones del mundo en el que se movían eran las mismas. El ansia de poder era la misma.
—Por Hogwarts, supongo —le respondió luego, aún tratando de poner en orden sus pensamientos—. Que haya reabierto este año… Es el signo definitivo de que el mundo mágico se está recuperando de la guerra. Pero ¿y la familia Malfoy? Empiezan a correr rumores de que mi padre no está en Azkaban. Pero entonces ¿dónde está? La gente no deja de preguntárselo. No podemos permitírselo. No podemos dejar que piensen que nos estamos hundiendo. —Se pasó la lengua por el labio inferior. Aquello le preocupaba, pero no tenía a nadie con quien hablar de ello. Pansy y Theo estaban a favor de que completara el ritual. Su madre también, a pesar de que temía por la salud de Lucius. Sus razones daban igual, las consecuencias para Draco eran las mismas—. De no ser así, alguien podría quitarle a mi padre el control de la familia. Un primo, un tío. Cualquiera. —Brutus, para empezar.
Hermione hizo un ruido indefinido con la garganta. Supuso que había querido decir algo y se había interrumpido en el último momento. En realidad, Draco no esperaba que ella lo comprendiera. Para hacerlo debería haberse criado en una familia como la suya.
—Tengo que decidir si quiero convertirme en el cabeza de familia. —Se le escaparon las palabras de la boca. No planeaba contarle tanto, pero hablar con ella era sencillo—. Sustituir a mi padre al frente de la familia Malfoy y velar por ella.
Una pequeña pausa.
—¿Es lo que quieres? —Le pareció que había duda en su voz. Quizá creía que la pregunta era demasiado personal. Y lo era, pero ¿qué importaba ya?
Nadie antes se lo había preguntado.
A nadie parecía importarle lo que él quisiera. A nadie, excepto a Hermione.
El corazón le latió con fuerza durante tres segundos.
—No —respondió rotundo—. No es lo que quiero. No estoy preparado. Y… —bajó la voz—: ni siquiera sé si quiero ser un Malfoy. Ni siquiera sé cómo serlo ya. —La voz volvió a temblarle y Draco se odió por ello. Su padre le hubiera odiado por ello, y eso era precisamente lo que le preocupaba. Su padre era quien le había enseñado lo que significaba ser un Malfoy, pero Draco no quería ser esa clase de persona. Ya no. Tomó aire—. En realidad —forzó una risa—, no tengo elección. Tengo que proteger a mi madre. Ella se moriría si perdiéramos esto. Y quién sabe lo que le hará el que se haga con el control de nuestra familia. En el mejor de los casos, echarla de su casa. En el peor… ¿Obligarla a casarse, quizá? Y solo Merlín sabe lo que tendrá que soportar si pasa eso.
—Parece que tienes bastante claro lo que hacer.
—Sí.
Pero me da miedo, quiso reconocer.
—Pero estoy intentando disfrutar de mi libertad todo lo que puedo —le dijo, en cambio, y soltó una risotada y Hermione rio con él, a pesar de todo. Rio de verdad. Un sonido delicado, frágil, como si ella hubiera perdido la costumbre de hacerlo.
—Creo recordar que te he pedido que hablemos de algo «más alegre».
Draco hizo una mueca que pretendía pasar por una sonrisa.
—Creo que eso va a ser difícil —respondió—. Así que deberíamos entrar. Busquemos a Pansy y a Theo. —Lo cierto es que ella ya había conseguido que se sintiera lo suficientemente vulnerable. Quería mantener lo que le quedaba de orgullo intacto y eso solo podía lograrlo escapando de allí antes de derrumbarse y confesarle que había temido por ella en su ausencia, que se alegraba de que hubiera vuelto, que la había echado de menos, que lo sentía.
Dentro hacía calor, demasiado. Al principio, Draco achacó a ello las miradas que dirigían a Hermione: la espalda descubierta de su vestido debía suponer una auténtica bendición entre tantas capas de tela. Pero entonces vio a un tipejo sonreírle y se percató de que eran varios los hombres de la sala los que la miraban con curiosidad, la examinaban. Deslizaban la mirada por su rostro, por su espalda y, si sus ojos se cruzaban con los de ella, le sonreían o inclinaban la cabeza para saludarla.
Apretó los puños.
Para él la tristeza, las ojeras, la palidez, la delgadez poco propias de la Hermione Granger del pasado saltaban a la vista. Quizá fuera porque pasaba mucho tiempo con ella, porque se había colado en su historia y la conocía. Pero ¿y si no supiera lo que le había ocurrido? ¿Y si la estuviera viendo por primera vez?
Draco miró más allá de todas las señales de su sufrimiento y la vio como la veían los demás. Cabello castaño brillante con unos rizos perfectamente definidos, suaves —ni rastro del estropajoso pelo que había llevado en Hogwarts—; piel clara y natural, sin imperfecciones; labios rosados, gruesos, que destacaban en su rostro pequeño. Y su cuerpo… Era pequeña, delicada, el tipo de mujer que muchos de esos idiotas creerían que se entregaría a su protección sin más. Qué ilusos eran.
Draco se alegraba de conocerla. Se alegraba de percibir todas aquellas señales de su rostro y, a pesar de ello, ser capaz de apreciar la belleza de sus rasgos.
Porque, sí, a pesar de todo, Hermione estaba guapa.
Merlín, solo ahora Draco se daba cuenta de que era guapa.
Segunda parte: A Ghost from the Past
Hermione agradeció el calorcito del interior de la casa, aunque las decenas de cuerpos allí reunidos la hacían sentir incómoda. No sabía si eran imaginaciones suyas, pero le parecía sentir sus ojos siguiéndola allá donde fuera. Si se debía a su condición de heroína de guerra o a su estatus como nueva amiga de Draco, eso no lo sabía.
Regresar a la Mansión Malfoy podía parecer un error —no había llegado a sincerarse con Harry y dudaba mucho de ser algún día capaz de contarle su historia completa a Draco, a Theo o a cualquiera de sus nuevos compañeros—, pero no se arrepentía. Visitar el número 12 de Grimmauld Place le había hecho darse cuenta de lo atrás que había quedado su época con Harry y Ron. Quizá podría recuperarlos, pero las cosas no volverían a ser iguales. Se había perdido casi cuatro años irrecuperables, irremplazables, llenos de cambios y de nuevos comienzos.
Pansy y Theo habían desaparecido una vez más. Hermione supuso que habían decidido largarse para no dejarle escapatoria: sin ellos por allí, Draco era la única persona con la que no se sentía incómoda, por irónico que aquello resultase.
Se revolvió inquieta al darse cuenta de que Malfoy y ella llevaban ya unos minutos al lado de la pista de baile, sin hablar, sin moverse, como pasmarotes.
Tratando de ocultar su nerviosismo, Hermione alzó la barbilla y cuadró los hombros. No pensaba dejarse intimidar por sus miedos, ella —la verdadera Hermione, la vieja Hermione— no era así. Paseó la mirada por la habitación, reparando en las túnicas recargadas y los peinados elaborados. Había unos cuantos chicos y chicas jóvenes; Hermione reconoció a dos de ellos de Hogwarts, aunque no sabía sus nombres.
Y entonces, más allá, semi oculta tras las decenas de invitados que habían acudido a la fiesta, Hermione distinguió una piel pálida y una cabellera oscura, llena de rizos salvajes, que resultaban inconfundibles. Inconscientemente, su mano saltó hacia el brazo de Draco y se aferró a él con fuerza. Le enterró las uñas en la piel descubierta de la muñeca y él soltó un quejido.
—¿Qué demonios te pasa, Granger? —escuchó que le decía.
Ella sintió una punzada de pánico en el estómago. Porque no podía ser. No podía. ¿Se estaba volviendo loca?
No aflojó el agarre sobre Draco y él intentó zafarse una vez más, sacudiendo el brazo de una forma muy poco educada.
—Granger… —protestó.
Hermione tragó saliva. Solo la había visto un momento, un segundo, pero estaba segura de que sus ojos no la habían engañado.
—Es… Es Bellatrix —susurró, pálida como la leche. Su mano derecha ya había aferrado la varita que llevaba en uno de los bolsillos secretos del vestido, totalmente disimulados entre los pliegues de tela.
Se volvió hacia Draco. Él la miraba como si se hubiera vuelto loca.
—¿Qué diablos estás diciendo?
Pero Hermione ya lo estaba arrastrando entre los invitados, hacia la esquina del salón en la que le había parecido ver a ese fantasma del pasado. La piel de Draco estaba sorprendentemente caliente bajo sus dedos. Notaba su pulso, violento, bajo las yemas.
Se apresuraron entre hombres y mujeres, metros de seda y terciopelo, joyas y túnicas de gala. Hermione no soltó el brazo de Draco en ningún momento y él no intentó apartarse. La siguió sin rechistar.
Por fin, superaron al último grupo de invitados y alcanzaron la esquina del salón. Hermione casi esperaba encontrarse con una zona vacía. Estaba convencida de que debía habérselo imaginado. Imposible. Era imposible que Bellatrix estuviera allí; no solo estaba muerta, sino que cualquiera la habría reconocido y hubiera dado la alarma.
Pero no, el rincón no estaba vacío. Hermione se detuvo en seco y Draco chocó contra ella.
La mujer que tenían enfrente era extremadamente pálida, tanto como el propio Draco, pero su cabello era más oscuro. Sus párpados eran gruesos y caídos y los labios, increíblemente finos, apenas un par de líneas de un color rosado apagado.
Los dedos de Hermione se aferraron con más fuerza al brazo de Draco, pero él no parecía en absoluto nervioso.
—¿Tía? —preguntó Draco en voz baja, sorprendentemente serena.
Y entonces la mujer sonrió. Su rostro se transformó; la imagen de Bellatrix Lestrange desapareció y los ojos de la mujer brillaron.
Andrómeda Tonks era el vivo retrato de su hermana mayor, pero en sus facciones no había ni rastro de la locura y el sadismo que habían caracterizado a Bellatrix. Fijándose más, Hermione se dio cuenta de que tanto sus ojos como su cabello era un par de tonos más claros. Nunca había olvidado el rostro de Bellatrix —se le aparecía en sus peores pesadillas, solo superada por Roran y Gregory—, pero a Andrómeda solo la había visto en un par de ocasiones, apenas durante unos minutos. En su memoria, los rasgos de Andrómeda habían aparecido difuminados.
—Es un placer conocerte por fin, sobrino. —Andrómeda inclinó la cabeza, pero no hizo ademán de acercarse. En su porte orgulloso y aristocrático había trazas de los Black—. Y Hermione, cuánto tiempo.
La sonrisa de la mujer era sincera. A pesar de su estrecha relación con Harry —todos los meses que había pasado fuera de Londres no eran suficientes para hacerle olvidar que Harry y Andrómeda criaban al pequeño Teddy Lupin—, ella no parecía odiarla. Ni siquiera despreciarla.
Hermione le sonrió, pero fue incapaz de pronunciar palabra. Su parecido con Bellatrix la ponía nerviosa y su relación con sus antiguos amigos hacía que se pusiera en guardia.
A su lado, Draco carraspeó.
—El placer es mío, tía… —Draco se interrumpió bruscamente y la sonrisa de Andrómeda se hizo más amplia.
—Pero te preguntas qué hago aquí —afirmó la mujer. Dio un paso al frente y Hermione sintió a Draco tensarse a su lado. Se compadeció de él. Durante toda su vida, su familia le había enseñado a odiar a Andrómeda. Él nunca había conocido a su tía.
Draco asintió.
—Yo la he invitado. —De repente, la voz de Narcissa sonó a su espalda y tanto Draco como Hermione se volvieron hacia ella, sobresaltados.
La señora Malfoy estaba imponente con su túnica del color de la pulpa de la granada.
—Cissy… —Andrómeda sonrió. Su gesto era sincero, cercano, más natural que la mueca tensa y tirante que normalmente adornaba los labios de Narcissa Malfoy—. Me alegro de verte.
Andrómeda seguía siendo una mujer elegante —no, no había conseguido librarse de sus raíces Black por completo—, pero su rostro era como un día de primavera, cálido y despreocupado.
Durante un largo minuto, Narcissa la observó con expresión impenetrable, seria. Hermione no conocía a la señora Malfoy lo suficiente como para imaginarse qué pasaría por su mente en ese momento. Su largo cabello rubio, recogido en la nuca, era mucho más claro que el de sus hermanas mayores. Sus facciones eran más delicadas pero también más imperturbables.
Por fin, la señora Malfoy dio un paso adelante. Y sonrió.
—Drómeda.
Continuará…
Como siempre, millones de gracias a los que seguís esta historia y mil millones de gracias a aquellos que os tomáis el tiempo de comentar. No os podéis ni imaginar cuánto significa para mí. Perdonad que no me pare a responderos, pero son casi las cuatro de la mañana y estoy que me caigo de sueño. He acabado subiendo el capítulo un poco más tarde de lo que prometí en De corazones y diamantes, pero más vale tarde que nunca.
