CAPITULO 34. EL HIJO

Why have ourselves abandoned us
Why they no more belong to us
Cries in the sky pray to believe
My heart and soul will never forgive

Killing my dreams — Elysion

CÉFIRO. TIEMPO PRESENTE

Abzu tenía entre sus brazos a la guerrera del agua, que recién recuperaba la conciencia luego de su apresurada e involuntaria salida del mashin en pleno combate. El dios sonreía al verla removerse ante la energía que debía sentir emanando de él.

Los elementales que habían atravesado el Nifelheim dentro del contenedor humano de nombre "Lucy", movían sus alas con suavidad para mantenerse flotando en el cielo revuelto de Céfiro.

—No te emociones —le advirtió Ki, volando al lado y observándolo de reojo.

—Lo que dices es difícil, Ki. Hace mucho no tengo una elegida a mi alcance.

—Recuerda que no es tuya, Abzu

—No hay ninguno que pueda reclamarla— mencionó obviando el hecho que hace poco habían visto a Ceres cayendo al mar para luego desaparecer entre las olas.

—No voy a lidiar con estupideces ahora. La prioridad…

—La prioridad siempre la hemos tenido clara. —le interrumpió sin despegar su atención de Marina— Todos aprendimos esa lección en cierto momento. Pero no puedes negar que es magnífica.

—Abzu ¿Dónde está Enlil? —preguntó Ki impaciente, dando un largo sondeo al cielo a su alrededor.

Ambos dioses cruzaron una mirada de preocupación, recordando un evento lejano que había marcado sus vidas. Habían salido tan rápidamente a hacerle frente a Mavi—Alev que no se habían percatado de la ausencia. Ki se impulsó en el aire, moviendo sus alas mientras la ansiedad le forzaba a abrir y cerrar las garras una vez tras otra. Buscó a Enlil, dando un amplio paneo, hasta que un evento le distrajo.

Varios metros abajo, el océano se agitó y una sombra emergió furiosa rasgando la superficie de las olas. Los ojos humanos no serían capaces de distinguir lo que ocurría, pero los dioses vieron con claridad al dios de la llama azul alzándose para perderse en lontananza con dirección a la magnífica montaña humeante que cortaba el paisaje de Céfiro.

—Su velocidad — dijo Abzu sin perder de vista a Mavi—Alev—Lo había olvidado.

—No podremos seguirlo con facilidad —Ki torció la boca en un gesto de disgusto.

—Milenios han pasado y todo sigue igual

—Me pregunto si esta vez podré confiar en que se hagan las cosas que se deben hacer—terció la diosa de la tierra y fuego, dándole una mirada de desprecio a Abzu—

—Eres osada Ki.

Ki se abalanzó sobre su homólogo alado, sin darle tiempo para reaccionar y le arrebató a Marina, halándola con violencia para luego dejarla suspendida por su brazo izquierdo lista para unirse con su elemental en lo profundo del océano.

—¿Quieres volver a intentarlo en 2300 años?—dijo la diosa haciendo hincapié en el cuerpo desgonzado de Marina, agitándole deliberadamente. La guerrera se quejó en sueños, signo que estaba pronta a recuperar la conciencia debido a la exposición al viento helado de la atmósfera y al maltrato que estaba recibiendo —Debemos cerrar este ciclo. Te lo dije cuando aún teníamos tiempo, y ¿qué ocurrió?

—Las cosas no son tan sencillas, —replicó Abzu con tiento— corremos el riesgo de parecernos a Mavi—Alev. Además no estamos seguros de…

—Dime entonces dónde está nuestro dios Rey.—dijo con ironía—

Abzu apretó los dientes, sin argumentos para contradecirla. Era cierto que el momento de tomar una decisión había llegado, que no podían postergarlo más, aún con las implicaciones que conllevaba, utilizando la esencia misma de la locura que combatían.

Un grito interrumpió la deliberación de los dioses, cuyo plan a seguir parecía implícito en el silencio. Era la voz aterrada de Marina, quien despertó al vacío, al pánico de verse flotando en el cielo de Céfiro unida solamente a la voluntad de la diosa Ki de mantenerla con ella.

—No recordaba que fueras tan escandalosa—le reprendió Ki, con sorna. No tenía nada en contra de la elegida de Ceres, la humana le agradaba, pero si no le quitaba a Abzu su juguete jamás le concedería la importancia que requería la conversación.

—¿EH? —Marina se tragó el grito y miró hacia donde escuchaba la voz, sin creérselo todavía—¿KI? ¿¡QUÉ ESTÁS HACIENDO EN CÉFIRO!? ¿POR QUÉ ESTOY COLGADA DE ESTA FORMA?

—Si deseas puedes unirte a tu elemental, abajo con los peces. Sólo dilo niña.

—¿Qué has dicho?

Marina miró hacia abajo, pero el mareo no le dejó. La altura era absurda y era muy diferente volar en la gema del mashin que estar al vaivén del viento con sus piernas sintiéndose cada vez más pesadas, arrastrándola hasta la tierra. El concepto de gravedad le golpeó con toda la fuerza necesaria y tuvo que cerrar los ojos para no dejarse conquistar del pánico absoluto.

—Ki dice que ama a los humanos, pero no lo demuestra— Abzu avanzó hacia Marina, flotando y moviendo con suavidad las alas oscuras de tonos tornasolados y le recogió con delicadeza para abrazarla.

—Gra…cias—dijo Marina, percibiendo la energía fantástica, poderosa, del dios de las aguas subterráneas.

Abzu se dio cuenta, y sonrió complacido, llevándosela consigo para ponerla a la misma altura de Ki, alzándola como a una damisela en peligro, rodeándola posesivo. Marina se obligó a disipar aquella magia, sintiendo la calidez del dios, una atracción que le recordaba aquella vez que pisaron el templo de Ceres en lo profundo del océano, pero que a la vez era más antigua y compleja. Su curiosidad tuvo que ser puesta de lado, porque recordaba lo más importante.

—¡Dime qué ha ocurrido! ¿Dónde está Anaís? ¿Clef? ¿Mavi—Alev?

—A la elegida contaminada no era posible tocarla. Corríamos con el riesgo de infección—respondió Ki exponiendo los hechos como eran, simples y llanos.

—¿¡Eso qué quiere decir!? —Marina saltó en los brazos de Abzu, furiosa—

—Cayó al océano—respondió Abzu

—NO, NO ESO NO. — dijo negando una y otra vez con la cabeza— ¡NO PUEDE SER! ¿¡USTEDES NO…!? —Marina incrementaba su tono de voz y si no estuviera a cientos de metros de altura, habría empujado a Abzu para alejarlo de si— ¡CÓMO PUDIERON!

—No vamos a exponernos a perder nuestra fuerza, Marina —le dijo Ki con más calma de la que a la guerrera del agua le gustaría escuchar— Tenemos un enemigo formidable que es capaz de todo. No nos pidas elegir entre tu amiga y los universos, porque sabes la respuesta.

Marina escuchaba las palabras de Ki, pero se había acordado algo y por eso no prestó atención. Miró hacia el punto donde por última vez había visto a Clef. Las rocas del acantilado ya no existían, todo había sido tragado por las aguas.

—¡LLEVAME A TIERRA! — gritó, con la mente enloquecida sin saber qué debía hacer primero: si buscar a Anaís, o a Clef, o tratar de contactarse con Ceres— DEBO…

—Debes deshacerte de los hijos de Yggdrasil que deben estar succionando la magia de Ceres— le interrumpió Abzu.

—¡NO! ¡Tengo que buscarlos! ¡Deben estar vivos! Yo —Marina bajó la voz, asustada, buscando en su corazón algún signo de lo que iba a declarar— yo sentiría si están muertos, estoy segura.

—La magia de tu elemental está en peligro, —Ki le interrogó atenta a su respuesta— ¿y eso es todo lo que te preocupa?

—¡Lo intentamos! ¡Ya lo intentamos! ¡Es imposible arrancar los árboles!— les dijo casi a gritos— Ahora tengo que…

Abzu y Ki intercambiaron una mirada, y sabiendo que la elegida no se estaba sosteniendo del dios de las aguas subterráneas, éste la soltó sin previo aviso.

Marina cayó. Se precipitó por el vacío, gritando, aferrándose al viento que le arañaba la piel, inundada de vértigo y de negación.

Los cinco metros que duró su caída terminaron cuando a su alrededor se formó un círculo de agua, que avanzó a su alrededor hasta convertirse en una esfera que le cubrió por completo mientras seguía el recorrido hasta abajo, sin aminorar la velocidad, hasta la profundidad del océano. El golpe contra la superficie fue violento, y terminó arrodillada en el fondo de aquel recipiente mágico. Dentro de la esfera respiraba con normalidad, y podía escuchar el sonido del agua que le abría paso, junto con la pequeña sinfonía formada por los seres que vivían en las turbulentas aguas de Céfiro. Hace poco, cuando se había sumergido con su mashin, Marina no había experimentado aquella vibración de vida que emergía de cada rincón, que cantaba como si pudiera comprender su idioma.

—Lo puedes sentir elegida, ¿no es así?

Abzu se desplazaba al lado de ella. Sus alas habían mutado sin perder su majestuosidad y las plumas que antes le impulsaban en el aire se habían convertido en una membrana transparente, que brillaba con tonos verdeazulados e iridiscentes. El dios se impulsaba con facilidad, con su largo cabello ondulando en el sentido de la corriente.

—¿Por qué me obligas a hacer esto?—dijo sin dejar de pensar en Anaís y en Clef—

—Ceres también le dio prioridad si ya habían bajado hasta aquí para arrancar los árboles—razonó con tranquilidad, mirando al frente, donde el templo submarino comenzaba a emerger augusto ante su avance.

—¡Antes Anaís estaba com Windam!

—Mi magia es mucho más antigua que la de tu elemental—siguió Abzu ignorando deliberadamente su réplica— por eso puedes percibir la vida del océano ante ti, si yo así lo quisiera, escucharías el latido de cada criatura, y ellos se unirían al ritmo de tu corazón. Sin embargo, éste no es mi mundo, y mi fuerza no podrá ser usada a plenitud sin un enlace con él.

—¿Entonces yo soy el enlace?

Abzu soltó una sonora carcajada, que reverberó dentro de la esfera como si el dios estuviera viajando encerrado con junto a ella.

—No niña. — dijo divertido— pero los dioses de Xios no tenemos buena fama, así que debo tomar precauciones.

—¿Xios has dicho? ¿Pero cómo es posible? ¿Acaso estás de su parte?

El templo de Ceres se alzó onmipotente en el lecho marino, pero Abzu no paró allí. Se deslizó por el abismo, siguiendo su instinto, buscando al elemental de Céfiro que le estaría esperando en el fondo, con la esfera que llevaba a su garantía siguiéndolo de cerca.

Ya no estamos de parte de nadie. —confesó bajando la voz— perdimos nuestro lugar, hace mucho tiempo.


MUNDO NURDÁN, 2300 AÑOS ANTES

Verano del año 119 del calendario Nurdita

Durante los meses anteriores habían estado atentos a la inminente llegada del dios rey de Xios, a través de las visiones que Aysel lograba obtener. Todo apuntaba que la visita del ejército sería al final del verano, por ello, Mavi-Alev se había impuesto a la fuerza para dominar la voluntad de los otros tres elementales, los cuales lucharían bajo su mando contra la invasión al lado de sus elegidas.

El destino se selló en la noche más calurosa de aquel verano, cuando cuatro extranjeros armados de finas espadas, evadieron los controles de ingreso a la capital amurallada de Nurdán. Se deslizaron entre las sombras, sigilosos como la muerte para ubicar la humilde casa de una planta, construida con arenisca y bareque donde vivía Aysel con sus padres, hermanitos y abuelos.

Entraron a ella corriendo las tejas del techo, cayendo en medio del hogar con movimientos gatunos. Se dividieron reptando sobre la oscuridad, evadiendo los enseres pegajosos de la cena que esperaban ser lavados a la mañana siguiente, acercándose con tiento a los dormitorios que rodeaban el salón central para buscar a sus presas que dormían alejados de la fatalidad inminente. Siguiendo una orden silenciosa desplegaron al unísono el acero y en menos de un minuto segaron las vidas de todos los inocentes que dormían allí: Siete almas se elevaron del mundo terrenal sin lograr emitir palabra, asfixiados en el carmesí caliente de la desesperación.

Soprendida en su lecho, Aysel fue golpeada una y otra vez hasta que doblaron su voluntad. Le abrieron la boca, obligándole a tragar una galleta de gusto espantoso, que durmió sus músculos, dejándola dócil para lo que venía. Le alzaron entre dos, sujetándola de manos y piernas, y le forzaron a yacer sobre una almohada que colocaron cubriendo al pequeño Carin, el bebé de la casa de apenas tres meses.

Luchó contra ellos, hasta suplicó con voz gangoza que no continuaran, sabiendo lo que pasaría si permanecía sobre su hermanito. El terror se solapaba en medio de las náuseas y de la impotencia, pero tuvo claro el momento exacto cuando se escribió el destino de Carin, que murió aplastado bajo su peso.

Inmediátamente le alzaron para meterla en un saco que olía a tierra, sin darle tiempo al ataque de pánico que le cerraba la garganta, ahogándole en el calor de esa noche fatídica. Intentó llamar a Mavi-Alev, pero su mente seguía cerrada y oscura.

Le transportaron como un fardo cualquiera que pasaba de una mano a otra. Aysel percibió por los sonidos tenues que salían de la casa e iniciaban una marcha forzada para esquivar el amanecer. Quiso gritar, sintió que lo hacía, su boca se abría y en sus oídos retumbaba el agudo llamado por ayuda, pero el esfuerzo era sólo una invención de su cerebro, que golpeaba las paredes del cráneo como un balón hinchado. Estaba atrapada en su cuerpo.

Les escuchó hablar con susurros acerca de un rodeo a la ruta planeada debido a unos centinelas haciendo rondas fuera del recorrido usual, por lo que permanecieron algún rato detenidos próximos a un depósito de basuras, de hedor insoportable. Escuchó la voz de los vagabundos pidiendo un mendrugo, y el olor fuerte, almizclado, de la putrefacción.

— Debemos movernos, no me gusta el aspecto de ésta gente — dijo uno de los asesinos con voz trémula.

Al poco tiempo se pusieron nuevamente en marcha; Aysel rebotaba sobre la espalda de uno u otro asesino, que tomaban turnos para llevarla. Su cabello se enredaba entre las fibras del saco y lo halaban sacándole lágrimas a punta de tirones. La mayoría del viaje fue una sucesión de sonidos y sensaciones que horas después fueron difíciles de recapitular. En su memoria predominaba el frío que se colaba por las fibras del saco, que le hacía temblar de pies a cabeza. Aysel no encontraba refugio en su propia mente, llena de cal.

Pero hubo un lapso de tiempo que recordaría muy bien, porque apagó toda la retahíla de su cabeza. El viento había cesado, los murmullos de la noche habían desaparecido, ni siquiera los sonidos brincaban contra las superficies de la forma en que deberían ante los pasos de los asesinos sobre la piedra, o el roce de la hierba. Aysel comenzó a hiperventilar dentro del saco y la bilis le subió por la garganta para liberarse por sus labios y manchar su camisón de algodón. Su cuerpo cayó al suelo helado, un suelo que no poseía ningún olor, ninguna textura. Su hombro derecho, sobre el cual había recibido el golpe, se entumió en el dolor que le reptaba por el cuello.

— ¿Qué diablos pasa?— preguntó un hombre.

— La maldita acaba de vomitarme encima —mencionó una voz más cercana.

— ¡Álcenla o arrástrenla! No me interesa, ¡pero debemos salir de Nifelheim antes que perdamos el rastro o vagaremos en esta oscuridad para siempre!

Le arrastraron haciendo un nudo en la parte superior del saco. Nuevos golpes sobre sus costillas, y el olor de su propio vómito fueron los protagonistas en el resto del viaje, que para su fortuna, no duró mucho más, aunque nunca estuvo segura si la brutalidad de ese último tramo le había hecho perder la conciencia.

El siguiente recuerdo fue aterrizar en un suelo liso, de cerámica dorada y lujosa. Se arrastró con el extraño sentimiento de desentonar. Aysel, llena de los restos de comida del día anterior, sucia, desarrapada, no merecía posarse sobre aquellas finas losas.

Su vista tropezó con un pie humano, calzado en unas botas doradas terminadas en punta, de una envergadura mayor a cualquiera que hubiera visto. Grandes placas de metal dorado subían por las pantorrillas, en forma triangular, con aleaciones verdosas.

— Bienvenida a Xios, elegida de Mavi-Alev. —dijo Enlil con falsa amabilidad—


CEFIRO. TIEMPO PRESENTE

Lucy despertó entre el calor de las llamas. Sus ojos se fueron acostumbrando a la luz bamboleante del fuego, que opacaba el día. Se aferró al suelo marchito, a la tierra seca y a la vegetación calcinada que tenía debajo para impulsar su cuerpo hacia arriba.

¿Dónde estoy?

Apenas apoyó las manos y trató de incorporarse, las náuseas llegaron y tuvo que detenerse para respirar. El aire olía a alquitrán, y podría tomarse un pedazo de él para guardarlo en una botella. Una lluvia de cenizas caía con suavidad ensuciando su cabello, manchando de negro su rostro y adhiriéndose a la ropa cerrando la sensación de irrealidad que adormecía el subyacente peligro.

Tosió una vez, dos veces. El oxígeno no era suficiente para aliviar sus pulmones, y un ardor rampante se apostaba en la garganta, quemándola por dentro. Todo le dolía, cada parte de su cuerpo era un grito contenido esperando a ser utilizado para aullar con furia.

Alzó la cabeza, la pared de fuego que le rodeaba bajaba su altura, y el humo se dispersaba. Al fondo vio la montaña suspendida del templo de Windam, con dos naves doradas apostadas a cada lado. El cielo estaba revuelto, lleno de nubarrones que cargaban tormentas en sus vientres grisáceos.

Había permitido a los dioses utilizarle para llegar a Céfiro, pero luego Enlil no había deseado dejarle. Aún escuchaba su voz en la cabeza, diciéndole que le libraría de ser la esclava de Rayearth. ¿Por qué Enlil le había traicionado? ¿Qué razones tenía entonces para ayudarla? Recordaba la tortura. Recordaba a Latis.

— ¡¿LATIS?!

Se las arregló para levantarse, aún quedaba el dolor fantasmal de las lianas con las que Enlil le había aprisionado por las extremidades, pero Lucy no tenía tiempo para el dolor. Tenía un terrible presentimiento. Latis le había dicho que le sacaría de ese lugar de dolor, y lo cumplió, pero ¿dónde estaba ahora? ¿Dónde?

No lo veía, no lo veía. ¿Dónde estaba?

— ¡LATIS! ¡LATIS! —gritó desesperada— ¡LATIS!

Comenzó a avanzar, tenía que encontrarlo, Latis tenía que estar cerca. Por favor, tenía que estar cerca, por favor, tenía que estar vivo, por favor por favor. Si ella era responsable de traer a Céfiro una desgracia, si los dioses le habían engañado, si por ayudarle Latis había resultado herido, si de nuevo ella traía una sombra sobre Céfiro…

— Elegida de Rayearth — la voz emergió desde la penumbra a sus espaldas y un viento gélido corrió sobre la tierra, apagando las llamas, haciendo aullar los troncos, levantando los fragmentos de ramas y las cenizas.

Lucy observó al dios del viento desplegar sus dos pares de alas doradas, y extender su mano hacia ella, invitándola a acercarse.

— Juntos derrotaremos a Mavi-Alev, —dijo Enlil, mirándola con detenimiento, curioso— seremos los salvadores de Céfiro.

— ¿Salvadores de Céfiro?

— ¿No es eso lo que querias?

— ¿Dónde está Latis? —Lucy comenzó a desconfiar de los ojos dorados de Enlil, que tenían un brillo extraño, y de forma instintiva acomodó los pies en el suelo, apretando los puños.

Enlil se alzó unos centímetros sobre la tierra, y avanzó hacia Lucy flotando con sigilo, acercándose como un felino.

— No podrás resistirte por mucho tiempo —aseguró condescendiente— has consumido los obsequios de Dilmún, eres mi ofrenda de los tiempos, he esperado mucho tiempo por otra.


Capital del imperio Xiosano, 2300 AÑOS ANTES

Verano del año 119 del calendario Nurdita

Las lianas verdes cuya consistencia se erigían del mismo viento, le suspendían de las extremidades reduciendo su carne. Le presionaban en el abrazo mortal de una boa constrictora ansiosa por partirle cada hueso. Su cuerpo entero pugnaba por que la sangre siguiera corriendo por las venas en vez de juntarse sobre su pecho; la sentía hirviendo, tratando de llegar a esos sitios donde Enlil le había colgado como un títere para que bailara esa danza mortal.

Recordaba con claridad cada minuto que le había llevado a ese estado. Recordaba haber sido arrastrada por la fina cerámica del templo de Enlil en medio de una inútil resistencia. Aún sentía el roce de los mosaicos naranjas, y el vidrio cuarteado que había desgarrado la piel de su rostro. Rememoraba con aprensión los gritos mudos, que trataban de rehusarse al destino cruel que sólo se extendía como una premonición siniestra.

Le habían alzado para situarla entre las ramas de un árbol raquítico y blancuzco, que reconoció de inmediato. Era un hijo de Yggdrasil, doblegado a la voluntad de Enlil. Ella había visto esa figura en sus sueños y había confiado que el curso de los acontecimientos seguiría la pauta que su poder le había dejado profetizar; pero era inexacto. No había podido prever lo que estaba pasando. No había podido evitar la muerte de su familia, ni ser secuestrada, ni la tortura.

Enlil no le quitaba los ojos de encima. Su mirada era curiosa, como quien observa una máquina única en su tipo, la cual pretende despiezar para conocer su mecanismo. Su mirada vacía le daba miedo. ¿Dónde estaba su dios, su única esperanza, su hermoso Mavi? Aysel rezó con fuerza, le llamó como solía hacerlo cuando deseaba hablar con él en sus pensamientos, pero el silencio le devolvió la palabra.

Los captores le habían dejado al pie de las raíces más gruesas, que parecían enormes dedos huesudos, botada como un juguete descompuesto.

— Tengo curiosidad. ¿cuál fue el sacrificio para que pasara el Nifelheim? —Preguntó Enlil hacia sus ayudantes, dando pasos tranquilos hacia ella—

— Su hermano pequeño —contestó uno de los hombres, erguido con orgullo, a la espera de instrucciones—

— Retírense.

Nifelheim. Habían pasado el mundo entre los mundos y ya no estaba en Nurdán. Ese sitio era el templo principal de Enlil, en Xios. Trató de inhalar profundamente para calmarse, pero en vez de eso, comenzó a temblar de los pies a la cabeza y que las náuseas volvieran con más fuerza.

Enlil se agachó para verle mientras sus captores salían de la enorme estancia. Cerraron tras de sí las monumentales puertas de hierro que chocaron como un gong oxidado. Sólo quedaban ella, el árbol y el dios rey de Xios. Tenía mucho miedo de permanecer allí con aquel ser, que contrario a sus encuentros con Mavi-Alev sólo le hacían querer escapar. El aura de Enlil era compleja, difícil de leer.

— Te preguntas por qué estás aquí, y es comprensible—dijo Enlil con una sonrisa cálida—

No contestó. No entendía las intenciones de Enlil y por ello era mejor callar. Prefirió seguir clamando en su mente por su dios, quizás si lo deseaba con fuerza suficiente, llegaría a él a través de los mundos que los separaban.

Mavi, ¿me escuchas? Ayúdame por favor. Mavi, ¡por favor!

— Tenía otros planes. —mencionó Enlil hablando para sí mismo— pero mis congéneres no supieron apreciar lo que trataba de hacer.

Aysel levantó la vista. Enlil se refería a los otros dioses, a Ki y a Abzu. ¿Qué había pasado? ¿Acaso ellos habían detenido la invasión a Nurdán?

— No pude llegar a tiempo a Nurdán, esa es la razón de tu presencia. Le daré a Xios su conquista, puesto que di mi palabra, como dios rey—dijo haciendo brillar sus ojos dorados— Conquistaré tu pequeño mundo luego que resuelva mis asuntos aquí, asuntos que me vas a ayudar a resolver, elegida de Mavi-Alev. El obsequio de Dilmún que te dieron en Nurdán debe estar provocándote nauseas. No te preocupes, acabará pronto.

¿Obsequio de Dilmún? Negó con fuerza. ¿Se refería a esa galleta de gusto espantoso? ¿La misma que le había dejado sin posibilidad de gritar, de llamar a su Mavi? ¿Qué era eso y qué estaba haciendo con ella?

Mavi-Alev, escúchame, soy yo, tu fénix, tu elegida. Te necesito, ¡TE NECESITO!

El miedo hizo que pasara desapercibido la aparición de unas lianas, silenciosas y furtivas que se enroscaban con las ramas del árbol buscando sus manos y piernas mientras Enlil soltaba su monólogo. Le atraparon sin aviso, alzándola al tiempo que Enlil se erguía para verla suspendida en la mitad de ese árbol horrendo que comenzó a latir despidiendo una suave fluorescencia azulada.

— No volverás a ser la esclava del dios de la llama azul. Te liberaré—aseguró Enlil—

Así había llegado a ese estado lamentable, colgada como un pedazo de carne que estuvieran exhibiendo para ser cortada.

Sus llamados no serían escuchados, su dios no vendría por ella, por más que tratara, por más que prometiera las cosas más desparatadas. Mavi-Alev no le salvaría porque no podía escucharla. Estaba sola. Muy sola.

Aquello que Enlil quería estaba próximo, podía sentirlo: era una energía que surgía de esa sangre estrangulada que se le acumulaba en el pecho. Ya no le importaba si las lianas cercenaban sus brazos, si le cortaban el cuello, si quedaba sin piernas. Sólo tenía que terminar. Tenía que terminar ahora porque ella no podía más, no podía soportarlo ni un minuto más.

El momento llegó, y la muerte se escurrió trémula por sus venas. Sintió que cada una de las conexiones en su cuerpo se soltaba, que su mente quedaba flotando en un líquido viscoso, indefensa para ser tomada por el mejor postor. La certeza de pérdida fue abrumadora, y unas lágrimas nacidas desde adentro encontraron el camino de otras que ya había derramado desde el comienzo de ese día. Sin embargo, esas lágrimas no eran consecuencia de un dolor físico como las primeras; eran un reflejo de sus más queridos recuerdos. Se veía a sí misma en el templo de Mavi, de pie al lado de él convirtiéndose en su elegida, brillando como nunca, aceptando en su alma una parte del dios mientras las 50 llamas dinamitaban la luz más maravillosa hacia el techo de la bóveda. Se había sentido completa. Ella, Aysel, tenía un propósito.

Mas el recuerdo se tornaba oscuro, se retorcía como un papel consumido por los troncos de una fogata, volviéndose cenizas. El aura de Enlil lo llenó todo, apropiándose de ese recuerdo y cortándolo en pedazos.

Antes de perder la conciencia, Aysel alcanzó a ver un campo ceniciento, donde llovía negrura. Grandes gotas de petróleo caían desde nubes grises, manchando los prados. Las pequeñas flores blancuzcas que apenas sobresalían del suelo aceptaban inermes la oscuridad y le absorbían, volviéndose margaritas negras. Un paisaje extraño, de montañas frías, de picos elevados y nieve donde esa lluvia trataba de arrebatar el colorido pálido de la vida. La voz de la comprensión le susurraba que aquel sitio se reservaba a los hijos de Yggdrasil, quienes llevaban en sus entrañas la semilla del árbol de la vida. Era el núcleo del comienzo, del final, de todos los mundos, de todos los dioses, que estaba siendo mancillado por lo que Xios había hecho, por lo que Enlil acababa de hacer. Los cielos lloraban lágrimas negras, porque los hijos de Ygdrassil conducían oscuridad mancillada hacia su madre.


TIERRA DESCONOCIDA. TIEMPO PRESENTE

¿Mi familia?— se preguntó Ascot al mirar las luces que danzaban enloquecidas a su alrededor— ¿Cómo podía ser esa su familia?

Habían caminado hacia un enorme abeto, que se mecía tratando de llevarle la corriente al viento. El árbol presidía desde una colina que cominaba el lago cuyo oleaje se levantaba gracias al inclemente clima, rodeado por los picos helados, que parecían tan azules como el cielo.

La lluvia negra había cedido, pero el pasto y las flores aún escurrían ese desagradable negro, el mismo negro que teñía el vestido de Neferti y su impoluto cabello, otrora rojo.

— ¿Desde aquí podremos volver a Céfiro? —preguntó hacia la sacerdotisa

Neferti bajó el rostro, y tomó aire. La tristeza le había empapado el ánimo, y Ascot lamentó haber hablado de más. Iba a decir que lo sentía, sin saber muy bien por qué, cuando Neferti respondió, regalándole una sonrisa forzada.

— No Ascot. Esto que ves, es el paso al corazón de Yggdrasil. Un lugar que pocos tienen el placer de pisar. Y tu has llegado aquí por voluntad propia. —Neferti se volvió hacia el abeto, y tocó el tronco, lo cual hizo que el árbol emitiera un tenue destello dorado.

— ¿Está brillando?

— Ahora tócalo tu —le invitó, tomándole de la mano, a lo cual Ascot se sonrojó un poco.

Tan pronto sus dedos rozaron la madera, el árbol se iluminó como una fogata naranja. La luz era tan intensa, que Ascot se retiró unos pasos.

— ¿Qué ocurre?

— Ahora estoy segura. ¡Ascot, eres un niño de Ygdrassil!

— ¿un niño de…qué?

No siguieron con la conversación, porque se transportaron a un espacio lleno de estrellas. No hacía frío ni calor, y no podía decir si allí pasaba el viento o si el tiempo se había detenido del todo. Estaba flotando en un universo de brillos, que se acercaban a él tímidos, tratando de tocarlo, pero sin resolverse a hacerlo. Ascot confundido, buscó a Neferti y la vió a su lado, observando a las luces en su ir y venir curioso, sonriendo complacida. Su vestido había regresado al color original, y no se veía una sóla mancha negra.

— Antes lo había dudado. Cuando me dijeron que estaba predestinado, no lo creí, pero ahora todo ha cambiado. —Sonrió hacia Ascot, esta vez de manera sincera— Tu lo cambias todo.

— Dijiste que era un niño de Ygrassil, ¿Qué significa eso?

— Significa que hasta los dioses te temerán. — un brillo de fuego pasó por los ojos de Neferti, quien se paraba altiva y orgullosa—Y sobre todo significa que el karma ha alcanzado a Xios, después de 2300 años, por jugar con cosas más allá de su comprensión.


NOTAS DEL AUTOR

Hola! Soy AdiaSkyFire, tal vez me recuerden por películas como "miren todos esos fics en hiatus" y "actualizaré lo más pronto posible"

Ya saben las excusas de siempre, pero ok, aquí estoy, porque una promesa es una promesa. Conforme a mi incapacidad de resolver esta trama en 8.000 palabras o menos, decidí publicar lo que ya tengo escrito, espaciado en el tiempo, para que al menos sepan que no me he olvidado de ella y que pretendo terminarla.

Gracias a los que después de 5 años aún leen esta historia.

LucyKailu: Dos reviews por el precio de uno jejeje me encanta. Muchas gracias. Mavi-Alev es un personaje que aún tiene algunas cosas que decir, pero es Aysel quien pronto terminará de contar su historia. Estoy feliz por la impresión que te causaron, pero es una relación desventajosa sólo de un lado. Y si, Enlil ya sacó las uñas y mostró su verdadera naturaleza. De Anaís, tiene su turno en el siguiente episodio...(si aún está viva) Y gracias mil por las flores, escribir batallas no es tan sencillo, pero aún falta una para el gran finale :P

Bermone: Tienes toda la razón. Mavi-Alev siempre estuvo algo loco, pero lo terminaron de acabar. jajaj me alegra que el personaje te haya gustado, mil gracias por seguir por estos lares! Y acerca del tiempo en que estuvo Mavi-Alev en el Nifelheim y cómo llegó ahi, lo verás en el proximo cap. Y pues...todavía no mates a tu Clef, que le faltan cosas por hacer jejeje.

Guest: La madeja de 2300 antes aún tiene cositas, que no quiero soltar en una sola tanda, porque los demás personajes también merecen ir avanzando un poco y tal vez por eso sigo manteniendo el suspenso hasta el final. Gracias por leer y por seguir por aquí.

Maggy: Gracias a ti por leer! Espero que este nuevo cap te guste.

Okamiaka: La presión si sirve, y espero llegar primero que Martin jajajaja. Gracias por tus palabras, sirven mucho para darme un bofetón y dejar de holgazanear.

Nos vemos! Espero pronto. :P