Capítulo 16 - Los vivos están muertos VI

Primera parte: Hope Breeds Misery

Draco no dormía.

Era ya noche cerrada y hacía frío. La almohada se le clavaba en la parte posterior de la cabeza y los bultos del colchón se le hundían en los riñones como garras. Dos camas más allá, Nott roncaba suavemente. Su amigo hubiera dicho que respiraba fuerte, pero Draco difería. Roncaba, y punto.

Draco no recordaba haberse sentido jamás tan incómodo, tan despierto, en su dormitorio de Hogwarts. Ni siquiera durante las noches que había pasado allí en su sexto año, en vela, pensando en los planes que el Señor Tenebroso tenía para él, en los castigos que recibiría si no le obedecía.

Cualquier otro día habría subido la temperatura del cuarto con un simple hechizo y le hubiera lanzado una almohada a Theo para hacerlo callar.

Ese día, en cambio, sabía que nada de lo que hiciera o intentara lograría que se sintiera mejor.

Ese día, por primera vez, notaba el vacío de las camas que lo rodeaban en la piel, en el corazón, en el alma.

Muchas veces antes había pensado en lo que significaba que Theo y él se hubieran quedado solos en esa habitación, que sus compañeros no hubieran vuelto. Era evidente que Blaise y Goyle andaban metidos en solo Merlín sabía qué. Y no podía olvidar que Crabbe había muerto ya años atrás, una consecuencia más de la guerra.

Tampoco podía olvidar que todos ellos habían empezado a odiarlo hacía tiempo, que lo habían repudiado.

Y ahora habían ido a por él.

Lo habían cazado como hienas, aprovechando el único día que había abandonado la protección del colegio.

Pero aquello había sido solo el principio. Porque quizá el colegio ya no ofreciera protección alguna.

Desde esa tarde, cada vez que Draco cerraba los ojos volvía a ver la Marca Tenebrosa. Pequeña, difusa, oculta entre los árboles —no dominando el cielo como lo había hecho en el pasado—. En definitiva, mal conjurada pero presente.

En Hogwarts. Otra vez.

Draco tragó saliva y sintió la presión, el dolor, en la garganta. Estaba a punto de quebrarse, de derrumbarse por completo.

Empezaba a darse cuenta de que la guerra no podía dejarse atrás. Estaba siempre presente, no solo en sus recuerdos y en la hostilidad de quienes lo rodeaban, sino en el mundo que había ahí fuera. Estaba esperando para volver a resurgir en todo su esplendor.

Tumbado bocarriba en la cama, las manos entrelazadas tras la nuca, Draco miraba al techo.

Le hubiera gustado saber qué iba a pasar. Con el chico que habían encontrado en el Bosque, con su madre, con Pansy y Theo, con Hermione, con él. Con el futuro.

Una vez más, le hubiera gustado poder cambiar las cosas. Retroceder en el tiempo y borrar el papel que había desempeñado en la maldita historia que los había llevado hasta ahí.

Incapaz de dormir, Draco contaba sus inspiraciones. Una, dos, tres. Cien. Doscientas. De vez en cuando perdía la cuenta y tenía que volver a empezar.

Entonces, de pronto, en el pasillo se escuchó el chasquido suave de una puerta al cerrase. Curioso, Draco ladeó la cabeza hacia la salida del cuarto, hacia el sonido, y prestó atención.

Al otro lado de la entrada de su dormitorio, por encima de los ronquidos de Theo, pronto se escuchó el roce de una capa y el golpeteo de unas botas contra el suelo de piedra.

El corazón de Draco empezó a latir fuerte, errático, sin que él entendiera siquiera por qué.

El murmullo de la tela y el repiqueteo de las suelas de los zapatos parecieron resonar en la habitación vacía y silenciosa, como si de un eco se tratase, durante un par de segundos antes de desvanecerse por completo.

Siguiendo el susurro, hipnotizado por los pasos, Draco había ido incorporándose poco a poco hasta quedar sentado sobre la cama. Y entonces, mientras miraba la puerta, se dio cuenta de qué era lo que lo había puesto nervioso.

Su cuarto estaba al lado de las escaleras y Draco había escuchado los pasos deslizándose por los escalones en dirección a la Sala Común. Y nadie, nadie, se calzaba las botas y se ponía la túnica a las cuatro de la mañana para quedarse en la Sala, sino para cruzar el muro y adentrarse en las profundidades de la escuela.

La adrenalina lo sacudió como un relámpago y le erizó hasta el último pelillo del cuerpo.

De golpe, decenas de imágenes se agolparon en su cabeza, como en un pase de diapositivas incesante y veloz.

La mano del Señor Tenebroso sobre su hombro, en una amenaza velada y terrorífica.

Los gritos de la última víctima de su tía Bellatrix.

La máscara de mortífago que su padre guardaba en casa.

Los dientes blancos de Zabini, apretados por culpa de la rabia.

La Marca Tenebrosa entre los árboles.

La sangre manchando la nieve. Sus manos. Las manos de Hermione.

Las manos de Hermione.

Hermione.

¿Cuántas veces antes había deseado poder ayudarla? ¿Ahorrarle un poco del dolor que sentía?

Un par de semanas atrás Hermione había logrado que sintiera, por primera, deseos de realizar una acción desinteresada y en ese momento, al pensar en ella, Draco sintió un ramalazo de algo que nunca antes en su vida había experimentado: valor.

Era una sensación extraña, curiosa. Un hormigueo frío que le llenaba el pecho y el estómago, le atenazaba la garganta y lo impulsaba a saltar de la cama —a arriesgarse incluso— para descubrir de una puñetera vez qué estaba pasando en Hogwarts.

Y, por eso, antes de poder cambiar de opinión, Draco se calzó las zapatillas, empuñó la varita y fue hasta la puerta de la habitación dando largas zancadas. Estuvo a punto de despertar a Theo, pero recordó que su amigo había salido herido la última vez que había tratado de ayudarlo y algo en su interior lo hizo cambiar de opinión.

Puede que Draco fuera egoísta y egocéntrico, pero eso no significaba que le gustase ver cómo la gente salía herida por su culpa.

La puerta del dormitorio se cerró a su espalda con un pequeño clic y Draco voló escaleras abajo, sin preocuparse por hacer ruido. Quinquiera que hubiera salido antes que él le llevaba ventaja; el muro ya se había cerrado cuando llegó a la Sala Común.

Draco sabía que tenía muy pocas probabilidades de encontrar a quien fuera que hubiera dejado los dormitorios de Slytherin, pero no se arredó. Por una vez en su vida no se rindió.

El muro volvió a sellarse tras él y, ya con más cautela y la varita en ristre, Draco enfiló el frío y húmedo pasillo que se abría ante él y conducía al recibidor del castillo. Las corrientes de aire fresco que soplaban en las mazmorras le erizaron la piel por debajo del pijama muggle que había decidido conservar.

Lumos —susurró y frente a él brilló una tenue luz que iluminó los corredores oscuros. Sabía que se estaba exponiendo, que si alguien lo descubría ahí él sería señalado como el culpable del ataque que había tenido lugar esa tarde. Pero quería saber. Tenía que saber, que entender.

Las voces brotaron de pronto desde el final del pasillo y Draco se detuvo en seco.

—…enteren de que has venido —decía una voz suave, baja, cansada. Una voz que él conocía bien y que no tardó ni un instante en ubicar.

El golpeteo del corazón —que aún no se había estabilizado— aumentó una vez más mientras Draco seguía avanzando con pasos cortos y silenciosos, cubriendo los dos metros que lo separaban del final del corredor.

¿Hermione?

Era Hermione.

Draco giró a la izquierda y se topó de frente con un tenue haz de luz que se derramaba desde una puerta entreabierta.

Nox —dijo entredientes y la luz de su varita se apagó. Quedó practicamente sumido en la oscuridad y, conteniendo el aliento y esperando que en cualquier momento lo descubrieran, se asomó a la rendija de la puerta.

Lo que vio hizo que algo se rompiera en su interior.

Porque Hermione estaba sentada sobre un viejo pupitre destartalado, arrebujada en su capa y con el pelo despeinado. Como si acabara de despertarse. Como si hubiera salido de la cama solo para reunirse con él. Con Potter. Y él… Él estaba al lado de Hermione, sentado junto a ella, cerca. Como en los viejos tiempos.

Potter, que la odiaba.

Potter, que había renunciado a ella.

Potter, por el que Hermione había abandonado a Gryffindor y buscado refugio en Slytherin.

Draco no entendía qué estaba pasando ahí, delante de sus mismas narices, pero se sintió traicionado en lo más profundo de su ser.

—¿Crees que podréis hacer las paces algún día? —le susurraba Potter a Hermione y la pregunta y la forma en que ella se encogió de hombros hicieron que Draco sintiera ganas de liarse a lanzar maldiciones a diestro y siniestro.

Al final, ella soltó un bufido.

—No es a mí a quien tienes que preguntárselo, Harry —le dijo, en voz un poco más alta de lo debido y el que Hermione pronunciara su nombre hizo que aquello que había empezado a romperse dentro de Draco se quebrara un poco más—. Bastante me está costando ya acostumbrarme a que tú y yo volvamos a hablar.

Los dedos de Draco se clavaron en el marco de la puerta. Tan tensos que dolían. Dolían, ardían y Draco se aferró a esa sensación, a ese contacto, para obligarse a permanecer allí, consciente. Para no irrumpir en la clase e interrumpir el encuentro clandestino. Para no terminar de desgarrarse y caer de rodillas.

¿De qué estaban hablando?

¿Cuándo había pasado aquello?

Ni siquiera hacía una semana que se habían encontrado con Potter en el Callejón Diagón y ni él ni Hermione habían hecho siquiera ademán de saludarse. Y, sin embargo…

Draco veía la familiaridad con la que se trataban, lo cerca que se sentaban el uno del otro. Una relación así no podía haber resurgido en siete días. Lo que significaba que Hermione le había mentido, se había burlado de él.

Mientras él daba la cara por ella, mientras la acogía como a uno de los suyos, guardaba sus secretos, se sinceraba con ella y la tocaba —por Merlín, la tocaba— Hermione le había mentido.

—Pero ¿estarías dispuesta a intentarlo? —La voz de Potter, grave, era más difícil de distinguir. Había duda y cautela en ella—. Si yo hablara con él…

Durante largos segundos Hermione guardó silencio y la furia de Draco se aplacó y sus esperanzas renacieron. Se inclinó hacia delante aún a riesgo de ser descubierto porque no quería perderse ni una sola de las sílabas que Hermione pronunciara a continuación. Quería olvidar cómo se había encogido de hombros y quería escuchar cómo rechazaba la estúpida propuesta de Potter, cómo le gritaba que ella ya no tenía nada que ver con el gilipollas de Weasley.

Pero Hermione siguió sin decir nada y su silencio atravesó el pecho de Draco con la fuerza de mil cuchillos . Porque, aunque no había dicho que sí, tampoco había dicho que no.

El sentimiento de traición creció. La ira, también.

—¿Qué es tan importante como para que tengamos que seguir viéndonos así, a escondidas? —le preguntó, en cambio, y a pesar de todo Draco sintió curiosidad.

Entonces Potter se levantó del pupitre de un salto y Draco tuvo que retroceder a toda prisa para fundirse con las sombras del pasillo. Los perdió de vista y aguardó con el corazón en un puño. Escuchó un suspiro, probablemente de Potter.

—Cada vez me duele más.

Draco podía no tener ni idea de lo que hablaban, pero si de algo estaba seguro es de que se alegraba de que San Potter se sintiera mal. Esperaba que estuviera sufriendo. Por imbécil, por egoísta, por decidir contar con Hermione solo cuando parecía que tenía un problema. Que fuera a ver a Pomfrey, maldita sea, y la dejara a ella en paz.

Draco deseaba, anhelaba, que Hermione se diera cuenta de lo que él estaba haciendo, de cómo la estaba utilizando, y lo mandara a la mierda.

Dulce Morgana, ¿cuándo se había vuelto tan débil, tan… desesperado?

—¿No ha parado desde antes de Navidad? —Pausa—. Pero es imposible, ¿verdad? —continuó ella en un murmullo—. Quiero decir… que Voldemort se ha ido.

La mención de ese nombre —un nombre que a él lo aterraba, pero Hermione no parecía tener problemas en pronunciar— hizo que Draco se olvidara de su frustración y diera un paso adelante, hacia la puerta entreabierta, aunque no llegó lo suficientemente lejos como para ver qué ocurría dentro de la sala. Un escalofrío le recorrió la columna, desde la base del cuello a la parte baja de la espalda.

—Ya antes pensaron que se había ido —replicó Potter—. Y no fue así.

—Ya, pero… Cumplimos la profecía. Destruimos los Horrocrux.

Escuchó pasos yendo de un lado a otro y supuso que uno de los dos había empezado a caminar en círculos.

—Solo piénsalo. Sabes que Voldemort es la única razón por la que la cicatriz me ha dolido alguna vez. —Las sílabas se le atragantaban y se atropellaban por culpa de lo rápido que hablaba—. Hacía casi cinco años que no sentía nada. Cinco. Pero ahora…

Drago tragó saliva y el nudo volvía a estar ahí, firme y doloroso. La varita temblaba entre sus dedos y la sensación de arrojo que había experimentado había desaparecido. Se había desintegrado, volatilizado como si nunca hubiera existido.

El Señor Tenebroso no podía regresar. No podía. Era algo impensable.

Como bien había dicho Hermione, se había ido.

—¿Se lo has contado a alguien? ¿Lo de la cicatriz?

Potter debió negar con la cabeza, porque Hermione prosiguió:

—¿Ni siquiera a Ron?

—Ron no sabría que hacer.

Otra pausa. La velocidad de los pasos aumentó.

—¿Y crees que yo sí sé qué hacer? —Hermione sonó muy, muy cansada. Agotada. Al límite de sus fuerzas—. Entonces sí que es verdad que viniste a verme a la enfermería por eso.

Más preguntas. ¿A qué se refería Hermione? Esos días —el día del ataque de Zabini, los que Hermione había pasado después en el hospital— parecían extrañamente lejanos. Quizá porque la relación que había mantenido entonces con ella parecía cosa de otra vida.

—Yo… —Draco supo que el subnormal de Potter estaba buscando excusas para lo inexcusable, pero no era aquello lo único que lo molestaba.

Se dio cuenta de que sentía rabia al pensar que el Gryffindor se había colado en la enfermería para visitarla cuando eran ellos —Pansy, Theo y él mismo— los que debían haberse ocupado de velar por ella. Merlín, por aquel entonces Hermione acababa de salvarle la vida y él ni siquiera había permanecido a su lado el tiempo suficiente como para darse cuenta de que Potter volvía a interesarse por ella.

—Dime, Harry —Hermione acababa de interrumpirlo—. ¿Estaríamos aquí ahora? —Sonó firme a pesar de todo, de la crudeza de la situación.

Esa vez fue él quien no respondió. Ni ni no. Simplemente calló. Y Draco no tenía ni idea de cuál hubiera sido su respuesta si ella lo hubiera obligado a elegir. Se quedó con la duda y se consoló pensando que quizá a ella le diera igual, que no le importara conocer los sentimientos de Potter.

Hermione suspiró, pero lo que llegó a oídos de Draco no fue un sonido de derrota sino de resignación.

—Yo no puedo hacer nada, Harry. Deberías contárselo a Ron. A McGonagall. A alguien más.

—Pero…

—No —fue tan firme que Draco no pudo menos que sentir admiración por ella—. Si valoras mi opinión, si alguna vez la has valorado, buscarás ayuda en otra parte.

El pecho de Draco se enchió. Era un rechazo pequeño, pero rechazo al fin y al cabo.

—Tienes que prometérmelo —continuó Hermione y, en cambio, aquellas palabras volvieron a doler por la intimidad que demostraban.

Que Potter apenas dudara antes de responder solo logró que escociera más:

—Te lo prometo —le dijo y Draco maldijo mentalmente.

Hasta entonces no había sido consciente de que pudieran sentirse tantas emociones en un espacio tan corto de tiempo. Su pecho y su mente eran un batiburrillo de miedo, curiosidad, dolor, traición y esperanza. Todo por ella.

Por ella, y por el Señor Tenebroso. Las palabras que Hermione pronunció a continuación le recordaron una vez más que allí había en juego algo más importante que él y sus sentimientos —sus jodidos sentimientos— heridos:

—Es cierto que están sucediendo cosas extrañas —susurró tras unos segundos tormentosamente largos. En ese momento Potter pasaba por delante de la puerta y Draco volvió a echarse hacia atrás de forma instintiva, por lo que se perdió algunas palabras—: …el ataque a Draco —la escuchó decir cuando Potter pasó de largo—. El dolor de tu cicatriz.

—Las desapariciones y los ataques.

Hermione produjo un sonido de asentimiento con la garganta.

El Profeta no deja de informar de casos y más casos… ¿Crees que los mortífagos son responsables de todos ellos?

A Draco se le estaban enfriando los pies, apenas los sentía ya. En cualquier otra ocasión habría tomado eso como una señal para huir y refugiarse en su cuarto. Entonces, sin embargo, resistió. Si lo hizo para escuchar más de lo que Potter y Hermione tenían que hablar sobre los mortífagos y el Señor Tenebroso o, simplemente, porque ella estaba ahí, al otro lado de la puerta, no lo supo. Ni siquiera quiso planteárselo.

—Sino de todos, sí de una inmensa mayoría —Potter alzó la voz. Sonaba áspera y nerviosa—. Cada día se envalentonan más. Solo hay que fijarse en lo que ha pasado esta tarde. Aquí mismo, en Hogwarts.

Una vez más, Draco recordó la neblina verde entrando en sus pulmones, ahogándolo, la sangre en sus manos, en la nieve, en las manos de Hermione…

—¿Tienes alguna idea de qué…? —La pregunta de Hermione se quebró bajo el peso de sus palabras. Su voz se rompió como un cristal que cae al suelo, en mil pedazos. Se desgarró y ella perdió el aliento al final.

—No. —Pausa. Una pausa eterna en la que incluso los pasos se detuvieron. Después—: McGonagall nos ha pedido ayuda a Ron y a mí. Teme que haya más ataques.

A Draco aquella idea lo aterrorizaba. Se le coló dentro hasta que ocupó todo su espacio, todo su interior, y lo llenó de miedo. Y, no obstante, una minúscula parte de sí mismo todavía pudo darse cuenta de lo que significaba que McGonagall hubiera corrido a pedir la ayuda de Potter y Weasley, de los aurores perfectos.

Los buenos siempre serían los buenos. Libres de sospecha. Aclamados.

—¿Una nueva Cámara de los Secretos?

Un segundo escalofrío recorrió el cuerpo de Draco y el miedo se hizo más intenso.

Y entonces se acordó de que, cuando la Cámara se había abierto, él había proclamado a los cuatro vientos lo mucho que deseaba que Hermione fuera víctima del monstruo que la habitaba. No había hablado en serio. Lo había hecho sin pensar, impulsado por los deseos y la conducta de su padre. Pero la realidad era que, sin pretenderlo o no, le había deseado la muerte cuando él aún no comprendía lo que eso significaba. Cuando para él todo aquello no era más que un estúpido juego.

Al carrusel de emociones que ya sentía se unió la vergüenza, que reemplazó en parte al miedo y se le atascó en la garganta, le subió desde el estómago como la bilis y dejó a su paso el mismo sabor ácido. Sintió asco de sí mismo.

—No lo sé, Hermione.

De no ser porque acababa de comprender que él no tenía ningún derecho sobre ella —que nunca lo tendría—, habría sentido ganas de partirle la cara a Potter por haber pronunciado su nombre. Pero si Potter había sido un estúpido con ella, él había sido un completo malnacido.

El pasado podía superarse, incluso olvidarse, pero no cambiarse.

El silencio creció dentro del aula. El corazón de Draco latía tan fuerte que él lo escuchaba en sus propios oídos.

Cuando Hermione volvió a hablar, su voz fue apenas un hilillo ininteligible:

—¿Crees que es…? —carraspeó—. ¿Crees que se trata de una conspiración? Para que Voldemort vuelva, quiero decir.

—No lo sé. —Otro suspiro—. Me gustaría creer que no, pero la cicatriz nunca me ha dolido sin motivo. ¿Crees que podría haber otra razón?

Draco cerró los ojos, respiró profundo para apaciguar sus aterrorizados latidos y casi pudo imaginarse a Hermione sentada en el pupitre, mordiéndose el labio mientras se encogía de hombros.

—Sembrar el pánico, quizá. Nada más. Demostrar que ni siquiera Hogwarts es seguro. ¿Qué mejor manera de dejar claro que el reinado de Voldemort no ha terminado ni siquiera aunque él no esté?

Hubo otro silencio en el que Draco solo escuchó los latidos de su corazón y su respiración, superficial y tensa. Luego, el roce de una capa y los pasos se reanudaron.

—Sabes que eso solo puede significar una cosa, ¿verdad? —Potter tardó en hablar, pero cuando lo hizo su tono fue duro e inmisericorde.

Inconscientemente, el cuerpo de Draco se tensó porque sabía lo que vendría a continuación. Las acusaciones, la rabia, el desprecio. El odio.

—¿Qué? —Hermione habló más alto de lo que hubiera debido y la palabra rebotó en las paredes del aula, aguda.

Potter la hizo callar y cuando volvió a hablar lo hizo con más cautela:

—Sabes que tiene que haber alguien en el castillo colaborando con los mortífagos. Por lo menos.

Draco se obligó a respirar despacio. Sentía que el aire no le llenaba los pulmones, que le quemaba la garganta. Quiso serenarse. Quiso que la conversación que estaba teniendo lugar al otro lado de la puerta le diera igual.

—¿Por lo menos?

Cerró los ojos cuando ella habló, esperando el golpe. Y este no tardó en llegar:

—Sabemos que hay un mortífago en el colegio. Lo sabemos. Sabemos quién es. —Cada vez que Potter enfatizaba una palabra, Draco sentía una arcada.

Porque no le daba igual. Nada de aquello le daba igual.

Odiaba no poder dejar todo aquello atrás.

Odiaba saber que siempre lo señalarían. Que siempre sería el chico que llevaba la Marca tatuada, igual que Pansy sería siempre la chica que había querido entregar a Potter y Nott sería el chico que había matado a su padre a sangre fría. Igual que Potter y Weasley siempre serían los malditos héroes.

Y, sobre todo, odiaba que la opinión de la gente pudiera llegar a afectarle tanto.

No, no la de la gente. Le importaba una puñetera mierda lo que gente como Potter pensara de él.

Pero Hermione…

Oh, Merlín. Ella sí le importaba. Le importaba tanto que Draco sabía que su desprecio y su desconfianza se le clavarían en las entrañas como una espada, haciendo que se desangrase gota a gota hasta que en su interior no quedase nada.

—Tú vives con Malfoy…

Sabía que su nombre iba a parecer en la conversación. Lo sabía con la misma certeza con la que sabía que necesitaba respirar para sobrevivir o que la noche sucedía al día. Y, aun así, no estaba preparado.

Retrocedió hasta la pared, silencioso, como si lo hubieran empujado. Y se preparó para la respuesta de Hermione, para la posibilidad de que ella lo destrozara con sus palabras.

Pero no pasó nada. Ella guardó silencio y Draco no supo si sentirse aliviado o ansioso. Parte de él quería detenerse en ese instante para siempre, antes de que su relación con Hermione se resquebrajara para siempre. La otra parte quería obligarla a responder, a que revelara qué pensaba de él en realidad.

Porque, en el fondo, ella siempre sería de los buenos. Aunque ya no estuviera con ellos, siempre sería como Potter y Weasley y siempre habría una parte de Draco y de su pasado que ella jamás podría entender y mucho menos, justificar.

—Tienes que haber notado algo —continuó Potter al notar que ella no respondía—. ¡Sabes bien que no se deja de ser mortífago, Hermione!

Y fue entonces cuando ella reaccionó:

—¿Ah, no? —preguntó y su tono fue de una frialdad tal que desconcertó a Draco—. Dime, Harry, ¿qué hay entonces de Snape?

Potter farfulló algo, una maraña de palabras confusas.

—Sabes que es distinto —logró articular al fin—. Sabes que tenía una buena razón.

Se escuchó un ruido sordo y, después, los pasos de Hermione se sumaron a los de Harry. Un par de segundos después, ambos se detuvieron. Draco se los imaginó uno frente al otro, enfrentados, y se alegró. Se alegró de saber que ella aún oponía resistencia a aquel que le había causado tanto daño.

—¿Y por qué Draco no puede tener una buena razón? ¿Quién eres tú para juzgarlo, Harry?

La esperanza renació en su pecho como un fénix de sus cenizas. Abrasadora, gloriosa, del color de las llamas y el oro.

Antes de que Potter pudiera replicar, Hermione continuó:

—Además —le dijo—, Flint y su equipo quisieron llevarse a Draco. ¿Es que eso no significa nada para ti?

Draco se arriesgó a dar un paso hacia delante. Después, otro. Echó un vistazo por la rendija de la puerta y vio a Hermione y a Potter, tal y como se los había imaginado —uno frente al otro: ella, con los brazos cruzados; él, con los puños apretados—.

Al final, fue Potter el que apartó la mirada.

—Solo te pido que prestes atención, ¿vale?

Incluso a pesar de la distancia, Draco distinguió cómo se fruncía el ceño de la chica. Pero fue lo que Potter dijo a continuación lo que acabó con la compostura de Hermione:

—Y que tengas cuidado.

El rostro de ella se transformó con la velocidad con la que ataca una mantícora. Algo oscuro cubrió sus facciones y ella dio un paso atrás.

—¡No te atrevas…! —exclamó, en voz alta. Muy alta—. ¡No tienes derecho a…!

Pero no llegó a terminar la frase porque Potter se abalanzó sobre ella para cubrirle la boca con las manos y hacerla callar. Los músculos de Draco se tensaron, listos para saltar, y sintió el impulso de entrar en la habitación y apartar a Hermione de ese gilipollas. Pero ella se revolvió y se zafó enseguida, sin ayuda.

—¡Perdona! —susurró Potter mientras alzaba las manos, intentando apaciguarla—. Perdóname, Hermione. Perdóname —le susurró y las ganas que Draco sentía de atizarle aumentaron—. Perdona, pero sabes que nadie puede oírnos. Lo sabes.

La respiración de ella era fuerte, acelerada. Draco veía como sus hombros se alzaban, pesados, cada vez que inspiraba. Contó siete respiraciones antes de que ella se calmara lo suficiente como para asentir con la cabeza y solo entonces Potter apartó la mirada.

—Déjame mirar el Mapa —murmuró mientras se sacaba un pergamino del bolsillo—. Quiero asegurarme de que nadie nos haya… —Se frenó en seco y el aire salió de sus pulmones con violencia, en una espiración sonora que hizo que Draco se diera cuenta de inmediato de que algo iba mal. Retrocedió hasta las sombras y, aunque los perdió de vista, aun escuchó a Potter exclamar—: Mierda.

—¿Harry?

Se escuchó un golpe, como si Potter hubiera dejado caer el puño sobre uno de los pupitres. Después, los pasos se reanudaron. Fuertes, sonoros, decididos. Directos hacia la puerta. Hacia él.

Supo que lo habían pillado. Supo que no había forma humana de que pudiera huir o esconderse o pasar desapercibido. Y, aunque quiso intentarlo al menos, su cuerpo no reaccionó con la rapidez suficiente.

La puerta se abrió con un chirrido y Draco se encontró frente a frente con Harry Potter, que lo miraba furioso y lo apuntaba con su varita. Detrás de él, Hermione se había puesto de puntillas para asomarse por encima de su hombro y ver qué era lo que pasaba.

—¡Te lo dije, Hermione! ¡Te lo dije! —bramó Potter y, en esa ocasión, pareció darle exactamente igual quién pudiera oírlos—. Te dije que Malfoy no era trigo limpio. ¿Se puede saber qué haces aquí? ¿Es que te gusta espiarnos?

Quizá fuera porque Hermione guardó silencio, pero Draco no se amilanó. En su pecho todavía había esperanza.

—Guarda la varita, Potter —le dijo con firmeza—. Deja de comportarte como el niñato que eres y guarda la maldita varita.

—Dime qué haces aquí.

Draco desvió la mirada hacia Hermione una vez más. También ella aguardaba su respuesta, lo veía en la forma en que ladeaba la cabeza hacia la derecha de forma apenas perceptible.

—Escuché a alguien salir de la Sala Común —fue sincero, por ella—. Quería saber qué estaba pasando, nada más. No sabía que eras tú —le habló directamente, ignorando a Potter, su varita y sus prejuicios.

Ella no se movió, no habló y la esperanza que había nacido en el corazón de Draco empezó a enfriarse. Supo que tenía que salir de allí antes de que algo se marchitara en su interior irremediablemente.

—Y como ya sé lo que pasa —se obligó a continuar—, creo que es mejor que me vaya. Buenas noches. —En todo momento le habló a ella, a Hermione, esperando que ella le respondiera, le pidiera que se quedara, algo, cualquier cosa. Pero no lo hizo.

Así que Draco se dio la vuelta.

—¡Ni se te ocurra…!

Potter quiso detenerlo, pero antes de volverse por completo Draco alcanzó a ver como Hermione lo sujetaba para detenerlo. Como ella negaba con la cabeza para indicarle que lo dejara marchar. Y así echó a andar por el pasillo, de vuelta a la Sala Común. Helado y solo. Siempre solo.

Pero ¿qué diablos había esperado? ¿Qué había creído que ocurriría? ¿Que ella lo seguiría? ¿Que dejaría a San Potter e iría tras él?

Eso nunca pasaría, y Draco lo sabía. Y acababa de comprobarlo. Acababa de experimentar la cruda realidad una vez más.

Él no era lo suficientemente bueno. Nunca lo sería.

Y lo peor es que se había dado cuenta de que, cuando se trataba de Hermione, era un completo iluso. Un gilipollas.

Fue entonces cuando, como un fénix viejo y maltrecho, la esperanza que había sentido volvió a convertirse en cenizas.

Segunda parte: Do Not Tell Me That It Is Over

Los labios de la profesora McGonagall estaban más fruncidos que de costumbre y su moño, deshecho. Daba la impresión de que se hubiera pasado las manos por el cabello entrecano, un gesto nada habitual en ella que delataba su preocupación.

—Tienen que poner fin a esta absurda guerra que hay entre ustedes. —Sus pupilas saltaban de uno a otro como enloquecidas. De Harry a Ron, de Ron a Pansy, a Theo, a ella y otra vez a Harry.

Cada vez que la directora la miraba, Hermione sentía el impulso de agachar la cabeza. Como si McGonagall le estuviera hablando directamente a ella.

Ni siquiera sabía por qué estaban allí. McGonagall ya había informado a Ron y a Harry de lo ocurrido el día anterior y también los había interrogado a ellos, a los Slytherin, minuciosamente. Hablar no iba a cambiar nada.

No iba a cambiar el hecho de que los secretos que los separaban a ella, a Harry y a Ron no iban a desaparecer.

Ni a cambiar el hecho de que Hogwarts había sido atacado y ellos no tenían ni una mísera pista, ni una sola forma de entender qué había pasado. Por qué. Cómo. Si iba a volver a repetirse.

Así que lo único que Hermione quería era salir corriendo de allí para poder ignorar los gritos y la furia de Ron.

—¡No puede pedirnos eso! —bufó el pelirrojo justo en ese instante—. ¡No es justo!

Ron había decidido quedarse de pie en el extremo opuesto del despacho. Hermione suponía que su simple presencia y cercanía lo ponía nervioso.

O quizá fuera ella, y no Ron, la que se sentía así.

Porque la noche anterior aún estaba muy presente en su mente.

A su derecha estaba Harry y Hermione percibía su mirada sobre ella, estudiándola, quemándola.

La mirada que ella quería sentir, no obstante, la esquivaba. Draco estaba a su izquierda, pero la ignoraba deliberadamente. Por más que buscaba sus ojos, él la rehuía. Llevaba todo el día haciéndolo, esquivando sus miradas y prestando oídos sordos a sus palabras.

Hermione quería disculparse. Aun sin saber por qué ni cómo, sentía que lo había traicionado en lo más hondo. Lo había sentido la madrugada anterior, cuando Draco los había sorprendido a ella y a Harry, en la forma en que él la había mirado.

Pero ¿qué era lo que lo había molestado? ¿Su relación con Harry? ¿O que ella la hubiera mantenido en secreto? ¿Ambas, quizá?

Hermione quería saberlo —se moría por saberlo—, pero el muro que durante las Navidades se había derrumbado entre ellos había vuelto a levantarse, como si siempre hubiera estado ahí, y ella sentía la ausencia de Draco y su frialdad en las entrañas.

—Puedo, señor Weasley —decía la profesora McGonagall—. No puedo pedirles que sean amigos, pero sí que sean cordiales. Que se apoyen y me apoyen ahora que Hogwarts ha sido vulnerado una vez más.

Ron frunció el ceño, pero la mirada severa de la profesora lo hizo callar.

Hermione se removió contra la pared, evitando a propósito volver la cabeza hacia Harry. Entre él y Draco, con todos los secretos que cargaba, se sentía atrapada.

Porque si Ron descubría lo que había pasado, su ira sería irrefrenable.

Si llegaba el momento en que Harry tuviera que elegir entre ambos, volvería a elegir a Ron.

Y si Draco decidía mantener las distancias, Hermione no sabía qué sería de ella. Perderlo sería como perder a Pansy. Perder uno de los pocos pedazos que le quedaban de sí misma, un retazo de su nueva vida.

Si hubiera sabido que aquellas serían las consecuencias, Hermione no hubiera recogido la nota que Harry le había hecho llegar el día anterior. No hubiera acudido al encuentro.

Pero después de lo que había ocurrido esa misma tarde, después de haber estado a punto de perder al niño a pesar de todos sus esfuerzos, Hermione había necesitado un respiro. Fingir que los últimos cuatro años no habían pasado y que aún tenía a alguien junto al que luchar.

Había acudido a Harry para escuchar sus opiniones, para intentar encontrarle un atisbo de sentido a toda aquella locura, pero se había dado de bruces con sus prejuicios.

La había decepcionado tanto que Hermione sentía que una nueva brecha se había abierto entre ellos ahora que las demás empezaban a cerrarse. Y saber que Draco lo había oído, que había escuchado sus acusaciones…

Había querido protegerlo. Había retenido a Harry para ahorrarle a Draco el enfrentamiento, el veneno del que era capaz el que una vez había sido su amigo. Pero parecía que no había sido suficiente.

—Profesora…

El tono de Harry la hizo alzar el rostro. Había ignorado las últimas palabras de la directora y de Ron, pero aquella era la primera vez que Harry intervenía y la seriedad que percibió en su voz y en su postura le llamaron la atención.

Harry los miró uno a uno —a Hermione le pareció que se detenía en ella un instante de más y, en respuesta, sus dedos se crisparon dentro de los bolsillos de su túnica— antes de volverse hacia McGonagall.

—Profesora —repitió—. Hay algo que no le he dicho hasta ahora. —Despacio, se apartó el pelo de la frente y la cicatriz se entrevió entre sus dedos—. Ha vuelto a dolerme —confesó entonces, despacio, serio, mientras sus dedos la rozaban.

Sus palabras fueron como una bomba.

La profesora McGonagall se envaró. Pansy inspiró hondo. Theo cambió el peso de su cuerpo de un pie a otro. Ron soltó un quejido ahogado.

—¿Qué estás diciendo, tío? —Dio un paso hacia Harry—. ¿Es una broma?

Solo Draco y ella permanecieron inmóviles. Porque ya lo sabían.

Pero lo cierto es que, a pesar de que Hermione no movió ni un músculo, sí que sintió como el estómago le daba un vuelco y su pecho se calentaba. Porque Harry no había tardado ni siquiera un día en cumplir la promesa que le había hecho. ¿Significaba eso que podía confiar en su palabra? ¿Que estaba intentando —de verdad, de corazón— solucionar las cosas entre ellos? ¿Y si se había equivocado al suponer que él solo la había buscado por interés?

Por primera vez, Hermione se volvió hacia él pero el Gryffindor había fijado su atención en McGonagall. Los ojos verdes que ella tan bien conocía brillaban tras las gafas y ella se dio cuenta de que una parte de ella, una parte pequeña y débil, ansiaba retomar el verdadero contacto. Ansiaba volver a confiar en él.

Apartó la mirada para acallar el dolor que sentía dentro. Para intentarlo, al menos.

Harry ignoró a su amigo. Se había vuelto hacia McGonagall y esperaba a que ella hablara. La directora, sentada en su angulosa silla de madera, jugueteaba con un abrecartas de ónice ribeteado en plata.

—¿Desde cuándo, señor Potter?

—Desde antes de Navidad —replicó él sin dudar.

La directora se llevó los largos dedos a la nariz y se pellizcó el puente.

—¿Cree que podría tener relación con estos ataques? Si los mortífagos están detrás de esto…

—¡Claro que están detrás de esto! ¡Han conjurado su Marca! —explotó Ron. Se volvió hacia ellos, hacia los Slytherin, con el rostro congestionado y escupiendo gotitas de saliva cada vez que bramaba una palabra—. ¡Pregúntele a él! —Señaló a Draco con un dedo acusador y, aunque él permaneció impasible, Hermione se encogió.

Draco le sostuvo la mirada. Desde donde estaba, Hermione podía admirar su perfil recto, aristocrático, glacial. A su lado, Ron parecía un chiquillo enrabietado.

—¡Es suficiente, señor Weasley! —la profesora se levantó de golpe y la silla rechinó al ser empujada sobre el suelo de piedra tan bruscamente—. Se lo he dicho: no toleraré este comportamiento entre ustedes. Los seis están aquí porque confío plenamente en ustedes.

Ron resopló, pero ante la imponente figura de la mujer fue incapaz de replicar.

Solo entonces Hermione vio como Draco agachaba la cabeza. Notó como apretaba la mandíbula y el rostro se le tensaba. Fue una minúscula seña de debilidad, pero a Hermione le partió el corazón.

En ese instante quiso encararse a la profesora, quiso decirle que quizá no debería haber confiado en todos ellos, que había sido un error decidir contarles a Ron y a Harry lo sucedido en el bosque —la presencia de la Marca había decidido mantenerse en secreto para el resto del colegio, pero no para los dos aurores—. Pero sabía que esa parte de ella que quería gritar y reprochar era irracional y egoísta y no iba a solucionar absolutamente nada.

—Respóndame, señor Potter.

—Mi conexión es con Voldemort —los Slytherin se estremecieron prácticamente al unísono al escuchar el nombre—, no con sus seguidores.

—¡Pero no debería haber conexión alguna! —replicó Ron—. Destruimos todos los Horrocruxes. El séptimo…

—Sigo teniendo la cicatriz, ¿no? Quizá…

Harry meneó la cabeza y, mientras ellos debatían, Hermione aprovechó para mirar a sus amigos. Draco, Pansy y Theo estaban pálidos y tensos. Quien no los conociera, habría creído que se mostraban indiferentes ante la situación, pero Hermione había aprendido a leer en sus rostros y en sus gestos.

En los labios fruncidos de Pansy había miedo. En los ojos entrecerrados de Theo había preocupación. En el mentón alzado de Draco había confusión y dolor.

Hermione no supo cuánto duró la discusión pero, al final, la espalda acabó doliéndole y los gemelos se le agarrotaron. Notaba la humedad de la pared de piedra en los huesos de la cadera. Hubiera dado cualquier cosa por acurrucarse frente al fuego en la Sala Común de Slytherin, tranquila y en paz.

Pero lo cierto es que Hermione ya no sabía si volverían a estar en paz algún día.

Al final, McGonagall acabó suspirando y fue ese suspiro el que puso fin a la conversación.

—Informaré al Ministro y, mientras, les concederé a los seis un permiso especial para patrullar por el colegio —le lanzó una mirada de advertencia a Ron para acallarlo aun antes de que empezara a protestar—. También al señor Longbottom y a las señoritas Weasley y Lovegood —continuó—. Temo que si la Marca Tenebrosa ha sido conjurada en Hogwarts esto no haya hecho más que empezar.

Ron balbuceó algo entredientes, pero todos los demás guardaron silencio. Incluso Harry.

Una vez que la directora los despidió salieron uno a uno del despacho, enfilando las estrechas escaleras custodiadas por la gárgola. Harry primero, tras lanzarle una última mirada. Después Ron, que no dejaba de asediar a su amigo con infinitud de preguntas, a cada cual más difícil de responder.

Hermione esperó junto a la puerta a que Draco llegara a su altura, pero él pasó a su lado sin mirarla.

Su frialdad la congeló por dentro, le recordó la última vez que habían estado en el despacho de la directora juntos. El día del interrogatorio de Flint. Cuando él aún la despreciaba.

Hermione lo vio descender. Vio como su espalda se perdía en las profundidades de la escalera de caracol y el frío de su interior creció y creció hasta convertirse en un vacío.

—¿Hermione? —Pansy le tocó el codo con los dedos, el mismo roce apenas perceptible con el que Draco la había acariciado pocos días atrás en clase de Aritmancia. La misma suavidad, la misma delicadeza y, sin embargo, la sensación no era la misma. El tacto de Pansy era reconfortante, pero no cálido—. ¿Vamos?

Pero Hermione se sentía incapaz de moverse. Las piernas le dolían, la espalda le dolía. Pero el pecho le supuraba. Por Draco. Por su rechazo.

Pansy la tomó por el codo y la condujo hacia la escalera. Como había hecho esos primeros días tras el regreso a Hogwarts, cuando Hermione se sentía incapaz de sostenerse sobre sus propios pies.

Y, aunque en esa ocasión sus piernas la sostuvieron, sentía tanto frío y tal sensación de abandono que, cuando entró en la escalera, sintió y vio aquello que hacía semanas que no veía más que en sus sueños.

El olor de humedad de la escalera se convirtió en el olor a humedad de la celda en la que Roran la había encerrado.

Las estrechas paredes de piedra que la rodeaban se transformaron en las de la mazmorra en la que había estado a punto de morir.

El cuerpo de Pansy tras ella, de pronto, temblaba. Como había temblado en la celda.

Hermione cerró los ojos, tratando de combatir la sensación de claustrofobia. Sabía que nada de aquello era real. Que era el rechazo de Draco el que había desencadenado el miedo.

Pero también sabía lo que aquello significaba: que había vuelto a perder el poco control que le quedaba sobre su vida y ni siquiera sabía cómo había pasado.

Continuará…

Siento haberme retrasado con este capítulo. Las que me habéis seguido en Facebook (gracias) espero que vierais el aviso y que disfrutarais del adelanto del capítulo. La verdad es que sé que no era el mejor adelanto: este capítulo es bastante soso y un poco "triste", pero era necesario. Tampoco estoy muy contenta de cómo ha quedado pero bueno. Espero que los próximos sean mejores.

Millones de gracias por vuestros comentarios:

Pauli Jean Malfoy: me alegro mucho de que te gustase. La verdad es que yo pensaba que los pensamientos de ambos eran un poco repetitivos porque al final me salieron más paralelismos de los que tenía pensados (risas). Espero que sigas disfrutando de la historia.

gileto92: no te preocupes, que no os quedaréis sin saber quién es el padre de la niña. Igual muchas otras cosas se me escapan, pero esa no. Eso sí, tendréis que esperar casi casi hasta el último capítulo (creo).

Annie Hartman: bienvenida a la historia. Me alegro un montón de que la estés disfrutando. La verdad es que Spectre está siendo duro hasta para mí.

Wind White: gracias por haberme dado la oportunidad y haberme seguido en Facebook. Tengo ya pensadas un par de cosillas que quiero preguntaros por ahí, así que espero estar actualizando pronto. En cuanto al desarrollo del Dramione, espero que te siga gustando a pesar de que este capítulo supone un paso atrás en su relación.

Sally Elizabeth HR: me alegro de que la actitud de Hermione te haya gustado. Quería demostrar que, en cierto modo, ella sigue la misma. Y ya ves que aquí la soledad de Draco aumenta (lo de Pansy y Theo era una especie de preludio), pero acabarán solucionándolo, prometido.

Cignus Black: siento un montón que hayas tenido que releerlo. Ya lo he comentado por ahí antes, pero decirte que me he propuesto no volver a dejar la historia a medias. La idea es sacar un capítulo a la semana y me voy a esforzar por cumplirlo.

Fio Gonzlez: me encanta que lo de Hermione en Slytherin te haya gustado. Yo creía que estaba un poco trillado, pero era necesario para la historia. La verdad es que las casas tienen cada vez menos importancia, al final acabé enfocándome mucho en Draco y Hermione de manera individual.

loremmac: aún va a haber unos pocos capítulos lentos, pero sí, la idea era meter algo de aventura en el fic para que no se hiciera tan aburrido. No es lo más importante, pero la va a haber, con lo cual puedo asegurarte que las cosas van a ponerse aun más negras. (Igual este era un spoiler innecesario xD)

Alejandra: mil gracias por haber recordado Spectre. A partir de ahora intentaré no volver a retrasarme. Ya tengo toda la historia planificada, así que no debería ser difícil lo de subir un capítulo a la semana.

ZethAmsel: (perdona, he tenido que quitar los espacios para que FF me lo acepte).

Miles de millones de gracias, en serio. Tu comentario me ha dejado sin palabras y me ha emocionado profundamente.

La verdad es que ni siquiera se me ocurre qué decir —nunca se me da muy bien responder a los reviews, como ya habréis notado— excepto que comentarios así son por los que merece dedicarle tantas horas de esfuerzo y sacrificio a cada capítulo. Valoro un montón cada uno de los comentarios que me dejáis y, ante todo, escribo por y para mí, pero saber que mi historia le ha llegado de esa manera a alguien me hace sencillamente feliz. Tú lo entenderás bien.

Me alegro que hayas disfrutado de todo eso que quise transmitir, de los grises de la historia, y yo por mi parte prometo seguir esforzándome e intentar mejorar mis historias. La verdad es que Spectre es el primer long-fic que escribo en mucho tiempo y noto que tiene muchos errores, pero seguiré practicando para arreglarlos o escribir más cosas por el estilo (al menos esa es la intención).

rose: como siempre, tienes toda la razón. En el fondo no son tan distintos, solo dos personas condicionadas por la vida y las circunstancias, y eso es de lo que trataba el capítulo anterior y, bueno, la historia en general.

Granger-Malfoy: ni yo misma sé si tiene sentido lo que he pensado como explicación, ya veréis. Como ya he dicho varias veces, creo que le estoy dando vueltas innecesarias a la historia… (Yo también creo que Krum es mejor que Ron).

Aprovecho también para darle mil gracias a la página Dramiones y sevmiones por haberme recomendado y haber recomendado De corazones y diamantes
(hace nada me he enterado).