Saludos!

increíblemente una actualización sigue a la otra con no tanta diferencia. (cómo pasa de rápido un mes y medio!)

Como aún la temporada de Game Of Thrones está algo lejos, hay que aprovechar y escribir todo lo posible jejeje

Los agradecimientos como siempre! Bermone (Una de las mejoras cosas es leer el primero de enero un review. siente uno que va a empezar bien el año! Muchas gracias por tu apoyo, siempre esperando en primera fila tus comentarios) Nambelle (La experta en tragedias griegas es otra! En este chap habrá mucho más de Latis de lo acostumbrado, así que espero que te guste, y para reponder a tus interrogantes, este cap tal vez ayude, muchas gracias por tu compañia) Rakelluvre (jajajaa me reí mucho con auquello de Luz y el colapso mental. Gracias por leer!) LucyKailu (me alegra que tengas usuario así puedo responderte, gracias por tu apoyo, espero que te agrade este cap algo melosito) etzel47 (Parece que mi especialización en suspenso la he sacado gracias a ciertas herencias, gracias por leer y por tu apoyo) ascella star ("la mitad de ellos están mas bien medio muertos y la otra mitad no sabe que hacen ahií"! creo que has hecho el perfecto summary de este fic tan loco! jajaja. Confio en que conforme esto tienda hacia el final las interrogantes se vayan disipando. Y también creo que encontrarás un nombre que tal vez te dejará una pista)

Super resumen! Anaís ha descubierto el poder del dios del viento y lo usará contra Xios. Marina se lanza a la persecución de una nave Xiosana que aparentemente busca el templo del mar. Conocemos a Artego,comandante Cefiriano del norte, quien ha estado al frente de la estrategia militar para frenar el ataque de Xios. Freya quien se encuentra en la NSX con Geo y Zaz les revela que Xios ha sido devastado por Mavi-Alev. Después de ser mordido por el dios de la llama azul, Latis se recupera en el mundo donde se encuentra Akil, Paris y Lucy. Reaparece Neferti, quien se rodea de extrañas luces, y adquiere conocimiento sobre la batalla que se está librando. Finalmente, la madre de Noelle, la señora Harris parece conocer más secretos de los pensados.

A todos gracias por leer! Por favor déjemne saber qué les va pareciendo la historia.


CAPÍTULO 27. FIREWORKS

I wish I'd known how much you loved me
I wish I cared enough to know
I'm sorry every song's about you
The torture of small talk with someone you used to love
It was the fourth of July
You and I were, you and I were fire, fire, fireworks

Fourth of July - Fall out boy

Lucy le sostenía la mano.

Ahora que ambos sostenían la mirada, concentrados en las pupilas del otro, el calor de esos dedos entrelazados le daba paz.

Era una calidez indescriptible, que su piel absorbía como una droga. Y cuánto había deseado ese bálsamo. Necesitaba sanar. Necesitaba de ella. Gracias a esa sedosa incandescencia, el dolor remitía y el eco del sufrimiento se escuchaba lejos e impersonal.

No podía quitarle los ojos de encima.

Era una imposibilidad física. Un misterio. Sus pupilas susurraban magia.

Lucy estaba a su lado y el contacto seguía misteriosamente, sin interrupciones, sin afanes, sin asomo que ella decidiera darlo por terminado. Tan acostumbrado estaba a que esos instantes de felicidad le fueran negados sistemáticamente, que apretó con suavidad los dedos, para no dejarle ir, o al menos para darle a entender lo que realmente deseaba.

Lucy le sostenía la mano. Y sólo existían ella y el. Lejos de esas miradas, los relojes seguían su escandalosa marcha, pero aquí, entre los dos, los guardianes del tiempo enmudecían.

Su rostro estaba muy cerca. Podía percibir su respiración. Podía escuchar los latidos de sus corazones sincronizarse. Toda ella le hablaba en silencio. Deseaba creer que finalmente podían continuar con lo que ese día de la despedida, entre el amanecer de Céfiro a una nueva era, habían dejado pendiente, luego de pronunciar lo que en el fondo sabían que era verdad, la única verdad.

Era hora de dejar todas las interrogantes atrás, desechar la idea que ella pudiera estar mejor sin él, bloquear los pensamientos que habían rondado en su cabeza después de ver la reacción de Lucy tras encontrarlo en el mundo místico.

Porque no podía ser. No cuando lo miraba de esa forma.

Quería aislarlo todo y vivir ese instante, que tanto había buscado, que tantas veces había anhelado en Céfiro, en sus viajes, en las tardes de estudio con Neferti cuando trataban de descifrar qué destino debían poner en la brújula, en aquella noche en que sintió su presencia en los corredores del castillo, en el desierto de Xios, en las muchas noches que pasó solo en el mundo místico, en el hospital, en la huída, en la cabaña de Damien… Un reencuentro donde el nombre de Mavi-Alev fuera desconocido. Un momento en que no importara si la guerra se los llevara galopando hacia la destrucción definitiva.

Lucy le sostenía la mano. Lo miraba atravesando su alma, abriéndose paso a través del pasado, con ese don que solo ella podía tener.

Y él sonrió.

Más ningún hechizo duraba para siempre, y el mundo se estrelló contra ellos de una forma simple, incluso taimada.

Porque él quería decir su nombre

Pero no podía

Movió ligeramente su cabeza, confundido. No pudo evitar transmitir su desesperación.

Ella se había dado cuenta. Sus labios se habían movido.

- ¿Latis? – dijo Lucy, asustada ante aquella expresión- ¿Latis?

Lucy soltó su contacto. La burbuja invisible que ambos habían creado a su alrededor explotó arrojándolos en la habitación, indefensos a sus propios demonios.

- ¿¡qué ocurre!? ¿Latis? ¿Qu…?- se interrumpió- ¿Aún te duele?

Lo que dolía era no poder decirle nada. Dos palabras era todo lo que necesitaba. Trató de nuevo, pero sintió como si una garra se cerrara alrededor de su garganta.

- Lucy – dijo Akil sentado en el suelo- cálmate. Ha funcionado.

- ¿Qué ocurrió? –la pelirroja se volvió hacia el kâhin- ¿Por qué estas allí?

- Me llamaste con un alarido, pero al llegar a la habitación y tratarte de apartar, te encargaste que no te pudiera tocar. Imagino que Ki se divirtió.

- ¿Yo hice eso?

El hombre se levantó y llegó hasta ellos. Latis se movió lentamente, para incorporarse. La habitación se movía como si fuera la proa de un barco. Logró sentarse. Lucy le miraba con preocupación. El espadachín interrogó con la mirada al sujeto de piel cobriza que los había sacado del mundo místico.

- Bienvenido de nuevo. Soy Akil, originario de Xios.-dijo con un asentimiento-

Latis abrió los ojos con sorpresa. ¡Akil!

- Veo que mi nombre no le es desconocido – afirmó, evaluando al espadachín- Estoy seguro que se repondrá muy pronto -Akil miró a Lucy-. Debes darle algo de tiempo. Pronto recuperará la fuerza. El veneno irá perdiendo su efecto. Ki no mentía.

- No he tenido tiempo de darte las gracias – inició Lucy- La diosa me ha contado quien eres, y Paris también.

Latis frunció el ceño, pidiendo explicaciones. ¿El príncipe?

- Si. Así es – Akil miró directamente a Latis, y por su cara pasó un gesto de odio- Paris de Céfiro está acá. Y trajo a Neferti, a pesar de saber lo que eso le haría.

El espadachín no ocultó su preocupación, y sostuvo la mirada de Akil.

Neferti


Lucy se quedó atrás unos pasos. Akil iba adelante, y Latis, andando con dificultad, le seguía.

Ki estaba desesperada. Lo notaba. Quería tomar control, y sin duda lo haría en poco tiempo, pues ella misma estaba extenuada. Tener a esa diosa esculcando su mente, revolviéndola, gritando frases en idiomas desconocidos era una prueba a su voluntad. Pero ella necesitaba seguir a esos dos hombres antes de continuar con cualquier cosa.

Se adentraron en la habitación que había observado con recelo hacía pocas horas. Esa habitación blanca con ventanales azulados, donde la luz del día se reflejaba en cada esquina.

Al verla encima del tendido azabache de la cama, le pareció un ser traído de un reino fantástico. Neferti había cambiado notablemente desde aquella vez que le había visto conversando con Latis. Sus manos descansaban a lado y lado de su cuerpo. Un vestido azul celeste y vaporoso se movía apenas gracias al viento que ingresaba por la ventana. Su rostro, lo más hermoso, circundado por ese cabello plateado, que se ondulaba a su alrededor, cayendo como espuma de agua sobre las sábanas.

Latis se acercó al lecho y se sentó a su lado. Akil lo miraba detenidamente, siguiendo sus reacciones. Lucy tampoco podía dejar de observar su rostro. De la nuca le bajó un escalofrío, que bajó directamente hacia su corazón, helándolo.

Recordó la noche en que los vió juntos por primera vez. La forma en que Latis la miraba en esa ocasión. Las vendas que el tiempo había puesto sobre los pedazos de su resquebrajada alma se rompieron. Dolía de nuevo. Y cómo dolía.

- Los ancianos diseñaron un artilugio.- explicó Akil, con voz grave- No podían dejar que ella me siguiera. La necesitaban bajo su control. Antes que me arrojaran al Nifelheim, uno de ellos lo dijo. Si Neferti utilizaba los makinessi, moriría.

¿Akil y Neferti eran familia? Lucy trató de buscar rasgos similares en ambos, pero luego, Latis depositó su mano en el antebrazo de Neferti, y eso le hizo perder la concentración. Era un contacto muy íntimo. Su espadachín cerró los ojos, mientras parecía perderse en ese roce. Latis estaba sufriendo por la situación de Neferti. Sufría por ella.

El cuadro era demasiado perfecto. Neferti demasiado hermosa. ¿Cómo competir contra esa ninfa silenciosa, vulnerable? Latis era un amante que lloraba su pérdida. Un amante trágico, un Romeo que esperaba a que Julieta abriera los ojos, triunfante ante la muerte.

Hacia unos minutos lo había olvidado todo, perdida en la inmensidad de sus ojos violetas. ¿Pero ahora?

Ki repicó una vez más. Pronto no podría hacer nada si ella decidía tomar el control.

Eso le recordó que la respuesta estaba allí. Existían cosas mucho más urgentes. Ella debía estar a la altura de las circunstancias.

¿Se estaba preguntando por el ahora? Ahora debía ser fuerte. Ahora debía ayudarlo a él a recuperar a Neferti. Latis le había ayudado a encontrar a Marina y Anaís, y había lidiado junto a ella el infinito problema en que estaba envuelta. Incluso había salido herido en el proceso.

Era su responsabilidad deshacer el daño que había causado.

Pero aún no sabía cómo lograr ese cometido sin morir de pena, sin gritarle ¡Escógeme a mí!

Era un ser terrible. ¿Por qué pensaba esas cosas? ¿Cómo podía robar amor, de esa forma tan rastrera y miserable? ¿Cómo sería capaz de mirarlo a los ojos sin confesar esos egoístas pensamientos? No quería ver conmiseración en su rostro. No quería ponerlo en esa situación. No quería incomodarlo, ni herirlo. No. No quería. No podía.

Apretó los ojos para no llorar y cruzó la puerta despacio, envuelta en un agotamiento superior al que una vez hubiera sentido, bordeado por una tristeza ambigua, un vacío que cada vez se hacía más hondo. Sus emociones habían explotado demasiadas veces en las últimas horas, y se estaba dando por vencida.

Latis alcanzó a ver que Lucy salía de la habitación. Su rostro delataba algo extraño. ¿Acaso esa diosa extraña estaba haciéndola sufrir? Se levantó para ir tras ella. Le tomó más tiempo de lo normal. Aún el suelo se combaba bajo su peso, efecto de la desintoxicación; los músculos no terminaban de acomodarse en el interior de su mejilla y le dolía cada articulación al moverla. Justo cuando lograba avanzar, Akil le cortó el paso.

- Necesito saber. Sólo necesito un sí o un no– Akil tenía los ojos oscurecidos. Su semblante entreveía cierto desprecio- ¿Por qué Neferti activó la brújula? ¿Usted fue quien la convenció de ello?- hizo una pausa. La voz del kâhin articuló el veneno que había maleado su cerebro desde que vió a Latis al lado de Neferti en sus visiones, en medio de la batalla con Mavi-Alev- ¿Ustedes dos…?-formuló de nuevo, pasando saliva, y tomando aire- ¿Son más que amigos?

La revelación surcó la mente del espadachín. Aquella expresión de Lucy. ¡Aquella expresión!

Akil esperaba una respuesta. Latis se limitó a negar categóricamente y salió detrás de la pelirroja.


La compuerta se cerró tras de ellos. Un largo pasaje bordeaba la enorme circunferencia de la nave Xiosana y comunicaba todas sus secciones. Esa particular zona, alejada del puente principal, estaba desierta. Era un excelente sitio para discutir secretos.

Los dos hombres siguieron su trayecto. Parecían hermanos. La misma cabeza calva, las mismas ropas. Pero un observador atento detallaría que el color de ojos, las facciones y el color de piel eran similares, pero, sin lugar a dudas, no procedían del mismo origen.

Los llamaban ancianos, mas no todos lo eran. Sus ropas y modo de caminar sólo los hacía parecer mayores. Era una ensayada pantomima que todos los que aspiraran a ese cargo debían perfeccionar. Lo cierto era que algunos podrían ser adultos en la mitad de su vida.

Ese era el caso de uno de ellos: Nassor, quien se mantenía a la derecha.

La tradición dictaba que los ancianos, aquellos que gobernaban Xios, debían parecer una sola unidad ante el pueblo. Para ello, sus sirvientes gastaban horas quitándoles rasgos distintivos: Un lunar, una mancha, una cicatriz. Aquellas imperfecciones que podrían diferenciarlos del resto eran quemadas o manipuladas a punta de maquillaje. Y entre más años pareciera que tuvieran encima de sus cabezas, mejor. Incluso podían recurrir a algunos tónicos para arrugar la piel alrededor de los ojos. Las arrugas eran un sinónimo de liderazgo, de poder. Aunque normalmente también eran sinónimos de cuan despiadados podían llegar a ser.

Ambos caminaban con la mirada altiva, sondeando los alrededores. El pasaje era bordeado por esculturas negras de mediana altura, con representaciones de guerreros con cabeza de halcón. Los guerreros guardaban la misma postura, con los brazos cruzados en el pecho y los ojos índigo mirando hacia el frente. Más arriba, el techo de mosaicos áureos se expandía por metros y metros, rebosado de figuras geométricas bronceadas que despedían una luz parpadeante.

- Construida hace 300 años, pero conserva su majestuosidad ¿no lo cree? – dijo el anciano de la izquierda, quien le costaba mantener el paso. El viejo no tenía nada que simular. Llevaba 10 años en el gobierno y las preocupaciones (y crueldad) lograban lo que cualquier tónico apenas soñaría-

Nassor lo miró astutamente. En Xios ninguna conversación comenzaba por azar. El viejo debía estar tramando algo. Al contrario de su interlocutor, él caminaba muy erguido.

- Es una nave digna de Xios, digna de un legado grandioso, de siglos de conquistas.

- Temo por nuestra patria. En estos tiempos inciertos. –mencionó tristemente el viejo, como si fuera completamente al azar-

Ahí estaba. Otro que le interrogaba furtivamente sobre aquella invasión. Si este viejo dudaba, podría poner en su contra a todos los miembros del concejo. Tenía suficiente poder para ello.

Los suecos marrones resonaban sobre el piso de acero de la estrecha galería, pero sus voces se disipaban haciendo su conversación ininteligible para cualquiera que se acercara. Barriendo el suelo con sus largas túnicas blancas, ambos cuchicheaban. En cualquier esquina podrían ocultarse espías simpatizantes a uno o al otro. Nassor recordó que debía proceder con cautela. Cada palabra podía ser la última que pronunciara.

- Las cinco ciudades fueron barridas hasta sus cimientos, pero la capital sigue en pie, al igual que la brújula. – continuó el anciano-

- No destruirá el planeta. Necesita la brújula sobre todas las cosas si desea seguir viajando. – Nassor había llegado a esa rápida conclusión tan pronto como le informaron que Mavi-Alev había aparecido en Xios-

- ¿Realmente la necesita? ¿Está seguro? Tiene los dos makinessi. ¿No se suponía que íbamos a negociar con ellos? ¿No se suponía que nosotros íbamos a escoger los mundos que conquistaríamos?

Si, se suponía.

Nassor era el primogénito de su familia. Vivió una infancia rodeada de lujos. Nunca había faltado pan en su mesa. Es más, era probable que el pan fuera el menjurje más despreciado cuando se colocaba al lado de los exóticos manjares que su padre se gloriaba de brindar.

Pero con la riqueza siempre venía esa hambre de más. Su padre y el padre de su padre habían acumulado una cantidad de oro suficiente para que 3 generaciones vivieran sin inconvenientes. ¿Cuál era el legado que dejaría Nassor?

Veinte años habían pasado desde esa memorable noche de invierno, cuando era un joven intrépido de 17 años. Esa helada velada, encontró a un sirviente acurrucado en la penumbra, cuando regresaba hacia sus habitaciones. El hombre, de tez curtida, tenía la mirada vacía; congelada en una expresión de terror. La curiosidad pudo más que el orgullo y Nassor se arrodilló para satisfacer su intriga.

Corría el rumor que ese criado tenía algunos atributos especiales. Si no fuera un esclavo, quizás habría podido ser kâhin, dignidad que sólo pertenecía a los hombres libres de Xios.

El joven Nassor quedó petrificado cuando ese enjuto hombre se movió como una marioneta, y con esos ojos, cuya pupila se había dilatado a tal punto que parecían completamente negros, se dirigió a él, con una sonrisa macabra deformando el rostro cuarteado, expuesto exageradamente al sol del pasado verano.

- Eso que tanto te preocupa Nassor. Yo podría resolverlo –siseó con voz inhumana-

Quiso incorporarse y huir de allí. Pero el espanto lo había clavado al piso. Se quedó como un estúpido, petrificado, mirando cómo la lengua de su interlocutor se enredaba en la garganta como una serpiente de cascabel. Cualquier otro ser humano hubiera perecido allí, ahogado en su propia saliva, pero la voz salió sin problemas, como si fuera la misma oscuridad de la noche la cual penetrara en sus oídos.

- Te ofrezco la conquista. De todos los universos. Xios volverá a ser el absoluto gobernante, como lo fue hace muchos ayeres. ¿No es ese el legado indiscutible que tu familia debería darle a este planeta? La antigua gloria de Xios, rejuvencida.

- ¿Qui…?-alcanzó a articular-

- Un kâhin ya ha encontrado la antigua brújula y los makinessi. Su nombre es Akil. ¡Ofrécemelo!, ¡ofréceme a muchos!, ¡aliméntame!. Soy el dios del Nifelheim. Soy el dios de la llama azul. Juntos avallasaremos el universo.

El miedo y el asombro el dejaron mudo. El dios se fue y dejó a su criado casi muerto en el pavimento. Después de unos largos segundos, se las arregló para llamar a gritos a los demás para que le ayudaran.

No había aceptado. No inmediatamente. Pero las palabras pronunciadas esa noche, no las olvidó jamás.

Para seguir el plan del dios, requería de un empujón más fuerte. Más personal.

Ese empujón había llegado 10 años más tarde. En forma de una preciosa sacerdotisa llamada Neferti, quien curiosamente estaba prometida con ese kâhin que el dios del Nifelheim había mencionado.

- ¿Tenemos alguna certeza que cumplirá el trato?–dijo el viejo, ante el silencio preocupante de Nassor, interrumpiendo sus recuerdos- Nosotros le alimentamos por años, enviando esos kâhin tan preciados para él. No podrá desconocer eso. ¡¿por qué ahora destruye Xios?!

- Un error de cálculo. La idea era que el dios de la llama azul regresara, pero en Céfiro, lejos de nuestro hogar.

- Eso todos lo sabemos. – el anciano miró con displicencia a su interlocutor, repitiendo en su cabeza que aquel "error de cálculo" los había dejado temporalmente huérfanos de planeta- Para eso deseábamos utilizar los maknessi y al impertinente Akil; para eso enviamos a Neferti y a Freya: para hacer un puente de magia hacia el Nifelheim.

- Aunque no estábamos seguros que funcionaría, sí sabíamos que el dios llegaría con un hambre infinita. – replicó Nassor, sudando un poco-

- ¿Entonces el que "se coma" Xios no necesariamente indica que ha roto el pacto?

Esa pregunta estaba cargada de ironía. Debía responder con cuidado. Su vida estaba en juego. Ese viejo tenía suficiente poder para acusarlo de traición. Y tenía todos los elementos para ello.

- Por eso es tan importante capturarlos. –respondió Nassor con mesura- Hay que capturar a los dioses como de lugar. Eso mantiene el pacto.

Debe hacerlo. Lo hará. Mavi-Alev no romperá el pacto. No lo romperá. Y si lo rompe, sabrá quién es Xios.

- No podrán contra esas lampreas con ramas.-continuó Nassor- Esos árboles son algo más. Algunas sacerdotisas sostienen que poseen voces. Bien sabes que la brújula la perfeccionamos, al igual que los makinessi, pero el poder realmente reside en esos seres. Si existe algo en este mundo para debilitar a los elementales…son esas cosas blancas.

- Y nosotros nos encargaremos de que se conozcan

- Por algo no existen en Céfiro. Haremos de Céfiro el nuevo Xios.

- Eso espero Nassor –el anciano mostró una sonrisa dispareja- Así lo esperamos.


Marina descendió rápidamente, atravesando el océano, gracias a la fuerza de Ceres.

Contrariada por abandonar a Anaís, estaba infinitamente molesta con el elemental. Una sensación nueva que el dios del agua desconocía en su elegida.

- No morirán. Windam es el dios que da nombre a Céfiro – le dijo-

- Pero los dejamos solos –refutó la guerrera, con los ojos brillantes por las lágrimas que no se decidían a salir- y…tu…

- No te he traicionado, guerrera mágica. – dijo el dios con voz seca, interrumpiéndola- Como tampoco he traicionado a Windam o a tu amiga. Ellos deberán luchar solos mientras nosotros nos encontramos con nuestra propia batalla, en lo profundo de los océanos, donde seremos más poderosos. Y Rayearth se nos unirá pronto.

- ¿Lucy? – Marina se llenó de esperanza. Hacía demasiado tiempo que no veía a su amiga pelirroja y estaba muy preocupada, más sabiendo que estaba en el radar de Mavi-Alev-

- Es posible

- ¿Qué quieres decir con eso?

- Prepárate. El enemigo está justo adelante.

Ceres tenía razón. La nave dorada que había visto descender estaba al frente del templo del océano. La enorme puerta con el grabado estaba siendo embestida por un halo de luz blanquecina, que hacía oscilar el agua a su alrededor.

- Los templos no deben caer. –recitó el dios- Y no podemos permitir que siembren hijos de Yggdrasil en ésta tierra, o nuestro poder emanará hacia ellos.

Marina estaba a punto de preguntar qué significaba aquel nombre extraño, cuando el lecho submarino tembló. De la nave se abrió una compuerta, y varias esferas circulares del tamaño de un auto salieron impulsadas rápidamente, derecho hacia la entrada del templo.

- ¡¿Qué es eso?!

Las esferas se adhirieron en varios puntos, y comenzaron a vibrar una tras otra, haciendo retumbar la estructura. Polvo de piedra caliza comenzó a flotar por doquier. El agua trasmitía claramente las potentes ondas con que era atacada la entrada principal.

La guerrera alistó su magia. Debía inutilizarlas como diera lugar o derrumbarían en poco tiempo la puerta. Su dragón de agua avanzó veloz, surcando las corrientes y concentrando la fuerza a su alrededor, incrementando su impacto y arrancó de tajo varias de las esferas que comenzaron una caída libre hacia los abismos subterráneos. Furiosa, lo intentó nuevamente. Y de nuevo. Logró arrancar numerosos grupos de esas lampreas mecánicas. Pero la nave enviaba más y más conforme alguna se desclavaba.

- ¡Esto no tiene fin! – exclamó abrumada- ¡hay que cortar el suministro de esas cosas!

Decidida a acabar con la fuente, dirigió su magia hacia la nave, pero la enormidad de la misma diluyó su ataque como si le hubiera enviado un vaso con agua a un elefante. Intranquila, llamó un conjuro diferente, pero tampoco dio resultado. A su alrededor, las corrientes se enturbiaban de los residuos de piedra que dejaba la continua vibración.

Ante su frustración, sacó su espada. Si era necesario, cortaría esa nave en dos. Se lanzó en ristre hacia la estructura metálica, pero el halo que estaba ensañado con el templo, giró para hacerle frente. El rayo cortó su avance y la envió metros atrás con una fuerza sorprendente. Marina gritó ante el dolor del impacto y sus huesos crujieron al enfrentarse con la potencia del arma.

Iba a iniciar el ataque de nuevo, cuando Ceres habló

- Desciende por el abismo – le ordenó-

- ¿Qué hay en el fondo?

- Poder para lograr lo que quieres

Marina no discutió. Aceleró vertiginosamente y se lanzó hacia el oscuro barranco. La luz se fue apagando, hasta que quedó suspendida en la oscuridad, sin saber hacia dónde quedaba el fondo. En el tenebroso silencio de ese lugar, la guerrera mágica no sintió miedo alguno. El agua fluía a través de su cuerpo y se unía con su pulso.

- Somos la calma y el infinito. Nuestro poder circula por las venas de Céfiro llenándolo de vida. Somos agua, que mana de las entrañas y purifica la incertidumbre con la potencia de una catarata o la suavidad del arroyo. Las corrientes nos obedecen y se inclinan a nuestro antojo. Percibe los ríos, siente la lluvia, palpa cada gota de líquido sobre la faz de Céfiro. Llámalos.

- ¿llamarlos?

- El poder de un elemental

Su corazón latió más a prisa. Podía sentirlo. Era una fuerza tan incalculable que casi le ahogaba.

Desde el fondo del abismo emergió una gigantesca masa de agua. Marina cerró los ojos y se dejó llevar por. La energía le impulsó hacia arriba. Allí, las esferas habían logrado cubrir toda la superficie del símbolo del templo del mar, y seguían su tarea vandálica.

Suspendida en medio de aquel cilindro rebosante de ímpetu, la guerrera del agua fijó su vista en la nave. Desatendiendo la lógica, extendió su mano suavemente, señalando su objetivo. La masa de agua incrementó las revoluciones y se alejó como una descomunal lanza hacia los invasores y los embistió con tanta fuerza que la nave se vio disparada hacia un lado al menos un kilómetro. El punto de impacto había abierto una brecha en el casco y la nave se inundaba por dentro.

Encantada con esa nueva habilidad, la llamó de nuevo, alzando su mano encima de la cabeza. Pero ésta vez, todo el mar se movió tenuemente bajo su comando. Pudo ver cómo los peces huyeron hacia partes más profundas.

- ¿Ceres? –exclamó, titubeando-

- El templo no resultará dañado. Usa mi poder.

Su cuerpo se rodeó de fluorescencia azulada. Miró hacia la entrada del templo. Las esferas no habían parado su trabajo. Las quitaría de una vez por todas.

Empujó su brazo hacia adelante. Al hacerlo, una corriente helada pasó enfriando todo su cuerpo. Sintió el impulso de una nueva ola que se formaba violenta a su alrededor, que avanzaba a través de ella, fluyendo desde su corazón para convertirse en un tsunami subterráneo. La onda tomaba fuerza y velocidad conforme se acercaba al templo. Pasó rauda y más que arrancar, exterminó las esferas, dejando el templo indemne.

Con algo de taquicardia por la emoción, y una gran sonrisa en el rostro, Marina se dirigió triunfante hacia la casa del dios del agua. Pero una vez se hubo acercado, se petrificó.

Abajo, en la pared lateral al lado de la entrada, un árbol blanco de tamaño mediano, con tronco grueso y fibroso estaba fuertemente agarrado con poderosas raíces a la superficie. Crecía perpendicularmente, y sus largas hojas pálidas se movían siguiendo el vaivén del oleaje.

- ¿Cómo es posible que se haya mantenido en pie después de nuestro ataque? ¿Acaso no recibió el impacto al igual que las demás esferas que estaban alrededor? ¿O quizás esa magia no está diseñada para dañar a los que habitan bajo la superficie?

El dios guardó silencio. Marina tuvo un mal presentimiento. Percibía un grado de alerta en Ceres realmente angustiante.

- ¿Ceres? ¿Qué ocurre? ¿Es por ese Árbol?

- Yggdrasil – respondió- Debemos arrancarlo como de lugar.


La señora Harris había tenido una rutina perenne por muchos años. A las 7 am llegaba el enfermero de turno, la levantaba y le daba un baño. El desayuno era servido en el comedor a las 8:00, el cual le daban a cucharaditas. En la mañana, después de las onces, la dejaban en medio del salón, sobre su silla de ruedas y los demás enfermos o ancianos la movían de vez en cuando. Le llevaban a observar junto a ellos las tandas de televisión o los juegos de mesa. Pero en la tarde, después de otro almuerzo cuchareado, hacia las 3 pm, le daban un paseo por los grandes jardines que el instituto tenía.

Adoraba las tardes. El viento sobre su piel, los sonidos del silencio que le entregaba la naturaleza circundante.

Las tardes eran para olvidar que aún permanecía encerrada en su propio cuerpo, después de esa pequeña victoria contra Mavi-Alev el día en que su propia hija había aceptado el ofrecimiento al que ella se resistió por décadas.

Su conexión con Noelle se había mantenido, de forma pasiva, por largos años. Siempre luchando para mantener la memoria de su hija alejada de ese dios oscuro y perverso. Sin embargo, finalmente, después de años de inconstante trabajo, el monstruo había ganado. Hubiera deseado morir el día que su preciosa hija cercenó la vida de su compañero de trabajo, todo acorde al maligno plan de ese ser. Largos años de batallar habían sido en vano. Su existencia ya no tenía sentido, su sacrificio, había resultado ineficaz.

Por eso, ese aciago día, con el minúsculo poder que tenía, (comparado con el grandioso rio fluctuante de energía de su hija) logró originar telequinéticamente un pequeño desastre en la cafetería del instituto, para que la tarde fuera más larga, y los cuidadores tuvieran en qué distraerse antes que le regresaran a sus habitaciones. El atardecer llegó mientras aún permanecía en el jardín, al frente de un enorme cerezo que agitaba sus ramas con el viento primaveral. Los pétalos delicados del árbol se desprendían con facilidad, llenando el aire de una lluvia rosada misteriosa. A su alrededor, una fina capa de flores comenzó a cubrir el césped verde. Cerró los ojos. Era el único movimiento de todo su cuerpo que podía controlar, y se imaginó lejos de allí, flotando como aquellos pétalos, impulsada por la brisa. Tratando de olvidar. Tratando de ser fuerte.

Fue allí cuando percibió algo distinto. Era una fuerza contundente que emergía de la tierra. Alarmada, abrió los ojos, y aunque su expresión era inmutable desde hacía años, sus pupilas reflejaban prevención. En su experiencia, aquellas energías inexplicables siempre conllevaban problemas. Por eso, cuando vio las fluorescentes raíces que bajo tierra se extendían por el prado, entró en pánico. Su propia fuerza mental le valió para empujar la silla hacia atrás, tratando de alejarse de aquel fenómeno. Pero su control ya no era el de antes. Los años tratando de borrar las conexiones mentales de su hija le habían debilitado, y no pudo estabilizar la silla de ruedas, lo que la precipitó al suelo. Indefensa, sin poder hacer nada más, se quedó sobre la grama. El frío del anochecer cercano le erizó la piel bajo su piyama, y quedó descalza en medio del jardín, sin poder gritar por ayuda.

Vio que las raíces avanzaron hacia ella, brillando y reptando debajo de la superficie como una entidad consiente. Les opuso resistencia, trató de pararlas, pero era imposible. Después de Mavi-Alev jamás había visto tal poder intrínseco, tal esencia. Las raíces llegaron hasta donde estaba y las sintió pulular debajo de su espalda. Una descarga de imágenes llenó su cerebro, tal como pasaba cuando tocaba a alguien. Miles de fragmentos de sucesos llegaron como un torrente irrefrenable. Era demasiado. ¡Era demasiado! ¡Si seguía viéndolos se volvería loca! Su mente gritó, azorada, tratando de liberarse. Pero en medio del paroxismo de aquella tortura, una imagen clara era recurrente. Una bella mujer de cabellos blancos, que miraba hacia una constelación de luces en medio de la oscuridad.

Las imágenes se detuvieron de súbito, y fueron llenadas por un sentimiento que no era de ella. Lo vio: era un enfermero que le alzaba. Al levantarla de la grama le había alejado de aquellas raíces que al parecer sólo podía ver ella, y le había trasmitido su miedo de ser reprendido por dejarla allí sola congelándose en medio del jardín.

Agradecida, pero sin poder expresarlo ni decirlo, fue conducida de vuelta al edificio.

Al día siguiente, se quedó en el edificio todo el día. No extrañó la salida al jardín. No quería repetir la experiencia. Fue en ese entonces cuando la conexión con su hija volvió, y pudo hablar con ella en el Nifelheim. El encuentro la dejó extenuada, desvaída e increíblemente triste. Sus poderes mermaron considerablemente y se limitó a vagar como lo que era: una catatónica.

Pero dos días después, los paseos regresaron.

No podía elegir la ruta del mismo, ni el lugar donde la dejarían para su contemplación constante de la naturaleza, así que la providencia dictó que le estacionaran al frente del cerezo nuevamente.

Las raíces habían tomado el árbol entero. Nadie lo veía, pero era así. El cerezo estaba atrapado en medio de las fulgurantes fibras de ese "ser". Y tan pronto como su silla de ruedas alcanzó el díametro que había extendido esa red viva alrededor del prado, las imágenes volvieron, pero no de la forma desordenada y aterrorizante como la primera vez. En esa ocasión podía leerlas, podía interpretarlas. Nuevamente vio a la belleza de cabellos plateados. Y pareció que ella pudo verla también, o intuir su presencia. Supo su nombre, de la misma manera que a veces sabía que alguien había roto el pocillo preferido de su padre o que alguien estaba pensando en dejar su trabajo. Su nombre era Neferti.

Pero había algo importante con relación a la chica. Y es que a pesar que la mujer fluctuaba entre existir y no existir, había algo familiar en ella, un enemigo común que debía ser erradicado de la faz de todos los mundos posibles. Porque Neferti lloraba por su mundo. El mundo que Mavi-Alev había canibalizado.

De pronto, estar al lado de aquel árbol comenzó a darle esperanzas. Cuando la tarde siguiente vio que alrededor del tronco habían nacido miles de ramas titilantes de blancas hojas, su corazón encontró cierto sosiego. Quizás encontraría la forma de ayudar a su hija.


Paris le había interrogado cuando la vio salir del cuarto de Neferti. Ella sonrió tristemente y enfatizó estar bien.

Estaba bien. Estaba bien.

Necesitaba estar bien. Debía estar bien.

No sabía a dónde ir. Se sentía fuera de lugar. Los aprendices de Akil se apartaban para no cruzarse con ella.

Su primer impulso fue buscar un sitio donde dormir. No recordaba la última vez que había dormido. Estaba agotada. Ki consumía a pasos agigantados su cuerpo ya extenuado. Demasiados acontecimientos ocurridos en un tiempo muy corto. No podía evitar que una oscuridad profunda se cerniera sobre su alma.

Más que saber que su amor no era correspondido, eran todos los pensamientos en su cabeza, girando sin descanso. Todas las terribles cosas que aún estaban pendientes y que requerían de su fuerza. La muerte de Matt aún le estrujaba el corazón. Marina, Anaís, desaparecidas. Y no podía olvidarse de Noelle, condenada al cuerpo de Mavi Alev, en el Nifelheim.

Automáticamente se dirigió al estudio donde habían curado a Latis.

Se adentró en la habitación, ahora negra y vacía.

Una luz mortecina llamó su atención. Era el frasquito que habían traído de su reciente incursión al Nifelheim. Lo tomó en sus manos. Si eso había sanado a Latis, era necesario llevarlo consigo. Tal vez fuera lo único que le serviría en caso que alguien más resultara herido.

"Pensé que querías salvar al dios de fuego. Pero en cambio estás acá, perdiendo preciosos minutos."

- Si en mí está el poder de ayudar a Rayearth lo haré, sin dudarlo – dijo en voz alta Lucy, apretando el frasco en su mano-

"¿Estás lista para viajar?"

"Si"

Ante su asentimiento, Ki tomó pleno control. Lucy no se resistió. Ki sabría qué hacer.

Con el frasquito a buen recaudo, en su bolsillo, salieron del estudio. Caminó hacia el fondo, después de pasar un pasillo alargado de habitaciones de puertas cerradas. Lucy vio el objetivo de la diosa: unas escaleras de caracol, con escalones en vidrio y barandal cromado.

Subió guiada por el pasamanos dorado. Un gran salón la recibió en soledad. El piso era de fino mármol y brillaba con tonos azulados gracias a la coloración de los vidrios. Rayos de luz dorada se filtraban como haces incandescentes y le hacían sentir que caminaba en medio del mar.

En toda la mitad de aquel enigmático salón había una mesa de hierro, con largas y delgadas patas de diseño animal. Caminó hacia ella, impulsada por la inevitabilidad. Encima reposaban, refugiados en una tela roja, un par de makinessi.

Ki tomó control de sus manos. Examinó uno de ellos, e imitó los movimientos sobre el artefacto que aprendió de Akil. Lucy la dejó hacer, aun sabiendo que no se había despedido de nadie. Estaba tan cansada. Estar al margen de la situación no le agradaba del todo, pero ahora comenzaba a pensar que sería mejor no causar más heridas. No podría soportar otra muerte. Antes preferiría morir ella de soledad.

Un remolino negro comenzó a formarse debajo de sus pies. Era la entrada al Nifelheim. Lucy lo sabía: éste era un punto de no retorno.

Pero el sonido de pasos apresurados le hizo mirar hacia atrás.

Al lado de las escaleras, Latis recuperaba el aliento. Se sostenía del barandal. Atrás, escuchaba el bullicio en la planta inferior.

Lo miró abrumada. Allí estaba él, de nuevo. ¿Cómo podía siempre adivinar los momentos en que más lo necesitaba?

- Lo siento –se disculpó. Sus emociones se desbordaron de nuevo y rápidamente secó las lágrimas con el dorso de la mano que sostenía el makinessi.- siento que tuvieras que pasar por todo esto. Prometo que buscaré la forma de ayudar a Neferti.

Latis avanzó, juntando una fuerza que se le agotaba, con el rostro demudado. Sus ojos expresaban una urgencia que jamás había visto. Le miraba negando repetidamente. Un paso, dos y se tambaleó. Lucy vio correr por su cuello rastros de aquellas vetas venenosas, que aún se negaban a desaparecer. Su piel blanca, excesivamente pálido. La herida recibida del dios lo había debilitado, y él se había incorporado demasiado pronto. Su cuerpo reclamaba a gritos un descanso que no llegaba, y se rebelaba en contra de los deseos de la mente.

Ella dio un paso hacia él. Era una necesidad. No podía resistirlo. No al verlo así. Latis estaba haciendo un esfuerzo descomunal.

"NO" – protestó Ki-. "Debemos irnos. AHORA. Basta de cursilerías"

Le inmovilizó en su puesto. Tampoco dejó que extendiera su brazo en respuesta al gesto de Latis.

"Latis" – replicó Lucy en su mente, en el limbo de la desesperación- "¡Debo despedirme!" – y al decirlo a alguien más, la epifanía de sus propios sentimientos le rodeó, poderosa, con una certeza que no experimentaba desde aquella noche en que lo persiguió por los pasillos del castillo sin que él supiera que estaba allí.

Pero Latis sabía que yo estaba ahí. Él lo sintió. Él lo sintió. ¿El…?– se dijo, escuchando cómo el pulso subía y subía hacia sus oídos, recordándolo todo-

"ojalá me importara lo suficiente como para saberlo" – respondió Ki, leyendo la inseguridad y la inherente pregunta que le seguía a la declaración-

Akil, Paris y un grupo de discípulos aparecieron en la escalera. Rápidamente le rodearon, aunque por medio de un pacto intrínseco, respetaron al espadachín, quien siguió ocupando la primera línea ante la pelirroja.

- ¡Lucy! – Akil le miró con una expresión fría, casi enojada. Por un momento, Lucy reconoció en su expresión algo que había leído en Latis hacía muchos años: soledad.- ¡suelta el makinessi! ¡No hagas esto!

Lucy se escuchó a sí misma responder, en una voz extraña. Ki había saltado al control, y ahora no podía evitar la voluntad de la diosa. Su agotamiento le pesaba como un enorme baúl de hierro que deseaba impacientemente hacer un lado.

- ¿Suelta el makinessi? – se burló, soltando una carcajada- Humanoss… - dijo arrastrando la palabra llena de menosprecio, ahorrándose el insulto, dejándolo en el aire- todos los universos están en peligro de destrucción y lo único que piensan en sí mismos.

Un discípulo joven, quien había mantenido los puños fuertemente apretados, situado al lado derecho de Lucy decidió probar suerte, dispuesto a poner en práctica su entrenamiento. Levantó su barbilla y la mesa de hierro rasgó el piso, avanzando directamente hacia la chica, con el objetivo de llevársela por encima.

- ¡NO! – gritó Vika, quien alcanzó a ver las intenciones Ki antes de que alguien más reaccionara-

Era demasiado tarde. La mesa paró de súbito su torpe avance y estalló en miles de pedazos, algunos de los cuales se fueron a clavar en las piernas del inexperto kâhin que había osado atacarla, en medio de un grito desgarrador. El muchacho cayó al suelo, ahogado en dolor.

Ki agarró en el vuelo el makinessi que estaba encima de la mesa y lo lanzó hacia Akil, quien lo atrapó en el aire. Pasó su mirada enrojecida por todos los presentes, y sin mover un músculo, levantó una cortina de llamas a su alrededor. El remolino negro era cada vez más grande. Faltaba únicamente que Ki terminara de girar uno de los lados del makinessi que aún permanecía empuñado en su mano derecha.

Dentro del círculo de fuego, Lucy se opuso. Sus manos se engarrotaron.

"¡No podemos trabajar juntas si dañas a la gente!¡Elimina las llamas!¡Puedes quemarlo todo!"

"¡No lo entiendes niña!, ¡Las energías de Rayearth y de Mavi-Alev están muy cerca! ¡Todo lo demás no importa! ¡Debemos impedir que Mavi-Alev canibalice a la trinidad de Céfiro, o todos estaremos perdidos!"

"Iremos, ya te lo dije, ¡no me he retractado! pero no quiero que nadie resulte herido, ¡por favor!"

La diosa guardó silencio. Las llamas perdieron intensidad. Ki había reducido su poder para formar una fina película que les aislara mientras completaba el proceso. Lucy dejó de resistirse a los deseos de Ki, y permitió completar el último giro del makinessi; el remolino se hizo más grande.

Lucy suspiró. Todo estaba decidido.

De súbito, las llamas crepitaron, y una figura cruzó la ardiente cerca, cayendo de rodillas al otro lado, con la ropa humeando.

- ¿Latis? –el remolino se la llevaba, engullendo sus piernas. La tracción generada por el pasaje al Nifelheim era imposible de resistir-

Él reaccionó rápidamente y se lanzó hacia adelante, estirando su mano en un nuevo intento, tratando de asirla así fuera de sus ropas, mas no lo consiguió. La oscuridad del Nifelheim alcanzaba ya la cintura de la pelirroja. Ella no podía estirar su mano. Ki no lo permitía.

Juntando toda su fuerza, empujada por esos 4 años de incertidumbre desde que volvió de Céfiro, encaró el poder de la diosa. Sus músculos dolieron. Sus hombros temblaron, al igual que su antebrazo, pues trataba de desligarse del comando de Ki, sin éxito. Lo miró, y susurró su nombre. A su alrededor, la cortina resplandeciente destelló con renovada energía. Pequeños fulgores cayeron reventado luz encima de los dos. Una lluvia suave y centelleante bañó sus rostros.

Los ojos violetas brillaron en una aleación de felicidad y esperanza. Lucy retrocedió en el tiempo, justo al momento en que Luz lo tenía prisionero dentro de Regalia. Decidió callar las dudas. Decidió, como lo había hecho en Céfiro, aceptar lo que su alma le decía, porque lo único que quería realmente estaba al frente suyo, empecinado por alcanzarle.

Su brazo decidió obedecer, y justo antes que el Nifelheim se la tragara, sus manos se entrelazaron.