Capítulo 14 - Los muertos están muertos IV

Primera parte: Their Eyes Were Watching Me

El Callejón Diagon estaba irreconocible.

Cuatro años habían pasado desde la última vez que Hermione lo había visitado y por aquel entonces las tiendas estaban cerradas, destrozadas y la calle estaba llena de escombros y sangre. Los trabajos de recuperación debían haber llevado su tiempo, pero el esfuerzo había merecido la pena. Todo volvía a estar en perfecto estado, limpio y ordenado y hasta el empedrado del suelo parecía nuevo, menos irregular de lo que lo había sido en el pasado.

Todavía quedaban un par de días para que los chicos tuvieran que regresar a Hogwarts, pero Narcissa había decidido aprovecharse de la última noche de Lucius en el hospital y había insistido en organizar una velada especial y adelantada de despedida para ellos en pleno corazón del renacido mundo mágico.

El restaurante al que los había llevado la señora Malfoy era particularmente espectacular; Hermione nunca había estado en un sitio tan elegante. La pared que tenía enfrente era completamente acristalada y daba a un patio interior privado, en el que crecían árboles y plantas tropicales perfectamente cuidadas e increíblemente coloridas. Aunque el extraño jardín estaba iluminado artificialmente, lo habían hecho de una forma tan delicada que la luz parecía natural. Esta atravesaba el ventanal y se desparramaba por la hilera de mesas más cercana casi con dulzura. Pero, sin lugar a dudas, lo que más llamaba la atención de Hermione era la pared situada detrás de la barra, por la que trepaba un jardín vertical lleno de flores y corrían infinitud de hilillos de agua transparente.

—¿Te gusta? —Draco se había acercado a ella por detrás y Hermione, tan concentrada en la decoración, ni siquiera lo había notado.

—Es impresionante —respondió, un poco cohibida. Aquel era el tipo de sitio al que los Malfoy estaban acostumbrados; su riqueza la alucinaba. Ella no encajaba ahí. De no ser por Pansy ni siquiera habría sabido cómo arreglarse para la ocasión—. Pero no deberíais haberme invitado.

Draco arqueó una ceja.

—¿Por qué no?

Ella se encogió de hombros.

—Es excesivo. —Y para meterse con él, añadió—: Además, no sé qué harás si alguien te ve conmigo en público. No quisiera dañar tu reputación.

Draco soltó una carcajada y Hermione sonrió con él.

Para ambos resultaba evidente que la noche en que Hermione había regresado a la Mansión Malfoy la última barrera entre ellos se había desmoronado. Él había descubierto su secreto y lo había guardado; ella había optado por regresar a su lado. Lo que antes había sido tabú entre ellos se había convertido en sinónimo de la confianza recién adquirida.

—Créeme, juntarme contigo en Hogwarts ya ha dañado mi imagen de forma irreparable —replicó Draco con una sonrisa. Una sonrisa amplia, sincera, diferente de esa media mueca a la que Hermione se había acostumbrado—. Así que no nos preocupemos por lo que no tiene remedio.

La sonrisa de Hermione se ensanchó. Aunque Draco ya no era el mismo chico que había conocido en Hogwarts años atrás, todavía la maravillaba lo mucho que habían cambiado las cosas entre ellos. Era increíble que hubiera podido llegar a sentirse medianamente cómoda cerca de él.

Una corriente de aire frío se coló en el local; la puerta de entrada se había abierto. Por encima del hombro de Draco, Hermione captó un destello de inconfundible cabello pelirrojo. Ron acababa de entrar en el restaurante. Y lo seguían sus padres, Percy, Ginny y Harry.

Irremediablemente, el pulso se le disparó y la calma y la extraña alegría que había sentido mientras hablaba con Draco se esfumaron. Enfrentarse a Ron ya era lo suficientemente difícil cuando su familia no estaba presente, pero ¿dar la cara frente a los señores Weasley? No podía. Hermione conocía a Molly lo suficientemente bien como para saber a ciencia cierta que era imposible que le perdonara el haber abandonado a Ron.

Hermione se revolvió, pasando el peso de su cuerpo de una pierna a la otra. Draco debió presentir su nerviosismo, porque se giró para ver qué era lo que le había llamado la atención. Harry & Co se acercaban a la barra, a ellos. Parecía que Percy ya los había reconocido porque se puso derecho y sacó pecho.

—Vaya. Son como una plaga —protestó Draco.

No había dónde esconderse, así que los Weasley caminaron directamente hacia ellos.

—Narcissa —saludó Arthur con una breve sacudida de cabeza. Percy se adelantó para estrechar la mano de la señora Malfoy, pero ignoró a los demás.

—Patético —le susurró Draco en el oído. Theo, Pansy y Narcissa se interponían entre ellos y los recién llegados—. Percy haría cualquier cosa por congraciarse con mi madre. Los Malfoy podemos haber caído en desgracia, pero todavía seguimos teniendo dinero. Y el dinero abre muchas puertas.

—Siempre ha sido ambicioso —se atrevió a comentar Hermione.

—Un lameculos, eso es lo que es.

Hermione tuvo que morderse el carrillo para contener la risa. Efectivamente, Percy se había puesto a hablar con Narcissa. Ella le sonreía, como si estuviera realmente interesada en lo que le estaba contando. Hermione no conocía demasiado a la señora Malfoy, pero sospechaba que su actuación no era más que fachada. Las cosas podían haber cambiado, pero no tanto. Percy no tenía remedio.

Como si le leyera el pensamiento, Draco añadió:

—Claro que a mi madre también le interesa dejarse ver con cierta gente en público —le confesó—. Supongo que es cierto que mejora nuestra imagen.

—Qué cínico eres —protestó Hermione, en broma—. Dime, ¿yo también mejoro vuestra imagen? ¿Por eso me invitáis a cenar?

—Hermione. —La voz de Arthur interrumpió la respuesta de Draco. El señor Weasley, con su habitual aspecto despistado, se asomó por encima del hombro de Narcissa y le dirigió una débil sonrisa—. Me alegro de verte. Ha pasado mucho tiempo.

Hermione notó como las mejillas se le encendían de un color rojo brillante.

—Hola, señor Weasley. —No supo qué más añadir. Las miradas de odio de Ron, Ginny y Molly parecían taladrarla de arriba abajo, pero Arthur era totalmente ajeno a ellas.

—¿Cómo te va, Hermione? Ah, y vosotros sois… Draco, claro —se volvió hacia Theo y Pansy—, pero creo que a vosotros no…

El codazo que Molly le pegó en las costillas no fue nada disimulado y lo dejó sin aliento. La señora Weasley carraspeó y, en cuanto su marido se volvió hacia ella, señaló a Ron con un gesto de la cabeza.

—Ah. —El señor Weasley se puso del color de la grana.

Theo se adelantó y extendió la mano hacia Arthur.

—Theodore Nott, señor Weasley. Mucho gusto. —Hermione se alegró de ver que la mirada de odio de Molly no lo intimidaba en absoluto—. Y esta es Pansy. Pansy Parkinson.

—Eh… Encantado. —Arthur le estrechó la mano a Theo, pero en cuanto pudo se dio la vuelta, fingiendo fascinación por la conversación de Percy y Narcissa. Estaba claro que a él sí que lo intimidaba su mujer.

Hermione estudió a los Weasley. Ginny aferraba la mano de Harry con tanta fuerza que debía de estar haciéndole daño. Ron tenía la mirada clavada en Draco, que estaba tan cerca de ella que sus hombros se tocaban. Molly no la miraba.

Pocas veces antes Hermione se había sentido tan incómoda. En Hogwarts se había cruzado varias veces con Ron y con Ginny —y ninguna había sido agradable—, pero eso había sido antes de intentar retomar el contacto con Harry. A pesar de que él se había esforzado por buscarla y establecer una tregua entre ellos, Hermione sabía que Harry nunca la apoyaría ni la ayudaría. Siempre había tenido esa extraña tendencia a defender a Ron, fuera cual fuera el problema y sin siquiera escuchar su versión de los hechos. Aquello era exactamente lo que hacía Molly, que siempre tomaba partido bien por sus hijos, bien por Harry. No importaba lo que ocurriera, cuál fuera la situación, Molly parecía incapaz de aceptar que Hermione pudiera no ser culpable. Todavía recordaba el comportamiento de la señora Weasley durante su cuarto curso, cuando se había creído las mentiras de Rita Skeeter y prácticamente le había retirado la palabra.

¿Y Ginny? Todo el mundo creía que habían sido amigas, pero la realidad era muy distinta. Eran compañeras por defecto y, aunque Hermione había tratado de acercarse a ella, Ginny nunca le había perdonado lo estrecha que era su relación con Harry.

Al tenerlos ahí delante a los cuatro, al darse cuenta de todo aquello, se sintió extrañamente satisfecha. Había estado a punto de casarse con Ron cuatro años atrás tras una proposición prematura. Había estado a punto de pasar a formar parte de una familia para la que siempre sería la última opción. Había querido a Ron, pero estaba claro que aquel nunca había sido su lugar.

El silencio empezaba a hacerse incómodo. Molly se había girado también hacia Narcissa —la señora Malfoy debía ser un mal menor si se la comparaba con Hermione—, pero ni sus dos hijos menores ni Harry apartaban la mirada de la chica y sus compañeros.

—Potter —la voz de Draco la sobresaltó. No esperaba que fuera él, precisamente él, el que rompiera el silencio—. Weasley y… Weasley —añadió, mirando a Ginny y su mano desnuda. En respuesta, la chica se sonrojó.

Era joven aún, pero Hermione sabía que deseaba que Harry le propusiera matrimonio. Ginny había crecido y se había convertido en una mujer fuerte e independiente, pero su relación con Harry siempre había sido su punto débil. No contribuían a tranquilizarla el pasado tormentoso que compartían ni que él estuviera tan solicitado. Hermione recordaba que años atrás, a raíz de la declaración de Ron, Ginny se había pasado semanas haciéndole insinuaciones a Harry. Después Hermione había desaparecido, pero Ginny no parecía haber conseguido lo que se proponía.

—Es extraño veros por aquí —continuó Draco y Hermione captó al vuelo la puya escondida tras sus palabras. En el pasado, antes de la guerra y de la fama, los Weasley nunca habrían podido permitirse acudir a un restaurante de esas características.

Ron tardó un momento en comprender a qué se refería, pero enseguida sus mejillas se colorearon para hacer juego con su pelo.

—Más extraño es verte a ti, Malfoy, fuera de tu celda de Azkaban.

Pansy dio un paso adelante, dispuesta a defender a su amigo, pero él levantó la mano para detenerla.

—No eres muy ingenioso, ¿no, Weasley? Ni muy sutil, eso por descontado. —Se volvió hacia los otros dos Gryffindor. Hermione quiso detenerlo, pero la boca se le había secado. Harry no dejaba de mirarla y Ginny lo había notado. Sus ojos iban de uno al otro. De ella a su novio y de su novio a ella. Una y otra vez. Hermione quiso que se la tragara la tierra—. ¿Y a vosotros dos qué os pasa? Estáis sorprendentemente callados.

Con esfuerzo, Hermione volvió la cabeza hacia Draco. Le costó horrores apartar la mirada de los Weasley, pero entonces se dio cuenta de que Malfoy contemplaba a Harry con una media sonrisa divertida. Hermione sabía que Draco no era idiota; era observador y calculador y estaba segura de que las miradas que Harry le dirigía a ella no le habían pasado desapercibidas.

—No tenemos nada que hablar contigo, Malfoy —replicó Ginny. Para su sorpresa, Harry guardó silencio. Hermione no sabía si aquello era una buena señal, un acto de buena fe.

Pansy resopló.

—Y tú, Hermione —añadió la pelirroja volviéndose hacia ella—. De verdad que aún no entiendo qué haces con ellos.

La garganta se le cerró. No esperaba que Ginny se dirigiera a ella directamente. Al fin y al cabo, no lo había hecho en los últimos cuatro meses que habían pasado en Hogwarts —ni cuando compartían Sala Común, ni cuando se encontraban en los pasillos, ni en el Gran Comedor. Nunca—.

Hermione alzó el mentón. No soportaba su hipocresía. Comprendía el enfado de Ron y Harry, pero ¿la falsedad de Ginny? Eso no. Era evidente que ella estaba contenta de que Hermione hubiera perdido su lugar en las vidas de su hermano y su novio. Ginny se había apoderado de su puesto, formaba parte del nuevo y mejorado Trío Dorado. Y, aunque se esforzaba por ocultarlo, Hermione sabía que le gustaba ser el centro de atención de Ron y, sobre todo, de Harry.

—¿Acaso te gustaría más que volviera con vosotros? —le preguntó, mordaz—. No me había dado esa impresión hasta ahora. Discúlpame.

Las mejillas de Ginny se tiñeron más. Iba a responderle, pero la camarera se acercó para indicarle a Narcissa que su mesa estaba preparada. La despedida fue fría y breve; los Slytherin echaron a andar tan pronto y tan rápido como pudieron sin resultar maleducados. A pesar de todo, Narcissa no descuidaba sus modales.

—Y pensar que podías seguir relacionándote con esos patanes… —Draco puso los ojos en blanco mientras seguían a la camarera hasta la parte de atrás del restaurante—. Te has salvado.

Hermione esbozó una sonrisa, aunque sus palabras dolían. A pesar de todo, nunca había dejado de echar de menos a Ron ni a Harry.

—¿Es que te alegras de tenerme aquí, Malfoy? —bromeó impulsivamente.

—Puede ser —admitió él y el corazón de Hermione dio un vuelco en su pecho, breve pero intenso—. En realidad, Granger… Tú no solo mejoras nuestra imagen —le dijo y, aunque su expresión era seria, Hermione distinguió una chispa de diversión en su mirada y en la forma en la que había pronunciado su apellido. En él no quedaba ni rastro del desprecio con el que lo había impregnado en el pasado—. También eres bastante interesante.

Y, posando su mano sobre la parte baja de la espalda de Hermione, la condujo hasta su mesa.

Segunda parte: Into the Darkest Corner

Su padre estaba tumbado en la cama, tan pálido e inmóvil como un cadáver. Su respiración era profunda y regular. Solamente cuando estaba bajo los efectos de la poción del sueño, Lucius Malfoy se mostraba tranquilo y solo entonces Draco podía ver en ese rostro rastros del que un día había sido su padre.

Al otro lado de la cama, sentada en el borde del colchón, su madre le cogía la mano a Lucius. Estaba increíblemente pálida, tanto que Draco creyó que iba a desmayarse.

—Draco… —Narcissa lo miraba con algo similar a la súplica en su rostro. Aquella no era una emoción que él estuviera acostumbrado a ver en el rostro de su madre.

No le hagas daño, parecía querer decirle.

Cómo si él pudiera evitarlo. Cómo si quisiera hacerlo.

Negó con la cabeza.

—Sabes que no hay otra forma. —No supo por qué lo dijo. Al fin y al cabo, no era a Narcissa a quien había que convencer: su madre seguía empeñada en salvaguardar el honor de su familia, de su marido. Era Draco el que no deseaba seguir adelante con aquello. A Draco el honor de los Malfoy le importaba ya una mierda.

Pero lo hago por ella, se dijo. Por madre.

Draco no tenía ningún interés en ocupar el lugar de su padre al frente de la familia, pero su madre era para él más importante que todo su egoísmo y sus temores infantiles. No quería que a ella le faltase de nada. Tal y como le había confesado a Hermione, no iba a permitir que le arrancasen lo poco que aún conservaba. Así que se aclaró la garganta y se obligó a continuar:

—Padre —la palabra le quemó los labios— lo hubiera querido así.

Ella apretó más la mano de Lucius.

—¿Tendrás cuidado? —le preguntó, pero ambos sabían que no había respuesta posible. La maldición tomaba lo que deseaba.

Draco no contestó y a Narcissa le tembló el labio inferior. ¿Cómo demonios podía quererlo tanto? La había humillado, engañado y maltratado durante años. Los había arrastrado al infierno. Y, a pesar de todo, ella aún lo adoraba.

Guardaron silencio. Él preparándose para lo que tenía que hacer, ella probablemente preguntándose si aquella sería la última vez que vería respirar a su marido.

Por fin, su madre asintió y antes de inclinarse hacia Lucius le dirigió una sonrisa forzada a su hijo.

La mano de Draco se movió con torpeza. Fue hasta la mesilla de noche y aferró la varita de su padre, su segunda varita, la que había sobrevivido a la guerra. Su madre la había guardado durante todos esos años y en ese momento temblaba entre los dedos de Draco.

Hacía años que no se sentía tan inseguro, tan mareado, por culpa del tacto de un simple pedazo de madera. La última vez había estado siguiendo órdenes del Señor Tenebroso, había tenido a Dumbledore indefenso frente a él. En esa ocasión era su propio padre el que aguardaba hecho un guiñapo a que lanzara la maldición y él seguía las reglas implícitas de la familia Malfoy

¿Es que nunca iba a ser libre?

Tragó saliva. Le dirigió una última mirada a su madre, que todavía observaba a Lucius preocupada. Draco vio como ella le apartaba un mechón de largo cabello rubio, ya ralo y quebradizo, y le daba un beso en la frente. Cuando Narcissa se incorporó, él apoyó por fin la varita sobre la piel desnuda de su padre, a la altura del corazón.

¡Adhuc Stantes! —murmuró Draco entre dientes y su voz apenas se oyó. Estaba cagado de miedo. ¿Y si no salía bien? ¿Y si su padre moría en el proceso? Su madre nunca se lo perdonaría.

No sabía qué esperaba, pero desde luego no aquello. Sintió un frío intenso que se extendía desde las yemas que tocaban la varita, subiendo cada vez más, por su muñeca, su antebrazo, su codo…

Draco había terminado de trazar el círculo de luz brillante que una vez había visto dibujar a su padre sobre el corazón de Abraxas Malfoy. Cuando lo hizo, el frío ya se había extendido más allá de su hombro. Le había alcanzado el pecho, el corazón, y el dolor se había hecho insoportable. Apretó los dientes para contener el gemido que había asomado a sus labios. Tenía el brazo derecho entumecido y el olor de la carne chamuscada lo mareaba, pero no rompió el hechizo.

Por el rabillo del ojo vio a su madre apretar la mano de Lucius con tanta fuerza que Draco se preguntó cómo era posible que sus dedos escuálidos aguantasen sin quebrarse. La escuchó contener el aliento, aterrada, pero su padre no movió ni un músculo. Estaba bien anestesiado.

En cuestión de segundos, el círculo resplandeciente que había trazado sobre el corazón de su padre empezó a teñirse de oscuridad. La nube se alzó sobre el pecho de Lucius y tomó la forma de una gruesa serpiente. El olor a carne quemada le daba náuseas. Quería vomitar.

La serpiente empezó a ascender, primero por la varita, después por su brazo, enroscándose lentamente. Allí donde se posaba, la piel le abrasaba. Quería arrancársela. Al final, el bicho se detuvo sobre la muñeca de Draco. Alzó la cabeza, lo miró con unos ojos oscuros, de niebla y con un movimiento tan rápido que se lo habría perdido de haber pestañeado en ese preciso instante hundió los colmillos en la cara interior de su muñeca, sobre las venas. Draco tuvo que hacer esfuerzos para contener las arcadas cuando el olor de la sangre —imposiblemente fuerte— se unió al de la piel quemada.

La sangre empezó a resbalar por la serpiente, mezclándose con la neblina negra. Cuando la primera gota cayó sobre la piel de su padre, el olor a carne chamuscada le quemó la nariz, más intenso de lo que jamás habría creído posible. El pecho de Lucius se tiñó de un color rojo que emergía del círculo de luz.. Era sangre.

Su madre soltó un quejido y se inclinó más sobre Lucius, como si tratara de protegerlo. Asqueado, Draco apretó con más fuerza la varita de su padre y la serpiente empezó a retroceder. Con cada centímetro que se movía iba haciéndose más incorpórea, hasta que por fin se hundió en el pecho de Lucius y desapareció.

La sangre de Draco se mezcló con la de Lucius y el chico sintió una vibración que lo recorría desde las yemas de los dedos al corazón. La quemazón se hizo insoportable y entonces la varita de Lucius se quebró entre sus dedos con un chasquido.

Y así, tan abruptamente como había comenzado, terminó.

—Está hecho… —susurró Narcissa, igual que Sybella había hecho muchos años atrás.

Draco se apartó y se puso en pie, temblando y empapado de sudor, y su madre se abalanzó sobre Lucius para curar sus heridas. Su padre no se había movido durante todo el proceso gracias a la droga, pero su piel estaba pálida y perlada de sudor.

—Está hecho… —repitió Draco para sí mismo, lanzándole una mirada a los restos de la varita de Lucius. Se había partido por la mitad y él todavía sujetaba una de las partes con fuerza. Tuvo que abrir los dedos uno a uno, con esfuerzo, para liberarse del pedazo de madera. Lo dejó caer sobre la cama. No lo quería cerca.

El olor a quemado no había desaparecido. Draco seguía teniendo ganas de vomitar. Su madre no tenía ojos para él, parecía perdida en su mundo mientras vendaba el pecho de su marido y le aplicaba un emplasto de hierbas curativas. Él retrocedió despacio, completamente mareado e incapaz de soportar esa escena.

Al salir al pasillo tuvo que apoyarse en el marco de la puerta del cuarto de Lucius. Se permitió un segundo de descanso, respiró hondo por la boca para evitar el hedor y solo entonces siguió pasillo abajo.

No se sentía diferente. Estaba débil y mareado, pero en su interior se sentía exactamente igual. Ni más poderoso ni más seguro. Igual.

Draco llegó a las escaleras principales de la mansión. Consideró la opción de pasar de largo y refugiarse en su habitación, pero sabía que Pansy iría a buscarlo enseguida. Bufó. Si tenía que soportar su presencia, mejor hacerlo con Theo y Hermione cerca. Si se ponía muy pesada, al menos ellos podrían controlarla.

Bajó las escaleras despacio. Las rodillas le dolían. Los huesos le dolían.

Pansy lo esperaba en la entrada del salón, de pie junto a la puerta y con los brazos cruzados. Llevaba los labios pintados de un rojo intenso, a juego con sus largas uñas.

—Estás pálido, Draco —le dijo en cuanto se acercó. Sin que él se lo pidiera lo agarró del brazo y lo condujo al interior del cuarto, donde aguardaban Theo y Hermione. Como si él solo no fuera capaz de sostenerse, como si no fuera capaz de andar, como si necesitase apoyo constante.

Nott le dirigió una pequeña sonrisa, alentadora, y Hermione escudriñó su rostro con el ceño fruncido. Ella era la que menos sabía de todo aquello, de las absurdas tradiciones de las familias aristocráticas sangre limpia. En sus ojos Draco distinguió preocupación y… ¿miedo?

Se zafó de Pansy con brusquedad. Al principio no supo por qué lo hizo, fue un movimiento instintivo. Después comprendió que no quería darle motivos a Hermione para que lo compadeciera.

Podía soportar la piedad de Pansy porque ella lo había visto en sus peores momentos. Habían convivido el año de la Batalla de Hogwarts, ella había estado a su lado cuando declararon culpable a la familia Malfoy y los enviaron a él y a su padre a Azkaban. Había estado con él mucho antes, desde pequeños, cuando Lucius lo sometía a diario a humillaciones y maltratos.

Y también Draco la había visto a ella en los suyos. Cuando sus padres habían sido asesinados durante la Segunda Guerra por no apoyar abiertamente al Señor Tenebroso. Cuando ella se había sincerado con él y le había mostrado los recuerdos de su cautiverio.

Podía también soportar la piedad de Theo porque, aunque no habían sido amigos en el pasado, aunque él no llevaba la asquerosa Marca tatuada en el brazo, Draco sabía que tenía su propia mierda que sobrellevar. Lo cierto es que a veces sentía envidia de Nott, que había entrado en su casa una mañana, había sacado su varita y había matado a su padre sin pestañear. El primer y único asesinato que había cometido en su vida, pensado para vengar la muerte de su madre y librar al mundo de un mortífago más.

Draco nunca había matado a nadie —ni siquiera creía que hubiera tenido valor para hacerlo—, pero a veces fantaseaba con la idea y se preguntaba cómo habrían sido las cosas si él hubiera sido tan valiente como Theo y hubiera acabado con Lucius a tiempo. Entonces miraba a su amigo a los ojos y veía esa sombra de oscuridad, de remordimiento, que lo acompañaba allá a donde fuera y daba gracias por ser un cobarde.

Sí, tanto Pansy como Theo estaban hasta el cuello de mierda por culpa de su supuesta «sangre limpia». Ellos se habían criado igual que Draco y a pesar de todo —o quizá precisamente por ello— lo entendían. Pero ¿Hermione…?

Hermione había crecido lejos de todas aquellas reglas y gilipolleces. Y, sin embargo, Draco quería pensar que también ella lo entendía. Quería creer que, aunque sus circunstancias fueran distintas, la situación con Potter le habría permitido llegar a comprenderlo a él. Entender esa sensación de impotencia, de no pertenecer a ningún lugar, de ser juzgado sin poder expresarse.

Sí, Draco necesitaba creer que Hermione lo entendería. Que entendería por qué, a pesar de todo, había optado por seguir formando parte de aquello que odiaba, de aquello que lo había destrozado por dentro y por fuera: su familia. Draco necesitaba su comprensión, por muy extraño y enfermizo que pareciese.

Porque necesitaba pensar que quizá, como Hermione había hecho al abrirse a él, a Pansy, a Theo, a Slytherin, también él podría abrirse en el futuro y decidir su propio camino, qué tipo de Malfoy quería ser.

—¿Quieres sentarte? —la voz de Pansy se abrió paso en su cerebro con la fuerza de un trueno. Su amiga no dejaba de dar vueltas a su alrededor. Era como una gigantesca mosca, pesada y zumbona.

Negó con la cabeza.

—Quiero acabar con esto cuanto antes —respondió. Con pasos lentos pero seguros fue hasta la pared opuesta, en la que se abría la chimenea, un enorme boquete oscuro y lleno de ceniza, casi tan alto como el propio Draco. Sacó la varita y, con el rostro pálido, apoyó la punta sobre la palma de su mano—. Caelo… —murmuró y sobre su piel apareció una fina línea roja que pronto empezó a gotear sangre.

A su espalda sonó el gemido ahogado de Hermione y, al mirar por encima del hombro, Draco se dio cuenta de que sus tres compañeros se habían acercado a él. Estaba tan concentrado tratando de reunir el valor suficiente para hacer lo que debía que ni siquiera se había dado cuenta de ello.

Draco tragó saliva. Contó mentalmente hasta tres y, entonces, antes de cambiar de idea, apretó la palma ensangrentada contra la helada piedra gris de la chimenea. Durante un momento no ocurrió nada y Draco creyó que quizá algo hubiera ido mal. Quizá se hubiera equivocado al hacer el estúpido ritual. Quizá el poder de los Malfoy no residiera en su sangre.

Ya empezaba a relajarse cuando se escuchó un chirrido. Al principio resultó casi imperceptible, pero pronto creció de intensidad cuando la piedra del fondo de la chimenea empezó a desplazarse hacia abajo, sin prisa pero sin pausa. Imparable, fue retirándose hasta dejar al descubierto un agujero húmedo y negro por el que descendían unas escaleras de mármol blanco, inmaculadas a pesar del tiempo que hacía que no se abría la cámara. Segundos después una antorcha se encendió en el interior del pasadizo, en la pared izquierda, sin que Draco hiciera nada ni pronunciara palabra alguna.

Él dio un paso hacia el agujero; sabía que la ruta de descenso estaría ya completamente iluminada y el olor a humedad no parecía ser excusa suficiente para salir corriendo de allí. Así que se agachó para pasar a través del hueco, tratando de respirar por la boca para no tener que soportar el repugnante olor. Cuando su pie tocó el primer escalón, un escalofrío le recorrió la espalda. Inconscientemente, Draco llevó los dedos hasta la pared, para apoyarse, para sostenerse. Para no perder el equilibrio ni las fuerzas.

La última vez que había estado ahí abajo, había sido con su padre. Preparándose para la guerra. Preparándose para cumplir las órdenes del Señor Tenebroso.

Se le revolvió el estómago. La mano le resbaló de la pared y él giró la cabeza para echar un vistazo a su espalda. Pansy, Theo y Hermione se habían acercado a la chimenea y se apiñaban frente al oscuro agujero, muy cerca de él. Hermione lo miraba con curiosidad, Pansy parecía preocupada y en los labios de Theo se había dibujado una diminuta y alentadora sonrisa. Para él. Solo para él.

Draco sintió que su cercanía lo reconfortaba.

—¿Venís? —se le escapó. Se suponía que aquella cámara era secreta, el último refugio de los Malfoy. Por eso se abría con sangre, la sangre del cabeza de familia. Sangre impregnada de la magia de los Malfoy que había pasado de generación en generación durante centenares de años. Cualquier otra persona podría buscar la cámara durante toda su vida sin éxito. No importaba que supiera exactamente dónde se encontraba ni la cantidad de magia que utilizase para descubrir la entrada. Sería inútil. Solo una persona en cada generación tenía acceso a ella y apenas unos minutos atrás Draco se había convertido en esa persona.

Vio a Pansy mirar a Theo, luego a Hermione. De pronto, esta última parecía un poco recelosa y Draco no pudo preguntarse qué estaría pensando. ¿Qué sentiría al ver abrirse ese asqueroso y tétrico agujero en la pared? ¿Querría saber qué hacía ahí? ¿Para qué servía? Sí, Draco no lo dudaba.

Sabía bien que, para Hermione, aquella casa había estado llena de secretos y amenazas. Puede que aún lo estuviera, que aún recordara cómo su tía la había torturado sobre el suelo del salón, el mismo que ahora ella pisaba todos los días. Draco nunca la había escuchado quejarse, nunca la había oído pronunciar palabra sobre lo ocurrido, pero en un par de ocasiones —en los primeros días de Hermione en la mansión— había descubierto sus ojos dirigiéndose hacia el rincón maldito del salón, barriendo las tablas del suelo, recordando. Draco sabía que, después de lo que Bellatrix le había hecho, Hermione había sufrido más. Mucho más. Puede que no lo hubiera presenciado, pero podía imaginárselo.

Y, sin embargo, había estado en su mano evitarle aquel primer momento de dolor, aunque solo hubiera sido esa primera experiencia… Pero no lo había hecho. No lo había hecho porque era un cobarde. Porque era un Malfoy.

Draco había querido impedirlo, pero no había tenido fuerzas para oponerse. Nunca en su vida había tenido valor… Y por eso ahí estaba, en las escaleras, tomando el lugar de Lucius Malfoy. Lenta pero inexorablemente.

Se obligó a apartar la mirada. Quizá ella tuviera miedo. Era lógico. Era normal. Lo que Draco no entendía era cómo, después de todo lo que habían pasado, Pansy y ella seguían levantándose cada día.

—Olvidad lo que he dicho —gruñó. No podía pedirles más. No podía exigir valentía y sacrificio para un gallina como él—. Esto es cosa mía.

Dio un paso hacia las profundidades, con el corazón en un puño. Un par de pasos más, luchando por contener la sensación de asfixia producto de su mente. La sangre le palpitaba en los oídos.

Y entonces una mano se posó en su hombro. Suave, delicada, como las acariciadoras alas de una lechuza.

Draco se volvió y se encontró con el rostro de Hermione, teñido de un brillo rojizo por la luz de la antorcha que ardía cerca.

—No tengo ni idea de qué va esto —dijo ella, echando un vistazo más allá de Draco, al pasadizo que se perdía en las profundidades—, pero si quieres que vayamos contigo, yo me apunto.

Él la miró como si estuviera viendo una de esas criaturas de las que Lunática Lovegood hablaba siempre. Un… ¿nargle?

—¿Vas a seguirme a sabe Merlín dónde por un pasadizo secreto en una mansión de mortífagos?

—Ex-mortífagos, espero —respondió ella con las cejas enarcadas. Draco no pudo evitar reír entre dientes. La presión de su pecho se había aflojado. Sus miedos se habían hecho más pequeños—. Y la verdad es que suena divertido. —Echó un nuevo vistazo por encima de su hombro—. Harry me ha llevado a sitios peores, créeme.

—¿Potter? —Draco no daba crédito. No entendía lo que ella quería decirle.

—Claro. —Hermione esbozó una sonrisa, cansada pero alegre—. Si lo acompañaba a él, ¿por qué no a ti? Eso es lo que hacen los amigos, ¿no?

Si no hubiera sido un Malfoy, los ojos se le habrían llenado de lágrimas de gratitud. Era la segunda vez que Hermione pronunciaba esa palabra refiriéndose a él, pero Draco aún parecía incapaz de asimilarla. El recuerdo de aquel día en la enfermería aún permanecía fresco en su memoria y él sabía que jamás se borraría. Ni aunque pasaran cien años.

Amigos. Amigos. Amigos.

De pequeño, Draco nunca había querido amigos. Su padre le había enseñado que era mejor tener seguidores. Personas inferiores a las que poder manipular. Cuando llegó la guerra, Draco hubiera dado cualquier cosa por cambiar aquello. Tener amigos de verdad, no muchos, pero sí de esos con los que se puede contar sin importar qué. Amigos como lo habían sido Hermione y Weasley para Potter. Potter, que había pasado su infancia sin tener nada y lo había encontrado todo. Exactamente lo opuesto a él; que se había criado con todo y había visto como empezaba a escapársele poco a poco entre los dedos, hasta llegar a tocar fondo en Azkaban.

Y ahora Potter había dejado escapar a Hermione. Ella estaba a su lado. A su lado, no al de Potter.

La sensación que experimentó Draco en ese momento no lo había experimentado antes. No tenía ni idea de lo que era, de lo que significaba, de lo que implicaba. Lo que sí distinguió entre toda esa corriente de sentimientos, unos sentimientos cálidos, que le llenaban el vientre y le hacían querer sacar pecho y aullar de pura felicidad, fue orgullo. Orgullo porque él —¡él, no Potter, ni Weasley, ni Krum, ni ninguno de esos que tanto se habían preciado de quererla en el pasado!— tenía a Hermione.

Merlín, si su padre levantara cabeza…

Draco Malfoy, orgulloso de tener a la sangre sucia amiga de Potter con él.

Su padre lo mataría. Lo mataría.

Y la verdad es que él disfrutaba al saberlo, al saber lo lejos que había llegado para librarse de su influencia.

—Amigos —le dijo, y la palabra le supo extraña en los labios.

Bajaron juntos por la escalera de mármol. Draco sentía el aliento de Hermione en la nuca, pero no le molestaba. Era agradable tener a alguien tan cerca. Tras ella, Draco escuchaba las pisadas de Pansy y Theo.

Bajaron juntos y juntos llegaron a la cámara que había bajo el salón de los Malfoy. Sus compañeros aguardaron al pie de las escaleras, pero Draco avanzó hacia el centro de la pequeña cámara. No tenía que mirar las paredes para saber que todas las estanterías estaban plagadas de objetos dedicados a las Artes Oscuras. No tenía que hacerlo ni podía hacerlo.

Sus ojos se habían detenido sobre la raída alfombra que ocupaba el centro de la sala.

Si a Hermione la habían torturado una vez arriba, sobre el suelo del salón, a él lo habían torturado incontables veces en aquella cámara de piedra. Disciplina, lo llamaba su padre.

Aunque, al menos, había tenido una razón para comportarse así con él. Una razón retorcida y malsana, pero razón al fin y al cabo. Trataba de enseñarle, de convertirlo en un hombre de provecho. Lo que él consideraba un hombre de provecho.

Pero ¿y a su madre? ¿Qué derecho había tenido Lucius a humillarla, a maltratarla, a engañarla?

Draco se detuvo en el centro de la habitación. Tomó aire y el olor a humedad le quemó la nariz.

Estaba ahí, en el reino de su padre. Había tomado su lugar, pero no quería ser como él. Eso hacía tiempo que lo había decidido. Pero ¿lo estaba consiguiendo? ¿Iba por el buen camino?

Se volvió hacia sus amigos, que no se habían movido. Hermione estaba en el centro, con Pansy a la derecha y Theo a la izquierda. Quizá fuera casualidad, pero daba la impresión de que los dos Slytherin la protegían. La protegían de los horrores de aquella cámara que, aún sin conocer, tan bien intuían.

No, él no era como Lucius. Mientras Hermione estuviera a su lado, no podía serlo.

Más tranquilo, se alejó de la alfombra. Sin dudar siquiera fue hasta la pared más alejada. En ella había un armario de madera oscura, un armatoste enorme y prácticamente vacío, a excepción de lo que Draco estaba buscando.

Apoyó la palma, aún ensangrentada, sobre la puerta del armario y esta se abrió con un chasquido al contacto con su sangre. Dentro, en el fondo, no había más que una caja de color verde esmeralda, tal y como Draco había predicho.

Se acuclilló y abrió la tapa de la caja. Dentro, lo aguardaban media decena de libros encuadernados en cuero verde esmeralda. Nunca había tocado ninguno, pero había visto a sus padres en un par de ocasiones revisándolos. En esos libros se detallaban todos los negocios de la familia Malfoy, los legales y los no legales, y el estado de su patrimonio, además de la genealogía de la familia.

Suspiró.

—Supongo que esto es lo que mi tío busca —le dijo a Pansy, que se había acercado a él, entre dientes. Habría dado cualquier cosa por mandar aquello a la mierda, por plantarle fuego a la maldita caja y olvidarse de todo.

—Tendrás que estudiarlos a fondo. —Ella le apoyó la mano en la parte alta del brazo, pero Draco negó con la cabeza.

—No tendría ni idea de por dónde empezar. Aún no. —Tapó la caja. No quería ver su contenido—. No sé qué diablos pretende mi tío. No es idiota. Debe saber que mi padre no está en condiciones de hacerse cargo de nada. Y sabe también que yo no tengo ni idea de cómo enfrentarme a esto. —Se encogió de hombros—. Mi madre se encargará. Lo único que necesitaba es que alguien abriera la cámara para ella. A partir de ahora, ella toma las decisiones. Yo haré lo que madre crea conveniente.

Se dio la vuelta, cargando con la caja. No le apetecía pasar allí abajo más tiempo del imprescindible.

Iba ya hacía la puerta cuando su mirada se posó sobre Hermione. Estaba de pie frente a una estantería llena de pequeños cachivaches y en la mano derecha sostenía un libro de tapas negras. Draco no sabía qué había en ese libro, pero si estaba allí abajo no podía ser nada bueno. Su padre solo guardaba en ese semisótano los libros de magia oscura más peligrosos. En ese momento, Hermione estaba extendiendo la mano libre hacia la estantería, hacia una pequeña figurita de piedra color púrpura.

—Yo que tú no lo haría. —Hermione dio un respingo visible y apartó la mano como si se hubiera quemado. Se volvió de golpe y lo miró con una expresión culpable en el rostro—. No tengo ni idea de lo que es —le explicó—, pero si está aquí abajo es por algo.

Vio como Hermione bajaba la vista hacia el libro que tenía en la mano. No había título ni texto alguno en su cubierta, pero Hermione debía haber echado un vistazo a su contenido, porque asintió lentamente. Despacio, casi a cámara lenta, dejó el tomo sobre la mesa que había a su lado, sin volver la cara. En su rostro había horror y miedo.

El libro golpeó la mesa con un ruido sordo y solo entonces Hermione apartó la mirada. Sin decir palabra, sin explicación alguna, salió de la habitación dando grandes zancadas.

No se volvió hacia él, a pesar de que Draco no dejó de llamarla.

Su huida lo abrasó por dentro. De pronto sintió el terror, las dudas volviendo a él. Si ella cambiaba de opinión respecto a él, si volvía a irse… Si ella renunciaba a él… ¿Cómo podría Draco saber que él no era un Malfoy más? ¿Que no era tan hijo de puta como su padre?

La caja cayó al suelo con un estruendo que rebotó en las paredes.

Haciendo caso omiso de las miradas de asombro de Pansy y Theo, se apresuró tras Hermione. La atrapó ya en la escalera y su mano se cerró sobre la muñeca de la chica como una garra. Ella soltó un quejido y, de inmediato, Draco aflojó la presión. Se maldijo mentalmente, recordando la huella de sus dedos en el cuello de Hermione.

—Lo siento —farfulló, sin soltarle la mano.

Sus ojos se abrieron, sorprendidos.

—No pasa nada —respondió, sin hacer ademán de alejarse.

Pero Draco sacudió la cabeza.

—No. Lo siento por… —Señaló hacia atrás, a la cámara que quedaba a su espalda. No sabía cómo continuar.

—¿Por qué? —Los ojos de Hermione brillaban. Grandes y sinceros.

Él se pasó la mano libre por el pelo. Aquel endiablado sitio lo ponía nervioso, le traía demasiados recuerdos. Allí abajo, no era él mismo.

—Porque no debí haberte pedido que bajaras. No quiero… —Se cortó de golpe porque, aunque sabía exactamente lo que quería, no estaba dispuesto a reconocerlo ante ella—. Nunca había bajado sin mi padre —empezó de nuevo—. Ahora que es mi cámara, la vaciaré. Me desharé de todo. Te lo prometo. —¿Qué coño estaba diciendo? ¿De dónde salía esa debilidad? ¿Por qué le estaba haciendo promesas?— Te lo prometo —repitió, en cambio, sin poder evitarlo.

Merlín. Por milésima vez desde que la conocía, Draco se preguntó qué le estaba pasando. Ella hacía que algo en su interior se derritiera, se derrumbara.

Hermione lo miró, guardando silencio. Cada segundo que pasaba sin que ella respondiera era un puñal en el estómago de Draco. ¡Joder! Se estaba humillando ante ella. Por ella. ¿No merecía siquiera unas palabras a cambio?

—No tienes que disculparte —susurró Hermione por fin—. Sé que no es culpa tuya. Sé que es cosa del pasado.

Hermione se zafó de su agarre y dio media vuelta. Draco quiso protestar, pero entonces ella volvió la cabeza para mirarlo por encima del hombro.

—El problema es que a veces el pasado es difícil de superar.

No supo qué quería decir con aquello. No supo si se refería a ella misma o a él.

Pero cuando ella volvió a subir los escalones, Draco se quedó allí parado, con los ojos clavados en su espalda. Recordó todo lo que había sentido en esos últimos minutos, desde que se había reunido con ella en el salón, en todo lo que Hermione le había hecho pensar.

Y se dio cuenta de que, por increíble que pareciera, Hermione se había convertido en su ancla, la balanza con la que medía el mal que había en su alma.

Continuará…

Perdonad el retraso, he estado enferma toda la semana.

Como siempre, miles de millones de gracias a aquellos que se toman en tiempo de escribirme un comentario:

andrea: me alegro de que te haya gustado. La verdad es que esa es la intención. A muchas lectoras no les gustan las historias con OoC, pero yo creo que es indispensable en fics que tienen lugar después de la historia original. Como tú dices, tienen que madurar.

Marycielo Felton: muchas gracias, tu comentario me ha animado muchísimo. La verdad es que Spectre está resultando ser un trabajo mucho mayor del que me había imaginado y sé que he tardado mucho en actualizar, lo que me da mucha rabia. Espero no volver a desaparecer porque odio dejaros colgadas.

Nanda Rowling: espero que te siga pareciendo que el que la trama sea diferente es algo bueno, yo en cada capítulo siento que se me va un poco más de las manos (risas). Hay tantas cosas que quiero contar que tengo que estar todo el rato censurándome para que la historia no se me escape. Me da la impresión de que el resultado está siendo un fic un poco caótico.

Guest: intentaré actualizar lo más pronto seguido. Primero, porque le tengo mucho cariño a esta historia. Segundo, porque tengo miles de ideas pensadas para otros Dramione y quiero ponerme a escribirlas cuanto antes (risas). Voy a intentar pensar en eso para obligarme a acabar Spectre cuanto antes.

Pauli Jean Malfoy: mil perdones por hacer que tuvieras que releerlo y millones de gracias por haber seguido ahí a pesar de mi interminable tardanza. Soy un desastre, si es que no os merezco como lectoras…

damalunaely: muchas gracias por tu comentario, es un alivio saber que el fic va gustando aunque sea a unas pocas personas. Cuando empecé a subirlo creí que nadie iba a leerlo por lo lento que es (risas).

rosie: sí, ya ves que Draco va abriéndose y bastante. Si es que yo creo que lo que le falta es cariño y comprensión, una vez que se da cuenta que no todo es como su padre le enseñó… pues ya ves. Mil gracias por tu apoyo constante, rosie.