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Descargo: Little witch academia no me pertenece, ni tampoco ninguno de sus personajes.
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Diana se sentía extraña desde esa mañana, pero quería pensar que solo se debía a un sueño en particular que había tenido. Pasado el toque de queda de la noche anterior se propuso estudiar un antiguo diario que hablaba sobre las líneas ley. No sabía quién pertenecía el diario, pero todas las notas y recortes parecían hechos a mano. Incluso le había sido difícil elegir por dónde empezar, cada página estaba cargada de cosas, todas llamaban la atención. Se había tomado el tiempo de examinarlo minuciosamente deleitándose de la textura de las hojas; algunas gruesas de dibujo con tipografía elegante, marrones y de letra barroca, también blancas y simple con fuentes funcionales; asimismo encontró recortes de diarios que comenzaban a tomar una tonalidad amarillenta.
Luego estaban las notas, hechas con distintos bolígrafos, plumas y rotuladores; pero siempre con la misma mano, formal y metódica. Rodeaban, señalaban con énfasis. Se contradecía y se referían las unas a las otras. Se hablaba en tercera persona, en idioma normal o el rúnico, incluso le pareció encontrar algo de latín. Las líneas que formaban daban lugar a cruces, que daban lugar a montañas de garabatos, que daban lugar a escobas voladoras que se daban a la fuga.
Diana tardó un tiempo en comprender que el diario estaba divido en secciones; pero en algún momento su autor se quedaba sin espacio y continuaba páginas más allá. Una de ellas hablaba sobre las líneas ley. La segunda sobre una antigua bruja cuyo nombre no figuraba. La tercera sobre reyes durmientes, que enterrados bajo montañas, esperaban a quienes los descubriese. Y la última era un rejunte extrañas historias sobre diosas del agua, brujas sacrificadas y cuervos parlantes de épocas lejanas.
Y ella lo amo. Lo amo porque ese diario ansiaba. Ansiaba más de lo que podía abarcar, más de lo que las palabras podían describir, más de lo que los gráficos podían ilustrar. Ese diario gritaba magia. Sus páginas eran una explosión de anhelo, anhelo por conocer, anhelo por descubrir; en el frenesí de cada bosquejo y en la tinta negra de cada definición había algo dolorido y melancólico. Pero, por sobre todo, lo había amado por que el diario le inspiraba lo mismo que Akko: una sensación de magia incomprensible, de expectación, de peligro y de urgencia. Aquel diario era algo que ella quería entender.
Lo malo de la noche anterior fue que, en algún momento, se quedó dormida sobre sus hojas y el sueño que le sobrevino era la razón por la que se sentía… extraña. Incomoda en su cuerpo.
Se encontraba en la ciudad junto a la monstruosa iglesia del santo Redentor, no llevaba más que su uniforme y su escoba, tenía la sensación de estar esperando a alguien que ya llevaba bastante tiempo retrasado. La brisa del valle parecía querer susurrarle un secreto pero ella no era la persona correcta, lo que tampoco significaba que fuera la equivocada. Los insectos zumbaban a su alrededor y comenzaba a sentirse molesta, recordaba que uno se posó en su mejilla y lo ahuyentó con un movimiento. Luego… nada pasaba.
Ahí estaba la cosa.
Ella solo esperaba, y esperaba. Cuando de pronto divisaba a Akko, como la había visto aquel primer día de clases. Cómo si no la conociera le preguntaba su nombre.
─ Dime cómo te llamas, por favor.─
─ Cavendish. Diana Cavendish.─
Luego el sueño terminaba con Akko perdiéndose en la nada y ella buscándola entre una oscuridad que no se parecía en nada a las que ella recordara.
─ ¿Diana te encuentras bien?─ la voz de Hanna cálida por alguna razón, la saco de aquel recuerdo.
─ Si.─ respondió simplemente. Bárbara jugó con su cabello un segundo.
─ ¿Segura, Diana? Pareces distraída.─ comentó. No se extrañó que sus compañeras se dieran cuenta, después de todo, habían salido a tomar un poco de aire antes de la siguiente clase y ella se había quedado absorta observando nada en particular.
─ Estoy bien.─ dijo tomando sus libros y poniéndose de pie.─ Es mejor ponernos en marcha o llegaremos tarde.─
─ Sí.─ respondieron ambas al mismo tiempo. Diana giró, dio un par de pasos y pudo distinguir la silueta de Akko espiándola desde detrás de una de las columnas. Entrecerró los ojos al verla con una actitud tan sospechosa y levantó la mano para saludar pero Akko hizo un gesto de alarma y salió corriendo.
─ ¿Qué le sucede?─ cuestionó Bárbara.
─ Es Akko, seguramente está tramando algo.─ comentó Hanna restándole importancia. Ella comenzó a caminar.
─ Solo espero que no se meta en problemas.─ dijo sin dejar de ver la chispa de una curiosidad indeseada que aquella actitud despertó en ella.
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─ Tenemos que hacer algo.─ susurró Akko mientras la profesora Badcock hablada sobre símbolos mágico.
─ Akko, recuerda lo que te dijo la profesora Úrsula.─ ella masculló en voz baja un queja ante las palabras de Lotte.
─ Ella te prohibió intervenir.─ recordó Sucy mientras molía algunas semillas en un pequeño mortero. Akko gruñó por lo bajo.
Dejo caer su torso sobre la mesada de madera, cruzó los brazos y apoyó su cabeza en ellos sin pensarlo sus ojos se dirigieron hacia Diana, que tomaba notas. Ella jamás había pensado enamorarse de una chica, y mucho menos de si esa chica era Diana Cavendish. Si bien ahora eran amigas Diana no dejaba de lado aquella actitud presidencial que tanto solía molestarle. Por otro lado, Akko había visto su casa y su habitación en la academia; Diana era de un linaje diferente igual que Andrew. En ellos era evidente aquel rango de realeza que dejaba en claro, no solo que nunca había sido pobre; sino que no lo fue su padre, ni el padre de su padre, ni el padre del padre de su padre. Y aunque Akko no se veía a ella misma como una persona a la que aquello le importara tan poco era tan tonta como para no saber que de hecho si lo hacía.
─ ¿Alguna de ustedes sabe qué utilidad tiene este símbolo?─ cuestionó la profesora Badcock. Diana levantó la mano y se puso de pie. Akko recordó bruscamente al espíritu, el de la joven de la que temía enamorarse. Pero la Diana que estaba en ese momento hablando sobre la llamada a las nubes preservaba sin esfuerzo la fe en sí misma, ajena a aquella sombría perspectiva de futuro.
Ella se hizo pequeña cuando su compañera volvió a tomar asiento. "¿Qué va a pasarte Diana?" se preguntó enderezando la espalda. "¿Cuándo te convertirás en esa persona?"
─ Tenemos que hacer algo.─ está vez lo decía como una afirmación, una sentencia. Lotte y Sucy miraron su gesto decidido y ya sabían que estaban a punto de meterse en problemas. Graves problemas.
