A Remus le encanta el cine, siempre le ha fascinado. Recuerda las apacibles noches de verano, cuando los habitantes del pueblo improvisaban una sala con unas cuantas butacas, una sábana blanca y un proyector que arrojaba películas ya pasadas de moda. A sus padres no les interesaba el cine, y Remus no tenía amigos, así que se escabullía de su habitación para ir a ver las películas, aquellas que contaban vidas de héroes extraordinarios, de monstruos horribles y de mujeres bonitas que él nunca veía por la calle. Se había acostumbrado a ir al cine solo. James, Peter y Sirius no sabían lo que era disfrutar de una buena película. Ya no por el hecho de que fueran magos y no estuvieran familiarizados con ese invento muggle, si no porque reconocer una buena película les daría hasta dolor de cabeza. Es verano en Londres y, desde hace unas semanas, Sirius le acompaña siempre que puede. Porque sí, está bien eso de ver cosas en una pantalla gigante y todo eso, Lunático, pero lo mejor es meterte mano a oscuras en un sitio lleno de gente. Bueno, lleno de gente no, porque estas películas son infumables Remus, admítelo.

-Para.- murmura Remus. Sirius ha sacado la mano del enorme bol de palomitas con mantequilla y ahora trepa por su pierna derecha, acercándose peligrosamente ahí. Ahí.- Estoy intentando leer los subtítulos.

-Manda narices, Remus, leer hasta en el cine. Quien te entienda que te compre.- se acerca a su cuello, dándole pequeños besos que bajan hasta la clavícula. Le encanta el verano, porque Remus no lleva gruesos jerseys de lana y puede ver su cuello, y ese pequeño reguero de lunares diminutos que parecen hormigas en procesión. Media hora después (media hora interminable después, porque Remus no le ha hecho ni caso) salen los títulos de crédito y le roba un beso, apurando los doce segundos de oscuridad antes de que se enciendan las luces.