¡Hola de nuevo!
Sé que he estado ausente bastante tiempo, pero no, no podría dejar inconclusa esta historia justo ahora en que están pasando tantas cosas. Espero que me sigan acompañando.
Muchas gracias a Nambelle (:P desde el estudio de producción), Bermone (jajaja en serio? lo siento!), AmandaCefiro (si! que miedo! acerca dónde cayó, acá lo averiguarás), etzel47 (jeje zombie...bueno, tal vez algo cercano) y a Rakelluvre (justo cuando te digo que trato de actualizar seguido..desaparezco, lo siento!) y a AscellaStar (omisiones que pueden costar muy caro y si! que bueno por Neferti, pobrecilla)
Esta es la parte dos del capitulo anterior. Anais descubrió una puerta en el Nifelheim. Latis y Paris están por llegar a Xios, Freya aguarda que Ascot despierte mientras Guruclef se desespera al no encontrar referencias en Céfiro que puedan ayudarles y Marina es perseguida por Damien, Irina y Oziel al mundo decadente donde fue a parar su espíritu.
¡Pues que me detengan! ¡Que me maten!
Tengo más ganas de quedarme que de irme.
¡Ven muerte! Sé bienvenida; Julieta lo quiere así.
- Romeo + Julieta. 1996
Capítulo 15. Destierro Parte II
Tiempo: Pasado - Cinco meses atrás
Marina aterrizó sin problemas. Podría deberse a que su presencia espiritual no tenía contra qué tropezar. Mientras rodaba sin remedio, pudo ser testigo de una serie de largas escaleras que bajaban en espiral desde el árbol hueco. Escalón a escalón, sin ningún control, se precipitó hasta el fondo, siempre esperando romperse la crisma, o sentir alguno de los golpes, cosa que obviamente no iba a ocurrir.
Lo que si no evitó el largo grito que precedió la final parada sobre la tierra rojiza. Cayó sobre sus preciadas nalgas, que se habrían quejado de tenerlas allí.
Estaba en una enorme caverna bajo la superficie. A su alrededor, muros de piedra rojiza cerraban el conjunto a unos 6 metros de altura sobre su cabeza. El espacio estaba iluminado por numerosas antorchas en cada una de las paredes, que ardían despidiendo un humo blancuzco, el cual se mezclaba con el ambiente y despedía una fragancia dulzona mientras se quemaba la madera. Sombras salidas de la nada bailaban una danza rígida alrededor de las llamas.
Marina se levantó y la fuerza de la costumbre le condujo a hacer dos movimientos para sacudirse la tierra de la ropa, a lo que se sintió estúpida e hizo una mueca inconforme, maldiciéndose.
Tras esto, miró hacia atrás en un reflejo de saber si le habían seguido. Las escaleras estaban desiertas. Por ahora, estaba sola.
Bueno, no del todo.
Los humanos que tanto añoró ver en ese mundo estaban allí, solo que algo…mutados. Múltiples ojillos amarillos con pupilas negras aparecieron de súbito y se vio rodeada por ellos. Las personas salieron de múltiples cuevas conexas a aquella galería. Eran hombres, mujeres, ancianos y jóvenes. Unos cuarenta mal contados. Todos caminaban algo encorvados, pero su piel….
Marina olvidó todos los problemas que tenía, y su corazón se conmovió ante el espectáculo mórbido que presenciaba en primera fila. Eran los sobrevivientes, pero el haber sobrellevado el cataclismo había conllevado un precio muy alto.
Los vio desfilar, con movimientos rápidos. Tuvo el presentimiento que algo había cambiado en el metabolismo de esos seres, pues se movían distintos a cualquiera; observó un grupo de hombres, que permanecían quietos en su sitio por unos instantes para luego caminar a prisa, muy rápido, como si se desplazaran deslizándose por el suelo. Algunos tenían horribles pústulas que les inundaba el rostro, las cuales daban a la piel un aspecto negro, arrugado e incluso grueso, un aspecto similar al que guardaba la piel de los muertos en la superficie. Otros sólo poseían unas cicatrices rojizas, y en numerosos sitios poseían violentas cicatrices, donde la piel aparentaba haber sido quemada para evitar el esparcimiento de las llagas.
No sabría decir si su tono de piel era cobrizo o si se habían vuelto así con el tiempo. Los dedos de algunos estaban deformes, como si los huesos hubieran decidido que les iba mejor yendo en zigzag desde la palma. Vestían ropas que guardaban semejanza a pantalones, faldas o vestidos, que habían sido elaborados con diversas telas de muchos materiales y colores para armar algo decente con lo cual cubrirse. Pero lo que sin duda más impresión le causaba eran los ojos. El blanco alrededor de la pupila había sido reemplazado por un color que les daba una apariencia perturbadora y salvaje, todos iguales, uniformes, de un amarillo intenso, cegador, carente de emociones y de capacidad para expresarlas.
Los humanos prestaban cruel atención al sitio donde ella había aterrizado. Unos cinco permanecían en la desembocadura de las escaleras, y otros tantos rondaban por la galería inspeccionando. No creía que pudieran verla, pero alguna alarma había accionado al llegar allí, aunque aún no atinaba a adivinar cómo era posible, siendo ella sólo un espíritu.
Se escabulló por uno de los accesos, entretanto los tristes seres seguían buscando algo que nunca llegarían a encontrar.
El túnel que estaba recorriendo había sido curiosamente formado con herramientas manuales, deduciendo esto por su composición y diseño. Presentaba diámetros irregulares en varios puntos, y en muchos casos se estrechaba o agrandaba sin ningún aviso. Las paredes eran de la misma piedra rojiza, la cual se veía pulida en algunas partes, como un capricho del trabajador.
Después de varios minutos, por fin desembocó a una cámara más pequeña que la principal, pero de las mismas características. Sin embargo, fue en ese momento en que sintió una presencia descomunal, emanando de las mismas paredes del recinto. Una vibración tan clara que delataba un formidable poder; tan potente que sólo se le ocurrió una palabra para describirlo…
- ¿Un genio..? – su voz sonó demasiado fuerte para su gusto, y se arrepintió de haber hablado en voz alta-
Tan pronto hubo pronunciado esta frase, las paredes rojas cobraron vida. Desde el centro mismo de la sala, radiando de manera uniforme, unas estelas de rabiosos colores se desplegaron en todas direcciones, subiendo por las piedras, haciendo que las paredes se confundieran con un cielo nocturno dominado por la aurora boreal. Todo a su alrededor comenzó a cambiar y a moverse con rapidez vertiginosa. El piso bajo sus pies tembló tan fuerte que pudo escuchar el rugido ensordecedor de las entrañas de la tierra, que se quejaba ante el movimiento. Desorientada trató de ubicar una salida y corrió hacia uno de los tantos túneles dentro de ese conglomerado de cavernas, sin embargo, tan pronto lo estaba alcanzando, ondas de colores naranja bajaron serpenteando por la pared que le daba el acceso y sellaron hasta el suelo la salida con la misma roca rojiza, como si jamás hubiera existido. Marina dudó por un momento, pero recordó su condición incorpórea, y siguió su carrera lanzándose para atravesar la barrera.
Por un momento casi lo logró. Pudo ver el interior de la roca y tuvo la sensación de sentirse comprimida por la fuerza de estar atravesando una dura superficie. Pero luego, unas manos invisibles le tomaron y le expulsaron con furia, frustrando su intento de escape. Le lanzaron sin ninguna contemplación hacia el centro de la cámara rojiza. Mientras caía de unos metros de altura, aguardando un golpe que no llegaría, apretó sus párpados con fuerza.
Al abrirlos, estaba en el piso de la cámara, el cual ahora estaba recubierto de baldosas naranjas brillantes y muy pulidas. El conjunto formaba una enorme espiral de varios tonos rojos, naranjas y terracotas, el cual parecía girar concéntrico hacia un punto específico de la sala. No pudo levantarse, pues los humanos de ojillos amarillos habían aparecido de repente, formando un círculo a su alrededor, mirando hacia el vacío, pero cerrándole el paso ante cualquier movimiento.
- ¡¿Qué es esto?! ¿qué está pasando? ¿Pueden escucharme, pueden verme? –dijo incorporándose solo un poco, apoyando sus rodillas en el suelo-
Una voz grave, pero femenina inundó todo el espacio, y con la misma potencia que había percibido al entrar a esa caverna, le respondió
- No pueden verte, servidora de Abzu. Pero yo sí. ¿Qué hace una criatura como tú en los dominios de Ki? –la voz rugía en vez de hablar, y cada sílaba se pronunciaba más fuerte que la anterior- ¿Acaso Abzu se cansó de su abismo en las profundidades del océano? ¿Qué buscas acá?
- ¡No soy ninguna servidora de nadie! –respondió furiosa. Una vez más trató de levantarse, pero los humanos a su alrededor se juntaron más y más. Ella, asqueada se quedó en su sitio –
- Pasar a través de un cuerpo viviente es una experiencia aterradora, servidora de Abzu. Se filtran pensamientos y sensaciones. ¿Vas a hacerlo?
- ¿Quién eres tú? –gritó con decisión-
- Soy Ki. Soy la diosa Tierra, la salvadora. Los humanos han descendido a mis entrañas para ser purificados y sobrevivir. Dime tu nombre, servidora de Abzu
- Mi nombre es Marina. Dime ahora ¿Quién es Abzu?
La voz calló unos instantes antes de responder. Marina sentía la renuencia de Ki y su desconfianza. Sin embargo, habló de nuevo.
- Abzu es un elemental, como yo. Es el dios de las profundidades y de las mareas. Tu espíritu vibra tal como lo hacen sus súbditos y guerreros. ¿Por qué has escogido esa forma incorpórea para visitarme, esperabas pasar desapercibida? Abzu está muy equivocado si cree que puede enviar a alguien sin que yo lo perciba. –rugió una vez más. La tierra se estremecía cada vez que la voz inundaba la galería-
- ¿Puedo incorporarme? Si vamos a iniciar esta charla me gustaría estar más cómoda. Estos humanos tuyos me causan una verdadera impresión. –dijo torciendo su boca en una mueca de desagrado- Prometo que vengo en paz, y que mi presencia acá no busca ab-so-lu-ta-men-te nada –la guerrera alzó su voz ante esta última palabra-
Silencio. Sin embargo, con una orden invisible, los humanos de piel cobriza y ojos amarillos se retiraron, despareciendo por los túneles sin decir palabra. La galería quedó desierta en pocos segundos.
- Gracias –Dijo arrastrando la voz. Marina se levantó y llevó la mano a su falda una vez más….se acordó a tiempo que no tenía por qué sacudirse; suspiró y tras hacer un gesto de negación ante su propia manía de estar pensando que aún tenía un cuerpo; buscó con su mirada el origen de la voz-
Un torbellino de tierra naranja apareció frente a ella, y Ki se hizo visible dentro de él. Era una mujer de piel cobriza, voluptuosa, de belleza salvaje, con cabello negro recogido sobre los hombros. Dos enormes alas de plumaje castaño salían de su espalda. Las gruesas plumas brillaban con destellos naranjas y ocres cada vez que movía su cuerpo con sensualidad, avanzando hacia la guerrera. Una excepcional, ancha gargantilla trenzada de hilos dorados y verdes decoraba su largo y esbelto cuello. Su vestimenta le hacía recordar las vaporosas y diminutas sedas de Chizeta, pues solo llevaba dos piezas, ambas cubriendo apenas lo necesario. Pero a diferencia de los vivos colores que las princesas lucían, estas eran de colores tierra y granate.
Se detuvo a mirar sus pies y se espantó un poco. Sus piernas terminaba en dos garras de pájaro, con largas uñas de raptor, puntiagudas y de color cetrino, que sin duda habían sido utilizadas para rasgar la carne de sus enemigos.
Ki la estudió con sus ojos cafés oscuros que brillaban de inteligencia. Marina sintió que estaba sondeando sus emociones. Esa "mujer" podría ser igual de poderosa que los genios de Céfiro. Por extraño que pareciera, Ki despedía magia por cada uno de sus poros, y ella podía percibirla. Una magia muy diferente a la que ella una vez tuvo, pero magia al fin y al cabo.
- Te creo –dijo sin detenerse en razones. Su voz era grave y guardaba una remembranza con la que había escuchado, pero para la ocasión era suave y melosa. Marina presentía que Ki podría tener el tono de voz que ella deseara sin esforzarse mucho, dependiendo de la situación- No eres de este mundo. ¿Eres un guerrero de otro elemental? Siento un vestigio de poder en tu interior.
Marina le explicó cómo había llegado allí y de su papel en Céfiro. Ki escuchaba cada palabra, poniendo especial atención cuando se refería a Ceres, y moviendo sus alas cuando sentía que la conversación fluía demasiado despacio para su gusto, pero jamás le interrumpió. Terminado el relato, la diosa se puso alerta, y las garras trazaron unas líneas furiosas sobre la cerámica.
- Alguien más ha entrado –dijo- y no trae buenas intenciones. Uno de ellos es muy fuerte. –Ki se dirigió hacia Marina y plantó sus garras muy cerca de sus fantasmales pies- Si tú traes la desgracia a mi casa, lo pagarás muy caro. Los humanos son mis protegidos.
- Déjame ayudar –Marina le devolvió la mirada fija, a pesar de que los ojos de la diosa refulgían de rabia y odio - deben ser los tres que hicieron que terminara acá en primer lugar-
- ¿Ah Sí? ¿y cómo piensas ayudarme? ¿Quieres que yo te de magia? –preguntó con sorna- Me imagino que es eso, ¿no es así? –las alas se agitaron, queriendo alzar vuelo-
- Yo...-dudó-
Ki rió al tiempo en que flotaba a su derecha.
- Sigue soñando –replicó casi con ternura-
Marina le dedicó una mirada con suficiente fuerza que podría cortar el aire, pero Ki torció los ojos, aun mostrando satisfacción por el comentario. La diosa se elevó unos metros más y desapareció en las alturas.
Justo en ese instante, tres personas ingresaron a la galería. Damien, Oziel e Irina, uno detrás del otro.
- Saludos Marina –inició Damien, haciendo brillar esos ojos azules como dos zafiros al fuego- que pena verte en ese estado tan intermedio.
La guerrera se plantó desafiante. No sabía que se traería entre manos Ki, pero no podría hacerse ilusiones. Si debía enfrentarse a esos tres, lo haría. Pero no sabía cómo.
- Damien. ¿Qué fue lo que les hiciste a mis amigas? ¿Dónde están Lucy y Anaís?
- Deben estar entreteniendo a Mavi-Alev –respondió Irina- sobre todo Lucy.
¿Mavi-Alev? ¿A quién o qué se referían? –Pensó Marina. Le pareció escuchar un leve aleteo encima de su cabeza, iniciado cuando se mencionó aquel extraño nombre-
- Te salvaste la primera vez, pero eres un riesgo. –Damien sonreía al tiempo que hablaba con un tono de pesar en su voz- Tenemos tu cuerpo. Sopesé muchísimo partirte los huesos, como lo hice con tu amiga pelirroja –le miró para ver su expresión de sorpresa, y complacido ante su preocupación, continuó – pero no tendría mucho sentido si no puedo ver el dolor que estoy produciendo. Además, Oziel se puso sentimental con lo de su marca. Por eso Irina hizo lo suyo y estamos acá para terminar el vínculo. Pero no quiero dejar esto a la suerte, y por eso vendrás con nosotros. Cuando pasemos por el mundo intermedio te dejaremos allí. No sabes el dilema moral que me planteas, sobre todo cuando lo único que quiero es observar mientras tu vida se escapa, ¡pero bueno! Hay que darles la oportunidad a los compañeros ¿no?
Oh Lucy, ¿qué te ha hecho este monstruo? Un rio interno se agitó en su interior. Una vez más pensó en su magia, en sus poderes perdidos. Si estuviera en Céfiro…
"¿Quieres venganza?" -La voz de Ki le habló a su conciencia-
"Quiero…solucionar todo esto, que mis amigas no estén sufriendo y protegerme a mí misma. Estoy cansada de no poder hacer nada"
Damien sonrió una vez más, de medio lado. Levantó su brazo derecho al frente, a la altura de los ojos y abrió la mano. Comenzó a mover sus dedos.
- Este poder es nuevo –explicó- lo tomé de un joven hace poco.
"Siente pasión, guerrera, mis poderes vibran diferente, piensa en la guerrera de fuego. Solo así tal vez podrás controlarlo, pero no me haré responsable si algo sale mal" –continuo la diosa-
"¿Me darás magia?"
Marina se sintió impulsada hacia adelante. Damien le controlaba.
"Con Mavi-Alev no se juega". –Replicó con seriedad la mujer alada- "Es peligroso"
Una oleada de tierra cayó encima de Oziel e Irina, quienes quedaron enterrados debajo de ésta ahogando un grito. Damien abrió sus malévolos ojos azules llenos de sorpresa.
- Esto es por Lucy –dijo Marina mientras percibía como el poder inflamaba su espíritu-
Dos torbellinos furiosos salieron de las manos de la guerrera, uno rojizo y el otro azul. Ambos se mezclaron y desplegaron una llamarada violeta que impactó contra Damien enviándolo al otro extremo de la galería, justo cerca del montículo de tierra donde habían quedado sus compañeros. Un golpe sordo provino de aquella formación y el aire se llenó de partículas arenosas. Irina se alzó, junto a Oziel.
Marina temblaba, sus manos se estaba tornando moradas. La energía se estaba apoderando de ella también y si le dejaba avanzar, ella misma explotaría en mil pedazos. Se quemaba por dentro y su piel fantasmal resistía a duras penas.
Tengo que poder,¡tengo que soportarlo!
Oziel tomó a Damien, quien permanecía inconsciente. Irina le dedicó una mirada de advertencia y tras esto, desaparecieron.
Al verlos irse, sus piernas cedieron, acatando el sobre aviso que los temblores le trasmitían.
- Por lo visto, no es fácil manejar los poderes de otro elemental –dijo Ki, apareciendo cerca de ella, florando gracias a pequeños movimientos de sus alas.
- Lo importante es que se han ido –respondió Marina, aguantando, sintiendo que se ahogaba en ese mar violeta- ¿Moriré? –preguntó-
- ¡No lo sé! –rió Ki, ajena a lo que padecía la chica- por eso me causas tanta curiosidad.
Paris escuchó un ruido proveniente del exterior, y la puerta de su camarote abriéndose congelaron el instante justo. Un grupo de guardias entraron y le sujetaron los brazos, haciendo que soltara de inmediato el arma. Uno de ellos, un hombretón grueso, que podría ser igual de alto al espadachín de Céfiro, de espesa barba oscura perfilando su rostro cuadrado, se adelantó caminando con rigidez. Lucía una camisa larga color naranja hasta medio muslo, rematada por un cinturón de cuero curtido, pantalones negros y botas de una sola pieza hasta mitad de la pantorrilla. Miró a Paris, quien se debatía y gritaba órdenes a los otros hombres para que le soltaran de inmediato.
- Por orden del gobierno de Xios, Paris del planeta Céfiro, está detenido. Su juicio se aplazará hasta el momento en que esta nave arribe a su destino
- ¿¡Y de qué se me acusa, si se puede saber!? - el príncipe dejó de lado su compostura real y salió a flote el aventurero del bosque del silencio-
- Traición
Neferti no podía precisar cuántos días habían pasado desde que les apresaron en la nave. Desde ese fatídico día no había tenido comunicación con Latis o con el príncipe.
La celda era muy húmeda y oscura. Creía conocer en dónde se encontraba, pero sólo lo suponía, ya que cuando fue trasladada a esa prisión, le vendaron los ojos además de encadenada.
Sería condenada a muerte. No sólo por lo que había intentado planear. No, no sólo por eso, sino por el pasado, por lo que ocurrió con Akil. ¡Por los dioses! ¿No había tenido la más mínima oportunidad? ¿Desde cuándo habían vigilado sus movimientos?¿Era por eso que el Guru había mostrado tanta desconfianza hacia ella? ¿Hace cuánto Xios les vigilaba en Céfiro?
Las rejas se abrieron y dos carceleros le arrastraron hacia afuera tomándola de los brazos con violencia. No se resistió. Bien sabía que no tenía lugar a dónde ir. Le colocaron una venda y apretaron los grilletes de los pies. Su piel protestó y un hilito de sangre, mojó su tobillo. Las ampollas tras días de contacto con el metal se habían reventado con el movimiento.
El roce de las cadenas hacía que cada paso fuera una tortura, pero no se quejó una sola vez. Sus pies descalzos protestaban, aullaban. Era consiente que lloraba, pero no gritaría o suplicaría. Akil no lo había hecho, y por los dioses que ni ella supo las atrocidades a las que fue sometido durante días. No les daría el gusto.
Tras subir unas escaleras interminables y avanzar un largo trecho, le arrojaron al suelo pateándole sin misericordia y le arrancaron la venda. Tardó en acostumbrarse a la luz, por tenue que fuera, pues la sala sólo estaba iluminada por candelabros de cuatro brazos que rodeaban los estrados.
Se encontraba en una sala de audiencias circular, pero allí no había público, ni jurados. Al frente, el único espacio que estaba ocupado correspondía a las sillas adornadas de tres ancianos, quienes vestidos con largas batas negras, con ribeteados dorados, le observaban sin traslucir una gota de emoción. A simple vista, cualquiera diría que eran hermanos nacidos del mismo vientre, pero no era así. Neferti sabía el origen de cada uno y su apariencia similar era fruto del maquillaje y de los elaborados rituales que seguían.
- Sacerdotisa Suprema Neferti –inició el anciano de la derecha, con las manos cruzadas descansando sobre sus piernas- no nos complace que el indulto que le dimos hace años sea tratado con tal desidia. ¿Conoce su destino?
Neferti como pudo se levantó renqueando, y se plantó de la forma más elegante que pudo, para verles mientras le condenaban
- Muerte –pronunció con orgullo-
Los ancianos rieron y se miraron entre sí, compartiendo algún chiste secreto. Un escalofrío de miedo recorrió la columna de la mujer ante ese comportamiento tan inusual.
- Así es -coincidió el anciano ubicado en el otro extremo- sin embargo, hemos decidido que es necesario que conozcas las consecuencias de tus actos y que reflexiones sobre ello durante largo tiempo.
- Háganla seguir –pronunció con sorna el anciano ubicado entre los otros dos-
Una figura femenina, vestida con una bata roída, que llegaba hasta sus rodillas maceradas apareció por una de las puertas del recinto. Neferti no pudo contenerse.
- ¡Hermana! –gritó ahogando las lágrimas-
- Si, Sacerdotiza. Vuestra hermana de sangre, vuestra hermana menor. La única familia que posee. Esta es la lección.
Las puertas a su espalada se abrieron. Al mismo tiempo los guardias, que no se habían apartado de su lado, le sujetaron. Neferti pudo observar cómo era arrastrado el príncipe Paris hacia donde ella se encontraba, y ahí entendió.
- NO! NO! Por favor! –sollozó- mátenme a mí, que yo sea el sacrificio, pero POR FAVOR! No! Piedad! Piedad!
Los ancianos hicieron caso omiso, y se dirigieron al Cefiriano. Los gritos de Neferti inundaban la sala. Los guardias le golpearon en el vientre para hacerle callar. Se dobló sobre sí misma, enredándose con las cadenas. Los guardias le alzaron y la condujeron al mismo costado donde estaban sentados los ancianos. La hermana de Neferti, una chica pelirroja que aparentaba unos 17 años quedó al frente del príncipe. Aún la sostenían dos hombres. Temblaba de arriba abajo.
- Los traidores deben exterminarse, son una especie maldita que se volverá en contra de ellos mismos. Usted se encargará de comenzar a erradicarlos. Deberá matar a esta mujer.
- Hagan lo que quieran, pero yo no mataré a nadie –Paris apretó los dientes-
- ¿Ni siquiera por compasión? –le interrumpió el anciano de la derecha- ¡Guardias!
Uno de los guardias tomó una daga que llevaba al cinto y sin ningún miramiento la clavó en la espalda de la chica, a la altura del hombro. El aullido de la chica tuvo varios tonos, cuando el guardia retiró sin delicadeza el arma de la carne y procedió a hundirla una vez más y otra más.
El primer instinto de Paris fue abalanzarse sobre los guardias, pero no pudo hacerlo. Los guardias que tenía a lado y lado no se lo permitieron, ni las cadenas que llevaba en manos y pies. Con horror extremo veía una puñalada tras otra, hasta que por fin se detuvo el macabro ejemplo que los ancianos deseaban darle. Ni aun así dejaron descansar a la hermana de la sacerdotisa, que estaba a punto de desmayarse. Le dieron una pócima que le dejó alerta ante su propio dolor y agonía. Un charco rojo se formaba bajo los pies de la joven, a quien mantenían de pie.
Al frente, Neferti estaba arrodillada, llorando y gritando. A cada nuevo grito, los guardias le pateaban para que callase.
- A pesar del daño causado, tardará bastante en morir. –explicó uno de los ancianos- Mientras tanto podemos hacer que experimente otras incomodidades. La pócima le dará fuerzas suficientes para combatirlo y retardar esto tanto como se desee. ¿Seguimos con la demostración?
París calló. No se había dado cuenta que estaba llorando hasta que el sabor salado llegó hasta sus labios.
Un alboroto les puso sobre aviso. Una de las puertas fue derribada tras un estallido luminoso. Los ancianos se pusieron en pie y gritaron órdenes. El brillo plateado de un arma irrumpió en el salón como una tormenta. Los guardias rompieron su formación y se precipitaron para detener al intruso, pero este ya estaba liberando al príncipe, rompiendo de un tajo sus cadenas. En un solo movimiento, Paris se apoderó de una de las espadas de uno de los guardias y cargó contra ellos, con la adrenalina dándole fuerza, recordando vivamente el salvajismo presenciado.
Neferti se arrastró fuera del alcance de sus captores y de la pelea para socorrer a su hermana, que había quedado tirada en el suelo. A su alrededor escuchaba el choque de las espadas y las órdenes que impartían los ancianos, quienes se habían replegado detrás de sus sillas, buscando la forma de salir del recinto. Las puertas se abrieron, y los ancianos se refugiaron tras de ellas. Neferti seguía su camino doloroso, lento, hasta que sus ropas quedaron manchadas con la sangre de su hermana, y pudo tomarla entre sus brazos.
El grito de dolor de la sacerdotisa al ver el estado de la chica impactó a los Cefirianos, quienes aceleraron su ataque, golpeando con furia a sus enemigos, los cuales cayeron inconscientes al suelo. Llegaron al lado de Neferti, quien acunaba en su regazo su hermana, llorando.
- Hermana…-susurró la joven con ojos vidriosos-
- Shh, no hables. Te sacaré de acá y estarás bien, lo prometo, te curaré, te curaré –Neferti le hablaba acaricíandole el cabello, mientras se enloquecía tratando de revisar las copiosas heridas
- Es tarde. No podrás curarme. No antes de que caiga en el sueño de los demonios.
- No lo digas ¡no te atrevas! –dijo derramando lágrimas furiosas-
- Por favor hermana. El dolor es demasiado, y la pócima no me deja descansar, por favor…
- No puedo, yo no puedo, no me pidas eso…
- Quiero que acabe…
Neferti abrazó a su hermana por última vez. Le estrechó queriendo inyectarle su propia vida. Sus manos buscaron la maldita arma con que el anciano había logrado su sacrificio. Una mano le detuvo suavemente.
Era Paris. No necesitó decirle nada. El también lloraba. Neferti negó con su cabeza, pero el príncipe le dio un tierno beso en la frente y tomó la daga, la cual pesaba una tonelada.
Ascot abrió sus ojos y se encontró con una hermosa rubia que le miró con satisfacción. La pregunta que Freya hizo tan pronto vio que poseía la conciencia necesaria para procesarla le dejó atónito.
- Me cuentan que estás enamorado de una de las guerreras mágicas. ¿Qué estarías dispuesto a hacer para recuperarla?
- Cualquier cosa –respondió sin dilación-
- Si es así, hemos perdido mucho tiempo. Es hora que te levantes de esa cama y nos pongamos a trabajar.
