Capítulo 19 - Los vivos están vivos II

Primera parte: Now We Fight

Theo salía vencedor dos de cada tres veces. Siempre.

La tercera victoria solía ser para Draco, mientras que Pansy parecía incapaz de aguantar más que unos suspiros en el combate. Si el duelo hubiera sido real, habría sido la primera en morir.

A Hermione le preocupaban las habilidades de Pansy, pero más le preocupaba que llegara un día en que sus tres amigos tuvieran que poner en práctica lo que les estaba enseñando.

Al principio, cuando Pansy le había pedido que los entrenara, Hermione había intentado negarse. Había creído que sus compañeros no tenían nada que aprender de ella, que ella no era lo suficientemente buena como para ayudarlos.

«¿Estáis seguros de esto?», les había preguntado, llena de dudas, esperando que cambiaran de opinión. Pero Pansy había sacudido la mano, de largas uñas pintadas de color azul eléctrico, para indicarle que no iba a admitir un no por respuesta. «Es la mejor idea que he tenido en mucho tiempo» había respondido. Theo había sonreído y Draco había asentido en silencio.

Hermione, aunque había preferido callar, aunque había estado convencida de que era una idea nefasta, había entendido que no tenía otra opción.

Solo más tarde —una vez que la primera de sus lecciones hubo terminado— Hermione comprendió qué era lo que tanto la aterraba. Entendió, por fin, que lo que temía no era no estar a la altura de las expectativas y esperanzas de sus compañeros. No le importaba ser una profesora nefasta o carecer de la habilidad que esperaban de ella. Lo que de verdad le daba pánico era que llegase el día en que Draco, Pansy y Theo tuvieran que poner en práctica esos conocimientos.

Y que fallaran. Por su culpa.

—¡Ay! —La varita de Pansy salió volando de entre sus dedos pocos segundos antes de que el hechizo de Draco la golpeara en el estómago y la lanzara hacia atrás.

Instintivamente, sin pronunciar palabra, Hermione dio una sacudida de varita para detener la caída de su amiga, que aterrizó en los cojines que habían colocado en el suelo con suavidad.

Pansy empezó a toser y, cuando consiguió recuperar el aliento, le dio las gracias a Hermione con una sonrisa y una sacudida de la cabeza. Lo único que consiguió fue que a ella se le encogiera el corazón.

La Slytherin era buena con hechizos y encantamientos, hábil, pero perdía la concentración con facilidad cuando se encontraba en peligro. No se lo había confesado a Hermione —no había hecho falta—, pero ella estaba segura de que eran los recuerdos los que la paralizaban en los peores momentos. Habían pasado años, habían sobrevivido, pero Pansy seguía aterrorizada. Igual que la propia Hermione. Daba igual que hubieran aprendido a sonreír, a plantarse otra vez frente al mundo, el miedo seguía ahí. Dentro. Al acecho.

Y si el miedo la asaltaba y la paralizaba mientras practicaba con ellos, mientras estaba a salvo, Hermione no quería ni pensar lo que pasaría cuando se encontrase en un duelo de verdad.

Si, se recordó Hermione. No «cuando», sino «si». Si alguna vez se encontrase en un duelo de verdad.

¡Desmaius! —Draco fue rápido, muy rápido, pero pronunció el conjuro demasiado alto y Theo lo oyó.

Ya antes de que el chorro de magia se hubiera formado en la punta de la varita de Draco, Theo había empezado a formar una barrera defensiva. El hechizo de Draco chocó contra ella, se dispersó en cuestión de segundos y la guardia de Draco quedó abierta.

Theo, que solía reaccionar más deprisa que Draco, podría haberlo vencido si Hermione no hubiera dado un paso adelante para interponerse.

—Draco —llamó, y ambos chicos detuvieron sus ataques. Pansy aprovechó el momento para incorporarse y recuperar su varita—. Sigues gritando demasiado. —Si no hubiera estado preocupada, habría sonreído. Era increíble cómo Draco se dejaba llevar a veces.

Él soltó un suspiro exasperado, que tenía un poco de gruñido, y se dejó caer contra la pared.

—La clave para sobrevivir —recalcó la palabra, a pesar de que no le gustaba tener que hacerlo— es anteponerte a tu enemigo. Si gritas tus intenciones, nada le impedirá bloquearte, incapacitarte y vencerte. Ya deberías saberlo.

La mueca que hizo Draco la hizo pensar que con esa última frase había sido demasiado brusca con él. Quizá incluso le hubiera recordado cosas que él no quisiera recordar. Se arrepintió enseguida.

—Vamos a tomarnos cinco minutos de descanso —les dijo y, una vez más le sorprendió que la obedecieran sin siquiera un asomo de duda.

¿Se habría sentido así —tan inseguro, tan asombrado— Harry cuando ella lo había puesto al frente del Ejército de Dumbledore?

Hermione se dejó caer sobre un almohadón particularmente grande y mullido y vio como sus tres compañeros se acomodaban a su alrededor, mirándola expectantes. Le hubiera gustado saber qué decir, pero su atención todavía la superaba.

—¿Cómo aprendiste a hacer magia sin varita? —fue Draco el que preguntó y la pregunta la pilló por sorpresa. Y no le pasó desapercibida la mirada de advertencia de Pansy.

Fue ese gesto, más que la pregunta de Draco, la que despertó los recuerdos. De Uagadou, de los meses posteriores al cautiverio, a la pérdida de su bebé. Los meses de oscuridad, en los que había buscado huir a los rincones más escondidos del planeta, incapaz de volver a Londres a plantarles cara a Harry, a Ron y a su pasado.

—¿Cómo lo sabes? —Quiso sonar seria y firme, pero solo con pensar en ello la voz se le rompió en la última palabra.

A Hermione le pareció que Draco se daba cuenta de que lo que había hecho, de que había pronunciado la pregunta incorrecta. Pero ya era tarde.

—Te vi hacerlo —le respondió—. El día de Hogsmeade.

Hermione calló. Enfrente de ella, Theo los miraba alternativamente al uno y al otro y ella volvió a preguntarse cuánto sabría. Cuánto le habría contado Pansy y cuándo y cuál habría sido su respuesta.

—Aprendí en Uagadou —confesó con un hilo de voz.

Uagadou, la escuela en las Montañas de la Luna. El segundo lugar en el que se había refugiado, tras Castelobruxo, en aquellos tiempos en que incluso su propia magia le había fallado.

Parecía que hubieran pasado siglos desde entonces y no obstante…

La profesora Omane siempre se queda con ella después de clase.

Ninguno de los profesores de Uagadou la fuerza a participar. La conocen y la admiten en sus clases con gusto, pero no saben cómo comporarse con ella, no entienden cómo tratarla.

Omane es diferente. No debe tener más de treinta años, pero en su mirada Hermione distingue el mismo dolor que asoma a la suya. No conoce su historia, pero sabe que hay una. Quizá haya sido un hijo, un hermano, una pareja. Quién sabe.

—Hermione. —En realidad, Omane no es su profesora. Uagadou no es su lugar. Así que la trata como a una amiga—. ¿Quieres intentarlo?

No. Claro que no quiere.

Pero ¿por qué está ahí sino?

—Sé que puedes hacerlo —le dice.

Hermione no está tan segura. Frente a ella aguarda la pluma, que no se ha movido en toda la hora. Ni siquiera lo ha intentado.

Tiempo atrás, con su varita, había sido la primera de la clase en hacer levitar la pluma blanca que Flitwick le había dado. Pero Hermione no tiene su varita. La perdió el día en que Gregory se la llevó.

Ahora tiene otra, una igual de poderosa, pero Hermione no se siente capaz de utilizarla. Le da miedo. Todo le da miedo. Incluso su magia, ella misma.

—¿Hermione?

Sabe que antes o después va a tener que hacerlo. Así son las cosas con Omane. La presiona, y una parte de Hermione sabe que lo hace por su bien. La otra parte, la mayor parte, casi la odia por ello.

Pero ¿por qué está ahí si no es para seguir adelante?

Wingardium Leviosa —dice, sin ímpetu, mientras hace un gesto con la mano. Señala la pluma primero. Después, arriba.

Nada. No pasa nada. No siente nada. El familiar cosquilleo de la magia no aparece.

Tiene ganas de llorar.

Omane estira la mano para coger la suya. Le da un apretón.

—No pasa nada. —La anima, le sonríe—. Otra vez.

Pero Hermione sabe que no importa las veces que lo intente. Se sabe las palabras, los gestos, los símbolos. Pero dentro no le queda nada. Está seca.

Incluso en Castelobruxo, una escuela que siempre había soñado con visitar, tuvo que conformarse con enfocarse en la teoría. Con observar animales y plantas fascinantes desde lejos, sintiéndose incapaz de acercarse a ellos. De interacturar.

Es como si hubiera una barrera entre su corazón el mundo. Invisible pero sólida. Tan sólida que la mantiene apartada de todo. Hasta de sí misma.

Al pensar en ello Hermione rompe a llorar, sin importarle que Omane esté delante de ella. La expresión de la profesora se suaviza. La abraza con fuerza. Su cuerpo desprende calor y, al lado de su piel oscura, Hermione se ve a sí misma incluso más pálida. Meses después de haber huido, todavía rehúye el sol.

—Lo conseguirás —le susurra la profesora. Una y otra vez.

Y Hermione quiere creerla, pero no sabe si será capaz. No se siente con fuerzas y no cree que nunca más las vaya a recuperar.

—Lo conseguirás —le repite—. Lo conseguirás, te lo prometo. Como lo hice yo.

Pansy se aclaró la garganta y el sonido la trajo de vuelta a la realidad. Debía de haber pasado mucho tiempo en silencio, recordando. Pestañeó deprisa una, dos, tres veces. Luego, una más.

Suspiró.

—En Uagadou se especializan en magia sin varita —se atrevió a contarles—. Utilizan gestos para los hechizos más sencillos, como nosotros. Pero para los más poderosos trazan símbolos en el aire con los dedos.

Todos la miraban con curiosidad, casi como si no hubieran esperado que ella siguiera hablando. Eso le dolió. Sabía bien que no podía condicionar a sus amigos por culpa de su pasado. Ella había acudido a Uagadou para aprender a defenderse, para que nadie pudiera volver a pillarla desprevenida como lo habían hecho Gregory y Roran. Y eso no podía negárselo a nadie, mucho menos a sus amigos.

—Si queréis —empezó antes de poder arrepentirse de lo que estaba a punto de decir—, puedo enseñaros cómo hacerlo.

Draco la miró con un gesto de sorpresa. Pansy, como si no creyera lo que acaba de escuchar. Pero Theo le sonrió y le dio fuerzas.

—A mí me gustaría —le respondió, con voz calmada.

Y ella asintió, extrañamente satisfecha. Sí, los recuerdos estaban ahí. Y probablemente siempre lo estarían. Probablemente cualquier gesto o palabra seguirían despertándolos en los momentos más inesperados. Pero ya era lo suficientemente fuerte como para impedir que la dominaran.

Omane tenía razón, pensó. Y sonrió. A pesar de todo, sonrió.

—De acuerdo. Empezaremos mañana. —Empezó a incorporarse sin esperar respuesta—. Hoy ya es tarde. —Era cierto, era tarde. Pero sobre todo estaba agotada.

Ni Pansy ni Theo ni Draco intentaron detenerla. Ni siquiera le respondieron. Quizá creían que, si abrían la boca, ella cambiaría de opinión. Así que simplemente se levantaron con ella y empezaron a recoger cojines y almohadones con sacudidas de varita.

Dos minutos después ya habían salido por la puerta. Por delante de ella iban, como de costumbre, Pansy y Theo. Ambos reían y comentaban la sesión de entrenamiento. Ella parecía una persona nueva. Era diferente, totalmente diferente de la mujer que había conocido en la prisión de Roran.

En cierto modo, todos eran diferentes. Incluso ella. O sobre todo ella. Y Draco…

Draco había vuelto a quedarse junto a ella. Se había rezagado y su codo rozaba el de Hermione a cada paso que daban.

—Hermione… —Él dudó y la risa de Pansy prácticamente se tragó su voz.

Ella se volvió para mirarlo y Draco se detuvo en seco. A Hermione le pareció que estaba avergonzado. Había agachado la cabeza un poco y su ceño estaba un poco fruncido.

—¿Pasa algo?

—Siento habértelo recordado —lo soltó de carrerilla y, una vez lo hubo hecho, exhaló y se pasó la mano por el pelo—. Igual he vuelto a hacerlo. ¿Debería haberme callado?

Alzó el rostro y Hermione lo vio confundido y preocupado. Había llegado a conocerlo tanto, tan bien, que podía leer en él con la misma facilidad con la que leía sus libros.

—No pasa nada —respondió. Extendió la mano para cogerlo de la manga y obligarlo a avanzar otra vez, tras sus amigos y a su lado—. Está bien.

No mintió. No quería mentirle a Draco.

Estaba bien. Por fin empezaba a estarlo. Y lo que todavía no lo estaba, lo estaría. Lo conseguiría. Como había dicho Omane.

Segunda parte: The Light Beneath the Dark

—¿Estás bien?

Los brazos de Hermione lo rodearon por detrás para ayudarlo a levantarse, pero incluso con su ayuda Draco permaneció tirado en el suelo, incapaz de moverse. Estaba débil, cansado y dolorido. Pero sobre todo estaba frustrado.

Quiso alejarse de ella, de sus manos. Y lo intentó, pero no lo consiguió. Su movimiento fue suave y Hermione no le permitió que la apartase.

—Draco… —La duda y la cautela de su tono lo destrozaron por dentro.

Odiaba fallar. Odiaba fallar delante de ella.

Odiaba que tuviera que quedarse con él después de sus lecciones para practicar el mismo maldito hechizo. Una vez y otra y otra. Sin resultado.

Ni siquiera la magia sin varita se le resistía tanto y Draco empezaba a pensar que nunca sería capaz de superar ese obstáculo.

—Estoy bien —susurró y la voz le salió ronca y rota.

No era cierto. No estaba bien.

El frío del dementor se le había metido hasta en los huesos. Y las imágenes, los recuerdos… Esos se le habían clavado en el corazón. Dolían. Y cada vez que repetían, cada vez que él fallaba, era peor.

Los dedos de Hermione le tocaron la frente. Cálidos, cariñosos y firmes a pesar del sudor que le bañaba la frente y que le había pegado el pelo rubio a la piel.

Draco se sintió tentado de cerrar los ojos y abandonarse a esa caricia, pero la preocupación de Hermione lo hacía sentir incómodo. Indefenso.

—Deberíamos dejarlo por hoy —le susurró ella con cautela, dudosa, y Draco comprendió que Hermione entendía lo hundido que se sentía.

Pero si eso debería haberlo consolado, no lo hizo. Todo lo contrario. Su actitud le dio fuerzas para incorporarse.

Draco no quería que Hermione se compadeciera de él. No quería ser una carga para ella ni para los demás. Así que se agarró al borde del pupitre para levantarse, dolorido pero sin rechistar, y los nudillos se le pusieron blancos cuando él apoyó todo su peso en la mano. Las piernas le temblaban.

—Draco…

—Vamos a seguir —la interrumpió, brusco, y la escuchó suspirar a su espalda. Sabía que estaba siendo injusto con ella. Sabía que ella no merecía esos desplantes. Pero no podía evitarlo.

Dentro de él había una bola de ira, impotencia y dolor que lo hacía saltar, que lo controlaba a su antojo sin que él pudiera resistirse.

—No es necesario. Podemos… —Hermione se interrumpió. No parecía saber qué decir. Unos segundos después volvió a intentarlo—: Podemos seguir después. Mañana.

Cerró los ojos un segundo. Hubiera dado lo que fuera por hacerle caso, por dejarlo estar. Pero sabía que si no seguía, si no volvía a intentarlo entonces, ya no sería capaz de volver a hacerlo. Ni en una hora ni en un día ni en una semana. Ni siquiera en un año, en toda su vida. Tenía demasiado miedo y si ella lo dejaba marchar ya nunca reuniría el valor suficiente como para volver a intentarlo.

La bola creció y la rabia le subió por la garganta, amenazando con ahogarlo.

Eres un maldito cobarde, se dijo. Y era cierto, lo era.

—Vamos a seguir, Hermione —afirmó con las mandíbulas apretadas. Su tono no admitía réplica.

Y despacio, muy despacio, ella fue incorporándose. Draco escuchó el roce de su túnica contra el suelo de piedra, el pequeñísimo chasquido de sus rodillas. No se volvió hacia ella. No quería que Hermione le viera la cara, pálida y asustada.

Sin embargo, ella lo rodeó y se puso frente a él. Con los brazos cruzados y la espalda tan tiesa, Hermione tenía un porte orgulloso que Draco hacía tiempo que no veía en ella.

—No tenemos que…

—Estoy listo —la interrumpió y la vio sacudir la cabeza, puede que molesta con él.

Pero se rindió. Al final Hermione se rindió y, para su sorpresa, ocupó su puesto frente a él, al otro lado de la sala.

Draco había estado seguro de que iba a negarse, así que cuando ella blandió la varita y la ilusión tomó forma frente a él casi lo pilló desprevenido.

El dementor no era real, pero era tan horrible como lo recordaba. Cada vez que Hermione conjuraba la visión, Draco se sentía transportado al pasado. A su celda.

El ser avanzó hacia él, silencioso como un muerto y con las manos putrefactas asomando entre los pliegues desgarrados de la túnica.

La garganta se le cerró. El miedo le hizo un nudo en el estómago. Cerró los ojos y consiguió levantar la varita antes de que el monstruo llegase hasta él.

Pansy, Daphne, Crabbe y Goyle están sentados a su alrededor. Él es el centro.

A su lado, se apilan los regalos que sus mejores amigos le han hecho por su cumpleaños número doce. Y, entre ellos, destaca la Nimbus 2001. Regalo de su padre. La envidia de todos sus compañeros.

Sí, Draco es el centro. Crabbe y Goyle se pelean por atender sus deseos. Y él acaba de decir algo tan gracioso que a Daphne se le sale el refresco por la nariz al reírse. Pansy le sonríe y le guiña un ojo.

Para Draco ese es un buen recuerdo. Cuando era pequeño, él era el eje alrededor del cual giraban las vidas de sus compañeros. Y nada lo hacía más feliz. Nada…

¡Expecto Patronum! —De su varita salió una neblina plateada. Nada más. Una neblina tenue que no aguantó el envite de la criatura más que un segundo. La bruma plateada se deshizo y el dementor cayó sobre él, todo negrura y carne putrefacta.

La celda es oscura, fría y diminuta. Quizá eso sea lo que más nervioso lo pone, lo pequeña que es. Se siente encerrado, atrapado. Como si fuera un perro. Peor, como si fuera una alimaña sucia y peligrosa.

Draco no puede estirarse. Los huesos le duelen por pasar las horas encogido y por el aire frío que siempre sopla en el pasillo. Hay tanta humedad que el agua gotea por las paredes de su prisión.

Está congelado y famélico. Desesperado y muerto de miedo. Pero lo peor, sin duda alguna, es el vacío que nace y crece en su pecho cada vez que uno de ellos —uno de esos seres— se acerca por el corredor.

No sabe cuánto tiempo lleva ahí dentro. Sin visitas, sin más compañía que los gemidos del resto de presos. Le gustaría contar los días para saber cuánto tiempo le queda de condena, pero no puede. Ahí dentro no hay luz. No hay nada.

Hubiera querido morir. Si hubiera podido, si hubiera tenido los medios para hacerlo, hubiera acabado con todo.

O, al menos, le gusta pensar que así hubiera sido. Pero lo cierto es que, quizá, hubiera sido demasiado cobarde incluso para eso.

Las manos de Hermione volvieron a él, a buscarlo, a levantarlo. Y Draco inspiró hondo y se preparó para sus palabras, para que ella volviera a pedirle que lo dejaran estar. Si lo hacía, no estaba seguro de poder volver a negarse.

Sin embargo, ella no solo no lo ayudó a levantarse, sino que se dejó caer a su lado, sobre los cojines que solían usar durante las prácticas. Apoyó la mano sobre su brazo, a la altura del codo, y Draco hundió la cabeza en las palmas de las manos.

—¿Por qué no puedo hacerlo? —preguntó y la voz le salió floja y derrotada.

—Es normal —le aseguró Hermione, pero Draco sabía que no lo era.

—Theo lo ha conseguido. Y Pansy también.

Incluso a pesar de sus recuerdos, pensó. Y la imagen del hombre —de Roran— tirado encima del cuerpo de su amiga lo sacudió.

Apretó los párpados cerrados contra la palma de la mano, con fuerza. Pansy y Hermione habían vivido cosas tan malas como él. Peores. ¿Por qué ellas podían hacerlo, entonces? ¿Y por qué él no?

¿Qué era lo que había de malo en él? ¿Qué era lo que se había estropeado en su interior?

Hermione guardó silencio durante mucho tiempo. Demasiado, quizá. Su mano no se apartó de él en ningún momento.

—Sí que es normal, Draco —le susurró después, muy cerca del oído—. Pansy le teme al pasado, igual que yo. Tiene buenos y malos recuerdos, pero tú… —Suspiró—. Tú has estado en Azkaban.

Con la cabeza aún hundida entre las manos, Draco se mordió el labio. Que Hermione lo dijera en voz alta no cambiaba nada, se dijo. Nada.

—Temes a los dementores. Sabes lo que pueden hacer mejor que cualquiera de nosotros —continuó ella—. Es comprensible que te bloquees.

Él sacudió la cabeza. Sus palabras tenían sentido y sin embargo…

—¿Qué recuerdo estás usando?

Era una pregunta personal, pero a Draco no le importó que se la hiciera. A esas alturas le hubiera contado cualquier cosa.

—El del día en que cumplí doce años. —Hermione no comentó nada, así que Draco supuso que esperaba a recibir más detalles—. Pansy, Daphne, Blaise, Crabbe, Goyle vinieron a mi casa. Nos divertimos. Fue un buen día.

Se atrevió, poco a poco, a ladear la cabeza. Quería observar su expresión.

—¿Por qué lo has elegido? —Él la miró confundido—. El recuerdo, quiero decir.

Tuvo que pensar la respuesta. Y mucho. No tenía muchos recuerdos felices de su infancia. La sombra de su padre estaba en todos ellos. Y ya después… Después de la guerra solo había habido dolor y remordimiento.

—Supongo que porque echo de menos cómo eran las cosas antes —le respondió por fin, lento. Arrastrando sin siquiera pretenderlo las palabras, cada una de las sílabas—. Fáciles.

Parte de él echaba de menos la época en la que no lo habían repudiado y odiado.

En la mirada de Hermione, le pareció intuir lástima y tuvo que tragar saliva.

—No es lo suficientementemente fuerte, Draco. Ni por asomo.

Lo sabía, en el fondo lo sabía. Pero ¿qué le quedaba sino?

—Ese recuerdo… —Hermione desvió la mirada. Echó la cabeza hacia atrás y suspiró—. No solo no es poderoso, sino que cuando piensas en Blaise, en tus antiguos amigos, seguro que piensas también en lo que ha sido de ellos. En lo que te hicieron.

Cuando se giró otra vez hacia él, Draco se perdió en sus ojos. Cálidos, transparentes. Unos ojos que le perforaban hasta el alma.

Porque, joder, cuánta razón tenía. Qué bien lo conocía.

—¿Qué quieres que utilice, entonces? —le preguntó. Apretó la mandíbula al sentir cómo se le empezaba a formar un nudo en la garganta—. No tengo nada más, Hermione.

Ella se acercó a él, deslizándose sobre el frío suelo. Se apretó contra él y, en cuanto apoyó la cabeza en su hombro, Draco sintió que el nudo se aflojaba. Así, sin más.

—No necesitas un único recuerdo —dijo—. Inténtalo con una sensación. Un sentimiento. Busca en tus recuerdos, aquí y allá. Mézclalos si hace falta. Lo único que importa es que te sientas bien.

Bien, pensó Draco con ironía. ¿Cuándo era la última vez que se había sentido… bien? Entera y completamente.

No obstante…

Si Hermione podía hacerlo, también él debería ser capaz.

Así que intentó relajarse, darle vueltas a lo que ella le había dicho y no tardó en darse cuenta de que la respuesta era obvia. Tan obvia que se sintió un gilipollas por haberla ignorado hasta entonces.

Apoyó la frente en la cabeza de Hermione e inspiró hondo. Inspiró su olor.

No, Draco no se sentía bien. Ni siquiera entonces, después de tanto tiempo. En todos sus días, en un momento u otro, había dolor. A veces se presentaba y se iba con la rapidez de un relámpago, a veces quemaba y perduraba como las brasas de una hoguera que no llegan a apagarse. A veces no era más que un chispazo. Otras, un dolor sordo que lo consumía durante todo el día.

Pero sí que había algo, alguien, que lo calmaba. Que hacía su día a día soportable. Hermione.

Y no solo ella, comprendió. Hermione le había dado su perdón, le había otorgado su comprensión cuando nadie más había querido hacerlo. Le había dado una segunda oportunidad. Había sido su salvación.

Pero antes de ella habían estado Pansy y Theo.

Pansy, que siempre había estado a su lado. Desde que tenía memoria y uso de razón, incluso antes de Hogwarts. Que nunca lo había abandonado, ni siquiera en sus momentos más oscuros.

Y Theo, el único de sus antiguos compañeros de cuarto al que había depreciado en el pasado. Y el único que le había prestado su apoyo cuando las cosas se habían ido a la mierda.

Sin ellos, sin los tres, esos meses en Hogwarts habrían sido insportables. Habían estado con él día a día, conteniendo el fuego que amenazaba con quemarlo por dentro.

¿Cómo había podido ser tan imbécil como para no verlo? Los recuerdos que lo unían a ellos no eran felices. Estaban teñidos de sufrimiento, miedo y pérdida. Pero sí que eran poderosos. Eran recuerdos de perdón y nuevos comienzos.

—Ya lo tengo —afirmó, con la voz llena de emoción—. Estoy listo.

Hermione levantó la cabeza para mirarlo y él, que no se echó hacia atrás, sintió el roce de su pelo en la mejilla.

—¿Seguro?

Y aunque a Draco le hubiera gustado seguir así, con ella y sin tener que enfrentarse a sus terrores más profundos, asintió.

La sonrisa de Hermione fue su recompensa. A Draco le pareció que no era una sonrisa feliz —las suyas nunca lo eran—, pero sí sincera. Como si comprendiese lo mucho que costaba dar cada uno de esos pequeños pasos y se sintiese orgullosa de él.

Ella se levantó primero y Draco la observó caminar hasta el otro extremo de la sala. Él se incorporó apoyando la palma de la mano en el suelo.

—¿Listo? —le preguntó Hermione una vez hubo ocupado su posición.

No quería dudar. Quería ser valiente, como ella.

Hubiera podido practicar el hechizo sin la ilusión que Hermione conjuraba todas y cada una de las veces. Pero no hubiera sido igual. No hubiera tenido nada a lo que enfrentarse.

Así que Draco asintió una vez, un movimiento corto y rígido, y Hermione dio una sacudida a su varita. Rápida, temiendo quizá que él pudiera arrepentirse y cambiar de idea.

El dementor surgió de su varita en una oleada de negrura y avanzó hacia él con las manos extendidas. El frío no tardó en alcanzarlo.

Draco sabía que lo que tenía en frente no era más que una visión, una muestra más de hasta dónde llegaban las habilidades de Hermione. Sabía también que un dementor real era infinitamente más peligroso y aterrador y sus efectos, mucho peores.

Pero por algo hay que empezar, pensó. Un primer paso para superar su pasado.

Mientras la criatura se acercaba a él, Draco cuadró los hombros y se concentró. Ahora que ya sabía lo que tenía que buscar, las imágenes acudieron a su mente con facilidad, fluyendo como un río.

Pansy y Theo en la mesa de Slytherin, sentados a su lado cuando nadie más había querido acercarse a él.

La llegada de Hermione a su pequeño grupo. Sus primeros días con ella, cuidando el demiguise.

El ligero abrazo de Pansy cuando recibió la carta de su madre, la carta que había temido durante tanto tiempo.

La compañía silenciosa de Theo, a pesar de sus desplantes.

Y la sinceridad de Hermione. Su piel demasiado blanca y sus ojeras profundas el día que había regresado a la Mansión Malfoy. Su desesperación el día en que él había intentado apartarla. «Te prometí que no me iría», le había dicho. Y lo había cumplido.

Al pensar en ello, en ellos, Draco se sintió fuerte. Y todos esos recuerdos, pequeños retazos de sentimientos, confluyeron en uno solo:

Están todos sentados a la mesa, celebrando a pesar de todo.

Theo frente a él, con Pansy a su lado.

A su izquierda está su madre, sentada a la cabecera de la mesa. A su derecha, Hermione, que se inclina por delante de él para hablar con Narcissa. Que la mira con cariño, que la acepta con gusto.

Y así —con la sonrisa de su madre y las palabras de Hermione—, por primera vez en mucho tiempo, Draco siente que el pasado puede dejarse atrás.

¡Expecto Patronum!

Antes de terminar de pronunciar el conjuro, Draco supo que lo había conseguido. Sin asomo de duda.

Tuvo que entrecerrar los ojos cuando una bruma plateada, brillante e intensa salió de la punta de su varita e hizo retroceder al dementor. Al ver que su hechizo conseguía detener al ser, Draco se sintió poderoso. Imparable.

Presionó con su magia. Más y más. Aferrándose a las sensaciones que guardaba en el pecho. Y la niebla empezó a arremolinarse y a encogerse sobre sí misma hasta formar una delicada figura. Un animal.

La extraña criatura —pequeña, muy pequeña— saltó hacia delante con una ferocidad increíble en un animal tan diminuto. Veloz, tanto que no era más que una mancha borrosa, arremetió contra el dementor y el ser retrocedió hacia Hermione.

El hechizo —la ilusión— se desvaneció como si nunca hubiera estado ahí. El patronus, su patronus, permaneció. Su luz plateada iluminó el rostro de Hermione. Sonriente. Orgulloso.

—Lo has conseguido —le habló con voz calmada y sobria, pero su sonrisa era más que suficiente.

Permaneció quieta y Draco sintió ganas de acercarse a ella y abrazarla y darle las gracias por ayudarlo, por estar, por todo.

Pero antes de que él pudiera tomar la decisión consciente de hacerlo, Hermione desvió la mirada hacia al animalillo plateado que no paraba de dar vueltas alrededor de la habitación. Se acuclilló y extendió la mano hacia él y la criatura, quizá sobresaltada por el movimiento, se detuvo en el centro de la clase.

Por primera vez, se quedó lo suficientemente quieto como para que Draco pudiera echarle un buen vistazo. Y lo que vio no le gustó nada.

—¿Es un…? —empezó—. ¿Un hurón?

Hermione debió de percibir algo su voz, una nota de disgusto, porque rio entre dientes.

—No, no creo. —No había bajado la mano y el animal iba acercándose a ella poco a poco. Tenía la cabeza estirada, con el hocico apuntando hacia arriba, y olisqueaba a Hermione mientras avanzaba con cautela—. Es demasiado pequeño para ser un hurón.

Él observó al animalillo acercarse a ella. Hermione tenía toda su atención. Iba acercándose con precaución y lentitud pero sin detenerse. Y, ante esa escena, Draco sonrió sin siquiera saber muy bien por qué.

Quizá fuera simplemente por su triunfo. O quizá porque incluso para su patronus resultaba evidente que Hermione era el centro, el ancla de esa nueva vida.

—Creo que es un armiño —le dijo ella con una sonrisa. Después, ladeó la cabeza y Draco supo que estaba pensando en algo.

—¿Ocurre algo?

Ella sacudió la cabeza. Una pausa.

—No —respondió después. Tenía el ceño un poco fruncido, como si estuviera concentrada—. Pensaba en mi patronus, nada más.

Draco no supo cómo interpretar esas palabras. Quiso preguntarle a qué se refería, pero tuvo miedo de que ella hubiera recordado algo doloroso, tuvo miedo de empeorar las cosas. Así que calló.

Y entonces el armiño llegó hasta ella. Estiró la cabeza hacia arriba, hacia Hermione, buscando su piel y cuando la tocó Draco se sintió muy cerca de ella.

El patronus se disolvió al contacto con las yemas de sus dedos. Ella retiró la mano enseguida, pero ya era tarde. La niebla plateada de su hechizo se arremolinó un momento alrededor de las manos de Hermione antes de desaparecer.

—Lo siento —murmuró ella, mirándolo por encima de los restos de su patronus.

Draco sacudió la cabeza.

—No importa —replicó y dio el primer paso hacia ella—. No pasa nada.

Y era cierto. De pronto, Draco tenía la sensación de que al final todo iba a salir bien.

Continuará…

Tengo la sensación de que últimamente solo escribo capítulos de relleno. Cuando planeé la escaleta de la historia creí que estas escenas iban a tener mucha más… ¿chicha?

En fin, ahora mismo ya no me atrevo a tocar nada de la planificación, así que así ha quedado de cutre el capítulo.

Como siempre muchísimas gracias por los reviews a:

Sabina Gallegos: ¡bienvenida a Spectre! Me alegro de que te haya gustado. Eso es justamente lo que quería hacer en esta historia, aunque me da la impresión de que estoy llevando las cosas demasiado lejos. La verdad es que yo también entiendo a Harry y a Ron. Sí que es verdad que igual en alguna escena me he pasado un poco con ellos, pero creo que sus sentimientos son tan válidos como los de Hermione y Draco, de ahí que los escriba. Desde el principio avisé que iba a haber OoC, pero mi intención (al menos) es que siempre haya estado justificado por las circunstancias. No sé si lo he conseguido, pero lo seguiré intentando. Muchas gracias por ese gran comentario.

gileto92: muchas gracias por tu review, como siempre. La verdad es que tengo que confesar que Ginny me cae muy mal. Le estoy haciendo un poco de bashing, quizá sin motivo. Al menos a Harry y a Ron les doy unas pocas frases para defenderse, pero Ginny me carga muchísimo y ni siquiera sé por qué (risas).

Alejandra: muchas gracias por tus buenos deseos. Me encantaría decir que voy a actualizar todas las semanas, pero cada vez que lo digo pasa algo que me impide hacerlo (risas). Así que solo prometeré volver cuanto antes con un nuevo capítulo. Tengo muchas ganas de acabar con Spectre porque es muy especial para mí, pero también porque tengo dos nuevos Dramione en proceso.

Pauli Jean Malfoy: gracias por estar siempre ahí. La verdad es que creo que me estoy pasando con la cercanía entre Draco y Hermione. Cuando planeé la historia Pansy y Theo iban a tener mucho más protagonismo, pero después me di cuenta de que entonces la historia iba a ser tremendamente larga. Al final el pobre Theo se ha quedado hasta sin frases (risas) para centrarme en Draco y Hermione. Espero que eso no os parezca del todo mal.

yurica: bienvenida a esta historia y muchísimas gracias por darle una oportunidad. Me ha encantado conocer tu opinión, porque la verdad es que la mía es igual. Cada vez estoy disfrutando más hasta de darle piceladas a esos personajes secundarios como Dylan u Omane, en este caso. Igual hasta estoy disfrutando demasiado y esto lo consideráis relleno (risas). En cualquier caso, espero que sigas disfrutando de Spectre.

Annie Hartman: he de decir que temo el momento en que llegue la parte romántica. No sé si os habéis dado cuenta (risas), pero soy mucho más de dramón que de romanticismo. Espero no cagarla. Y yo también creo que Pansy y Theo son adorables juntos. Cuando empecé la historia no me encantaban, los junté por experimentar pero, dios, ahora creo que son el uno para el otro.

damalunaely: gracias por ese review. Puedo asegurar que los sentimientos pronto florecerán del todo, de lo que ya no estoy tan segura es de que me vaya a quedar bien narrado. Como le decía a Annie, no se me dan muy bien las cosas felices. A ver qué pasa.

rose: gracias por haber vuelto a Spectre y por seguir dándole oportunidad tras oportunidad. No quiero hacer spoiler, pero no vas a tener que esperar mucho ;) Al menos, eso creo.

Gracias también a los anónimos. Me alegro de que os haya gustado.