Hola de nuevo...bueno, dicen que la inspiración hay que aprovecharla...y por eso les traigo un capitulo más cortito de lo usual, pero que no pude resistir a publicar tan pronto estuvo listo. (otra vez te lo debo AscellaStar..pero debía tener la secuencia de este para el otro)

Debo dar gracias especiales a Nambelle. Al inicio de este capitulo hay un pequeño evento que hace parte de una historia real, la cual ella muy amablemente compartió conmigo.

De nuevo gracias a todos los que leen. Muchas gracias por sus reviews!


No puede haber decepción profunda donde no hay amor profundo

-Martin Luther King

Capitulo 7. Una serie de eventos desafortunados

Tiempo: Pasado - Ocho a Siete Meses atrás

Anaís lo supo cuando estaba al frente de la puerta del dormitorio de Paris y al tratar de tocar, su mano atravesó limpiamente la superficie.

En un principio pensó que sería mejor devolverse, y regresar de aquel "viaje" tan anhelado. Aquello no tenía sentido. ¿Para qué volverse un espectador de su vida, sin poder tomar parte en ella?

Pero el deseo de verlo, así se convirtiera en un espectro atormentado deambulando por Céfiro, le hizo atravesar la puerta. Al principio no fue sencillo. Le tomó varios intentos. Primero una mano, después un pie. Al ver que podía retroceder cuando quisiera, juntó valentía, cerró los ojos y corrió, temiendo romperse la nariz en el intento cuando se estrellara con toda la fuerza contra el metal.

El impulso fue tal, que cruzó la estancia más de la cuenta y terminó al borde de la cama. Lanzó los brazos hacia adelante, tratando de nivelarse para no caer despatarrada sobre los almohadones… aunque lo más probable fuera que pasara directo hacia el piso.

Su corazón latía con fuerza. Miró el camino que había recorrido y se dio cuenta que incluso había avanzado hasta una segunda parte de la habitación. Un ruido proveniente del estudio capturó su atención y se giró.

Un hombre musculoso de cabello verde, vestido de gala blanca y dorada se dirigía hacia donde estaba.

Se quedó inmóvil. Podía sentir cómo contenía su aliento y cómo su corazón se descarrilaba en su pecho. Contradiciendo todo lo que hacía un instante había pensado, se encontró rezando para que fuera invisible.

Paris se detuvo. Quedó pensativo, evaluando su entorno levemente. De pronto, la miró directamente y ella pudo ver en esos ojos, que eran como dos soles, que la estaba percibiendo, pero que no estaba seguro de si aquello era real. Anais sin querer estiró su mano hacia su pecho y Paris contuvo la respiración.

- ¿Anais? – dijo él hacia el vacío-

- Si, Paris, acá estoy –respondió ella dulcemente, con un nudo en su garganta y temblando, sin saber si la escucharía-

El hombre volteó su rostro y suspiró. Negó para sí mismo y se sentó en el lecho.

- Paris…¿puedes oírme? –preguntó la rubia, a pesar de que ya sabía la respuesta. Sus ojos comenzaron a humedecerse. Era demasiado estar allí sin poder tocarle, ni que él escuchara su voz-

Paris volvió a suspirar, esta vez se llevó la mano hacia su cabeza, revolviéndose el cabello y se golpeó levemente con un puño

- ¡Maldita sea! –habló para si- ¡esto va a terminar enloqueciéndome!

Se levantó y dio furiosos pasos hacia su derecha. Miraba hacia todos lados, confundido. Se devolvió e inició un nervioso paseo recorriendo el espacio, deteniéndose aquí y allá. En un momento casi chocó contra ella, a pesar de que había tratado de permanecer quieta, siguiendo sus movimientos. Ella comprendía el estado en que se encontraba su príncipe: si las cosas fueran al revés; si ella estuviera percibiendo aunque fuera sutilmente su presencia, estaría planteándose si no sería mejor internarse en un manicomio y dejar todo atrás. A pesar de que sabía que lo trastornaba, no había otra cosa que quisiera más en ese momento que volviera a decir su nombre.

Finalmente se cansó y dejó de dar vueltas enloquecidas. Se sentó nuevamente en la cama y colocó los codos sobre sus rodillas, sosteniéndose la cabeza con las manos.

Ahí fue cuando Anais se sintió miserable, y se retiró unos pasos. No quería causarle sufrimiento. Suficiente era con el que ella sentía al estar allí observándole.

Eso de algún modo funcionó. Paris se calmó y se acostó boca arriba, descansando la cabeza en sus manos, mirando hacia el techo. Así estuvo unos segundos. Acto seguido, se incorporó, y tratando de dejar de lado lo que su corazón le gritaba, se dispuso a cambiarse de ropa. Primero tomó su capa y la retiró de sus bornes, luego procedió a desabrochar sus botas.

Al comprender lo que estaba pasando, Anais abrió descomunalmente sus ojos verdes y se mordió el labio. Comenzó a retroceder, un paso, después otro, con la vista clavada en las manos de su príncipe y en sus ademanes.

Los zapatos salieron volando un metro a su izquierda. Seguía la camisa con detalles dorados.

Anais pasó saliva. Esto estaba muy muy mal. Su-pre-ma-me-nte incorrecto. Debía salir de ahí.

La camisa fue lanzada con un gesto triunfal a la silla doble sin espaldar que se encontraba a la derecha de la cama. La rubia tuvo la idea de que caía lentamente a propósito.

Cerró los ojos con fuerza, arrugando su nariz en el proceso, reflexionando acerca de por qué simplemente no se volteaba o se retiraba de una buena vez, pues lo que estaba haciendo no era de ninguna forma decente ni educado. ¡Le estaba espiando! Se enojaría si lo supiera (o se burlaría hasta el cansancio) Colocó su mano derecha en frente de sus ojos, asegurando así su ceguera provisional.

Un párpado traicionero, de su alevoso ojo derecho se atrevió a abrirse, cómplice de sus dedos temerarios, los cuales le hicieron espacio con odiosa resolución.

Sintió que su rostro se incendiaba.

Como si de verdad su cuerpo entre las llamas y pudiera resultar ahogada por el humo, salió de la habitación tan rápidamente como había entrado, atravesando paredes y puertas sin que le importara.

Afuera tomó un aire precioso y se rió de sí misma. Era el colmo.


Marina había requerido toda su fuerza de voluntad para acercarse al gran salón del castillo.

Aquel salón traía consigo muchos recuerdos. Había sido testigo de diversos y coloridos eventos. Tenía marcada en la mente aquella memorable ocasión en que el hechicero más poderoso de Céfiro había posado su mano gentilmente sobre las suyas esa noche en que todo era incierto.

Ese había sido el momento en que se enamoró de él.

Corría ligeramente en unos tramos, pero en otros, una curiosa gacela despertaba en sus piernas y le hacía correr, tratando de dejar sus emociones atrás, pensando sólo en su destino.

Acababa de cruzar una esquina redondeada cuando unos guardas que venían en la dirección contraria, (y que divisó demasiado tarde para esconderse) fueron directo hacia ella. Dudó que actitud tomar. Seguramente la apresarían como una intrusa. Comenzó una charla ligera, tratando de disimular haber estado corriendo por los pasillos como una fugitiva

- Caballeros, buenas noches…

Los hombres no se detuvieron, ni siquiera trataron de esquivarla. Marina no pudo eludirlos y estaba dispuesta a empujarlos para que no le tumbaran cuando su ímpetu la envió directo al suelo; no sin antes tener una breve visión de cómo su cuerpo traspasaba el hombro izquierdo y parte del pecho de uno de los guardas. Estos se alejaron sin que hubieran notado absolutamente nada anormal.

- Oh no… esto no puede ser –negó sentada en el piso-¡Esto es una estafa! –gritó furiosa -

Se quedó unos minutos en esa posición, mirando sus piernas extendidas.

Tanto arreglo, tantas horas perdidas en la peluquería… hubiera preferido gastarme el dinero en otra cosa…

Se levantó enfurruñada y de mal humor

Pero ya estando acá…¡que puedo perder! Esto es mejor que nada.

Cuando llegó al salón, ahí estaba Guruclef, mirando hacia el espejo circular del techo, que mostraba diferentes partes de un Céfiro nocturno. Notó que repetidamente volvía a una imagen de la fortaleza de cristales donde estaba. Concretamente a un pasillo del castillo.

Guruclef no había cambiado nada. Seguía siendo el mismo mago con apariencia de niño que había sido 4 años atrás. Marina sonrió, a pesar de la cara de preocupación del hechicero. No le extrañaba verlo así, casi era un estado normal. Sin embargo hubiera querido encontrarlo más alegre, sin que la carga de la administración de ese nuevo Céfiro se notara tanto en su rostro.

Aún estaba lo bastante lejos como para sentirse demasiado nerviosa, y aprovechando su estado actual quiso simplemente llegar a conocerlo mejor. Tal vez le habían hecho un favor enorme. Así podría saber más de su hechicero, y hasta que lograran descifrar la forma de volver corpóreamente a ese mundo, le daría tiempo para pensar en cómo abordarlo, y también en cómo conquistarlo.

Marina estaba rodeando el salón, debatiendo si debería acercarse cuando escuchó una voz conocida entrando a su campo de visión

- Deberías dormir –sugirió Presea adelantándose hacia la silla donde estaba sentado el mago- mañana será un día muy ajetreado, y requieres de todas tus fuerzas

- Lo sé –respondió el- me dices eso, mas tú también tendrías que estar en cama, como todos los demás. Debes estar extenuada. La tarea de ubicarlos debió requerir mucha energía.

- Sí, pero finalmente a pesar de la sorpresa que nos dieron al llegar hoy a Céfiro, no hubo inconvenientes –dijo en frente al Guru, con una actitud dulce- No cambies de tema, sé que te ocurre algo. ¿Por qué continuas acá? Algo te preocupa ¿Quieres contármelo?

Guruclef se levantó y caminó hacia la armera

- Estos días he sentido presencias extrañas rondando el castillo. Especialmente hoy. Es muy anormal. Su energía es diferente a cualquier persona o criatura de Céfiro.

- Hablas como si de pronto nos estuvieran invadiendo –mencionó con preocupación-

- No sospecho una invasión. Creo que quieren hacernos daño, no directamente, pero están buscando algo.

Marina no podía dar crédito a sus oídos. Guruclef pudo sentir su llegada, ¡pero las estaba confundiendo con enemigos! ¿Es que no se daba cuenta de que eran ellas?¡Y por supuesto que estaban buscando algo!:¡A Ellos!

Dio unos pasos al frente para escuchar más de cerca

- Espera – se interrumpió el- hay alguien más acá –dijo mirando hacia derecha y luego hacia su izquierda, haciéndole un gesto a Presea para que guardara silencio-

- Claro que hay alguien más acá Guruclef –le respondió Marina, a pesar de saber que no le escucharía su réplica-¡Y si sigues diciendo que les queremos hacer daño, la próxima vez que vuelva te jalaré los pies mientras duermes! –amenazó alzando la voz junto con su brazo derecho-

- ¿Estás seguro? –dijo la armera-

Guruclef quedó pensativo. A los pocos segundos reanudó su conversación

- Pensé sentir algo… pero esto de algún modo es diferente

- ¡Me alegra que por lo menos te des cuenta de eso! –dijo Marina al aire, haciendo una mueca de disgusto-

- Guruclef, es hora de que descanses –afirmó nuevamente Presea-

El hechicero le sonrió con beneplácito, y se despidió de ella tomándole de las manos. Marina abrió sus ojos azules intensamente, al recordar una escena parecida, 4 años atrás. Un sabor agrio se mezcló en su boca, mientras que sus manos se enfriaban lentamente, comenzando desde las puntas de los dedos, logrando poco a poco convertirse en dos témpanos de hielo colgando a sus costados; pesadas, frías y muertas.

- Te agradezco todo lo que has hecho. Has sido muy buena compañía y apoyo

- No te preocupes –hizo una pausa, sonrojándose ligeramente- me gusta ayudar, lo sabes bien. No soporto quedarme cruzada de brazos.

- Mañana quiero que me acompañes cuando los recibamos formalmente

- Por supuesto que sí. Estaré justo a tu lado.

El hechicero de cabello morado salió del salón, no sin antes volver a pasar una revisión a su alrededor, buscando esa curiosa presencia que le había llamado la atención minutos antes.

Presea lo observó mientras se retiraba, y apretó sus manos una contra la otra sobre su pecho, con una diciente sonrisa de satisfacción, que le decía a Marina todo lo que ella ya suponía.

No esperó que la armera dejara ese sitio, el cual estaba retirándolo de su lista de favoritos y salió corriendo más rápido de lo que había llegado.

En su afán, se cruzó con un grupo de personas que ya conocía, quienes iban caminando relajadamente hacia otras secciones del castillo. La bailarina de Chizeta y el antes pequeño niño invocador de bestias.

No se detuvo, y pasó al lado del muchacho rápidamente. No tenía ganas de ser Gasparín para nadie más esa noche.

A pesar de eso, escuchó un ligero susurro saliendo de los labios rígidos de Ascot, quien se irguió sorprendido y por un momento dejó de escuchar la retahíla de la mujer de cabello rosado.


Lucy había avanzado algunos pasos: unos tímidos, otros resueltos, pero la mayoría, enamorados. Le fascinaba verlo dormir, con su cabello negro desparramado por la almohada. Sobre todo no cabía de la dicha cuando estaba lo suficientemente cerca y el parecía sonreír entre sueños.

En ese estado mental de compleja alegría, escuchó la voz de Mizuki.

- Es hora de volver –ordenó llanamente-

- No, no por favor! - suplicó hablando hacia el vacío- déjenos quedar un poco más

- No. Es tiempo. Es peligroso. –su voz no permitía inflexiones-

Se miró las manos. Comenzaban a hacerse traslúcidas.

Corrió con el alma desbocada, acortando la poca distancia que la separaba de la cama, y antes de que Céfiro desapareciera completamente de sus ojos, alcanzó a darle un beso en la mejilla.

Un beso de saludo y despedida, lleno de la esperanza de volverlo a ver y de gozo por haberlo visto.

Lo siguiente que vio fue el salón rodeado de los frescos, y la lámpara de cristales sobre su cabeza. Se incorporó, pues de alguna manera que no precisaba, su cuerpo había llegado hasta el frío mármol blanco. Giró y se dio cuenta que la única que estaba en su posición inicial era precisamente Mizuki, quien estaba esperando a que se recuperaran.

- Por favor –inició caminado hacia la vidente- déjenos volver

- ¿Quieres volver Lucy? –increpó Marina de muy mal humor, y con los ojos ligeramente hinchados- Pues yo no quiero.

- Marina ¿Qué pasó? ¿Te sientes bien?

Marina calló y volteó su cuerpo. No quería que se dieran cuenta. No en este instante.

- Yo sí deseo volver –afirmó la rubia sin dilación, al tiempo que miraba de reojo, pendiente de Marina, quien aún les daba la espalda- dígannos que debemos hacer.

- Yo no hago obras de caridad. Todo viaje tiene un costo –aclaró Mizuki- y se incrementa a medida de que realizamos más.

- ¿Cómo que se incrementa? –preguntó Anais alarmada-

- En un 10%. Es un proceso peligroso, muy delicado, y debemos tener cuidado de ser invisibles. Sus mentes pueden perderse fácilmente a medida que viajamos con más regularidad. Por eso las visitan tienen un límite de tiempo.

- ¿Y siempre será así? No podemos…- Lucy hizo una pausa para reunir el valor de decirlo - ¿tocar nada, o que nos vean o escuchen?

- Soy vidente. Mi poder no es tan grande. No puedo llevar sus cuerpos hacia otra dimensión.

- ¿Y otros podrían? –mencionó Marina, incluyéndose en la conversación, sin acercarse a sus otras interlocutoras-

- Sí. Pero a un precio muy alto. Es mejor no hablar de esas cosas oscuras. Tres muchachas como ustedes no deben involucrarse en esos cuentos. Se los repito. Ésta es la forma más correcta que encontrarán, -Mizuki miró detenidamente a Lucy por unos instantes, quien ante la fuerza de sus ojos, sintió que estaba dándoles una advertencia más que un consejo- a menos de que quieran perder su alma en el proceso.

Las tres callaron, e intercambiaron una mirada de preocupación. Curiosamente, Marina las sorprendió diciendo:

- Volveremos mañana, con el dinero, al atardecer.

Y efectivamente volvieron al día siguiente (pagando un 10% más que la vez anterior, suma de la cual se encargó Marina de conseguir de su padre, pues las alcancías habían quedado completamente vacías), para que sus mentes viajaran a ese mundo añorado, justo en el instante en que la delegación de Autozam era recibida por los altos gobernantes de Céfiro en el salón principal.


Latis despertó la mañana siguiente sintiéndose extrañamente…completo. Tan pronto abrió los ojos, su mente le recordó un suceso que no podría ser cierto. Era el recuerdo de un beso. El beso más cariñoso que hubieran dado, excluyendo a su madre, anidado sobre una de sus mejillas. Llevó los dedos a su rostro, justo en el sitio donde su piel le llamaba y recordó una caricia que alguna vez una guerrera mágica a punto de caer desmayada, le había hecho.

Pero esto no podía ser.

Sospechó que había regresado a él la noche anterior, cuando sintió su presencia en el pasillo. Casi pudo olerla y en determinado instante, juró que le tomaba del brazo. Sintió unos nervios muy distintos y una exaltación traicionera cuando pensó que le rodeaba con su esencia. Su Lucy, su sol personal.

Se levantó, con una anormal sonrisa dibujada y procedió a alistarse para recibir la delegación de Autozam, quienes llegarían el día de hoy.


Guruclef los esperaba impaciente, con Presea a su lado. Era inaudito que justo ese día a todos se les diera por llegar tarde. Había que tenido que mandar un recado con Caldina para que el desayuno que se les estaba ofreciendo a los Autozamitas se demorara un poco más de la cuenta, para darles tiempo de estar todos presentes.

Paris ingresó agitado al gran salón, aun arreglando su capa. Su semblante era más elegante y llevaba puesta una expresión alegre. Parecía que hubiera rejuvenecido un poco.

- ¡Paris! –dijo Presea sorprendida- hacía meses que no te veía tan resplandeciente

- Es una bonita mañana, y hoy esperamos escuchar buenas noticias ¿no es así? –respondió gentilmente el aludido-

Había avanzado hacia donde se encontraban ellos, cuando Latis se incorporó al grupo, entrando con un talante algo más relajado que la mayoría de los días. Guruclef al notar esta inexplicable actitud, arrugó su frente.

- ¿Latis?

- Buenos días Guruclef, Presea, Príncipe –saludó reclinando levemente su cabeza hacia cada el que nombraba-

- Parece que Paris no fue el único que tuvo una buena noche de sueño –sonrió Presea extrañada-

- Estaba esperándolos a los dos –les censuró Guruclef con tono formal- Debemos estar todos, sería una falta de respeto con nuestro planeta vecino. ¿Y Ascot? –preguntó hacia Presea-

- Caldina dijo que esta mañana se había levantado con los rayos del sol a caminar por los jardines. Algo muy extraño. Debe estar por llegar.

- ¿Pero qué les pasa a todos hoy? – refutó el Guru- ah! Ahí están –dijo aliviado al ver entrar a Caldina, Ráfaga y al Invocador-

Tan pronto estuvieron todos en sus respectivos lugares, un guardia anunció la llegada de la delegación de Autozam.

Se componía de unas 15 personas. La mayoría eran hombres, entre los que se contaban Geo y Zaz. Vestían el traje de gala de ese planeta, ataviados con esos curiosos artefactos que llevaban en la frente. Al entrar se vieron perfectamente sincronizados, caminando como si fueran un pequeño ejército, con Geo y Zaz al frente, acompañados de dos mujeres en el centro, vestidas con un largo vestido blanco ajustado al cuerpo, largos collares que les llegaban hasta el estómago de diferentes colores y un cinturón verde musgo que hacía juego con las anchas diademas que adornaban su cabello.


Acababan de llegar nuevamente. Marina las había acompañado, a pesar de estar de muy mal humor. Habían hablado sin muchos detalles de sus experiencias. (Especialmente la rubia no quiso decirles mucho)

Anais había convencido a Marina que no podía interpretar esa simple conversación de Guruclef y Presea sin conocer más acerca de…bueno…todo. Cuatro años era bastante tiempo.

Vieron como entraban al salón ese grupo de personas manteniéndose alejadas de donde estaban sus amigos y compañeros de luchas pasadas. Pero Lucy, al ver a Zaz y a Geo lanzó una exclamación de dicha y salió corriendo, rodeando la sala para no atravesar a nadie y situarse al lado de ellos. Zaz estaba cambiadísimo, no había crecido tanto, pero ciertamente ya no era un chico. Geo por su parte, parecía que le hubieran dado los poderes de conservación de la edad de Céfiro. Exceptuando por una pequeña cicatriz nueva en su mentón, el comandante de Autozam era el mismo de siempre.

Lucy estaba tan contenta de verlos que no podía quedarse quieta. Pasaba de Zas a Geo y de Geo a Zaz, gritando hacia Marina y Anais sorprendida de lo elegantes y bien vestidos que se veían. En el justo instante en que las dos mujeres de vestimentas extrañas se adelantaban para saludar a los Cefirianos, ella quedó en medio de los 4 visitantes, pero considerablemente más cerca de una de ellas.


En el preciso instante en que esas mujeres caminaron hacia donde estaban, Latis sintió nuevamente la presencia que lo había llenado de felicidad la noche anterior. Especialmente cuando una de ellas se adelantó hacia él, haciendo una inclinación con la mitad de su cuerpo, la energía se hizo fuerte, ineludible e imposible de negar. Esta mujer de ojos cristalinos, andar inseguro y cabello rojizo oscuro, separado en dos largas trenzas que caían a lado y lado, le recordó a alguien más.

Ella le devolvió la mirada, cruzándose por un momento.


Marina estaba mareándose de ver a la pelirroja.

- Lucy! ¡Ya deja de dar tantas vueltas! Ven!.

- ¡Lo siento! ¡Es que no los veía hace tanto! –dijo corriendo hacia ellas, dando un nuevo rodeo- ¿han visto esos trajes?

- Me llaman la atención esas dos mujeres –mencionó Anais-¿Sabes quiénes son Lucy?

- No, nunca las había visto. Pero no creo que sean de Autozam

- ¿Piensas que son pareja con alguno de ellos?

- No sé –rió ingenuamente- pero son muy hermosas, sería bueno que así fuera

- Shhhh está hablando Guruclef –les regañó Marina llevándose el dedo a la boca-

Lucy y Anais se rieron, pero guardaron silencio al ver la cómica cara de Marina con mirada asesina.


- Bienvenidos –comenzó Guruclef- es un honor tenerlos acá.

- Gracias -respondió Geo haciendo una reverencia- pero debemos decir que el honor de estar acá es de nosotros. Venimos a darles buenas noticias –miró hacia donde estaba Latis, indicándole que debían hablar en privado con un gesto inadvertido para otros- Pero antes, Zaz les presentará a las portadoras de las buenas noticias.

- Ellas son Neferti y Freya. – las dos mujeres hicieron una venia delicada al unísono, llevando su pie derecho hacia atrás y ladeando graciosa y delicadamente su cuerpo- provienen del planeta Xois. Pertenecen a una orden muy antigua, la cual estudia las energías básicas de los planetas. Poseen un conocimiento muy útil, el cual nos ayudará por fin a utilizar la magia presente en Céfiro para reconstruir el núcleo de nuestro planeta.

- Así que la evacuación no será necesaria –dedujo Paris muy satisfecho-

- Seguramente no – respondió Geo manteniendo su frente en alto, orgulloso por la afirmación- pero por lo pronto seguiremos requiriendo de su colaboración con la colonia.

- Saben que siempre serán bien recibidos acá –aseguró Guruclef sinceramente-

- Lo sabemos, pero restituir la antigua grandeza de Autozam siempre fue el objetivo. Agradecemos la ayuda de Fahrem, Chizeta y Céfiro por acoger a nuestros habitantes de las zonas que comenzaron a derrumbarse, mas sin duda, estaremos contentos de volver a ser una unidad.

- ¿Cuánto tiempo requerirá? –intervino Latis-

- Estuvimos en Autozam antes de venir acá. – dijo la mujer de cabello granate, tratando de mantener su ángulo de visión lejos del espadachín- Será un proceso complicado, pero estimamos que antes de que pasen 7 lunas podremos estabilizar el núcleo. Sin embargo, para que eso ocurra, debemos llevar la magia de Céfiro…pura hasta Autozam.

Los gobernantes de Céfiro se miraron entre sí (todos menos Latis, quien seguía fijando sus ojos en la mujer que había hablado)


Lucy escuchaba atentamente, algunas veces volteando a ver hacia su espadachín. Sin embargo, una picada, como un aguijón venenoso atacó su corazón cuando notó la manera en que estaba mirando a la mujer de cabello rojizo…un cabello rojizo, parecido al de ella, pero más oscuro, casi cobrizo. ¿Podía ser curiosidad? ¿Podría ser…?

No, no puede ser. Es mi imaginación


- ¡Pero eso es imposible! – argumentó Presea-

- Construiremos un puente que podrá hacerlo –se adelantó la otra mujer, compañera de la anterior, cuyo cabello dorado caía en bucles sobre sus hombros- Ya lo hemos hecho. Nuestros antepasados lo hicieron con otros planetas, para llevarse la energía de esos mundos. No es algo que actualmente nos enorgullezca.

Un puente… ¿entre dos mundos? Latis miró a Geo, comprendiendo ahora su gesto. Este le devolvió una mirada cargada de significado y un tanto burlona al ver cómo su amigo estaba de pronto tremendamente interesado en la conversación

- Así llevaremos la magia que recolectemos. –siguió la mujer de cabello dorado, quien había tomado la vocería, mientras la otra parecía encogerse al escuchar a Latis- Pero para eso, requerimos de su permiso. Los puentes como están concebidos explotarán el recurso de energía de su planeta y por ello se desestabilizará. Los Autozamitas nos aseguraron que este mundo se mantiene a través de la fuerza de voluntad, la cual también es fuente de su propia magia. Es necesario que todos los habitantes de Céfiro estén conscientes de la empresa que vamos a realizar, para que ellos mismos nutran el planeta y el puente pueda extraer lo que necesita sin que se vean afectados. Debo decir que hay un gran peligro inmerso en todo esto.

Guruclef calló por unos segundos, pero finalmente, con el semblante serio que le caracterizaba, alzó su voz para que todos pudieran escuchar

- Debemos discutirlo. El concejo se reunirá y les comunicará la decisión final. Por ahora agradecemos su presencia y estas buenas nuevas. Son bienvenidos por el tiempo que sea necesario. Espero que anoche hayan podido descansar a pesar de los problemas que tuvimos para su ubicación.

- Comprendemos su posición. Acerca de lo que menciona, no tuvimos ningún inconveniente. Presea es muy buena anfitriona –aseguró Zaz

Latis volvió a clavar sus ojos en la mujer ¿Anoche? ¿No debían llegar el día de hoy?


- ¿Lucy? –observó Anais- ¿estás bien?

¿Por qué la mira de nuevo?¿Por qué veo en sus ojos un tenue brillo? El aguijón se hundió un poco más, amenazando con obstruirle algún suministro vital de su cuerpo ¿Ella…le gusta?

- Si…si –un hilito de voz salió de sus labios, sin ganas- estoy bien


La audiencia había terminado.

Geo le hizo una seña, y Latis se acercó a él. Lo acompañaba la mujer que había acaparado su atención. Los demás se dispersaron y muchos dejaron el salón, acompañados de los Cefirianos.

- Latis, ella es Neferti. Es la sacerdotisa de energías más poderosa de Xois –inició Geo-

- Un gusto conocerlo –mencionó la mujer, un poco cohibida-

- ¡Geo! –gritó Zaz a su izquierda- ¿puedes venir un momento?

El comandante dudó unos segundos y fue retirándose lentamente

- Latis, si hay alguien que puede ayudarte en tus preguntas es Neferti. Puede que nuestros experimentos no sean en vano si le involucramos. –miró hacia Zaz, quien le apresuraba con un movimiento de su mano- Ya vuelvo.


Lucy no pudo contenerse, y fue hasta donde estaba Latis, Geo y la hermosa mujer. No hizo caso ante la voz de sus dos amigas que le llamaban. Sus voces sonaban muy lejos.

No soportaba que estuvieran tan cerca. Y sería una tortura averiguarlo, pero tenía que verlo, tenía que estar segura. Llegó justo cuando Geo dejaba la conversación.


Y ahí estaba de nuevo. Esa esencia que le trastornaba.

Una energía hermosa, tan parecida, tan igual a la que emanaba su pelirroja estaba ahí delante.

Pero no era ella.

No era ella.

Pero si no es ella. ¿Por qué me siento feliz?


Ni se dio cuenta de que hablaban

No lo supo, porque lo único que podía escuchar era cómo se rompían los vidrios, tal como si un niño jugara a aplastarlos.

No tenía idea de que su corazón estaba hecho de un delicado vidrio hasta que vio cómo Latis posaba sus ojos violáceos en la mujer de la misma forma en que un día le miró mientras le protegía de la lluvia con su capa.

El ruido era tan ensordecedor que por un momento creyó que el suelo también se estaba rompiendo.

Tampoco escuchó la voz de Mizuki diciendo que su tiempo había terminado.

Y eso era cierto. Había terminado.