Capítulo 18 - Los vivos están vivos I

Primera parte: I Will Fight for You

Hermione releyó el mismo párrafo por cuarta vez, pero incluso así fue incapaz de entender lo que decía. Los dedos de Draco, largos e inquietos, la distraían al tamborilear sobre la madera.

Por primera vez en semanas, él había decidido no ignorarla. Se había sentado cerca, frente a ella, por voluntad propia. Le había sostenido la mirada e incluso le había sonreído, una diminuta media sonrisa, apenas visible y un poco cínica. Pero suficiente para Hermione.

Y cuando Pansy y Theo habían cerrado sus libros y habían decidido volver a la Sala Común, Draco había preferido quedarse con ella en la biblioteca, aun cuando sus dedos pasaban hojas y hojas de la Guía de Transformaciones, adelante y atrás sin descanso, y sus ojos apenas se detenían unos segundos en cada una de ellas.

Por su parte, Hermione se estaba obligando a mantener los ojos clavados en la página que tenía delante, pero su mente se negaba a permanecer allí, en el libro. Una y otra vez volvía al día anterior, al grueso árbol bajo el que Draco se había protegido. Al momento exacto en que —cuando ella ya estaba a punto de apartarse de él— Draco había movido el brazo para pasarlo por su espalda, para permitirle recostarse contra su hombro con más facilidad.

Habían compartido un casi abrazo. Casi como si él no hubiera querido que ella lo dejara, a pesar de todo.

Y Hermione no podía olvidarlo. Quería volver a sentir lo que había sentido en ese momento. Quería sentirse redimida, aceptada…, protegida.

De pronto, el cuerpo de Draco se tensó. Sus dedos se crisparon sobre el pergamino y él levantó la cabeza de golpe.

Hermione, sobresaltada, se volvió para ver qué era aquello que había llamado su atención y se encontró con un grupo de chicos de Gryffindor, Ravenclaw y Hufflepuff. Sumida como había estado en sus pensamientos sobre Draco, Hermione ni siquiera se había percatado de su presencia. Draco, sin embargo, había fruncido el ceño y parecía a punto de levantarse de su silla.

—¿Qué…? —Quería preguntarle qué era lo que pasaba, qué era lo que le había molestado, pero ni siquiera tuvo que completar la pregunta.

En sus oídos resonó una única palabra, clara y venenosa, a pesar de haber sido pronunciada en un susurro:

Puta.

Draco se levantó tan de repente que su silla cayó hacia atrás. Varita en mano, cruzó la distancia que lo separaba de los chicos en un suspiro y apuntó a la cara del que parecía el cabecilla.

Ewan, pensó Hermione sin entender qué estaba haciendo Draco. Ewan Bramson. Harry le había hablado de él. Un chico de sexto, corpulento y prepotente.

—Draco. —Hermione se levantó despacio, aún tratando de procesar lo que estaba ocurriendo. Draco nunca había sido de los que se lanzaban de frente a una pelea. Era de los que provocaban y atacaban por la espalda. Entonces ¿por qué estaba actuando así ahora?—. Draco —volvió a llamarlo—, baja la varita.

Pero él no solo la ignoró, sino que la acercó más a la cara del Gryffindor. Sus amigos habían retrocedido un par de pasos al ver a Draco aproximándose a ellos y, en ese momento, con la varita a apenas unos milímetros de su ojo derecho, Ewan se vio obligado a hacer lo mismo.

—¿Qué diablos has dicho? —escupió Draco—. Repítelo ahora, si te atreves. Repítelo mirándome a la cara.

Hermione había llegado junto a los dos chicos y había apoyado la mano sobre el brazo de Draco, que no dio muestras de haberlo notado. Ewan, por su parte, pareció dudar un instante. Tragó saliva, dio la impresión de que había optado por callar. Pero después su mirada se desvió hacia la mano de Hermione, la que reposaba en el antebrazo del Slytherin. Su rostro se endureció, con los dientes apretados y el ceño fruncido.

—He dicho que Granger es una puta —siseó, mirándola a ella por encima de la varita de Draco. Hablaba en voz baja, temiendo probablemente que la señora Pince los sorprendiera, pero no por ello sus palabras carecían de firmeza.

Y fue solo entonces, mientras la mano de Draco empezaba a temblar de la rabia, cuando Hermione se dio cuenta de que el insulto de Ewan —de una persona que no la conocía, con la que nunca había cruzado ni una sola palabra— iba dirigido a ella.

—Draco —murmuró, a su pesar. La garganta se le había cerrado—. Draco, déjalo —suplicó aun así.

Pero Ewan parecía haberse envalentonado y su voz fue clara cuando volvió a hablar:

—Es la única explicación que se me ocurre para lo que ha hecho. Para cómo nos ha traicionado.

A su lado, Draco inspiró hondo y Hermione supo que el Gryffindor lo había conseguido: Draco estaba furioso.

Hermione soltó un quejido.

—Draco, vámonos. No merece la pena. —Tiró de su brazo para obligarlo a darse la vuelta y, aunque él permaneció firmemente plantado sobre sus pies, ladeó la cabeza y sus miradas se encontraron—. Por favor —susurró Hermione, aprovechando el momento—. No tiene importancia.

Draco apretó los dientes —Hermione vio cómo se endurecían los músculos de su mandíbula—, pero su mano descendió unos centímetros. La varita quedó apuntando al pecho de Ewan.

—¡Ja! —soltó el chico—. No eres más que un cobarde.

Durante un momento, Hermione sintió ganas de pegarle un puñetazo a Ewan. Deseó ser prefecta otra vez y tener la autoridad suficiente como para poner a matones como él en su sitio. Pero como en ese momento lo más importante para ella era evitar que Draco se metiera en un lío, Hermione se obligó a tragarse el poco orgullo que le quedaba. Volvió a tirar del brazo de Draco, lo obligó a bajarlo.

Y cuando ya estaban dando la vuelta, cuando Hermione estaba a punto de soltar un suspiro de alivio, Ewan habló de nuevo:

—Espero que al menos estés follándotela bien…

La manga de Draco se le escapó de entre los dedos.

—O puede que tenga que enseñarle yo lo que es ser un hombre.

Ante sus ojos, como a cámara lenta, Draco giró sobre sus talones, con las facciones desfiguradas por la rabia.

—Seguro que puedo hacer que vuelva a cambiar de bando. Al fin y al cabo, no es más que una sucia p…

El puñetazo le alcanzó de lleno, en la nariz, y cortó la última palabra. Ewan soltó un alarido de dolor y cayó al suelo, gimoteando. Hermione soltó una exclamación de sorpresa e intentó hacer que Draco retrocediera.

Una vez más, él fingió no escucharla. Hermione lo vio avanzar hacia Ewan y agacharse sobre él. Los compañeros del Gryffindor, en lugar de ayudarlo, siguieron retrocediendo asustados.

—Vuelve a hablar así de ella y te juro que te arrepentirás —susurró Draco. De pronto, parecía sorprendentemente calmado—. Quédate con Macey y deja a Hermione en paz.

Hermione abrió la boca para protestar, pero fue incapaz de pronunciar palabra. El corazón le latía con fuerza en la garganta, las piernas le temblaban.

¿Qué demonios había hecho Draco?

Ewan no merecía la pena, sus bravuconadas no merecían la pena. En ese momento, Hermione podría haber matado a Draco por su estupidez. Sentía ganas de sacudirlo una y otra vez hasta que recuperara el sentido. Y, sin embargo…

Me ha defendido, pensó.

Y quizá, solo quizá, el latido acelerado de su corazón tuviera que ver más con la satisfacción que eso le producía que con el miedo que le provocaban las consecuencias que pudiera haber.

Hermione no se consideraba indefensa. Tampoco consideraba que hubiera que perder los papeles por nimiedades como aquella, pero que Draco hubiera estado dispuesto a plantar cara por ella…

No solo significaba que la brecha entre ellos se había cerrado por completo, sino que Hermione podía confiar en él. Que Draco hubiera dado un paso semejante —cuando nunca, nunca, nunca antes en su vida se había enfrentado a nada— parecía indicar que estaba más que dispuesto a cubrirle las espaldas.

Una parte de ella se sintió conmovida. Protegida incluso. Era la parte que, desde lo ocurrido con Roran, se sentía asustada todos los días, incapaz de plantarle cara al mundo. La parte de ella que tenía que esforzarse, que luchar todas las mañanas para tan solo conseguir levantarse de la cama.

A su derecha, se escucharon unos pasos apresurados.

—¡Treinta puntos menos para Slytherin! —la voz de Ron se escuchó tan solo un instante después de que él, Ginny y Harry irrumpieran en el pequeño hueco entre las estanterías en el que se encontraban.

Hermione frunció el ceño. Quiso protestar por lo rápido que Ron había juzgado lo ocurrido. Y, no obstante, calló. Al fin y al cabo, los puntos eran el menor de sus problemas.

—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó Harry y Hermione habría jurado que se lo estaba preguntando directamente a ella.

—¡Me ha atacado! —chilló Ewan desde el suelo señalando a Draco—. ¡Me ha roto la nariz!

Harry lanzó una mirada hacia los compañeros del Gryffindor, que se removieron incómodos. Para sorpresa de Hermione, ni uno solo de ellos abrió la boca para defender a su compañero. Algunos incluso desviaron la mirada y la clavaron en el suelo.

—¡No tiene suficiente con atacar a los hijos de muggles por la espalda! —berreó Ewan. No se había apartado las manos de la cara, pero la sangre ya había manchado el suelo—. ¡Ahora también nos ataca a los demás!

La acusación hizo que la sangre de Hermione hirviera. Por segunda vez en el espacio de unos minutos sintió ganas de enfrentarse a ese chico. Se sintió valiente.

Sin pensar, dio un paso al frente y se plantó delante de Ewan con los puños apretados y la espalda tensa.

—Te pudo asegurar que Draco no tiene nada que ver con los ataques —le dijo con voz firme, extrañamente tranquila a pesar de la furia que sentía al mirar al muchacho—. No ha hecho nada malo.

Ewan soltó un bufido y la miró entre los dedos ensangrentados.

—Puede que a ti te haya comido la cabeza, pero…

—Ewan, ya basta. —Harry avanzó hasta quedar a su lado y el chico calló de golpe—. La señora Pince está ocupada con unos alumnos de primero, pero si no queréis que aparezca por aquí más os vale contarme enseguida qué ha pasado.

Ewan guardó silencio, al igual que sus amigos. También Hermione prefirió callar. Draco, en cambio, dio un par de pasos y se sitúa a su otro lado, a la izquierda.

—Puede que yo le haya pegado, Potter, pero no tendría que haberlo hecho si tu amigo no fuera una bestia salvaje —replicó, serio.

Harry lo miró con los ojos entrecerrados tras las gafas y Hermione hizo un esfuerzo por quedarse quieta y desviar la mirada al frente, hacia Ewan. No quería que Draco malinterpretara ninguna de sus acciones, que volviera a sentirse inseguro por la presencia de Harry.

—Eso no responde a mi pregunta, Malfoy.

—Pregúntale a Hermione.

Al oír su contestación, Hermione giró la cabeza hacia él. Lo fulminó con la mirada, enfadada por que Draco hubiera centrado la atención de Harry sobre ella. Él estaba serio y Hermione supo, instintivamente, que la llegada de Harry había logrado que se pusiera a la defensiva.

Hermione quería defenderlo, pero no sabía cómo. No importaba lo que hubiera pasado: la reacción de Draco no estaba justificada.

—Ewan se enfrentó a nosotros —se atrevió a decir, con dudas—. Su comportamiento fue del todo inadecuado.

Por el rabillo del ojo, vio a Harry alzando una ceja.

Entonces, uno de los muchachos que acompañaba a Ewan —un niño, un chiquillo que no aparentaba más de diez años— dio un paso al frente. Tenía las mejillas sonrosadas y parecía incapaz de sostenerle la mirada a Harry, pero no se acobardó.

—Ewan atacó a Malfoy ayer —dijo con un hilo de voz—. Yo estaba allí. Lo vi.

De inmediato, Hermione se volvió hacia Draco, que observaba al niño con seriedad.

Hermione recordó su labio destrozado, la sangre que le había corrido por la mandíbula. Apretó los puños. La rabia que sentía se encendió, la ira la ahogó. La necesidad de abalanzarse sobre el Gryffindor fue casi irrefrenable.

Ewan no era más que un matón. Un cobarde.

Draco debió de percibir su mirada, porque se puso tenso. Hermione lo notó en sus hombros, rígidos debajo de la túnica.

No quiso decirme lo que le pasó. No quiso decirme quién se lo hizo.

¿Por qué era la vida tan injusta? Draco no merecía nada de aquello.

—Y ahora… —que el niño siguiera hablando fue lo único que ayudó a Hermione a controlar su frustración— …llamó p-puta a Hermione —tartamudeó.

Se hizo el silencio. Incluso Ewan dejó de quejarse.

Permanecieron todos inmóviles hasta que se escuchó un bufido procedente de algún lugar tras ellos. Sin necesidad de volverse a mirar, Hermione supo que se trataba de Ron.

—Harry, vámonos —añadió apenas unos instantes después. Parecía dispuesto a salir corriendo, como si todo le diese igual con tal de poder perderla de vista. Como si apenas soportase estar en la misma habitación que Hermione—. Ya está todo claro.

Al lado de Hermione, Harry se volvió muy despacio.

—Pero solo has castigado a Malfoy, no a Ewan.

Hermione miró hacia atrás al tiempo de ver a Ron encogiéndose de hombros. El desprecio del gesto, su pasotismo, se le clavaron a Hermione en el pecho y la pillaron desprevenida. A esas alturas, creía que los desplantes de Ron ya no podían molestarla. Al parecer, estaba equivocada.

Ron y Harry se miraban fijamente, enfrentados. Ginny, en cambio, la observaba a ella. La contemplaba con un desprecio, con un… odio, del que Hermione no la habría creído capaz. Ni siquiera trataba de disimularlo.

Una vez más se preguntó si Ginny sabría la verdad. Si habría conseguido descubrirla. Pero era imposible, ¿no?

—¿Y acaso he hecho mal? Esos —escupió la palabra mirándolos a ella y a Draco— se han buscado todo lo que les pase.

Hermione cerró los ojos. ¿Cómo podía Ron hacerle aquello después de todo lo que habían compartido?

Y, más importante, ¿cómo es que ella había aceptado su comportamiento, su actitud, esa personalidad en el pasado? ¿Cómo es que había estado dispuesta a casarse con él? ¿Cómo es que había llegado a confundir lo que fuera que hubiera sentido por él con… amor?

¿Cómo? ¿Cómo? ¿Cómo?

El anillo brillaba en su dedo, pequeño y antiguo, una reliquia familiar.

¿En qué momento había aceptado? ¿En qué momento se había perdido a sí misma de esa manera?

Lo cierto es que recordaba ese instante como si se lo hubieran grabado a fuego en el cerebro. Porque sabía que había sido un error.

Lo había sabido un segundo después de aceptar.

Se había dejado llevar por el miedo, por el pánico de perder a Ron y verse sola en un mundo hostil. Había visto a Ron en la camilla de San Mungo, pálido y herido, y, cuando él había sacado el anillo, no había sido capaz de pensar más que en la alegría que sentía al verlo vivo. Malherido, pero vivo.

—Has llegado pronto. —No lo había oído llegar. No supo que estaba a su lado hasta que habló.

Ron le dio un beso en la coronilla antes de sentarse frente a ella. Sus rodillas se tocaban. Ron la tocaba siempre que podía. Era posesivo e intenso. Demasiado intenso, quizá. Al menos para ella.

—Hola, Ron.

La miraba con tanto amor que a Hermione se le rompió el corazón al pensar en lo que estaba a punto de hacer.

—¿Estás bien?

No respondió. Él se preocupó. Pudo notarlo, casi palpar su ansiedad. Ron se inclinó hacia ella y la obligó a levantar la cabeza, cogiéndola por el mentón.

Ron sabía que ella odiaba aquello. Que la presionara y la hiciera sentir pequeña, manipulable.

—¿Cariño?

Fue entonces, cuando él pronunció esa palabra, cuando Hermione supo que no podía retrasar lo inevitable.

—Quiero romper, Ron —le dijo, triste pero sin remordimiento. Segura—. No la relación —se apresuró a aclarar, sin embargo—. Pero no quiero casarme.

—¿Qué? —A Ron se le quebró la voz, le temblaron las manos. Sus ojos azules se abrieron de par en par—. ¿De qué estás hablando?

Hermione cogió la taza que aguardaba sobre la mesa. El té caliente le dio fuerzas. Se la llevó a los labios y antes de dar un sorbo rápido aspiró una bocanada del intenso aroma a menta.

—Creo que ha sido un error, Ron —le dijo después, bajando la taza—. Ha sido demasiado pronto. No estoy preparada. Te quiero, pero…

—¿Me quieres? —protestó él, elevando la voz—. ¿Me quieres y por eso me dejas?

Hizo girar la taza entre los dedos. Sabía que Ron reaccionaría de esa forma. En el fondo, lo sabía. Nunca se había caracterizado por su paciencia ni por su comprensión. Debía haber sabido que no lo entendería.

—Es demasiado pronto, Ron. No hace ni medio año que empezamos a salir —quiso que él la entendiese—. Siento que si nos casamos… Siento que entonces ya nunca podré hacer todas las cosas que quiero hacer.

Él se apartó, alejó sus rodillas de las suyas y cogió uno de los cojines de color malva para cubrirse con él, como si la suavidad del almohadón pudiera protegerlo de sus palabras.

—¿Y qué quieres hacer, si es que puede saberse? —Usaba ese tono defensivo que solo empleaba cuando estaba verdaderamente enfadado. No iba a atender a razones y Hermione lo sabía.

—Quiero viajar, Ron. Quiero ver mundo. Quiero seguir estudiando —soltó de carrerilla—. Y no me importa hacerlo contigo, pero siento que si nos casamos tan pronto no tendremos esas oportunidades. En menos de un año querrás que formemos una familia. Por Merlín, Ron. No tenemos ni veinte años… —añadió en voz baja.

—¿No te importa hacerlo conmigo? —susurró él y Hermione supo que lo había fastidiado. Que con esas palabras Ron había entendido que él estaba lejos de ser una de sus prioridades.

Su mente la había traicionado, pero Hermione se sintió aliviada. Había tomado su decisión.

¿Por qué él no entendía que todo aquello era una estupidez? Se les había ido de las manos. Habían sentido pánico. Vivían en medio de una guerra. Creían que cada día podía ser el último y querían aprovechar cada instante al máximo, eso Hermione lo entendía. Pero no podían hipotecar su vida entera por un miedo absurdo.

Se quitó el anillo del dedo. Salió sin dificultad.

Se lo tendió, pero él no lo cogió, así que extendió la mano para colocarlo sobre la mesa, frente a él. Antes de que pudiera dejarlo en ella, Ron habló:

—Si me devuelves el anillo —empezó muy despacio, confuso, como si le costase pronunciar las palabras—, esto se ha acabado.

La mano de Hermione se quedó detenida en el aire un instante eterno.

—Para siempre —añadió él, haciéndole entender que no bromeaba. Estaba serio, pero parecía tan triste…

Los dedos de Hermione descendieron sobre la mesa y, cuando se retiró, el anillo relucía sobre la madera, atrapando los rayos de sol.

—Lo siento.

Ese día, Hermione había sido egoísta. Eso lo sabía bien. Pero también Ron lo había sido, exactamente igual que lo estaba siendo entonces.

—Acaban de decirte que Ewan atacó a Malfoy, Ron.

—No me importa lo que digan. Me importa lo que veo.

Draco dio un paso hacia Ron, pequeño y probablemente inconsciente. No fue más allá, pero Hermione se apresuró a acercarse a él para retenerlo. Una vez más tiró de su manga. Pegó incluso su cuerpo al de él.

Y, para su sorpresa, Draco pareció relajarse ante su contacto.

—Ron —Harry, por el contrario, cada vez parecía más tenso—. Deberías dejar de comportarte como un capullo.

Sus palabras tuvieron el mismo efecto que una bomba. Los dejaron a todos boquiabiertos, sin habla. El pelirrojo se sonrojó y abrió la boca para protestar, pero de sus labios no salió más que un gruñido.

Presintiendo la tormenta que amenazaba, Hermione sacudió la cabeza.

—Déjalo, Harry. No tiene importancia.

—Sí que la tiene. Cuando te pregunté si estabas dispuesta a arreglar las cosas entre nosotros —Harry hizo un gesto que abarcó a los tres integrantes del antiguo Trío Dorado— sabía que tú no tenías el problema. Sabía que…

—¿Cuando le preguntaste? —exclamó Ron—. ¿Cuándo le preguntaste?

—Cuando estuvo en la enfermería, gravemente herida. —Harry se subió las gafas con fuerza. También él parecía enfadado.—. Y también vosotros deberíais haber ido a verla, si vuestra amistad significó algo en algún momento.

El color sonrosado de la piel de Ron se volvió más intenso. Ginny inspiró hondo, con fuerza y brusquedad.

—Nuestra amistad dejó de significar algo cuando se largó —replicó Ron con voz fría—. Tú deberías saberlo tan bien como yo.

Harry no respondió. Tan solo le sostuvo la mirada a su amigo que, al final, acabó volviéndose.

—Vámonos, Ginny —gruñó mientras se alejaba dando grandes zancadas—. No quiero perder mi tiempo aquí. Informaremos a McGonagall de esto.

Ginny dudó un momento. Miró a Harry y a Hermione alternativamente, como si temiera lo que pudiera pasar si los dejaba solos. Después su mirada se detuvo en la mano de Hermione, aferrada con fuerza a la túnica de Draco, y Hermione vio cómo sus labios se fruncían en una mueca de desprecio.

Sin decir palabra, la chica dio media vuelta y se fue.

Como si hubieran estado esperando una excusa para hacerlo, los compañeros de Ewan empezaron a retirarse con toda la discrección de la que fueron capaces. El propio Ewan se incorporó con dificultad mientras se apoyaba en las estanterías.

El chiquillo que había delatado a Ewan ante Harry se aseguró de mantenerse a una buena distancia del matón. Se quedó atrás hasta que sus amigos desaparecieron y entonces, cuando ya estaba a punto de desaparecer entre las estanterías, Draco hizo algo que sorprendió a Hermione incluso más profundamente que cualquier otra cosa que hubiera presenciado ese día:

—¿Dylan, verdad? —lo llamó y Hermione se preguntó cómo sabría su nombre. El chico se detuvo y se volvió hacia Draco. Él dio un paso hacia el niño, que prácticamente se echó a temblar bajo su mirada, y le tendió la mano. El chiquillo asintió, mirando con los ojos como platos la mano extendida frente a él—. Gracias —añadió.

Cuando el pequeño Hufflepuff estrechó la mano de Draco, Hermione sintió una sensación cálida que le envolvía el pecho. Satisfacción. Esperanza.

También ella le dio las gracias al niño y le sonrió. Él le devolvió la sonrisa, tímido, y por fin se perdió entre las hileras de estanterías con pasos rápidos.

Cuando se quedaron solos los tres, Hermione carraspeó. No sabía cómo actuar. No sabía qué pensar del comportamiento de Harry.

—¿Por qué lo has hecho? —preguntó finalmente, al darse cuenta de que ninguno de sus dos acompañantes parecía saber qué decir.

—Supongo que era lo correcto. —Harry se encogió de hombros.

—¿Defenderme frente a Ron? —replicó ella, incrédula—. ¿Cuando hace unos meses ni siquiera querías verme?

Un segundo encogimiento de hombros. Además, Harry empezó a tirarse de un hilillo que sobresalía de la manga de su jersey.

—Estaba enfadado. Y dolido. Pero ya no. —Hermione se dio cuenta de que la miraba a ella directamente, haciendo caso omiso de Draco a propósito—. Estos son tiempos difíciles. Siempre te he necesitado a mi lado en tiempos así. A ti y a Ron. Ya no podía negármelo más a mí mismo. No podía seguir escondiéndome.

Hermione tragó saliva.

—Te he echado de menos, lo sabes. Si quisieras volver a Gryffindor, conmigo…

Draco se apartó de ella con una sacudida. Su brazo se le escurrió de entre los dedos y ella, aunque quiso moverse e ir tras él, permaneció firmemente plantada en el suelo.

Las palabras de Harry, sus acciones, eran agridulces. La Hermione que había sido en el pasado no las habría imaginado posibles, la que había sido unos meses atrás las habría anhelado…, y la que era entonces las apreciaba. Sin más. Apreciaba el gesto, el esfuerzo, pero se daba cuenta de que la protección de Harry no le hacía sentir lo que debería haber sentido.

Era inestable, no cálida y segura. No era como la que le ofrecía Draco.

Hermione sacudió la cabeza. No iba a volver. No iba a cambiar de opinión. Lo único que quería era refugiarse en la Sala Común de Slytherin, el hogar que compartía con los únicos amigos verdaderos que le quedaban. Pansy, Theo. Y Draco.

Draco.

Sacudió la cabeza y, sin despedirse siquiera, Hermione dio la vuelta y echó a andar por el pasillo por el que había desaparecido Draco, con prisa.

No tardó en encontrarlo. Él se había detenido unos metros más allá, al lado de una mesa vacía, con la mirada perdida al frente. Como si hubiera sido incapaz de ir más allá, pero también incapaz de volver sobre sus pasos. A buscarla.

—¿Draco?

Él la miró por encima del hombro. El rostro anguloso, los pómulos marcados, los labios apretados.

—¿Qué haces aquí?

Hermione frunció el ceño, molesta por su tono. ¿Por qué era tan orgulloso, tan terco?

—He venido a buscarte.

Draco arqueó las cejas, quizá sorprendido.

—¿Y por qué no te has ido con Potter? —Su mueca de disgusto la enterneció a pesar de su actitud. En sus palabras no había enfado, pero estaban llenas de inseguridad y derrotismo—. Creo que ha quedado bastante claro que no le importaría volver a acogerte entre sus seguidores.

Ella suspiró, negó con la cabeza, dio un paso hacia él. Frustrada, temiendo que él la malinterpretara y volviera a alejarse durante otras dos semanas. O más.

—Si no te importa —le dijo—, prefiero quedarme contigo. —Draco aspiró aire con la misma fuerza con la que lo había hecho Ginny unos minutos atrás. Hermione vio cómo se alzaba su pecho y, sin pensar, se acercó a él y colocó la mano por tercera vez sobre su brazo—. Te prometí que no me iría. Y lo decía en serio.

Miró hacia arriba para buscar sus ojos grises. Y lo que vio en ellos hizo que se le pusiera un nudo en la garganta. Vulnerabilidad.

—¿Prefieres que me vaya?

Una vez más, Draco respiró hondo. Entonces, muy despacio, inclinó la cabeza hasta apoyar su frente en la de Hermione. La pilló desprevenida, pero el cuerpo de la chica enseguina se inclinó sobre el de Draco, por instinto.

Nunca antes él la había tocado de esa forma. Con tanta ternura, mostrándose ante ella tan frágil, buscándola a propósito. Porque deseaba su compañía.

Y Hermione… Hermione deseaba la suya más que nada. Tanto, que sintió ganas de acercarse más a él. De fundirse en un abrazo verdadero. O quizá…

Hermione se dio cuenta de que si en ese momento inclinaba la cabeza hacia arriba podría… podría besarlo.

Se preguntó qué pensaría él si lo hiciera. Y qué sentiría ella.

Quería hacerlo, quería…

El aliento de Draco le acarició el nacimiento del pelo cuando susurró:

—Nunca.

A ella le pareció que temblaba. Y Hermione tembló con él.

Y aunque no se atrevió a besarlo, esa única palabra bastó para cerrar un poquito más cada una de sus heridas.

Segunda parte: I Revolve Around Her

Draco se detuvo a un par de metros de la cama, por detrás de sus compañeros y de los Gryffindor. Se quedó atrás, lejos y separado del resto, a propósito. No quería ver la mirada acusadora en los ojos del chico. El odio y el recelo.

Ni siquiera sabía por qué diablos McGonagall seguía exigiendo su presencia. No, cuando resultaba evidente que él nunca encajaría entre los demás. Draco no era como Theo, ni siquiera como Pansy, cuyos errores podían olvidarse. Los suyos los llevaba tatuados en la piel, visibles e imposibles de ignorar para cualquiera que decidiera buscarlos. Y, sí, había muchos dispuestos a hacerlo.

El mentón de Hermione le rozó el hombro cuando ella se detuvo a su lado, un poco por detrás de él, tan cerca que su pecho le rozaba el brazo derecho.

Su cercanía era reconfortante. Tanto, que Draco se había sorprendido a sí mismo buscándola en diferentes ocasiones. Su cuerpo y su mente suplicaban por ella, por su aceptación y su cariño, como si Hermione fuera un bálsamo capaz de borrar todas sus cicatrices.

Y lo cierto es que así era. Hermione era una de las pocas personas que Draco conocía capaces de ver más allá de lo que uno llevaba tatuado en la piel. Era capaz de ignorar los errores de los demás. Los de Pansy, los de Theo… e incluso los suyos.

—Déjalo respirar, Ron. —Hermione movió la cabeza en la dirección de la que provenía la voz de Potter y sus rizos le hicieron cosquillas en la nuca a Draco.

Pansy, Theo, Weasley, la chica Weasley, Potter y Longbottom —que servía de barrera entre los dos anteriores— se inclinaban sobre el muchacho acostado en la cama, un Hufflepuff pecoso con el pelo del color de la arena mojada. Los Gryffindors a un lado, los Slytherins al otro, tan apartados unos de otros como el espacio se lo permitía.

La directora, en cambio, aguardaba a los pies de la cama.

Hermione no hizo ademán de unirse a ninguno de ellos. Ni a Pansy, ni a McGonagall… ni a Potter. Simplemente, se quedó atrás. Con él.

Ella soltó un suspiro. Draco se volvió para mirarla.

De pronto tenía la sensación de ser consciente de cada uno de sus movimientos, de hasta el más ínfimo de sus gestos. Como si una parte de él estuviera siempre pendiente de ella, expectante.

Y tenía la impresión de que esas dos semanas en las que se había esforzado por evitarla habían servido para abrirle los ojos. Para mostrarle lo imprescindible que Hermione se había vuelto para él, lo mucho que había llegado a acostumbrarse a su presencia y lo bien que había llegado a conocerla.

Draco se preguntó en qué momento habría empezado a pensar en ella de esa forma. Puede que fuera un completo idiota y hubiera tardado días o incluso semanas —¿meses?— en darse cuenta de lo que desde el día anterior ya le parecía evidente: que hacía tiempo que Hermione lo atraía como la Tierra atrae a la Luna. Con inevitabilidad.

—¿Quieres que nos vayamos? —Sus palabras le sonaron dulces. Ella era la única que se preocupaba de verdad por él—. Pareces distraído.

Si ella supiera…

Draco abrió la boca, pero la tos del Hufflepuff lo interrumpió.

Entre las cabezas de Pansy y Theo, Draco distinguió la cara del chico. Acababa de atragantarse con la poción que le había dado la señora Pomfrey. No parecía herido, pero sí asustado. Era pequeño, casi tanto como Dylan.

Dylan, que el día anterior había impresionado a Draco. Que lo había conmovido al defenderlos. Quizá, al fin y al cabo, sí que se hubiera sentido culpable por haberlo atacado. Quizá hubiera entendido que él y sus compañeros estaban yendo demasiado lejos.

—Era alto, parecía un hombre —empezó a decir el Hufflepuff cuando la tos hubo remitido—. Me atacó por detrás, así que no lo vi bien. Pero llevaba una capa negra y una máscara plateada.

Draco sabía por qué habían acudido a la enfermería. Sabía que por primera vez uno de los atacados había conseguido descubrir a su agresor y huir de él. Pero, a pesar de todo, eso no lo esperaba.

Sintió frío. Sintió que algo en su interior se agarrotaba. ¿Primero la Marca y ahora…?

Aquello no podía estar pasando.

En los próximos minutos el chiquillo siguió balbuceando, tratando de recordar hasta el último detalle que pudiera serles de utilidad. La decoración de la máscara, la altura del atacante. Un montón de detalles inútiles.

—Es una máscara de mortífago, ¿no? —Al volver a hablar, su mirada se encontró con la de Draco aun entre las cabezas de sus amigos. Agachó la cabeza enseguida, pero el movimiento inconsciente fue suficiente para Draco. Aquel chico era de los que juzgaban.

—Es lo que parece —la chica Weasley habló por primera vez—. No se me ocurre quién más podría ponerse una máscara y atacar a los alumnos.

Hermione soltó un bufido pequeño, pero no replicó.

Weasley, en cambio, lo señaló con el dedo y exclamó:

—¡Está claro, ¿no?! ¡Preguntadle a él!

Antes siquiera de que ninguno de los demás pudiera reaccionar, Hermione dio un paso al frente y prácticamente lo cubrió con su cuerpo. Como si así pudiera protegerlo del veneno de Weasley.

—¿Esto es para lo que nos ha llamado —cuando Hermione habló, no obstante, no se dirigió a él—, profesora McGonagall?

La directora sacudió la cabeza en un asentimiento corto.

—Quiero que tengan los ojos abiertos. Que busquen cualquier…

—¡No hay nada que buscar! ¡Tenemos al culpable delante!

La profesora McGonagall lo hizo callar.

Hermione no dijo nada, pero sus dedos buscaron los de Draco entre los pliegues de las túnicas de ambos y se entrelazaron con ellos. Se quedó callada e inmóvil, a su lado. Se quedó con él, tal y como había prometido.

Igual que el día anterior, la sintió cercana, la sintió su aliada. Y las palabras de Weasley le dieron exactamente igual.

Porque Draco ya no tenía dudas de que Hermione lo había elegido a él. Y él la había elegido a ella.

—¿Prefieres que me vaya? —La voz de Hermione fue suave, delicada. Habló tranquila, como si de verdad le estuviera dando la opción de elegir a él.

Pero Draco sabía que no había opción posible. No quería perderla. No quería volver a perderla, como había ocurrido durante esas dos semanas. No podía.

Ella estaba ahí, con él, y era todo lo que importaba.

Hermione pertenecía a ese lugar, a su lado, al igual que él le pertenecía a ese tiempo y ese espacio, en el que ella respiraba y vivía y volvía a ser feliz.

Hacía tiempo que lo intuía, pero esos días separados le habían demostrado a Draco lo que hasta entonces se había negado a reconocer: Draco quería ser parte de la nueva vida de Hermione. Y quería que ella formara parte de la suya.

Quería que se quedase así para siempre. Quería que lo convirtiera a él en su prioridad. Y quería…

Merlín, quería besarla. En ese momento, quería besarla, reclamarla y entregarse a ella. Quería que ella entendiera, que supiera…

La intensidad del deseo lo descolocó. Surgió de la nada y lo arrolló por completo. Hacía años —desde antes de Azkaban— que Draco no estaba tan cerca de una mujer. E incluso entonces nunca había deseado de esa forma. Con sus entrañas, su corazón y su mente. Con todo lo que era, no solo con su cuerpo.

Tuvo que contenerse para no abrazarla, para no dejarse llevar. Tuvo que hacer uso de toda su fuerza de voluntad, de hasta la última gota de su autocontrol.

Hermione estaba rota. Era preciosa a su manera, delicada y brillante. Pero estaba rota, igual que él. Y no podía hacerle eso. Se merecía a alguien mejor, alguien que no la hundiera más en el pozo de oscuridad en el que se había convertido su vida.

Así que Draco inspiró hondo y se conformó con apoyar su frente en la de Hermione.

Su cuerpo temblaba. De inseguridad, de miedo y de impotencia. Y a Draco le pareció que Hermione temblaba con él.

Continuará…

Feliz año a todos y todas. Como de costumbre, las cosas por aquí están siendo complicadas con problemas de salud varios, pero quería traeros este capítulo como regalo de año nuevo, aunque me parece que es un poco caótico. Espero que todo mejore pronto para empezar a subir los capítulos con más regularidad.

Por ahora, muchas gracias por todos y cada uno de vuestros comentarios. Perdonad que no me pare a contestaros una a una, pero tengo que salir corriendo para el hospital para estar con mi abuela, que lleva ya varias semanas ingresada.

Espero que todo os vaya genial en este 2019. ¡Un beso enorme!