kaoruca: la verdad me gustaría, si querés, que me hicieras una pequeña reseña de eso, por favor, porque ni idea el porqué de la incomodidad de Kaoru (aunque la verdad no me gustaría que mi interés amoroso me dijera señorita, o señora jajaja). Lo de Kaoru odiando el dono se une a cosas como Kenshin espiándola mientras duerme o el aroma a jazmín como distintivo de ella (confieso haberlo usado), en fin, mitos del fandom cuyo origen desconozco. Me alegra que lo disfrutes y por tu móvil nuevo.

Guest: más menso imposible, y es así en casi todos los fics del mundo, aunque la verdad se me hace que es un carácter fingido. Él sabe perfectamente de los sentimientos de Kaoru, pero se hace el tonto, por diversas razones. A ver cómo se las apaña Kaoru en el transcurso de la historia y si nuestro querido pelirrojo deja de hacerse el loco. Gracias por tu apoyo!

Ancient Xana of the Old Forest: ni me lo agradezcas, lo hago con mucho gusto. Hay muchos fics hermosos en otros idiomas, yo sólo los comparto para quien lee en español y lo disfrute. Te agradezco un montón por los ánimos y espero que sigas disfrutando de la historia!

¡Espero que pasen unas muy Felices Fiestas!


Kaoru lentamente se removió en su futón, sintiendo el cansancio por todo el cuerpo. Rabia, celos, y tristeza se habían combinado para darle una noche sin descanso. El sueño la había eludido, incapaz de calmar sus pensamientos. Suspirando, se vistió con su ropa de entrenamiento y miró por la ventana. Aunque el sol aún no había salido, podía ver que sería un día gris, con nubes bajas, y pesadas con la promesa de más lluvia.

Recordando a los otros ocupantes del dojo, se dirigió a la cocina a dejar una nota, sólo para ser sorprendida por la visión de Kenshin ya junto a la estufa, tarareando tranquilamente. Ella se quedó en la puerta, tomándose un momento para mirarlo, permitiéndose a sí misma el simple placer de sólo mirarlo. Sabía que él era el letal Battousai, algo que él había demostrado repetidamente, pero de alguna manera, él siempre parecía estar más vivo y pleno cuando hacía pequeñas labores, la limpieza le parecía más gratificante que cualquier otra cosa.

Luego de un rato, él se volvió y la vio en la puerta. La miró por un momento antes de sonreírle de manera dubitativa. - Buenos días, Kaoru-dono.

Ella le devolvió la sonrisa, incapaz de resistirse. - Buenos días, Kenshin. ¿Qué haces tan temprano?

Él se mostró inquieto, - Bueno, Yahiko dijo que no comiste anoche, así que pensé en levantarme temprano y hacerte el desayuno en caso de que te despertaras con hambre, eso hice. No llevará mucho tiempo preparar algo si quieres sentarte y hablar conmigo.

Ella vio una mirada llena de esperanza en él y odió el hecho de tener que rehusarse. Especialmente después de haber omitido el sessha. Era motivo de una continua discusión entre ambos, pero había insistido al punto en que él aceptó no decir sessha en presencia de los residentes del dojo, pero fueron muy pocas veces. - Lo siento, Kenshin. Hoy ayuno. Es una tradición. Estaré en el dojo todo el día meditando. Me estaba yendo hacia allí.

Vio que lo había sorprendido. Sin ganas de responder preguntas por el momento, le sonrió y se marchó de la habitación.


Kenshin no había dormido, preocupado por Kaoru. Se había levantado antes del amanecer, yendo a la cocina con la esperanza de ocuparse en algo que lo distrajera. Además, Kaoru no había comido nada la noche anterior, así que seguramente se despertaría con hambre. Lo aliviaba y complacía esa parte de él que quería pertenecer al lugar cuando la veía a ella y a Yahiko comer lo que cocinaba. Junto los ingredientes para preparar el desayuno favorito de Kaoru, tarareando distraídamente mientras trabajaba.

Sintiendo un movimiento detrás de él, se volvió para ver a Kaoru parada frente a la puerta. Se detuvo por un segundo, la visión de ella hacía a su corazón palpitar, antes de saludarla. Ella le sonrió, y ver las ojeras bajo sus ojos hizo que frunciera el ceño internamente. Cuando ella le preguntó por qué estaba levantado, inventó una respuesta, no estaba dispuesto a admitir que no había dormido. De repente se percató de que no había nadie alrededor, la oportunidad perfecta para descubrir qué era lo que la preocupaba. Recordando que no le gustaba que se llamara a sí mismo sessha, le contó sobre el desayuno y le preguntó si quería hablar con él.

Sostuvo su respiración, no seguro de cómo reaccionaría después de desaparecer de él la noche anterior. Sintió su corazón caer ante la mirada renuente de sus ojos. De cualquier modo, se sintió confundido cuando le habló de ayuno y tradición. Por lo que él sabía, no había nada especial ese día. Pero antes de haber reunido el valor para preguntarle, ella le sonrió y se fue de la habitación. Él empezó a ir detrás de ella, pero se detuvo. Forzar a Kaoru no resultaría, en el mejor de los casos ella se iría, en el peor, terminaría con varios chichones y la cabeza dándole vueltas. Mientras volvía a su labor, rezaba por haber tomado la decisión correcta.


Kaoru entró en el dojo, cerrando firmemente el shoji detrás de ella. Respirando hondo, escuchó el ruido de la lluvia sobre el techo, permitiéndole el sonido centrarse en ella misma. Sintiéndose más estable, más ella, se sentó de piernas cruzadas en el centro del recinto. Confortándose a sí misma, empezó a regular su respiración y cerró los ojos.

Hoy era su vigésimo cumpleaños. Era una tradición Kamiya ayunar ese día, pensando en el último año, sus bendiciones, repasando sus dificultades, y buscando fuerza y alivio en el hecho de llegar a otro año. Había sido una tradición desde que tenía memoria. Uno de sus más recientes recuerdos había sido hacerlo ese día, con su padre sentado a su lado. Había sido amable con ella, él había insistido en que fuera una hora en vez del día entero, pero en su séptimo cumpleaños, ya ayunaba todo el día.

Siempre había encontrado en esta tradición un modo de centrarse en ella misma, dándole sentido a su vida. De todos modos, se había perdido dos años de ello y se dio cuenta de que extrañaba hacerlo. El primer año que se lo había perdido había sido durante su viaje en la búsqueda de Kenshin cuando fue a pelear contra Shishio. En el barco, no tenía la privacidad necesaria para meditar. El segundo año, había sido secuestrada por Enishi. Suponía que podía haber meditado, pero no confiaba en Enishi y quería estar lista para el momento de ver cuando Kenshin fuera por ella.

Dejando esos pensamientos de lado, comenzó. Su primer pensamiento fue sobre la muerte de su padre. Era su única familia y su pérdida había calado hondo en ella. Había sido la única persona en el mundo a quien había amado incondicionalmente. Cuando supo de su muerte y eligió vivir sola antes de casarse o vender el dojo, los vecinos comenzaron a mirarla diferente, con lástima y conmiseración. Apartó de sus pensamientos las murmuraciones y las miradas, y volvió al silencio del dojo, sabiendo que la cálida presencia de su padre nunca más llenaría la casa. Por otro lado, estaba muy agradecida por los años en que estuvo con él. Esos años habían formado su carácter y su honor y estaba muy feliz de haber tenido a un gran modelo a seguir como él. Más tarde, recitó las oraciones tradicionales para él, por su felicidad y para que pudiera descansar en paz. Sintió paz al darse cuenta de que aunque lo había perdido, estaba junto a su madre otra vez, una mujer a la que se había aferrado desde que murió, la madre a la que él le había enseñado a amar y ser caritativa.

Retomó los recuerdos del año en silencio, viendo a sus estudiantes dejarla, tratando de mantener el dojo y el legado de su padre vivos. Recordaba las noches en que había despertado de alguna pesadilla ahogando un grito, sólo para recordar que no había nadie a quien despertar. Viendo sus ahorros disminuir a nada y sus comidas siendo menos y menos. Hambrienta, una sensación desconocida creció en ella. Las murmuraciones de los vecinos dolían, pero alguien estaba usando el nombre de Kamiya para ejercer violencia. Pero todo era silencio, la soledad la había tomado.

Luego Kenshin había aparecido, literalmente salvando su vida. Llegó a un punto en el que estaba desesperada. No le importaba lo que había hecho, ni por qué se estaba expiando, ella sólo ansiaba el contacto humano. Su padre siempre le había dicho que era buena juzgando el carácter de las personas y su presencia la calmaba, la relajaba del dolor de haber perdido a su padre. Milagro de milagros, él aceptó quedarse, pareciendo dispuesto a soportar su carácter impulsivo, su falta de habilidades femeninas, y su temperamento. Nunca había sido buena en hacer amigos, era dada a actuar primero y pensar después. Él siempre se preocupaba de que su pasado pudiera ponerla en peligro, pero la verdad era, que él la había abierto al mundo, haciéndolo un mejor lugar. Primero Yahiko, un fastidioso, rebelde hermano menor. Luego Sano, bravucón, vago, y protector hermano mayor. Ellos trajeron vida a su casa con sus disputas y caprichos, pero sentía el apretado puño de la soledad en su corazón. Después llegó Megumi. Esto hizo que sonriera un poco. No sabía qué hacer con ella al principio. Megumi amaba atormentarla, su encanto y atenciones a Kenshin volvían loca a Kaoru. Pero el tiempo pasó, y ella se había conectado más y más con la astuta mujer, encontrándola notablemente con los pies sobre la tierra y dispuesta a darle consejo, aunque todavía con una dosis de burlas. Casi la consideraba una hermana mayor. Para un hijo único, esta nueva familia podría resultarle abrumadora, pero ella se regodeaba del amor que sentía hacia su nueva familia.

Luego Kenshin se había ido, haciendo que su mundo se derrumbara. Todavía se estremecía al recordar cómo se había deprimido. Y eso la asustó, la profundidad del dolor cuando él se fue. Era el mismo que había experimentado cuando su padre murió. Fue allí cuando se dio cuenta de cuán profundamente estaba enamorada de él. Por suerte, su familia la sacó de la depresión y la instó a tomar el camino correcto. Nunca había salido tan lejos de casa, pero por él, había ido a Kioto. Conoció a Misao, su hermana del corazón, otra chica criada como una guerrera en contra de los convencionalismos. Pelearon contra Shishio y ganaron, pero Kaoru no respiró tranquila hasta que volvieron al dojo. Había sido una lucha difícil, pero la habían superado, y eran más fuertes que antes. Kenshin seguía retraído, preocupado por su pasado, pero después de unos meses había amainado y empezó a sonreír con sinceridad otra vez.

Había pasado un año y después de algunas batallas, habían sanado y Kenshin estaba saliendo de su caparazón. Incluso se dieron un par de ocasiones en las que accidentalmente omitió el sessha en su conversación. Kaoru tenía esperanzas de que finalmente empezara a perdonarse a sí mismo. Pero Enishi apareció. Su corazón se hundió al recordar la reaparición del auto-odio de Kenshin. Pero la más grande impresión de todas había sido la revelación de Tomoe. Había sido una ingenua, al nunca considerar el hecho de que Kenshin pudiera haber amado a alguien alguna vez. Y el modo en que ella murió. Todo eso concordaba sobre por qué Kenshin actuaba de la manera en que lo hacía. Sintió su corazón roto por él mientras que las esperanzas de un futuro juntos se reducían a cenizas. Pero ella había aprendido. Esta vez no se cayó a pedazos, sino que se mantuvo bien por él. Lo amaba lo suficiente como para estar cuando la necesitara, sin poner sus deseos en él. Cuando fue secuestrada, estuvo dividida entre la esperanza y la desesperación. Sabía que él vendría por ella, pero el sólo veía una mujer muerta cuando la miraba, como Enishi. Nunca le reveló a nadie lo duro que había sido estar en esa isla. El aislamiento le había permitido a esos viejos fantasmas reaparecer. Aun así, trataba de mantenerse ocupada aunque no había nada que hacer. Y aunque tratara de ocuparse en algo, pensamientos sobre la misteriosa Tomoe y Kenshin juntos se colaban en ella.

Al final, Kenshin había ido por ella y sintió una cautelosa brasa de esperanza titilar en su corazón. Se impresionó al enterarse de que la creían muerta. Después de regañar a Kenshin y a Sano por dejar solo a Yahiko, los calmó y reconfortó. No podía ni siquiera imaginar la situación por la que habían pasado. La creencia de que uno de tus amigos esté muerto le llegó al corazón y pensar en Kenshin muerto… era motivo de pesadillas semanales para ella. Sano se había despedido no mucho tiempo después de volver, pero ella sospechaba que no quería traer problemas al dojo aparte de querer ver el mundo, era así de protector. Además, Kenshin y Yahiko habían tenido problemas al no querer perderla de vista en los meses siguientes. De alguna manera, aunque era un misterio el cómo, ella se había convertido en su roca, en su lugar seguro.

Les había llevado un tiempo recuperarse del incidente. Kaoru aprendió a tener paciencia con Yahiko y con Kenshin quienes insistían en que alguien debiera estar junto a ella, el temor a perderla se veía claramente en sus ojos. Aceptaron su repentina aversión a ciertas comidas sin comentarios. Gradualmente, le hablaron de sus propias experiencias, sacando fuerzas del silencio de los demás. Algo se había roto en Kenshin, se había encerrado en sí mismo, no estaba durmiendo, no estaba comiendo. Él pensaba que hacía bien ocultando sus pesadillas, pero Kaoru y Yahiko lo sabían. Habían pasado semanas desde que habían vuelto y él se estaba poniendo demacrado, con sus ojos atormentados. Sintiéndose frustrada y preocupada, decidió abordarlo con franqueza. Lo encontró sentado en el porche después de haber tenido una de sus pesadillas, acurrucado en sí mismo, Kaoru ya había tenido suficiente. Agarrando su shinai, lo golpeó firmemente en la cabeza. Él se giró hacia ella, con sus ojos de un ámbar feroz, solo para ver que era ella quien estaba allí. Ella forzó una sonrisa, aunque su corazón estaba lastimado. Se sentó y cuando él murmuró algo y trató de irse, ella lo tomó de la mano y lo sentó junto a ella. Sabía que su reticencia a lastimarla lo obligaba a permanecer, así que tomó ventaja de eso. Entrelazando su mano con la de él, se apoyó sobre su hombro y le dijo tranquila pero firmemente que ellos eran una familia y que las familias permanecían juntas. Él no tenía que hablar de eso que lo aquejaba, pero que supiera que ella nunca lo juzgaría por su pasado. Sin importar lo que haya sucedido o suceda, ella se sentía honrada de conocer al hombre que era ahora. Y por eso ella no iba a quebrarse, huir, o morir. Pero no iba a permitir que se lastimara a sí mismo. Eso lo había dejado sin palabras y finalmente se quebró. No dijeron nada, ella simplemente lo contenía mientras él lloraba. No era tan tonta como para pensar que todo mejoraría, pero era un comienzo.

Como si fuera un acuerdo tácito, nunca hablaron sobre aquella noche, pero de a poco las cosas mejoraron. Kenshin empezó a comer de nuevo y sus pesadillas habían disminuido con el tiempo. Incluso se empezaba a abrir sobre su pasado, sobre todo sobre los lugares donde había estado o Hiko, pero pocas veces hablaba de Tomoe y su vida con ella. Kaoru se sintió honrada cuando la llevó a ver la tumba de Tomoe, sabiendo que confiaba en ella, aún si todavía no confiaba en sí mismo.

Habían transcurrido meses. Había estado preocupada porque se fuera, largándose en medio de la noche para mantenerlos a salvo. Cuando finalmente juntó el coraje para decírselo, él le sonrió y apretó su mano, prometiéndole que aún no volvería a vagar, que él le diría cuando se lo planteara. No le había prometido que se quedaría para siempre, pero el miedo de que se fuera sin decir nada desapareció. Había llevado tiempo, pero de a poco volvieron a su vieja rutina, y un nivel de normalidad volvió a sus vidas.

Suspiró. Ése era el problema, nada había cambiado. Todavía estaba enamorada de Kenshin, pero estaba empezando a dudar de que él nunca le correspondería, especialmente después de lo de Tomoe. De cualquier manera, últimamente sus sentimientos estaban inquietos, como si el tiempo corriera para ella. Era injusto, pero en su cultura, cuando una mujer cumplía veinte años y seguía sin casarse, ya se la consideraba una solterona. O era muy pobre o había algo malo con ella. Sabía que el dojo la convertía en una candidata atractiva, pero su naturaleza independiente asustaba a los hombres. Amaba a Kenshin con todo su corazón, pero quería más. Quería niños corriendo alrededor, aprendiendo la técnica de su familia. Quería un marido que la amara y protegiera. Quería dejar un legado. Pero tampoco quería perder a Kenshin. Lo amaba demasiado, pero él parecía no tener otros sentimientos hacia ella que no fueran amistad. Apretando sus puños, se encogió de hombros para tomar la decisión correcta.

Sintiendo las lágrimas correr por sus mejillas, finalmente había tomado una decisión. Tenía que amarlo lo suficiente como para dejarlo ir. Había pasado un año y él no había dado señales de buscarla románticamente. Se quitó el peso de la expectativa que tenía sobre su amistad y valoró lo que él tenía para darle, esa amistad. Y ella seguiría con su vida. Sabía que siempre amaría a Kenshin, pero tal vez haya alguien a quien ella pudiera respetar lo suficiente como para desposarlo. Con el tiempo, tal vez podría llegar a amarlo. Pero ya no podía mantener a ambos en el limbo. Era tiempo de seguir con su vida y ayudar a Kenshin y a Yahiko a seguir con las suyas.

Sintiéndose agotada pero con algo de paz, al fin abrió los ojos, sólo para darse cuenta de que la noche había caído. Se incorporó sintiéndose agobiada pero también aliviada, y se fue a su habitación. Cerró el shoji, cayó sobre su futón y se quedó inmediatamente dormida.


Kenshin le había preguntado a Yahiko si Kaoru le había dicho por qué ayunaba, pero el chico no sabía nada. Desde que Kaoru le dio el día libre, inmediatamente se había ido a ayudar a Tsubame. Kenshin lo vio irse, con una sensación de orgullo ante el hombre en que Yahiko se estaba convirtiendo.

Suspirando, volvió a regañadientes a sus quehaceres diarios. Los terminó rápidamente y la lluvia le impidió hacer algo afuera. Sabiendo que Kaoru estaría ocupada todo el día, se dirigió a su habitación y pulió el peine que había estado tallando para ella. Las intrincadas flores de jazmín que estaba esculpiendo lo ayudarían a ocupar sus manos y con suerte sus pensamientos.

Aun así, no pudo resistirse a inspeccionar el ki de Kaoru durante el día. Sus emociones estaban fuera de control y se preguntó qué estaba haciendo. De todos modos, a medida que transcurría el día, sentía una tristeza y confusión crecientes. Quería desesperadamente ir y consolarla pero trataba de contenerse con mucho esfuerzo. Estaba cayendo la noche cuando sintió su ki calmo y estable, con una nueva fuerza surgiendo. Se alivió, esperando que hubiera encontrado la respuesta a lo que sea que la estaba molestando. Cuidadosamente guardó el peine y fue a cocinar la cena, ignorante de lo mucho que habían cambiado las cosas.