CAPITULO 37. LUCES EN EL CIELO
Even though I'm the sacrifice,
You won't try for me, not now.
Though I'd die to know you love me,
I'm all alone.
Isn't someone missing me?
Missing — Evanescence
CEFIRO — TIEMPO PRESENTE
El pájaro se llevó la mayor parte del choque, que contundente como un muro de roca sólida, hizo que el encantamiento llegara a su fin. Paris sintió el agua rodeándolo con un manto pétreo y helado. Una sensación de ingravidez, de adormecimiento, hacía que difícilmente pudiera distinguir entre la superficie y el fondo del océano. Los vestigios de magia, brillantes copos de luz que flotaban en el agua le permitieron ver a Anaís hundiéndose a unos metros.
Juntando la energía que se le escapaba por el golpe, se puso en marcha. Cada brazada mandaba aguijones de dolor a sus brazos y a la nuca, la cual se sentía lejana, como si existiera un hueco entre su cabeza y el resto del cuerpo. Se estiró sintiendo que si no le alcanzaba en ése intento, él también estaría en graves problemas por falta de oxígeno. Su mano rozó la tela vaporosa de la blusa, que fluctuaba serena, casi hipnótica, y se cerró sobre el brazo derecho de la guerrera mágica. Paris sonrió, impulsándose hacia arriba, llevando a Anaís hasta la superficie, que les recibió con el golpeteo de las olas movidas por la tormenta. Estaban en la mitad de la nada, flotando apenas gracias al esfuerzo físico del muchacho. Le tomó la espalda con su brazo izquierdo, para mantenerse a flote moviendo las piernas y el brazo derecho. Pero pronto se cansaría, y se hundirían.
— Anaís, por favor despierta, ¡Anaís!
Se acercó más a ella, para verificar que aún respirara. Tenía que ver qué tanta agua había tragado, pero ¿cómo prestarle auxilio en esa situación? Sus narices rozaron y Paris decidió que habría que intentarlo. Posó sus labios sobre los de ella y trató de inyectar aire. No podía dejar de moverse o ese sería lo más parecido a un último beso. Tres veces pasó aire de su cuerpo al de ella.
Se apartó, para constatar si obtenía algún resultado, pero Anaís no reaccionaba. Con el desespero comenzando a apoderarse, lo intentó de nuevo, y una vez más. Todo sería más sencillo si pudiera utilizar su mano para taparle la nariz, pero o le sostenía o se mantenía a flote, no tenía más brazos.
— Por favor, por favor.
Un brillo inusual se levantaba desde las olas, en un amplio radio donde ellos eran el centro. Paris estaba muy preocupado para ver las chispas doradas subir desde las profundidades, así que sólo lo notó cuando fue empujado hacia arriba por el lomo grisáceo de un enorme animal.
Paris tomó a Anaís con ambos brazos, viendo como el agua chorreaba por los lados del cuerpo del pez volador, que desplegó sus alas cubriendo todo el espacio de visión del muchacho. ¡Era Fyula! Y si Fyula estaba allí, eso quería decir que Guruclef le había enviado. Paris buscó al mago, pero todo lo que veía era el océano de Céfiro, alejándose conforme Fyula ganaba altura.
Abandonó su curiosidad, y teniendo una superficie más estable, se agachó sobre Anaís, movió su cabeza hacia atrás y le tapó la nariz, para inyectarle aire. Al quinto intento, y con el miedo rozando la delgada línea de la cordura, la guerrera mágica tosió, liberando el agua que había tragado.
— ¿París? —dijo tan pronto abrió los ojos, parpadeando y con un gusto agrio deslizándose desde la boca hasta las orejas.
— No vuelvas a asustarme así — le reclamó él, abrazándola.
Anaís correspondió el abrazo, sin poner atención a su ropa mojada, y sintiendo el cabello húmedo de Paris rozarle la piel. Era el mejor regalo que podría tener al despertar. Le dolía todo el cuerpo, como si le hubieran apaleado, pero el calor de Paris era la mejor medicina. Abrió los ojos, y miró a su alrededor. Estaba sobre el pez volador que enviaba Clef cuando les recibía en Céfiro. Eso le tranquilizó un poco. Su último recuerdo era un dolor muy intenso, y la gema de Windam expulsándola hacia el vacío.
— Paris ¿Cómo llegaste a Céfiro? Pensé que no te volvería a ver —el abrazo eclipsó, y ambos se miraron.
— Me tienes muy poca fe. ¿Crees que podrías deshacerte de mí con tanta facilidad?
— ¡Cómo dices esas cosas!
— Ya estás discutiendo conmigo, eso quiere decir que estás bien.
Anaís se sonrojó y Paris le acarició la mejilla con suavidad.
— No quiero volver a separarme de ti, Anaís.
— Yo tampoco.
Se quedaron en silencio, cada uno cargando con las preguntas que aquella confesión implicaba.
— ¿Cómo te sientes? —Paris le examinó las pantorrillas, tomándose la libertad de poner las piernas de la chica sobre su regazo. Anaís se ponía cada vez más colorada ante su contacto. La ropa se le pegaba al cuerpo y ver a Paris empapado tampoco mejoraba la situación.
— E…Eh…—tartamudeó—
— ¿Estás nerviosa? — Paris levantó una ceja, sin alejar las manos de las piernas de la chica, que tenían un moteado violáceo nada saludable.
— ¡para nada! —negó, colocando la cara más seria posible, pero luego se miró y la situación hizo que dejara de preocuparse por la cercanía del muchacho— pensaba que ya había superado esto, pero la saliva de Mavi-Alev sigue carcomiéndome desde adentro. ¡Mavi-Alev! — dijo recordando de súbito— ¿Qué ocurrió con la batalla? ¿y Marina?
— Marina fue rescatada por dos seres alados cuando fueron expulsadas de los mashin, pero no sé qué ocurrió con ella. Mavi-Alev desapareció al poco tiempo, parece que la llegada de esos visitantes no fue de su gusto.
— ¿Seres alados?…creo saber quiénes son. Akil me contó sobre los dioses de un mundo que había visitado, y Marina también los conoce. Son elementales muy antiguos. Lo que no entiendo es cómo es que están aquí. El paso está cerrado para cualquier dios, desde que Mavi-Alev quedó recluido en el Nifelheim
— Espero que estén de nuestro lado. — París volvió a inspeccionar las piernas de Anaís con detenimiento. Anaís se removió en su puesto, él lo notó de inmediato— SI estás nerviosa —dijo Paris sonriendo con picardía, pero sin alejar la vista de las manchas, que tenían un aspecto terrible.
— Deberíamos estar buscando a Marina —alegó ella, comenzando a sentirse mareada. Un escalofrío le pasó por la columna.
— Lo que deberíamos hacer es ver la forma de sanarte. ¿Anaís? — la llamada de Paris trasmitía urgencia, la veía palidecer poco a poco.
— La nave de Xios todavía está allí. —dijo Anaís, mirando un punto sobre el océano, que se hacía cada vez más difuso — Marina está perdida…
— ¿¡Anaís!?
El mundo terminó de deslizarse a la vista de Anaís. Sus brazos perdieron fuerza y su espalda cayó sobre Fyula. El cielo, grisáceo y revuelto le pareció un remolino que se acercaba para tragárselos. Trató de llamar a Paris, trató de decirle que sentía subir el veneno como una serpiente de fuego, envolviendo sus entrañas, pero no podía. Ya no podía hablar.
— ¡Resiste Anaís!
Paris ordenó a Fyula girar hacia el templo del Viento. Ahora más que nunca tenía que cumplir la promesa que Neferti le había trasmitido a través de Akil: Debía normalizar la mayor cantidad de hijos de Ygdrassil, para que la energía de Céfiro volviera a fluir correctamente. Si lo lograba, Xios ya no podría seguir robando la magia de Céfiro para su beneficio, y los dioses recuperarían su poder. El comando del árbol de la vida debía ser restaurado.
De esa manera Windam podría hacerle frente a ese poder que estaba acabando con Anaís, al menos mientras la cura definitiva llegaba. Porque un dios y una elegida estaban unidos por un vínculo más allá de la comprensión de los humanos. El dios del viento podría…
MUNDO NURDÁN, 2300 AÑOS ANTES
Otoño del año 119 del calendario Nurdita
… sentir la presencia de su elegida. Enlil se precipitó a la salida de la tienda de campaña, siguiendo la esencia que mezclaba el olor árido de la estepa con un perfume primaveral, como si el otoño se hubiera olvidado de sí mismo.
Alejó los velos que separaban la entrada y se paró de frente al horizonte. Escudriñó con su mirada las montañas desnudas de Nurdán que se erguían frente a ellos a pocos kilómetros, mientras tejía recuerdos de la última vez que había visto a Aysel.
¿No había muerto en la toma al templo dorado?
Pero más importante aún, ¿cómo era que había regresado a Nurdán? Si Aysel tenía consigo a uno de los hijos de Ygdrassil, era muy importante que diera con ella.
Le llamó impregnando fuerza, un comando definitivo para hacerla salir. Necesitaba saber cómo había traspasado el Nifelheim. Pero otra presencia, mucho más letal, hizo que toda su atención se concentrara en ese punto que se precipitaba desde el cielo a una rapidez vertiginosa.
Ante sus ojos, el ejército ardió.
Aysel miraba atónita los colores que emanaba la llanura desde su posición de vigía, en la montaña. Azul, rojo, naranja. Un caleidoscopio arremolinado que formaba grandes columnas, escoltadas por un hechizo de viento, que evitaba que se esparcieran. Podía ver cientos de esas lámparas de luz, compitiendo entre sí por el oxígeno. El éxtasis le subía por las entrañas al ver al dios rey de Nurdán dominar ese ejército que tanto les había preocupado, con sólo un parpadeo. Su Mavi era una pesadilla ambulante para sus enemigos. No podrían detenerlo.
Una visión le hizo dejar de ver el presente, borrando su sonrisa. Llegó inesperada y le abofeteó como una cascada de hielo.
Se tomó la cabeza, agarrándose los mechones rubios, tratando de distinguir dentro de las brumas de la mente aquello que su poder había seleccionado como crucial, que podía cambiar su destino.
Vio dos dioses alados, volando por una oscuridad absoluta apenas iluminada por el resplandor del canto de una puerta a la distancia. ¡Eran los hermanos de Enlil!
Abrió los ojos, y la llanura apareció vívida, caliente, al rojo vivo. Tenía que advertirle a Mavi que se dirigían a Nurdán.
Antes de que ella se dispusiera a reaccionar, se alzaron los gritos y el olor a la carne quemada llenó sus fosas nasales. El hedor subía almizclado, doloroso y desesperadamente vivo. Volvió a fijarse en los hermosos colores que antes le habían fascinado, y ésta vez los vió como lo que realmente eran: piras humanas, una por cada ser vivo perteneciente al ejército. Miles de lámparas desgarradas en dolor, que miraban hacia el cielo, desafiando al amanecer. Escuchaba con claridad el crepitar de la madera, los lamentos, el relincho de los caballos moribundos, la agonía de miles de hombres, todos mortales como ella, muriendo en medio de aullidos, cocinándose con letal parsimonia.
Porque Mavi sabía cuál era la temperatura para calcinar, y cuál para torturar.
Temblando, Aysel retrocedió, arrastrándose por el suelo, hiperventilando y con una fuerte presión en el pecho. El olor era imposible, agrio y dulzón. Las náuseas llegaron, llenando su boca de acidez y tuvo que dejarlas salir. El sonido que transportaba el viento sólo hacía que el vómito continuara, hasta que sólo quedó agua en su estómago. Se limpió la boca con el dorso de la mano y se obligó a mirar de nuevo hacia abajo.
Las luces no se habían extinguido. Los gritos continuaban allí. Aysel lloraba, temblaba, y se sentía enferma. ¿Cuánto tiempo planeaba Mavi mantenerlos así?
Quiso elevar una plegaria, una súplica, pero ¿qué dioses escucharían su llamado? El único que quedaba estaba allí abajo, y no le importaba el sufrimiento de los humanos.
Tenía que avisarle que los otros dioses llegarían a Nurdán, era algo que Mavi debía saber, pero…
Tenía miedo que Mavi ganara, tenía miedo que su sed de sangre no se detuviera en aquella llanura y que Nurdán pagara esa cuota, pero…
Tenía miedo que Mavi perdiera, de que Enlil le llamara de nuevo, y le torturara por escapar de la muerte, por ser la mensajera del averno en que se sumía el ejército de Xios, pero…
Cuando todo terminara, ¿Quedaría algo? ¿Ella se salvaría? ¿Nurdán sobreviviría? ¿Alguien…
CEFIRO — TIEMPO PRESENTE
…lloraría? ¿Seguiría haciéndolo?
Lucy se limpió la cara con el dorso de la mano.
La realidad seguía colándose por las grietas de sus pensamientos. Ki le llevaba como un halcón a su presa, y las garras se hundían en sus hombros. Era posible que estuviera sangrando, pero Lucy no deseaba reparar en ello. Mientras más se elevaban, y más terreno cubría su vista, más difícil era asimilar la posibilidad que Latis siguiera con vida.
Pero no lloraba sólo por la posible pérdida. Lloraba porque había sido ingenua, y aquella actitud había tenido consecuencias para Latis y para Céfiro. Enlil le había traicionado, le había torturado, y había intentado quitarle algo muy preciado. Todavía sentía como si tuviera que andar con cuidado, porque el lazo con Rayearth (y su misma cordura) vivía en un jarrón de porcelana en lo profundo de su alma, que se había mellado desde que Enlil le había dado aquella galleta que llamaba "obsequio de Dilmún". Ahora mismo el jarrón era sometido a un viaje contra su voluntad, y se bamboleaba peligrosamente, con todas las brechas a punto de romperse.
Tenía miedo. Miedo de ya haber perdido.
Cuando volvió a tomar conciencia de su alrededor, el volcán que guardaba la morada de Rayearth ya estaba ante sus ojos.
Ki le condujo al corazón del templo, planeando dentro de la cueva. La luz del día murió en las sombras y se adentraron con rapidez hacia las enormes puertas que guardaban la morada del elemental de fuego.
Para su sorpresa, al llegar a las puertas de la cámara de Rayearth, había un nutrido grupo de personas sentadas en el suelo, que parecían haber estado meditando justo antes de verles aparecer.
— ¿Quién es?—preguntó un hombre, que se levantó de su puesto— ¡no pueden estar aquí!
Lucy escuchó el chasquido de la decepción en la boca de Ki, que le botó al suelo, y aterrizó más adelante, para luego caminar hasta las puertas. No tuvo necesidad de apartar a nadie, dado que un improvisado círculo se había formado ante su presencia. La gente se agolpaba a lado y lado, reluctante a acercarse, pero alertas a no dejarla seguir para que llegara hasta la cámara.
Se levantó, y se acercó al hombre que había hablado, alzando las manos para mostrarle que iba en paz. El hombre tenía una espada corta, que había desenfundado al verla caer y ahora blandía contra ella.
— No deseamos ningún mal. Por favor.
— ¿Quiénes son ustedes? —la espada se movía nerviosa en su mano derecha. Se notaba a leguas que no estaba familiarizado con ella.
— Soy una de las guerreras mágicas.
— ¿Guerrera mágica? — la espada perdió algo del ímpetu inicial, pero luego volvió a su puesto— ¡Las guerreras mágicas volvieron a su mundo!
— Volvimos, es verdad, pero ahora estoy aquí. Necesito…
— No nos moveremos de nuestro puesto. Defenderemos con nuestra fuerza de voluntad éste mundo.—declaró el cefiriano— Estamos aquí para sostenerlo con nuestras almas.
Lucy sonrió, entendiendo de súbito el motivo por el que ese grupo estaba allí. Era el plan de defensa que habían armado los habitantes de Céfiro. No podían dedicarse por completo a la guerra, o el mundo colapsaría. Algunos tenían que concentrar su voluntad para el beneficio de todos, mientras otros luchaban. Se preguntó cuántos de esos puntos habían distribuido por el mundo, sabiendo con certeza que al menos habría uno en cada templo de los elementales. No pudo evitar sentirse inmensamente orgullosa.
Su expresión se borró al ver una chispa estallando a los pies del hombre, que le hizo saltar para no quemarse. La pequeña llama se volvió un remolino de varias espirales que giraron sobre sí mismas.
No lo permitiría. El jarrón con el que identificaba su vínculo se estremeció en su interior al llamar su magia y ponerle un alto a la locura que Ki había desatado. Tuvo miedo que no fuera suficiente, pero las llamas se entrecruzaron hasta extinguirse.
— No abriré la puerta si los dañas.
Ki soltó una carcajada, y la miró con ternura ácida.
— Ábrela, ahora. O los mataré antes de que puedas hacer algo.
Lucy se quedó en su puesto, midiendo las intenciones de la diosa, sabiendo de su carácter volátil y oportunista.
— No quieres averiguar de lo que soy capaz. —dijo Ki, mirándola con ojos de fuego.
Lucy retrocedió, y le dio la espalda, odiando su propia debilidad. Se paró al frente de la puerta, que estaba todavía a metros de distancia, sintiendo su magnetismo, el llamado…
El cefiriano trató de cortarle el camino, pero un paso delante de la guerrera mágica fue suficiente para que las majestuosas puertas se abrieran, rechinando llamas, dando paso a un viento abrazador que hizo que todos los presentes perdieran pie y cayeran al suelo, tapándose los ojos.
Todos, menos Lucy y Ki.
Ésta vez, Rayearth no esperó el ingreso de nadie, y salió disparado de la cámara, en su forma animal, interponiéndose entre Lucy y la diosa. Una enorme pared de lava roja se alzó separando a los habitantes de Céfiro, que corrieron hacia el lado contrario en medio de gritos.
— ¡Rayearth! — exclamó Lucy, con el corazón desbordante de felicidad.
— Lucy, quédate atrás de mí.
La voz del elemental de céfiro resonaba en la cueva, e incomodaba a Ki, que alzó los ojos como si quisiera detener los ecos.
— Te he traído a tu elegida, muestra un poco de gratitud, joven Rayearth — dijo Ki, avanzando con tiento.— parecía no tener la capacidad de invocarte, así que creí mejor hacerte una visita. Las normas de éste mundo son extrañas. Los dioses deberían poder salir cuando quisieran.
Lucy se acercó a Rayearth hasta quedar a su lado. La temperatura de la caverna seguía aumentando. Jamás había visto a Rayearth con tal ira.
— Si la guerrera mágica no puede invocarme ahora, es por lo que ustedes intentaron hacerle. Soy el dios rey de Céfiro, Ki. Te conviene humildad después de la trasgresión que ustedes y su pueblo han cometido. Ningún Yggdrasil ha sido plantado en mi territorio, y mi elegida poco a poco recupera sus fuerzas. Elige tus palabras o morirás entre mis fauces.
Para sorpresa de Lucy, Ki habló inclinando su cabeza, con un tono que dejaba entrever que Rayearth era joven, pero lo suficientemente peligroso para que ella no deseara enfrentarlo.
— Mavi-Alev aún conserva parte del poder que robó de Nurdán, y buscará devorar a las elegidas para matarlos a ustedes. Debemos acabarlo. Vengo a hacer un pacto, un pacto de sangre.
— Mavi-Alev es una forma que ustedes se encargaron de crear. De ustedes es la responsabilidad de detenerlo.
— No puedo confiar en Enlil.—Ki se atragantó con sus propias palabras— No somos lo suficientemente poderosos, ni hoy, ni cuando lo enfrentamos en…
MUNDO NURDÁN, 2300 AÑOS ANTES
Otoño del año 119 del calendario Nurdita
… Nurdán a través del Nifelheim. Ki y Abzu desembocaron del mundo entre los mundos cerca de una montaña que bordeaba una larga estepa. Habían esperado el momento propicio para aparecer el día en que Enlil decidiera atacar. La desgracia de Xios les era ajena, puesto que habían permanecido escondidos en las montañas, alejados de las ciudades.
Tan pronto se acercaron, un olor familiar bajó por sus narices. Tanto Ki como Abzu conocían el olor de la carne humana quemándose.
Se miraron, y teniendo cuidado de no revelar su posición, volaron hacia el origen. Se ocultaron detrás de una poderosa roca que cortaba el acceso a la llanura y desde allí vieron el apocalíptico espectáculo que Mavi-Alev había montado para Enlil.
— ¿Los otros dioses de Nurdán están con él? — preguntó Abzu, viendo magia del viento rodeando las columnas de fuego—
— No los veo, veo a Enlil, y al que creo es Mavi-Alev. No puedo distinguirlo bien. Se mueve rápido. — Ki se esforzó por mirar el devenir de la lucha. De los dos, ella era la de mejor vista.
— Nuestro hermanito debe estar pasándola mal — dijo Abzu sin sonreír
— No me gusta. Está mal.
— Por lo que describes, Mavi-Alev ganará. ¿Qué te preocupa?
— Es demasiado fuerte para recién haber perdido su vínculo, sus movimientos no son normales. Además Nurdán… —Ki tocó la superficie de la tierra. Sentía un flujo de energía desigual, como si el mundo hubiera hecho corto circuito y estuviera desparramando chispas—Tal vez Mavi-Alev ha sacado provecho de las particularidades de su elemento. La llama azul tiene trozos de nuestros poderes.
— Insinúas que se ha apropiado de la magia de los otros dioses. Pero para lograrlo tendría que cometer…
— Iré a su templo. Si hay alguna evidencia estará allá.
— Es riesgoso. No deberíamos separarnos. Debemos estar listos por si tenemos que acabar con Enil.
Ki estaba por obviar el comentario, cuando vio a una niña bajar por un sendero que comunicaba las escarpadas rocas que estaban a su espalda y caminar hacia las teas humanas, que estaban a unos dos kilómetros desde el punto donde se encontraban. Comenzó andando a paso vivo, y luego se animó a correr. Las palabras de Abzu se volvieron ruido blanco, y Ki siguió con la mirada a esa chica, que corría contra el viento con la gracia de un cervatillo, con su cabello rubio ondeando sobre los hombros.
Se elevó unos pocos centímetros del suelo, y se lanzó a la persecución. Si era quien pensaba, no podía dejar que alcanzara a Mavi-Alev, y su presencia en Nurdán era algo que debía ser aclarado. ¡¿Cómo podía hacerse olvidado de ella?! No la buscaron, ni se preocuparon por su destino. Un error garrafal.
La interceptó lanzándola contra el suelo. La niña se volteó de inmediato y le miró con odio. Ki le reconoció de inmediato, era la elegida que Enlil había robado. ¿Cómo había llegado hasta Nurdán?
La chica se agarró del suelo, lo que Ki interpretó como un acto de miedo, pero en vez de eso, recibió en el rostro una enorme cantidad de tierra, que la cegó por un instante. Escuchó el grito de la humana quizás más alto de lo que era, porque ahora era la inmortal alada quien se ahogaba en rabia, ya que esa tonta se había atrevido a levantar su mano contra ella.
— ¡MAVI-ALEV!— gritó la chica— LOS DIOSES DE XIOS ESTÁN AQUÍ, MAVI-AL..
Abzu llegó a tiempo para cortarle la voz. Un cilindro de agua rodeó a Aysel, ahogándole en tierra firme. El nombre del dios de Nurdán salió burbujeante de su garganta y se hundió en la jaula de agua. Lo admirable era ver a la chica desatender la amenaza, sin siquiera dedicarles un minuto, golpeando el hechizo con los puños, irguiéndose y tratando de subir para sortear el punto más alto del cilindro.
— ¡Es la elegida de Mavi-Alev! —dijo Abzu sin ocultar su asombro al alcanzar la posición de Ki. A lo que levantó su mano para detener el hechizo. La diosa le detuvo, bloqueando la línea de vista de su hermano.
— Espera, déjala así un momento
— Ki, aparte de averiguar cómo llegó hasta aquí, ella debe tener información acerca de los dioses de Nurdán. No nos conviene matarla.
— Se atrevió… una insignificante humana.
— Ki…
— Muy bien, muy bien —dijo a regañadientes
El hechizo se deshizo, y Aysel quedó en el suelo, empapada y tosiendo. Levantó la mirada hacia los dos, y les dedicó una mirada de fuego, llena del más absoluto desprecio. Tomó aire, y abrió la boca.
— ¡MAVI-ALEV! —gritó de nuevo, con toda la potencia que sus húmedos pulmones le permitían.
— SILENCIO O HARÉ QUE QUEDES COMO UNA DE ESAS LÁMPARAS QUE ILUMINAN LA LLANURA! —increpó Ki con furia— ¡atreverte tú!, qué desperdicio de magia haberte salvado la vida.
Aysel frunció el ceño, confundida. Parpadeó varias veces y comenzó a negar con la cabeza.
— Déjame aliviar tu confusión, —confirmó Abzu— si no fuera por nosotros, habrías quedado oliendo a desperdicios humanos, al lado del árbol blanco. Sin nuestra magia, no hubieras sobrevivido.
— No. Fue un soldado. — gimió Aysel, pero con la sombra de la duda anidando en su mente. Recordaba luces cálidas, un destello— Un soldado me sacó de allí.
— ¿Y quién le daría esa orden? —le preguntó Ki, inclinándose para hablarle directamente, alzando la barbilla de la niña—
— No me toque. — Aysel apartó su rostro, pero en su interior ordenaba las horas más terribles de su corta existencia, recordando…asimilando.
— Tu deseo será concedido —dijo Ki, retrocediendo e irguiéndose. Sus pupilas se encendieron, como si reflejaran la luz incandescente de la llanura— No quiero volver a tocar a la elegida de Enlil.
— ¡NO SOY SU ELEGIDA!— increpó la chica con furia.
Abzu observó con atención la reacción. Ki también la había notado.
— ¡SILENCIO HE DICHO! —Ki alzó su mano, y un círculo de llamas rodeó a Aysel, tan cerca a su ropa que tuvo que encogerse para que no se encendieran.
— Estoy preparada para esto — respondió Aysel, temblando de pies a cabeza. Se levantó del suelo, pasó saliva, y tomando aire, lo repitió como si fuera un mantra— Estoy preparada.
No me habla a mí, se lo dice a sí misma pensó Ki. Es digna. Una elegida digna.
— Hueles al dios del viento —le dijo Abzu con calma, sonriendo con malicia—no puedes negarlo.
— Me secuestró, me torturó, rompió el vínculo con mi verdadero dios. Nunca hicimos un pacto. —enumeró Aysel. Aquel era su memorial de agravios, escrito con sangre que chorreaba odio. Cerró los puños, sin poder moverse, sintiendo el calor aumentar, tratando de no pensar en las chispas que saltaban hacia su ropa.
Es digna pensó Abzu. El dios de la llama azul tenía una elegida…
