El casero
Belle y Gideon temen conocer a su casero, el terrible señor Gold.
La puerta del frente del restaurante abrió y por ella entraron Belle y Gideon, quien corrió rápidamente a la última mesa con sillones. Se apeó de rodillas y corrió la cortina para ver por la ventana. Belle lo siguió sonriendo al ver a Ruby, la esbelta camarera vestida en rojo, de negro y largo cabello, quien se acercaba también a la mesa con un par de menús en las manos.
-¡Vaya! Alguien tiene hambre -dijo sonriendo mientras Belle dejaba su bolso a un lado y se deslizaba en el asiento. Ruby les entregó los menús.
-Gid, por favor, siéntate -el niño obedeció y le dedicó una enorme sonrisa a Ruby.
-¡Woo! ¡Pero qué diablos! ¿Qué te pasó? -exclamó Ruby al notar la gasa sobre su ojo. Gideon al principio solo se encogió de hombros, volvió la vista hacia su madre, quien con un movimiento de cabeza lo animó a relatar lo sucedido. Belle se sonrió mientras Gideon contaba su aventura por salvar un gatito de otros niños, evitando mencionar lo sucedido después, pero su mamá pareció estar satisfecha con su censurada historia pues no dijo nada -¡Vaya! Eres todo un héroe, ¿Huh? ¡Eso amerita un gran helado! ¿No lo crees, Belle?
-Sí - asintió ella, mirándolo con orgullo - Pero después de que comamos algo.
-¿Vendrás con nosotros, Ruby? -preguntó Gideon rápidamente. La morena le sonrió.
-Claro que sí. Mi turno está por terminar. Qué tal si ordenan algo y una vez que terminen, nos vamos.
En ese instante, Granny se acercó con dos bebidas en las manos, puso un té helado frente Belle y un jugo de naranja frente a Gideon, quien se sentó sobre sus rodillas para poder darle un sorbo a la pajilla.
-Dos hamburguesas trabajando -dijo Granny a modo de saludo -Sí, la tuya sin cebolla y pepinillos extra, caballerito- añadió al ver que Gideon abría la boca, quién en lugar de cerrarla se sonrió, agradeciéndole.
-Muchas gracias, Granny -dijo Belle apretando los labios en una sonrisa dirigida a la mujer. Granny y Ruby. Un par de polos opuestos. Ellas habían sido las primeras en presentarse aquella fría mañana en qué llegaron a Storybrooke. Gideon permanecía dormido en el pequeño auto rentado, la mudanza no llegaría hasta medio día y ella debía presentarse en la oficina de la Alcaldesa Mills a la 9 en punto, pero el reloj marcaba solo las 8.
Granny la hizo tomar a su hijo en brazos, encaminándola hacia el hostal, donde estarían cómodos y calientitos mientras esperaban. Ruby había cuidado de Gideon, que parecía que no despertaría nunca, mientras ella se presentaba a la alcaldía. Una vez que regresó se encontró a su hijo tomando un enorme tarro de chocolate. Desde entonces aquellas dos amables mujeres se habían ganado un lugar especial en el corazón de Belle y su hijo. Una pequeña porción de calor familiar.
-Granny- comenzó Ruby, dirigiéndose a su abuela, trayendo a Belle de regreso al presente -Una vez que Belle y Gideon hayan terminado iremos por un helado, ¿quieres que te traiga uno? – Ruby hablaba lentamente, Granny solo iba levantando una ceja en divertida mueca sarcástica.
-Tú turno aún no termina, Ruby.
-¡Ash! Granny, ¡lo sé! ¡No es como que me esté yendo ya! -Ruby alzó los ojos al techo, cruzando los brazos sobre su pecho. -Solo pregunto si quieres algo o no. ¿No necesitas nada de fuera?
Granny solo meneó la cabeza mirando a su nieta por sobre sus anteojos, apretando la boca hasta que Gideon intervino con una suave súplica, entonces la comisura de su boca comenzó curvarse en una resignada sonrisa.
-Muy bien -contestó la venerable mujer (si, nuestra autora teme decirle anciana, pues la mujer posee una ballesta, no importa si es ficción o no). Levantando un dedo acusador señaló a Gideon en medio de los ojos -Pero usted, caballerito, se terminará su hamburguesa completa y tú, Ruby– dijo señalando ahora al pecho de su nieta -deberás pasar con el Señor Gold a entregarle el dinero de la renta. No lo quiero por aquí asustando a mis huéspedes.
La boca de Ruby se torció en una mueca de desagrado. Pero no dijo nada, cerró los ojos, relajó el rostro e inspiró lenta y profundamente para luego expirar de la misma manera. Abriendo los ojos dijo:
-De acuerdo, Granny. Yo le llevaré el dinero de la renta a su tienda. - Granny se sonrió triunfante.
-Iré a ver cómo van esas hamburguesas – dijo y se retiró hacia la cocina. Ruby soltó un resoplido, dejándose caer al lado de Gideon.
-Hoy tengo la noche libre. ¡Pensé que me libraría de tener que ver a Gold! – se quejó amargamente.
El nombre atravesó la mente de Belle.
-Oh! ¡Él es mi casero también!
-¿¡Y de quién no!? – Bufó Ruby– bufó Ruby, sarcástica -Eses un maldito infeliz.
Gideon levantó la cabeza mirando a Ruby con Los ojos como platos, Belle, que estaba un poco divertida, le dedicó una sonrisa a su hijo, mientras le propinaba un puntapié a Ruby por debajo de la mesa.
-¡Ouch! –Ruby la miró molesta, Belle inclinó la cabeza hacia Gideon dirigiéndole una mirada significativa. Ella cayó rápidamente en cuenta de su error y trató de explicarse – Es decir, tú sabes, Gideon, cuando estás hechizado y por eso no puedes ser feliz. Pero créeme Belle tienes suerte de no tener que tratar con él.
-Pero supongo que dentro de un par de meses será inevitable.
-Pobre de ti.
Belle se rio abiertamente.
-¡Vamos, Ruby! No puede ser tan malo, este señor Gold. Todos son sus inquilinos, ¡algo bueno debe tener!
-Sí, dinero –dijo Ruby con tono determinante, Belle la miró con reprobación. -Bueno, el hombre definitivamente sabe vestir. -dijo Rubí pensativa – Como sea. Eres afortunada de no tener que topártelo pronto.
En ese momento la campana de la entrada sonó dando paso a un grupo de mineros y Rubí los dejó en la mesa para atender al pelotón recién llegado. Pocos minutos después su orden fue servida, colocó su comida frente a ellos que se dedicaron a comer mientras ella se dedicaba a servir café en otras mesas.
-¿Mami?
-¿Si, Gideon? -Belle había comenzado a comer, levantó la vista de su plato para observar a Gideon. El niño tenía la vista fija en su hamburguesa. -¿Está todo bien, peque? ¿Qué sucede?
-Mami ¿No te da miedo?
-El qué, ¿Gid?
-Al señor Gold –dijo él, mirando en dirección a la calle –Ruby le tiene miedo y a Granny no le cae bien, ¿verdad?
-Gid, muchas veces hay personas un poco difíciles de tratar –le explicó ella, tomando su mano a través de la mesa. –Algunas personas simplemente no son comprendidas. Recuerda: cada cabeza es un mundo. Algunas veces no es fácil dejar que otros entren a nuestro mundo.
Belle soltó su mano, volviendo a comer su hamburguesa. Gideon meditó lo que le acaba de decir su madre. Bueno él entendía lo de los mundos, es decir, él tenía el suyo propio, en el que ni siquiera su madre podía entrar algunas veces. No porque no confiara en ella. Simplemente había cosas que no le quieres decir a tu mamá. Aunque algunas veces ella las descubriera por accidente.
Aguantar las persecuciones y golpes de Los Niños Perdidos, era bastante molesto. Pero Gideon no quería saber qué pasaría el lunes que tuviera que acusarlos. Probablemente lo golpearían más seguido. ¡Oh, por dios! Gideon cayó en la cuenta de que no lo dejarían en paz. ¿De veras una maestra y su mamá podrían detenerlos?
-Mami, ¿de veras tengo que decirle a la maestra de esto? – dijo él, señalando el corte en su frente. Tal vez mamá sí lograra que lo dejaran en paz. Bueno, hacía a Gideon hacer las cosas bien, y disculparse, saludar a desconocidos, aceptar pellizcos de mejilla, decir gracias, levantar su ropa, bañarse y lavarse los dientes, ella tenía un gran poder, aunque Gideon nunca la había visto realmente molesta. Y no tenía el menor interés de hacerlo. Recordaba vagamente cuando rayó el refrigerador con sus crayolas. Primero gritó, manoteó y regañó, pero ella entendió. Ella había felicitado a Gideon por su dibujo para alegrar la cocina. Aunque de igual manera lo hizo ponerse unos enormes guantes de plástico, le dio esponja y jabón, para que limpiara su obra de arte.
-Hablaremos de eso en casa, ¿te parece? –dijo su madre, tomando un sorbo de su bebida. –Ahora come, por favor. Después iremos por un helado y de regreso a la biblioteca, necesito que me eches una mano con el área para niños.
Gideon asintió y sin más se puso a devorar su hamburguesa con hambrienta desesperación.
Casi cuarenta minutos después, caminaban en dirección a la nevería, Gideon iba un par de pasos adelante, jugando a saltar para no pisar las uniones del concreto, mientras Belle y Ruby lo observaban, caminando detrás de él.
-Ruby -la alta mujer apartó la vista del niño frente a ellas volviéndose a Belle -¿Por qué hablan tan mal del señor Gold? ¿Es realmente, una persona tan… desagradable?
Ruby no dijo nada por un rato. Pensativa se mordisqueó el labio inferior y largando un suspiro comenzó:
-Verás, Belle. El hombre es arrogante e insoportable. Si le preguntas a Leroy, te dirá que es un maldito bastardo, sus palabras no las mías. No le gusta que se metan con sus cosas. No tiene una pizca de humanidad, te lo digo Belle. -Ruby tomó una pausa y bajó la voz -Existen rumores sobre él un poco inquietantes ¿Sabes? Nadie sabe cómo ni de dónde salió él o su fortuna, muchos piensan, por su manera de vestir, que pertenece a la mafia.
Belle tuvo que reír ante tal cosa.
-¿La mafia? -preguntó incrédula.
-Shh, sí la mafia. Es imposible que tenga todo esto -abrió los brazos como tratando de abarcar la calle -gracias a su condenada tienda de chucherías, ¿No lo crees? -Belle seguía poco convencida. –Ok, sabemos que también es abogado, pero, aun así.
-Sigo sin ver qué es lo que lo hace tan malo. De acuerdo, sí, es una perdona desagradable, eso lo entiendo. Pero, ¿por qué tenerle miedo?
-Mira, Belle, el hombre llegó hace unos 15 años. Él, una esposa y un pequeño bebé, se mudaron a la casa Rosa de la zona rica de la ciudad. Tiempo después su esposa desapareció, sin dejar rastro. –Ruby hizo una pausa dramática -Muchas cosas cambiaron cuando él llegó.
Ruby no dijo más. Habían llegado a la entrada de la nevería, Gideon se encontraba ya adentro, sosteniendo la puerta para que ellas pudieran entrar.
-¡Vaya, qué caballero! –exclamó Ingrid que se encontraba tras el mostrador.
-¿Qué hay, Ingrid? –Saludó alegremente Ruby –Traigo un par de amigos por uno de tus deliciosos helados.
-¡Espléndido! –dijo la interpelada juntando las manos con emoción –Mi nombre es Ingrid y creo saber exactamente quiénes son. He escuchado algunos chismecillos por aquí.
-¡Oh! –Belle abrió los ojos con sorpresa –Bueno, lo mejor será presentarnos propiamente, supongo, mi nombre es Belle –extendió una mano a la vendedora y luego acercó a Gideon a su costado –Y éste es mi hijo, Gideon.
Gideon sonrió alzando las comisuras de sus labios, un poco tímido, la mujer de los helados sonreía demasiado, cosa que no le gustaba mucho. Al sonreír mostraba todos los dientes, grandes y blancos, pero su sonrisa no llegaba a sus ojos. Sin embargo, al sentir el roce de la mano de su madre en la nuca, Gideon dio un paso adelante y tendió su pequeña mano, poniéndose en puntas para alcanzar a tomar su mano.
-Mucho gusto. –Murmuró, para después volver rápidamente a donde Ruby ya comenzaba a ver los helados disponibles aquella tarde.
-El gusto es mío, pequeño –Ingrid volvió a sonreír hacia Belle -¡Qué niño tan educado!
Belle no pudo evitar sonreír orgullosa al observar a su pequeño, quien es ese momento pegaba la nariz contra el cristal del mostrador, apuntando hacia los helados de diversos colores que se disponían ante sus agrandados ojos. Ruby a su lado ya ordenaba el suyo. Gideon vino a ella, tomando su mano la arrastro hacia el mostrador apuntando el sabor que prefería.
-Mami ¿quieres que elija el tuyo? –Belle asintió acariciando su cabello con ternura.
Cuando se disponían a pagar, Ingrid se negó a tomar su dinero. "Cortesía de la casa". Agradecieron y salieron de ahí cada quien con su helado, Ruby se inclinó por un helado con frutos rojos, y Gideon había elegido caramelo y trufas para mamá y él prefirió tomar uno simplemente de limón. "Hoy me siento sencillo, mamá. Un helado sencillo es lo que quiero" aceptando la conclusión de su hijo Belle solo asintió. Caminaron hacia la calle principal de regreso a la librería.
Ruby observó cómo Belle le daba pequeños lengüetazos a su helado pero sin comer demasiado. Cuando la cuestionó sobre su manera tan peculiar de dejar que el helado se derritiera, Belle se rio soltando una risilla por la nariz.
-No falta mucho, ya lo verás.
Llegaron a divisar el gran reloj en la torre sobre la biblioteca. Cuando Gideon se giró sobre sus talones y se acercó a ellas.
-Mami ¿quieres cambiar conmigo? -preguntó el pequeño ofreciendo lo que le quedaba de helado de limón. Belle le dedicó una mirada de '¿ves?' a Ruby, sonriendo a su hijo, se puso en cuclillas para intercambiar helados con Gideon. Quién tomó el otro y comenzó a degustarlo. – ¡Está muy rico! ¡Gracias, mami!
Belle se irguió, al volverse a Ruby ésta tenía los ojos como platos.
-Sabías que cambiaría de opinión, ¿cierto?
-Tengo qué, es mi hijo. -rio Belle, saboreando libremente su helado de limón. -Aunque para verte sincera, los sabores que eligió, fueron lo que no esperaba.
Ruby se rio . Llegaron a la esquina donde Gideon las esperaba, tomando la mano de su madre, cruzaron hacia la biblioteca. Belle tendió el helado a Ruby para que lo sujetara mientras ella abría la puerta. Gideon no perdió tiempo y corrió hacia el área de niños.
-¡Gid, no vayas a derramar el helado!
Ruby le regresó el helado a Belle, mirando hacia donde Gideon, cuidadosamente se sentaba.
-¿Te importa si me quedo un rato? –Belle negó con la cabeza -No quiero ir con Gold aún. Preferiría no tener que ir y ya. Pero, debo hacerlo, sino Granny me matará.
La queja de la morena fue acompañada por una mueca de desagrado.
-Siempre puedes quedarte a ayudar -dijo Belle señalando a si alrededor -Tenemos mucho trabajo disponible.
-Paso, es mi día de descanso. Bien –Ruby largó un suspiro, tirando su basura al bote –Y si quiero disfrutarlo, será mejor que me apresure a la guarida de la bestia y corra de ahí cuanto antes. Espero que no esté de malas.
Belle sacudió la cabeza alzando los ojos al techo. Ruby se despidió de ella tras un breve abrazo y de Gideon con un "Hasta luego". Gideon vino hacia donde ella estaba, con las mejillas y barbilla llenas de caramelo, el ceño fruncido en una mueca de preocupación.
-¿Todo bien, Gideon? –preguntó ella, alzándolo para sentarlo en el escritorio, limpiándole la cara con su servilleta.
-Mami, ¿nuestro casero es un monstruo?
Belle lo miró a los ojos, sabía que su hijo tenía el don de espiar conversaciones que no le conciernen, buscaba en su rostro un rastro de miedo, cualquier señal que le dijera que su hijo pedía consuelo una vez más aquél día. Se sonrió al darse cuenta que aquello que se asomaba al rostro de su hijo no era otra cosa que curiosidad. Peligrosa curiosidad si todo lo que le había contado Ruby aquél día llegaba a tener algo de veracidad.
-No lo creo, Gid. Vamos –dijo bajándolo al piso –Tengo mucho que hacer y necesito tu ayuda.
El día iba bastante lento. Sin embargo, Gold sabía tener paciencia, sabía que aquellos que no habían aparecido a pedir una prórroga sobre la renta seguramente la tendrían en casa. Muchos trabajan, eso lo entiende. No le causaba el menor problema aparecerse en sus casas para recaudar sus deudas. Lo que realmente le molestaba era cuando no venían a la tienda, ni estaban en casa. En sí, los que lo evitaban pensando que así su renta quedaría perdonada.
Los casos eran escasos, cualquiera fuera la razón, sus inquilinos sabían no hacerlo esperar por su dinero y las pocas prórrogas que llegaba a otorgar, eran más que provechosas para él. Oh, no. No hay que hacernos falsas ideas, la renta se pagaba al día, sí, en fecha y hora, completa, centavo sobre centavo. Y de no ser así algo era tomado para acrecentar los artículos valiosos en su tienda.
Si al mes siguiente se repetía la embarazosa escena, Gold no se lo pensaba dos veces. A la calle era lanzado aquél inquilino irresponsable. Es lo justo le decía un trato es un trato. Yo cumplo mi parte como tu casero, pero si tú no cumples la tuya, tengo todo el derecho a tomar lo que es mío. Gold sonrió para sí mismo.
Un trato es un trato, por supuesto. Pero siempre se puede negociar y cuando dos personas quieren algo del otro, un nuevo trato siempre se puede arreglar. Lo cual siempre terminaba funcionando a su favor. Es decir, un favor pendiente, una posibilidad de reestructurar un contrato, eran pequeños gustos de su vida.
Era simple en verdad. Su vida. Solo el ocasional disgusto. Pero nada que él o en el peor de los casos Dove, no pudieran resolver.
En el transcurso del día se habían aparecido en su tienda la mayoría de sus inquilinos, entregando sus rentas y saliendo de la tienda casi de inmediato y sin mirar atrás. A la gente le gusta tener miedo y a Gold le gustaba ser temido. Le otorgaba esa privacidad que disfrutaba a donde iba. Nadie se metía en sus asuntos ni con él. Aunque Gold nunca había hecho nada tan despreciable como decían algunos rumores. El peor de todos era aquel con el asesinato doble con cuerpos de su esposa y su amante escondidos en algún lugar del bosque, tras el jardín de su casa.
Sus alumnos de preparatoria siempre preguntaban por aquello. Gold nunca se molestó en confirmar los chismes, no es que los haya negado tampoco. Se contentaba con sonreír de medio lado, divertido, ante las estupideces que la gente daba por hechos en torno a su vida.
Incluso, a pesar de que su hijo, Baedan, multitud de veces había dejado el pequeño pueblo para visitar a su madre en la ciudad la gente la creía muerta y a Gold su asesino. Cada ausencia de Bae era notada por todo el pueblo. Los intrigosos siempre esperando la oportunidad de acusarlo de haber completado su crimen matando también a su hijo, que seguramente no era más que un bastardo. Pero al final de cada vacación o viaje flash, el regreso de Baedan dejaba a todos 'tranquilos' y buscando en qué nuevas intrigas entretenerse.
En ese momento la campanilla de la entrada sonó, un inquilino más, Gold se levantó de su mesa de trabajo y se dirigió hacia el frente de la tienda. Grande fue su desilusión cuando el recién llegado no era otro que Jefferson.
-¿¡Qué tal, grumpy Gold!?- saludó con energía. Gold volvió los ojos al techo, torciendo su boca en una mueca de fastidio.
-¿Qué quieres ahora, Jefferson?- el interpelado se sonrió al notar el buen humor en la voz de Gold.
-Oh, nada en especial. Solo curiosear entre tus tesoros, por supuesto. -Jefferson caminó entre las vidrieras, observando los triques que ahí se exponían. Gold soltó un suspiro, dio media vuelta sobre sus talones y se dirigió hacia la parte de atrás de la tienda. -Bueno y preguntarte por tus nuevos inquilinos, claro-. Aquello lo regresó al frente de la tienda.
-Ahh -soltando la sílaba en un jadeo convertido en una risa sarcástica -Stalkeando desde la colina de nuevo, ¿huh?
-¡Pff, claro que no! -Jefferson agitó una mano desdeñoso. -Me preocupa nuestra comunidad, lo sabes. Yo solo soy un hombre vigilante del bienestar de los demás.
-Claro, lo olvidaba- resopló Gold por la nariz, meneando la cabeza de manera casi imperceptible -Jefferson Hatter, vigilante de Storybrooke, desde su mansión con un telescopio y lentes de visión nocturna.
Jefferson se irguió orgulloso y descarado, sonrió abiertamente e inclinándose hizo una reverencia, quitándose un sombrero imaginario. Gold no pudo evitar la pequeña sonrisa socarrona que apareció en sus labios. Un hombre como él, temido y repudiado, siendo amigo de un hombre como el que yacía frente él, todo enérgico, social, carismático y maravilloso, palabras del mismo Jefferson, era de esas inexplicables cosas que confirmaban la existencia de los milagros, otra vez, palabras de Jefferson. Pero Gold no podía negar esa pequeña parte de él que disfrutaba la compañía de aquel excéntrico personaje.
Después de todo ambos compartían un sentido de humor retorcido, ambos habían criado a sus hijos solos. Podrían llamarse familia, pero Gold nunca lo haría. Aquello elevaría el ego de Jefferson y nunca podría quitárselo de encima.
-¡Vamos, anciano! No me tengas así. Sabes que quieres hablarme de tu exquisita nueva inquilina- suplicó Jefferson sacándolo de su ensimismamiento. Gold soltó un derrotado suspiro.
-¿Exquisita?- Gold soltó una risa socarrona– No la conozco, mi curioso amigo. El trato con ella fue hecho desde Boston por medio de la empresa. -Jefferson estampó un pie en el suelo, haciendo un puchero cruzó los brazos sobre su pecho. Gold solo meneó la cabeza. -Probablemente la conozca hoy, de cualquier modo.
El tono desdeñoso y desinteresado de Gold hizo torcer la boca a Jefferson. Pero al final su infinita alegría y positivismo ganaron, lanzó la cabeza hacia atrás en una sonora carcajada.
-Tú, viejo zorro, espero que no seas muy duro con ella- dijo Jeff señalándolo con el dedo –Créeme, cuando yo te digo que es exquisita, lo es. Hasta un viejo amargo como tú lo notará.
-Jefferson, empiezo a creer que tendremos la misma charla de no mezclar negocios y placer una vez más. -Suspiró cansinamente, lanzando la cabeza hacia atrás en un antiguo reflejo por quitarse el largo cabello del rostro, a pesar de ya no llevarlo así. -Y por mucho que disfrutes instigarme, esta vez tendré que dejarte ir. Debo empezar mis rondas.
-¡Oh! Claro, siete en punto. Gold, el casero sale a aterrorizar inquilinos.- Jefferson le guiño el ojo. –Bien, de acuerdo. Pero mañana tendrás que decirme todo sobre tu nueva inquilina. Realmente espero que no tenga la renta de este mes, necesitas relajarte.
La mirada lasciva de Jefferson lo habría enfadado, de no ser por la amenaza de tener que verlo mañana también.
-¿Mañana?
-Pero, por supuesto que sí. Traerás a Bae a casa -Gold frunció el ceño, confundido – los llevaré a él y Grace de compras a Boston. Acaso lo has olvidado, viejo aburrido, no los dejaste ir solos. De haber sido así, yo podría quedarme a trabajar en mis diseños y ellos tener la aventura de su vida… -
-Sí, sí, sí, sí -lo interrumpió agitando una mano desdeñoso para que terminara con su demanda de mártir -ya recuerdo. Mañana.
Jefferson se dirigió a la salida no sin antes dedicarle una nueva reverencia, salió del establecimiento haciendo sonar la campanilla una vez más. Gold esperó unos minutos inclinado sobre el estante. Cinco minutos antes de la hora, fue hacia la puerta del frente y girando el pestillo la cerró con llave, girando el letrero a "Cerrado". Consecuentemente se dirigió a la parte de atrás de la tienda apagando luces, asegurando vitrinas y la caja fuerte, una vez en la parte trasera tomó su teléfono, envió un mensaje a Bea, recordándole que era día de renta. La respuesta vino en un simple "Ok, pop". Gold guardó el celular en su saco, para finalmente ponerse su abrigo y salir por la puerta trasera a la brisa fría.
Robert Gold tenía suficiente. Dove se encargaría de terminar de recaudar las rentas de quienes vivían cerca del puerto. Por hoy su paciencia había sucumbido, ya no le restaba más para nadie. Por suerte la renta de Granny's había sido entregada en la tarde por la chica, Ruby, por lo que su última visita le dejaba espacio para saciar su curiosidad. Caminó hacía la biblioteca, el reloj de la torre marcaba el cuarto a las nueve. A paso lento rodeó el edificio hacia la escalera que se encontraba en la parte de atrás, la luz de la lámpara sobre la puerta estaba encendida. Lentamente subió la escalera. "Maldito Jefferson" maldijo Gold por lo bajo, durante las horas pasadas después de su visita no había dejado de pensar en Ms. French.
Había repasado su nombre un par de veces, sus cartas, aunque formales, dejaban entrever a una mujer inteligente. Sí, Gold había tenido curiosidad desde entonces. Pero se había obligado a sí mismo a no caer en la morbosa necesidad de asechar la biblioteca aquella primera semana en que llegara un camión de mudanza, como muchos otros curiosos lo habían hecho.
Gold inspiró hondo. Colocó su bastón entre ambos pies y cuadró sus hombros. Era la hora. Golpeó a la puerta suavemente dos veces. Dentro se escuchó un correteo.
-No lo repetiré dos veces, Gideon. -Vino la voz de una mujer, con un ligero acento que Gold no pudo identificar. La puerta se abrió, frente a él se encontraba una mujer, joven. Muy joven, con prendas de ropa en las manos. Sus ojos azules le miraban fijamente, un par de ojos que se habían abierto desmesuradamente. Belle no lo pudo evitar, realmente no esperaba a nadie aquella noche ni a aquellas horas, la verdad es que había abierto la puerta al escuchar el llamado por mero reflejo y el ver a un hombre armado de un traje negro y abrigo a juego, era lo que menos esperaba en su puerta a tales horas.
-Buenas noches, Ms. French. Soy el señor Gold, su casero. –Gold tendió una mano, sonriéndole de medio lado. Belle nerviosamente balanceó la ropa sobre un solo brazo para estrechar la mano del, hasta hace un momento, desconocido hombre plantado frente a su puerta. Las palabras de Ruby vinieron a su mente en un torrente confuso. Tras sentir una especie de descarga en la mano con la que estrechaba la del hombre, la retiró rápidamente. -¿Puedo pasar?
