Capítulo 17 - Los vivos están muertos VII
Primera parte: Hold Me, Breathe Me, Heal Me
Salieron de la nada, de las aulas abandonadas y sucias que salpicaban el pasillo, y lo rodearon con la agilidad y el ansia de lobos sedientos de sangre.
La varita salió volando del bolsillo de su túnica antes siquiera de que Draco entendiera lo que estaba pasando. Cayó unos metros más allá y salió rodando, hasta acabar en un charco de agua helada que se había formado sobre la piedra. Su primer impulso fue lanzarse a por ella, pero enseguida comprendió que aquello sería un suicidio.
Eran siete. Cuatro Gryffindor, dos Ravenclaw, un Hufflepuff. Cuatro chicos y tres chicas, casi todos ellos jóvenes. Demasiado jóvenes como para haber luchado en la Batalla de Hogwarts, como para entender el horror, el miedo, la desesperación que Draco y muchos otros habían vivido en esos mismos pasillos años atrás.
Y, sin embargo, eso no les impedía mostrarse firmes ante él, con las varitas alzadas y apuntándole a la cara. Con rostros serios y firmes, manos y respiraciones calmadas y seguras. El pulso no les temblaba al amenazarlo, al amenazar a otro ser humano.
Draco tensó la espalda, orgulloso, aun sabiendo que ya no había nada que pudiera hacer. Que nada de lo que dijera o hiciera podría ayudarle, ni en ese momento ni nunca.
—¿Qué queréis? —espetó tenso, malhumorado, cansado. Cansado de los prejuicios, de que los «buenos» se creyeran con derecho a juzgar, de que creyeran que se hallaban en posesión de una verdad única e innegociable.
No le asustaban las varitas que lo apuntaban, la posibilidad de que lo atacaran —ya había vivido antes los castigos, las maldiciones, la rabia que se descargaba con un simple hechizo—. Lo que lo asustaba era el acoso, la imposibilidad de todos aquellos que lo rodeaban de ver más allá de sus narices y, sencillamente, perdonar.
Había estado esperando algo así desde el día en que la Marca había aparecido en los terrenos del colegio. No importaba que McGonagall lo hubiera mantenido en secreto y hubiera impedido que el resto de alumnos se enterasen. Tampoco importaba que Hermione, Pansy, Theo y él mismo hubieran salvado la vida del chaval que habían encontrado en el Bosque. No importaba que el chico se estuviera recuperando bien en la enfermería.
Nada de eso importaba porque —Draco lo había aprendido de la peor forma posible— la gente solo veía lo que quería ver.
Cuando sucedió el primer ataque, los susurros empezaron a seguirlo allá donde fuera.
Cuando encontraron a la segunda chica herida, las miradas dejaron de ser disimuladas. Los ceños fruncidos, acompañados de insultos gritados a su paso, se convirtieron en la nueva realidad de Draco.
Y, tras el tercer ataque, empezaron los empujones, los codazos, las zancadillas mal disimuladas.
Solo era cuestión de tiempo que Draco se encontrara con una varita apuntándole a la cara, y él lo sabía.
—Malfoy. —El chico que habló parecía el cabecilla. Vestía el uniforme de Gryffindor, pero llevaba la corbata floja y la camisa por fuera de los pantalones. El pelo cobrizo y las pecas que le cubrían la frente le recordaron a los Weasley. Mismo aspecto insignificante, misma actitud de capullo.
—¿Y tú eres…? —replicó Draco. Se le daba bien aparentar indiferencia, una de las pocas lecciones valiosas que su padre se había encargado de enseñarle.
Al escuchar su respuesta la mano del chico tembló, pero Draco supo que era la rabia —no el miedo— la que había alterado su firmeza.
—Ewan Bramson —escupió el chico, con todo el cuerpo en tensión—. Macey es mi novia —añadió, como si eso lo explicase todo. Como si así justificase su actitud.
Ah, Macey Walsh. La segunda víctima, según Draco tenía entendido.
Malditos Gryffindor, con su estúpida manía de vengar las injusticias y su gallardo coraje. Porque claro, pensó él con ironía, era muy valiente enfrentarse en grupo contra alguien desarmado.
Si hubiera sido al revés, si hubiera sido él el que sostuviera su varita frente a Bramson, rodeado de sus colegas de Slytherin, lo hubieran tachado de abusón. De cobarde y asesino.
Aquello, sin embargo, era lo que se consideraba justicia.
El pensamiento hizo que le hirviera la sangre. Y le hizo pensar en Pansy y en Theo. En Hermione.
Porque si no hubiera estado solo, abandonado, ninguno de esos cobardes se hubiera atrevido a plantarle cara.
—Dime qué diablos quieres y lárgate —le dijo, con las mandíbulas apretadas, enfadado no solo con Ewan y su grupo, con la sociedad en la que vivía, sino consigo mismo por su inutilidad, por su incapaz de estar solo. Porque, joder, cómo los echaba de menos.
Cómo la echaba de menos.
—Has sido tú, ¿verdad, Malfoy? —El Gryffindor dio un par de pasos hacia delante. A pesar de ser más joven que Draco era mucho más corpulento e incluso un poco más alto—. Lo sabemos. Todo el mundo lo sabe, así que ¿por qué no admites lo que le hiciste?
A Draco no le pasó por alto que el chico solo hablaba de Macey. Las otras dos víctimas no parecían ser lo suficientemente importantes para él como para clamar venganza por ellas.
Cobarde.
—No sé de qué me estás hablando. Ni siquiera conocía a Macey hasta la semana pasada.
—¡Mientes! —exclamó el otro, con una voz grave que retumbó en el lóbrego pasillo—. Sabías que es nacida de muggles. Igual que Alex y Henry.
Nacida de muggles.
Cómo si a él le importara una mierda quiénes fueran sus padres. Cómo si ellos no supieran que Hermione Granger, nacida de muggles, se había convertido en una de sus mejores amigas ese mismo año.
La situación era tan absurda, tan injusta, que Draco no pudo evitarlo: sonrió. Sonrió de medio lado, con esa mueca suya que mostraba desprecio y superioridad, con esa mueca que le servía para protegerse de todo aquello que lo rodeaba.
Y ese fue su error.
—¡Desmaius! —gritó una voz que no era la de Ewan y el hechizo lo golpeó por el lateral izquierdo y lo mandó directo contra el muro, donde se golpeó y cayó despatarrado al suelo.
Se hizo daño al caer y la cabeza le golpeó la pared con violencia, pero —aunque la visión se le nubló durante unos segundos— no llegó a perder el conocimiento.
Draco buscó con la mirada a quien lo había atacado y se encontró con un Hufflepuff de nariz respingona, demasiado pequeño como para saber realizar correctamente un hechizo aturdidor. Supo enseguida que él era el responsable del ataque por la mirada de horror que le dirigía —asustada, no solo de Draco sino de sus propias acciones— y porque era el único que había bajado la varita.
Ya parecía arrepentido, incapaz de creer lo que había hecho.
—¡Dylan!
El niño dio un paso hacia atrás, trastabilló y se encogió al escuchar el reproche de Ewan.
Y Draco, a pesar de que seguía en el suelo y de que se le estaba empezando a formar un chichón en la parte de atrás de la cabeza, no pudo culparlo.
El chaval era demasiado jóven. Tan solo un crío. Definitivamente, demasiado pequeño como para tener que someterse ante alguien como Bramson. Tan pequeño como había sido el propio Draco cuando su propia vida se le empezó a escapar de las manos. O incluso más.
—Dijimos que nada de magia, Dylan. —Al lado del chaval, Ewan tenía la constitución de un minotauro. Furioso y peligroso. El chiquillo agachó la cabeza y sus hombros se hundieron—. Sabes que McGonagall lo protege —pronunció las palabras como si le quemaran, como si hubiera tragado veneno.
—Bueno, has sido tú el que lo ha desarmado, Ewan —intervino una chica de Ravenclaw, colocándose entre ambos—. Y Macey es su hermana. Dylan tiene incluso más derecho que tú a intervenir.
—Sabes que no es lo mismo. No lo he atacado —replicó Bramson mientras sacudía la cabeza, irritado—. Puede hacer que nos metamos en un lío.
Aprovechando la discusión, Draco hizo un intento de levantarse, pero las piernas le temblaban y todo daba vueltas a su alrededor. Lo único que consiguió fue caer al suelo cuan largo era y atraer la atención de los chicos.
Ewan, el cabecilla, se acercó a él con los puños y la mandíbula apretados.
—Yo no le he hecho nada a tu novia —dijo Draco con voz calmada a pesar de todo, antes de que Bramson pudiera perder el poco autocontrol que Draco intuía en él.
Sin embargo, el Gryffindor negó con la cabeza. Parecía menos seguro de sí mismo ahora que habían incumplido una de las reglas más sagradas del colegio: lo habían herido usando la magia.
—Si le cuentas a alguien lo que ha pasado aquí, te arrepentirás —le advirtió y Draco odió el hecho de tener que mirar hacia arriba para sostenerle la mirada, odió estar a sus pies. Literalmente—. Y si Macey no se recupera… —No terminó la frase, pero la amenaza resultaba imposible de obviar.
El chico les hizo una seña a sus acompañantes para indicarles que se retiraban y Draco, secretamente aliviado, creyendo que todo había terminado, se removió en el suelo, apoyándose sobre los antebrazos para incorporarse.
—Ewan…
Bramson había empezado ya a darse la vuelta para largarse de allí cuando empezaron los susurros de protesta.
—No podemos irnos.
—No ha confesado nada…
—¡Y no lo hará! —estalló Bramson. Draco empezaba a darse cuenta de que ni tenía mucha paciencia ni le gustaba que lo contradijeran—. No es más que un maldito gallina.
Mira quién habla. Aunque lo pensó, tuvo el sentido común suficiente como para guardar silencio.
La chica que había protegido a Dylan frunció el ceño, pero cuando el niño le tiró de la manga de la túnica sacudió la cabeza y sus largos rizos se deslizaron desde detrás de las orejas y le taparon la cara. Dylan la miraba con expresión implorante, aún pegado a ella. A Draco le pareció que temblaba, que todavía parecía incapaz de creerse que hubiera tenido la valentía suficiente como para atacarlo. Si se arrepentía de haber hecho daño a otra persona o si, sencillamente, temía las represalias que un mortífago —en su cabeza, la palabra sonaba amarga— como él pudiera adoptar, Draco no lo sabía.
—De acuerdo, vámonos —aceptó la chica tras mirar al niño que tenía al lado durante unos segundos. Después, le pasó a Dylan el brazo por los hombros en actitud protectora. Él apenas le llegaba al pecho.
El resto del grupo sacudió la cabeza o se encogió de hombros o suspiró. Pronto todos le daban la espalda a Draco, como si fuera la Ravenclaw —y no Bramson— la que tomaba las decisiones.
Ewan pareció darse cuenta de la actitud de sus compañeros porque, justo antes de volverse, miró a Draco una vez más. Se cernió sobre él con su cuerpo inmenso y lo miró con odio. Todos los músculos de Draco se tensaron, preparándose para aquello que se le venía encima, fuera lo que fuera. Un insulto, otra amenaza, un escupitajo incluso.
En cambio, no estaba preparado para lo que ocurrió. Concentrado en la cara del Gryffindor, apenas se dio cuenta de como la pierna de Bransom se movía hacia atrás, cogiendo impulso. No tuvo tiempo de apartarse. Ni siquiera lo vio venir. La patada lo alcanzó de lleno en la cara, se la empujó hacia atrás y le hizo lanzar un grito. Volvió a golpearse la cabeza contra la pared y, en esa ocasión, se esuchó un fuerte crac cuando su cráneo impactó contra la piedra.
De inmediato, los ojos de Draco se llenaron de lágrimas instintivas y él cerró los párpados para borrarlas y evitar que nadie más percibiera su dolor y su debilidad.
Escuchó murmullos y exclamaciones ahogadas, los pasos de Bramson alejándose y apurando a su grupo pasillo abajo, pero Draco no los vio desaparecer, no hizo caso de sus voces. Mantuvo los ojos cerrados todo el tiempo, con el sabor de la sangre llenándole la boca y el estómago encogido.
Solo cuando todo a su alrededor quedó en completo silencio, Draco se atrevió a abrir los ojos. Seguía en el suelo. Tenía frío y la cara y la cabeza le dolían. Se sentía humillado.
Pero, sobre todo, se sentía solo. En ese instante se sintió profunda e irremediablemente solo.
Habían pasado dos semanas enteras desde que había pillado a Hermione y a Potter. Dos semanas en las que Pansy y Theo habían seguido escabulléndose, buscando momentos para estar a solas —no por maldad ni egoísmo ni despecho, eso Draco lo sabía, sino por la necesidad que sentían de volver a vivir, de entregarse a la esperanza en un mundo que, como a muchos otros, los había destrozado—.
Dos semanas en las que las palabras que había intercambiado con Hermione podían contarse con los dedos de ambas manos.
Y, joder, cómo lo odiaba. Cómo habría deseado no haberlos sorprendido esa noche. Lo que habría dado por seguir viviendo en ese universo de mentiras en el que ella estaba junto a él y jamás lo habría dejado de lado por Potter.
Porque lo cierto es que Draco había tenido que lidiar con muchas cosas en su vida, pero la soledad no era una de ellas.
Incluso durante los meses que había pasado en Azkaban la soledad no había sido uno de sus problemas más acuciantes. Había estado demasiado ocupado tratando de sobrevivir, de mantener su cordura intacta como para preocuparse por algo tan trivial y nimio.
Y los años que había pasado en Hogwarts en el pasado… Esos, al menos los primeros, habían sido sus años de gloria. Lo habían admirado, se habían peleado por su favor y su compañía.
Ahora, en cambio, mirase a donde mirase había un vacío. Y hostilidad. Hostilidad ciega y cruda, carnal.
Draco se pasó la mano por la boca y los dedos acabaron cubiertos de sangre. El labio le palpitaba, abierto y ardiente.
Una vez más, se sorprendió echándola de menos.
Porque, sí, si Hermione hubiera estado ahí con él nadie se habría atrevido a plantarle cara. Pero no era solo eso. Había más. Mucho más.
Si ella hubiera estado ahí con él, ni siquiera le hubiera importado que esos idiotas le plantaran cara. La habría tenido a ella, habría sabido que ella confiaba en él, en su inocencia. Y le habría bastado.
Mientras se arrastraba por el suelo para recoger su varita, dolorido y ensangrentado, Draco sintió una necesidad casi física de tenerla a su lado. De correr a buscarla.
Se imaginó los brazos de Hermione alrededor de sus hombros —como el de la Ravenclaw alrededor de Dylan—. Se imaginó que Hermione lo consolaba y lo reconfortaba. Que volvía a tenderle la mano. Que lo sostenía.
Apoyándose en el muro, ya varita en mano y con los dedos húmedos y fríos por culpa del charco, Draco se incorporó. La cabeza le dolía y le daba vueltas. La sangre le goteaba por el mentón, pero no se la limpió. No se curó. Porque le hubiera gustado que fuera ella quien lo hiciera.
Hermione.
Draco volvió a cerrar los ojos. Quería dejar de sentir todo aquello. Quería arrancarse esos sentimientos para ser capaz de hundirse en la lástima que sentía por sí mismo, para no tener que preocuparse por ella. Pero no podía hacerlo.
Fuera lo que fuera lo que había pasado con Potter, Draco sabía que lo que había habido entre Hermione y él era real. Sabía que no lo había utilizado por resentimiento a los que una vez habían sido sus amigos o porque no tuviera otro lugar en el que refugiarse. Sabía que Hermione había confiado en él, igual que él había confiado en ella.
Sabía que, tras los días grises que había estado viviendo desde que el Señor Tenebroso había regresado y lo había arrastrado a una guerra que él no había deseado, Hermione había sido vida para él. Una segunda oportunidad. Gloriosa e inesperada.
Sabía que la necesitaba para estar seguro de que estaba haciendo lo correcto, que se estaba convirtiendo en la persona que debería haber sido desde el principio.
Y, aunque sabía todo eso, también sabía que no podía hacer lo que realmente quería: ir a buscarla. Porque tenía miedo. Miedo, no de un puñado de varitas apuntándole a la cara, sino de perderla. De que llegara el día en que Potter decidiera que la quería de vuelta, sin censuras ni secretos, y ella accediera.
Draco sabía también que, si eso pasaba, no lo soportaría.
Así que, aunque quería correr hasta ella y confesarle hasta el último de sus secretos y permitir que ella lo sanara, prefería seguir evitándola. Mejor ser él quien se alejase. Mejor que si lo hiciera ella.
Draco suspiró. Sacudió la cabeza para apartarse el pelo largo de la cara y cuadró los hombros. Y decidió que, ya que le habían pegado, podía concederse un momento más de debilidad y autocompasión.
Porque, aunque no pudiera ir a buscarla, eso no significaba que no pudiera ir a buscar aquello que más le recordaba a ella en ese estúpido colegio.
Segunda parte: Nobody Is Born a Monster
Hermione no esperaba encontrar a Draco junto a la cabaña de Hagrid.
Tampoco estaba segura de por qué había acudido allí. Quizá porque no muy lejos habían encontrado al primer chico herido, Henry, y Hermione temía que algo así pudiera volver a ocurrir. Porque ¿y si ellos no lo hubieran encontrado a tiempo? ¿Habría acabado desangrándose sobre la nieve? Probablemente.
O quizá fuera, sencillamente, porque allí había sido donde Theo se había abierto a ella por primera vez —ese día al lado del cercado del pequeño thestral— y Hermione necesitaba volver atrás y fingir que esas últimas dos semanas no habían tenido lugar y que todo estaba bien entre ella y los Slytherin. O, más bien, entre ella y Draco.
Fuera por lo que fuera, Hermione no pudo evitar sentir que algo había guiado sus pasos hasta allí, hasta él, y que aquella era la ocasión adecuada para disculparse.
Si se acercaba a él entonces, Draco no podría evitarla. No podría ignorarla más. No podría utilizar a Pansy y a Theo como excusa para ocultarse de ella.
Dos semanas. Dos semanas desde que la había sorprendido con Harry de noche, desde que esa nueva complicidad que los había unido se había marchitado. Dos semanas durante las que él había evitado sentarse a su lado en clase y durante las comidas. Durante las que había corrido a su cuarto cada vez que entraban en la Sala Común para evitar tener que quedarse a solas con ella. Había evitado, incluso, caminar a su lado por los pasillos.
Y, Merlín, Hermione lo echaba de menos.
Lo echaba tanto de menos que a menudo se había sorprendido abriendo la boca para disculparse, para explicarse, y solo la presencia de Pansy había conseguido que callara en el último momento. Porque si su amiga se enteraba de lo ocurrido entre ellos —y entre ella y Harry— no haría más que preocuparse.
Hermione avanzó unos cuantos pasos y entonces se detuvo. Envuelto en su capa negra, con el pelo lleno de nieve y los hombros hundidos, Draco parecía frágil. Derrotado y pequeño.
Algo en la manera en que se reclinaba contra el tronco del árbol, protegiéndose de las miradas del mundo, hizo que Hermione sintiera que estaba interrumpiendo un momento privado, un instante de debilidad.
Una parte de ella quiso retirarse, quiso concederle la quietud que sabía que necesitaba, quiso respetar el hecho de que Draco no quería tenerla cerca. De que probablemente la odiara.
No obstante, Hermione estaba cansada de rendirse y retirarse sin luchar. Lo había hecho antes, pero no estaba dispuesta a hacerlo entonces. Porque Draco merecía la pena.
Siguió andando, con los pies hundiéndosele en la gruesa capa de nieve cada vez que daba un paso, y cuando estuvo lo suficientemente cerca el ruido de sus pisadas alertó a Draco de su presencia. Él volvió la cabeza como un resorte, con una agilidad animal, y Hermione contuvo el aliento.
Draco tenía la cara llena de sangre.
De pronto ollvidó la distancia que los separaba, las dudas y los miedos y corrió hacia él, tropezándose por culpa de la nieve. Cuando llegó a su lado, se dejó caer sobre las rodillas y sus manos volaron hacia el rostro de Draco. La piel de sus mejillas estaba cogelada y Draco abrió mucho los ojos, entre sorprendido y asustado, pero ni él se movió ni ella retiró las manos. Las mantuvo ahí, una a cada lado de su rostro.
—¿Qué te ha pasado? —exclamó Hermione.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Draco, casi al mismo tiempo.
Sus alientos se condensaron en pequeñas nubes blancas, que se entremezclaron y acariciaron los labios de ambos.
Hacía tanto tiempo que no lo tenía tan cerca que Hermione, al darse cuenta de lo que había hecho, estuvo a punto de retroceder a trompicones antes de que él pudiera apartarla, antes de que a su mirada asomara el desprecio, la ira.
Sin embargo, Draco permaneció inmóvil, con esos iris del color del acero fijos en sus pupilas, atentos. Como si su contacto no le molestara en absoluto.
—¿Qué te ha pasado? —repitió Hermione y sus dedos se deslizaron despacio por su piel, desde el pómulo derecho hasta la comisura de sus labios. Los rozó con cuidado, buscando la herida, tratando de entender qué había ocurrido.
Vio la nuez de Draco agitarse cuando él tragó saliva y entonces, de repente, él se echó hacia atrás, alejándose de sus manos y sus caricias.
Los dedos de Hermione siguieron en el aire unos segundos, echando de menos su contacto, antes de que ella dejara caer los brazos.
—¿Qué te ha pasado, Draco? —preguntó por tercera vez, a pesar de saber que no iba a obtener respuesta. Draco ya no la miraba. Había agachado y ladeado la cabeza y, cuando Hermione siguió su mirada distinguió un destello plateado flotando sobre la nieve.
—Lo has asustado —fue todo lo que dijo él, con voz calmada, sin rastro de reproche.
Hermione no respondió. Observó en silencio mientras el demiguise que ella y Draco habían cuidado durante todo el primer trimestre cobraba solidez y se subía al regazo del Slytherin de un salto, olisqueando en su dirección. Ella extendió la mano y acarició la peluda cabeza del animal, sintiendo que algo cálido anidaba en su pecho.
Que Draco estuviera allí, con el demiguise que habían cuidado juntos, con el animal que les había ofrecido sus primeros momentos a solas…
¿Acaso él la extrañaba, extrañaba esos ratos que habían pasado juntos? ¿Era eso posible siquiera?
—¿Qué haces aquí? —le preguntó ella, suave y cálida. Llena de curiosidad y temerosa de su respuesta. Pero él solo se encogió de hombros y el estómago de Hermione se encogió—. Por favor, háblame. —Sonó débil y pequeña, repleta de necesidad por él. Y no le importó.
Draco siguió ignorándola. Su mirada estaba clavada en el demiguise y sus dedos largos recorrían la piel plateada de arriba abajo, casi como si estuviera tratando de anclarse a algo.
Entonces, mientras acariciaba al animal, la manga izquierda de la túnica resbaló hasta el codo y dejó al descubierto su antebrazo. Draco se había arremangado el jersey que llevaba debajo y la piel pálida, manchada de tinta negra, había quedado al aire.
Hermione inspiró hondo, sorprendida. No porque no supiera que la Marca todavía era visible en su antebrazo, sino porque nunca antes la había visto con tanta claridad, tan cerca. Él siempre tenía cuidado de taparla bien. Cada día la escondía con celo y esmero, la cubría con jerséis gruesos incluso cuando se encontraban en la Sala Común junto al fuego y el calor resultaba prácticamente asfixiante.
Draco, quizá percibiendo su sorpresa, quizá más tranquilo por el silencio temporal, ladeó la cabeza hacia ella. Enseguida comprendió qué era lo que ella estaba mirando y su cuerpo se tensó, sus manos abandonaron el pelaje del demiguise y se apresuraron a intentar cubrir el tatuaje.
Ella, no obstante, se lo impidió. Sus dedos volvieron a entrar en contacto con su piel, se posaron en su antebrazo y él se quedó inmóvil, como asustado por sus caricias. Como si no estuviera acostumbrado a la ternura.
—Hermione… —susurró y ella supo, por la forma en que había pronunciado su nombre, que la pelea que los había separado de pronto no tenía importancia. Que había cosas mucho más importantes, mucho más grandes que ellos, y la vergüenza que él sentía por culpa de su pasado era una de ellas.
Quiso abrazarlo, quiso consolarlo y decirle que nada de aquello importaba ya. Que puede que el resto del colegio, del mundo, no lo entendieran. Pero ella sí. Ella lo comprendía y confiaba en él.
Sus dedos subieron hasta rozar la calavera de la Marca.
—Siento lo que Harry dijo el otro día.
El brazo de Draco se tensó debajo de sus dedos, las venas y tendones marcándose por culpa de la tirantez de sus músculos. Él quiso apartarse, pero Hermione no se lo permitió. Quizá porque le hubiera gustado que alguien hiciera lo mismo por ella. Que la sostuviera y la protegiera.
—Quiero que sepas… —continuó, a pesar de no saber qué decir—. Quiero que sepas que Harry no lo decía en serio, estoy segura. Solo está confuso.
Draco sonrió, pero fue una sonrisa triste e irónica. Una media mueca.
—Lo defiendes. —Hermione no supo si aquello era una pregunta o una afirmación, pero negó con la cabeza.
—No lo defiendo. —Ambos miraban la Marca, cómo los dedos de ella lo acariciaban con cautela—. Nunca justificaría lo que dijo de ti.
Él sacudió la cabeza. Hermione estuvo segura de que iba a cerrarse en banda, a apartarse y a alejarse de allí, de ella otra vez. Sin embargo, él no se movió. Parecía anclado a sus caricias y Hermione volvió a preguntarse, una vez más, si Draco habría notado su ausencia tanto como ella la de él.
—No quiero hablar de Potter.
—Pero sabes que estaba equivocado, ¿verdad? Sabes que yo no estoy de acuerdo con él. —Había tantas cosas que quería decirle que no sabía por dónde empezar.
En un gesto casi instintivo, rápido, Draco se llevó la mano derecha al antebrazo y colocó la palma sobre la Marca para taparla.
—No estaba equivocado —dijo en un susurro ronco mientras se volvía hacia ella otra vez. Sus ojos grises brillaban, heridos, y la intensidad de su mirada la atrapó sin remedio—. ¿Tienes idea de lo que signiifca cargar con algo así?
Ella guardó silencio, porque no creía que Draco esperase realmente una respuesta.
—No lo entiendes. Significa que he hecho cosas terribles. Y que si Potter —pronunció el nombre con furia— no hubiera vencido al Señor Tenebroso habría seguido haciendo cosas terribles.
Muy a su pesar, a pesar de la tristeza de Draco, Hermione sonrió. Con las pupilas clavadas en las de él y sus dedos aún sobre su piel, le sonrió. Porque también ella había perdido la cuenta de las veces que había pensado en ello. Y, sin embargo, no importaba. Había llegado a comprender y a aceptar que lo que podía haber sido carecía de importacia. Solo importaba lo que era, lo que había llegado a ser. Porque aquello era algo de lo que Hermione no se arrepentía y que no hubiera cambiado por nada, ni siquiera por el perdón de Harry y Ron.
—Hiciste lo que hiciste porque no tuviste elección —le susurró con ternura—. Tú no eres como ellos. —Hablaba con fervor y firmeza, deseando poder hacerle comprender. Deseando que él pudiera verse con los ojos con que ella lo veía.
Draco no era un monstruo. Nada de lo que había hecho era culpa suya, de eso Hermione estaba segura. ¿Qué importaba lo que creyeran Harry y todos los demás? Ella comprendía a Draco, se había asomado a su interior y sabía que su alma no albergaba mal alguno. ¿Por qué él seguía dudando de sí mismo?
—Si lo fueras —añadió—, tú y yo ahora no estaríamos aquí.
Sus palabras hicieron que Draco cerrara los ojos un instante, como si lo que había dicho lo hubiera herido en lo más profundo.
Cuando volvió a abrir los ojos, se pasó la lengua por el labio manchado de sangre ya seca.
—Potter no es el único que opina así. Quizá deberías tenerlo en cuenta.
Hermione estudió su boca ensangrentada, el corte que le partía el labio inferior. Quiso tocarlo igual que tocaba su Marca. Quiso hacer que las heridas desaparecieran.
—¿Quién te ha hecho esto? —murmuró, pero Draco sacudió la cabeza y ella entendió que no iba a obtener respuesta. Que si había habido un momento en el que Draco habría confiado en ella sin reservas, ese momento había pasado.
Suspirando, Hermione apartó las manos de su piel y tanteó el interior de su túnica en busca de su varita. Después, apuntó a su labio inferior.
—¿Puedo? —le preguntó, sin atreverse a hacer nada sin su consentimiento. Él asintió apenas y ella agitó la varita—. Tergeo. —La sangre desapareció y dejó al descubierto el corte, profundo e hinchado—. Sanentur. —Otra sacudida y el corte se cerró.
Draco no parpadeó en ningún momento. La miraba tan fijamente que Hermione se sintió nerviosa. Habría dado cualquier cosa por saber qué pensaba.
Suspiró y, aunque él volvió a cubrirse el antebrazo con la manga de la túnica, sus dedos volvieron a posarse cerca del codo de Draco.
—Yo… —No sabía qué decir. Por primera vez en dos semanas se encontraban a solas, por primera vez tenía la oportunidad de disculparse y, sin embargo, le parecía que la intimidad que había entre ellos no requería palabras. Temía que, si volvía a mencionar a Harry, la tregua que parecían haber firmado se desintegrara.
No soportaría que él volviera a alejarse y, no obstante…
Hermione se removió para colocar también la espalda contra el tronco del árbol, para quedar sentada a su lado y no frente a él. El demiguise saltó a su regazo y la tocó con sus patitas de mono, relajado y totalmente visible. Ella lo acarició con la mano izquierda, pero mantuvo la derecha sobre el brazo de Draco. Aún no quería dejarlo ir.
Estaban muy cerca el uno del otro, tanto que ella sentía la calidez de su cuerpo y cada uno de sus movimientos, hasta la más mínima de sus inspiraciones. Quería apoyar la cabeza en su hombro, quería que todo volviera a ser igual que antes.
—Draco… —Habló sin pensar. Dudó. No, no quería estropear aquello. Pero tampoco podía quedarse con la duda, tampoco podía arriesgarse a que una vez se levantaran y regresaran al castillo él volviera a desaparecer—. ¿Me perdonas? —susurró contra su hombro.
Él inspiro hondo. No le contestó. Pero tampoco se apartó.
Y, aunque Hermione entendió que la distancia que se había abierto entre ellos seguía ahí, supo que todavía había esperanza. Que las cosas todavía podían solucionarse.
Que todavía podía recuperar a Draco.
Hermione hundió la nariz en la túnica de Draco, en su brazo, y —sin dejar de acariciar al demiguise que habían criado juntos— sonrió.
Continuará…
Creo que el capítulo es bastante más corto de lo habitual, pero espero que os guste.
Como siempre, muchísimas gracias por haberos tomado el tiempo de dejarme un comentario:
Wind White: la verdad es que yo también sufro con Draco. A día de hoy, es el personaje que más pena me da, incluso mucho más que Hermione. Espero poder hacer que las cosas mejoren para él.
gileto92: me alegro mucho de que te parezca interesante. Tengo que pensar de una vez qué día actualizar y decíroslo para no teneros en ascuas. No sé si hay algún día en concreto que prefiráis, pero si es así solo tenéis que decírmelo.
Pauli Jean Malfoy: ¡muchas gracias por tu comentario! Creo que he seguido cebándome un poco con Draco, pero espero que merezca la pena y el capítulo os guste. Si te soy sincera, a mí también me molesta un poco la actitud de Hermione, la verdad (risas). Y, sí, como ves son de lo más dependientes el uno del otro. (Quizá incluso me estoy pasando un poco con tanta necesidad ¿?)
MmaryJoD: me alegro que te haya gustado. La verdad es que mi problema es con el personaje de Hermione, que creo que no me está quedando nada bien definido, sobre todo en lo que respecta a sus interacciones con Harry. Es un poco bipolar (risas). Intentaré corregirlo en el futuro, pero por ahora prefiero seguir actualizando para que no tengáis que esperar.
Fio Gonzlz: gracias por ir siguiendo la historia, aprovecho por aquí para darte las gracias y espero que llegues a verlo si sigues leyendo. Espero que te esté gustando lo suficiente como para que sea así.
Annie Hartman: me alegro de que mi Draco os esté gustando. Yo sigo con miedo de haber llevado el OoC demasiado lejos, pero creo que por ahora el personaje es aceptable, ¿no? Yo por lo menos le estoy cogiendo un montón de cariño.
ZethAmsel: una vez más, millones de gracias. Estoy totalmente de acuerdo con lo que dices y eso es justo lo que quería mostrar en Spectre con los personajes de los Slytherin. Al final resulta que por ese mismo motivo acabé dejando de lado a Pansy y Theo para centrarme en Draco, porque es el que más ha vivido esa situación.
Estoy disfrutando mucho explorando lo que siente al haberse visto condicionado de esa forma —de hecho, creo que en este capítulo me he pasado un poco y la reivindicación me ha quedado menos sutil que en otros capítulos xD— porque, ¡efectivamente!, en la saga original nunca llega a explorarse bien ese conflicto. Es una saga de blancos y negros, algo que siempre me ha parecido muy injusto. Harry, por poner un ejemplo, no es un santo, como tú dices (¿Cuántas veces se ha metido con Neville? ¿Cuántas veces ha utilizado a aquellos que lo rodean, ha juzgado sin conocer las circunstancias, etc.?), y que lo traten como tal es algo que me repatea. No es que el personaje de Harry no me guste, es solo que el trato que le dan a él y al resto de los Gryffindor no me parece realista. Por eso me ha gustado meter el OC de Ewan Bramson. No sé qué os parecerá a vosotras, pero yo he intentado demostrar que hay de todo en todas partes. (Pettigrew y Snape, sin ir más lejos).
Espero que Spectre te siga gustando y no te decepcione.
Cignus Black: ya ves que aunque intente crear distancia entre ellos, en realidad, soy incapaz de mantenerlo. Creo que sus circunstancias los hacen mostrarse inseguros, pero creo también que después de todo lo que les ha tocado vivir en el fondo saben que no pueden perder al otro por una tontería. No sé si esta segunda escena puede tener algo de romántica, ¿qué pensáis? Creo que ya os he confesado alguna vez que aún no he leído ni un solo Dramione, así que no sé muy bien cómo hacerlo (risas).
Marycielo Felton: miles de gracias por esos dos comentarios, en serio. Siento que después de haber leído lo del sótano te encontraras con que su relación se estropeaba por otra cosa, mucho más tonta si cabe. No sé cómo me habrán quedado las emociones en este capítulo, creo que un poco exageradas tratándose de ellos, pero es que me he dado cuenta de que ya hemos llegado a la mitad de la historia y casi no ha habido Dramione como tal. No sé qué pensáis vosotras, yo ahora mismo estoy bastante perdida…
Natalie: ¡thanks so much for your review! Hope you will like this chapter as well and if you have any preferences on the day I should update the story, just let me know. I'm still trying to organize myself and my writing schedule xD
rose: ¡gracias por entender a Hermione! En serio, porque la verdad es que ni yo misma la entiendo. O sea, sí, estoy totalmente de acuerdo con lo que dices, con que Harry fue una parte importante de su vida y, claro, tiene sus motivos para actuar así, pero a veces creo que su opinión y su comportamiento cambian demasiado. Intentaré revisar su personaje, prometido.
Espero no olvidarme de nadie. Y, una vez más, gracias también a aquellos que leéis / añadís la historia a favs y follows. Me encanta que le estéis dando una oportunidad a este tostón.
