Loopholes

¡NO! Una voz en su cabeza gritó. ¡Una vez que lo invitas, él podrá entrar a su antojo! ¡Como un vampiro! Esa voz era exactamente igual a la de Ruby. No confiando en su voz, o en aquella otra voz en su cabeza, Belle asintió caminando hacia atrás para dejarlo entrar en el pequeño departamento. Gold cerró la puerta tras de sí, dejando su vista pasear por la habitación y la pequeña cocina con su barra de desayuno. Belle desapareció por el pasillo, caminó apresuradamente hacia el pequeño cuarto de lavado, arrojó la ropa dentro y cerró la puerta.

Antes de regresar con el visitante, Belle decidió echar un ojo a su hijo, quién se negaba a salir de la bañera. Siempre tomaba mucho tiempo hacerlo entrar a bañarse, tomaba aún más convencerlo de salir. Abrió la puerta del baño para asomar la cabeza, Gideon estaba sentado en la tina, el niño alzó la cabeza al escuchar le puerta abrirse.

-¡Si me estoy bañando mamá! –exclamó él, soltando su caballo de goma y tomando el jabón con premura frotándose bajo los brazos. Belle sonrió.

-Tenemos visita, Gid. Tengo que atenderla, así que cuando termines, te lavas los dientes y a la cama. Más tarde te daré tu beso de las buenas noches, ¿de acuerdo?

No esperó a la respuesta de Gideon, cerrando la puerta Belle salió al encuentro del señor Gold, en ese momento el hombre se encontraba inspeccionando su pequeña colección de libros dispuestos en un par de repisas a modo de librero. Nada interesante, después de todo, dijo Gold para sus adentros. Al escucharla cerrar puertas y sentir sus pasos más cercanos se volvió lentamente hacia ella. Sin duda la había sorprendido con su visita, llevaba una camiseta desgastada y seguramente le quedaba grande, ya que la había atado en un nudo por las parte de atrás, un pantalón de mezclilla desgastado, arremangado bajo las rodillas y su cabello lo llevaba recogido en un desordenado molote sobre su cabeza, algunos cabellos escapándose de él para caer a los lados de su cabeza enmarcando su rostro, una leve capa de transpiración cubría su frente, mejillas y cuello. Gold desvió la mirada, carraspeando para aclararse la garganta.

-Veo que en estas últimas semanas se ha asentado bien, Ms. French.

-Gracias, Mr. Gold. – su voz le sonó diminuta incluso a ella, ¿pero qué me pasa? Belle levantó la cabeza, irguiéndose ante el casero – ¿Gusta sentarse? ¿Puedo ofrecerle algo de beber?

-De preferencia no –dijo Gold, mirando con desdeño su mullido sofá. Ella sintió una punzada de molestia en su estómago. El hombre había paseado la mirada por su departamento con un aire de superioridad, mirando sus cosas y frunciendo la nariz con desagrado. Ahora miraba a su pequeño y desgastado sofá como si temiera que chiches y termitas salieran de él en cualquier momento. Belle respiró profundo antes de hablar:

-Bien, Mr. Gold, ¿a qué debo ésta inesperada visita?

Belle siguió a Gold con la mirada mientras éste daba vuelta a la pequeña sala de estar. Sus ojos viajaban de cosa en cosa, descansando su mano en la pared de vez en cuando, mirando al piso, probando que las maderas no crujieran bajo sus pies. Una vez en la barra de la cocina se volvió hacia ella.

-Ms. French vine en primer lugar a presentarme con usted. Hemos intercambiado un par correos y cartas, pero sentía que era mi responsabilidad presentarme personalmente. -Gold volvió a su postura de negocios, hombros cuadrados, erguido, apoyado sobre ambos pies con ambas manos delante de él sobre su bastón. -Además, claro, ponerme a su servicio. Como su casero, y de acuerdo a nuestro contrato, cualquier inconveniencia con el lugar, yo debo responder ante tal cosa y tomar cartas en el asunto. Después de todo el lugar es mío, debo preservarlo si quiero que siga teniendo valor.

Belle sabía que debía sentirse aliviada, porque si algo pasaba al departamento tendría a quién acudir, el contrato estipulaba que cualquier reparación debía ser autorizada y atendida por su casero. Pero la forma en que el hombre frente ella hablaba del lugar como un simple propiedad la hacía sentir incómoda, la hacía sentir no bienvenida. El lugar tendría que ser un hogar para ella y su hijo. Y se estaba transformando en eso mismo, pero las palabras de Gold fueron un corrientazo frío que le recordó que aquel espacio que llamaba hogar, no era más que un lugar por el que pagaría para tener derecho a dormir bajo el cobijo de un tejado. Una sensación de desamparo la estremeció.

-Agradezco su preocupación, Mr. Gold –dijo ella controlando su voz. La sensación sin embargo sólo aumentó, por lo que de manera más fría agregó: -Procuraremos que la propiedad siga teniendo su valor.

Gold rio sarcásticamente. Dando un par de pasos hacia ella. Belle no retrocedió ni un ápice.

-Ms. French, no me malinterprete. Simplemente me gusta cuidar de mis cosas –comenzó Gold, acercándose más hacia ella, ojos fijos de uno en el otro –Y que otros tengan la delicadeza de darles un buen uso.

Gold se detuvo a un paso de ella, Belle tuvo que levantar un poco la barbilla para seguir mirándolo fijamente a los ojos. Había un brillo de divertida malicia en los ojos cafés de aquél hombre. Belle le sostuvo la mirada, firme y segura del lugar donde se encontraba.

-No tendrá queja alguna de nosotros, Míster Gold –replicó ella, no dejando lugar a dudas. La mujer tenía agallas. No había retrocedido ante su deliberado avance, y ahora la poca distancia entre ellos, en lugar de molestarla a ella, lo estaba haciendo sentir incómodo a él. Pero no dejó que su rostro mostrara nada, usando su máscara de indiferencia ante el valor de encararlo, le dedicó una sonrisa socarrona. Gold se inclinó hacia ella, acercándose a su rostro.

-Ya veremos. -La frase fue solo un murmullo entre los dos. -Por el momento -dijo irguiendo su cuerpo, separándose de ella, caminó con gracia hacia la puerta. -Deberá entender que, aunque la alcaldía pagará una parte de su renta, usted deberá cubrir el resto.

Belle miraba fijamente su espalda, tratando entender el juego de poder que se estaba llevando a cabo.

-La alcaldesa Mills dijo que eso estaba cubierto. Ella dijo que…

-¡Oh! -Gold giró sobre sus talones, riendo divertido ante la confusión que sabía se suscitaría -por tres meses, sí. Pero verá, miss French. La renta que paga la alcaldía es para la biblioteca. El departamento es cosa aparte. Sin embargo, he accedido a globalizar la renta de ambos y desafortunadamente el trato ha sido que lo restante de la renta del departamento sea cubierto por los inquilinos. En este caso, usted.

Belle estaba confundida. Había leído el contrato un par de veces antes de firmarlo y reenviarlo a la oficina de la alcaldesa y a la de bienes raíces. El departamento era ofrecido a quien se encargara de la biblioteca. Había repasado cada cláusula, cada renglón. Ella había pensado que el departamento sería parte del trato de ser bibliotecaria. Al parecer, la alcaldesa era quien no había leído el contrato completo y había dado a Belle información incompleta.

-En tres meses, cuando acabe el acuerdo con la alcaldía, espero el pago de su parte de la renta a finales de cada mes. –Gold hablaba con las manos, Belle lo pudo notar, y podría haberse visto distraída por ello, pero la noticia de contar con unos dólares menos había pesado en su pecho haciendo que la teatralidad del hombre la molestara aún más –Le respetaré el trato inicial con la alcaldía. –continúo Gold, alzando las comisuras de sus labios en una mueca de ferocidad –Deberá pagar sólo la mitad. Puede hacérmela llegar por medio de transferencia bancaria, correo o incluso pasar a la tienda de antigüedades que está a contra esquina de aquí. Como última instancia, vendré a recolectarla en persona.

Era todo, había hecho su trabajo aquí. Hacerle saber que el lugar donde se encontraba no era de ella, sino suyo. Que todo el tiempo que viviera ahí, mucho o poco, en algún lado de su mente siempre sabría que "su preciado hogar" le pertenecía a él. Con el triunfo pintado en una sonrisa satisfactoria en su rostro el casero dio media vuelta y se dirigió a la puerta. Belle se había quedado plantada. Tendría que aclarar esto con la alcaldesa, renegociar su posición. Reclamar la injusticia que se presentaba ante ella, exigir que respetaran el contrato que la alcaldesa le había hecho firmar hace casi 20 días. ¿Pero qué estoy diciendo? ¡Éste es ahora mi hogar! Si debo aclarar algo, es con él. Gold había abierto la puerta y se disponía a salir cuando Belle encontró su voz.

-¡Un momento, míster! –Belle salió tras él, jalando la puerta hacia sí y azotándola al salir. Gold estaba ya escalones abajo cuando ella se plantó en el descanso al umbral de la puerta, ¡¿cuánto tiempo realmente había pasado?! El hombre volvió el rostro hacia ella al escuchar su llamado, aun con un pie en el último escalón. – ¡No puede venir a mi casa a altas horas de la noche, hablar tonterías e irse así como así!

Belle bajaba los escalones mientras hablaba, la sonrisa de medio lado de Gold, le hacía querer borrársela de una bofetada.

-Miss French –empezó Gold de manera condescendiente – Creo sinceramente que todo está dicho.

-Tal vez usted, ya dijo todo lo que tenía que decir –Belle se detuvo un par de escalones arriba de él, para poder mirarlo hacia abajo. –No puede venir a insultar mi casa, a amenazarme y esperar irse sin que yo me defienda.

Gold volvió su cuerpo totalmente hacia ella, sonriendo descaradamente.

-No he hecho tal cosa, Ms. French.

-Sé leer entre líneas, Mr. Gold. –replicó ella cruzando los brazos sobre su pecho, Gold subió un escalón quedando sus rostros a la misma altura, su sonrisa aumentó. Estaba divertido. Ésta pequeña mujer tenía fuego en ella y Gold se consideraba un pirómano.

-Sólo vine a dejar en claro lo que se espera de usted, Miss French. –dijo él con malicia. Belle no apartó la mirada ni un momento.

-Leí los contratos. Sé lo que se me dará y lo que se me pide a cambio.

-Leyó los contratos. –dijo Gold lentamente.

-Sí.

-Completos.

-Por supuesto. La alcaldesa…

-La alcaldesa no es más que una niña con un juguete demasiado grande para ella –la interrumpió Gold –leyó el anexo sobre la contratación de un encargado para la biblioteca.

-Así es. Dice que el departamento es para quién sea contratado para el puesto.

-Miss French –su voz vino en un suave ronroneo condescendiente, la sonrisa de medio lado nunca abandonando sus finos labios, dejando entrever un destello de oro, mientras Gold subía al mismo escalón dónde ella se encontraba, la escalera no era tan ancha por lo que el espacio entre ellos se redujo de manera considerable, Gold se inclinaba sobre ella mirándola con intensidad y ojos dilatados. El corazón de Belle dio un vuelco. –Usted es inteligente y dice saber leer entre líneas –dijo suavemente. Ella no pudo evitar notar como su nariz casi rosaba con la suya, como su aliento fresco se estampaba en su rostro, cómo evitar que el aroma de su colonia la envolviera en una cercanía incómodamente íntima. Pero no se dejó intimidar y no cedió ante la postura amenazadora del hombre – dígame exactamente qué estipula el anexo.

Belle rebuscó en su mente, dándose una sacudida interna para salir del trance que la proximidad del hombre le provocaba. Sabía las palabras exactas, estaba segura, lo había leído un millón de veces, para evitar caer en un agujero legal, justamente. Sin apartar la mirada de él, subió ella un escalón tratando de recuperar su espacio vital y el control de la situación.

-En caso de ser contratado un encargado, se le ofrecerá poner a su disposición el departamento que se encuentra sobre el inmueble antes mencionado, sujeto a la disponibilidad del mismo. –Belle enunció las palabras sin pensar, como una máquina. –Cuando hablé con la alcaldesa mencionó un acuerdo, por el que yo tendría el derecho sobre el apartamento como parte de mi posición como bibliotecaria.

-La alcaldesa no debería prometer cosas que no puede cumplir. –Dijo él entre dientes –Existe un acuerdo, sí.

Gold no subió al siguiente escalón. Le sería más sencillo sobrellevar la situación sin el dulce aroma de la mujer penetrándole el cerebro, ¿rosas? ¿Lavanda? ¿Miel? ¿O era aquello cereza? También podría dejar de distraerse intentando descifrarlo, Podrías también dejar de ver su boca. Gold notó con una pequeña punzada de pánico que los labios de la mujer se movían, pero él no tenía ni idea de que estaba diciendo. Comenzó a manotear, alzando los brazos hacia la puerta por dónde ambos habían salido.

-… debe respetarse. –Decía Belle, un rubor carmesí tiñendo sus mejillas y cuello -Yo firmé dos contratos –acentúo lo dicho levantando los dedos de una mano blandiéndolos frente sus ojos -¡DOS! y los firmé porque confíe en que cumpliríamos ambas partes lo que nos toca, pero al parecer las cosas no serán como lo acordamos…

Belle hablaba a gran velocidad, aunque controlando su tono, si bien apremiante no llegó a decibeles que denotaran en realidad cuan molesta estaba.

-¡MS. FRENCH! –Gold alzó la voz con tono cansino para detener el torrente que salía de la boca de aquella mujer. Belle se calló de repente, mirándolo con ojos desorbitados, tomando un respiro, lista para seguir con su disertación a la menor oportunidad –He dicho, anteriormente, que respetaré el acuerdo ya establecido con la Alcaldía.

-Pero…

-Los detalles serán revisados después. –Dijo Gold con tono definitivo, seco y dominante. -Por hoy, si no le importa, tengo mejores cosas que hacer que escucharla balbucear sobre malas redacciones y desinformaciones, en parte provocadas por la poca experiencia de nuestra alcaldesa, con eso debe quedar zanjado el asunto.

Gold dio media vuelta y bajó los últimos escalones, dispuesto a irse de una buena vez.

-Por ahora. –Vino la voz de la mujer, cargada de frialdad.

Irguiéndose Gold cuadró sus hombros una vez más y caminó hacia la noche, con una mirada taladrándole la espalda. Un leve cosquilleo en la nuca lo acompañó hasta que entró en su Cadillac negro aparcado fuera de su tienda, para luego perderse en la distancia. La respiración de Belle aún no se normalizaba. Lo observó irse en su lujoso auto. Con sorpresa Belle cayó en la cuenta de que había perdido los estribos. Nunca, en toda su vida, había tratado a alguien como había tratado aquella noche a su casero.

¡Por dios! Aquel hombre con solo un par de palabras, podía cerrar la biblioteca, dejarla sin trabajo, reclamar el departamento y dejarlos sin hogar a ella y a su hijo. Belle se reprochó haber perdido la compostura ante míster Gold. Pudo haber destruido el incierto futuro que tenían por delante por un arrebato. Pero es que aquella sonrisa de medio lado y ese maldito brillo de sus ojos habían logrado exasperarla. Parecía estar burlándose de ella todo el tiempo, haciéndola sentir inferior, como si no mereciera siquiera respirar del mismo aire, o estar en la misma habitación. Su manera de andar, de mover las manos, incluso la asombrosa velocidad con que se movía a pesar de usar bastón. ¡¿Quién puede bajar las escaleras a esa velocidad, dependiendo de un bastón?! Belle se dejó caer contra la pared con un bufido. Llevando sus manos al rostro, presionó las palmas de las manos contra sus ojos. Soltando un resoplido subió por la escalera y entró en el departamento, giró la manija.

Estampó la frente en la puerta, que estaba cerrada.


El azote de puerta de auto y de la puerta de frente, lo sacaron de su ensimismamiento. Sobresaltado cerró todas las ventanas de su computadora, miró al reloj sobre la mesita de noche. 23:00. ¡Fuck! Estirándose bajó el volumen del equipo de sonido, apagó el monitor, se sacó la camiseta por la cabeza y saltó a la cama adoptando una posición de falsa relajación. Nerviosamente dirigió la mirada hacia su escritorio en busca de evidencias que lo delataran.

-¿Bae? –se escuchó la voz de su padre llamar.

Baedan tomó el libro más cercano y fingió quedarse dormido con él sobre el pecho. Los pasos de su padre se acercaron hacia su habitación, trató de normalizar su respiración, la puerta se entre abrió. Hizo todo lo posible por relajar su rostro.

Gold asomó la cabeza por ella, escaneando con la mirada la habitación. Su hijo yacía recostado sobre su cama, iniciaba el fin de semana y la habitación era prueba fehaciente, por aquí y por allá alguna prenda tirada, zapatos aventados por doquier, libros, papeles, algunos CDs desbalagados encima de su escritorio. Gold suspiró, en verdad necesitaba ese trago, antes de tomarla contra su hijo.

Bae escuchó la puerta cerrarse, soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo. Pudo escuchar a su padre moverse hacia la sala, el titileo de botellas le indicó que su padre estaría por servirse un trago. Mal día, entonces, pensó Bae. Su padre rara vez bebía entre semana, a no ser que fuera día de la renta y que algo se haya salido de su perfecto sistema. Seguramente Leroy había intentado eludir a su padre, otra vez. ¿Dónde se habría metido esta vez? ¿En serio, qué tantos lugares podía haber para esconderte en Storybrooke? Pasos irregulares en la cocina, movimientos de platos y sonidos de cazuelas sonando. Al parecer papá no se iría a beber a su estudio. Soltó resoplido, pensando en levantarse lentamente de la cama e intentando no hacer ruido.

La puerta se abrió de repente.

-Deja de hacerte menso y sal a cenar, Baedan –dijo Gold aventando la puerta, dándose la vuelta inmediatamente regresando hacia la cocina. –¡Y apaga esa condenada computadora! puedo escuchar el aparato hasta acá.

Baedan se había incorporado de golpe, se dirigió al escritorio, volviendo a encender el monitor para poder apagar la computadora. Mientras cerraba sesión sacó un pantalón de su cajón de pijamas, desvistiéndose de la ropa del día, se puso el pantalón de pijama y salió al encuentro de su padre. La cocina estaba iluminada, su padre estaba frente la estufa, un vaso lleno de un líquido color ámbar oscuro en una mano, cucharón en la otra.

-Ok, ¿cómo lo supiste? –Gold soltó carcajada seca. Miró hacia Bae sobre su hombro, dirigiéndole una mueca burlona.

-Bae, soy tu padre.

-Ajá, claro. –Bea se cruzó de brazos desafiante y juguetón –Ya no creo que tienes súper poderes papa. Ya no tengo 10 años.

Gold se sonrió.

–No, ya no los tienes.

-¿Y? –Gold se encogió de hombros.

-Para engañarme tendrás que esforzarte más, hijo. –Comenzó a servir el guisado dejado por la señora Potts para la cena. Dejó un plato sobre la barra de desayuno, Bae se apeó en el banquillo frente al plato comenzando a comer. –Bien, veamos –dijo Gold comenzando a enlistar con los dedos de una mano, mientras se apoyaba en la barra con la otra –La computadora estaba encendida, seguramente sólo apagaste el monitor pensando que tu viejo no se daría cuenta. –Bea rio meneando la cabeza hacia los lados –El sonido estaba encendido, el libro que supuestamente estabas leyendo era una agenda, la cual tenías al revés por cierto. Sin camiseta sobre la cama; de acuerdo eso pudo funcionar, si te hubieras sacado los zapatos. Pantalón abierto, cinturón aun puesto –el chico se sonrojó –No quiero saber. –Puntualizó Gold.

-¡Pa! –casi se atragantó con el bocado. Gold tomó su plato y vaso, renqueando ligeramente fue a sentarse al lado de su hijo, soltando una risilla ligera ante el sonrojo del chico.

-Pudiste cerrar la puerta, adecentarte y venir a saludar a tu padre. Ya que te lavaras las manos, claro. -Bae no tenía ganas de ver la mueca burlona en el rostro de su padre. Así que continúo comiendo con la mirada fija en el plato. -Además -agregó -Llevaba diez minutos afuera. Pude escuchar cuando bajaste el volumen.

Se volvió hacia su padre quien lo miraba divertido, se llevó las manos al rostro, avergonzado. Continuaron comiendo en silencio, Gold terminó primero, pues no se había servido mucho, ahora daba tragos pequeños a su bebida, Bae se levantó yendo hacia el refrigerador para tomar un envase de jugo, llevándoselo a su lugar se lo tomó directo del envase, apartando su plato al fin vacío.

-Así que -Bae comenzó -¿mal día?

Señaló el vaso en la mano de su padre. Gold bajó la mirada a su mano izquierda, con la que sostenía el vaso casi vacío.

-No estoy del todo seguro –Bae inclinó la cabeza un poco, mirándolo con confusión –Hubo, como siempre, de todo. Pero Dove se encargará de terminar con la zona del muelle, así que no tendré que lidiar con Leroy esta noche.

Gold sonrió de medio lado. Bae sopesó la reacción de su padre. Algo estaba molestándolo, eso era seguro. ¿Pero qué? No había tenido que lidiar con el energúmeno de siempre, había llegado temprano a casa y se había quedado en el auto. Algo sin duda estaba pasando.

-Papa, no estás arrepintiéndote de dejarme ir a Boston con Jeff y Grace, ¿verdad?

-¿Qué? –Gold se volvió a él –No, claro que no. Mañana por la mañana te llevaré a la mansión.

-¡Oh, bien! De acuerdo. Pero –Bae dudó por un momento – ¿entonces por qué el trago? ¿Está todo bien?

Gold meditó un momento. ¿Estoy bien? Pues… sí. ¿El trago? Bueno… miró hacia su mano, el vaso estaba vacío desde hace un rato ya, pero aún lo sostenía. Podía ver como los engranes en la cabeza de su padre, algo sucedió. Y al parecer, ni siquiera lo había asimilado él.

-Sí, todo está bien –dijo Gold finalmente, dejando el vaso sobre la mesa. Se levantó llevando los platos al fregadero. Bae lo siguió con la mirada. -Sólo fui a presentarme con una nueva inquilina. Es todo.

-¿Inquilina? ¿La que tomó el departamento sobre la biblioteca? -Gold frunció el ceño.

-¿Acaso estás dedicándote a espiar gente con Jefferson?

-Papa, te propongo algo –dijo Bea sin responderle, levantándose de su lugar y brincando sobre la barra, Gold lo miró con el reprobación –yo lavo los platos, si tú me cuentas todo. Y qué es lo que te tiene tan pensativo.

-No es nada Bae, solo fui y me presenté, como hago con cada inquilino. Nada importante, nada fuera de lo normal de todas formas. –Respondió él agitando una mano con fastidio –Pero acepto tu oferta de lavar los platos.

-¿La trataste como tratas a todos? -preguntó Bae, inseguro. Un tono lastimero.

-Por supuesto. -Bae, que ya tenía las manos llenas de jabón y refregando los platos, no pudo evitar la mueca de inconformidad. Su padre podía ser un poco cerrado algunas veces y sabía que no diría más por hoy. También sabía que la manera de su padre de presentarse ante otros era blandiendo su poder.

Dicha su última palabra, Gold fue hacia el bar, donde había dejado su bastón y lo tomó redirigiéndose hacia la escalera. Bae había terminado con los platos y lo alcanzó al pie de la misma.

-Papa, sea lo que sea, estará bien.

Gold asintió, sonriendo a su hijo con ternura reflejada en los ojos.

-Lo sé, descansa hijo.

-Igual tú, te quiero papa.


-¡Qué bueno que no me había terminado de bañar! ¿No, mami? -exclamó Gideon, con la boca llena de espuma de pasta de dientes.

Mamá lo observaba desde la puerta. No dijo nada, simplemente le sonrió. Mamá siempre revisaba que lavara bien sus dientes antes de dormir. Gideon observó sus manos. Sus pequeños dedos estaban arrugados, había visitado ancianos cuando vivía en - y ahora sus manos parecían de uno. Mamá le había dicho que era por el agua. Metió sus manos al chorro de agua se sacó el cepillo de la boca y lo lavó bajo el chorro.

Belle se acercó y lo ayudó a poner el cepillo en su lugar mientras él se enjuagaba la boca, escupiendo en el lavabo, cerró el grifo, dedicándole una enorme sonrisa forzada a su madre esperando su aprobación para bajar del banco y correr a su habitación.

-De acuerdo Gid, ve a la cama. Debo meter la ropa a lavar. ¿Cómo está tu cabeza?

Gideon se llevó una mano a la herida sobre su ceja. Belle se agachó a examinarlo.

-No me duele, mami.

-No, tal vez no. Pero necesito hacerte otra curación y le pondremos otro parche. ¿Está bien?

-Oh, está bien. -Se lamentó él bajando la vista a sus pies. Después del helado y haber ayudado en la biblioteca, Gideon ya se había olvidado de todo asunto.

Belle besó la coronilla de su hijo, dándole una suave nalgada animándolo a caminar hacia su habitación. Rápidamente ella tomó la toalla descartada por Gideon y fue al cuarto de lavado. Recogió las prendas que había lanzado dentro anteriormente, separando por colores y texturas Belle dejó la máquina con la primera carga.

Cuando entró a la habitación de Gideon con el botiquín de emergencias en las manos éste ya estaba sentado en su cama, recargado en la cabecera, con las piernas bajo las sabanas, tenía sobre su regazo descansaba un libro. El infante levantó la mirada al escuchar a su madre entrar.

-Lo siento mami. No pude esperar.

-Está bien, Gid. ¿Qué te parece si esta noche tu lees para mí, mientras yo cubro eso en tu frente?

Gideon la miró un instante con los ojos abiertos en sorpresa. Un ligero rubor cubrió sus mejillas mientras Belle acercaba una silla al lado de la cama depositando las gasas y cinta en la mesita de noche. Él asintió bajando la mirada de vuelta a la página. Regresó al inicio del cuento y comenzó a leer en voz alta.

Belle lo observó un momento. Antes de apartarle el cabello de la frente, tomó algodón lo humedeció con alcohol y comenzó a limpiar alrededor de la herida. Gideon interrumpió la lectura un instante para dejar escapar un siseo de ardor. Continúa le dijo ella en voz baja, mientras dejaba el algodón a un lado para tomar las gasas. Gideon continuó leyendo mientras ella le colocaba un parche sobre la frente. Una vez terminó, Belle volvió a guardar las cosas en el botiquín, para finalmente sentarse a disfrutar de la lectura de su hijo.

Así estuvieron unos minutos más, hasta que las pausas provocadas por bostezos eran demasiadas como para que Gideon terminara una sola frase.

-Lo dejamos aquí, ¿te parece? –Belle tomó el libro de las manos de su quién solo atinó a asentir. Gideon se dejó deslizar hasta quedar su cabeza sobre las almohada. Su madre lo arropó para finalmente besarlo en la frente. -Descansa Gid. Te amo.

-Y yo a to, Mami. -Balbuceó Gideon, colgando los brazos del cuello de su madre, para acercarla a el y darle un beso en la mejilla.

Belle dejó el libro sobre la mesilla de noche, apagó la lámpara y tomó el algodón usado y el botiquín. Se dirigió a la puerta, se volvió para ver a Gideon volverse sobre un costado. Apagó la luz y entrecerró la puerta.

Gideon estaba casi dormido cuando un ligero rumor lo sacó de su adormecimiento. A Gideon le gustaba su cuarto. Aquí mamá lo había dejado tener la habitación con ventana, que le dejaba ver los tejados de las casas. A Gideon le encantaba su ventana. Pero por la noche preferiría dormir con la espalda hacia ella. El sonido vino de nuevo. Venía de la ventana.

Cerró los ojos con fuerza, tenía dos opciones, llamar a mamá o ser un hombre e investigar por sí mismo. Gideon respiró profundamente, tomó aire y los sostuvo unos segundos antes de liberarlo. Sería valiente. Sigilosamente bajó de su cama y se acercó a la ventana, corriendo las cortinas. Se sonrió con sorpresa y abrió la ventana.

Fuera, en la fría noche, estaba aquel gatito sin bigotes al que había salvado. Gideon no hizo por agarrarlo. En su lugar abrió la ventana y se hizo a un lado. El pequeño animal saltó hacia el interior, restregándose en sus tobillos. Emitiendo pequeños maullidos. El niño cerró la ventana y cerró las cortinas. Subió a su cama y el gatito lo siguió.

-Hola -susurró Gideon al animalito que caminaba sobre las sabanas de manera insegura hasta sentarse sobre su almohada -¿quieres quedarte?

Un maullido corto fue toda respuesta. Gideon asintió. Se recostó nuevamente, su nuevo amigo probó el terreno para finalmente tumbarse cerca de su cuello, ronroneando suavemente.

-De acuerdo. Pero tendrás que esconderte de mamá. Al menos hasta que la le diga que te quedarás.