Reviviendo por acá, después de 3 meses de abandono.
Como es usual, comienzo dando las gracias a los que me han acompañado con sus reviews, favoritos y comentarios. LucyKailu (Yggdrasil, de verdad! Me encanta que notaras el detalle, y para que no extrañemos las escenitas entre los dos, aquí hay algo más) Bermone (Xios ha hecho muchas estupideces, y desafortunadamente hay muchos gobernantes y políticos que han hecho lo mismo por poder y dinero, no empecemos a hablar de la explotación minera...) etzel47 (un muy buen resumen del capítulo. Encontrarás reconfortantes escenas de batalla en este) Rakelluvre (jajajaja no digas eso, ojalá que este capitulo no deje tantas interrogantes, auqnue confieso que entre tantas cosas que solucionar, voy avanzando de a poco) Lorena Gomez( Bienvenida! muchas gracias por tu review) aliceinchains (hola! muchas gracias por tus palabras, espero te siga pareciendo muy interesante la historia!) Letuka (lo prometido es deuda, por favor sigue contándome cómo te parece la historia) ksenaj (bienvenido/a! No tengo idea de qué me escribiste, espero sea algo bueno. Si es un review para el capítulo 27, quiero creer que leíste toda la historia. Gracias por tu review ¿quizás podrías contarme en ingles? ) ascella star (soul sis! gracias por tu review, ya sabes que lo espero siempre. berrinche solucionado en este chap, espero...)
Gracias especiales a Okamiaka (ya sabes, siempre sirve) Cry02 y Marita76 quienes colocaron esta historia como favorita.
Rápido resumen! Marina y Anaís han descubierto el verdadero poder de los elementales al enfrentarse a Xios. A pesar de los esfuerzos, un árbol blanco es plantado en las afueras del templo de Ceres. Artego se dirige al templo del viento para evitar que los Xiosanos arrasen con las personas que rezan por Céfiro dentro del templo y para evitar que planten un árbol en ese sitio. Conocemos a Nassor, intermedio por el cual Mavi-Alev se infiltró en la política Xiosana, y sabemos que estuvo enamorado de Neferti.
Latis se recupera de sus heridas, pero no sana por completo. Por medio de Akil, sabe que Neferti está allí, y se sorprende al verla inconsiente. Lucy malinterpreta su actitud y recuerda los eventos que vió en el palacio cuando su espíritu se trasladó a Céfiro. Ki le insta que deben hacer algo para detener a Mavi-Alev y Lucy acepta, abriendo un pasaje al Nifelheim. Latis en el último momento, apesar de una barrera de fuego creada por Ki busca a Lucy. En el último momento, antes de ser absorvida por la gravedad del mundo entre los mundos, sus manos se unen.
CAPITULO 28 . LEYENDAS
Never knew karma could be so rewarding and bring me to your light
Maybe this is the beginning of something so magical tonight
Legendary Lovers - Katy Perry
Sus manos no se soltaron.
No se soltaron a pesar del vacío, a pesar de la atracción sobrenatural que el mundo entre los mundos ejercía: una fuerza descomunal condensada en un solo punto, que con su implacable gravedad los succionaba hacia las entrañas de ese agujero de gusano interdimensional.
Atrapados en la oscuridad, Ki no se perdió en argumentos innecesarios acerca de la compañía que la elegida había arrastrado sin su consentimiento, y se limitó a correr hacia un lejano marco labrado en fulgor verdoso, llevando a rastras al polizonte, quien apretaba su mano con una posesión absoluta.
La piel de Lucy ardía y su corazón daba tumbos acelerados. Avanzaba por inercia, mirando hacia adelante por voluntad de la diosa, deseando voltear sus ojos hacia aquel que corría con ella. Percibía el peligro, palpable en ese éter mercurial; pero en medio de esa marcha que parecía infinita, sus sentidos jugaban entre los dedos entrelazados, el calor de su piel, su pulso, y su respiración. Gozo teñido con una terrible ansiedad era bombeado a través de su sangre, y la hacía correr más rápido, más rápido, como si sus células estuvieran borrachas de oxígeno.
Un siseo se proyectó en la negrura y le puso alerta. Ki se apresuró. La diosa no quería enfrentarse una vez más al repugnante monstruo, ni a la posibilidad que Mavi-Alev jugara a la ubicuidad de nuevo. Ki sabía que todo el Nifelheim era una enorme red que enviaba mensajes sensoriales al bicho. El paso debía hacerse sin dilaciones o jamás llegarían a su destino.
Lucy percibió aquellas alas invisibles que Ki le había prestado en la batalla contra Mavi- Alev extenderse en el vacuo espacio e impulsarlos a una velocidad vertiginosa, como si caminaran sobre el aire. Cruzaron la pared de luz justo cuando los viscosos sonidos se hacían más audibles, y Lucy tuvo la sensación de haber tocado algo acuoso y repulsivo antes de rodar por un suave colchón de pasto húmedo.
Sus pulmones agradecidos le hicieron inspirar la fragancia de un bosque. Era noche cerrada en aquel mundo, pero después de haber estado en la intranquila oscuridad del Nifelheim todo parecía brillar intensamente. Un sosiego peculiar circuló por todo su cuerpo. Se quedó quieta, disfrutando la grama bajo su peso, suave y deliciosa. Detalló el cielo estrellado, lleno de pequeños astros titilantes. Su alma era ligera, su cuerpo libre y el aire nunca se había sentido tan inmaculado. El enorme peso de llevar a Ki a cuestas se había esfumado tan pronto salieron del mundo entre los mundos. En su cabeza sólo estaba ella, y el silencio de su propia conciencia era el trago más dulce que hubiera probado.
Una figura se interpuso entre ella y el lienzo celeste.
Latis
El cabello azabache caía sobre su frente, alborotado. Sus ojos aclaraban una tormenta, brillando con reflejos de las dos lunas pálidas que iluminaban el cielo nocturno. Con una suave sonrisa le ofreció su mano, y le ayudó a levantarse. El rocío enfriaba su contacto, y esa frescura le envolvió como una manta de pétalos vespertinos. Latis la miraba vehemente, y ella sólo acertaba a escuchar el pulso enloquecido en sus oídos, mientras develaba una vez más el universo de palabras que no eran pronunciadas, cercadas en aquel infinito silencio donde sus almas eran una sola.
Deseaba hacerle "esa pregunta". La pregunta que le rondaba la cabeza desde que el cruzó la barrera de fuego que Ki había puesto a su alrededor, allá en el mundo donde estaba Akil. Pero de sólo pensarlo, un vacío gigante se acomodaba en su estómago.
- Finalmente estamos aquí –dijo una voz femenina a su derecha- No esperaba que trajéramos compañía, pero lo hecho, hecho está.
A pesar de su resistencia para terminar con aquel codiciado instante, la atención de Lucy se volteó hacia la poseedora de aquella voz: La misma que le había prestado sus poderes y quien les había salvado del horripilante destino que les tenía reservado el dios de la llama azul. Así, Lucy conoció a Ki, elemental de la Tierra y del fuego por primera vez. La voluptuosa y alada mujer flotaba a menos de un metro, sonriendo con discreción, ignorando al espadachín y concentrando su atención en la guerrera mágica.
Ki era un ser único, una…diosa. A pesar de observar esos pies terminados en filosas y peligrosas garras, la palabra con la que su mente la describió fue "imponente". La diosa era altiva y elegante como un águila. Las impresionantes alas, de una envergadura de más de tres metros emitían destellos ocres tornasolados, que a la luz nocturna parecían suaves ríos de lava.
- Éste es mi mundo. La tierra y el fuego, mis dominios. ¿No es una lástima que ese dios, el señor del fuego de Céfiro, milenios más joven que yo, te hubiera encontrado primero? – dijo con una mueca arrogante-
- ¿Estás perdiendo el tiempo en diatribas, querida Ki? – dijo una voz desde los cielos- te has tardado en regresar. Enlil llegó a pensar que te habían derrotado.
El poseedor de aquella voz levantó una pequeña ventisca al quedar a la misma altura que la diosa, quien lo miró con displicencia. Luego, a su derecha, apareció otro hombre alado, quien con solemnidad y elegancia, posó sus pies sobre la tierra y se dirigió directamente hacia los recién llegados.
- Eres la elegida de Rayearth – dijo Enlil mientras se acomodaban en la espalda los dos pares de alas doradas-
Lucy estaba asombrada, y su sonrisa no podía ser más honesta. Estaba rodeada de unos seres fantásticos, cuyo poder sentía fluir por todas las venas de ese mundo.
- Tenemos un favor especial que pedirte. – continuó con gravedad el dios de los cielos- Pero incluso para ti, quien puede convocar a la trinidad de Céfiro para luchar como uno solo, no será sencillo.
- Si ayudándole contribuiré a detener a Mavi-Alev – dijo decidida- estoy preparada.
Enlil la miró con curiosidad. El dios asemejaba un hombre de mediana edad, con profundos y misteriosos ojos dorados, como su cabello. Sonrió. Todos sus gestos irradiaban cierta paz a punto de hacerse añicos con un parpadeo.
Atrás, Abzu, señor de los mares subterráneos, el dios de alas color zafiro y largo cabello blanco, se dirigió a Ki con un susurro cargado de ironía.
- Veremos si eso es verdad
La voluptuosa diosa arañó el piso con sus garras, y sus alas se movieron, algo incómodas
- No tengo dudas – respondió apretando los dientes, siseando las palabras.-
Después del largo ayuno en el Nifelheim, Mavi-Alev se sentía saciado tras alimentarse de todo ser vivo con que se había cruzado en Xios.
El cuerpo de su fénix aún pululaba destrucción, pero los episodios eran cada vez más espaciados. Su elegida era tan fuerte como siempre lo había supuesto, y lograba mantenerse de una pieza, a pesar de retener el exuberante poder de la llama azul en su interior.
Una sonrisa dientona y fluorescente apareció en el rostro antes bello de la doctora. Los pequeños eventos en que estallaba y se reconstruía le habían dejado una piel de grosor reptiliano, surcado de numerosas arrugas, que entre cada grieta delataban bajo la superficie un refulgente y obsidiano azul.
Era hora de ir al encuentro de la trinidad de Céfiro.
El dios caníbal se elevó sin dificultad del desierto en que había convertido a Xios, y enfiló hacia su objetivo, cruzando los cielos impávidos y vacíos del mundo que alguna vez quiso ser el amo de todo el universo. Pronto adquirió más velocidad, y sólo se distinguió un lejano punto que perforó el vacío del espacio más rápido que cualquier nave conocida.
Anaís no tenía tiempo para el asombro. Sin embargo, los Cefirianos en tierra, levantaban sus cabezas al unísono, boquiabiertos. Por generaciones hablarían del día en que vieron esos extraños sucesos, si había un futuro después de la invasión de Xios.
Contarían del día en que la guerrera mágica del viento se enfrentó completamente sola a la más grande nave de los invasores. La poderosa guerrera había llamado sus armas: siete terribles monstruos que jamás habían visto. Los engendros se levantaron hacia el cielo, en medio de espeluznantes haces de luz que rugían a las nubes. Sus delgadas colas trataban de acariciar la tierra, pero la enormidad de sus cuerpos cónicos y arremolinados eran desmesurados para que pudieran arrastrarse como criaturas normales. Las gigantescas bocas en que terminaba su anatomía ansiaban tragarse el firmamento, subían ansiosas girando, pero en vez de deglutir las luces que danzaban en la nebulosa bóveda, se conformaban con succionar todo a su paso, arrojándolo roto y masticado a distancias increíbles, inconformes con tan miserable alimento.
A su juicio, y el de cualquiera que jamás haya visto una tormenta, y mucho menos un tornado, eran siete horrorosas criaturas que la guerrera mágica había convocado, que obedecían su mandato. Una nueva leyenda nacería, y los que no conocieran la elegante y amable personalidad de Anaís, asustarían a sus críos en las noches, amenazando con llamar a la guerrera del viento, señora de los siete monstruos, si no terminaban sus labores antes de dormir.
Sin embargo, para ella, quien estaba causando semejante espectáculo meteorológico sobre los cielos de Céfiro, todo eso palidecía con el propio remolino de poder y determinación que surcaba por sus venas. Ahora lo entendía. Entendía lo que era un elemental, su inconmensurable fuerza. Windam daba nombre a Céfiro, y defendería su hogar con la energía de todo el planeta.
La formidable nave de Xios continuaba su ataque. Era hora de responder. Anaís envió los tornados sobre la nave, que chocaron contra ella soltando chispas por la fricción del escudo protector, brillando con oscilaciones tornasoladas. La nave se combó en varias regiones, pero al poco tiempo se reconstruyó lo suficiente para mantenerse en el aire. La rubia vio esto, y envió con mayor potencia las enormes masas de aire. Justo cuando varios sectores habían sido arrancados de cuajo, Anaís sintió una punzada de dolor en sus piernas. Respiró hondo. Tres de los tornados perdieron algunas revoluciones.
- Debemos apresurarnos – advirtió Windam- el veneno de Mavi Alev no dejará que lancemos un ataque continuado.
- Entiendo –dijo Anaís, sabiendo que tendría que poner toda su voluntad en el siguiente golpe-
Apretó las manos. No dejaría que Xios arrasara Céfiro. Aunque el dolor de las piernas le desgarrara en mil pedazos. No. Los aliados de Mavi-Alev no se harían con ese planeta.
Elevó sus manos, preparándose para hacer caso omiso a su propio cuerpo, y lanzó los torbellinos contra el casco de la nave. Un sonido grave se unió a la tormenta, procedente del metal que se doblegaba ante la fuerza de la guerrera mágica. Anaís no cesó su intento, a pesar que su piel se volvía a llenar de aquellas venas púrpuras, a pesar que su vista era cada vez más parecida a la de un famélico peregrino en un desierto. Pese a que poco a poco, la vida se le escapaba con el esfuerzo.
En la enorme nave, Nassor miraba el dios del viento de Céfiro hacerles frente desde el puente de mando general, sentado cómodamente en las sillas detrás de los capitanes y miembros de la flota. La alarma general no se había callado desde que el primero de los tornados les había impactado. Terribles temblores asolaban la estructura. Voces mixtas de sacerdotisas, generales, tripulación y de algunos ancianos formaban un algarabío ensordecedor, que junto con las explosiones del casco hacían pensar a más de uno que estaban enfrentando el juicio final.
- Si continua de esa forma, los Kâhin no lograrán reparar los daños y nos iremos a tierra – aseguró el segundo oficial de la nave-
- Hemos repartido las tropas en varias nodrizas, pero si perdemos ésta, nuestra capacidad de abastecimiento de las tropas disminuirá en un 30%. Plantaremos batalla. – ordenó el capitán- ¿Por qué hemos detenido el cañón?
- Señor, hemos perdido algunas secciones del casco, incluyendo unos 200 generadores – respondió un miembro de la tripulación- Los Kâhin están en eso.
- Estamos tomando el rumbo equivocado – les interrumpió Nassor, sorpresivamente-
Varios voltearon hacia el anciano. Era extraño que uno de los miembros de ese grupo se inmiscuyera en decisiones tácticas.
- ¿Qué avances tenemos de los mandos en tierra? –preguntó Nassor-
- ¿Qué importancia tiene eso? – replicó el capitán- Por si no lo ve, tenemos un grave problema acá mismo
- En eso se equivoca capitán, -respondió con una sonrisa- Nuestro problema se soluciona justo en tierra. Envíe la orden de ejecutar ahora mismo.
El capitán le miró de reojo, y los tripulantes alzaron las cejas en un gesto de desconcierto. Sin embargo, la orden fue dada en comunicación con las tropas del norte.
La nube de polvo amarillo lo dejó ciego. Tenía a los Xiosanos a escasos metros, y aún no había rastro alguno de los seres del bosque. Todo era un condenado desastre. Su boca se llenó del sinsabor del miedo. Estaba hiperventilando. ¡Maldición!¡maldición!
- ¡CARGUEN!¡YA! – gritó Artego, levantando el brazo y empuñando la espada hacia donde escuchaba a los enemigos que se le venían encima para arrollarlos gracias al poder de esos carros-
Las lanzas pasaron zumbando los oídos del general. Una de ellas impactó justo al frente de donde se encontraba, con uno de esos odiosos sonidos que anunciaban tripas y sangre que Artego tanto detestaba.
Vio emerger la figura de un potente caballo entre la densa cortina de tierra que ocultaba el mismo sol. La senda estrecha bordeada de árboles donde el ejército invasor los había acorralado a pocos kilómetros de la base del templo de los cielos había desaparecido en un abrir y cerrar de ojos. El animal era un hermoso espécimen de bronceado pelaje que relinchaba furioso y proseguía su avance hacia el general sin importarle la visible y reciente herida que la falange de madera colgante en su pecho infringía. El caballo, impregnado de sudor y sangre caliente seguía adelante como un poseído, con los ojos inyectados en sangre.
Artego actuó gracias al segundo que le compró la ráfaga de lanzas y sin soltar la espada, saltó hacia su derecha para esquivarlo. Uno de los carros de batalla que tantos problemas les causaban, un famoso hekau Xiosano, pasó raudo, arañando sus piernas con las puntas metálicas que sobresalían en los ejes de las ruedas. No ahogó el grito de dolor al sentir la carne viva rozar con el suelo, y la sangre bajar caliente por su pantorrilla, mas no se detuvo, tenía que rodar o no sobreviviría.
Los ocupantes del carro no se percataron de su presencia. Al final, la bruma amarilla servía de algo.
Artego tuvo que moverse rápidamente para que el siguiente hekau no le aplastara. Se incorporó, sabiendo que si no lograba ver el siguiente, moriría ahí mismo, alejado de sus hombres, en esa emboscada que no había visto venir.
El suelo vibraba por el galope de las decenas de corceles que empujaban los carros. Las ruedas rechinaban y aplastaban el prado verde, y las flechas herían el aire hasta ensartarse en algún cuerpo o en la dura tierra. Rodeado de sonidos, la adrenalina finalmente hizo efecto, y el dolor de su pierna se apaciguó. Artego apretó su espada, y se alistó para matar. El templo de Windam estaba cerca. ¡Debían llegar!,¡defenderlo! necesitaban preservar Céfiro a toda costa, y los únicos que lo sostenían estaban dentro de los templos.
Otros dos carros surgieron para materializarse ante sus ojos. Artego eligió uno de ellos, y con su espada cortó las patas de uno de los caballos que lo tiraba. El animal perdió el equilibrio, y la providencia hizo que se ladeara hacia su compañero, al cual atropelló mientras caía y chillaba. El hekau giró violentamente y arrojó a sus ocupantes. El general corrió para confrontarlos. Por el uniforme supo que uno de ellos, un hombre moreno, fornido y de amplia barbilla, era un guerrero de élite. El Xiosano se levantó y fijando su atención en el general, sacó la espada curva del cinto. Artego no paró su avance y su espada se encontró con la enorme arma del guerrero. Tras el choque, un ocupante del segundo carro fue a respaldar a su compañero. Otro guerrero de élite.
Le rodearon por la derecha y la izquierda. Artego seguía sus movimientos con atención. Y por supuesto, los dos guerreros de élite atacaron al mismo tiempo.
Artego no se había ganado su fama gracias a los rumores. Si la gente lo comparaba al comandante Ráfaga, era merecido. A pesar de eso, su estilo era muy diferente. Artego era increíblemente rápido además de contundente. No se quedó en su sitio esperando a sus contrincantes, sino arremetió contra el que venía por la derecha. Con dos movimientos certeros desarmó al guerrero y le asestó un terrible tajo en los brazos. El segundo llegó aullando por la izquierda, a quien golpeó con el mango de la espada para luego voltearse y hacerle frente en una lucha que duró demasiado poco para el gusto del Xiosano, quien quedó en el suelo sangrando bajo de su armadura, sin saber cómo los golpes de Artego habían sido tan increíblemente poderosos como para traspasarla.
La pelea lo distrajo momentáneamente del entorno. El destino deseó que Artego fuera sordo ante el hekau que seguía acelerando para arrollarlo por la espalda.
La enorme masa fue visible cuando era demasiado tarde. El carro le atropelló sin misericordia. Las patas de los caballos le golpearon el cuerpo, explotando sus órganos al compás de los cascos. Las filosas cuchillas que los Xiosanos ubicaban debajo del carruaje le abrieron dos profundos tajos en la espalda mientras seguía rodando como un balón de goma reventado. Finalmente quedó tendido, dolorosamente vivo, sobre esa arena amarillenta, del color de la perdición… Esperando a que las ruedas del siguiente hekau completaran el trabajo.
- Señor, las tropas del templo del dios del viento están en posición – informó uno de los miembros de la tripulación de la nave nodriza Xiosana-
- Planten ahora – ordenó Nassor-
El oficial esperó confirmación de su superior. La obtuvo mediante un silencioso movimiento de cabeza
A pesar de estar a kilómetros de distancia, Guruclef sintió al mismo tiempo la desesperación de Marina, el inmenso calvario que soportaba Anaís y la agonía de Artego. Su corazón se contrajo ante tanto dolor. Nicona, quien estaba a su lado, soltó un largo y triste puuu.
Movió su báculo rápidamente, y cerró los ojos. Todo su cuerpo comenzó a brillar.
Primavera estaba oculta tras los árboles, escuchando la batalla, con su diminuto corazón palpitando de miedo. Los gritos de los humanos eran sobrecogedores. ¿qué podían hacer un grupo de pequeñas hadas como ella ante semejante destrucción y muerte?
Se había dejado envalentonar por el mensajero de las tropas que había llegado hasta su hogar con palabras de auxilio. El comandante Artego deseaba que los seres mágicos del bosque fueran sus ojos para prevenir una emboscada como aquella, pero convencer a las otras hadas había sido muy difícil y les había tomado demasiado tiempo organizarse. Era comprensible. Ella había sido la única hada que había permanecido en el tiempo de la oscuridad dentro del castillo, y había vivido de primera mano los acontecimientos de esa época. Sus hermanas no lo entendían, y por eso sólo había podido convencer a unas pocas que vinieran con ella.
Ahora, esas pocas hadas se retiraban, dándole la espalda.
- ¡Esperen! –gritó, viendo a sus acompañantes alzar vuelo- ¿Adónde van?
Iris, un hada de alas lilas y piel canela paró para responderle, sin inmutarse
- Ya lo has visto Primavera. Llegamos tarde. Ya no podemos ayudar a los humanos.
- ¡No podemos irnos así como así! El templo de Windam…
- Despierta Primera, el destino de Céfiro no está en nuestras manos. ¡Nunca lo ha estado!
- ¡Céfiro nos pertenece a todos nosotros! –gritó furiosa- ¡No puedes cerrar los ojos a lo que está pasando!
- ¡Es hora que bajes ese ego estúpido con el que llegaste del castillo! ¿Salvada por un espadachín mágico? ¿Tu colaborando con otros humanos para vencer la gran oscuridad? ¡No sigas inventando historias para creerte diferente! ¡De seguro llegaste al castillo por casualidad y te ocultaste debajo de una piedra todo el tiempo!
- ¡Latis es muy real! ¡él me salvó de los monstruos! ¡y yo le dije a la gente de Céfiro que…!
- Si si claro Primavera, sigue repitiéndote eso.
Primavera las vio alejarse.
- Ya les mostraré yo…¡YA ME CREERÁN!¡YA VERÁN! ¡YO…YO… - gritó voz en cuello, señalando a sus compañeras mientras se perdían entre el follaje-
Ahí estaba, sola de nuevo, justo como aquella vez en que Latis le había salvado de la muerte.
Volteó a mirar hacia la batalla. ¿Tendría razón Iris? ¿No había nada que pudiera hacer?
"Primavera" – dijo una voz en su cabeza-
La pequeña hada gritó, asustada.
- QUE..¿QUÉ ES ESO? ¡SAL DE MI CABEZA!¡AUXILIO!
"No te asustes. Soy yo, Guruclef"
- ¿Guruclef?
Lejos de esa refriega, Caldina observaba filas y filas de hekau marchar en dirección al templo del fuego desde una colina cercana. Miró hacia el cielo. Sabía que Anaís estaba presentando batalla a la enorme nave de Xios.
- Mi niña…-susurró, con el cabello ondeando gracias al viento embravecido-
Caldina no estaba sola. Guruclef le había encargado un pequeño grupo de avanzada. Lo que se proponían hacer era vital.
- ¿estamos listos? –dijo hacia sus compañeros-
Los cinco guerreros asintieron.
- Bien. Vamos.
Caldina saltó por la pendiente, de una roca a la otra. Tres hombres la siguieron, algo asombrados por la pericia de la extranjera. Arriba, los dos que quedaban se dirigieron hacia el promontorio de rocas que habían acumulado y las soltaron en pos de los demás Cefirianos. Justo entonces, comenzaron a reunir más rocas por medio de magia.
- ¡Ahora! – gritó Caldina, al sentir el temblor que producía la avalancha que se les venía encima
Uno de los guerreros que bajaba con ella creó un escudo de energía para cada uno de los Cefirianos que bajaban a toda carrera hacia la pradera inundada de invasores, para protegerlos de las rocas. La ilusionista comenzó a trabajar. El volumen de rocas aumentó considerablemente gracias a su magia, y el ruido fue ensordecedor. El grupo saltaba ágilmente, impulsado por la gravedad y la masa de fragmentos.
- Estamos ocultos. No podrán vernos –confirmó Caldina-
Abajo, los Xiosanos gritaron ante el alud que se desprendía por la colina. Las sacerdotisas se apresuraron a crear un escudo para las tropas, para protegerlos de los primeros impactos, pero las rocas seguían su paso, avanzando hacia los soldados y los carros, sin hacerles daño alguno y finalmente desapareciendo sobre la grama. Los Xiosanos habían gritado, pensando en que morirían aplastados por algún defecto en la barrera, pero después de unos minutos, se miraron asombrados los unos a los otros, sonriendo temerosamente, aliviados.
Las verdaderas rocas estaban a unos pocos metros de impactar el escudo Xiosano.
- ¡Detenlos! – ordenó Caldina a otro de sus compañeros-
Las rocas verdaderas giraron en el aire, suspendidas, esperando el comando del hechicero. Mientras, las ilusiones creadas seguían atravesando limpiamente la barrera sin causar daños. Finalmente, Caldina y los tres guerreros, invisibles a los ojos de los Xiosanos, quedaron de pie sobre el aire que protegía a los invasores, mientras a su alrededor seguían cayendo las piedras hechas de magia.
- ¿cuánto tiempo? –preguntó la mujer-
- Cinco minutos máximo
- Ahora dependemos de su ego
Guruclef había analizado el comportamiento de los guerreros de élite y de los comandantes invasores. Eran hombres recios, que no perdían tiempo en nimiedades ni gastarían recursos innecesarios. "Avanzar es la prelación para ellos" le había dicho a Caldina. El truco dependía de eso.
- ¡Es sólo una ilusión! – dijo uno de los comandantes- ¡retiren el escudo!
El grupo de avanzada Cefiriano cayó suave e invisible entre los carros invasores al disolverse el escudo.
- Cariño, ¿estamos preparados? -Susurró hacia el más joven de ellos-
- Claro que si – dijo colocando una mano sobre la tierra con una sonrisa traviesa-
- Entonces es hora
El muchacho presionó el suelo. La tierra comenzó a temblar y agrietarse. Las rocas suspendidas se precipitaron a tierra simultáneamente. Desde arriba, los dos guerreros no habían parado de lanzar otros fragmentos, que gracias a la magia habían quedado esperando el momento propicio. Cientos de carros fueron aplastados de un solo tajo. Las sacerdotisas, sin esperar la orden de sus superiores, volvieron a invocar su magia para formar el escudo, pero el pánico se había apoderado de las tropas, que sin saber si las rocas eran o no reales, corrían de un lado a otro espantados y desordenados. Algunos atravesaron el escudo y se dirigieron kilómetros debajo de la montaña. No sabían que detrás de ellos los estaría esperando el grupo del comandante Ráfaga, que se encargaría que ningún invasor escapara.
El escudo de poco servía, pues la tierra misma se había fracturado. Los caballos comenzaron a chocarse unos contra otros y los guerreros, sin nada contra qué enfrentarse, se limitaban a escapar de caer entre la profunda oscuridad que se abría ante sus pies. Los carros fueron destruídos, arrollados la mayoría por sus propios congéneres, hasta que las sacerdotisas perecieron y el escudo se levantó, para que las demás rocas terminaran de impactar contra ellos.
Caldina y sus tres compañeros corrían seguros entre los campos de energía a través del enloquecido y enorme contingente Xiosano, para alcanzar el punto central del grupo, donde usualmente se ubicaban los carros que desplazaban la carga más preciada. Lo encontraron sorpresivamente intacto, abandonado ente la destrucción: Era un carro dorado, completamente cerrado y sin ventanas.
- Ayúdame! -instó Caldina al más joven de ellos-
El chico posó su mano sobre el carro, y este comenzó a sacudirse inclementemente, hasta que las paredes se rompieron.
Sobre el metal, los Cefirianos vieron aquel árbol informe, blanco y raquítico, alojado en una matera de color rojo. Era el árbol destinado a robar la magia del templo de Rayearth.
- Lo tenemos –dijo Caldina-
Lavanda
Y …
Jazmin
Artego distinguió esas fragancias suaves, frescas. Creyó que por fin había muerto. Pero no era así. Abrió los ojos, y le pareció ver un polvillo iridiscente cubriendo su cuerpo. Una vocecilla aguda gritó justo en su oído derecho taladrándole los tímpanos.
- ¡LEVÁNTATE! ¡HACIA EL TEMPLO DE WINDAM! RÁPIDO!
Se incorporó asustado. Alcanzó a ver una figura pequeña perderse entre la batalla, evadiendo los carros, los soldados que se batían con sus espadas, las lanzas llenas de magia que empuñaban los Xiosanos y los cuerpos muertos.
Se tocó el pecho, respirando profundo. El dolor había desaparecido. Todos ellos. Hasta la herida en el muslo. ¿Cómo lo habían curado?
Recordó la vocecilla desesperada, y tras ubicar una espada abandonada a los pocos metros, echó a correr.
Los dioses acababan de alzar vuelo, dejándolos momentáneamente solos. Enlil había ordenado a Abzu y a Ki regresar a sus templos y volver con "los obsequios de Dilmún". Lucy desconocía qué significaba, pero intuía que era vital para lo que se disponía a hacer.
Aún miraba hacia los cielos, embelesada por los seres que justo había conocido, cuando escuchó movimiento a su derecha. Era Latis, quien se sentaba en el suelo de la verde pradera, iluminada por las dos blancas lunas.
Había olvidado momentáneamente su ansiedad anterior mientras conversaba con los dioses. Ahora, volvía a sentir ese miedo…que en realidad no era miedo. Era un frenesí extraño, que dominaba los latidos de su corazón, el cual sonaba muy fuerte en el silencio tenue de la noche.
- ¿No quieres sentarte? –dijo el, observándola con detenimiento-
Lucy no se movió inmediatamente. Apenas asintió en la oscuridad. Se acercó lentamente.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, le miró con mayor cuidado. Latis tenía la vista fija al frente, reconociendo el paraje donde se encontraban. Sin embargo, no podía ocultar que aún se reponía de la herida. Se veía agotado. Ella, sin pensar mucho, se arrodilló a su lado, preocupada por su salud.
- ¿Estás bien?
El asintió, mirándola con intensidad.
Ella alargó su mano hacia el cuello del hombre. A la luz de las lunas, examinó la mejilla del espadachín. Aún veía las venas moradas, pero el tono había perdido su venenosa fuerza. Quería creer que se estaban desvaneciendo a una velocidad mayor. Las tocó suavemente con las yemas de los dedos, recorriendo inocentemente su trayectoria desde la barbilla hasta la base de los hombros.
- Creo que están remitiendo – dijo sin estar completamente consiente de lo que estaba haciendo. Sin más, bajó la mano para ponerla sobre sus rodillas-
- Si – respondió el, en un tono muy bajo, volteando su rostro, para quedar justo en frente al de ella-
- ¡Latis! – casi gritó, emocionada y algo apenada, ya que justo se daba cuenta que él acababa de hablar- ¡tu voz!¡tu voz ha vuelto!…
En ese instante, Lucy se percató de la proximidad y paró abruptamente. La franca sonrisa por la recuperación de Latis se contrajo.
Sus cavilaciones fueron interrumpidas por una mano que se posó con suavidad en su mejilla, haciendo imposible el retroceso iniciado. Se vio obligada a sostener la mirada de esos ojos violetas. Tenía que preguntarle.
- ¿por qué? – balbuceó. Sus pupilas se movían impacientes, ansiosas por saber, ansiosas por estar seguras de lo que ese gesto significaba, a pesar que el tacto trasmitía una intención indiscutible-
Latis no contestó. Sus ojos pasaron a concentrarse en los labios de ella. Lucy ciega a esa reacción, sólo se fijó en el silencio.
- Te vi con Neferti, en el palacio. Hace algunos meses. Sé que…te gusta –confesó quedamente, tratando de no impregnar las palabras con amargura- Perdóname. No debí inmiscuirme. No debí invadir tu privacidad– dijo bajando los ojos, vencida-
Una fuerza suave, pero contundente le empujó hacia adelante. Latis le atrajo hacia él, moviendo en un gesto definitivo la mano que había permanecido sobre la mejilla hacia la nuca, y le besó con pasión contenida, ahogando sus palabras, y derritiendo todo pensamiento coherente en su tumultuoso cerebro. Enmudecido quedó el murmullo del rio cercano, el débil pero constante cantar de los insectos nocturnos cesó de golpe, y hasta el viento paró su incesante ondear. Sólo quedaba esa sensación electrizante, que le hundía en la irrealidad. Ambos resistían al embate de los sentidos, en el mismo centro del huracán, inmersos en aquella energía, girando al compás de sus deseos, tratando de no quemarse dentro de esa pira furiosa, que se resistía a cualquier destino en el que no estuvieran juntos.
Cuando se atrevieron a separarse, se miraron, interrogantes, tratando de procesar lo que acaba de pasar, lo que acaban de sentir.
- Latis –murmuró Lucy-
Él tomó sus manos entre las suyas, apretándolas con fuerza, mirándola directamente, para que los orbes marrones no tuvieran la mínima posibilidad de escapar.
- Pero…no entiendo – dijo Lucy- ¿Neferti y tú no…?
Latis negó categóricamente
- Neferti me ayudó a ir al mundo místico. -Una mueca de dolor cruzó su rostro. Hablar aún era difícil. Su voz salía ronca, unos decibeles por bajo de lo normal-
Ante el silencio expectante de la pelirroja, continuó
- Ella me enviaba a tu Tierra, y yo buscaba a Akil, su prometido. Ese era el trato. –se detuvo, recordando los terribles eventos en Xios en su camino para encontrar la brújula- Neferti ha sufrido mucho.
La guerrera movió sus manos para liberarse, y él la soltó. Lucy se quedó quieta unos segundos, con la mirada baja. Sus ojos se movían de un lado para otro.
- ¿Lucy? – inquirió el-
Lucy levantó su rostro, mostrándole una tristeza inesperada que parecía pesarle infinitamente.
- He hecho sufrir a muchas personas.
Latis le miró directamente.
- Nada de lo ocurrido es tu culpa. –dijo con una convicción sobrecogedora- Todos hemos tomado nuestras propias decisiones.
En un reflejo condicionado por 4 años desde que había vuelto por última vez de Céfiro, Lucy se llevó la mano derecha al pecho, buscando el medallón encima de la ropa. Siempre lo hacía cuando se sentía incómoda o cuando creía que necesitaba algo de fuerzas. Latis se dio cuenta y sonrió suavemente; sin embargo, sus ojos reflejaban una emoción mucho más intensa.
Ella, con la mano todavía sobre el objeto, se percató de aquella mirada, y se sonrojó, sabiendo lo que había hecho. Ambos quedaron detenidos unos segundos, sin saber qué decir.
- Me alegra que aún lo conserves – dijo el-
Ahí estaba. Ese recordatorio de un momento íntimo, de ese secreto entre los dos, era lo que ella necesitaba. Lucy se lanzó hacia él, esta vez sin dudarlo dos veces, y le abrazó con efusividad, lo que tomó a Latis desprevenido, casi empujándolo sobre la grama. La chica se alojó en su pecho, cálida, y se estrujó contra él. Latis correspondió rodeándola con los brazos, sonriendo y posando la mejilla sobre el rojo fulgurante del cabello de su guerrera mágica. Sabía que ella lloraba un poco, pero no le preocupaba. Eran lágrimas de alivio. Un alivio que él mismo sentía al experimentar ese abrazo verdadero, en medio de la noche infinita, cuyas magnánimas sombras los protegían, convirtiendo su afecto en una armadura impenetrable.
Al poco tiempo, Lucy se deslizó suavemente en el mundo de los sueños; sueños llenos de esperanzas, de posibilidades. El calor del cuerpo de Latis le proporcionó una calma indescriptible. Entregó sus preocupaciones a Morfeo, quien la recibió gustoso, pues mucho la había añorado.
Mientras, el viento del verano volvía a cantar primitivas leyendas, recordándoles que nada, absolutamente nada, era eterno.
En el templo del viento, dos sacerdotisas se deslizaron furtivamente por la entrada, dejando la batalla metros abajo para los soldados Xiosanos. Corrieron, llevando la pesada carga entre las dos, para internarse en las profundidades del recinto sagrado del elemental.
Una de ellas hizo señas a la otra, mientras escuchaba atentamente un suave murmullo que salía de afuera de la cámara principal.
Se asomaron con precaución. Vieron un gran grupo de hombres y mujeres que estaban sentados en círculo, con las manos entrelazadas, y los ojos cerrados.
Era peligroso avanzar más. La inteligencia Xiosana no les había informado que los templos estuvieran habitados. No había remedio. A pesar que sus órdenes eran que debían plantar el árbol justo en la entrada de la cámara interior, tendrían que hacerlo allí. Sin los soldados no podrían enfrentarse a ese número de personas. Debían informarlo lo más pronto posible.
Se disponían a plantar el árbol, cuando inesperadamente, sus narices se irritaron, haciéndolas estornudar. Sus ojos comenzaron a irritarse, impidiéndoles la visión.
Primavera revoloteó entre ellas, sonriendo.
- Soy pequeña, pero tengo mis trucos –dijo triunfante-
Al oírla, las sacerdotisas se pusieron en guardia. A pesar que no la veian claramente comenzaron a darle caza, hasta que una de ellas logró capturarla al vuelo. Arrojaron al hada contra una pared. Primavera se golpeó la cabeza y perdió el conocimiento.
Comenzaron a hacer un hueco en la tierra. Cuando se disponían a trasplantar el árbol, un sonido les puso en guardia. Era un hombre alto, que blandía una espada.
- Aléjense. No quiero hacerles daño. – dijo Artego, recuperando el aliento tras la ininterrumpida y empinada subida de la montaña-
Ambas mujeres sisearon. La que había atrapado a Primavera se lanzó contra él, blandiendo una pequeña daga que sacó de su cinturón, mientras la otra se apresuraba, sacando el árbol blanco de la matera verde.
Artego se debatió con la mujer, sabiendo que perdía preciosos minutos. De un golpe la noqueó, y corrió hacia la otra sacerdotisa. Unas pocas raíces del árbol tocaron el suelo del templo antes que el comandante impidiera que el resto del árbol fuera puesto en la posición adecuada. Esas raíces crecieron inmediatamente, hondando en la tierra, refulgiendo con tonalidad verdosa. La mujer intentó apoderarse del árbol, y Artego tuvo que arrojarla hacia la misma pared donde se encontraba Primavera. Allí, la amenazó con la espada para que se estuviera quieta, mientras se valía de la matera para que las otras raíces del árbol, que se movían como serpientes, se asieran de la tierra en que lo habían transportado.
Sin dejar de apuntar con la espada, Artego trató de arrancar las raíces que habían logrado instalarse en el suelo del templo
- Es inútil – dijo la mujer- sabe que esta tierra es de gran poder, y jamás se soltará.
- ¡No funciona! ¿Ceres, Por qué no funciona? – preguntó Marina, frustrada-
Ceres guardó silencio.
Lo habían intentado todo. Magia, golpes con la espada, incluso hubo un momento de desesperación en que Marina intentó arrancarlo con sus propias manos (las manos de Ceres en realidad). Pero nada funcionaba. Conforme pasaba el tiempo, se sentía más débil y confundida.
- Es el vínculo –dijo Ceres- Nuestro vínculo se está debilitando. El hijo de Yggdrasil lo está rompiendo, porque está absorbiendo nuestra magia para poder crecer.
- ¿El vínculo? ¿Te refieres al vínculo entre un elemental y su elegida?
- Así es
- Eso no puede ser. Si rompe el vínculo…es decir que no podremos luchar juntos ¡¿Qué es Yggdrasil?! ¿Por qué está haciendo eso?
- Yggdrasil es superior a todos nosotros. Es nuestro origen, y nuestro final. Yggdrasil mantiene los nueve reinos unidos, nos permite coexistir.
- Suena como algo bueno. ¿entonces por qué permite que esto ocurra?
- Yggdrasil eligió dónde crecer hace milenios. Esto que ves, lo han elegido los hombres. Pero los hombres no podrán controlar por mucho tiempo a sus hijos. No lo comprenden.
- ¿Estás diciendo que el plantar esos árboles… es manipulación de Xios, porque creen que con esto nos derrotarán, pero que realmente no controlan lo que hacen?
Un temblor sacudió las profundidades, dejando la pregunta de Marina sin responder.
"Marina" – dijo una voz conocida y amada-
- ¡Guruclef! ¿Estás bien?
Hubo un silencio entre los dos. El mago no esperaba aquella pregunta.
"Si, estoy bien"
Marina casi veía la sonrisa del mago entre sus palabras. Ella sonrió también. Pero luego, la voz en su cabeza se tornó lúgrubre.
"Algo terrible ha llegado a Céfiro"
