Capítulo I
En cuanto las gigantescas puertas de madera antigua se abrieron frente a mis ojos, los nervios que obligué a reprimir minutos atrás salieron a flote con la facilidad de un simple toque. La mirada me tembló, y mis labios inexpresivos formaron una fina línea tan apretada y llena de tensión que creo pensar cortar de raíz su natural pigmentación rosa. Me detuve bruscamente, apreté el cabezal de ambos equipajes y tragué en seco. Sólo recuerdo el sonido rechinante de las puertas hacer eco tras mi espaldar al tocar su límite de extensión. Una gota de un frío sudor se deslizó por mi cien, siguió el recorrido por mi mejilla, bajó por mi clavícula y se perdió entre la hendidura de mis pechos. Todo parecía irreal, sacado de una perfecta película de adolescentes. Yo era la chica nueva, acorralada por las miradas escudriñadoras y molestas que hacían de mi persona el centro de atención en la sala. Sus miradas dudosas, sorpresivas, molestas, desdeñosas, divertidas... me hicieron sentir mucho más que incomodidad. La necesidad que accionaron mis piernas por irrumpir la orden de mi cerebro y salir lo más rápido de allí, latía con fuerza en mi mente, tanto, que por algunos minutos maquiné con detalle específico cuando y la forma exacta en que lo haría. Sería burlesco e ignorante, y justo después de que la chica de cabello lacio amarillento, de mirada esquiva, falda corta y escote pronunciado aparatara sólo por una fracción de segundo sus ojos claros de mí. No ocurrió en ningún momento así que todo el plan falló. Además, la ignorancia que tenía por ser nueva en el lugar, me hacía más vulnerable a parecer idiota que otra cosa.
Alguien tosió, y el silencio que siguió luego de aquel insignificante ruido fue más que sorprendente. La incomodidad pasó a un segundo plano y la molestia comenzó a sobresalir. Las personas habían dejado de charlar, de reír y hasta de mandar un maldito mensaje de texto, todo, por mirarme. ¿Acaso una chica vestida con un pantalón ancho, una camisa ancha y con el pelo suelto era una imagen lo suficientemente interesante?, por favor, pobre de ellos y de sus ideales, porque daban asco.
Seguí mirando al frente y por algunos segundos no apartaron sus ojos punzantes de mi figura, eso no logró otra cosa más que ofuscarme lo suficiente como para hacerme fruncir el ceño. Ser la única capaz de atraer tanta atención, no sólo me irritaba, sino hacía que de una forma u otra comenzara a cuestionarme. Ser el centro de atención nunca fue de mi preferencia, lo odiaba por completo. Pero el tener a mis padres como tales, no había hecho sino fortalecer esa gran molestia que me causaba. Una vida de interrupciones y de intromisiones por parte de la gente ajena a mi núcleo familiar, me hicieron sentir incómoda la mayor parte del tiempo, vulnerable, casi temerosa... Y el caso se repetía con exactitud aquella tarde de septiembre. La incomodidad y la vulnerabilidad no se movieron de su sitio, más bien incrementaron su poder.
Me negué a parecer nerviosa, y creo pensar lograrlo hasta que el silencio se rompió y los murmullos llenaron el espacio.
Escuché cosas como: ¿quién es esa?, ¿qué hace aquí?... Espera, ¿viste sus ojos?... ella no es... ¡maldición! creo que sí... pero ¿qué hace aquí?, creí que sus padres se habían mudado... ¿mudado?... Sí, problemas legales ya sabes... Sólo mírala, no posee ni la elegancia ni la extrema belleza de su madre. No sé qué tanto le ven... Parece idiota con esa mirada temblorosa. ¿Dónde está esa supuesta superioridad que envuelve el apellido Hyuga?... ¡Qué ridícula!
Mi expresión se tornó oscura y bajé el rostro sólo un poco. Quise cerrar los ojos pero no lo hice. Me centré en respirar, lenta y prejuiciosamente. Mis palmas sudadas resbalaban entre los cabezales de metal amenazando con soltarse, aunque no los dejé hacer, me aferré aún más a ellos, tiré hacia delante y luego de eso se me hizo fácil seguir el paso.
Me moví, mis piernas funcionaron y mi cuerpo se unió en su lucha. No levanté el rostro, pero las piernas que dejaba atrás siguiendo una hilera me hicieron acertar en que me daban espacio para cruzar la sala. Nadie dijo más nada, y agradecí eso.
Una música fuerte pero plácida se hizo escuchar por todo lo alto. No supe de qué trataba hasta que cada quien tomó prisa en salir de allí. Entonces lo entendí. Era un timbre de advertencia.
Mi entorno se despejó lo suficiente y por ende el espacio a mi alrededor cobró vida. Al frente, un largo e interminable pasillo adornado con grafito gris brillante, seguía la elegancia que envolvía el instituto de por sí. A su lado izquierdo columnas de un estilo griego se alzaban con ímpetu por encima de mi cabeza siguiendo el recorrido, eran de un color claro, entre champaña y marrón ceniza, con detalles dorados que realzaban su tonalidad y la hacían llamativas y preciosas. El jardín adornaba la estancia externa del edificio, bañado de una suave llovizna realzaba el color verde manzana del corto y adornado pasto. Las flores colocadas lado a lado en orden con su respectivo espacio, le atribuían color y hermosura. Era precioso observarlo. Cruzar por allí fue experimentar un cambio drástico y genuino del mundo exterior a esos muros, me sentí Alicia en el país de las maravillas, los bichos, las flores y el agradable olor a tierra húmeda le atribuían dicha realidad en todo su esplendor.
Sonreí. Hasta el momento era lo único de mi estadía que me había agradado lo suficiente como para permitirme observarlo con deleite durante un buen rato. Parada allí, pensaba en lo bueno que sería pasar un tiempo indeterminado apreciando el paisaje.
Algo era seguro, si podía gozar aunque sea de unos pocos minutos fuera durante el resto del año, las cosas podían mejorar.
Irradiaba la libertad que deseaba. Era... Alentador.
Caminé hasta llegar al indicio de unas amplias escaleras de cemento, a su lado, un arco gigantesco de madera alzado hasta casi el tope del techo daba la entrada al patio trasero. Era muy bonito. Las flores eran mucho más abundantes y coloridas, contaba con rociadores y preservaba un monumento antiguo a lo lejos, no distinguí en ese momento que era lo que representaba, pero la figura de un cuerpo cortado diagonalmente por la mitad me decía que se trataba de algo mucho más complejo que una simple estatua en conmemoración a alguien. Irradiaba historia, resultaba ser algo más que fascinante.
Di la vuelta, el pasillo a mis espaldas estaba por completo despejado, el silencio era estricto, sólo una suave y casi nula música clásica se escuchaba por los altavoces de la sala, distinguí el plácido y dulce tonar de Beethoven en Moonligth Sonata, era melancólico, triste, casi trágico... complementaba con éxito la imagen del pasillo iluminado por la escasa luz naranja del sol perdiendo lujo.
Hice una mueca, volví mí vista a las escaleras y sobrepasé varios segundos la mirada desde las pesadas maletas reposando a mí costado, hasta los interminables escalones que deseaba repeler. Me sentí cansada nada más imaginarme lo duro que sería subirlas. La idea de conocer a alguien en ese momento resultó necesaria. La voz de mamá me gritaba desde el interior diciendo: ¡te lo dije Hinata Hyuga! ¡Te lo dije!
De acuerdo, lo admito, tenía razón, tomar la precaución de conocer la institución antes de instalarme habría sido más que gratificante. Por lo menos la cara de estúpida buscando orientación la habría obviado del todo. Me fuese ahorrada la molestia de la exagerada atención y las cosas no fuesen sido tan extrañas, impacientes y preocupantes desde el comienzo.
Lección aprendida.
Suspiré un par de veces, las ideas se comenzaban a apartar de mi cabeza, la desorientación era grave. Tuve la necesidad de sentarme en los escalones y sobrepasar varias veces cual era el siguiente paso a dar. Mis dedos se incrustaron en las greñas de mi cabello y comencé a masajearlas de un lado a otro. Sentía el dolor aproximarse. Tenía que calmarme, las opciones se agotaban. No sabía a donde ir, así que tomar el riesgo de subir las escaleras y errar en la localización de mi habitación sería un enorme dolor en el culo. Literalmente. Las maletas pesaban demasiado, y romper las ruedas o la manija intentando arrastrarlas paso a paso por cada escalón no era al igual que la otra una opción aceptable, mamá hubiese enloquecido si se enteraba que dañé el equipaje.
Cerré los ojos y me concentré. Tenía otra opción, preocupante, vergonzosa y algo loca. Ir a una de las aulas y pedir orientación. Un nudo inmediato se cernió sobre mi garganta. Las miradas esquivas, repelentes y burlonas junto con los comentarios estúpidos y ofensivos, llegaron a mi mente y me hicieron descartar la idea con rapidez. No iba a tomar la iniciativa de algo que golpearía mi orgullo y me haría parecer tonta. Nunca. La idea de las escaleras pareció de pronto más razonable.
Quise gritar de la desesperación. Y cuando sentí el ofuscamiento tomar control de mi estómago y precipitarse hasta mi cabeza, el sonido opaco que iba en crescendo de unas pisadas aceleradas, resonaron hasta golpearme los tímpanos y hacer que levantara el rostro.
Una chica, de una edad aproximada o igual a la mía, con playera de cuadros rojos, unos Jeans desgastados y con zapatillas bajas y gafas de lectura, se aproximaba con extrema rapidez en mi dirección. Su rostro pálido se mostraba casi traslúcido y los ojos por poco se salían de su cuenca. Parecía preocupada.
No tardó en llegar y cuando estuvo frente a mí se detuvo abruptamente. Me aparté un poco para cederle el paso hacia las escaleras pero no movió otro músculo. La miré confundida mientras tomaba bocanadas de aire, una tras otra. Se puso una mano en el pecho y respiró con dificultad por al menos tres minutos. Su cabello rojizo, ojos claros y tez pálida con rasgos simples y bonitos le atribuían una imagen de chica estudiosa y ordenada. En un pensamiento banal me pregunté si con ello acertaba al describirla.
La miré por unos segundos y ella seguía respirando con dificultad, no pude evitar que la duda se asentara con tranquilidad en mi cabeza ¿de dónde venía tan apurada?
De repente vislumbré.
El foco tardó en encenderse en mi cerebro pero cuando lo hizo me levanté del escalón.
- hola... - dije acercándome cautelosa - disculpa la molestia que podría causarte, pero creo necesitar algo de ayuda... ¿podrías decirme exactamente a donde debo ir? - las palabras salieron de mi boca con más facilidad de lo que creía podía lograr transmitir tan llena de tensión.
La chica se atusó el pelo en una cola desordenada a lo alto de su cabeza y asintió.
- no se preocupe, en un minuto estará en su habitación - me ofreció su mano para presentarse, opacando con ello la extraña sensación que sentí al oírla dirigirse hacia mí de una manera tan modesta. Su actitud pasó a ser tan refinada y distinguida como una adulta en proceso de formación curricular. A partir de ese momento ya no pude distinguirla como una chica sencilla contemporánea a mi edad.
- soy Karin, encantada de conocerla... - por la educación que correspondía sujeté su mano y le di un apretón agradable.
Regla número 4 "La cortesía es la base fundamental de toda buena relación. Sonreír equivale al éxito"
- es un gusto para mí conocerte Karin, soy...
-Hinata Hyuga, hija de Hiashi Hyuga y Hiromi Hyuga, por supuesto. - mi cara de póquer se materializó en cada punto. - Bienvenida al instituto - su pétrea y (resultó más que obvia) fingida sonrisa taladró mi cerebro y dejó una desagradable sensación de desasosiego. En ese momento sentí de nuevo como todo lo acostumbrado en mi vida volvía a formar parte importante de ésta. Quise reírme, Karin se mostraba amable, pero hasta el más mínimo detalle que implementaba gozaba de una hipocresía absoluta, el descaro con el cual se le notaba era preocupante.
Todo era un ensayo...
Una mentira.
Me enderecé, erguí los hombros y pasé lentamente una mano por mi cabello para parecer tranquila. Aunque la verdad era, que lo que pensaba minutos antes era agradable y necesario, ahora resultaba más que incómodo.
- gracias Karin, es confortable escucharlo... - mentí - Sin embargo sigo sin dar rumbo correcto a mi brújula - saque de mi bolsillo trasero un papel blanco con unas indicaciones y leí lo que necesitaba antes de volver a ella - se supone que debo ir a la habitación...
- 502 - me interrumpió. De nuevo. Me obligué a no rodar los ojos, así que los fijé fuerte donde estaban e hice ademán de sonreír. Era molesta su clara falsedad, pero cuando una parte miente, es mucho más sencillo para la parte que la precede hacer lo mismo. Mi preparación para hacerlo me había costado años ponerlo en práctica, pero era mucho más fácil hacer uso de esa simple e inhóspita formación para detectarla. Esa sonrisa vislumbrante en pocos segundos comenzó a mostrarse irritante. Sentí la necesidad de salir lo más rápido posible de allí. Su imagen de chica buena, no inspiraba para nada una genuina confianza.
- es una hermosa habitación. Me concierne informarle que usted tiene mucha suerte al ser transferida a ella, le aseguro que gozará de una hospitalidad intacta en esta institución.
Y no lo dudo.
Volvió a dirigir su sonrisa en mí dirección y no pude evitar desear golpearla. El discurso practicado no le hizo dar avance en lo que se refería a lo agradable.
- vaya... - tragué en seco sin saber exactamente qué responder - que, gratificante, gracias… - dije tras un tortuoso suspiro - bueno, si soy honesta me encantaría poder instalarme lo más pronto posible... - alargué cada palabra lo más que pude para enfatizar las ganas que tenía por dar terminada la conversación y marcharme.
Esperé con ansias que captara el mensaje.
- ¡Oh!, por supuesto, no debe preocuparse por eso. Estoy aquí para cumplir con usted, es mi deber conducirla hasta allá. - se retiró el flequillo sudado hacia un lado y me miró - Debo decir que Gracias a Dios la encontré, la orden se hubiese roto si no corría rápido con el cumplimiento de ésta, me fuese metido en un lío tremendo. Le agradezco por tomar su preciado tiempo y esperar. - fruncí mi entrecejo apenas nombró aquello y la incertidumbre tomó protagonismo en mi cerebro, apareció con letras grandes cinceladas gritando un:
¿¡De qué estás hablando!? ¿Deber?, ¿Orden?
No sé por qué pero la imagen de mamá precedió ese pensamiento, supe de inmediato que eso debía de estar pasando por cuenta suya. ¡Claro! ¿Por quién más si no?
Gran parte de mí quería estar equivocada, pero la otra no era tan ingenua.
- escuche, si seguimos por ese pasillo llegaremos en menos de cinco minutos - señaló con su mano un estrecho corredor que se abría camino por un lateral de las escaleras -Venga, le enseñaré. - la comisura de sus labios volvieron a alzarse con extrema exageración. Mostrando unos dientes pequeños y rectos y la mandíbula estirada y tiesa como un payaso de feria.
Daba miedo.
La miré dudosa. No me moví.
- espera... - dicho eso la detuve, no dudó ni por un segundo en voltearse y encararme.
- ¿qué sucede?, ¿tiene alguna otra duda? Porque no es inconveniente para mí aclararla. Puede estar tranquila. Vamos pregunte...
- no, no es eso - negué bruscamente sin apartar los pensamientos de mamá interfiriendo en mi vida. Una vez más. - es sólo que... ¿puedes aclararme algo?
- por supuesto señorita, ¿Qué sucede?
Obvié el hecho de lo extraño que se escuchó la palabra señorita provenir de su boca y pregunté:
- ¿qué quisiste decir exactamente con que es tu deber conducirme hasta allá? - necesitaba saberlo, o bueno, más bien escuchar de ella esa afirmación que ya muy dentro de mí conocía.
- bien, lo digo porque lo es señorita Hyuga... - dijo con un suspiro ligado a las palabras. - ¡Oh lo siento!… ¿prefiere que me dirija a usted de otra forma?
Hice una pausa y sonreí con agrado tratando de convencerme para no alejarme de ella rápido.
- de hecho sí, suele gustarme mucho mi nombre Karin, así que agradecería mucho que lo usaras.
Su entrecejo se juntó y me dedicó una mirada perturbante. Casi me encojo del miedo.
- lo siento señorita, es preferible no añadir la mala costumbre del tuteo a nuestras conversaciones. Considérelo un régimen impuesto que no se debe incumplir.
¿Un régimen?, ya sonaba igual a mamá.
- disculpa, no estaba informada al respecto, ¿es así de estricta esta institución?, ¿debemos de generalizar el respeto de esta manera con todos?
Se encogió de hombros y sacudió la cabeza.
- no, la verdad es que no. Pero mi padre me dio instrucciones específicas del trato que debo de mantener con usted.
- ¿tu padre? - pregunté sin sospechar nada.
- sí, Danzou, subdirector de la institución.
Y esa respuesta fue como recibir un golpe directo en el estómago.
¡Toma Hinata! ¡Nocaut para ti! y en el primer asalto.
- ¿tu padre es el subdirector?
La sorpresa debió de denotarse en mi cara porque abrí la boca como un pez globo apunto de engullir algo.
- así es señorita.
La garganta me ardió y mis ojos se expandieron a un punto preocupante.
¡POR EL AMOR DE JESÚS! ¡HIROMI! ¿¡QUÉ HAZ HECHO!?
- eso quiere decir que... tú… tú estás… ¿estás encargada de ser mi niñera? - no pude evitar decir aquello con sorpresiva conclusión tras tartamudearlo, casi me caigo de culo al unir el puzzle.
¡Maldición!, estaba en lo cierto, mi instinto no se había equivocado. Sólo mamá podía hacer algo como eso, poner a la hija de un alto funcionario de la institución como mi perrito faldero, era una clara obra de sus infinitas manías. No se cansaba de interferir en mi vida.
- ¿niñera? Oh disculpe, pero me ofende que me considere tal. Yo preferiría añadir el término asistente personal o tal vez... mmm... no lo sé ¿guía? - se encogió de hombros - da igual. Como quiera dirigirse a mi persona estará bien. Mi deber es hacer que usted se encuentre lo mejor posible dentro de estas paredes...
- por favor, no lo hagas. ¿Qué estás diciendo? No necesito servicios especiales... esto es un error, yo no…
- Escuche - tomó una pose madura, se enderezó y sus dedos se unieron antes de comenzar a hablar - las cosas tienden a no ser de nuestro agrado la mayor parte del tiempo pero eso no le quita la buena fortuna que tal vez la preceda. Puede confiar en que las cosas mejorarán. Así que le pido por favor no insista al respecto.
- ¿no insistir?, ¡pero si esto no tiene sentido! - suspiré con fuerza para calmarme. Me volteé y di algunos pasos hacia atrás - perdón si te ofendo Karin, pero esto me parece una total estupidez. - la encaré mirándola esperanzada - Desearía poder hablar con tu padre ahora. No debe hacer esto, no tiene por qué exigirte hacerlo.
- es su obligación... - Me permití fruncir el ceño ante su descaro. Claro que la era, si le pagaban una suma exagerada por mi comodidad debía de velar por ella. Era lógico, pero sin embargo conociendo esa verdad, respondí:
- no, no la es. Su obligación es tratarme tal cual lo hace con el resto de los alumnos. Vine aquí a formar mi educación, creo que lo más propio a considerar correcto es que manifiesten en mí un trato íntegro e igualitario. Y exijo que así sea.
Karin levantó una ceja con desgana.
- ¿En serio tomará ese camino? -arrugué el ceño por el raro tono que se deslizó por su garganta con extrema rigidez hasta llegar a mis oídos - teníamos algo de fe en que su actitud cambiaría una vez entrara en esta prestigiosa institución, pero es claro que nos hemos equivocado. Tranquila, su madre nos ha informado al respecto, sabíamos de antemano que su modo de interactuar sería despectivo, rebelde y desagradable, así que no logrará sorprendernos, tenemos un archivo completo con su nombre bajo nuestro poder, nos especifica todo. - ¿¡Qué!? -Mi padre lo estudió durante horas e insistió de igual forma en que yo lo hiciera. Le prometo que su tiempo se perderá si desea exigir algo tan tonto como esto. Y bien, si viene al cabo y lo hace, las consecuencias que acarreará su descontrol y falta de respeto autoritario, será aún más decepcionante para usted que para nosotros. Eso, considérelo un hecho... señorita. - su tono fue pausado en cada una de las palabras que usó. No pude evitar retraerme. ¿Era yo en un punto fuera de órbita? ¿O esa chica de cara angelical, me estaba amenazando?
La respuesta al parecer era más que obvia. Me molestó.
Mi mandíbula no calló por la sorpresa como seguro ella pensaba lo haría, más bien se tensó al punto del dolor. Rechinaron mis dientes y mis fosas nasales se dilataron, haciendo clara mi descontrolada respiración.
¿¡Un archivo!? ¿En serio madre?
No creía lo ingenua que había sido al conceptuar que apartarme de casa, haría que gozara de un cambio drástico en mi vida. Apartarme de ella no disminuiría su control sobre mí, era estúpido siquiera pensarlo.
Si podía, lo haría... y era claro, la chequera le permitía el poder.
Lo que ella no entendía era que la forma de ambientar mi vida, la forma en la que ella veía el bienestar en el cual me podía desenvolver era en cierta forma exagerado. Es que... ¡por Dios!, ¿por qué no lo veía? ¡No necesitaba de eso! ¡No era la estúpida hija del presidente!, sólo era... yo. Una chica de diecisiete años que intentaba dar sus propios pasos, que quería desde lo más profundo de sí ser tratada igual, desenvolverse como un individuo, tomar decisiones por sí sola y llegar a actuar de acuerdo a lo que pensaba, no de acuerdo a un ideal impuesto para seguirlo e igualarlo en opiniones.
Era frustrante y cansino no poder resolverlo.
¿En qué carajos se estaba volviendo mi vida?
Respiré.
Me permití hacerlo con calma.
- si tienes razón en eso - expresé más tranquila de lo que imaginé una vez me repuse de mi triste realidad - entonces no veo otro motivo por el cual seguir aquí - la miré sin expresión alguna, ella mantuvo la boca cerrada e igualó mi gesto - sólo terminemos con esto Karin, muéstrame hacia donde debo ir.
- de acuerdo, como quiera, sigue siendo su decisión. Sígame.
Tomé el cabezal de ambos equipajes y los hice rodar por detrás de mí un largo rato mientras seguía a DOÑA BRUJA. Caminé en completo silencio manteniendo un poco la distancia entre nosotras. No hablé durante todo el recorrido, y agradecí al cielo que mi acompañante - algo bipolar y extraña - tampoco lo hiciera. Se mantuvo tan silenciosa como un lindo loro sin amígdalas.
El oscuro pasillo por el cual nos adentrábamos causó en mí cierto pavor, la oscuridad que lo envolvía contaba con una alto porcentaje de abarcamiento, sólo una escasa, débil y escondida luz amarillenta, alumbraba lo suficiente como para permitirme notar partes traseras de la figura de Karin caminando despreocupada frente a mí. Era extenso y algo estrecho. Parecía apartado, casi escondido del resto de la institución. Si mi madre había continuado con su plan de astuta y molesta intromisión, yo podría gozar de una grata y solitaria comodidad. Admito que la idea me agradó un poco. La soledad continuamente era mi mejor amiga en casa, me permitía aclarar mi mente y gozar de algo que era escaso en mi vida. Privacidad. De vez en cuando era placentero disfrutar de ella. Aún más cuando la mayor parte del tiempo, se te era reservada.
La pelirroja dobló en una esquina y estuve a punto de perder su rastro. Tuve que acelerar un poco el paso para volver a alcanzarla. Cuando logré visualizarla habíamos entrado en otra especie de nuevo corredor. El ahora más iluminado pasillo que se extendía frente a nosotras con un límite sustancial de metros era un poco más amplio y acogedor, la molestia y la extraña sensación de susto presente en mí guardó sus armas y mantuvo la careta oculta, pude respirar tranquila, llenar mis pulmones de oxígeno logró hacer que me concentrara en los detalles que me rodeaban. Las paredes tintadas de un azul claro situadas a ambos lados de mis costados, se extendían por completo a lo largo del pasillo, puertas de color marfil y de perillas oscuras seguían una secuencia cansina que dejaba poco espacio entre cada una de ellas. Era bonito, pero demasiado aglomerado, parecía que las hubiesen colocado allí por falta de espacio.
Cada una tenía un número color dorado oscuro impreso en una lámina negra mate, ésta a su vez sobresalía por el espesor y contaba con bordes delgados de un material grisáceo que envolvía por completo la pequeña placa. Estaba situada en el centro superior de la puerta y aportaba la elegancia y el buen diseño que poseía de por sí la institución.
Al ir recorriendo cada una me concentré en los números que poseían los umbrales de mi derecha. 492, 494, 496, 498... 500.
Se detuvo allí.
- es aquí - la voz de mi guía personal llamó mi atención. Volteé el rostro y me concentré en ella, sus ojos tras las gafas lucían inexpresivos. Se había detenido frente a una puerta adornada al igual que las otras pero que preciaba de algo diferente, tenía doble perilla. Pude notar que era la última puerta y, a diferencia de las demás, estaba situada en un lugar apartado, sola, privada de cualquier roce con alguna otra. Miré en la parte superior y noté que no tenía identificación con el número correspondiente. El 502 no marcaba la superficie, y era el número que correspondía a mi habitación, lo cual me pareció extraño. Mis ojos se concentraron en Karin y la miré sin comprender por un momento, notó mi duda sobresalir, pero no me hizo caso alguno, se volvió frente a la puerta, tomó ambas perillas y las rodó simultáneamente a la izquierda y derecha.
Las pesadas puertas se expandieron hasta dar con su límite y soltaron un pequeño crujido cuando llegaron a él.
Me dio escalofríos.
- por aquí - me notificó con voz neutral mientras comenzaba a dar pequeños y estrictos pasos, adentrándose en la nueva y elegante sala.
No tuve el tiempo de reaccionar rápido así que me llevé una pequeña reprimenda de su parte.
Fruncí el ceño e igualé su acción cuando volvió a nombrarme con descarado aburrimiento.
Caminé a su lado sin decir u hacer otra cosa más que observar lo esplendoroso que se veía el espacio que nos rodeaba. El tono enérgico de luz color vivaz amarillento, le atribuía al lugar el toque clásico y centrado de exclusividad histórica que gozaba la estructura completa del edificio. Un enorme dibujo de una gran orquídea estaba impregnada al suelo liso de madera caoba, lucía hermosa en el centro del salón. Candelabros, cuadros, imágenes y una elegante lámpara de vidrios transparentes adornaban el resto del lugar. Era muy hermoso. Pero sobre todo exuberante. Me sentí trasladada a un mundo de castillos y bailes nupciales. Sólo faltaba la suave música dictar sus primeros acordes y mi mundo fantasioso cobraría vida.
Karin se detuvo frente a una gran puerta de doble perilla muy parecida a la anterior pero con la excepción que ésta era de madera barnizada y de un tono oscuro. Y ¡Vaya! Esa sí tenía mi número. La igualé, detuve ambos equipajes a cada lado de mis costados y solté la cabecera de metal. Mis manos sudadas se vieron forzadas a soltar un grito de júbilo, lucían rojas gracia a la fuerte presión que ejercí sobre ellas. Las froté con suavidad una contra la otra mientras Karin liberaba la acción de colocar la llave en la cerradura.
No tardó nada, volteó y dirigió su seria mirada en mi dirección.
Dejó la puerta entrejuntada, impidiendo una visión clara de lo que se encontraba tras ella.
Me humedecí los labios resecos. Y cuando traté de comenzar con una conversación tras el tortuoso silencio que dejó minutos incómodos, ella se adelantó, dando la impresión de que me hubiese interrumpido.
- Como bien sabrá señorita Hyuga, nuestra institución goza de un extraordinario abarcamiento al complejo mundo algorítmico y cubre en todas su facciones la belleza artística y literaria.
¡UY! que emocionante.
No pude obviar el sarcasmo tomar protagonismo de ese pensamiento al escucharla intervenir con el discurso - ya dictado por mi madre - de la diversidad expansiva que proveía la institución.
Clases de pintura, dibujo, literatura, música, teatro... sí, sí, conocía el listado. Mamá aparte de una tediosa charla, había impreso unas diez hojas con especificaciones claras y las había colocado en mi edredón cubierto por una bonita hoja verde diciendo: Léeme, habrá preguntas.
¿Karin era consciente de eso?, podía jurar que sí, pero entendía que un listado parecido al mío de específicas reseñas de lo que tenía que decir, la obligaba a mantener el papel de estricta informante preocupada.
No podía dejar escapar nada.
Lo entendía.
- Su educación está resguardada en cada área, por eso no debe preocuparse - prosiguió - sin embargo... es importante aclarar antes que nada que las reglas en su totalidad deben de tomarse muy en serio y resguardarlas en todo su esplendor. Los horarios son rígidos en la institución señorita, se le agradecerá que las horas de clases sean respetadas en su compleción, nada de malcriadeza, obscenidades, peleas e insultos al docente encargado de la asignatura u algún compañero. Al obtener tres retrasos de manera general en sus clases sin una verdadera justificación de por medio, la sanción implementada será obligatoria, ¿entiende? - ¿se lo aprendió de memoria?, pensaba sorpresiva mientras la veía sin interés alguno dictar el discurso, su voz monótona y rápida me hizo espabilar, asentí sin dudar.
- toda primera clase comienza a las siete de la mañana y culminan a las tres de la tarde, no hay excepción para ningunos de los estudiantes. Es su deber cumplir con ello y permanecer dentro de la institución. No está permitido rondar por allí en horas nocturnas. De ser atrapada infraganti incumpliendo esta norma, será sancionada de forma inmediata. Al repetir la acción tres veces, la expulsión habrá cabida a la realidad. ¿Es consciente de eso? - volví a asentir sin nada de interés. Todo parecía una amenaza brotando de su boca, no la información justa y precautoria que debería de haber sido. - la hora del almuerzo corresponde a las doce, una pequeña merienda a las tres, y la cena a las cinco. Ésta última tiende a entregarse a cada estudiante dentro de su respectivo dormitorio... Ah, una cosa más, no habrá prórroga para el almuerzo, la cafetería tiene el deber de cerrar sus puertas a las horas acordadas, estará disponible hasta la una, luego de eso cerrará y abrirá a las tres. ¿Quedó todo claro?
- más que el agua - respondí rápido y con una sonrisa que fue opacada por la insolencia de un gesto malhumorado. - Emm… sólo una cosa más. - agregué percatándome de algo.
- ¿si?
- me has informado que las clases comienzan a las siete... ¿cuándo será posible el desayuno?
- entre las nueve y diez de la mañana la institución permitirá a una de las encargadas pasar por cada aula para entregar el sustento alimenticio. - su manera automática y sin lucros de respiración me aturdieron.
En definitiva se lo había aprendido todo de memoria. ¡Qué loco!
Suspiré.
- bien... comprendo. Es bueno.
- ¿nada más abarca su curiosidad?
Sacudí la cabeza en negativa.
- de momento no, eso es todo.
Le sonreí dulcemente. Tratando de armonizar esa tensión que crecía cada vez más entre las dos.
No hubo cambio relevante de su parte y me sentí estúpida.
- de acuerdo, siendo así... aquí están las llaves del dormitorio. Recuerde todo lo que le dije - tomé las plateadas llaves que me entregó. - Ahora puede pasar e instalarse, mañana a primera hora comienza sus clases con Matemática. Encontrará la lista de estudios dentro del primer cajón de su mesita de noche. Si no necesita de nada más me retiraré.
- no, tranquila. Gracias.
- con su permiso. - agachó el rostro - Disfrute de la estadía.
Dicho eso su figura pasó de mí, traspasó la sala y se perdió en el mismo camino por el cual habíamos llegado.
Me negué en parecer decepcionada al verme nuevamente en solitaria causa. Karin sólo estaba haciendo su deber. En cierta forma la comprendí. No era de su agrado, y mucho menos del mío todo ese asunto. Nuestros padres gozaron de libertad para imponer en nosotras un régimen estricto sin lugar de negociación. Era injusto, pero algo de lo cual no podíamos escapar. Karin lo había dicho. Ni el señor Danzou ni Hiromi darían su brazo a torcer. Mamá era demasiado orgullosa para hacerlo, su padre... bueno, imagino que interesado en algo extra de correspondencia. No lo culpaba, mamá era experta en convencimiento humano. Y aún más cuando ese hecho implicaba un beneficio personal.
¿Detenerla?, ¡Qué va! era imposible.
¿En qué más hurgaste madre?
Traté de no indagar en pensamientos cuyas respuestas no causarían otro efecto en mí más que decepción. Mamá me había dejado sola en la institución, y eso para ser cierto debía de tener un respaldo sólido de confianza puritana, no en mí, sino en sus propias acciones.
Algo me decía que Karin y su bipolaridad no sería el único de mis problemas.
Mordí mi labio y me negué en seguir pensando. Estaba cansada, sólo quería... tumbarme en la cama y dormir.
Empujé la puerta y ésta se abrió de forma sencilla, sin el molesto chirrido que me había acostumbrado a escuchar. Pasé y cerré, puse las llaves encima de una mesa de vidrio que se encontraba justo a un lado y me volteé a encarar el resto de la habitación. El lugar en el cual me abrí espacio era además de lindo y ordenado, espacioso, muy espacioso. El estilo clásico que caracterizaba cada parte de la estructura ambigua no encontraba cabida para posarse en el cuarto, todo era moderno, limpio... lujoso. No pude evitar echar un resoplido frustrado al colocar ambos equipajes al pie de la cama. Un televisor pantalla plana, equipo de sonido, cama matrimonial de suave y tierna colcha, lámparas de lava, ambientación, paredes de tonos cálidos, estantes, libros, computador, cuadros, vinilos, discos...
¡Qué mierda!, ¡sólo faltaba una maldita pecera!
No evité reír con fuerza al seguir de largo y entrar al baño.
¿¡Es una broma!?
Tres peces de contornos dorados me indicaron que no lo era. Al parecer contaba con todo lo que mamá consideraba era necesario para estar cómoda. ¡Hasta con una benditos peces!
¿Qué era esto?, ¿La niña más consentida de Japón?
Suspiré para calmarme.
Una pequeña carta colocada a un lado del cristal mediano en forma de caja envuelto por una cinta roja de lazo, llamó mi atención. Me acerqué y la tomé. Era de mamá.
Leí:
Si la habitación no te parece muy cómoda o para nada agradable házmelo saber cariño, haré lo posible para arreglarlo. Estos peces son un regalo de tu padre, pensó que tal vez la compañía te haría falta. Una encargada pasará los días domingos para entregarte el alimento. Esperamos te vaya súper. Dios te bendiga siempre.
Te amamos.
Con amor
H & H
Recuerdo cerrar los ojos y respirar con intranquilidad al terminar de leerla. Dejé el papel rasgado en donde estaba y volví al dormitorio. Me lancé sobre el colchón, el cual al hundirse por mi peso me reconfortó con su suavidad. De manera inmediata se escocieron mis ojos, se hizo un nudo en mi garganta y escalofríos llenaron mi cuerpo.
Mis padres me habían prometido antes de viajar no interferir por ningún medio en lo que a partir de ese momento sería el comienzo de mi educación y el primer paso para mi independencia. Me creí tonta al escucharlos afirmar lo que yo más quería, costó un poco siquiera pensar que hablaban en serio, pero me convencieron. Creí en ellos.
Es claro, no pude ser más ingenua.
La extralimitación por sus acciones se perdía en un punto fuera de lo aparente. Tal parecía que no lograban captar el principal problema de todo eso. El hecho no eran los regalos, las decoraciones o el exagerado glamour que me envolvía, no. Era esa manía en interferir y hacer cambios conforme a su conveniencia, a su criterio. Mamá y papá gozaban haciéndome sentir "cómoda", pero la verdad era que nunca, ni siquiera una sola vez, la comodidad fue la palabra específicamente definida que englobó los sentimientos reales que representaba cada acto.
Estaba viviendo el mundo perfecto que ellos creían correcto, más no el mundo perfecto para mí.
¡Menuda mierda!
Un toque en la puerta me hizo volver a la realidad.
Vacilé al principio, pero la fuerte insistencia que prosiguió luego me hizo encaminarme a ésta.
- ¡un momento! - advertí. Apuré el paso y abrí. No encontré a nadie, sólo observé una canasta de paja en el suelo con varios artículos.
De nuevo una carta sobresalió de entre todas las cosas. Me causó gracia, parecía que ese día era el día de las cartas para Hinata. Primero fue Nana, luego mamá y ahora llegaba una representando a alguien desconocido, ¡con canasta incluida!
Agaché el torso y la tomé. Miré alrededor e imaginé que alguien llegaba a explicarme aquello, pero no pasó, la sala seguía tan sola como minutos antes de instalarme en el dormitorio.
Me recosté en el marco y rompí la envoltura. Saqué la carta y leí:
Antes que nada permítame darle la más cordial bienvenida a la institución TSUKI KUMINAKI, es mi deber informarle lo grato que es contar con su presencia en la misma. Esperamos goce de su estadía y la academia cumpla con cada expectativa. Los artículos presentes en la canasta son cortesía de la directiva, tenga la libertad de disfrutar plenamente de ellos.
Sin más que agregar me despido, le deseo un descanso formidable.
Atte.: Subdirector Danzou.
Doblé la carta sin nada de sorpresivo interés y tomé la canasta.
Volví a entrar.
La coloqué en la misma mesa de vidrio a un lado de las llaves y fui directo al baño sin detenerme a divisar que contenía. Lo único que me apetecía era dormir, el adormecimiento se mostraba en los lentos pasos que daba y en la lucha que mis párpados desempeñaban por mantenerse atentos. Tomar una ducha relajante me seducía al punto del descontrol.
Me desvestí y coloqué la ropa en el cesto.
La ducha era ancha pero no tan larga, y estaba rodeada de cristal. Sí, cristal, transparente y pulido cristal.
Me pregunté qué tipo de privacidad consideraban ellos correcta con una ducha que permitía visibilidad en toda su gloria.
Abrí el grifo y regulé el agua. La temperatura llegó cálida al roce con mi piel. Pude respirar, lenta y prolongadamente. El agua cayó desde el centro de mi cabeza y recorrió cada curva de mi cuerpo bañándome de relajación. Sentí el estrés desprenderse poco a poco. Una grata sensación se posó en su lugar.
Tomé el jabón y el champú que acostumbraba a usar en casa y lo apliqué. No me sorprendió ver la mayoría de mis artículos ya desempeñando su rol en la habitación, todo estaba, desde mi cepillo de dientes hasta las toallas blancas dobladas en el estante de madera con mis iniciales marcadas en dorado. Mamá era detallista, absolutamente nada se le pasó por alto. Todo estaba como debía de estar. Las cosas marchaban bien, su tedioso plan estaba funcionando.
Terminé de enjabonarme todo el cuerpo, luego, cuando comencé a estrujar el champú en mi cabeza y de éste comenzaba a brotar espuma, la luz centelleó repentinamente en una clara señal de apagón y me asusté. Acabé rápido de quitar todo resto de químicos y lo enrollé en una bata blanca que colgaba en el perchero a un lado de la ducha. Al dar dos pasos fuera, el bombillo volvió a centellear y antes de permitirme salir por completo de la habitación, se apagó. Quedé en una penumbrosa oscuridad que opacaba más allá de los puntos esquematizantes de manchas que habían quedado en mis ojos por mirar tanto el bombillo del baño. Los atropellados latidos en mi pecho no tardaron en llegar y aparecieron conforme a la preocupante situación. Humedecí mis labios y los mordí por temor. ¿Qué sucedía?, me pregunté temerosa. Nadie me había especificado con anticipación que algo así sucedería, ¿era común que en la institución pasara eso? No estuve segura de una respuesta concreta.
Tanteé el lavamanos y las paredes varias veces antes de dar con la perilla de la puerta. La rodé a un lado y salí al largo pasillo que conducía a la sala principal donde se encontraba la cama. No veía nada, era sorprendente lo oscuro que resultaba todo. Lo único que me ayudó durante esos segundos fue el vago recuerdo que mantenía en mi cabeza de las cosas que se encontraban adornándolo. Lo último que quería era darme de bruces con ellos y arruinarlos.
Llegué a un punto donde la lámpara de lava que recordaba estaba en una de las mesitas de noche, alumbró parte del lugar dándole pigmentación rosa y verde agua, pero alumbraba poco más allá del lecho. No logró vislumbrar el resto de mi camino. Así que seguí tanteando a mí alrededor, tratando de no chocar con algo. A un lado, al frente, al otro lado... a un lado, al frente, al otro lado.
Repetí esa simple acción una vez tras otra mientras me acercaba.
Lo hice así hasta que:
Algo liso, suave y cálido.
Se cortó la circulación de mi sangre. Sentí pinchazos recorrer mis palmas y los vellos de mi nuca se alzaron por escalofrío. Me alejé atemorizada. Tropecé con mis pies y caí sentada de culo en el liso piso de cerámica. La trenza de la bata se zafó del nudo y terminé casi desnuda, cubierta poco en la zona de los pechos y poco más en la pelvis. Mi trasero quedo libre, suerte que lo tenía contra el suelo.
No tuve tiempo de volver a atarla. La luz volvió y me desconcerté. Costó un poco volver a concentrar la mirada en un solo lugar, pero cuando lo hice mis ojos se agrandaron a un punto desorbitante y me atraganté.
Mis latidos incrementaron y comencé a sudar frío.
Un par de piernas desnudas, morenas, largas y ejercitadas se abrieron paso a través de mi visión temblorosa.
Palidecí.
¡Oh Dios mío! Era Un chico.
