No sabía qué hacer. La situación me superaba en gran medida. Estaba ida. Literalmente

Puedo jurar que me vi trasladada al mundo de Coraline, un par de ojos negros de botones y una puerta misteriosa me llamaban. Comencé a dudar de mi realidad.

De manera instintiva traté de levantarme y huir, fallé estrepitosamente varias veces al intentarlo. Tropezaba con mis pies y no encontraba equilibrio, las piernas se me habían convertido en gelatina.

Estaba escéptica, asustada. No hallaba pensamiento para la acción.

Mis sentidos chocaban unos con otros, nada era coherente. Escuchaba los TUM...TUM, resonar con fuerza en mis oídos.

Me sentía desprotegida, inquieta.

Deseé de momento estar en casa. Estar con Nana, con Asuma... ¡con mamá!

Hasta estar con ella aguantando su portentosa habladuría resultaba una buena idea en ese momento.

Quise escapar.

Traté de respirar y calmarme. Tomé grandes bocanadas de oxígeno y pensé en hacer de ellas un procedimiento lento y pausado hasta acostumbrarme a la normalidad, pero no pude. No por mucho tiempo.

Él estaba desnudo a excepción de un ajustado bóxer negro que cubría su redondeado trasero y una ajustada camisa de igual color que poco después desprendió con lentitud mientras yo osaba observar sus movimientos sin permitirme reaccionar.

Fue en cuestión de segundos cuando con distante osadía dejó al descubierto su ancha y formada espalda y su estrecha y tonificada cintura, todo, frente a mis ojos apabullados.

Mi respiración enloqueció.

¿¡Pero qué…!?

Solté un suspiro ahogado. Lo que vino a continuación no estimuló para nada eso de detenerse, al contrario.

Sus masculinas manos pasaron a rodear el elástico del bóxer. Tardé en captar las consecuencias de la acción que él estaba desempeñando

Sacó en seco.

Los latidos incrementaban. Y con ello mi incapacidad para analizar la situación y buscarle alguna solución coherente, fuera de peligro. De momento imaginé que acabaría con un ataque cardíaco. Mi cabeza daba vueltas y el nudo cernido en mi garganta me impedía poder evitar ese inminente desnudo.

¿Cómo saldría de esto?

Piensa Hinata, piensa…

Aun sin despegar la mirada de su figura por miedo, comencé a tantear con las manos bien abiertas a mi alrededor, necesitando encontrar algo para defenderme, así fuese un poco de cordura o fuerza motriz. Como mis piernas no respondían me impulsé con los antebrazos hacia atrás hasta que choqué con el taburete de madera que se encontraba a los pies de la cama, me di un buen golpe en la cabeza, pero ni el pequeño dolor que causó logró sacarme del mundo de película en el que estaba viviendo hacía pocos minutos.

Mis ojos ardían por someterlos a la tortura de no espabilar, y mi respiración rozaba el límite aceptable de repeticiones por minuto. Tenía que hacer algo. Y rápido.

Vi sus movimientos, y cuando noté que comenzaba a deslizar el bóxer con lentitud a través de su piel, me permití palidecer. Hacerle competencia a una hoja blanca de papel, no fue ningún problema.

¡¿Qué haces?! ¡NO! ¡Detente!

Mi mente se arriesgaba a gritar lo que mis cobardes y enmudecidas cuerdas vocales se negaban a soltar.

Una de las pequeñas carteras que traía conmigo junto con el equipaje, fue lo primero con lo que se encontraron mis manos nerviosas una vez las alcé y rebusqué encima del taburete con el cual me había golpeado, la tomé con fuerza y no me permití pensar en el peso que estaba cargando, fue poco lo que tuve que esperar antes de accionar mi mano para que saliera disparada como un misil en su dirección.

A partir de ese momento, todo pasó dolorosamente lento. Recuerdo hubo un período de silencio, otro de alivio y finalmente un último de histeria. Me llevé ambas manos a la boca y acallé un grito entre ellas cuando vi hacia donde se dirigía mi ataque de fuga.

Mi corazón dio un alarmante salto en su espacio.

- ¡Oh Dios! - grité con miedo cuando el bolso siguió su recorrido y le dio de lleno en la parte trasera de la cabeza, haciendo que su alta y atlética figura cayera como una bala de sopetón contra la madera del suelo.

Me quedé tiesa viéndolo desplomarse. Todo parecía una fantasía queriendo tomar protagonismo en mi realidad.

Después de verlo con ojos amplios y temblorosos entré en razón y corrí hacia él, mis nerviosas y alteradas partes del cuerpo se accionaron ante el miedo de haberle hecho daño.

Ajusté la bata y me agaché para ayudarlo.

Esto no podía estar pasándome. No justo ahora.

- ¡oye!… - lo toqué con manos temblorosas tratando de reanimarlo, no se movía - oye… reacciona… vamos reacciona… por favor no puedes hacerme esto, ¡reacciona! - mi voz le seguía el juego a mis articulaciones, temblaba mientras le daba sacudidas a sus tersos y resbaladizos omoplatos. Estaba sudado, como si previo al homicidio hubiese estado haciendo ejercicio; no dio señales de querer volver a la vida.

¿Pero con qué demonios lo había golpeado?

Di un salto hacia atrás y busqué con la mirada el arma homicida, la alcancé a ver a los segundos. Gateé hasta ella y la tomé. Abrí el cierre mágico y descargué en el suelo todo su contenido.

Lo primero que salió a la vista fueron varios trapos pequeños, y lo último fue una caja mediana de madera que apenas tocó el piso derramó a su vez una cantidad desmedida de accesorios.

Era la caja donde Nana había guardado alguna de mis joyas.

¡No puede ser!, ¿lo había golpeado con una caja de madera?

Caí de sopetón sobre mi trasero y mi vista se perdió por segundos en algún lugar llamado divagación.

Lo veía claramente. Ese era el fin de mi asquerosa vida.

Mordí mis labios convulsos y escuché los desesperados latidos de un corazón nervioso.

Me sequé el sudor de la frente con la manga de la bata, separé la tela de algodón de mis pechos y soplé sobre ellos, luego moví mis alteradas manos unas cuantas veces al aire para tratar de calmarme. Tenía que hacer algo.

Piensa Hinata, piensa bien…

Me enfoqué de nuevo en él. Su piel clara se notaba brillosa, y desde donde me encontraba no me aseguraba que estuviese respirando.

Entonces cavilé.

Lo primero, tenía que voltearlo.

Apenas me acerqué lo suficiente a su inerte cuerpo como para tomarlo de los hombros, vi un cable largo saliendo de sus cuencas auditivas.

Audífonos. El idiota estaba escuchando música. Por eso no escuchó cuando caí.

Un dolor de esófago me invadió. Fruncí el ceño.

No perdí tiempo y los quité, al igual que el IPod que se encontraba tirado justo al lado.

Los aparté molesta lejos de mi escena del crimen. Si tan solo no fuese estado distraído y hubiese visto su equivocación, nada de este tormentoso momento fuese ocurrido.

Había empeorado todo.

Las retinas me temblaban y mis manos no paraban de sudar y tiritar.

Respiré con sigilo. Por más nerviosa que estuviera tenía que tratar de controlar mi ansiedad.

Vi por segundos como mi mente me jugaba una broma y me mostraba imágenes de mamá. La sorpresa, la decepción, la molestia arraigada en una imperturbable mirada… todas esas emociones ligadas en un rostro amenazante. Mi vida se había ido al lastre.

Si no acababa en prisión, me enviarían sin lugar a dudas a un monasterio a las afueras de la ciudad de Francia. O acabaría en un psiquiátrico. Como la abuela de Nana.

De seguro lo último que relataría a escondidas de las monjas, sería el cómo una desesperada situación de usurpación me llevó a asesinar con una pequeña y aterradora caja de madera a un sujeto que no tenía decoro alguno en desnudarse en cualquier sitio. Ya no habría supuestas libertades para mí, nada de independencia, nada de vida, nada de descubrimiento personal... Y todo ¿por qué?, por este ¡idiota usurpador!

Casi podía ver los futuros titulares: "Instituto Tsuki Kuminaki en luto, joven desquiciada asesina a estudiante con honores, Familia Hyuga devastada, la deshonra de los Hyuga, Hiromi en exclusiva, Un vistazo a la deshonrosa hija de Hiromi Hyuga, ¡Hinata Hyuga ASESINA!…"

Sacudí la cabeza con desesperación. Tenía que dejar de pensar tanto.

Di un quejido al aire y quise golpearlo con fuerza. ¡Esto era su culpa!

¿Cómo no se dio cuenta que se había equivocado de habitación?, Idiota… idiota…

Tomé gran parte de mi fuerza de voluntad para tomar sus tersos hombros e intentar voltearlo. Lo intenté de varias formas. Buscando el lugar más liviano y fácil de sujetar, pero por varios minutos no resultó, pesaba mucho. Y mis escurridizas manos bañadas de sudor unidas a su resbaladizo cuerpo, tampoco ayudaba en lo más mínimo.

Entonces se me ocurrió algo que creía podía funcionar.

No perdí tiempo. Me levanté corriendo, tomé la delgada sabana que cubría la superficie de la cama y tiré de ella. Volví a su lado. Coloqué uno de los extremos de la tela cerca de su costilla izquierda y la empujé con mi mano hasta lograr pasarla hasta el otro extremo.

Sonreí con plenitud al ver la esquina blanca puntiaguda al otro lado de su cuerpo.

Fue un alivio lograr pasarla.

Cuando quise retirar la mano me sorprendió ver como el uso de mi fuerza era en vano, se había atorado.

Mi sonrisa decayó. En ese momento quise gritar de la impotencia. Apreté la mandíbula, e irritada comencé a jalar como una posesa en dirección contraria. Lo intenté varias veces, respiraba de manera bullosa y lo hacía, me abstuve de empujarlo con los pies, podía sentir como el sudor corría por mis mejillas gracias al esfuerzo; al cuarto intento jalé con todas mis fuerzas y salí volando hacia atrás como si un tubo me hubiese succionado, mi cuerpo dio una voltereta y acabé golpeándome la cabeza con el suelo.

Me reincorporé con los codos.

Traté de sosegarme. Volví a levantarme para terminar el trabajo y no le di importancia al dolor. Tomé el otro extremo de la sábana e hice un nudo apretado con el que había pasado a través de él. Quedó totalmente envuelto por ella. Tomé ese extremo y jalé. Jalé tan fuerte como una grúa al momento de remolcar un carro accidentado.

En este caso yo, la debilucha, flacucha y paliducha era el motor en marcha, y él, el peso muerto.

No sé cómo lo logré.

Una sonrisa enorme me iluminó el rostro al ver como este cedía y acaba yendo hacia mí. Fue cuestión de segundos. Pude voltearlo.

Di un salto de felicidad y reí, pero la alegría gracias a mi esfuerzo me duró poco al ver que todavía seguía inconsciente. La comisura de mis labios ladeados rápidamente se vio interrumpida por una mueca nerviosa.

Volví a inclinarme junto a él. Me afinqué sobre mis rodillas y tomé su rostro entre mis dedos aún inquietos. No sabía absolutamente nada de cómo aplicar reanimación, pero comprobar su pulso y si todavía respiraba fue mi prioridad. Si lograba tenerlo correría a pedir ayuda.

- oye - intenté volver a probar suerte llamándolo. Toqué sus mejillas con las palmas de mis manos y di varios golpes suaves.

No respondió.

Me agaché un poco más. Acerqué mi rostro ladeado a su boca y pude notar como una débil pero existente ráfaga de aire salía de ella tras chocar con sus dientes.

Una llama de esperanza saltó en mi pecho. ¡No lo había asesinado!

Me reincorporé, fui con prisa hacia el baño y comencé a buscar desesperada por todo el lugar algo que me sirviera. Rebusqué en los gabinetes y estantes, al final logré dar con un pote vacío, que poco después llené de agua fría, alcancé a tomar una toalla y para milagro de Dios conseguí dar con un pequeño potecito de alcohol, fue la mejor sensación que pude experimentar.

Salí disparada hacia su debilitada (ya no muerta) figura en el suelo, y me volví a sentar a su lado sobre mis rodillas, hice un gran esfuerzo en levantar su dorada cabeza – ahora con un enorme chichón en la parte trasera – para recostarla en una almohada que había tomado de la cama, me costó unos cuantos jadeos y calambres en los brazos pero logré hacerlo. Una vez estando lo suficientemente cómodo, con manos ansiosas y rápidas tomé el alcohol y lo vacié casi por completo en la toalla blanca, lo esparcí lo mejor que pude, tomé el agua y la mantuve cerca de mí.

Me acerqué, volví a zarandearlo.

- ¡oye!, despierta, necesitas despertarte… oye - mis intentos se extorsionaron al no ver respuesta de su parte. Acerqué de nuevo mi mejilla a su boca, y apenas lo hice me asusté. Mi garganta quedó corta de aire. La pequeña y débil ráfaga de oxígeno que había sentido hacía poco, ya no me rozaba la piel.

En ese momento creí morir.

De los nervios comencé a moverlo con más fuerza, olvidando por completo que justo encima de mis piernas descansaba la toalla bañada en alcohol, por un momento me cegué. Mi mente quedó en blanco, totalmente. Fue tanta la desesperación que de un momento a otro ya lo estaba golpeando en el pecho mientras gritaba: ¡despierta!, desesperada.

Mis ojos ardían queriendo retener las lágrimas.

No podía morir, no podía dejar que muriera.

Por varios minutos golpeé su pecho, lo golpeaba y me acercaba a inspeccionar su boca, el aire no hacía acto de presencia, eso me inquietaba demasiado… Seguí intentando reanimarlo con golpes y palabras certeras, lo hice hasta que no pude contenerme más y en un momento de lucidez estiré la mano hacia un lado y le vacié el pote de agua fría sobre la cara.

Y entonces pasó. Reaccionó tan rápido que apenas estiró su torso golpeó mi frente y me hizo caer sentada de culo en el liso piso de madera. Me doblé adolorida. Él se incorporó ahogado y comenzó a toser. Se puso de lado, afincó su cuerpo sobre su brazo desnudo mientras trataba de recuperar el aliento que había perdido. Bocanadas de aire iban y venían de su boca. Estaba ahogado. Ahogado, pero vivo.

Mi pecho se sintió libre. La opresión que sentía junto a la desesperación y los nervios se fueron escurriendo de mi cuerpo hasta dejarme patitiesa, sin expresión.

Alcé la cara y con una de mis manos toqué mi frente dañada, supe que me saldría un morado del tamaño de roma, pero con sinceridad en el momento no me importó, tampoco lo hizo imaginar que de seguro habrían preguntas, dudas y recriminaciones por todo lo ocurrido apenas la directiva se enterara y le contara a mamá de lo sucedido, estaba lo suficientemente ida como para no importarme nada.

Mi vista se despejó, y luego solo me dejé caer por completo en el piso, exhausta. Di gracias a Dios, una y mil veces. Todavía estaba despavorida. Los latidos de mi corazón los sentía situados en mi garganta con comodidad.

No era agradable. Nunca había tenido que pasar por algo similar.

Tal vez mamá tenía razón, solía decirme cuando era tan solo una niña que estar fuera de casa era peligroso para mí, que no debía aventurarme pese a mi curiosidad, que no valía la pena arriesgarse a tratar con los demás ajenos a mi núcleo familiar por un tonto incentivo de aventura. Ese era un pecado mortal, y aquí estaban, materializándose todas sus inseguridades en un hecho exacto de incomodidad, histeria, miedo y peligro.

Me lo demostraba.

Con veracidad lo hacía.

Mi vista se perdió por completo en el techo tintado de blanco, lo veía con admiración y atención como si fuese la cosa más interesante que pudiera existir.

No había sentimientos en mí. Solo una gran paz, alivio. Él estaba bien, yo no lo había perjudicado y ahora… ahora… ahora ¿Qué?

Ese incierto pensamiento se vio interrumpido por un adormecimiento que fue creciendo con vertiginosas oleadas desde mis piernas, seguido de mi torso hasta instalarse con facilidad en mis ojos; lo último que vi antes de desmayarme fue unas grandes esferas celestes mirándome con suma extrañeza.

El cuerpo dejó de pesarme. Él estaba vivo.


Bueno, este es el final del capítulo: D, si terminaron de leerlo y ahora leen esto sientan mi más sincero agradecimiento . Lamento mucho estar actualizándolo ahora pero estaba envuelta hace apenas tres semanas en la fatigosa tarea de exponer mi proyecto de bachiller, - ¡Wujú! ¡Estoy graduada! *O* xD -, luego me enfermé y si me hizo complicado escribir. En fin, esas son mis excusas por ahora… volviendo a la historia ¿Qué tal les pareció?, me he sentido decepcionada y realmente triste porque no veo que comenten nada , por fa, denme su opinión al respecto, me gusta escribir pero tengo que estar segura que lo que estoy haciendo agrada al público y no es una pérdida de tiempo, díganme en general que piensan, modo de redacción ¿es buena, les gusta?, personajes ¿hasta ahora les agrada, los decepciona…? :/ Cuéntenme mediante un review:*

Por ahora esto es todo.

Me despido de este lado del monitor. ¿Hasta la próxima?

DLBS