CAPITULO 35. LA RESOLUCIÓN DE AYSEL

Second things second
Don't you tell me what you think that I could be
I'm the one at the sail, I'm the master of my sea, oh-ooh
The master of my sea, oh-ooh

Believer — Imagine Dragons

El gran complejo de edificios que pertenecía al dios rey de Xios y los cuarteles generales del ejército estaban en llamas. Las murallas exteriores habían caído, y ahora los seguidores de Ki y de Abzu estaban dentro, acribillando a cualquiera que se interpusiera en su camino.

—¿Han cerrado todas las salidas? ¿Están seguros que todos los hijos de Yggdrasil están allí dentro?

Ki esperaba la respuesta del hombre que se había unido a su rebelión, que la miraba desde abajo, alzando la cabeza, mientras ella flotaba cerca del suelo. El hombre dudaba, podía verlo en su cara sucia, llena de mugre y sangre.

—Todos están allí — mencionó tratando de sostenerle la mirada.

—¿Por qué dudas? Estás con nosotros porque desprecias los métodos de Enlil para la conquista de los mundos, ¿no es así?

—Los niños —comenzó— ¿realmente debemos matarlos?

—No debe quedar ninguno—ordenó.

—Mi diosa…—susurró sin ganas.

—Sabré si no cumples mis órdenes — Ki estiró las garras, y sus filosas uñas brillaron con los reflejos del sol de Xios.

—Se cumplirán a cabalidad, mi diosa—recalcó el hombre, pasando saliva.

Ki alzó vuelo para reunirse con Abzu, quien se encargaba de la estrategia para ingresar al templo principal donde se había acuartelado Enlil. Los informes decían que hacía unas pocas horas se habían abierto pasajes al Nifelheim en una ubicación cercana, y Ki sospechaba de una última artimaña del dios del viento.

Cruzó los cielos, cerrando los oídos a los gritos de los moribundos. Odiaba la guerra, pero no había otra opción. Sólo un idiota como Enlil podría estar ciego para no ver que estaba labrando la perdición de los dioses. Primero planeaba robar una elegida y levantar el vínculo, un sacrilegio que podría desencadenar consecuencias funestas; pero luego se habían enterado de los niños y eso era lo que había rebosado la copa.

Enlil había auspiciado la creación de una raza nueva, que no era inmortal como los dioses, pero que obtenía poder de las entrañas mismas del árbol de la vida. Si bien la iniciativa había sido del concejo de ancianos, Enlil lo sabía y en su afán de la persecución de sus propios intereses con los árboles Yggdrasil para romper los vínculos de las elegidas, había visto tales iniciativas como insignificantes. Después de todo, lo que Xios deseaba era resolver un problema de logística, una cuestión humanaen la que el dios del viento no tenía ningún interés.

Las guerras no se componían sólo estrategia y buenos soldados. Para una conquista a gran escala como deseaban los dirigentes de Xios, donde invadían no países vecinos sino mundos que sólo eran accesibles a través del Nifelheim, planteaba un enorme problema el tema de desplazamiento de tropas, municiones, maquinaria bélica, enseres y alimentos. Los kâhin podían recopilar información valiosa antes de la invasión, los makinessi (nombre con que habían bautizado a las semillas de Ygdrassil modificadas) podían abrir pasajes y con la brújula podían decidir el destino exacto. Semejante tecnología debería bastar para garantizar la victoria, pero lo que podían transportar a través del Nifelheim era poco y espaciado. Las tropas debían pasar por turnos, los carros de guerra tenían problemas en sus mecanismos después de atravesar las dunas oscuras del mundo entre los mundos y las naves más grandes era simplemente imposible hacerlas pasar sin antes despiezarlas.

Debido a ese problema de logística, habían sido desterrados de al menos tres mundos, y los recursos para la guerra tarde o temprano, se agotarían. El concejo de ancianos de Xios debía garantizar que el imperio podía dominarlo todo, y debía llegar a los confines de los mundos en una posición de ventaja.

El inicio de aquella solución llegó cuando por casualidad se toparon con un noble del Alfheim en medio de la conquista de los mundos helados. Aquel noble, para salvar su vida tras un combate singular con más de 10 Xiosanos, había invocado de la nada una espada para hacer frente a los soldados invasores, dibujando un círculo con extraños símbolos en el aire. El noble se las arregló para vencer a cinco de sus enemigos trayendo armamento que salía de aquel círculo, uno tras otro, hasta que los Xiosanos lograron acercarse lo suficiente para cortarle los tendones de las piernas. La habilidad de ese noble hizo que el mismo general a cargo de la invasión tomara interés en él, y le llevaron como un trofeo de guerra a exhibirlo en las calles de la capital. Poco tiempo después, el noble comparecía humillado y encadenado ante el concejo de ancianos, que vieron con interés las posibilidades que aquel poder ponía a su alcance.

Así fue como Xios tuvo conocimiento que una raza noble de Alfheim podía realizar invocaciones de objetos conocidos, a kilómetros de distancia. ¡La revelación era crucial! ¿Y si de alguna manera pudieran invocar objetos y organismos desde diferentes mundos, saltando el paso del Nifelheim? ¡Todo el ejército llegaría a sitio con un solo movimiento! Era crucial encontrar la manera de hacerlo.

Miles murieron hasta que Xios tuvo control completo del Alfheim. Todas sus razas fueron esclavizadas, incluyendo aquella que podía realizar tales milagros.

Los niños, más fáciles de manejar e influir fueron separados a corta edad de sus padres, para la experimentación con las semillas modificadas de Yggdrasil. Los adultos eran tratados como ganado reproductivo, mientras trabajaban en la construcción de templos en la capital. Años pasaron hasta que los experimentos, completamente secretos incluso para Ki y Abzu, dieron luz después de cientos de intentos fallidos y de incontable dolor.

"Los niños de Yggdrasil" eran enfermizos debido a la enorme cantidad de magia y químicos a los que eran sometidos, pero funcionaban. Una docena de ellos habían sido utilizados en dos pequeñas incursiones, asegurando un éxito rotundo, a pesar que diez de ellos no hubieran sobrevivido.

Con esa experiencia confirmaron que los niños a los que se les había implantado la semilla después de los 3 años, morían después de utilizar con frecuencia su poder. No pasarían de unas siete invocaciones seguidas. Pero aquellos a los que habían implantado la semilla antes del primer año de vida, se hacían cada vez más resistentes y prometían un futuro brillante para Xios. En esos niños estaría la clave de la expansión del imperio Xiosano más allá de los límites de la imaginación.

Pero Enlil no se daba cuenta que ese poder era sólo el principio. Si los niños estaban conectados con Yggdrasil, su suministro de magia sería infinito, por lo que también lo sería su alcance. Con el poder de invocar cualquiercosa que conocieran desde los miles de mundos, todo era posible. Ki podía ver en el corto plazo un grupo de esos niños sobrevivientes, buscando venganza por su pueblo, enfrentándose con el mismo Enlil. Y una vez vieran que podían matar a un dios, nada podría detenerlos.

Ki descendió hacia el gran templo dorado del dios del viento, en el centro de la ciudadela administrativa de Xios, justo cuando las puertas de cobre de más de tres metros de altura cayeron con estrépito ante el ataque de Abzu, sin embargo, la incursión que seguía fue detenida por una corriente de aire que barrió con los arietes terminados en cabezas de metal, y se llevó por delante a los hombres que los operaban. En cuestión de segundos, otra explosión echó por los aires a una tropa de soldados leales al dios de las aguas subterráneas, haciendo retroceder a las primeras filas que corrieron para salvar sus vidas. La trampa de Enlil hubiera cobrado más de sus aliados sin la reacción inmediata de Ki, que levantó un muro de fuego ante los asombrados humanos que vieron la detonación de cientos de pequeños contenedores de pólvora que los seguidores del dios rey habían puesto alrededor de la entrada.

—¡AHORA! — gritó Abzu hacia los soldados, dando la señal de avanzar.

Un grupo numeroso de hombres entraron al complejo rápidamente, gritando y levantando sus armas. A menos de 50 metros chocaron contra las docenas de soldados con uniformes dorados, que les esperaban para entrar en combate. El enfrentamiento fue sangriento, y los escudos se mancharon pronto de sangre Xiosana.

—Ki, necesitamos llegar a las terrazas superiores. — dijo Abzu, acercándose hacia su compañera.

—Claro, ¿Quiénes serán los valientes? — se burló dirigiéndose hacia un grupo de hombres, que no habían ingresado con los demás.

Siguieron a la diosa hasta uno de los costados del templo, y se detuvieron sobre uno de los grandes caminos empedrados que bordeaban la estructura.

—Ahora arrodíllense ante mí— dijo inclinando la cabeza hacia la derecha, evaluando la reacción de los hombres.

Los hombres se miraron entre sí, pero hicieron lo que se les indicaba. No sería la primera vez que debían seguir algún capricho de la deidad de la tierra. Ki sonrió complacida, aguantando la risa y levantó su mano derecha como si sostuviera un objeto con la palma.

El suelo tembló, y una enorme columna de tierra se levantó desde las profundidades, llevando a los soldados a la altura de las terrazas que necesitaban alcanzar. El estar arrodillados les ayudó a mantener el equilibrio y pudieron llegar a salvo para poder saltar hacia el templo y comenzar la invasión desde los pisos superiores.

El templo cayó en menos de una hora. Los fieles a Enlil defendieron su último bastión con la tozudez de los fanáticos, a sangre y fuego, pero se enfrentaban a un ejército comandado por dos elementales, que sorteando las numerosas trampas mágicas apostadas en cada nivel, derribando barrera tras barrera, al final llegaron al salón principal esperando encontrarse con su dios rey. Pero al ingresar, lo único que salió a su encuentro fue el silencio. Atrás de ellos, la marea humana se desbordó y entró al compás riguroso de una disciplina que Xios se enorgullecía de impartir a sus adeptos.

—Escapó. Maldito Enlil.—Ki apretó los puños.

—No puede ir muy lejos sin que lo sepamos. —Abzu avanzó unos metros sobre la estancia—Tenemos vigiladas las salidas al Nifelheim

—A menos que aquella apertura que se nos informó haya sido él.

Siguieron caminando, pero cortaron la conversación al acercarse a la pared oriental del salón. Veían al fondo una pequeña figura inmóvil que se mimetizaba sobre los mosaicos del lujoso mármol. Era una joven de largo cabello dorado, vestida con una bata de algodón llena de manchas carmesí y restos de vómito. Estaba desmayada a los pies de un árbol blanco y raquítico, que reconocieron como lo que quedaba de un hijo de Yggdrasil que había sido sometido a alguna espantosa modificación.

Ambos se acercaron a la niña con tiento, sintiendo una presencia indefinible emerger de ella, que no podrían nombrar. La energía correspondía a una elegida del viento, pero algo estaba mal.

Los soldados llenaron la estancia para registrar cada rincón, por si aquel salón vacío escondía alguna amenaza. Los sonidos de las botas hacían eco en las paredes, y las voces gruesas, desentonadas por la sed insaciable de violencia, anunciaron al poco tiempo que allí no había nadie.

—Mi dios Abzu — comenzó uno de los líderes de escuadrón—

—Tomen lo que deseen —concedió con un asentimiento distante.

Como estaba prometido, los soldados iniciaron el pillaje. Los dioses hicieron oídos sordos a los desmanes de los hombres, que comenzaron a llevarse todos los tesoros que podían cargar, incluidos los tapizados, jarrones, las piezas de oro del gran trono de Enlil y hasta los apliques de las paredes haciendo un gran alboroto, olvidándose de cualquier decoro y veneración a su antiguo dios rey.

Ki y Abzu no tenían interés en esas cosas, y lo veían como un castigo hacia el dios vanidoso y sediento de poder que les había orillado a esa situación. Toda su atención se centraba en esa niña, que sin duda habían torturado y estaba pronta a hundirse en las aguas del más allá. Detallaron las marcas en los brazos, los surcos profundos que habían dejado las ramas del árbol sobre sus piernas, el estrangulamiento, el hedor de sudor y orina que contaba una historia larga y dolorosa.

—¿Abzu, esta niña….?

—Le raptó. Logró traerla.

—¿Cómo pudieron ubicarla?

—Los planes de la invasión estaban andando cuando iniciamos la revuelta. — Abzu tenía la mirada fija en las heridas de la chica— Quizás nuestro movimiento le hizo cambiar de opinión, e hizo trabajar a los kâhin hasta que dio con ella.

—Enlil dejó de lado la conquista, su entrada triunfal a Nurdán; el enfrentamiento soñado con el dios de la llama azul de lado.—razonó Ki bajando la voz— Lo subestimamos. Siempre creí que su vanidad estaba primero que cualquier cosa.

—Lo ocultó del mismo Mavi-Alev, ¿logró dar con ella y raptarla en menos de venticuatro horas? Los kâhin no pudieron sobrevivir a eso. Nurdán está muy lejos y espiar a través de los sueños agota a esos hombres. Debió usar al menos 50 kâhin para lograrlo, más tratando que Mavi-Alev no les detectara.

—Una matanza, les debió matar a todos para cubrir su rastro—sentenció Ki, haciendo un gesto de disgusto— no creí que fuera capaz.

El dios se arrodilló sobre lo que quedaba de la joven, y acarició su mejilla con el dorso de la mano. El cabello azabache de Abzu brilló y ondeó en el aire, como si estuviera sumergido en el agua.

—¡¿Qué haces?! Si esta niña es quien creemos...

—Una elegida no merece esto — dijo Abzu, sin detenerse.

—Aunque quisieras salvarla, no tenemos dones curativos

—Mavi-Alev tiene una naturaleza mixta: agua, fuego y viento. Su elegida también debe tenerla. Quizás podamos transmitirle nuestra energía para que resista.

Ki se quedó observando cómo Abzu tocaba con sus largos dedos la frente de la niña, y tras dudarlo un momento, ella también se arrodilló a su lado, y tomó la mano derecha de la elegida de Mavi—Alev sin decir palabra. El cuerpo de la diosa brilló al unísono y pequeñas chispas emergieron de su piel. La niña dio signos de vida, y se quejó en sueños. Ki y Abzu no le soltaron hasta que abrió los ojos y les miró como un cervatillo malherido, asustado pero sin fuerzas para escapar.

Se prestaban a levantarle cuando un estallido les hizo ponerse alerta. El techo del templo desapareció de un tajo y trozos de rocas llovieron sobre sus cabezas. Ki pulverizó la mayoría que podría hacer daño y Abzu contratacó para que los soldados tuvieran tiempo de salir.

—¡TU!— gritó Ki hacia uno de los hombres que se precipitaba hacia las escaleras— ¡llévate a esta niña! ¡Ponla a salvo!

El soldado lanzó una maldición, pero soltó las copas de oro que llevaba en las manos y regresó sobre sus pasos para obedecer al llamado.

—Si dejas que le pongan una mano encima…—amenazó Ki—

—No se preocupe por eso mi diosa —concedió el soldado

Ki se volvió hacia la lucha espectacular que libraba Abzu con Enlil, que se mostraba encima de sus cabezas con las alas desplegadas conjurando una tormenta, atacándoles con todo lo que tenía. Ambos sabían que el rapto de la elegida de Mavi—Alev le había hecho más ágil, de mente más despierta y que la última trampa había funcionado a la perfección. Era lo natural cuando uno de los dioses hacía pacto con su elegida y por ello no sería fácil derrotarle.

Mientras luchaban se hacía claro que las posibilidades de encerrarlo o humillarlo disminuían. En el fondo sabían que la afrenta era enorme, que la redención era imposible y que el delirio de grandeza de Enlil no le abandonaría. Pero a pesar de saberlo, el tomar la vida de su hermano era una decisión que ninguno estaba preparado para tomar.


CÉFIRO. TIEMPO PRESENTE

Paris no logró llegar a tiempo para interceptar la caída de Anaís. Por más que lo intentó, el viento se puso en su contra y la criatura mágica perdió impulso en los últimos metros.

Anaís siguió su curso hacia el océano. Si Paris no lograba detenerla, el impacto contra el agua la mataría. Socorrerla sería muy fácil para cualquier mago, pero él no tenía poderes, así que la persiguió en caída libre a lomos del enorme pájaro, que pegó las alas a su cuerpo para ganar velocidad.

Estaba cerca, pero aún no lo suficiente. Varios metros los separaban. Azuzó la montura para que incrementara la velocidad y se estiró sobre el cuello del animal, tratando de alcanzarle, pero Anaís estaba inconsciente y no respondía a sus gritos desesperados ni a su mano que pugnaba por salvarla. Sentía el frio de la desesperación rozándole las mejillas y el destino aplastándole la columna. Deseó ser más rápido, mucho más rápido que la gravedad que deseaba arrebatarle al amor de su vida.

Más rápido

La criatura estaba exhausta, Paris sabía que el impulso que le daba fuerzas estaba llegando a su límite, que el encantamiento estaba pronto a drenarse y que en cualquier momento el magnífico animal desaparecería de la misma forma en que había llegado.

Más rápido

Justo antes de sortear los últimos metros el milagro se hacía realidad, y le sobrepasó por poco para ponerse debajo de ella. Anaís cayó sobre el lomo del animal y Paris rodó para apretarla contra él, sabiendo que era demasiado tarde para volver a alzar el vuelo, para cualquier cosa que no fuera rogar por una oportunidad.

La criatura se estrelló en el agua con la fuerza de un torpedo.

Es ciertopensó— el agua es como como un muro de ladrillos.


Si las malas intenciones pudieran verse como la ausencia de toda luz, Enlil podría enlutar el mismo día con su sonrisa falsa, la cual Lucy reconocía a pesar de querer negarlo.

Retrocedió un paso para afianzar sus pies en el suelo. La tierra quemada levantó un fino polvillo negro, que se elevó con el batir de las alas del dios del viento. Lucy evaluó sus opciones: aún no tenía su armadura de guerrera mágica disponible para elevar su espada y convocar a Rayearth. ¿Podría "llamar" sus poderes mágicos sin la intervención de Clef?

— ¿Por qué haces esto? —preguntó, sin querer saltar a una conclusión apresurada. No entendía cómo habían llegado a ese punto.

— No desesperes —respondió Enlil— Venceremos a Mavi-Alev. La renovación de mi mente me dará la capacidad para someterlo, tal como hace 2300 años. Y el escenario de Céfiro es perfecto para lo que deseo lograr, con hijos de Ygdrassil plantados sobre la superficie.

El dios dudó un segundo, considerando lo que había dicho. Lucy cerró los puños y se concentró sin dejar de observar al peligroso ser que ahora arrugaba la frente ante un pensamiento inesperado. La guerrera mágica despertaba la magia poco a poco dentro de sí, percibiendo que la voluntad bombeaba su corazón, haciendo hervir sus venas.

Enlil se abalanzó acortando el poco espacio entre ambos, impulsándose con sus dos pares de alas doradas. Sin siquiera tocarla, el elemental movió su mano derecha, empleando un conjuro mágico que le tumbó sobre el suelo. Lucy trató de incorporarse pero sentía una capa densa de aire moviéndose sobre ella que le cortaba la respiración.

Lucy se revolvió, tratando de reunir fuerzas para invocar su poder, pero antes de que ella hiciera algo, la magia desapareció como si le hubieran cortado con un cuchillo y Enlil fue golpeado por una fuerza que ella no alcanzó a distinguir. Se levantó lo más rápido posible para ver al dios del viento raspar la superficie de Céfiro y mirar con furia al nuevo protagonista de la lucha: Aquel era un ser de apariencia humana, adornado con cara deforme y cabello que un día fue rubio. Sus ropas, hechas trizas y su piel resquebrajándose, producto de la exposición a un poder que no estaba diseñado para manejar. Emanaba un aura azulosa, oscura e intimidante, pero la cosa reía a gusto viendo al hermoso dios del viento, con su largo cabello dorado y sus ademanes parsimoniosos sacudirse el polvo de la túnica.

— Tengo separado mi platillo—dijo Mavi-Alev— las sobras esta vez serán para ti, dios de Xios.

Al ver que Mavi-Alev se volteaba hacia ella como si tuviera en los ojos una manada de hienas hambrientas, Lucy supo que su posición ahora era enfrentarse no a uno, sino a dos elementales sedientos por destrozarle a punta de dentelladas.


Capital del imperio Xiosano, 2300 AÑOS ANTES

Verano del año 119 del calendario Nurdita

El soldado se echó la niña sobre el hombro derecho para bajar rápidamente las escaleras que se mantendrían en pie por poco tiempo si la lucha encarnizada de los dioses continuaba, cargando en la espalda el polvo de los ladrillos y rocas que se filtraba de las estancias superiores como goteras que anunciaban la desintegración de la estructura. Corrió por las estancias esquivando cuerpos de vivos y muertos, hasta que al fin llegaron al terraplén de la entrada que se tapizaba de los que no pudieron sobrevivir a la entrada forzosa de las tropas rebeldes.

La muchacha no había emitido signos de vida durante todo el trayecto, y el soldado comenzó a sospechar que le habían encargado un muerto. Le depositó en una esquina del corredor principal, alejada del rio rojo y de las partes humanas, al lado de una de las columnas de granito. Se llevó las manos a la cintura para recuperar el aliento, y mientras lo hacía se fijó en su supuesta protegida. La niña no abría los ojos y los brazos le colgaban inertes. Al instante se arrepintió de haber seguido las instrucciones de la diosa Ki. Esa cría estaba muerta o muy pronta a estarlo, por tanto cualquier cosa que hiciera no valdría de nada. El problema era que gracias a ese estorbo no había podido llevarse los objetos de oro, como se lo merecía después de una cruenta lucha como la de ese día.

El soldado pensó que no hacía mal si le dejaba allí un rato mientras se devolvía hacia los salones contiguos a ver qué podía recuperar.

Aysel abrió los ojos tan pronto sintió que el soldado se alejaba. No confiaba en nadie, y menos en un soldado con apariencia similar a la de los que le habían traído a Xios. Probó a levantarse, y lo consiguió no sin esfuerzo. Aún sentía los nervios a flor de piel, y al dar un paso con sus pies desnudos una corriente de dolor le subió por la planta hasta las rodillas. Pero tenía que moverse. Tenía que moverse, porque era la única forma de volver, así que se plantó en el suelo y salió hacia la calle, que el sol del mediodía iluminaba con reverberante caos.


Los soldados leales a Enlil que habían cumplido la misión de traer a la elegida desde Nurdán corrían por las calles tumultuosas de la capital Xiosana con las espadas desenfundadas, apartando a civiles y rebeldes por igual. Era importante salir de ese hervidero lo más pronto posible y replegarse en las montañas a espera de nuevas instrucciones del concejo. La supervivencia era prioridad máxima.

Uno de ellos tosió y tuvo que parar para tomar aire. Desde que habían estado en Nurdán, ese mundo primitivo lleno de asquerosos vagabundos que olían como el mismo demonio, no se había sentido bien, pero era lo normal después de esa incursión rápida donde llevaban más de ocho horas sin comer nada. Atribuyó su mareo al calor y a su estómago vacío, pero una cosa de esas no debería detenerlo de seguirles el paso. Vio que sus compañeros le dejaban atrás, trotando por el sendero empedrado, perdiéndose en medio de la multitud que corría en todas las direcciones confundida, huyendo de la efervescencia, la matanza y de todas aquellas pasiones que explotaban cuando no había ley, ni dioses a los cuales acudir.

Se desplomó agarrando su estómago, sintiendo que todas sus tripas se licuaban y tosió de nuevo. El sol picaba y le hería la vista. Si continuaba bajo sus rayos sin encontrar un refugio, aquel brillo por seguro le debilitaría y no podría alcanzar la salida de la ciudad amurallada. Se arrastró hasta encontrar la puerta de una casa abierta sin soltar la espada de su mano derecha y se precipitó en las sombras. Allí se encontró con un pequeño grupo de moradores, un niño y dos mujeres, que le miraron asustados.

El soldado se irguió, pues alejado del calor abrumador se sentía más despierto y ordenó que le dieran agua. Al ver que no se movían un palmo para cumplir con su mandato, avanzó hacia las mujeres y agarró una por el brazo, gritándole directo sobre la cara, escupiendo saliva caliente. Pero las mujeres de Xios sabían que aquel no sería sino el comienzo de un camino que ninguna quería recorrer, así que la otra le asestó un golpe en la cabeza con un largo bastón de madera maciza que ocultaba detrás de sí. El soldado se desplomó y cayó al suelo de tierra maldiciendo y agarrándose la nuca que ahora supuraba un líquido rojizo.

Sabiendo que de una manera u otra llevaban todo que perder si se quedaban allí, las mujeres huyeron hacia la casa de sus vecinos con el pequeño en brazos.

Al poco tiempo, las dos comenzaron a toser.


El soldado que había recibido órdenes de matar a los niños de Ygdrassil miraba a su hermana, quien era una de las nodrizas encargadas de la crianza del último grupo que quedaba vivo. Arrodillada en el suelo, agarrada con fuerza de sus vestiduras, le imploraba con los ojos inundados de lágrimas no seguir adelante con un acto que él ni siquiera deseaba cometer, sin amedrentarse por la espada desenfundada que ya tenía surcos de sangre inocente.

Las nodrizas no podían tener hijos más que aquellos, eran la razón de su existencia. Eran verdaderos hijos para ella.

— ¡Son sólo niños!—rogó— ¡dile a tus hombres que detengan la matanza! ¡No hagas esto!

— Las órdenes de los dioses no pueden ser desobedecidas

Los niños estaban perplejos. Muchos de ellos no huían de sus atacantes, sino que se quedaban viéndolos con ojos acuosos sin dar crédito a lo que ocurría.

— ¡Está mal! A los dioses no les importamos, ¡no te conviertas en su asesino! —dijo entre los dientes, sollozando apoyada en las frías losas de cerámica—

— ¡Es su vida o la mía! —replicó—si la diosa Ki sabe que su orden no fue acatada, me matará.

La nodriza se irguió con el pleno convencimiento que da una revelación inesperada.

— Los dioses nos traicionarán. Y los niños serán nuestra única salida. ¿No quieres tener un seguro listo para cuando eso ocurra? ¿no quieres una salida a esta guerra?

El soldado bajó los ojos, para enfrentarle con atención. Si, ella tenía razón. Los niños eran la salida más limpia para desaparecer de Xios si algo ocurría. Enlil estaba loco, y Ki y Abzu nunca se habían llevado bien. Su rebelión les costaba muchas vidas Xiosanas, y todo ¿para qué? ¿Para que enloquecieran de nuevo en pocos años?

— Sólo tres—le dijo en voz baja—salvaremos a tres. Escógelos bien.


Aysel salió a las calles, arrastrándose en las sombras para evitar ser descubierta. Su apariencia llamaría mucho la atención, así que se refugió en los callejones, mientras recuperaba sus fuerzas.

Debía encontrar a los niños de sus visiones, esos que había visto en el futuro que ahora se desvanecía por los eventos del presente. Aysel había visto el suceso de invasión a Nurdán, así que los niños debían existir, así la invasión tal cual la vio, nunca se viera concretada. Paró y se deslizó rendida apoyada en una pared, dejando que el calor le adormeciera por unos instantes.

Sus recuerdos eran su arma. Tenía que sacarles el mayor provecho posible. Sólo una vez había visto un edificio de almenas doradas, donde sabía que criaban a esos infantes capaces de llevar los suministros de guerra a los otros mundos. Necesitaba la imagen vívida de ese sitio para encontrarlo antes que dieran con ella.

Su ansiedad le dijo que debía ponerse en marcha, quizás si caminaba un trecho más se aclararían sus ideas. Además no estaba lo suficientemente lejos del templo de Enlil para darse el lujo de quedarse en un lugar por mucho tiempo.

Al levantar la cabeza y mirar hacia el horizonte, vio con claridad el majestuoso edificio que estaba buscando. Agradeciendo los pequeños favores, Aysel se enfiló hacia él.


La nodriza salió con otras dos mujeres por uno de los pasajes subterráneos, junto con tres niños escogidos con el mayor cuidado: Ascot, Cirdán y la niña de sus ojos, Miriel. Ascot tenía apenas 2 años, el menor de todos ellos, y era quien había demostrado un dominio de su habilidad de forma más asombrosa. Cirdán le doblaba la edad y Miriel rozaba los 5. Todos eran maravillosos hijos de Yggdrasil, puros y alegres.

Después de un largo trecho de túneles apestosos, la nodriza les enfiló hacia la superficie. Saldrían a una de las calles conexas y luego el plan era mimetizarse con la población. Pero para eso, debían conseguir ropas menos vistosas que las que llevaban.

Salieron al nivel de la calle, y se ocultaron en un callejón. La revuelta no había parado y los excesos de los soldados eran la nota imperante adonde quiera que miraban. Las mujeres apretaron contra si a sus pequeños y les ordenaron no musitar una sola palabra.

Iban a emprender su camino, cuando una voz femenina les llegó desde atrás, delatando su origen

— Son hijos de Yggdrasil, ¿no es así?

La nodriza se volteó, y con una daga que llevaba escondida en la toga, se abalanzó sobre el testigo. Mas su ímpetu se vio detenido por la visión de una joven que no pasaba los 16 años, de mirada suplicante y dolorosa, que les veía como si la felicidad se hubiera materializado en aquel callejón.

— Por favor—dijo Aysel— no me hagas daño. Sólo quiero…regresar. Necesito volver. Sé que pueden hacerlo, sé que les han enseñado cómo. Por favor.

Aysel se arrodilló ante la nodriza, y agarró sus ropas mientras sollozaba en el suelo. Una escena familiar que la mujer reconoció de inmediato.


MUNDO NURDÁN, 2300 AÑOS ANTES

Verano del año 119 del calendario Nurdita

Aysel caminaba descalza por el enorme bosque, sin importar que las ramas le arañaran la cara o los brazos mientras trataba de apartar la vegetación para seguir avanzando lo más rápido posible. Las lágrimas corrían por sus mejillas sucias, trazando largos surcos grises. Su ropa, que era apenas una bata de algodón que le llegaba a las rodillas, la sentía pegarse a su cuerpo lleno de sudor y locura. El piso era un concierto de aguijones, pero Aysel lo hacía a un lado puesto que ya conocía el sabor del dolor verdadero que aún se regodeaba en su boca, con el gusto ácido y grumoso del metal oxidado.

El templo del dios de la llama azul estaba lejos, pero era su única esperanza. Necesitaba a Mavi-Alev, necesitaba su presencia, su voz hipnotizante, el calor de sus palabras, sus enloquecedores ojos verdes. Quería a ese Mavi-Alev que se infiltraba en sus sueños y le susurraba palabras dulces cuando tenía visiones, conduciéndole suavemente sin perder detalle, como un amante sediento de conocimiento por cada parte de su ser, ansioso por ver lo que ella quisiera mostrarle. Pero lo que más necesitaba era saber que alguien esperaba por ella, que Enlil no le había arrebatado todo.

Al separar las ramas de un frondoso arce se encontró con el dios que buscaba, quien le observaba silencioso de pie en medio de la espesura. Portaba una armadura plateada con finos ribetes azulados, cuya magnificencia desentonaba con el lugar. Mavi-Alev llevaba un casco que le daba un aire avasallante con las puntas rodeando la superficie de su cabeza, terminando en una puntiaguda falange de oro. Su brazo derecho se resguardaba con metal ondeante, moldeado para asemejar el vaivén de las llamas, que poseían una envergadura de casi medio metro. El atuendo, que con seguridad llevaría para comandar un ejército, hacía juego con una daga corta de hoja zigzagueante que colgaba a su cintura y en la mano izquierda, sosteniéndola con desidia, traía una larga alabarda cuyo diseño le permitiría clavarla por cualquiera de los tres ángulos o blandirla como un hacha por su parte más larga.

— Aysel…— le saludó con voz cansina, gastada, haciendo un gesto con su dientes al terminar la palabra—

El dios más que salir a su encuentro, le cortaba el paso, envuelto en un aura inadecuada para alguien tan hermoso como Mavi-Alev. Su instinto resonó con una orden clara, una campana insidiosa que gritaba "aléjate", pero Aysel no podía traducir aquella advertencia porque iba en contravía con todo lo que su alma destrozada y hambrienta requería en ese momento.

— ¡Mavi-Alev! —Aysel lloró de alivio al verlo, esperando que él le devolviera el gesto con uno de sus peculiares guiños.

— ¿Dónde estabas? No podía percibir tu presencia — la pregunta deseaba sonar empática, pero salió fría de unos labios que se torcían cada vez más hacia una mueca—

— Estaba…—el pulso se aceleró al recordar los fragmentos—Enlil…

— Enlil —repitió Mavi-Alev con una sonrisa llena de odio—

— Enlil hizo algo— dijo Aysel, alzando sus ojos hacia su dios, hacia su Mavi-Alev, ansiosa por que él le reconfortara, porque él le acunara en sus brazos, como otras veces.

— ¿Lo crees, Aysel? —preguntó el dios, esta vez más serio, pero con un tono irónico que ella captó sin comprender.

¿Aysel?

Por fin se dio en cuenta que desde su encuentro el dios estaba refiriéndose a ella por su nombre. Mavi-Alev nunca le decía por su nombre, Aysel nunca era Aysel con Mavi-Alev: era mi hermosa fénix, mi elegida, mi dulce niña. Pero nunca Aysel.

Dio un paso al frente, extendiendo una mano, suplicante. Llegó a tocarle la armadura, sólo un roce, pero una ráfaga de aire le envió atrás violentamente para estrellarle contra el tronco de uno de los árboles. Aysel se desgajó hasta caer al suelo, con múltiples astillas clavadas en su espalda.

Abrió los ojos, negando con la cabeza, con lágrimas incipientes. No tenía fuerzas para levantarse, por lo que se quedó mirándole incrédula, mientras él se acercaba con pasos calculados, y esa sonrisa maquiavélica adornando su cara. Aysel recordó todas las habladurías, las leyendas de crueldad, las advertencias acerca de ese dios barbárico y loco, que le daba lo mismo el sufrimiento humano, con tal que favoreciera a sus intereses.

— ¿Qué pudo haber pasado, Aysel? ¿Qué pudo ocurrir, Aysel? — dijo con voz juguetona haciendo brillar sus ojos, pero luego fijó una expresión pétrea en el rostro que escupió desdén— Apestas al dios del viento, tu esencia me repugna.

— ¡NO! —gritó sorprendiendo a Mavi-Alev, que torció su cabeza atento a tan curiosa reacción— ¡ODIO AL DIOS DE XIOS!

Mavi—Alev se rio de ella con una carcajada falsa, espantando a los pájaros cercanos, que alzaron vuelo para alejarse del negro augurio que el dios evocaba con aquel displicente sonido. El bosque guardaba silencio, conteniendo la respiración, esperando el instante justo en que la fortuna volteara sus cartas. Todos los seres vivos aguardaban expectantes la voluntad del dios más poderoso de Nurdán.

— ¡Me sorprendes Aysel! ¿Serás la primera elegida en odiar a su elemental?

— ¿Qué? —la muchacha miró incrédula hacia los ojos saltarines de su interlocutor, que no apagaba la mueca socarrona de su atractivo rostro.

— Aysel, eres la elegida del dios del viento de Xios—escupió irguiéndose en su puesto, cerrando los puños.

— ¡NO LO SOY!

— ¡TE VENDISTE A ÉL! —explotó, y todo objeto a su alrededor se alzó unos centímetros del suelo. Las piedras giraron suspendidas en el aire, las pequeñas ramitas ¡¿CÓMO LO HICISTE MALDITA ZORRA?! ¡¿CÓMO ROMPISTE EL PACTO?!

— ¡NO HAGAS ESTO! —explotó dando puños al suelo, con los ojos cerrados— ¡no después de todo lo que ha pasado! ¡Ven a mí! ¡Comparte mi mente y mira lo que ha ocurrido!

— No puedo—dijo Mavi-Alev— ya no nos une nada. Y prefiero matarte por mi mano que soportar tu hedor —le amenazó levantando su brazo.

No encontraría simpatía en su amado dios, nada podría reconciliarlos. Aysel pensó en su determinación por regresar a Nurdán, que ahora se veía como un disparate. Debió pedir que le llevaran a otro mundo, así fuera una de las colonias de Xios, porque ahora, después de que Enlil le rompiera el cuerpo, Mavi-Alev le rompía el alma. Podía ver en los ojos de su hermoso dios que estaba perdiendo la mente, que el vínculo roto le estaba volviendo un elemental irascible, de lógica negra, que pasaría por delante de lo que fuera. En esa amenaza de muerte, había algo más, que Aysel reconocía porque lo había acunado a cada paso que daba y le consumía como una hoguera.

— Quiero matar al dios del viento. Si me quitas la vida, no podré hacerlo.

El dios de la llama azul de Nurdán volvió a soltar una carcajada estrepitosa, que helaba la sangre. Era una risa calculada, proveniente de esas ocasiones donde quiere aparentar que algo no le interesa, cuando por dentro está a la expectativa de lo que ocurrirá.

— Un guiñapo como tú no puede contra el dios rey de Xios

— Pero un dios rey si puede hacerlo. Tu eres mi dios rey

— NO SOY TUYO— gritó, conteniéndose para no lanzar las piedras que flotaban a su alrededor para lapidarla con gusto.

— Pero puedo conseguirte algo importante con lo cual serás más fuerte. Dijiste que habían otros métodos para ser el dios rey de Nurdán. Métodos que yo no debía escuchar. Pero lo he visto, porque en tu mente ese pensamiento es recurrente. Ser el dios de Nurdán significa ser el único dios, ¿no es así?

— No me ofreces nada nuevo Aysel. Puedo tomarlo por mi cuenta.

— ¿Pero al mismo tiempo?¿Sin sospechas? Te traeré a las elegidas de los dioses de Nurdán. Y serás el dios único y más poderoso.

— Sabes los detalles del ritual, ¿Aysel?

Tragó saliva. No lo sabía. Pero no podía ser algo más terrible que lo que le había hecho Enlil a ella. Las adormecería, haría que no sintieran dolor.

— ¿Pueden estar dormidas cuando lo hagas?

— Por supuesto —dijo Mavi—Alev, con los ojos brillantes, llenos de expectativa.


NOTAS DEL AUTOR

Hola! muchas gracias por seguir leyendo Es tan sólo tu imaginación. ¡Es tan bonito recibir sus reviews y ver las lecturas!

Estoy por aquí de nuevo, ampliando lo ocurrido 2300 años antes para que vean de dónde nace todo. Creo que estoy aclarando cosas, o eso quiero creer, para que la cháchara sea justificable jajajajaa.

LucyKailu: ¿Mas respuestas que preguntas en este? Ojalá y sea así. Lantis sigue desaparecido, vamos a ver que le ocurre buajajaaja. Y de Ascot, pues ya sabes de dónde salió, ahora nos falta saber lo que puede hacer en el presente. Mil gracias por tu apoyo y tu review, me hace muy feliz leerlo.

Bermone: Hola! Hola! perdón por no avisar! Muchas gracias por ese review! Espero que la emoción no se haya desaparecido todavía. jajja no puedo dejar de reir con eso de "mátala, mátala" me da susto que sigas con tus fics y alguien termine muerto! jajajaja. Con respecto a Enlil y Mavi Alev, digamos que ambos son unos desgraciados jajajaja. Gracias por leer, ojalá y te guste este cap.

Rakel: y tu me hiciste el día a mi! Gracias por leer y tu review!

Okamiaka: jajajaja alborotado, y todavía sigue igual. Yo también me pregunto dónde estará Lantis. Puede que Lucy no lo vuelva a ver. Quien sabe! jajajajaa

A los lectores fantasmas muchas gracias, si se animan a dejarme un conti please, tambien se les agradece. Todo es amor jajajaja.

Nos vemos a la próxima, que espero no sea tan lejos. Se cuidan!