Capítulo 15 - Los vivos están muertos V

Primera parte: Red Moon Rising

A su izquierda, Draco garabateaba distraídamente en su pergamino. Iba dejando sobre el papel una ristra de circulitos, rombos y cuadrados sin sentido. La tinta húmeda le había manchado las puntas de los dedos y a él no parecía importarle estar emborronando la hoja.

A su derecha, Theo tomaba apuntes con diligencia. Ya había llenado medio metro de pergamino con su letra diminuta y apretada. Con la mano que le quedaba libre pasaba las páginas de su Teoría de la Numerología Avanzada.

Entre ambos, Hermione jugueteaba con la pluma. Su propio pergamino estaba prácticamente vacío, apenas un puñado de palabras y frases pronunciadas por la profesora Vector llenaban la parte superior de la hoja. Por más que lo intentaba, no lograba concentrarse.

Era extraño estar ahí, en clase de Aritmancia rodeada de los dos Slytherin. Y extrañas habían sido también las Navidades. Antes de las vacaciones, Draco nunca se hubiera sentado a su lado, ella nunca hubiera ocupado la posición central. Aquella era solo una muestra más de cómo las cosas habían cambiado.

—La traducción de los lenguajes simbólicos es un arte inexacto —decía la profesora, Theo apuntaba, Draco la ignoraba y ella se debatía entre ambos—. La relación entre astrología y numerología es, por tanto, subjetiva.

Hermione dejó la pluma a un lado. Le hubiera encantado que Pansy cursara con ellos Aritmancia, haber podido sentarse junto a ella y así huir de Draco. Porque lo cierto es que, desde que habían regresado al colegio el día anterior, sentía que la distancia que había habido entre ellos se había derrumbado por completo. Y eso la aterraba.

La aterraba pensar que Draco había desvelado su secreto y que lo había guardado.

La aterraba reconocer que él había permitido que se colara en su casa, que descubriera la situación de Lucius.

La aterraba recordar cómo se había acercado a él en la cámara de su familia, cómo había querido consolarlo, protegerlo. Y cómo él la había aceptado, cómo le había prometido que vaciaría la sala, que se libraría de todos los horrores que contenía.

Hermione cerró los ojos un momento. Lo hizo con fuerza; tanta, que pequeñas manchas de color rojo nacieron y se extendieron tras sus párpados cerrados. No importaba cuánto lo intentara, era incapaz de olvidar los pocos minutos que había pasado en ese sótano. La sensación de opresión, de odio y maldad flotando en el aire. El libro de cubiertas negras que se había atrevido a tocar. Las maldiciones, las torturas que guardaba en su interior.

Un solo vistazo había bastado para hacerla recordar, para desatar el pasado que tanto se esforzaba por contener día tras día. Llevaba dos días peleando consigo misma para lograr contenerlo, pero Hermione sabía que había llegado a su límite, que había perdido la batalla.

Con Draco tan cerca otra vez era imposible tratar de olvidar y fingir que aquello no había pasado. Que no había visto lo que había visto.

El olor era nauseabundo. Era un hedor a podrido. A sangre, a carne enferma. Era el olor de la muerte.

Hermione se detuvo frente a la puerta de la casa. A su alrededor el bosque guardaba silencio. Ni pájaros ni el viento ni nada. No se oía absolutamente nada. Los árboles crecían alrededor de la rústica cabaña, cercándola, aislándola de todo.

Ella dio un paso adelante. Subió los tres escalones del porche con la varita en la mano y el corazón golpeándole las costillas con una violencia que antes hubiera creído imposible. Tenía la sensación de que iba a estallar. De que, de un momento a otro, su corazón se detendría, reventaría, y ella se derrumbaría sobre el sucio suelo de madera. Y, en el fondo, aquella no le parecía una mala opción. Porque la alternativa era abrir esa puerta y enfrentarse a lo que fuera que hubiera al otro lado.

Por más que se esforzó por controlarse, la varita temblaba entre sus dedos cuando empujó la puerta. Estaba tan solo arrimada y un solo roce bastó para que se abriera de par en par. Los goznes chirriaron y el olor se hizo tan fuerte que Hermione tuvo que volver la cabeza. Las arcadas estuvieron a punto de hacerla vomitar, tardó largos minutos en conseguir sobreponerse y avanzar.

En el interior de la casa todo estaba oscuro y silencioso.

Encontró el primer cuerpo cuando solo había dado una docena de pasos. Tirado en medio del salón, desmadejado, quebrado, cubierto de sangre.

Hermione comprendió de inmediato lo que veía y cayó al suelo de rodillas y aulló de dolor mientras las lágrimas brotaban de sus ojos con rabia. Gritó y lloró sin importarle quién pudiera escucharla. Maldijo una y otra vez mientras aferraba la mano fría y pegajosa del cadáver.

Las uñas habían desaparecido, la piel había sido vuelta del revés, el rostro estaba desfigurado. Hermione no conocía el tipo de maldiciones que podían haberle hecho eso a una persona —hasta entonces ni siquiera se había planteado que pudieran existir—, pero sí sabía bien a quién pertenecía el cuerpo que tenía delante.

Era su padre. Irreconocible, maltratado y torturado. Muerto. Pero su padre al fin y al cabo.

Hermione lloró hasta que la garganta le ardió y los ojos le dolieron. Y solo entonces consiguió avanzar, sin levantarse, arrastrándose sobre manos y rodillas, hacia el interior de la casa. Ni siquiera se dio cuenta de cuándo se cortó con las miles de esquirlas de cristal que cubrían el suelo. No se fijó en los muebles volcados ni se detuvo frente a las manchas de sangre que salpicaban las alfombras.

A su madre la encontró en la cocina. Al igual que su padre, llevaba días muerta. Puede que semanas.

Se acercó a ella sin importarle el olor, la sangre, los cristales. Se hundió en el suelo, a su lado, cerró los ojos y siguió llorando. Lloró durante horas, incapaz de mirar los restos de su madre, con el pelo arrancado y el cuerpo marcado por incontables hechizos.

En la casa no había ni rastro de la Marca Tenebrosa, pero Hermione no necesitaba verla para entender quién era el responsable.

Así que lloró y lloró y lloró, odiándose a sí misma por no haberlos encontrado antes, por haber permitido que mortífagos o carroñeros hubieran dado con ellos a pesar de sus precauciones.

Lloró y lloró y lloró, incapaz de olvidar que sus padres habían muerto sin recordarla a ella, sin recordar que habían tenido una hija y que ella había sido la causa por la que los habían cazado y asesinado.

Lloró y lloró y lloró hasta que Harry la encontró y, en brazos, la sacó de allí.

—¿Te encuentras bien? —Draco la miraba con la cabeza ladeada, serio, sin dejar de deslizar la pluma por el pergamino.

Ella no supo cómo responderle. Recordaba el libro, la cámara que guardaba todos esos secretos, esas maldiciones. Maldiciones que podían haber usado contra sus padres, hechizos que el mismo Draco podría haber llegado a conjurar si las cosas hubieran sido diferentes.

Recordaba también su mirada desamparada, sus promesas, cómo se había preocupado por ella a pesar de todo. Y no sabía qué pensar. Ni siquiera sabía ya qué significaba estar bien. Si alguna vez volvería a estarlo.

Hermione apartó la mirada de Draco e hizo un esfuerzo por prestar atención a las palabras de la profesora Vector. Debía concentrarse, olvidar, ignorar los recuerdos, volver a encerrarlos en su interior. Porque sino la consumirían por completo, harían que se pusiera a gritar allí mismo, la destrozarían frente a todos aquellos dispuestos a contemplarlo.

Como tantas veces antes, se encontró a sí misma deseando ser la Hermione Granger del pasado. Para esa Hermione hubiera resultado imposible estar allí, en clase, y no beber de las palabras de la profesora. Pero ¿la Hermione de ahora? Esa apenas sí podía conectar con el mundo sin sentir dolor.

Solo es un pequeño esfuerzo. Otro más, se recordó. Puedes hacerlo.

Y se obligó a alzar el rostro, apartar la vista del pupitre y fijarla en Vector.

—La espiral, como bien sabéis, es una de las figuras principales de la Aritmancia. —La profesora agitó la varita y una imagen en movimiento de una espiral, dibujada en tiza, apareció en la pizarra—. La espiral era para los celtas símbolo de lo eterno. Representaba al Sol, a los eclipses.

Hermione sentía la mirada de Draco sobre ella. Su pluma por fin se había detenido. Terca, mantuvo la vista fija al frente, en el hipnótico bosquejo de la espiral.

—La espiral es el símbolo de lo eterno, del ciclo infinito, de la resurrección. —Hermione no tenía ni la más remota idea de qué estaban hablando, de qué iba la clase—. Por eso se cree que, durante los eclipses, el velo entre la vida y la muerte es más fino.

Lo único que Hermione quería era distraerse, olvidar e ignorar la atención de Draco. Así que se arriesgó a mirar a su derecha, a Theo. Un rápido vistazo a los apuntes del chico le permitió a Hermione intuir que el tema a tratar era la relación entre la Aritmomancia y la Astrología.

Decidida a concentrarse en el presente, empezó a pasar las páginas de su ejemplar de Teoría de la Numerología Avanzada en busca del capítulo en cuestión. Después, recogió la pluma del pupitre y la apretó entre los dedos.

—Vuestra tarea consistirá en calcular y describir vuestra numerología… —Desde las últimas filas sonó un gruñido de protesta y Hermione no pudo más que estar de acuerdo con él. Aquel era el ejercicio más recurrente y básico en clase de Aritmancia, uno que llevaban practicando desde el tercer curso. ¿Para eso estaba allí, luchando contra sí misma?— …si hubierais nacido el 22 de mayo de este año —continuó la profesora, haciendo caso omiso del descontento de sus alumnos.

—¿El 22 de mayo? —el murmullo de Draco no le pasó desapercibido a sus compañeros. Hermione volvió a hundir el rostro en la mesa y mantuvo la mirada sobre su pergamino, pero Theo se volvió hacia él.

—¿Es que no has estado prestando atención? —le preguntó en un susurro. Había desaprobación en su tono y, siguiendo un impulso, Hermione cubrió su pergamino vacío con el codo para que Theo no se diera cuenta de lo perdida que estaba ella también.

Por el rabillo del ojo vio a Draco negar con la cabeza.

—El día del eclipse lunar, Draco. —Theo sonaba exasperado. Sus dedos seguían revolviendo el manual de Aritmancia en busca de tablas y más tablas—. ¿La luna roja? ¿La conjunción con Marte? ¿Te suena?

Los ojos de Hermione siguieron a la profesora cuando se acercó a la pizarra. Con un nuevo golpe de varita la espiral desapareció y una serie de números ocupó su lugar.

—La verdad es que no. —Como de costumbre, Draco sonaba aburrido. Los garabateos en el pergamino se habían reanudado.

Theo suspiró. Volvió a mojar la pluma y, antes de volverse hacia su hoja, le lanzó una última mirada a Draco. Hermione estuvo segura de que su atención se había detenido un segundo de más en los dibujitos que llenaban los apuntes del rubio.

—Espero que luego no vengas pidiéndome ayuda para los exámenes —murmuró y ella comprendió que había dado la conversación por terminada cuando se puso a copiar la tabla que Vector había hecho aparecer en la pizarra.

Sin embargo, Draco siempre tenía que tener la última palabra:

—No te preocupes, Theo —replicó con voz calmada—. Seguro que a Hermione no le importa echarme una mano. Ella es una persona caritativa, no como tú.

Nott bufó al escuchar sus palabras. Y, aunque Hermione sabía que ambos chicos estaban bromeando, no pudo evitar que su estómago se encogiera.

—Tendréis que…, por supuesto, las circunstancias especiales de este… —La profesora Vector hablaba, pero su voz no era más que un zumbido de fondo en la mente de Hermione. Si en algún momento había tenido esperanzas de retomar el ritmo de la clase, de concentrar en ella su atención, las palabras de Draco habían hecho añicos esa oportunidad.

La familiaridad con la que él la trataba la hacía sentir indefensa e incómoda, fuera de lugar. Antes de las vacaciones había querido que Draco se abriese a ella y que le permitiera acercarse. Recordaba con claridad absoluta los días que había pasado en la enfermería, cómo lo había presionado para que aceptase su compañía. Si hubiera sabido lo que eso significaba, si hubiera sabido que Draco iba a acabar colándosele bajo la piel… ¿Hubiera actuado de otra forma?

No lo sabía. Le hubiera gustado decir que conocía la respuesta, pero no era así.

Confiaba en Draco, por extraño que pareciese. Confiaba en que él guardaría su secreto, de la misma forma que ella guardaría el suyo. Pero ya antes había confiado y se había equivocado. Antes hubiera dado su vida por Harry, por Ron. ¿Y para qué le había servido? Para acabar sola, deshechada.

Y el libro, la cámara, las maldiciones… No era culpa de Draco, eso lo sabía. Pero ¿y si las circunstancias hubieran sido otras? ¿Habría entonces llegado a aprender esos hechizos? ¿Los habría usado contra gente como ella, como sus padres?

Tenía ganas de llorar. De gritar. De dejarse llevar, acurrucarse en una esquina y simplemente dejarse vencer para así volver a estar con sus padres, con su hija.

Volver a Hogwarts había sido complicado en septiembre. En ese momento, era prácticamente insoportable.

El dolor, el pasado, la guerra y las muertes parecían rodearla allá a donde fuese. Y Hermione empezaba a creer que siempre sería así.

Había conseguido abrirse a Pansy, que estaba tan dañada como ella. Había intentado sincerarse con Harry y se había topado de bruces con el miedo y la vergüenza. Había tratado de acercarse a Draco y se había encontrado con una persona igual de destrozada, tan llena de secretos, barreras y muros como ella. Todo lo que Hermione tocaba parecía roto.

Sus dedos se tensaron tanto, apretaron la pluma con tanta fuerza, que esta se partió y salpicó diminutas gotitas de tinta sobre el pupitre, el pergamino, sus manos.

Hermione la dejó caer sobre el papel. Despedazada. Como ella.

Tuvo que morderse el labio para contener el aullido que empujaba para escapar de su garganta. Tuvo que hacer crujir los nudillos para concentrar su atención en algo, lo que fuera, distinto del enorme vacío que sentía por dentro.

Y fue entonces cuando los dedos de Draco, pálidos, largos, ágiles, le rozaron el codo con una suavidad y una delicadeza que, a pesar de ser apenas perceptibles, la hicieron estremecer hasta lo más profundo de su ser.

Se volvió hacia él y sus ojos marrones se encontraron con los grises de Draco. Él se había inclinado hacia ella, la miraba con una intensidad que a Hermione le resultaba desconocida. Como si pudiera ver a través de ella. Como si él fuera el único que podía verla en un mundo en el que hacía tiempo que se había vuelto invisible.

—¿Estás bien? —repitió Draco. El pelo le caía sobre la frente y los pómulos se le marcaban bajo la piel. Estaba delgado, casi tanto como ella. Roto, sí.

Sus dedos volvieron a tocarle el brazo y algo en el interior de Hermione tembló.. Le gustaba que Draco la tocara porque ella ya casi había olvidado lo que era el contacto de otro ser humano. Le gustaba que la rozara porque así conseguía que, al menos durante unos segundos, ella se sintiera real otra vez. Viva.

No pudo evitar recordar una vez más las vacaciones en la Mansión Malfoy —la enfermedad de Lucius, cómo Draco se había sincerado con ella y cómo la había recibido tras su regreso— y se dio cuenta de que esos días habían sido lo más cercano a la felicidad que había experimentado en mucho, muchísimo tiempo.

Puede que Theo, Pansy, Draco y ella misma estuvieran estropeados y vacíos, llenos de dolor, pero lo cierto es que habían llegado a sonreír juntos, habían empezado a apoyarse los unos en los otros sin reservas.

¿Qué importaban los libros, la cámara llena de horrores que los Malfoy guardaban bajo el salón?

Draco le había prometido que iba a vaciarla y ella le creía. Sin reservas. ¿Qué importaba que hubieran sido una serie de infortunios los que los hubieran llevado hasta allí?

En otra vida, Draco Malfoy nunca se hubiera acercado a ella de esa forma, era cierto. Pero la verdad es que tampoco ella se hubiera acercado a él.

En otra vida, quizá el hubiera seguido sometido a su padre. En otra vida, quizá ella hubiera seguido viendo las cosas en términos absolutos —blanco y negro, bien y mal—. Y se hubiera perdido muchas cosas. Muchísimas.

Mientras lo miraba, mientras él le devolvía la mirada, Hermione se dio cuenta por primera vez de que esa vida —esa vida llena de dolor y de pérdida que los había llevado a encontrarse— también tenía cosas buenas.

Como la valentía de Pansy. El compañerismo de Theo. El ver cómo el hielo que rodeaba el corazón de Draco se derretía.

Así que Hermione, a pesar de todo —a pesar del pasado que los separaba, del asesinato de sus padres, de la Marca, de las cicatrices que Lucius había dejado y de todo lo demás—, le sonrió.

Segunda parte: In a Dark, Dark Wood

Su Nimbus 2001 estaba en un estado pésimo. Se había convertido en un trasto viejo, olvidado, destrozado. Un reflejo del propio Draco.

De camino al campo, había notado las ramitas de la cola rotas y la madera del palo áspera y rasposa, consecuencia de los muchos años que había pasado sin pulirlo ni abrillantarlo. Años de abandono.

Para él los tiempos del quidditch habían quedado muy, muy atrás. Los días de inocencia, de libertad, de disfrute hacía tiempo que habían desaparecido. Ya antes de entrar en Azkaban, antes de la guerra… Se habían esfumado, igual que las nubes arrastradas por el viento.

Y después… Después de la prisión nunca había tenido fuerzas suficientes como para volver a intentarlo. Ni ganas ni tiempo ni oportunidades. En casa siempre había habido asuntos más importantes que atender. Al regresar a Hogwarts, se había sentido incapaz de volver a formar parte de un equipo. Un equipo que lo hubiera detestado y aborrecido.

No, para Draco aquellos tiempos habían quedado muy atrás. Y, a pesar de todo, su madre había insistido —le había obligado, en realidad— para que tras las vacaciones volviese al colegio con su escoba.

Draco ya había olvidado la última vez que había volado en ella, su último partido. Sin embargo, Narcissa lo conocía bien. Debía de haber sabido lo mucho que necesitaba aquello.

Había crecido con una escoba entre las piernas, pero había estado a punto de olvidar cómo eso le hacía sentir. Y hubiera sido un error. Que no quisiera jugar en un equipo —que ningún equipo lo quisiera— no significaba que no pudiera disfrutar de vez en cuando de la velocidad, de la sensación de ingravidez, de la adrenalina.

Así que aceleró más la escoba. Theo quedó atrás. Su amigo no era rival para él; la carrera carecía de emoción. Y, sin embargo…, el viento, el frío, las gradas borrosas a su alrededor merecían la pena.

Sabía, sin necesidad de mirar a su espalda, que Nott iba muy, muy rezagado. Que los separaban incontables metros, que él estaba solo. Que volvía a estar solo. A su alrededor, el mundo giraba como un torbellino. Era un manchón de formas y colores apagados, totalmente ajeno a él.

Pasó por delante de las gradas en las que esperaban Pansy y Hermione. Iba a tal velocidad que no fue capaz de distinguirlas, no eran más que un borrón cuando pasó a su lado, pero oyó sus voces. En realidad, oyó la voz de Pansy. Chillona, alta, excitada. Animaba a Theo a gritos, sin importarle que el resultado de la competición ya estuviera decidido.

Draco enfiló la última vuelta pensando en Theo y en Pansy, en cómo él la cuidaba y ella lo apoyaba. Nunca lo hubiera reconocido en voz alta —no quería siquiera reconocerlo ante sí mismo—, pero la relación de ambos lo hacía sentir incómodo.

No, no incómodo. Abandonado, quizá. Celoso.

Al pensar en ello los dedos de Draco se aferraron con más fuerza al mango de la Nimbus y él hizo ascender la escoba casi en vertical. Subió hasta que el frío le hizo doler las mejillas y le entumeció la punta de la nariz y solo entonces se detuvo, se quedó quieto, flotando en el aire.

La temperatura gélida de enero, allá arriba, casi entre las nubes, le aclaró las ideas.

Se alegraba de que sus dos mejores amigos fueran felices juntos, de que se hubieran encontrado y dado una oportunidad después de todos los horrores que les había tocado vivir. Pero ¿dónde lo dejaba eso a él? Él, que en el pasado había sido el centro de atención… ya no era nada, para nadie.

Al mirar hacia abajo, Draco distinguió el pequeño punto que era Theo sobre su escoba. Se había rendido, se había detenido y había empezado a descender. Aunque desde tan arriba no alcanzaba a distinguirlos bien, Draco estaba seguro de que Pansy estaría esperándolo, de que pronto se reunirían sobre la hierba húmeda.

Y, probablemente, ni siquiera se darían cuenta de que él no estaba.

Draco no era idiota. Había notado que sus dos amigos cada vez le prestaban menos atención. Cada vez encontraban más momentos para escabullirse, para estar a solas. Sin él. Él sobraba.

El nudo que se le formó en la garganta le hizo odiarse a sí mismo. Un poco. Odiarse por su debilidad, pero también por su egoísmo.

Con el estómago encogido empezó a descender. Le hubiera gustado quedarse allí arriba toda la vida, olvidarse de todas las preocupaciones y problemas que lo aguardaban abajo, sobre la faz de la Tierra. Pero hacía demasiado frío. Los dedos, los labios, la cara le dolían. El pelo se le había empezado a llenar de diminutos cristales de hielo.

Cuando aterrizó, Pansy estaba entre los brazos de Theo. Pansy, que nunca dejaba que nadie la tocase. Theo, que siempre se mostraba frío y distante.

Una vez más, Draco se preguntó cuándo los sentimientos de sus amigos se habían desbordado de esa forma. Y se preguntó también qué se sentiría al querer a alguien de esa forma. Incondicional, abrasadora. Qué se sentiría si a uno lo quisieran así.

—¿Te encuentras bien? —La voz de Hermione sonó a su espalda, suave, calmada, frágil y le hizo pensar en esa clase de Aritmancia días atrás, en cómo la pluma se había partido entre sus dedos, en lo pálida que ella se había puesto. Había querido preguntarle qué le pasaba, decirle que sabía que algo la había perturbado. Había querido que ella se sincerara con él. Pero lo único que había conseguido era pronunciar un estúpido ¿Estás bien?, superficial e inútil.

Porque Draco sabía que no, que ella no estaba bien. Día tras día veía el dolor en su mirada, en sus gestos. Tan intenso que ella era incapaz de ocultarlo. Incluso cuando sonreía, el dolor estaba ahí. El vacío.

—¿Draco? —Ella ladeó la cabeza. Dio un paso en su dirección, se detuvo frente a él y lo miró a los ojos.

Mientras Pansy y Theo se alejaban, perdidos en su mundo de pasión y ajenos a él y a todo aquello que los rodeaba, murmurándose gilipolleces al oído, Hermione se quedó a su lado y lo miró a los ojos.

Y, de pronto, sin saber por qué, sin saber de dónde provenía aquella sensación, Draco se sintió apaciguado. Calmado y acompañado.

—Todo bien —le respondió y el ceño de Hermione, fruncido apenas, se relajó—. Hacía mucho que no volaba, eso es todo. Despierta recuerdos.

Hermione asintió. No hizo preguntas. No lo necesitaba. Draco sabía que ella lo comprendía sin necesidad de palabras. Tenía esa capacidad, esa forma de mirarlo y ver a través de él, de atravesar la oscuridad de su corazón y desnudarle hasta el alma.

Draco había comprendido que, probablemente, ella era una de las personas que mejor podía entenderlo. Y, aunque eso debería haberlo llenado de miedo, por algún extraño motivo lo hacía sentir mejor. Porque confiaba en ella, que había descubierto el secreto de su padre y lo había apoyado, lo había guardado. Igual que él había guardado el suyo. En cierto modo, estaban irremediablemente unidos.

—¿Vamos? —Hermione inclinó la cabeza en dirección a sus dos amigos, que ya habían salido del campo. Pero no echó a andar hasta que él asintió con la cabeza.

Caminaron en silencio, uno junto al otro, sin intentar siquiera alcanzar a Pansy y Theo. Al lado de Hermione, Draco se sentía sorprendentemente cómodo. Y en ese preciso instante —durante apenas un puñado de segundos— se adueñó de él la imperiosa necesidad de saber qué es lo que ella sentía. En ese instante hubiera dado prácticamente cualquier cosa por saber si también a Hermione le gustaba caminar con él.

Por saber si era para ella tan prescindible que llegaría un día cualquiera en que lo abandonaría. Como habían hecho su padre, su tía, Blaise, Daphne e incontables personas antes. Como lo habían empezado a hacer Theo y Pansy.

Draco la miró de reojo. El viento le revolvía el cabello castaño, salvaje, pero a ella no parecía importarle. No intentaba siquiera domarlo. Tenía un porte digno, casi elegante a pesar de las ojeras y la piel pálida. O quizá precisamente por ellas. Porque a pesar de sus debilidades y cicatrices se mantenía firme y se negaba a rendirse, a dejarse vencer.

Hermione debió percibir su mirada porque sus pasos vacilaron y su rostro se alzó hacia él. La tristeza perenne seguía ahí, en cada uno de sus rasgos. Y, no obstante, había también calidez. Cuando lo miraba su expresión se dulcificaba. Cuando lo miraba no tenía que esforzarse en mantener erguidas las murallas que había levantado alrededor de su corazón, las que la separaban del resto del mundo.

Al observar su expresión, Draco entendió de pronto que había logrado empezar a colarse en lo más profundo de Hermione. Que esas vacaciones los habían acercado de forma irremediable.

Y, muy a su pesar, sonrió.

Puede que Pansy y Theo no estuvieran ahí, puede que caminaran por delante de él. Pero Hermione sí estaba. Hermione caminaba a su lado por elección propia. Y puede que algún día, en el futuro, llegase a confiar tanto en él como para animarlo igual que Pansy animaba a Theo, incluso cuando estuviera perdiendo.

—Me alegro de que estés aquí —le confesó sin pensar, sin pretenderlo.

En cuanto esas palabras abandonaron sus labios la espalda de Hermione se tensó y su cabeza se irguió como un resorte, con el cuello muy estirado. Lo miró con ojos muy abiertos y las cejas arqueadas y Draco tuvo la sensación de que ella quería que siguiera hablando. No lo hizo. Ya había dicho demasiado y su reacción tan solo había conseguido avergonzarlo, hacer que se preguntara una vez más qué diablos le pasaba cuando la tenía al lado.

Así que Draco clavó la vista en la tierra, justo por delante de sus pies, y fingió que no sentía la fuerza de su mirada taladrándolo. Hubiera deseado estar ya en el castillo para poder escapar de ella, pero Pansy y Theo —puede que sin darse cuenta, perdidos como estaban en su mundo de arrumacos— habían escogido el camino largo, el que pasaba junto al Bosque Prohibido.

Allí la hierba estaba cubierta de una fina capa de nieve y las huellas de Pansy y Theo se dibujaban con claridad en el suelo. Para distraerse Draco siguió el camino que Theo había dejado, tratando de colocar sus pies sobre las huellas que su amigo había marcado sobre la nieve.

Así siguieron, avanzando metro tras metro. Juntos y en silencio.

Hermione habló cuando él ya no esperaba respuesta, cuando ya casi había olvidado su desliz:

—A mí también me alegra estar aquí, Draco —le susurró.

No supo si fue la sinceridad de sus palabras o la forma en que había pronunciado su nombre, suave y dulce, pero escucharla hizo que se sintiera bien. En esa ocasión, fue él el que alzó el rostro para mirarla.

—Herm… —No llegó a terminar de pronunciar su nombre. Brusco, se detuvo en medio del camino y sus pies perdieron el rastro de las huellas de Theo, pero él ni siquiera se dio cuenta. Sus ojos miraban más allá de Hermione, por encima de su hombro, hacia los límites del Bosque Prohibido.

—¿Qué…? —Hermione debió darse cuenta que algo había llamado su atención, porque se volvió para ver qué era aquello que Draco contemplaba.

Él tuvo que entrecerrar los ojos para distinguirlo, para poder reconocerlo. No tardó más de tres segundos en entender qué era lo que estaba viendo y, cuando lo hizo, salió disparado hacia la linde del bosque. Casi al mismo tiempo, Hermione soltó un gemido ahogado y echó a correr tras él. Draco la oyó llamar a Pansy y a Theo, pero no se volvió a comprobar si sus amigos la habían oído.

Las piernas le temblaban tanto que estuvo seguro de que no iba a alcanzar la primera línea de árboles. Se equivocó.

La neblina verde lo envolvió, se le coló por la nariz y le provocó arcadas. No tenía olor alguno ni sabor, pero a Draco le dio la impresión de estar respirando alquitrán.

—¡Draco! ¡Draco! —Escuchó la voz de Hermione, aterrada y sin aliento, pero él no podía moverse. El cuerpo no le respondía. No podía hacer más que permanecer allí, aspirando la niebla.

Una nueva arcada le hizo caer de rodillas. Se golpeó la pierna con una roca y el dolor lo recorrió de arriba abajo.

—¡Draco, por favor! —gimió Hermione—. ¡Te necesito aquí! —En su voz oyó el llanto, las lágrimas, su desesperación. Y quizá fuera eso y no el dolor de su pierna lo que lo ayudara por fin a reaccionar.

Consiguió arrastrarse hacia ella y solo entonces reparó en el fardo que había tirado en la nieve. Empapado de sangre.

Draco tragó saliva y fue en ese momento cuando el olor metálico le golpeó la nariz y desterró la presencia de la niebla. Avanzó mientras contenía el aliento y al llegar al lado de Hermione se dio cuenta de que el fardo no era un fardo, sino un chico de unos trece años que vestía el uniforme de Gryffindor.

—Draco, necesito que aprietes aquí. —A pesar de lo inesperado y difícil de la situación, Hermione no dudaba—. Ha perdido demasiada sangre, así que no creo que pueda moverlo.

Sin pensar, reaccionando tan solo a sus palabras, a sus peticiones, Draco colocó los dedos sobre el abdomen del herido. La sangre le calentó las manos e hizo que resbalaran sobre el cuerpo. Él sintió otra arcada naciéndole en el estómago, pero logró controlarla.

Ella había sacado su varita. Con una sacudida, el pecho del Gryffindor quedó al descubierto y Draco distinguió tres largos cortes que iban desde el hombro derecho hasta el abdomen. Los músculos estaban desgarrados y el hueso había quedado al descubierto en la parte superior de los desgarrones.

Hermione siseó y él tuvo que apartar la mirada del chiquillo para no vomitar allí mismo. Sin partar los dedos de la herida, se dedicó a contemplar a Hermione. Se refugió en su fortaleza y en su valentía.

Draco sabía que ella estaba aterrada. Lo veía en su rostro crispado, en sus ojos empañados por las lágrimas. Pero también sabía que lo que le daba miedo era la posibilidad de no conseguir salvar al niño. Nada más.

Hermione no era como él. Era desinteresada y entregada y Draco estaba segura de que en ningún momento había pensado en su propia seguridad, que no se había planteado que el peligro pudiera seguir allí, acechándolos. Lo único que quería era salvarlo.

Él no pudo más que admirarla. Admirar su entereza y su destreza, su compostura. Entre dientes, casi sin respirar, murmuraba hechizo tras hechizo que él no comprendía. Deseó poder hacer algo más, algo para ayudar —no solo al niño— sino a ella.

Pansy y Theo irrumpieron entre los árboles con la respiración acelerada y dando traspiés. La mirada de Theo, igual que había hecho la del propio Draco, voló hacia la neblina verdosa. Pansy, por el contrario, se acercó a ellos. Al ver al niño soltó un quejido y Draco vio como se tambaleaba, pero Nott estaba ahí para sujetarla.

Hermione apenas se volvió para mirarlos por encima del hombro. En cuanto hubo comprobado que eran ellos volvió su atención al chico.

—Id a buscar a Pomfrey y a McGonagall, ¡deprisa! —les ordenó mientras apretaba la herida del chaval y sus manos resbalaban sobre las de Draco. Sus dedos manchados habían dejado huellas de sangre en la varita.

Ni Theo ni Pansy se detuvieron a preguntar qué había pasado. Salieron corriendo, aún sin haber recuperado el aliento.

Draco apretó más fuerte mientras Hermione retomaba los hechizos. El miedo se había apoderado de él, le nublaba los pensamientos. Lo único que podía hacer era concentrarse en el cuerpo, en la sangre. En Hermione. De lo contrario saldría corriendo.

Y es que alguien había atacado al chiquillo. No algo, sino alguien. Draco completamente seguro.

Porque el chico se estaba muriendo bajo sus dedos y, por encima de su cuerpo, la Marca Tenebrosa brillaba entre los árboles.

Continuará…

Bien, antes de nada quiero invitaros a que sigáis mi nueva página de Facebook: Midnight Morrigan (tenéis el enlace en mi perfil). He pensado que estaría bien que pudiéramos comunicarnos de una forma más fácil, así que además de avisar ahí de las actualizaciones intentaré usarla para preguntaros vuestra opinión acerca de cositas que vayan surgiendo, como detalles que os gustaría ver en el fic o en qué historia ponerme a trabajar ahora que Spectre está completamente planeada. Por ahora está vacía, a excepción de un edit que he hecho, pero os pido que le deis una oportunidad (risas).

(Sí, veréis que me he cambiado el nombre de perfil —acabaré quitando lo de Cynder94—. Eso de tener el año de mi nacimiento en él empezaba a molestarme ahora que voy haciéndome mayor).

Y ahora, como siempre, millones de gracias por vuestros comentarios y por dedicarle tiempo a mi historia:

Pauli Jean Malfoy: estoy totalmente de acuerdo contigo. A mí tampoco me gustó nunca la actitud de Molly respecto a Hermione (ni la de muchos otros personajes como Ron y Harry en el tercer libro, sin ir más lejos), así que eso es lo que he tratado de reflejar en la historia. Hermione se merece algo mejor ;)

gileto92: Harry pronto aparecerá otra vez, ya verás. La verdad es que la historia estaba pensada para centrarse totalmente en Draco y Hermione (de ahí la estructura de cada capítulo), así que nunca sé si las escenas con otros personajes os aburren…

Nemesis: mil gracias por tu comentario. Siento que te haya hecho llorar, aunque al mismo tiempo me alegro de que te haya gustado lo suficiente… La verdad es que está resultando ser una historia más dura de lo que creí al principio.

Granger-Malfoy: ¡por supuesto que me acuerdo de ti, a pesar de todo el tiempo que ha pasado (culpa mía por dejar de actualizar)! Millones de gracias por haber vuelto a la historia y por tomarte la molestia de dejarme un comentario a medida que ibas leyendo. Si todo va bien, a partir de ahora habrá un capítulo por semana (depende de cuánto me "exploten" en el trabajo).

Wind White: es un placer saber que te ha gustado y me encantaría darte la bienvenida al fic. Siempre es genial recibir nuevos lectores (aunque también me pone un poco nerviosa, por si la fastidio…).

loremmac: muchas gracias, ¡adoro que te haya gustado! A veces me da un poco de miedo que la historia de Draco con Lucius se coma gran parte de la trama, pero es que es él quien ha hecho a Draco como es.

Sally Elizabeth HR: ¡muchísimas gracias por esos dos comentarios! La verdad es que, si todo va como lo he planeado, el misterio de la paternidad de la hija de Hermione será una de las últimas cosas que se revelen. Pero la verdad es que me muero de curiosidad: ¿quién creéis que es?

Marycielo Felton: ya ves que lo del libro era un poco simbólico por los recuerdos que despierta. En esta historia todo va de recuerdos. Espero que pronto tengáis el nuevo capítulo. (Tengo que pensar un día para las actualizaciones y cuando lo decida os informaré).

marensula: gracias por tu comentario y también por haber descubierto Spectre. La verdad es que creo que he tratado de meterle demasiado misterio a la historia y estoy viendo que al final se me va a olvidar aclarar algo o la explicación os va a decepcionar. Vivo con miedo de que eso pase (risas). Pero mientras tanto me alegro de que os vaya gustando.

rose: ya ves que se están abriendo el uno al otro muy rápido. Son las circunstancias, como tu dices. Conocer el secreto del otro les ha hecho decidir si quieren confiar o no y la respuesta es evidente.

Nos leemos pronto. Un beso a todos/as y mil gracias por vuestro apoyo. (También a aquellos que solo leen o van añadiendo la historia a favs y follows, que aunque lo parezca no me olvido y lo valoro mucho.)