Erase una vez una historia que no se actualizaba en muuucho tiempo...
Sé que han pasado meses desde la última vez que vieron una actualización. Aún tengo esperanzas que sigan leyendo, pero como también soy lectora, también sé que ya no se acuerdan de nada jajajaja.
Antes de comenzar con un recuento necesario, quiero agradecer a todos aquellos que dejaron un review o un PM. Bien saben que el corazón late más a prisa cuando llega un mail de esos con sus palabras.
Bermone (gracias por tu compañia, Gracias por seguir allí, afortunadamente este capítulo se puede leer mientras se almuerza) Rakelluvre (Gracias! Que lo digas tu, vale mucho) etzel47 (lo prometido es deuda, hay que acabar las historias. Espero saques tiempo entre las nuevas ocupaciones para seguir leyendo) El Grinder (ya he dicho lo honrada que me siento al recibir un review de semejante calidad, y lo repito, gracias por tu tiempo y tus letras. Cruzo los dedos para que sigas leyendo hasta el final) Ascella Star (como siempre, tu lees mentes. No voy a decir exactamente que, pero atinaste a la idea. Tus reviews, como siempre, son muy importantes en este proceso. Gracias sis) Lucy (Gracias por tu review, me sacó una sonrisa un día que realmente lo necesitaba. Y si, el compromiso es que tenga un final) Okamiaka (Definitivamente la presión sirve. El mundo real consume y te hace olvidar de las cosas importantes. Muchas gracias por tus mensajes, y por atizar a esta perezosa)
Ok OK! Breve recuento.
En palabras tiernas, Noelle ahora es un bicho atrapado entre los mundos, sediento de carne y sangre, mientras Mavi-Alev, liberado del Nifelheim, utiliza el cuerpo de la doctora como vehículo para llevar a cabo sus planes de destrucción y venganza. Lucy y Akil, por recomendación de la diosa Ki, quien aún habita al interior del cuerpo de la guerrera de fuego, van al Nifelheim para extraer sangre del bicho y regresan al mundo del kâhin donde un moribundo Latis espera su suerte tras el espantoso mordisco propinado por el dios de la llama azul.
Marina y Anaís aparecieron en Céfiro nuevamente, cuerpo y espíritus reunidos, gracias al experimiento realizado por Ascot y Freya. Esta última fue capturada por Xios, y luego liberada por Autozam tras ser torturada. El paradero de Ascot aún es desconocido.
Las dos guerreras mágicas se encuentran con un Céfiro en plena lucha con Xios, y un sitio realizado por uno de los contingentes terrestres que el planeta invasor estaba realizando a un grueso importante de la resistencia Cerifiana, el cual estaba siendo detenido por Guruclef.
La guerrera del viento no se ecuentra del todo bien, sus pantorrillas tienen un tono ceniciento y una enfermedad que la debilita gracias al encuentro en que Mavi-Alev cercenó sus pies en el Nifelheim. A pesar de esto, ambas se lanzan a la lucha para proteger Céfiro, y después de atacar el campamento Xiosano que tantos problemas estaba causando a la resistencia, se ven acorraladas por una de las enormes naves del enemigo.
Mientras tanto, en el lejano Xios, se preparan para enviar a Céfiro su arma más letal, al tiempo que con impotencia observan al dios canibal arrazar con lo que encuentra a su paso.
Capítulo 26. EL SONIDO DE LA GUERRA
All my life, one page at a time
I'll show you my, my true colors
No I won't apologize for the fire in my eyes
Let me show you my, my true colors, it ain't no rainbow
True Colors - Zedd
Marina alcanzó a gritar antes que la gigantesca nave encima de sus cabezas comenzara a brillar como una enorme tea.
- ANAÍS! – la voz reflejó una angustia en crescendo mientras un arcoíris de dorados evaporaba la atmósfera, cerniéndose sobre ellas-
Marina respondió con magia a la lluvia de rayos que comenzó a caerles encima. Era como ver una super nova en erupción. Asustada, volteó a ver a Anaís, quien sumaba su poder para contrarrestar la furia de Xios con un destello verdoso que brotaba de sus manos.
- ¿Alguna idea de por qué Xios está atacando Céfiro? – la guerrera del agua giró hacia su amiga, en medio de la confrontación-
- Akil mencionó que Xios tenía un trato con Mavi-Alev, pero no sabía que atacar Céfiro estuviera dentro de esos planes.
- ¿Crees que esté conectado?
- No lo sé. Pero si Xios es enemigo de Céfiro, ¿cómo llegaron Paris y Neferti al mundo donde estaba Akil? Tienen que haber usado los makinessi de Xios, no hay otra opción.
- ¡Cuidado!
Marina alertó a Anaís de un nuevo rayo, completamente escarlata que le pasó rozando el hombro derecho sin abrirle la piel gracias a la advertencia.
- ¿No te hirió? – miró a la rubia, que conservaba una palidez extraña desde que llegaron a Céfiro-
Anaís negó enfáticamente. Desde arriba, la nave emitió un tremor fantasmagórico. Ambas levantaron la vista.
- ¿Crees que Lucy esté bien? – mencionó la rubia-
- Más le vale. Tiene que reunirse con nosotras. No es justo que estemos haciendo su trabajo mientras ella descansa en Tokio –Marina sonrió con ironía-
La nave finalmente soltó el ataque esperado mediante un bramido sordo, que les hizo vibrar los huesos. Una nueva ola tornasol, pero sin duda de mayor intensidad. Las dos se alinearon, acercándose, creando una barrera. Las dos guerreras palparon la arremetida, retrocediendo en el aire. Sus brazos se tensaban por el esfuerzo, los dedos temblaban. Mientras su piel ardía tenuemente al entrar en contacto con esas ondas incandescentes, el aire a su alrededor se vició volviéndose pesado como el mercurio.
Marina volteó a ver a su compañera. Debían ponerse de acuerdo con alguna estrategia, pero Anaís seguía mirando hacia el horizonte. Más allá de los raquíticos bosques, las praderas desnudas y las dispersas edificaciones. La guerrera del agua siguió su mirada, y encontró lo que Anaís estaba observando.
Una punzada le recorrió completa.
Una nave más pequeña, completamente dorada, con un emblema felino nacarado en la proa, estaba suspendida sobre el océano. No había lugar a dudas. Aquella flota de Xios iba a descender, descender al templo. ¡¿Qué estaba buscando Xios en el templo de Ceres?! ¿Atacarlo? ¿Y si conseguían atacar los templos, qué ocurriría con los genios?
- ¿Ceres? – interrogó, mientras trataba de no perder la concentración, mientras luchaba por respirar en ese ambiente viciado que retiraba de su alrededor el oxígeno del aire puro de Céfiro-
Pero no fue Ceres quien respondió, lo que la llenó de inquietud
- Protejan los templos –fueron las palabras de Windom. Secas, casi hostiles-
Marina percibió que se movía sin ella estar consiente. Perdió equilibrio y su cuerpo se volteó, comandado por alguien más. Se enojó, y su magia perdió efectividad. ¿Por qué Ceres le estaba haciendo esto? ¡No podía irse! ¡No podía! Si se iba Anaís no resistiría sola el embate.
- ¡NO! ¡¿CERES?! ¡DETENTE! ¡DETENTE! ¡NO! ¡NO PODEMOS ABANDONARLOS!
Su garganta se quejaba. Poco aire quedaba para poder soltar su disgusto. El calor irradiado por los rayos multicolores seguía aumentando, avivado por la retirada del genio azul. El mundo se movió a una velocidad incomprensible. No hubo tiempo para lanzar maldiciones, ni resistirse. Y sobre todo, no hubo tiempo para despedirse.
Marina se alejaba, veloz, directamente hacia la gran masa de agua. Anaís le volteó a ver brevemente, sin sonreír. Sabía que estaba en juego algo mucho más grande que ellas, que su propia amistad, y por eso, no derramó una sola lágrima ante su destino.
El cielo estaba tiñéndose de fuego. Un atardecer rojo. Artego, comandante del bloque Nor-este, respiraba agitadamente.
Agradecía que hubiera terminado. El sonido de la guerra era un eco que no lograba alejar de sus oídos. Aún escuchaba en su mente, evaporándose, el choque del hierro, el cabalgar de las bestias, las ruedas girando contra el suelo, triturando la grava.
Pero el atroz sonido de su arma, atravesando la carne de los desgraciados que se habían cruzado en su camino, ese maldito sonido, permanecía inalterable, negándose a abandonarlo. Cada pequeña variación al abrirse paso por los órganos, al chocar con algún hueso estaba allí, tal como si lo repitiera una y otra vez en la realidad.
Asqueado profundamente, se retiró detrás de la tienda para ocultar esas nauseas que le perseguían siempre después de un combate. Respiró varias veces, y trató de componerse. Sus hombres no le seguirían al siguiente infierno terrenal si perdía la calma superficial que por obligación debía proyectar.
Sin dilación, regresó para proyectar una sombra más en el antes tranquilo claro donde habían planeado enfrentarse con las fuerzas de Xios. Caminó mirando el suelo. Lo último que quería añadir a esos sonidos que deseaba olvidar, era cómo su pie aplastaba algún cadáver, o pedazo…
Artego era un hombre de pocas palabras. Y para acrecentar su ya acostumbrado modus operandi, el deambular por aquel campo de alaridos lo había dejado completamente mudo. Su mente trabajaba ya en el siguiente movimiento. Poseía una enorme capacidad para adivinar la estrategia enemiga y eso le había salvado la vida suya y de sus subordinados en varias ocasiones. Ahora debía considerar muy bien cómo responder ante las tropas Xiosanas que parecían desplazarse hacia las fortalezas de los genios de Céfiro.
- ¡Señor! –gritó uno de los líderes de tropa, a su derecha-
El comandante Cefiriano seguía pendiente del suelo a pesar del llamado de urgencia. Mantendría la lista de sonidos al mínimo necesario.
- ¡Xios se ha replegado en el bosque del silencio, Señor! La caballería no ha podido seguirles a través de los árboles.
- Dudo que puedan salir de allí con vida- sentenció Artego, esquivando por poco algo que parecía una mano. Afianzando su pie sobre el piso, reflexionó nuevamente. No podía fiarse de nada. Era mejor asegurar esa victoria- Envíen unos exploradores, rodeando el extremo norte del bosque. Yo hablaré con Presea.
El soldado hizo una leve reverencia, llevándose el puño cerrado al pecho y regresó por donde había llegado para hacer cumplir las órdenes de su superior.
Con su mirada repasó analíticamente aquel sembradío de sangre que había dejado el choque de los dos ejércitos, esta vez con la mente del comandante que era. Necesitaba los últimos datos para confirmar las formaciones que había cambiado Xios en la mitad de la batalla. Habían sido horas inciertas, pero finalmente se habían impuesto a la infantería contraria. En el campo habían demasiados cuerpos, afortunadamente la mayoría eran enemigos. Muchos de ellos muchachos que no habían alcanzado a aprender lo suficiente de la vida como para blandir esas espadas curvas distintivas de los combatientes a pie del ejército invasor.
El instinto le llamaba acerca de un asunto particular. ¿Por qué no se habían encontrado en esta lucha con ninguna sacerdotisa o alguno de los guerreros élite que usaban lanzas mágicas? Había sido una lucha igualada, pues ese contingente tampoco se acompañaba de los temibles Hekau montados en sus carros blindados con magia, tirados por un semental negro, increíblemente rápidos y fieros como su conductor, quien en apariencia no necesitaba controlar el avance del vehículo de guerra y se enfocaba en lanzar flechas cargadas con explosivos potentes que podían horadar la tierra en un abrir y cerrar de ojos, llevándose por delante a quien se interpusiera en su camino. Artego había perdido muchos hombres tratando de derribar Hekau.
Pero en esta batalla no había ni un Hekau, ni ningún guerrero élite. Debido a eso, aquella victoria estaba hecha con sangre Cefiriana común, sin la intervención de magos, ni de ningún personaje sobresaliente. Y había sido sencillo...relativamente. ¿Acaso habían caído en alguna trampa?
Cuando por fin llegó a su tienda de campaña, ya había oscurecido. Afuera por fin menguaban los gemidos. Habrían llegado los enviados que el Guru le había prometido. Ellos les darían una muerte pacífica a los caídos y se encargarían de los heridos. Ya no sanaban a los Xiosanos que sobrevivían. El aprendizaje había sido muy duro, si, muy duro.
Se sirvió un poco de agua. Se estremecía al pensar todo lo que había cambiado la vida en Céfiro, y con ello, cómo sus propios ideales, sus límites, habían sufrido una transformación radical con esa guerra.
Guruclef le había nombrado comandante de las fuerzas del Norte. Recordaba ese día aciago con claridad.
Caminaba receloso por esos largos y curvos pasillos del palacio. Durante "la gran oscuridad", que era como se referían los habitantes al periodo entre el viejo y el nuevo sistema, su familia y conciudadanos se escondieron en las cuevas aledañas, sufriendo un inexorable aislamiento, así que nunca había pisado ese castillo de altas torres de cristal. Artego era un guerrero puro; un hombre sin habilidades mágicas que por alguna razón desconocida ahora era requerido por la persona más poderosa del planeta, a falta de un pilar: El Guru llamado Clef.
No le gustaban esos magos y hechiceros. Y en vista de la inminente la entrevista con ese personaje, no dejaba de sentirse receloso. ¿Qué en nombre de todos los dioses podría querer ese Guru con él? ¿Luego él no era el maestro más poderoso de los mágicos, y líder del concejo de ese mundo?
En Céfiro existía una gran variedad de personas con habilidades fantásticas, pero la mayoría de sus habitantes eran hombres y mujeres normales. Los que nacían con esa "chispa", los mágicos, eran inmediatamente separados del resto, para ser educados de forma privilegiada, mientras que ellos, el resto, debían conformarse con las escuelas promedio.
Nunca un espadachín renombrado había ido a impartir cátedra en una escuela que no fuera para aquellos que eran elegidos. Artego creía que eso, desde el comienzo, era una forma de discriminación. Una forma de segmentar para que cierta élite tuviera mayor control. Por eso, cuando era pequeño, esa sensación de hastío e injusticia le había empujado a colarse en una de esas escuelas de mágicos. Agazapado entre los árboles había visto entrenar a los mejores. Estudiaba los movimientos, la técnica, y al no poder escuchar lo que decían los maestros, se concentraba en lo que hacían los estudiantes. Su suerte finalmente se acabó al ser descubierto después de dos meses de observaciones: Un chico de cabello negro, algo torpe con la espada, alertó a su instructor al ver que las manzanas desparecían sin caer al piso del árbol más cercano. El maestro lo descubrió, y lo sacó de allí a trompicones. Sin embargo, cuando iniciaba su penoso regreso, percibió que alguien estaba detrás de él. Al voltearse, vio al hermano menor del niño que lo había delatado, mirándolo con toda la curiosidad posible de sus ojos violeta. Tendría unos dos años menos que él, redondeando los 7. Era la versión más joven del chico de cabello negro, pero Artego había visto sus movimientos. Nada torpe había en ese pequeño. El y la espada de madera, la que usaban para entrenamiento, eran uno solo.
- ¿Por qué robas las manzanas? – preguntó el chico, con genuino interés. En su voz no había sombra de recriminación-
- No entré a tu escuela por eso. Es sólo que… me da hambre mientras estoy allí- confesó incómodo-
- Entonces ¿a qué entraste?
- Me gusta luchar. Y ustedes los mágicos tienen los mejores maestros – respondió de forma sucinta, con un dejo de desprecio-
El chico calló. Artego supuso que su comentario había hecho mella y se giró para regresar a casa.
- Espera acá – el chico volteó rápidamente y se adentró en la escuela-
Artego hizo lo que le había pedido. Cuando ya estaba preguntándose si no estaba cayendo en algún tipo de broma, el niño regresó corriendo con algo aferrado a su pecho. Sin decirle una palabra, se lo entregó. Artego no alcanzó a preguntarle para qué diablos querría el un libro viejo cuando el niño ya se había perdido en las sombras alargadas de la tarde.
Nunca lo había vuelto a ver. Pero gracias a la generosidad de ese chico se había hecho propietario del mejor libro de combate que había sobre la faz de Céfiro, del que seguramente había muy pocos ejemplares. Y gracias a ese libro, y por supuesto, a un asombrado maestro de artes de guerra con el cual Artego compartió su nuevo regalo en la escuela a la cual asistía, Artego se había convertido en el mejor espadachín y mejor combatiente de su pequeña ciudad al sur-este de Céfiro.
Ahora, años después del desastre de la princesa Esmeralda, y del decreto de las Guerreras mágicas, GuruClef le mandaba llamar de forma expresa, a través del alcaide de su ciudad, para presentarse en el castillo.
Al entrar en la enorme sala circular, Artego no pudo dejar de admirar la grandeza de la arquitectura. Pero el efecto pasó rápido, al escuchar la voz del Guru, quien se levantaba del asiento que se ubicaba al fondo de la estancia.
- ¿Eres Artego? – su voz poseía un tono autoritario, siempre presente en aquellos mágicos, acostumbrados a su grandeza-
- Así es. ¿A qué debo el honor que el Guru de Céfiro haya solicitado mi presencia en este palacio?
El Guru hizo algo realmente extraño para alguien investido con tal autoridad. Se dirigió directamente a él, con un semblante muy serio. Al quedar a solo unos pasos de distancia, Artego notó que ese mago no era tan imponente. En realidad era de estatura baja, y la seriedad en sus facciones no se debían a la arrogancia, sino a la genuina preocupación.
- Me han dicho que eres un gran combatiente y un gran maestro. Dicen que en una lucha igualitaria, podrías enfrentarte sin problemas al comandante Ráfaga.
- Dudo que mis habilidades lleguen a ese extremo, Señor.
Artego conocía la fama de Ráfaga, pero jamás había tenido la ocasión de verlo en acción. ¿Quién le habría dado un informe al Guru acerca de su destreza? Más aún, compararlo con el mismo comandante Ráfaga, era una osadía que estaba seguro nadie de su ciudad cometería. ¿Entonces quién? ¿Acaso lo habían estado vigilando?
- Céfiro necesita guerreros como tú, Artego. Líderes y excelentes combatientes que puedan traspasar sus conocimientos.
- Céfiro está en paz. Y también tiene a sus mágicos para defenderlo – no pudo evitar la nota agria al mencionar aquella palabra, que le hacía irradiar lo que ocultaba en público-
- Los mágicos, como tú nos llamas, no seremos suficientes para lo que puede avecinarse.
- ¿A qué se refiere? – su frente curtida se contrajo. ¿Algo ocurría de nuevo con el sistema instaurado por la guerrera mágica? -
El techo del salón cambió de repente. El no disimuló su sorpresa, y sus ojos se agrandaron al ver aquella maravilla. En esa enorme proyección, se veían las estrellas, y…algo en el fondo, lejano.
- ¿Qué es eso? –indicó señalando lo que le había llamado la atención-
El mago sonrió ligeramente. Por su expresión Artego había dado en el quid de la cuestión.
- Eso, es un grupo de naves, detenidas. O diría camufladas. Están suficientemente lejos, pero su curso sugiere que podrían llegar hasta Céfiro.
- ¿Naves enemigas? ¿De dónde provienen?
- ¿Conoces nuestra amistad con Fahren, Artego?- Guruclef continuó al ver el asentimiento del guerrero- ellos fueron los que nos alertaron de este emplazamiento, pues las naves se ubican más cerca a ese planeta que al nuestro. Hace dos días recibimos en el palacio a una embajada del planeta Xios. Parecen personas de bien, con intenciones de ayudarnos. Dicen que pueden restablecer el núcleo mismo de Autozam y así no sería necesaria la evacuación de su población. Sin embargo, estos días he sentido presencias extrañas en el castillo, y luego la misma princesa Aska nos ha enviado un mensaje donde nos describe naves doradas ocultas en la órbita de un satélite cercano a Fahrem. Presiento que algo grave va a ocurrir.
- Una invasión. –Artego había leído algo de historia militar en la biblioteca de su ciudad. Xios era un planeta peligroso. El Guru inclinó su cabeza, confirmando su teoría-
- Necesitamos prepararnos. Todos. He investigado acerca de las invasiones del pasado de Xios. No se limitarán al espacio exterior.
- Pero – inició Artego, con el estómago revuelto, pensando en lo que el Guru iba a pedirle- usted no está seguro de que Xios nos atacará.
- No. No lo estoy. Es más, creo que estoy exagerando. – El Guru cerró los ojos al hablar- No percibí ninguna maldad en las sacerdotisas de Xios, ni en su comitiva. Ellas son sinceras en su discurso. Sin embargo, hay un grupo de naves allí, esperando quien sabe qué. Esos son los hechos, no intuiciones.
Estaba cambiando su opinión respecto al Guru. Al frente suyo estaba un hombre realista que buscaba el bienestar de su planeta, no de unos pocos privilegiados. Sin embargo, no podría confiarse demasiado. Los mágicos que él conocía siempre buscaban algo a cambio.
- Necesito recursos –dijo Artego, asumiendo la responsabilidad de esa solicitud que el Guru no había pronunciado directamente-
- Los tendrá – aseguró Guruclef, mirándole enigmáticamente. Era como si no pudiera creer que una persona como él hubiera entendido el verdadero objetivo de la reunión-
A partir de allí, Artego había sido nombrado reclutador. Viajó por todo Céfiro en busca de los mejores espadachines, luchadores e incluso personas con ciertas habilidades no tan vistosas militarmente hablando: cocineros, médicos –casi todos ellos mágicos- jinetes y jugadores de tiro al blanco en las cantinas. Los mágicos los envió con la bailarina Caldina y el comandante Ráfaga. Los demás, eran asunto suyo. Esas personas tan selectas no tenían idea de cómo se movía el verdadero Céfiro. El Céfiro de las aldeas, el de los campesinos, el Céfiro de las posadas, el Céfiro de miles de habitantes comunes. No verían lo que él. Por eso se esforzó en cada detalle, en cada posible problema para alguien que no tuviera acceso a la magia. Se esforzó en la supervivencia bajo condiciones desiguales.
Fue una tarea ardua. Convocó a todos los maestros de arte de guerra que impartían clases en las distintas aldeas y les repartió copias (Hechas gracias a un latoso animal blanco de grandes orejas que no paraba de saltar) del libro que aún atesoraba como su bien más preciado. Ellos se encargarían de trasmitir no solo la técnica, sino la disciplina que necesitarían las tropas. Personalmente seleccionó a los reclutadores locales, quienes debían ser los mejores guerreros de cada ciudad, y supervisó los entrenamientos.
Visitó las armerías de cada localidad. Al ver su deplorable estado solicitó ayuda al palacio. Sus combatientes necesitaban armas. Buenas armas. Y protección. Presea a veces le acompañaba, en su cargo de primera armera, supervisando los talleres donde se fabricaban las espadas, los arcos, incluso las armaduras. Muchas de estas piezas fueron modificadas con magia, para hacerlas más resistentes, al igual que el metal de las lanzas y de las espadas fue enriquecido con conjuros y aleaciones compuestas de materiales que Artego jamás había visto.
Pero un ejército no se hacía en meses. Y menos un ejército efectivo. Había notables mejoras, pero Artego temía el día que realmente pusieran a prueba ese experimento, pues esa iniciativa no era más que eso: un experimento que podría salir muy mal.
Por eso, cuando le citaron en la cámara municipal de un pueblo remoto, al nor-occidente, donde estaba repasando los avances del reclutador local, un frio intenso le recorrió la columna. Mantuvo a raya el enorme miedo que le atacaba por oleadas al escuchar el anuncio de Guruclef. La palabra guerra estaba disfrazada en formas más digeribles como "ultimátum", "naves de reconocimiento" y "entrega incondicional", pero de cualquier forma, todo significaba lo mismo.
Se tragó sus altibajos, y miró fijamente hacia el cristal pentagonal que se mantenía flotando, en medio de la mesa de madera caoba alrededor de la cual él, el alcaide y el mago local se habían sentado a escuchar las noticias del palacio. El artefacto mágico mostraba la imagen de un Guruclef atribulado, algo distinto al mago que había encomendado a Artego la formación del primer ejercito de Céfiro. Supuso que aquel líder estaba llevando una carga muy pesada sobre sus hombros. Seguramente era así.
Se preparó para verbalizar aquello que lo carcomía desde que había iniciado todo el proceso. Un terror profundo, del que nadie se había atrevido a hablar, por su mismo significado.
- ¿El planeta se destruirá, una vez comience la guerra?
Todos callaron. Lo miraron con cara de sorpresa. Artego se preguntó si tal vez no había sido lo suficientemente claro, y por eso, añadió casi de inmediato:
- Todos velamos por el bienestar de Céfiro. Cada ciudadano que ama este planeta aporta de su propia fuerza de voluntad para mantenerlo funcionando. ¿Qué pasará cuando el miedo, la violencia y la muerte se ciernan sobre esas personas? ¿Sobre nosotros? ¿podemos mantener en pie a Céfiro y luchar en contra de nuestros enemigos?
Guruclef suspiró. Parecía ligeramente sorprendido. Pero también lo observaba con respeto. El mago había notado la mescla de incredulidad y de un desdén que rayaba en un desprecio contenido en la pregunta del guerrero. Sabía que debía tener cuidado en la elección de sus palabras, o Artego no confiaría más en él. Y Guruclef lo necesitaba. Vaya que sí.
- Artego tiene razón. –Guruclef hizo una pausa, lo que a los presentes les resultó un tanto insoportable- Es por eso que debemos salvaguardar a cierta población. Y debemos hacerlo ahora mismo.
"Cierta Población"
- ¿Qué "población" es esa? – Artego pudo ver la creciente incomodidad de su interlocutor-
- Las personas que posean una enorme fuerza de voluntad
- Imagino que entre ellos se cuenta la mayoría de los mágicos, por definición. ¿Espera que todos los mágicos se escondan en una cueva a rezar por Céfiro mientras el ejército de personas normales le hacemos frente a Xios? – al terminar la oración, Artego se dio cuenta que había levantado la voz considerablemente-
Nadie dijo nada. Ese era un pulso que debía decidirse únicamente entre el Guru y el Guerrero.
- No Artego. No es eso lo que espero. – dijo Guruclef, sin quitarle la mirada-
De nuevo el silencio. El alcaide sudaba. El reclutador de esa zona miraba a su comandante, sin poder creer que se estuviera enfrentando al máximo líder de Céfiro. Los otros, presentes a través de magia desde diferentes ubicaciones del planeta, escuchaban atentos, frunciendo el ceño. Presea miraba a Guruclef, Caldina sonreía ligeramente. Ráfaga clavaba sus ojos en el guerrero.
- Los mágicos, como tú nos llamas, estaremos con ustedes, en la batalla. Pero algunos de ellos deberán cuidar de los demás. Sabía que esto no te agradaría, pero pensé que sería porque perderías a algunos buenos elementos, como el reclutador que se sienta a tu derecha. No por sentimientos viciados ante una desigualdad que nadie ha tratado de acentuar. Deberías saber Artego, que no todas las personas que poseen gran fuerza de voluntad son capaces de utilizar magia. Pensé que lo sabrías. Especialmente tu, que en tu estilo de combate de nutres de esa misma fuerza.
Esta vez fue turno del guerrero de callar. Artego no podía negar ni afirmar aquella aseveración. ¿Que podía ver Guruclef que para el estaba vedado? Los colores subieron a su cara y se quedaron allí por largo rato. Incluso luego de concluida la reunión. Ese día había aprendido mucho, tanto de los secretos de su propia técnica, como de los "mágicos".
Y eso, después de tantos días de batallas y de sangre, era lo que lo mantenía en pie.
- COMANDANTE ARTEGO! ¡Señor!
El grito de su suboficial lo devolvió al presente. Atrás se diluyeron los recuerdos. Sus manos manchadas de rojo lo situaron en el crudo atardecer, rodeado de los envases sin alma pálidos que jamás encontrarían el camino a su lejano hogar. Al fondo, vio el reflejo de la magia verdosa de los enviados del Guru, sanando a los heridos en combate.
- Nos ha llegado un mensaje del asentamiento de Windam
Artego pasó saliva. Eso no podía ser nada bueno.
- ¡Llaman refuerzos de manera inmediata Señor! Una nave les ha sobrevolado en numerosas ocasiones, y al parecer hay movimiento de tropas en la base de la montaña.
- ¿Han visto los árboles blancos?
Artego se disculpó con Guruclef después de aquella intervención y se dispuso a escuchar el plan que el mago había diseñado
- No vamos a concentrar a estas personas en un solo punto. Xios atacará el palacio de manera casi que inmediata, a pesar que es el lugar más seguro para mantener a los que orarán por Céfiro no podemos dejarlos allí. Los repartiremos en varios puntos, y creo que lo templos de los genios pueden ser un buen escondite
- Pero se supone que nadie más que las guerreras mágicas pueden ingresar a los templos –se atrevió a decir el alcaide-
- Así es. La población estará afuera de las puertas de la cámara principal de cada templo. Los genios sólo son conocidos por quienes saben acerca de la leyenda de las niñas del mundo místico. Ningún extranjero conoce su ubicación. Incluso para algunos Cefirianos es desconocida. Vamos a aprovechar eso
- ¿Y no podrían rastrearlo? – Artego dudaba si Guruclef se dignaría a contestarle, después de su discusión-
- Deberían contar con magia muy poderosa para hacerlo. Si la tienen, de por sí, estaremos en problemas.
- ¡No has respondido mi pregunta soldado! ¡No tenemos tiempo para esto! ¿HAN VISTO O NO árboles blancos?
- ¡Si señor! Al menos hay tres árboles plantados sobre la montaña
Artego lanzó una maldición
- ¡Partimos de inmediato! ¡Reúne a los soldados! Pregunta a los mágicos si tienen algún transporte que nos pueda ayudar.
- Pero señor, los hombres están exhaustos…y los exploradores no han vuelto con noticias de los Xiosanos que huyeron hacia el bosque. Podrían tendernos una emboscada.
- Necesitamos ojos que nos cuiden. Contacta a Primavera.
- Pe..pero. Esos seres no se han involucrado en toda la guerra, Señor
- Tendrán que hacerlo. Si Xios entra al templo de Windom será el principio del fin para todos.
Lucy observó la gota brillante, de color ambarino caer sobre la boca abierta de Latis, proveniente del frasco que habían llevado al Nifelheim con el propósito específica de obtener esa sustancia.
Ki había dicho que en ese líquido podía esconderse un antídoto para el ponzoñoso ataque que el Cefiriano había recibido.
Quizás tuviera razón. El mismo Mavi-Alev utilizaba el poder de su fénix, que podía regenerar heridas mortales, o de lo contrario jamás hubiera podido permanecer en el cuerpo humano de la doctora. La sangre llena de esa mescla vital que Noelle lograba impulsar a través de su cuerpo era la clave de la propia existencia del dios fuera del Nifelheim; más nada garantizaba que con eso fuera suficiente para curar a Latis. Quizás esa magia era solo de Noelle para Noelle.
Ki le hablaba en su cabeza. No. Le ordenaba que debían regresar ir a su mundo lo más pronto posible.
Lucy tenía moretones por toda la piel. Y todas sus articulaciones dolían. Su cuerpo, contenedor de la energía de Ki, solicitaba un descanso ante la bomba atómica que llevaba por dentro.
Pero no se iría. No sin saber si aquella jugada había surtido efecto.
Se concentró en seguir la respiración del espadachín. Le tomó de la mano. Desde hacían muchas horas le había dejado de importar la consigna de "mantener la distancia". Ni siquiera había tenido tiempo para pensar en ello. Ahora todo el asunto se sentía lejano. Lo único que realmente importaba era que el sobreviviera.
Firmemente sujetó la palma entre las dos manos, uniéndolas en un rezo. Se asombró ante la excesiva temperatura que despedían esos dedos ahora entrelazados con los suyos. Había esperado que estuvieran helados, pues toda la piel se veía cetrina, demasiado azul. Quizás las llamas opalinas del dios le estuvieran consumiendo por dentro. Tal vez aquel color fuera el reflejo de esa incandescencia.
Repasó las líneas moradas, que serpenteaban desde muchos orígenes; palpitaban de forma regular debajo del translúcido que ahora era su piel. La frente, perlada por el sudor, se llenaba de arrugas por momentos, trasmitiendo incomodidad, dolor. Los ojos que permanecían abiertos se rodeaban de círculos amarillentos y se concentraban en un sector definido del techo de la habitación, sin ver nada; al menos nada en el plano de la realidad. La pupila casi había desparecido, esparciendo un violeta vacío en su mirada.
De improviso, un brillo dorado cruzó por lo que quedaba de sus pupilas. El miedo le recorrió la columna al notar que la respiración, antes siempre agitada, cesaba completamente por lapsos pequeños.
Llamó a Akil en voz alta, sin atreverse a soltar esa mano de fuego, que contraía los dedos involuntariamente. El pecho subía y bajaba impulsado por un motor dañado, un motor que estaba dándose por vencido ante el veneno que no le era posible purificar, y que en cambio, con cada sístole, seguía bombeando por cada cavidad, cerrando un ciclo maligno.
- No mueras –rogó-
Su súplica poco importaba. Las venas enrojecieron y la temperatura aumentó. Los labios cuarteados se cerraron con un chasquido que le recordó el sonido de la cáscara de las nueces vencidas. Un hilito de sangre escapó por la comisura. El líquido intensamente escarlata caía hasta la mesa. La vida se escapaba navegando por ese delgado rio. La esperanza goteó lentamente hasta formar un charco.
Algo le sujetaba los brazos. Una onda cuya frecuencia era sorpresivamente baja le atravesó el cuerpo, y le liberó de sus ataduras. Dentro de sí, la diosa rio. El cuerpo de Latis vibraba, se retorcía de forma espeluznante. Los ojos seguían fijos, cada vez más prominentes, a punto de saltar de sus órbitas hacia el cielo, hacia la emancipación de ese organismo envenenado, ansiosos por mirarla desde las alturas y confirmarle sangrientamente que nada había servido, que la sentencia del dios era definitiva, que el dios de la oscuridad era invencible.
AHHHHHGGGGGGHHH!
No era el único grito. A su alrededor, la sinfonía del sufrimiento se desataba con toda la belleza oscura que el fin del mundo, (del universo) podía traer. Freya se llevó las manos a los oídos, con los tímpanos a punto de reventar. Deseaba cerrar los ojos y no ver más, pero sus párpados estaban cosidos a la piel. No podía cerrarlos. Si seguía tratando, terminaría arrancándoselos.
AGGGRRRGHH!
Todo estallaba a su alrededor: rocas, edificios, árboles, animales. Estallaban después de deformarse, de llenarse de una energía asesina que ejercía una presión insoportable desde su mismo centro, desde cada órgano, desde cada partícula.
El aire se llenaba de polvo azul. En eso se convertía todo. El agua de los ríos era extraída, la tierra misma se convertía en esquirlas de zafiros.
AGGGGGGH!
Las personas. Las personas también explotaban. Sus caras se hinchaban antes de completarse el proceso. Los ojos se abrían descomunalmente, como si no pudieran creerlo, como si procesar su final fuera tan doloroso como la misma resistencia física de sus millones de células ante el fenómeno que provocaba su muerte. Todos morían. Nadie escapaba.
Y las esquirlas azules, llenas de esa mezcla de vida recién cortada, de fresca ruina, de rozagante aniquilamiento, alimentaban a esa boca azul chispeante, insaciable.
Freya ingresó al puente de la nave NSX con la bilis en la boca. La visión de la noche anterior aún estaba grabada en sus pupilas. Más que un sueño había sido una proyección. Acontecimientos que llegaban desde muy lejos, para reflejarse en su mente. Era pronto para moverse con facilidad, por lo que le habían proporcionado una silla flotante para que se desplazara libremente. Igualmente le habían dado ropa, pues su vestimenta era prácticamente inservible al momento de ser rescatada.
Sin más interludios, se dirigió al hombre que la esperaba allí, de pie, con la mirada clavada. Debía decirlo para que no hubiera pizca de dudas.
- No tengo palabras para agradecerle, comandante. – su voz salía ronca, desacostumbrada-
Freya trató de bajar de su silla, torpemente, para hacer una reverencia apropiada. Geo se apresuró a sostenerla en brazos. El contacto los dejó a ambos con la respiración entrecortada y el corazón dando tumbos irregulares. Freya olvidó por un segundo su aterradora noche y se concentró en el ahora.
Zaz los miró con picardía. No era secreto que Geo había quedado prendado de la sacerdotisa desde que contactaron a Neferti hacía largo tiempo. Se alegró de haber salvado a Freya de su terrible destino, no solo por ella, sino porque habría tenido que lidiar con un quejoso comandante por el resto de la vida.
Geo se las arregló para que Freya pudiera sentarse de nuevo. Tenía las mejillas coloradas al regresar a su puesto. El autozamita trató de alivianar el momento incómodo enfocándose en los acontecimientos que se desarrollaban en Céfiro
- No hemos podido destruir la nave donde te tenían prisionera. La dañamos seriamente, pero luego llegó otra flota de naves doradas. No sabemos cómo, pero la nave comenzó a repararse…por sí misma. Faltó poco para que la misión fuera un fracaso. ¿Sabes qué extraña magia puede hacer que una nave haga algo así?
Freya hizo que su silla flotante alcanzara una posición más adelantada, y fijó su vista en las pantallas del puente principal. Allí se veían al menos unas 5 naves de tamaño considerable aproximándose a la órbita de Céfiro. Se sumarían a otras más pequeñas que mantenían sus posiciones, rodeando el planeta.
- No estamos a la vista – dijo Zaz al ver el ceño fruncido de Freya al observar todas esas naves- Por ahora no pueden detectarnos.
Freya volteó para verlo. Negaba con la cabeza.
- No es eso lo que me preocupa. Hay algo extraño en todo esto. Tengo un presentimiento funesto. ¿Saben algo de Ascot?
- Creíamos que había sido capturado. Él fue quien se enfrentó a las tropas cuando atacaron el castillo. Pero luego, una extraña criatura nos ayudó a romper el casco de la nave donde estabas apresada. Es probable que Ascot no esté bajo el control de Xios. Pero desconocemos su paradero.
- ¿Y la criatura?¿ Qué pasó con ella?
- Desapareció
La rubia suspiró. Los Autozamitas se miraron entre si
- Creo que Xios ha muerto- sentenció, dejando colgar esas palabras en el aire, con todo su significado-
- ¿A qué te refieres? – Geo se acercó a la sacerdotisa, para ponerse justo a su lado.-
- Si Neferti estuviera aquí…ella estaría segura. Siempre tuvo más poder que yo. Aun así, el vacío es demasiado fuerte para pasarlo desapercibido. El vínculo está roto. Creo que Xios se ha convertido en un desierto. No hay vida alguna sobre su faz.
- ¿Qué?- esta vez fue el chico quien se adelantó-
- Esto no es una simple conquista. Xios viene a quedarse, porque ya no existe un lugar a donde puedan regresar. Y por eso han traído a la legión het denken. Por eso la nave se ha "curado" sola. Sólo ellos poseen tal poder.
- ¿Qué clase de personas conforman tal legión? –Geo se sentía intranquilo. La desesperanza plantaba una pequeña semilla en sus pensamientos. Con Autozam a punto de destruirse y el único refugio posible lleno de tropas enemigas, las posibilidades de sus coterraneos disminuían a cada palabra-
- Kâhin. Muchos Kâhin.
Si no hacía algo, se sofocaría en poco tiempo. El oxígeno se consumía rápidamente. Sus dedos se curvaban sobre sí mismos
- No podremos detenerlos, ¿verdad? – Anaís sentía que su magia estaba a punto de ser inutilizada por completo-
- Recobra la esperanza, guerrera mágica. Recuerda donde estás.- le respondió Windam-
La guerrera del viento, mientras sostenía ambos brazos extendidos, agotados y temblorosos, bloquenado los haces de luz que despedía la descomunal nave, se centró en esa última frase. Estaba en Céfiro.
Estaba en Céfiro, finalmente, cuerpo y espíritu unidos. Después de tanto tiempo, y tantos obstáculos. Debía volver a ver a Paris, quien debería estar muy preocupado por ella, sin saber de su paradero. Debía volver a ver Marina, a Lucy y a sus amigos.
Sus músculos extenuados se tensaron un poco más. Pero la magia no respondía el llamado de su corazón. El enemigo era poderoso y no sería así de fácil.
- El dios caníbal te quitó las piernas, pero eso no quiere decir que nos ha derrotado. Aún somos la tempestad, aún somos el hálito de vida que corre a través de las venas de todo ser vivo de este planeta, somos viento, cambiante, invisible e infinito. Somos los gobernantes de los cielos, estamos en nuestro reino. – Windam hablaba con pasión. Y a cada palabra pronunciada, Anaís sentía que el elemental estaba reuniendo una fuerza vedada. Estaba llamando un poder central, un poder que había estado escondido hasta ese día. La rubia se dio cuenta que Windam hasta ahora sólo había magnificado el poder del que era poseedora como guerrera mágica de Céfiro.Y ahora eso iba a cambiar.
Su corazón retumbó, trabajando al máximo. Lo escuchaba en sus tímpanos, al ritmo de un tambor aborigen. Una energía salvaje se apoderó de su corriente sanguíneo. La metáfora del genio se volvió realidad, y pudo jurar que por sus venas se colaba el aliento de una existencia superior. Una brisa opulenta que inyectaba oxígeno a su cuerpo.
Sus manos dejaron de temblar. Sus brazos ya no necesitaban el mismo denuedo. Sus ropas comenzaron a ondear gracias al viento. Cerró los ojos. Un frío primitivo se deslizó y se deshizo del miedo a su paso. Los sentía fluir a través de su piel: El viento sanador, el viento audaz, el viento destructor, todos ellos pugnaban por ser llamados a sus manos, por volverse visibles. Susurraban canciones antiguas, sin voz, canciones de poder.
Al abrir los ojos, el cielo de Céfiro había cambiado. Oscuro y tormentoso, se vislumbraba temible. El presagio de una tormenta que ella había conjurado. Enormes torbellinos nacidos de las montañas emergían para proteger a su maestro.
Suspendida sobre Céfiro, alzó los brazos, sin importar que los rayos se le vinieran encima; e invocó una magia compleja, que debía ser liviana, rápida, pero implacable. Anaís, la elegida de Windam, descubrió la magia de los vientos, la magia que daba nombre a ese planeta y la usó como nunca lo había hecho.
- ¡No necesitamos refuerzos! – Caldina tenía un semblante serio que pocas veces mostraba, pero que salía a relucir en las situaciones de vida o muerte- Mis hombres y yo podremos detenerlos hasta que Artego pueda alcanzar la fortaleza de Windam. ¡Allá si los necesitan! ¡Deben proteger a aquellos que mantienen Céfiro funcionando!
El mago suspiró. Caldina tenía razón, pero debían pasar a la ofensiva. No podían seguir defendiéndose o les arrasarían. Tras la corta entrevista con Marina y Anaís, Guruclef volvía a tomar control como comandante general de los Cefirianos, después de que ellas permitieron que las tropas se desplazaran después de haber sido sitiados durante largos días.
Poco había podido explicarles a las guerreras mágicas acerca del conflicto, y él no había obtenido información acerca de su ausencia. Debían sentirse luchando a ciegas. Y más que nada en el mundo, no quería que eso sucediera de nuevo. Además, odiaba dejarlas solas, luchando por ellos una vez más, arriesgando sus vidas por una causa desconocida.
Cada día que pasaba, Guruclef sospechaba que en la declaración de guerra de Xios había mucho más que recuperar los makinessi, o un deseo simple de conquista. La sospecha se confirmó cuando Artego le informó que según sus observaciones, las tropas contrarias se dirigían a los templos.
Aún sobre la grupa del caballo blanco ataviado con ornamentos azules, y sin detener el paso, Guruclef comunicó a través de la enorme gema flotante que le seguía en su avance su decisión inapelable
- No Caldina. No enviaré refuerzos al templo de Windam. Tú los aceptarás y avanzarás con esas tropas para cortar el avance de los Hekai. Atacaremos los Hekai - enfatizó-
- Hasta el momento no hemos descubierto una manera efectiva de derribar esos carros ¿Te das cuenta que enviaremos a muchas personas a la muerte?
- Confía en mí...
El mago se interrumpió. El ambiente había cambiado. El viento…¿Anaís?
- ¿Qué es eso? – Caldina, en el otro extremo de Céfiro, miraba también hacia el cielo-
Y así como había comenzado, paró.
Un silencio premonitorio se abatió, denso como la niebla, inundando la habitación.
Lucy ahora apretaba con fuerza su mano. No podía distinguir si era ella quien temblaba o aún él era preso de pequeños espasmos.
La sangre seguía cayendo
No…respira
No está muerto, niña –dijo Ki con sorna, sin un ápice de empatía- pero si no regresamos a mi mundo, tu cuerpo no resistirá utilizar ningún tipo de magia por algún tiempo y te aseguro, que lo vas a necesitar.
Como si le hubiera escuchado; como si antepusiera el bienestar de ella sobre el propio, la mano respondió al apretón, y los ojos violetas se posaron en los suyos.
Neferti miró hacia las luces titilantes que la rodeaban. Parecían miles de luciérnagas, con sus pequeñas existencias iridiscentes. Su resplandor le reconfortaba, mientras las percibía saltando en el vacío, como danzarines mimados, rozándole con su energía vibrante. Era como vivir en medio de los fuegos artificiales cuchicheantes de un festival inmortal.
Pensó en su destino, y no lo maldijo. De todos los escenarios posibles, éste era benévolo al menos. Allá en el mundo que aún llamaba "real" no tenía nadie quien llorara por ella. Fundirse en esa lluvia de estrellas no sería un final alegre, pero sería épico.
Sabía que no volvería a ser humana. Las luces eran parte de un ciclo natural, y en su plan no estaba devolver energía hacia la fuente. Debían seguir el proceso, y el proceso la diluiría hasta que de ella no quedara nada.
Y no era que estuviera en medio de alguna maldad implacable, o prisionera de un ser calculador y egoísta que no deseaba perder su nuevo juguete. Simplemente era parte de algo más grande y perfecto, tan puro, que el bien o el mal no eran la discusión. Era equilibrio, vida.
Dudaba que en Xios conocieran la verdad acerca de los makinessi. Cuando le maldijeron, prohibiéndole tocar o utilizar el artefacto, en realidad habían hecho un intercambio con las entidades que se encargarían de devolver su existencia, o más bien su energía, hacia los universos.
Estaba dentro del makinessi.
No, no dentro de UN makinessi
Dentro de todos los makinessi y de todos los que servían a los makinessi.
Y desde allí lo veía todo.
Sabía que Mavi-Alev había salido de su encierro, y que podía viajar a través de los mundos gracias al Makinessi que Latis había perdido; el mismo que el chico desconocido había recogido (incluso gritó cuando sintió el increíble flujo de furia y dolor que emanaba Matt) llevándolo directamente hacia el dios, y hacia la perdición de todos los que una vez había conocido. Las luces habían estado curiosamente silenciosas desde ese entonces.
Sabía que Akil estaba vivo, ya que sintió su presencia cuando Akil se enfrentó a Paris gracias al makinessi que el príncipe había encontrado para viajar al mundo donde finalmente se encontraron con el kâhin. Dentro de ese tejido cósmico que formaban los makinessi, ella regaló una lágrima solitaria, la cual no pudo definir con ningún sentimiento exacto tras estar confirmar que Akil conservaba su vida. ¿Felicidad o profunda pérdida? ¿Odio o amor?. Esa hija salada de sus ojos se elevó en el espacio sin gravedad, esa gota de su pasado, llena de todo lo que había significado su vida como Neferti, quedó suspendida por largo tiempo, hasta que una de las entidades luminosas la absorbió, sin dejar rastro alguno.
Así se despidió de Akil. Así cerraba el episodio que le había llevado a ese preciso lugar. Al final moriría sin ningún interrogante en su mente, y eso…era…paz.
Sabía por qué Xios había invadido Céfiro.
Sabía que ése había sido el propósito mucho antes que ella robara los makinessi, dándoles una excusa supuestamente válida para acelerar la guerra que desde el comienzo buscaban.
Y sobre todo….sabía lo que estaba a punto de ocurrir.
Quizás su muerte no sería del todo pacífica.
Tal vez tendría una despedida
El enfermero estaba completando su ronda. Tras una larga noche podría irse a descansar a su hogar. Faltaba poco para recibir al turno de las seis de la mañana.
Pasó al frente de la Sra Harris, una mujer de unos cincuenta y tantos que había llegado allí hacía ya más de una década. El llevaba 6 años como enfermero y jamás le había visto moverse, tan siquiera hacer una seña. Sentada en su silla de ruedas, miraba siempre al infinito. A pesar de ello, tenía cierto talante sabio, algo escondido en sus ojos que guardaba sabiduría.
Se acercó para revisar que todo estuviese en orden. Sin saber de dónde, algo le decía que había algo diferente en ella. Al pensarlo, cayó en cuenta. Alguien la había movido hacia una mesa, y encima de ella había varios papeles y lápices de colores. Era extraño.
- Buenos días señ…
El saludo se le atragantó de súbito, dejando un silbido en el aire.
Su mano ¿se había movido?
El hombre estaba tan pendiente de las extremidades de la Sra Harris que no se percató del nombre escrito, con perfecta caligrafía, sobre la hoja
"NEFERTI"
