"Donde se acaba mi boca
empezarán tus labios"

Remus siente el sudor caliente y pegajoso resbalándole por el puente de la nariz, de aquella nariz larga y respingona con la que siempre se mete Sirius, pero que en realidad "es una nariz cojonuda, Lunático", porque con ella se pueden oler cosas que los demás ni se aproximan a sentir. Por ejemplo los problemas. Remus huele muy bien los problemas, y por eso es bueno como vigilante, es capaz de detectar la presencia de un profesor a kilómetros de distancia, o al menos así lo cree firmemente Sirius.

El clima es cálido y sofocante, impropio para los primeros días de mayo. Sentado bajo un árbol de copa amplia y espesa, Remus lee un libro recién arrancado de las estanterías polvorientas de la biblioteca. De vez en cuando pasea sus dedos por los filos dorados y absorbe el aroma de las páginas amarillentas, como un ritual que hiciera aún más placentera la lectura. Está concentrado en ella, pero alcanza a oír los gritos de James y Sirius, chapoteando en el lago del castillo. Es imposible no oírlos, son los reyes del escándalo.

Sirius ya le ha repetido varias veces que se quite el jersey y vaya a bañarse con ellos, pero nada le impide pedírselo otra vez. Maldito chucho insistente. No, no va a meterse. Él no tiene calor, es más, siempre tiene un poco de frío, así que se arrebuja en su gordo jersey de lana.

Tras una nueva negativa retoma el libro, pero las letras pasean ante sus ojos sin que las retenga, bailan en sus pupilas. Ha llegado a leer la misma frase cinco veces sin enterarse de nada. Y es que Sirius ríe salpicando a Peter o tratando de ahogar a James, y su torso desnudo está cubierto de una película acuosa, y brilla, y vibra, y Por Merlín que Remus no es capaz de concentrarse. Aparta la mirada, pero el libro en ese momento no le parece ni remotamente tan interesante como Sirius y su afán de exhibicionismo.

A finales de aquella tarde de sábado el viento va apoderándose de los jardines, removiendo briznas del césped y formando suaves olas en el agua. El baño ha finalizado y ahora todos descansan junto a Remus, que, a pesar de todo, ha conseguido llegar a la mitad del libro.

-Podríamos ir a Hogsmeade.- propone Sirius, que aún tiene el pelo mojado y los labios amoratados.

-Tengo cosas mejores que hacer que emborracharme con vosotros.- replica James, esbozando una sonrisa de autosuficiencia.

-¿Ah sí, Cornamenta? Machacártela hasta el amanecer no cuenta como un plan alternativo.

-He quedado con Lily.

Sirius hace un mohín, aunque en realidad no le molesta en absoluto, pues está feliz de que por fin su amigo haya conseguido a la chica de sus sueños.

-¿Y vosotros?

Peter niega con la cabeza y a ello le sigue una ristra de estornudos. Tiene la nariz más roja que los pimientos de la sopa de la cena, así que su único plan será enrollarse entre las mantas de la cama y dormir.

Sirius mira a Remus con descaro.

Te has estado resistiendo todo el día, lobito, y si ese era tu plan, te aseguro que ha dado resultado.

Le susurra Sirius horas más tarde, contra su boca.

Aquella noche, en la casa de los gritos, los aullidos que se escuchan no los produce un lobo. O quizá sí.