Safe.
Se acerca la inauguración por lo que Belle está emocionada, preocupada y apurada. Gideon busca la mejor manera de esconder a su pequeño amigo y un nombre. Bae conoce a un nuevo amigo.
Dos días enteros y no había encontrado la manera de hablar con mamá. Tampoco es como que hubiera tenido la oportunidad, en pocos días se inauguraba la biblioteca y ella estaba muy ocupada. Incluso el mismo Gideon se había visto bastante atareado ayudando a mamá a traer y llevar libros de un lugar a otro. Mamá había hecho muchas listas, ¡montañas de listas! Y habían tenido que acomodar cada libro según el número que mamá les había puesto en los lomos. Es un sistema dijo es para encontrar todo más fácil, Gid. Pues sea como sea, el punto es que no había notado a… bueno a su nuevo amigo.
Aún no se decidía en ponerle un nombre y su amigo gatuno no se había dignado a presentar sugerencia alguna. La verdad es que ambos se encontraban un poco inseguros con respecto a qué hacer. A la mañana siguiente su pequeño amigo se había atorado entre la mesita de noche y la cama, por fortuna sus lastimeros maullidos no habían atraído a su madre, una vez libre, había chocado contra la cama y al querer brincar sobre la silla del escritorio había fallado por poco. Parecía que "gatito" no sabía muy bien dónde se encontraba.
Cuando mamá bajó a trabajar en su sistema, Gideon había aprovechado la oportunidad para llevar a "gatito" al baño. Cerró la puerta con llave y abrió los grifos para llenar la tina con agua caliente y fría. "gatito" se había refugiado esta vez entre la taza del baño y el lavabo, chocando contra ambos. Para su triste sorpresa "gatito" no tenía un antifaz blanco… era una especie de pintura, seguramente habían sido Los Niños Perdidos. Con extremo cuidado Gideon tomó agua en sus manos y acariciando a "gatito" consiguió quitarle aquella plasta blanca de su pelaje, quedándole una simple línea grisácea entre sus ojos. Gideon pensaba que también era pintura pero decidió dejarlo así, ya que el minino comenzaba a inquietarse con el agua. Cuando finalmente se decidió a meterlo, el gato salió disparado de sus manos, dando de lleno contra la pared.
Rápidamente Gideon tomó a su amigo en sus manos y comenzó a revisar su cabeza, asustado. Él estaba bien, pero un poco atontado, con determinación, el niño bañó apresuradamente al peludo, tomó un poco de su shampoo y un poco de esa cosa que se ponía mamá para el cabello. Se lo puso especialmente en la cara, tal vez así sus bigotes crecerían más rápido. Una vez que terminó, se sacó la camisa de la pijama para envolver a "gatito" y llevarlo de vuelta a su habitación.
A pesar de toda la suerte que había tenido en los últimos días, ahora tenía una apuración mayor. Ya había intentado todo, pero simplemente el pequeño amigo no obedecía a sus vanos esfuerzos.
-Es inútil –dijo Gideon cediendo finalmente, dejando salir al pequeño gatito de su mochila. Éste saltó de ella, cayendo suavemente sobre el suelo. –Tienes que irte conmigo. No puedes quedarte aquí solo todo el día ¿sabes? Mamá podría encontrarte.
El animalito lo miró atentamente, orejas en punta, cabeza medio torcida, ojos redondos y dilatados. Sus bigotes iban creciendo de a poco, o eso le gustaba pensar a Gideon, por suerte no se los habían cortado de tajo.
-¡Gideon! –Llamó la voz de mamá desde la cocina –Apresúrate o llegaremos tarde. Y aun debes desayunar.
Gideon dudó un momento. Tomó a su gatuno amigo y lo depositó es la caja que ha venido siendo su escondite en los últimos días. Intencionalmente dejó su mochila sobre la cama y por último metió la caja debajo de la cama una vez más. Cuando salió de su habitación mamá venía en su dirección por el estrecho pasillo. Lo miró poniendo las manos en jarras sobre su cintura. Gideon apresuró el paso y se sentó a la pequeña mesa. Su madre puso delante de él un plato con fruta y yogurt, un pan tostado con mermelada y un vaso con jugo.
-Gracias, mami –agradeció sinceramente y se dispuso a ingerir la comida, con cierta premura.
-Apresúrate Gid, recuerda que tengo que charlar con tu directora sobre… -señaló su frente. Gideon torció la boca en un gesto que a Belle le recordó a alguien más. Aunque ¿a quién? Belle sacudió la cabeza, se llevó la taza a los labios, bebiendo el resto de su café. Tomó el pan tostado con mermelada que había dejado a un lado y se dirigió a la puerta que llevaba al interior de la biblioteca. –Te espero abajo, ¿de acuerdo? No tardes mucho.
Dicho esto salió por la puerta hacia las escaleras. Gideon se tomó un poco más de tiempo en beber su jugo después de mascar apresuradamente el pan tostado. Una vez terminó con la fruta, se fue hacia su habitación nuevamente, se colgó la mochila y se agachó para sacar la caja de debajo de su cama. "Gatito" estaba dormido. El niño dudó por un momento. Tomó la caja, se puso en pie saliendo de la habitación, se dirigió a la misma puerta por la que había salido su madre, sin cerrar la puerta tras de él, bajó las escaleras tratando de hacer el menor ruido posible. Su madre se movía por la biblioteca, con mucho cuidado de no romper el silencio en el que se encontraban, fue hacia la puerta que daba a la calle, en la parte detrás de la escalera. Ahí estaba lo suficiente oscuro como para que mamá no se diera cuenta de que estaba la caja con su amigo.
Se aseguró de cerrar las solapas de la caja dejando espacio suficiente para que el animalito en el interior pudiera respirar. Regresó sobre sus pasos escaleras arriba, tomó el pomo de la puerta y la azotó deliberadamente. El llamado de su madre no tardó en llegar a sus oídos, mientras bajaba corriendo los escalones.
-¡Gideon! ¡Por favor! ¿Cuántas veces te he dicho que no azotes la puerta al salir?
Los pasos apresurados de su hijo llegaron a su lado, mientras ella tomaba su bolso y llaves. Salieron de la biblioteca a toda prisa hacia la escuela.
Tres fuertes golpes en la puerta.
-¡Última llamada, Baedan! –Vino la voz de su padre a través de la puerta, Bae levantó la cabeza, se estiró para tomar su teléfono y activar la pantalla. ¡Demonios! Tarde, era muy tarde. – ¡Apresúrate o tendrás que viajar con tu viejo!
Bae se levantó rápidamente, no había tiempo de ducharse ¡maldita sea! Se sacó camiseta por la cabeza, tomó el desodorante y se roció el torso completo, junto con las axilas y lo que alcanzó de espalda. Se sacó el pantalón del pijama con todo y ropa interior, sacó un par de boxers limpios de su cajón se deslizó dentro de ellos, abriendo otro cajón sacó un par de pantalones de mezclilla azul oscuro, sentándose en la cama se los puso, tomó sus tennis y deslizó los pies dentro.
Salió de su habitación hacia al baño y se lavó la cara apresuradamente, peinó su cabello hacía atrás, aplacándolo un poco con el agua, lo agitó con la mano y regresó a su habitación. Gold lo observaba recargado en la barra de la cocina, mientras daba pequeños tragos a su café, ocultando una sonrisa socarrona con la taza. Bae salió de la habitación una vez más, completamente vestido, mochila en el hombro, cabello húmedo y apestando el lugar con el aroma de su desodorante.
-Me voy –dijo enfilado hacia la puerta.
-¿Bae? –comenzó Gold.
-Compraré algo en la escuela. –Se apresuró a decir, mientras abría la puerta y tomaba su abrigo.
-La camiseta. –Bae se volvió a su padre -La traes al revés.
Los ojos de Bea rodaron dentro de sus cuencas. Con premura se sacó a camiseta y la volteó, volviéndosela a poner. Gold soltó una carcajada seca, mientras dejaba su taza en el lavabo y se dirigía a la sala dónde había dejado su bastón y saco. Bae frunció el ceño.
-¡Ahora qué, papa! –Gold negó con la cabeza.
-Nada –aún se sonreía con satisfacción, Bae sacudió la cabeza y se despidió.
-Te veo después, pops.
-Ten un buen día, Bae.
Bae salió por la puerta en el momento justo en que el autobús pasaba hacia la parada. Corrió lo más rápido que pudo, alcanzando a poner el pie dentro antes de que le cerraran la puerta. Gold salió a la puerta con su bastón y traje de tres piezas en su sitio. Bae le dedicó una última mirada, sospechosamente su padre estaba muy sonriente aquella mañana. Gold vio alejarse el autobús. Poniéndose su abrigo mientras se agachaba para tomar su maletín negro. Cerró la puerta tras de sí y bajó los escalones del porche dirigiéndose a su Cadillac negro, aun riéndose de su hijo. Una vez dentro, dejó el maletín y bastón en lado del copiloto para encender el auto, tomó su camino habitual hacia la escuela, sonriéndose todavía.
-Buenos días, quisiera hablar con la directora. –Saludó Belle a la secretaria dispuesta en la dirección.
-Por supuesto, ¿tiene cita? –le contestó ésta, sin mirarla mientras seguía tecleando en su computadora.
-No, pero no veo por qué tendría que tenerla para hablar con ella. –Cuestionó Belle extrañada.
-Me refiero a si ella la ha citado o no.
-Oh, sí, lo siento. No, vine para tratar un asunto relacionado con mi hijo.
La mujer al fin alzó los ojos hacia ella, paseo su mirada de arriba abajo. Sus pequeños ojos negros escaneándola con superioridad. –Su nombre y el grado en que está su hijo.
-Soy Belle French, mi hijo está en segundo grado.
-Tome asiento mientras la anuncio, la directora llegará en cualquier momento.
Aquello tomó por sorpresa a Belle, como era posible que la directora no hubiera llegado aún a la institución. Era su trabajo, ¿no tendría que estar antes que los alumnos? Tal vez tuvo algún contratiempo. Las clases aun no comenzaban, alumnos aún atiborraban los pasillos. En fin, se encogió de hombros y se dirigió a las sillas dispuestas contra la pared. Repasando en su mente lo que le diría a la directora sobre el tema a tratar. Pero el tiempo pasaba y la mujer no se hacía presente, Belle ya pensaba en lo que faltaba de hacer en la biblioteca, el área para niños había sido lo más fácil de organizar, pero no de condicionar. Entre ella y Gideon ya movían los cojines, los pequeños sillones, o los pufs, ya movía algún librero. Gideon pensaba mejor y decidía que el los posters y dibujos dispuestos no estaban lo suficientemente coloridos. Tal vez traer una estantería más, una pequeña…
-¿Señora French? –Belle sintió una especie de pinchazo molesto, no le gustaba que la llamaran "señora", de acuerdo tenía un hijo, pero eso no la hacía una señora ¿no? Alzó la mirada al escuchar a la secretaria llamarla nuevamente.
-¿Sí?
-Me he comunicado con la directora Mills –Belle se levantó de la silla yendo hacia el escritorio –Desafortunadamente, no asistirá hoy a la institución por cuestiones personales. Pero puedo programarle una cita con ella para… -la secretaria bajó la mirada hacia la agenda abierta sobre su escritorio, revisando las páginas –dentro de dos semanas.
-El problema que vengo a presentarle no puede esperar dos semanas, la integridad de mi hijo está en juego aquí, señorita – agregó la última palabra con un dejo de sarcasmo.
-Qué suerte tiene que esté yo aquí. –llegó a ellas una voz suave y agridulce, como la salsa del mismo nombre, cargada de autosuficiencia que se veía aumentada por su marcado acento inglés fresón.
Belle giró la cabeza, en el umbral de la puerta estaba una mujer alta, de cabello rojo encendido, labios a juego, blusa de mangas tulipán en color verde oscuro acompañada con una falda de tubo que le iba desde la pequeña cintura hasta un poco arriba de la rodilla, en un color negro brillante. Tacones altos en un verde más ligero. Un vaso térmico en una mano y en la otra un gran bolso que dejó caer sobre el escritorio de la secretaria sin miramientos, mientras pasaba a su lado, abriendo la puerta de su oficina. Una vez en el umbral, con una seña invitó a Belle a pasar dentro, dirigió una última mirada a la secretaria antes de adentrarse a la oficina.
-Y que al final decidiera venir, también de eso tiene suerte. En fin, pequeña demora familiar. –dijo ella mientras tomaba asiento tras su escritorio, sobre él había una placa que leía Zelena Mills, directora. Sobre su escritorio se encontraban algunas pequeñas figuras de cerámica de pequeños monos y ranas. –Mi hermana. Es algo difícil algunas veces. –Belle alzó la vista hacia la mujer frente a ella, mientras se sentaba en una de las sillas dispuestas delante –Dígame señora…
-French.
-French –dijo ella arrastrando la sílaba. -¿A qué debemos el honor de su visita?
-Verá, señorita directora, mi hijo ha tenido algunos problemas en las últimas semanas. Nos acabamos de mudar a Storybrooke…
-¡Oh! Usted debe ser la nueva bibliotecaria. –La interrumpió ella. Belle asintió.
-Sí. Mi hijo es Gideon y está en segundo grado. El viernes pasado…
-Claro, el pequeño geniecillo. Cinco años y directo a segundo año.
-Si, como le decía, el viernes pasado…
-Es bastante prometedor. –volvió a interrumpirla. -¡oh, disculpe! Prosiga, por favor.
-El viernes pasado mi hijo fue atacado por un grupo de niños del quinto grado, Los Niños Perdidos, creo que los llamó. –Zelena la miraba ausente, asintiendo de vez en cuando –Gideon me ha dicho que no fue la primera vez.
-De acuerdo, entiendo. Me parece un caso serio, pero después de todo son solo niños, ¿no es así?
La sorpresa de Belle no se hizo esperar. ¿¡Solo niños!? –Sí, lo son. Pero están lastimando físicamente a otro, y ese otro niño es mi hijo.
-¡Argh! ¡Por Dios! Eso es terrible. –Aseveró la mujer, tomando un sorbo de su café -¿dónde exactamente ocurrió todo esto?
-A un par de calles –la mujer dejó escapar una risilla aliviada.
-Ah, me temo que no puedo hacer nada en ese caso, señora French.
Belle la miró incrédula. El ceño fruncido, los ojos como platos y podía sentir como algo se removía en su estómago incómodamente. – ¿Perdón?
-Me refiero a que, la agresión ha tenido lugar fuera de la escuela. En un horario ajeno a las actividades escolares. Me temo que no puedo hacer nada, seño…
-Señorita –corrigió ella bruscamente. –Directora, ¿debe haber algo que puedan hacer? Mi hijo no está seguro.
-Señorita French, dentro de la escuela, su hijo está seguro… –dijo la directora Mills como si tratara de explicarle algo complicado a un niño muy pequeño –Pero mientras las agresiones sucedan fuera de la institución, no puedo hacer nada. Suficiente tenemos con los líos que realmente se presentan…
- ¿Está diciendo que mi hijo miente?
-Nunca dije eso, pero no puedo hacer nada. No como institución.
-¿Y cómo directora?
La directora Mills le sonrió petulante –Señorita French, debe entender mi posición. Aún con pruebas, su hijo fue agredido fuera de mi institución. No hay nada que yo pueda hacer. Y aun si hubiera sido dentro, tampoco podría.
-Pero… –Belle queda un poco perpleja, pero se recupera prontamente -¿Qué se haría en caso de que la agresión se hubiera dado dentro de la escuela?
Aquello borró la sonrisa del bello, pero traicionero rostro de la directora. –Pues, primero confrontar a los niños, por supuesto, escuchar sus versiones, tratar de resolver todo sin necesidad de atraer la atención de los padres.
Belle se levantó de la silla, tomando una decisión. La directora, la miró con confundida sorpresa cuando ella le tendió la mano.
-Gracias por atenderme, directora Mills. Será mejor que me retire, debo trabajar. –estrecharon maños y ella salió de la habitación rápidamente. Si debo ir con los padres, iré con ellos. De detuvo frente la secretaria una vez más –Disculpe, quisiera saber cómo contactar con los padres de un grupo de niños llamados Niños Perdidos, son del quinto grado.
La secretaria la miró dudosa, comenzó a teclear en su computadora, cuando la directora salió de la dirección, cruzándose de brazos. La sonrisita de suficiencia una vez más en sus labios.
-Fatum –dijo ella, la sonrisa ensanchándose hasta mostrar sus grandes y blancos dientes –No hay necesidad de buscar la dirección, querida.
-Claro, señorita directora.
-Sólo es un nombre. –comenzó Belle, dudosa.
-Y no necesita más –remarcó la directora Mills –Ni siquiera eso deberíamos darle. Por seguridad. –Agregó dando la vuelta, desapareció dentro de su oficina.
Gold apresuró el paso, pasando entre alumnos que se alejaban prontamente de él, llegó a la sala de maestros sin mucho contratiempo, tomó su taza, la llenó de café y se dirigió a su salón. Aun le quedaban unos minutos, con suerte el salón estaría vacío, disfrutaría de su café reclinado en su silla.
No tendría tanta suerte.
-¡Oh, por favor! Jefferson, ¿qué haces aquí?
-Soy el profesor suplente de Artes –dijo Jefferson con alegría, bajando los pies de su escritorio, girando la silla para voltear a verlo – ¡Ta –dá! -exclamó extendiendo los brazos, triunfal - ¿No te llegó el memo? Por tu cara sé que no.
Gold caminó hacia el escritorio, dejando sobre él su taza de café, aún humeante y su maletín –Muévete.
-¡Vaya! ¡Pero qué delicado! –exclamó Jefferson dejando la silla, para que Gold se sentara. –Me debes algo ¿recuerdas?
Gold alzó los ojos al cielo –Ahora no, Jefferson. Las clases están por empezar, no puedo invitarte el desayuno.
-El desay… No. Sabes bien a lo que me refiero. –Jefferson se inclinó sobre el escritorio y murmuró -La señorita Belle French. -Gold estaba por abrir la boca para mandarlo a freír espárragos, pero en ese instante la campana sonó. Salvado por la campana. Gold se sonrió. –No importa, nadie llega temprano a clases.
En ese momento por la puerta comenzaron a desfilar alumnos, uno tras otro. Mientras una sonrisa de satisfacción ensanchaba los labios de Gold. –A mi clase, sí. –se jactó. Alzando las cejas, satisfecho y con un ligero movimiento de cabeza señaló la puerta. Rindiéndose, Jefferson salió del aula, no sin antes amenazarlo:
-Te veré en el almuerzo.
Alcanzó a Grace en el pasillo antes de que entrara a su salón de clases, tomándola por el brazo para detenerla.
-¡Hey! –exclamó tratando de zafarse, antes de ver que era Bae – ¡Bae! Me asustaste, menso –saludó ella, golpeándole el hombro con el libro que llevaba en la mano. Él se rio.
-Vi el auto de Jeff afuera. ¿Todo bien? –preguntó inquieto. Grace le sonrió.
-Sí, todo bien. La señorita Konst está enferma. Papá la cubrirá.
-Ah… oye ¡qué bien! –dijo Bae pasándose la mano por el cabello, por su lado pasaron un par de chicas de noveno grado que no muy discretas, le señalaron y se rieron. Bae frunció el ceño. -¿Pasó algo en el fin de semana que no me enteré?
Grace lo observó, con atención, mientras negaba con la cabeza. Finalmente, también soltó una risita contenida. Baedan la miró con incredulidad, se suponía que ella lo apoyaría ¿no? Ella movió la cabeza de un lado a otro. Con la sonrisa aun en los ojos.
-Bae ¿qué tan dormido sigues? –le preguntó.
-¿Qué? ¿Por qué? –Bae se apresuró a tallarse los ojos, alrededor de la boca y bajo la nariz, esperando remover cualquier marca de baba, sudor o moco existente.
-Tu camiseta, Bae –dijo ella finalmente –está al revés, bobo.
Bae bajó la mirada hacia su persona, dándose cuenta de que la camiseta estaba con las costuras por fuera. Había hecho el ridículo desde que saliera de su casa hasta ese mismo momento en que el profesor de matemática se asomó a mirarlos con reprobación. Grace agitó la mano y entró al salón apresuradamente, el profesor tenía aún la mirada en Bae, quien decidió que lo mejor sería ir al baño y voltear su camiseta, otra vez.
Entonces recordó el rostro burlón de su padre, junto con la maldita sonrisa que adornaba su rostro cuando se despidiera de él desde el autobús. ¡Puta madre, papá!
La campana anunció la hora del almuerzo y antes de que pudiera escapar, Jefferson ya estaba fuera de su salón, esperando por él. Minutos después, sentado a la misma mesa, alejados de los demás, él exigía un relato detallado de la noche del viernes pasado.
-No hay nada que decir, Jefferson. –repitió cansinamente.
-Debe haber algo. –insistió. – ¡Una descripción, hombre! Es alta, baja, joven, vieja, rubia, castaña, pelirroja…
-Eso ya lo sabes. –exclamó Gold, extendiendo sus manos con impotencia.
-Sí, pero no es lo mismo ver a lo lejos. Por ejemplo, color de ojos. Desde mi casa hasta la librería es imposible saberlo.
-¿Qué esperas que te diga realmente? –Respondió exasperado - ¿quieres que te dé la razón? De acuerdo ¿sí? Es… exquisita.
Gold no quería usar la misma palabra con la que él la había descrito, no alcanzaba a expresar todo lo que Belle French había demostrado ser en su primer encuentro. Sim embargo, Jefferson cerró el puño sobre la mesa, victorioso.
-Sabía que no estabas tan muerto como para no notarlo –Gold suspiró con los ojos en blanco –Vamos cuéntame, ¿cómo es? rostro, cuerpo, voz. ¿Sabía de ti? ¿De tu reputación? ¿Se asustó contigo?
Gold pensó unos momentos recordando el pequeño enfrentamiento que habían sufrido aquella noche. Frunció el ceño, una punzada de enfado lo recorrió, al final de la noche, ella había tenido la última palabra y aquello lo perturbaba un poco. No se había dejado ver débil, de eso estaba seguro, pero la mujer no había aceptado su dominio de la situación. No había le había dejado adquirir el control total sobre su naciente relación casero-inquilino.
-No. –su voz vino en un suave susurro, su mirada perdida en la distancia, el ceño un tanto fruncido, aun tratando de entender qué diantres había sucedido con él aquella noche, Jefferson lo miró un tanto ansioso, Gold sacudió la cabeza –A pesar de lo que mi hijo y tú piensen, no. No la asusté.
-Bueno, eso es nuevo –suspiró Jefferson aliviado, dando un trago a su té – ¿Y bien? –Gold lo miró alzando una ceja inquisitiva. Jefferson resopló impaciente -¿Ojos? ¿Voz? ¿Cuerpo?
-De acuerdo –concedió Gold, haciendo oídos sordos su última palabra –Veamos, voz, no lo sé, tiene un acento difícil de identificar.
Jefferson soltó una risotada, haciéndolo fruncir el ceño, ofendido. -Es gracioso, viniendo de ti. Míster Scotland. –Se burló, Gold hizo ademán de levantarse, él se calló y lo tomó del bastón –Ya, perdona, por favor continúa. Ojos.
-Azules. –dijo Gold, recordando aquellos grandes e hipnóticos ojos azules, muy azules y tratando de no perderse en el infinito una vez más.
-¿Cabello?
-Castaño, largo. –muy tarde. Ondulado, sobre sus delgados hombros, con un dulce aroma.
-¿Estatura?
Perfecta -Podríamos decir que baja, una cabeza más baja que yo.
-¿Piel?
-¿Piel? –eso lo sacó de su ensimismamiento.
-Sí, ¿tersa? ¿suave? ¿brillante?
-¿Blanca? No lo sé, Jefferson, ¿cómo se supone que sepa eso?
-Dijiste que era exquisita –se defendió él sonriendo de medio lado–uno pensaría que pudiste probarla.
-Tú fuiste quien la llamó así. –imprecó Gold, exasperado una vez más.
-Sí, pero yo ni siquiera la conozco.
Gold se levantó, cansado de la conversación. –Ya te dije todo lo que había por decir. Te di la razón, la mujer es inteligente, todo un ratón de biblioteca si el estado del departamento indica algo, lo cual la hace perfecta para la posición que ocupará, con cierto fuego en su interior, que se refleja en sus mejillas rosadas y sus labios –Gold se paró en seco y agregó rápidamente –que nunca parecen callarse. Obstinada, muy obstinada.
Dicho esto, salió de la sala de profesores con paso determinado, dejando a Jefferson en la mesa, con ojos como platos y la quijada por los suelos.
Todos le habían visto llegar a la escuela de la mano de su madre, con el parche sobre su ceja y a su madre entrar a las oficinas de dirección. Se sentía observado, lo cual era bastante extraño. Hasta el momento, todos habían optado por ignorarlo, las últimas tres semanas, todos por igual, y el sentir ahora sus insistentes miradas, no le sentaba nada bien. Las clases pasaron sin pena ni gloria. Para la hora del almuerzo no estaba seguro de querer salir al patio. Los Niños Perdidos se encontraban en una mesa cerca de la entrada, cuando puso un pie fuera del edificio se levantaron inmediatamente, comenzando a caminar hacia él.
Decidió que lo mejor era no enfrentarlos, rápidamente regresó al interior del edificio. Tomó su almuerzo y se dirigió a la biblioteca de la escuela. Una vez allí buscó un rincón en la sección de historia, donde no había nadie y en silencio almorzó ahí, agazapado contra un muro, entre dos grandes libreros. Cuando sonó la campana, esperó diez minutos para regresar a su clase. Era mejor evitar a James, Peter y Scott, al momento de la salida también esperaría. O tal vez salir antes, sin esperar el autobús y correr a casa sería algo más prudente.
Cuando habían llegado a Storybrooke, tomaron el acuerdo de que Gideon tomaría el autobús con los demás. Era lo más seguro para un niño de su edad. Eso permitía a su madre cumplir con su horario de trabajo hasta la hora de la comida, en la que Gideon llegaría a casa y ella podría salir de la biblioteca para almorzar con él. Si Gideon perdía el autobús, Belle confiaba en que usaría el teléfono que le había dado para emergencias, así ella saldría a buscarlo y llevarlo consigo a casa. Pero Gideon quería probar que era lo suficientemente grande para caminar a casa sin ningún problema, en caso de perder el autobús, después de todo, la escuela estaba a sólo unas cuantas cuadras de casa.
Pero después de que las últimas semanas cada viernes recibiera golpizas por parte de Los Niños Perdidos, Gideon ya no estaba tan seguro de querer ser un niño grande. Aunque, pensándolo bien, hoy era lunes, así que ¿por qué tendría que preocuparse? Cuando la campana que marcaba el final del día sonó, tomó sus cosas y se hecho la mochila a los hombros, dispuesto a tomar el autobús con los demás, se formó en la fila para subir. Comenzó a sentir un cosquilleo en la nuca, un cosquilleo que lo hizo inquietarse. Una mirada persistente, clavada en su espalda. Gideon giró la cabeza disimuladamente y de reojo pudo ver a James y compañía dirigiéndose hacia donde él estaba.
Empujaban a otros chicos a su paso, mientras caminaban hacia él. Sin pensarlo mucho, Gideon se precipitó hacia la multitud que salía de la escuela, tratando de perderse entre ellos, se quitó la mochila para despistarlos un poco más. Se volvió para ver si los había perdido, pero entre los demás chicos y chicas, pudo ver a Scott, abriéndose paso a base de empujones. Gideon entonces pegó carrera, no corrió hacia la escuela, sabía que ahí lo podrían alcanzar, en su lugar corrió hacia las puertas de la secundaria. Puertas por las que salían alumnos también, pero en una manera más desordenada. Tratando de evitar chocar con ellos, se agazapó cerca de una gran jardinera con el corazón latiéndole fuertemente en el pecho, mientras trataba de recuperar el aliento, se sacó el suéter, guardándolo en la mochila, despistarlos, esa era la idea.
Se asomó sobre el borde de la jardinera, dónde se había sentado un grupo de chicas, lo cual lo ocultaba un poco más que antes. No había señal de sus perseguidores. Sin embargo, no dejó su escondite. Gideon estaba un tanto aliviado. Sentía el sol sobre sus brazos, pero no calentaba, una suave brisa fría le pegaba en el rostro. Cerró los ojos un momento mientras su respiración volvía poco a poco a la normalidad. Arriesgó una nueva mirada sobre el concreto de la jardinera. ¡Oh rayos! El autobús se había ido. Tendría que caminar a casa, correr en el peor de los casos. Con cautela salió de su improvisado escondite y comenzó a caminar hacia la acera, tomaría un camino diferente a casa, una calle paralela a la que siempre tomaba. No había moros en la costa, parecía que por hoy, caminaría tranquilamente a casa.
-¡James! ¡Ahí esta! –un escalofrío le recorrió la espalda. Después de todos tendría que correr. Mejor ahora que aun les tenía ventaja.
-¡No podrás escapar lagartija!
El gritó vino de detrás de él, volvió el rostro a tiempo de ver pasar a un niño, pequeño y menudo, corriendo con desesperación. Bae frunció el ceño confundido. Instantes después, doblando por la cercana esquina venían otros tres niños, corriendo tras el anterior, gritándole amenazas acompañadas de sobrenombres. Pasaron a su lado y entonces pudo notar que eran bastante más grandes que el primero. Frunciendo aún más el ceño Bae corrió en pos de ellos, alcanzándolos pocos metros adelante, a tiempo de ver como el más alto de los tres brabucones, alcanzaba a jalar por la mochila al más pequeño, tumbándolo hacia el suelo.
-¡Veremos si vuelves a traer a tu mami!
El primer puñetazo le impactó en el estómago. Gideon no había tenido tiempo de protegerse en aquella ocasión, el golpe contra el suelo le había sofocado y la privación de aliento le había impedido reaccionar a tiempo para impedirlo. El peso de James le aprisionaba el cuerpo, mientras Peter y Scott le sujetaban las manos contra el suelo.
-¡Hey! ¡Dejenlo! –Gritó Bae cuando se aproximaba a ellos, viendo como sujetaban y golpeaban a aquel pequeño niño -¡HE DICHO QUE LO DEJEN! –rugió Bae llegando al fin donde estaban, sujetando al que estaba sobre él y empujándolo a un lado, James se volvió a mirarlo a punto de arremeter contra él, pero al verlo se lo pensó mejor.
-¡Estás advertido, renacuajo! –gritó el chico, mientras los otros al verlo huir soltaron al chico alejándose aprisa, no sin antes propinarle una última patada.
-¡VAYANSE YA! -Bae sentía la sangre hervirle en las venas, estaba luchando contra el impulso de seguirlos y partiles la cara tal como habían hecho ellos con este pobre chico. A sus pies, Gideon había rodado sobre un costado, cubriéndose el rostro con los brazos. Bae no sabía qué hacer, se arrodilló a su lado. Estaba por preguntarle si se encontraba bien, cuando a sus oídos llegó un sollozo ahogado. Se sintió aún más perdido sobre qué hacer a continuación. Gruesas lágrimas le rodaban por las mejillas, aún sin descubrir sus ojos. –Se han ido. Tranquilo.
No sabía que más decir, así que se sentó a su lado mientras el otro lloraba. Gideon ya no lloraba de dolor, ahora mismo lloraba de vergüenza y humillación. Ni siquiera mamá había arreglado las cosas. Bae lo seguía observando, los quebrantados sollozos, recordándole lo vivido en sus épocas en la primaria. Por suerte, la reputación de su padre había aplacado a aquellos que se metían con él. Sabía cómo debía sentirse aquel chico. Pero no tenía idea de qué hacer.
-M-m-me llamó Baedan. ¿Te encuentras bien? Estamos a media baqueta ¿sabes? –le dijo con voz calmada –será mejor que nos movamos ¿crees poder levantarte?
Gideon asintió, dobló las rodillas, bajando las manos del rostro las apoyó contra el suelo, Bae lo tomó por su parte media, ayudándolo a ponerse en pie. Una fugaz punzada de dolor, le hizo doblarse por la cintura, su rescatador se percató y trató de no poner demasiada presión al brindarle apoyo. Bae lo ayudó a recargar su peso contra la pared más cercana, inclinándose frente a él.
-¿Cómo te llamas, chaparro? –preguntó Baedan mientras le examinaba el rostro magullado.
-G-Gideon –el aliento aún no lo recuperaba del todo, y sinceramente respirar profundamente dolía.
-Bien Gideon, pues creo que sobrevivirás. –declaró Bae, tratando de animar un poco a Gideon -¿Vives cerca? Tal vez pueda acompañarte.
-Sí. Gracias. –Gideon probó erguirse sobre ambos pies, una vez que se sintió más estable, comenzó a caminar. –Vivo sobre la biblioteca.
-Bien, pues vamos.
Caminaron en silencio por un rato, Bae caminó a su lado con las manos en los bolsillos, dirigiéndole una mirada de vez en cuando, mientras Gideon caminaba con la cabeza baja, la mirada fija en sus pies. El dolor en el estómago había pasado y ya podía respirar sin dolor, pero sentía un ligero ardor en la mejilla y la antigua herida sobre su ceja. Bae no pudo evitarlo más, preguntándole por que le perseguían aquellos niños, Gideon no le dio una respuesta, simplemente se encogió de hombros.
-De acuerdo –concedió Bae –Te acabas de mudar, ¿cierto? –Los lugareños no eran muy abiertos a extraños, Bae sabía por experiencia propia. Gideon se limitó a asentir. – ¿Siempre te molestan esos tres?
-Sólo los viernes –murmuró. Bae asintió para sí.
-¡Vaya! Hoy fue un trato especial, entonces. –Gideon no dijo nada -¿Siempre caminas a casa? ¿No debería alguno de tus padres pasar por ti? –expuso sus pensamientos sin pensarlo, después de verlo, Bae no pensaba que el chico tuviera más de 7 años.
-Debería tomar el autobús. Pero… ahí también estarían ellos.
-Claro, y correr por las calles es más seguro a que te arrojen por una ventana de autobús –Bae dijo ligeramente, para su sorpresa, Gideon soltó una risa lastimera, entonces él tomó una decisión, una extraña decisión –Pues yo siempre camino a casa.
Gideon al fin alzó la vista del suelo, volviéndose a verlo, confundido.
-Si estás dispuesto a esperar algunos días hasta que salga yo de la escuela, podría pasar a buscarte –dijo Bae, mirando hacia enfrente, encogiendo un poco los hombros, para restarle importancia – Y caminar juntos a casa.
Arriesgó una mirada hacia el pequeño que caminaba a su lado, Gideon había vuelto la mirada al suelo, con el ceño un poco fruncido, finalmente lo vio asentir lentamente, antes de que alzará la vista de nuevo, las comisuras de sus labios se alzaron en una aliviada sonrisa –Sí, puedo esperarte.
N.A: Fresón: Petulante, orgulloso, presumido. Fatum: Hada en Latín.
