A name.
Bae pasa la tarde en la tienda. Belle visita en orfanato. Y después de todo, necesitamos un nombre.
-¡Por todos los cielos, Baedan! –estalló Gold, azotando las manos sobre la su mesa de trabajo, llevándoselas después a la cabeza, mientras comenzaban a sonar los acordes de Before I forget desde el teléfono de su hijo- Acaba ya con ese ruido infernal, contesta, apaga el teléfono ¡Lo que quieras pero ya, por favor!
Bae deslizó el dedo por la pantalla una vez más, había pensado en poner el aparato en mudo después de que sonara por quinta vez, pero se había olvidado al enfrascarse en sus deberes escolares. Al final, después de almorzar, se había hecho espacio en un extremo de la mesa de su padre para ponerse a hacer los deberes y compartir la tranquilidad de ese lunes con él.
Además, Jefferson no podría encontrarlo aquí. Sería el último lugar en que lo buscaría.
-Perdón –se disculpó en voz baja, enmudeciendo su celular y guardándolo en la mochila.
-¿Quién te busca con tanta insistencia y por qué no quieres contestarle? –Bae desvió la mirada. Lo que provocó que la sospecha en su padre sólo aumentara. -¿Bae?
-Es Jefferson.
Gold soltó una carcajada. Su hijo se encogió en sí mismo con incomodidad y molestia. Jefferson insistía en forzar a Bae a correr tres veces por semana y a hacer ejercicios de "reafirmación" los dos días restantes de la semana, a excepción de sábado y domingo. Pero Baedan Gold era de naturaleza perezosa y glotona. Naturaleza que no compartía con su padre.
-Sí, claro. ¡Anda, búrlate! –exclamó el chico lastimeramente, rodando los ojos hacia el techo y cruzándose de brazos.
-Lo siento, m'boy –su padre aún conservaba el brillo burlón en los ojos, a pesar de que trataba de conservar un gesto inexpresivo. –Puedes culpar a los genes de tu madre.
-¿Qué crees que hago cada que Jefferson nos encierra en el gimnasio?
Gold se sonrió. Cada martes y jueves Jefferson arrastraba, literalmente, a su hijo a su mansión para "ponerlo en forma". Claro, Jefferson sabía que era más fácil obligar a Baedan a hacer ejercicio que a limitar sus alimentos, aunque igual también eso intentaba, sin mucho éxito.
No recordaba una época en la que él mismo hubiera tenido que preocuparse por su apariencia. Siempre se preocupó más bien por comer algo, qué podía importar si se veía gordo o delgado, cuando se tenía el estómago medio vacío. Consciente estaba que era lo más lejano a alguien atractivo, con su nariz larga y torcida, sus mejillas huesudas y siendo tan flaco como un espagueti. Milah siempre se había burlado vilmente de lo bajo que era o lo delgado de su cuerpo. Eso no la detuvo de casarse con él, claro, aunque fuera forzados por las circunstancias que se les presentaron en ese entonces.
-Por cierto –comenzó Bae, con tono recriminatorio, interrumpiendo su línea de pensamiento –Gracias por avisarme lo de la camiseta ésta mañana –Gold se sonrió una vez más, travieso –Por poco y pasaba vergüenzas en la escuela. –terminó Bae con sarcasmo.
-Jajaja, hijo, yo te lo dije antes de que salieras. Traes la camiseta al revés, tú pensaste que la traías volteada –se explicó su padre elocuentemente–cuando la volteaste y te la pusiste, de menos ya no la traías al revés.
-Ja-ja claro, ¿y no podías haber sido más específico?
Gold se encogió de hombros -Llevabas mucha prisa. –Se sonrió de medio lado, mirando a su hijo con gesto afectivo. En ese instante el teléfono de Gold sonó, sin mucho pesar lo sacó del bolsillo interior de su chaqueta y contestó. La voz frenética de Jefferson se escuchó al otro lado de la línea.
-Hola, Jefferson.
"¡Gold!" Exclamó Jefferson con alivio para después volver a romper en mil y un palabras que Gold no lograba descifrar.
-Jefferson, respira… ¿Jefferson?... escucha.
"No escucha tú." Cortó Jefferson, dando una ligera pausa, mientras recuperaba un poco de aliento "Es Baedan. No contesta, faltó a su última clase y no está en casa, Grace no lo vio después de platicar con él en el pasillo por la mañana, y según tus vecinos, no lo han visto, nunca llegó a casa, ya lo busqué con August y Grace llamó a casa de los Nolan, ¡Incluso buscamos a Morraine! Fui al hospital y también a la comisaria, Ruby tampoco lo ha visto"
-Jefferson. Espera, me estás diciendo que lo has buscado en todos lados… -comenzó Gold, al repasar todo lo que le decía, él otro lo interrumpió:
"¡Sí, y nadie lo ha visto en todo el día!"
-…Menos en la tienda –terminó Gold con sorna, la voz de Jefferson se detuvo en seco. Lo obvio de la situación se le había escapado. ¿Por qué no lo había buscado en la tienda? Bae por su parte hacía espavientos a tu padre, rogándole que no lo vendiera a Jefferson. Te lo suplico, no. Vocalizaba Baedan a su padre, juntando las manos en señal de plegaria.
"Está contigo, ¿cierto?" preguntó Jefferson con voz contenida.
Gold se sonrió de medio lado, viendo el brillo malicioso y travieso en los ojos de su padre se creyó perdido. Su padre lo entregaría a Jefferson y ahora tendría que irse a correr por los caminos del bosque con él y probablemente lo castigase con una larga rutina de pesas durante la semana.
-No, pero llamó por la tarde. Dijo que subiría a la cabaña –Bae alzó la vista mirando a su padre mentir fríamente, con voz serena, clara y asertiva –Algún proyecto en el que necesitaba trabajar sin distracciones.
"¿Por qué no me lo dijo? Pudo haber llamado." Dijo Jefferson con voz dolida. "He intentado llamarle y todas mis llamadas terminan en el buzón."
-Deberá estar ocupado – Lo consoló Gold -lamento que su poco tacto te haya puesto en esta situación de alarma. En unas horas iré a buscarlo. Por supuesto, una buena reprimenda y disculpa están en orden.
Gold colgó antes de que Jefferson pudiera decir algo más. Bae miraba a su padre con la boca abierta. Acababa de salvar su perezoso trasero. Así sin más, había mentido a Jefferson y minimizado la tragedia dramática que su histeria había creado en base a la supuesta desaparición de su escurridizo hijo.
-Faltaste a clase. -dijo Gold con voz severa. Dejando el teléfono sobre la mesa, volviéndose a mirar a su hijo, que se había quedado congelado en su lugar, con un dejo de miedo en la mirada. Se volvió en su silla hacía él, con las manos apoyadas en las rodillas mirando fijamente a Baedan a los ojos. Él sólo atinó a asentir, agachando la cabeza sin poder apartar los ojos de los de su padre.
La mirada dura de su padre pesaba sobre él como una tonelada de ladrillos, pero cuando el destello de decepción se asomó en sus pupilas, ese peso cayó sobre él oprimiéndole el pecho.
-Papa –comenzó Baedan, sin saber realmente qué decir ¡A quién engañaba! Se había salido de la escuela sólo por gusto, por hacer cosas que él consideraba de mayor importancia en ese momento. No tenía una razón real. Gold clavaba sus ojos en él, que no pudo más que resoplar derrotado –No tengo una excusa, papa –dijo Bae con sinceridad –Simplemente no quise entrar a la clase Química. Ni a la clase de arte con Jeff.
Gold miró a Bae intensamente. Estaba por darle la reprimenda de su vida a su hijo. Entonces él inclinó la cabeza preparado para ello, aceptando su error en silencio, de repente se vio a sí mismo, en la misma posición, hincado en el suelo mientras su padre soltaba ebrios improperios y golpes sobre él. El recuerdo se fue igual de rápido como vino. Gold se inclinó sobre su hijo, tomándolo suavemente del hombro y acariciando su mejilla, le alzó el rostro.
-Entiendo que es tu último año –Dijo con voz llena de ternura. –Sé que ya te sientes fuera de la preparatoria. Pero recuerda que cada lección es valiosa. –Baedan lo miró desconcertado –Aún la más pequeña. Incluso si es impartida por Jefferson Hatter. -Bae se sonrió un poco. Su padre tenía razón, por supuesto que la tenía. Pero eso no cambiaba lo hecho. -¿Qué hiciste durante ese tiempo? Porque aquí llegaste a mucho después que yo. –examinó Gold, haciendo recuento de las horas. -¿Dónde te metiste?
Baedan se encogió de hombros, un poco más tranquilo, le contó la verdad a su padre. –Necesitaba revelar una película. Algunas cuántas fotos para el anuario están ahí. El resto caminé a casa y luego encontré al pequeño Gideon.
Gold asintió. De acuerdo, al menos no ha mentido. Pesó para sus adentros, además se veía franco al compartir lo que había hecho aquél día. Era su último año en preparatoria, era importante asistir a esas últimas clases, a pesar de que puedan sentirse aburridas. Aunque reconocía el mismo desinterés en sí mismo. Aunque no precisamente en la escuela. Sacudió la cabeza antes de que los recuerdos de su vida en Glasgow con su padre se asomaran al presente.
-Preferiría que eso no se repitiera, hijo. –le dijo relajando los hombros y poniendo una de sus manos sobre la mesa, estirando la otra para tomar a su hijo por el hombro –No quiero que Mal me llame a la dirección por otra razón que no sea referente a un alumno temiendo entrar a mi clase, pensando que lo mataré por no llevar la tarea.
Bae se sonrió ante la pequeña chanza de su padre. Poniendo una mano sobre la que su padre apoyaba en su cuerpo. –De acuerdo, papa. Aunque… -comenzó lentamente Bae, recordando su acuerdo con Gideon –Si me veo en la necesidad de hacerlo…
-¿Por qué tendrías la necesidad de hacerlo? –cuestionó su padre frunciendo el ceño ligeramente.
Bae torció la boca en un gesto similar al de su padre cuando temía decir la verdad de las cosas. –Pues… creo que… de hecho… hice una especie de… pacto.
-Un pacto.
-Sí.
-¿Con quién? –inquirió Gold con interés. Bae se tomó un momento para responder. Su padre no parecía pensar en nada en ese momento, su cuerpo entero expectante a lo que dijera a continuación. Para él los acuerdos y pactos eran asuntos inquebrantables, se podían modificar, diversificar o distorsionar, pero nunca violar.
-Con Gideon, papa.
-¿El chico que golpearon? –Preguntó él -¿Qué tipo de acuerdo pudiste hacer con él?
Bae pensó en el pasado, en el que él era maltratado, de igual o peor manera. Aquél pasado en el que tenía pesadillas, de miedo a ir a la escuela al día siguiente, un pasado con su padre tremendamente ocupado, viajando de Nueva York a Boston y de Boston a Storybrooke, en el que su madre no creía que en su escuela pusieran motes, dijeran mentiras sobre su familia, o lo golpearán y si lo hacían no debía ser tan grave ya que no le llamaban la atención a esos otros niños, y él salía sin una herida significativa, hasta el día en que su madre se fuera tras "Jones, del bar" y la fama de su padre se tornara más escandalosa de lo que ya era. –Uno importante, papa. Para él y para mí.
Gold lo observó un momento, sopesando el tono decidido de su hijo. –Quisiera saber de qué se trata este… pacto suyo, si no te importa.
-Le prometí acompañarlo a casa después de la escuela. –Dijo Bae rápidamente –Sé que no puedo evitar que lo lastimen dentro de la escuela, pero al menos quisiera que lo que presencié hoy no se repita.
-Bueno, debo admitir que es un lindo detalle de tu parte, hijo. Al menos caminar seguros a casa, a todos nos gustaría eso. Pero ¿dónde vive? No te desvía mucho de casa, ¿no? –preguntó Gold, cediendo a la curiosidad. Además, un ligero cosquilleo en las profundidades de su memoria, el nombre le era conocido. Entonces vino a él, apenas el viernes pasado había presenciado como golpeaban a un chico, en uno de los callejones cercanos a la zona en que se encontraban las escuelas.
-Bueno, en realidad no. –Decía Bae mientras su padre de levantaba de su lugar e iba hacia una de las mesas tras de él en las que se atiborraban un sinfín de chucherías. -Me queda de camino. -Gold removía y removía entre los tesoros ahí dispuestos, buscando -Por el camino largo, pero de camino de todos modos. -Baedan observaba a su padre ir y venir entre cachivaches y su curiosidad pudo más que él. -Papa, ¿Qué buscas?
Él no contesto inmediatamente. Al fin, debajo de otros pesados volúmenes encontró lo que buscaba: el libro que aquel chiquillo había dejado tras de sí. Había guardado el tomo para regresarlo. Pero el libro no tenía señal alguna sobre a quién pertenecía. Salvo por un pequeño trazo en tinta china que aparecía en las primeras hojas del libro.
-Esto –exclamó Gold, regresando a su silla extendiéndole el libro a Bae –Creo que le pertenece a tú pequeño amigo.
Bae tomó el volumen, examinando la portada. No era un libro que esperas encontrar en manos de un niño de la edad de Gideon, él no conocía el título, pero se le antojaba que fuera uno de aventuras épicas. -¿De dónde salió esto, papa?
Gold se reclinó en la silla, paseando la mirada entre su hijo y el libro, relató lo sucedido el viernes de la semana pasada, describió al pequeño que había encontrado siendo abusado ese día, Bae no tuvo duda que se trataba de Gideon.
-Si lo encontraste ahí, seguro es de Gideon. –dijo regresándole el libro a su padre. Gold negó con la cabeza.
-Tómalo –le dijo –Debe ser devuelto, después de todo.
Bae asintió. Tomando el libro y guardándolo en la mochila. –O podría pasar a la biblioteca a dejarlo.
-¿La biblioteca? –Se extrañó Gold –El libro no tiene sello. No pertenece a la biblioteca. Además, el lugar aún no abre.
Su hijo soltó una sonora carcajada. –Ahí vive Gideon, papa. –explicó Bae, Gold frunció el ceño. Ante el silencio de su padre, Baedan no pudo más que reír más fuerte. –Es hijo de tu nueva inquilina. Pensé que lo sabrías.
-¿Yo? –Gold no salía de la extraña sorpresa que lo invadía, algo frío recorrió su espalda cayendo a su estómago como plomo. ¿Miss French tiene un hijo? ¡Miss French tiene un hijo! Ahora entendía el plural en sus cartas y correos electrónicos. Ciertamente, nunca cruzó por su cabeza un hijo, una mascota tal vez. Más no un hijo. ¿Cómo un hijo? Se dio una sacudida mental.
-¿Acaso no lo conociste el día que fuiste a presentarte? –Su padre negó con la cabeza lentamente, perdido en pensamiento. –Tendría que haber estado ahí.
Vagamente recordaba que Miss French se encontraba hablando con alguien cuando él llegó, pero nunca vio a nadie más en el departamento, sólo a ella. Trató de recordar la disposición del pequeño departamento sobre la biblioteca, pero nada ahí delataba la presencia de un niño. Rara coincidencia es el hecho de que tanto él como su hijo habían conocido al pequeño hijo de la bibliotecaria en situaciones similares.
-Me temo que no. –Negó Gold rotundamente. –Esa noche sólo conocí a Miss French.
-¿Nunca mencionó a su hijo? –repuso Bae, extrañado.
-No era una visita social Beadan. Simplemente dejamos en claro algunos puntos sobre la renta del lugar. –dijo cansinamente.
-Gideon me contó muy poco de él –comenzó Bae. –Y nada de su madre. Me inquieta no saber cómo ayudarlo, papa.
Gold miró a su hijo con una media sonrisa. Bae tenía un corazón de oro. Quien lo conocía podía volcar su total confianza en él sin reparos. Obviamente hasta que se daban cuenta de que era su hijo, entonces decidían dejar de buscarlo, cortaban lazos de tajo y lo evitaban siempre que podían. Pero Bae nunca los culpaba, ni siquiera a él. Ignorancia, papa. Decía él. No lo tomo personal. Y verdaderamente no lo hacía. No los justificaba, pero tampoco les recriminaba nada.
-Creo que debes tener cuidado, Bae. –Dijo con aspereza su padre –Muchas veces ayudas más haciendo menos. Sólo asegúrate de que su madre sepa tus intenciones y que no sepa que eres mi hijo.
Bae se molestó inmediatamente. -¿Por qué?
-Bae…
-¡No, papa! Nadie debería importarle si soy hijo tuyo o no.
-Bae… sólo… -Gold tenía extendida una mano tratando de calmar la furia defensora de su sangre –Que sepan que pretendes proteger al pequeño. No dejes que lo que pueda ocurrir entre los mayores le afecte.
-Papa –dudó Bae un momento, ¿De qué hablas? ¿Acaso en tu primer encuentro has logrado que a la señorita French le desagrades? -¿Sucedió algo más que no me dices?
-Baedan –Gold soltó un resoplido, un tanto derrotado. Lo mejor sería contarle a su hijo como habían quedado las cosas entre él y Miss French, para que estuviera preparado para todo, tanto la gratitud de la mujer como la desconfianza y probable furia al saber su parentesco –Hay ciertas cláusulas en el contrato de arrendamiento que no han sido bien abordadas por la Regina y ello pudo haber molestado a miss French.
Bae miró a su padre confundido -¿A qué te refieres? –Él recapacitó por un momento –No entiendo.
Gold volvió a soltar un suspiro, pensando la mejor manera de explicar lo sucedido noches atrás. –Verás Bae, Regina y yo hicimos un acuerdo para poder reabrir la biblioteca –Bae asintió. Todos lo sabían. Había sido una promesa de campaña de Regina Mills y el anuncio de la próxima apertura había emocionado a la población. –En ese contrato, se acordó que la alcaldía sería responsable de pagar el alquiler del encargado o bibliotecaria que llegara a ocuparse de la biblioteca. Pero sólo por tres meses. Al parecer, Regina dio por sentado que cumplidos los tres meses el alquiler dejaría de ser problema. Ambos sabemos que eso no pasará.
-No logro entender el problema, papa.
-Regina dio a entender a nuestra nueva inquilina que la renta de la biblioteca incluía la del departamento.
La luz del entendimiento iluminó el semblante de su hijo. Quién se sonrió en un principio para luego fruncir el ceño.
-Pero… no es culpa de la señorita French, papa. Ella no sabía.
-De hecho –interrumpió Gold –Lo sabía, solo no lo interpretó de la manera correcta. –No pudo evitar la mezquina sonrisa de autosuficiencia que estiró sus labios.
-¡Argh, papa! –Bae sabía que su padre disfrutaba de jugar con las palabras en sus contratos, de manera que obtenía la ventaja en ellos, pero no quería decir que él lo aprobara.
-Son, las palabras están ahí.
-Lo sé, pops. Pero… es sólo que… a veces no es justo.
Se miraron por un momento, deseando poder entender al otro. Bae no lograba comprender el deleite de su padre en hacer caer a sus inquilinos y clientes en sus lagunas legales. En sus pequeñas armas sutiles como las llamaba él. Mientras su padre no sabía cómo su propio hijo no encontraba la belleza de un contrato bien redactado.
-Miss French y yo llegaremos a un nuevo acuerdo en los próximos días. Prometí respetarle el convenio acordado con la alcaldía. Sólo deberá pagar la mitad del alquiler.
Gold se encogió de hombros, con indiferencia. Bae lo miró con intensidad, duda y cierta perspicacia. Su padre gustaba de modificar tratos, acuerdos y convenios, pero siempre eran acuerdos viejos, esta vez modificaría uno nuevo, para un inquilino nuevo, que además significaba poca ventaja para él. No quiso indagar más, no quería que su padre perdiera la convicción que tenía de cobrar un alquiler incompleto. Sólo se sonrió, con un deje de orgullo.
-¡Vaya! En verdad debe ser hermosa. –Pensó en voz alta.
-¡Baedan!
-No papa, lo siento. Es sólo que… -Bae intentó buscar las palabras para disculpar su desliz – ¿Sabes qué? Olvídalo. Sólo… sigue con la idea que ya tienes. Respeta tu promesa.
-Sabes muy bien, lad, que nunca dejo que nada se interponga en mis negocios.
-Lo sé, papa. Se me fue la lengua. –Se disculpó Bae una vez más.
-A veces pienso que pasas demasiado tiempo con Jefferson. –señaló Gold. La pizca de humor en su mirada y su cambio de postura drenando el tema para otra ocasión. –Cómo sea, ve que ese libro llegue a manos de tu amigo, asegúrate de que su madre esté al corriente de tu pacto con él y no vuelvas a faltar a clases –enlistó su padre, mientras volvía a su trabajo no sin antes agregar –Por favor.
-De acuerdo, papa. –Prometió él. Retomando sus deberes escolares.
-Y para la próxima – siseó su padre con tono frío y concentrado en la maquinaria de la caja de música frente a él una pequeña pinza en su mano y una lupa en frente su rostro -no te cubriré con Jefferson.
La mañana había transcurrido tranquila. Gideon se había ido a la escuela con un aire diferente, confiado, ansioso y seguro, lo cual la alegraba de sobremanera. Su hijo siempre había adorado la escuela; desde que iniciara su corta estancia en el jardín de niños, cuando fue promovido un par de grados adelante por esa inmensa curiosidad que lo impulsaba a querer conocer más. Era evidente para ella que aquello había sido callado en su hijo al llegar a Storybrooke, porque aunque lo hubieran aceptado en el segundo grado en la Primaria era notorio que añoraba esa hambre de saciar su curiosidad, la libertad de buscar el conocimiento que deseaba, eso que la seguridad daba. Belle agradecería a ese chico, Baedan, por regresarle eso a su hijo. Algo que ella, aun no lograba, pero que no dejaría de buscar una manera para aplacar las agresiones de esos Niños Perdidos.
La noche anterior, mientras cenaban, Gideon había relatado lo sucedido camino a casa. Había sido atacado una vez más, pero Baedan había venido en su rescate y prometido acompañarle camino a casa. La vergüenza había aprisionado su pecho. ¿Qué pensaría de ella este chico? ¿Pensará que soy mala madre? ¿Qué no puedo hacerme el tiempo de ir por mi hijo a la escuela? Tendría que conocerlo al día siguiente, para agradecerle la atención hacia su pequeño hijo, esperando que el chico no pensara lo peor de ella.
Sin embargo, ahora era momento de dirigirse con paso firme hacia la parada de autobús para llegar al convento que se encontraba a las afueras. El camino no era largo, en realidad podía irse caminando, pero Belle prefería usar su aliento en buscar soluciones que en caminar kilómetros hacia la orilla del pueblo.
-Señorita French –Belle se giró sobre sus talones torpemente al escuchar el llamado, para encontrarse cara a cara con la alcaldesa Mills. Regina Mills era una mujer joven de tez blanca y cálida, labios rojos y ojos grandes. Llevaba el cabello medio corto y vestía una falda en tubo color negro brillante a juego con una camisa azul rey, saco y abrigo. La mujer caminaba hacia ella, manos en los bolsillos, blandiendo una feroz sonrisa.
-Oh, alcaldesa Mills, ¡Buen día! –Saludó con voz vigorosa, sonriéndole abiertamente, sin duda pintaba para ser un buen día –Lo siento mucho. –La sonrisa de la alcaldesa Mills fue desapareciendo mientras la confusión se abría paso, hasta que alzó una ceja sarcástica –Lo de nuestra reunión, quiero decir. –Agregó ella rápidamente, dándose a entender –No fue mi intención faltar. Solo necesitaba arreglar un asunto en la escuela.
-Sí, escuché que a su hijo le está costando adaptarse en la escuela –respondió la alcaldesa agitando una mano despectivamente para restarle importancia –Los niños son algo simple, un día se pelean a muerte y al siguiente son inseparables amigos del alma.
Belle entendía a lo que se refería la alcaldesa, de verdad no quería contradecirla, pero ella sabía bien que ese no era el caso de los chicos que la habían tomado contra su hijo. Las situaciones ocurridas en las últimas semanas habían sido alarmantes cuando Gideon se las dio a conocer. Pero lo sucedido el día anterior, había dejado a su hijo no sólo mallugado, Belle temía que tuviera alguna fractura en sus costillas. Gid se seguía quejando un poco en la mañana, por lo que ella había decidido llamar al hospital, acordando una cita para revisión por la tarde, irían a ver al doctor y saldría de dudas.
Belle sabía que la capacidad de Gideon para hacer amigos no era grandiosa, pero tampoco nula. En Nueva Jersey habían dejado atrás a su padre y su abuela. Gideon además había perdido a su mejor amigo, Roderick, quién se había mudado de vuelta a Gales un año atrás. Había sido una decisión inmediata cuando llegó la llamada en que le ofrecieron el trabajo en Maine. Aunque su padre no lo había entendido al principio:
"Pero pumpkin ¿para qué se van a ese lugar? ¿Acaso no tienes todo aquí?" había dicho su padre cuando soltó la noticia en su visita dominical a casa de la abuela Rosie.
"Sí, papá. Pero es una gran oportunidad, aquí nunca conseguiré una biblioteca. Pequeñas librerías está bien, con eso alimento a mi hijo, pero quiero algo más." Su padre la había mirado con profunda tristeza. "Necesito más."
-Señorita French –la voz de la alcaldesa la trajo de vuelta al presente –Quisiera pasar a la biblioteca antes de la inauguración de este viernes.
-¿Viernes? –Exclamó sorprendida –Pensé que sería el sábado.
La alcaldesa la miró con sorna, torciendo la boca –No podemos obligar a las escuelas a ir en sábado, señorita French, no sea ridícula. Será el viernes. –Dijo con tono punzante –Como decía, iré el jueves, todo debería estar terminado ya para entonces, quiero estar segura de que la inauguración será un éxito rotundo.
-Sí, todo debería estar listo. Hoy repartiremos los afiches por la ciudad.
-¿Hoy? –Dijo con tono incrédulo y molesto –Señorita French esos afiches tendrían que haber sido colocados hace una semana.
-Mil disculpas, alcaldesa, pero no me los entregaron hasta ayer –repuso Belle con voz segura. Regina frunció los labios, en una mueca berrinchuda, ante su respuesta. Alzando una vez más la ceja la miró de arriba abajo.
-El jueves, señorita French, espérenos al medio día.
Dicho esto, la alcaldesa levantó las solapas de su abrigo y continúo su camino. Belle la siguió con la mirada un momento, el rostro inexpresivo, respirando profundamente para no dejar que la ligera rabia le calentara la cabeza, no le convenía meterse en problemas con su jefa directa, a pocos días de iniciar el trabajo. La alcaldesa era un poco cabeza dura pero no era imposible de tratar y Belle podía comprender que el hecho de ser una joven mujer pesaba mucho en ella y buscaba imponer su poder, para convencer a sus detractores.
El autobús no tardó mucho en pasar. Belle subió en él buscando un asiento vacío para disponerse a esperar a que se llegara su parada. Pasó una buena hora de viaje hasta que eso ocurrió. Miró su reloj y ya pasaba del medio día. Se dirigió hacia el convento, era una corta caminata desde la parada de autobús hasta el lugar en sí. Belle aseguró su abrigo alrededor de sí, el viento era una pizca más frío que en el pueblo y también soplaba con más fuerza. Subió los escalones hacia la puerta principal del lugar y llamó.
Pasaron unos minutos para que le abrieran, una vez expuso su asunto a la Hermana que había abierto la puerta, la invitaron a entrar, guiándola hacia la oficina principal, dónde la Madre Superiora la atendería. Belle la siguió por estrechos pasillos, de vez en cuando eran alcanzadas por niños y jóvenes corriendo, haciéndolas caminar muy pegadas a la pared.
-Espere aquí por favor –dijo su guía, señalando una pequeña banca dispuesta contra la pared –La anunciaré.
Belle asintió sentándose en silencio. Mientras la mujer se adentraba a la habitación con paso firme y sin mirar atrás. Pasaron algunos minutos antes de que regresara y sosteniendo la puerta para ella la invitara a entrar. Belle pasó a su lado, agradeciéndole el gesto, una vez dentro paseo la mirada rápidamente por la habitación, hasta posar la mirada en la Madre Superiora.
Estelle Gormain no era lo que ella esperaba. Siendo sinceros, Belle esperaba una mujer de edad avanzada, envuelta en su hábito y con un gran rosario en su cuello. Por el contrario, la Madre Superiora encargada de éste convento y orfanato no tendría más de cuarenta años y se la veía con un bello redondo y rebosante de vida. Una mirada llena de tierna caridad y sonrisa amable.
-Buen día, señora French –saludó ella cordialmente invitándola a sentarse frente el escritorio detrás del cual ella se encontraba de pie. –Me ha dicho la Hermana Julia que necesita hablar conmigo respecto a su hijo.
Belle asintió, respondiendo su saludo y estrechando su mano antes de sentarse. –Así es.
-Es una pena –dijo la mujer con cara de pesar y mirándola de forma severa –Pero estoy segura de que le podremos encontrar un buen hogar.
Ella parpadeó sorprendida. -¿Disculpe?
-Dígame, ¿el padre sabe?
-¿El padre? –repuso confundida. ¿Pero de qué padre me habla?
-Sí, ¿lo sabe él? –La cara de Belle debía ser de completa confusión ya que la mujer agregó prontamente –No se preocupe, somos muy discretas. Sabemos cómo las parejas de hoy en día prefieren no tener hijos. Lo cual es triste, porque muchos querubines no logran encajar en sus nuevos hogares. Dígame ¿cuándo es su fecha estimada?
-¿Mi fecha…? No estoy embarazada.
El rostro de la mujer se ensombreció. -¡Oh! Ya no es un infante, ya veo. –soltó un furioso resoplido. –Intento no juzgar a las personas, señora French, pero en casos como éste no puedo evitar sentirme reticente a aceptar a un niño ya crecido cuando veo que la situación de calidad de vida no es un problema. Como es claro en su caso –dijo lo último señalando su apariencia.
Belle rio por la nariz sin poderlo evitar. Ésta mujer no quería juzgar, ¡JA! Sin embargo había brincado a asumir que ella estaba ahí para dar en adopción a su hijo. Observó cómo la mujer se preparaba para reprocharle algo más, ella alzó la mano para poder hablar.
-Discúlpeme pero creo que ha habido una confusión. –Dijo con voz medida –No he venido a dar en adopción a mi hijo. Ni a adoptar –agregó cuando la mujer abrió la boca nuevamente. –He venido buscando a quien tenga autoridad sobre un grupo de niños llamados los Niños Perdidos. –Estelle la miró alzando las cejas con ligera sorpresa –Específicamente de James Fatum.
La mujer asintió. –No nos gusta que llamen así a nuestros chicos. –dijo con los labios fruncidos –Pero ha venido al lugar correcto, James es uno de nuestros protegidos. ¿Qué sucede con él?
Belle respiró profundamente –Verá, mi hijo y yo nos hemos mudado recientemente a la ciudad, él asiste a la escuela primaria junto con James, Peter y Scott. –la mujer asintió nuevamente, mirándola mientras hablaba reclinada en su silla con las manos entrelazadas sobre su regazo –Mi hijo ha sufrido de algunos abusos importante, lo llaman con motes, le molestan e incluso lo golpean y sus chicos son los responsables.
-¡Es imposible! ¡Nuestros chicos nunca harían algo así! –Exclamó la Madre Superiora llevándose una mano a la cabeza y otra al corazón –El hecho de que no tengan padres no les da derecho a acusarlos de tal atrocidad. Aquí les educamos a vivir en Gracia de Dios y a seguir sus Mandamientos. Es imposible que sean nuestros chicos.
-Y sin embargo mi hijo y las heridas infringidas a su persona me dicen otra cosa.
-¿Está segura que son nuestros chicos? Es más, ¿está usted segura que su hijo le dice la verdad?
Belle se sintió ofendida. –También yo he educado a mi hijo para ser una persona honesta, Madre Superiora. Por lo que confió enteramente en su palabra.
-Esto es asunto escolar, señora French. ¿Ya acudió a hablar con la directora? No hemos recibido reporte alguno.
-Primero que nada –dijo Belle un tanto molesta –Soy señorita French. No estoy casada. Segundo, sí asistí a la escuela para solucionar esto, pero me ha dicho la directora que no puede hacer nada, ya que estos asaltos a mi hijo han sucedido fuera de la jurisdicción de la institución.
-Señorita French, me temo que necesitaremos pruebas de lo sucedido. No podemos proceder a nada, sólo porque su hijo asegura que tal o cual cosa pasaron, acusando a mis niños de ser los culpables. –Belle venía preparada para aquello. Tomó su bolso y sacó su celular, rebuscó en su galería de imágenes y le tendió el aparato a la Madre Superiora, quién lo tomó, observando las imágenes con mala cara –Bien, las lesiones son reales. Pero ¿qué le hace pensar que fueron James, Scott y Peter?
Belle respiraba profundamente, calmando su ferocidad de madre, se trataba esto de llegar a una solución, no de discutir con quienes podían ayudarla a controlar esta situación y a que no se repitiera. –Eso es lo que me ha dicho mi hijo.
-Seguimos dependiendo de lo que dice un infante. –repitió la mujer, devolviendo el móvil a sus manos –No puedo tomar medidas en esto si no tenemos seguridad de que han sido ellos. Confrontaré a los tres chicos cuando regresen de la escuela hoy. Si de verdad lo están haciendo debe existir una razón. –Belle la miró con intensidad –Si lo que dice su hijo es verdad le aseguró que tomaremos las precauciones necesarias, serán reprendidos y por supuesto ofrecerán sinceras disculpas a su hijo. Pero –añadió con énfasis –Si no es así. Me gustaría que su hijo sea quien se disculpe y explique, por qué acusar a mis chicos de tales conductas.
Belle no quedó tranquila pero supo que no obtendría nada más. Sólo le restaba buscar la ayuda de Baedan, Gideon había dicho que él le había sacado a los niños de encima. Si estaba dispuesto a acompañarlos al orfanato en la semana, tal vez podrían zanjar este asunto definitivamente.
-Si no fuera verdad lo que dice mi hijo, le aseguro que no estaría aquí. –dijo Belle mirando a la Madre Superiora directamente a los ojos, levantándose de la silla –Pero cuente con ello, si en verdad James no es quien está aterrorizando a mi hijo, obtendrá nuestras más sinceras y apenadas disculpas. Buen día.
La Madre Superiora la miró con recelo, mientras ella se ponía en pie y desfilaba fuera de aquel despacho rápidamente.
"… así estarás seguro mientras yo salgo. Avisa a tu madre también." La línea murió. Gideon miró el teléfono que tenía en la mano. Bae salía hoy más tarde. "Sólo una hora" había dicho. Tomó su mochila y salió del aula vacía, encaminándose a la biblioteca de la escuela, como le habían sugerido. Ahí se dispuso a esperar, en compañía de Harry Potter. Mandó un mensaje a su madre, haciéndole saber que esperaría en la escuela a que saliera Bae para regresar a casa. Ella le contesto con un De acuerdo, cuídate mucho.
Retomando la lectura dónde la había dejado aquella mañana durante el receso, Gideon se dejó adentrar en aquellas páginas. Su madre le había hecho esperar mucho tiempo para leer aquella saga. No porque no le gustara, a su madre le fascinaban esos libros, pero dijo que prefería que primero leyera algo más clásico. Pero la curiosidad lo mataba. Las películas las había disfrutado horrores a pesar de que su madre aun no le permitiera mirar las últimas tres.
Cuando esa mañana había entrado en la biblioteca llevaba la segura intención de leer algo de Julio Verne, pero en su camino había pasado a lado de un par de mesas y sobre una de ellas se encontraba el primer libro de la saga. Cambiando así su sed de ciencia-ficción por fantasía, había devorado los primeros cuatro capítulos cuando la campana que anunciaba el fin del recreo resonó por la escuela. Con cierta aflicción, dejó el libro sobre la mesa en que lo había encontrado.
Pero ahora tenía oportunidad de continuar con su lectura. Estaba tan inmerso en ella que no se dio cuenta de la llegada de Baedan, hasta que este se sentó a su lado para espiar lo que leía.
-Harry Potter ¿eh? –dijo quitándole el libro de las manos –Son buenos. ¿Te lo llevarás a casa?
Gideon negó con la cabeza. –No, mamá no quiere que los lea aún. –Bae lo miró alzando una ceja.
-Es decir, que la estas desobedeciendo ahora mismo. –su pequeño amigo se encogió de hombros.e
-No pude evitarlo.
-¿cómo te sientes hoy? ¿Qué hay de esos chicos? –preguntó Bae, mirando el nuevo parche que adornaba su frente.
-Amm, esto bien. Hoy traté de no estar solo, tu sabes –Gideon dudó un momento, mirando hacia el libro apoyado en su regazo –Mamá me llevará al hospital hoy.
-¿Al hospital? –exclamó Bae con consternación.
-Sí, quiere asegurarse de que no tengo nada rotado.
-¿Rotado? ¡Oh, Roto! –Corrigió él –Claro, es mejor asegurarse, chaparro. Bueno, si estás listo será mejor irnos ya.
El camino hacia la biblioteca fue corto. Gideon empujó la puerta sujetándola para que Bae entrara tras él. Belle había pedido conocer a quien estaría acompañándolo a casa, le había enviado un mensaje por la mañana pidiéndole que esperara un poco antes de que siguiera su camino a su respectiva casa.
Bae no podía evitar sentirse un poco nervioso ante la perspectiva. Su padre le había aconsejado no revelar su relación con él, temiendo que al revelar su parentesco disparara cierta desconfianza y rechazo de parte de la madre de Gideon. Respirando profundamente se coló por la puerta tras el pequeño y emocionado Gideon, que no había parado de hablar sobre su habitación, sus libros y su recién adquirido gato al que aún no le elegía un nombre.
Gideon lo guiaba hacia la escalera el fondo de la biblioteca, cuando una voz resonó tras ellos. -¡Oh ya llegaron chicos! ¡Gideon mi beso! –él chico que lo guiaba se volvió sobre los talones y bajó el par de escalones recorridos de un salto, corriendo hacia la mujer que se encontraba en la entrada, entrelazó sus pequeños brazos sobre los hombros de la mujer, besando su mejilla. Bae no pudo evitar una punzada de envidia al observar la escena. La señorita French había alzado del suelo a su hijo, besándole el rostro, Bae desvió la mirada sintiéndose un tanto incómodo.
-Mama, éste es mi amigo Baedan. –exclamó Gideon, corriendo de vuelta hacia él, tomándolo de la manga de la chaqueta, arrastrándolo hacia su madre.
-Hola, Baedan, mucho gusto –exclamó Belle, tendiéndole una mano la cual Bae no dudó en estrechar.
-El gusto es mío, miss French –completó Bae recordando que su padre se había referido así a ella. Belle miró al chico, pudo notar que era bastante alto, cabello ondulado castaño, hombros un tanto anchos y en su rostro una sonrisa sincera que subía hasta sus ojos. Al observar sus ojos ella supo que su hijo estaba en buena compañía. Su mirada transmitía tranquilidad y una dulce amabilidad que le resultaba familiar.
-Llámame Belle, por favor. –solicitó Belle, sonriéndole abiertamente. –Subamos –les dijo señalando escaleras arriba.
-oh… amm… mejor no. Yo –tartamudeó Bae –Lo mejor es que me vaya a casa. Sólo quería darme a conocer, para que usted esté más tranquila Miss French.
Belle comprendía la incomodidad que podría sentir el muchacho en su presencia por lo que asintió después de un momento, aunque aquello no evito que se sintiera también un poco de lo que reflejaba el rostro de Gideon quien lo miró decepcionado.
-Por favor Baedan, quédate. Sólo ven a conocer a mi gato ¿sí? No tomará mucho tiempo. –Bae bajó la mirada hacia Gideon, lo observó un momento, luego miró su reloj.
-De acuerdo, pero sólo tengo unos minutos, chaparro –Gideon soltó un grito de alegría, corriendo escaleras arriba. Belle se sonrió.
-Gracias, Baedan.
-Ha hablado de su gato durante el camino tengo curiosidad –repuso él rascándose la cabeza. Subieron la escalera detrás de Gideon. Al entrar al departamento Bae paseaba la mirada por todos lados, Belle lo invitó a tomar asiento en el mullido sofá mientras ella iba hacia la cocina a servir un par de bebidas refrescantes para llevarlas después a la mesita de café al tiempo que Gideon regresaba con el pequeño minino en sus manos.
Bae nunca había tenido una mascota, a pesar de que le gustaban mucho los animales. Pero nunca había convencido a su padre de adoptar siquiera un pez, mucho menos un perro o gato. Gideon le tendió el animalito para que lo sujetara. Él no sabía cómo, por lo que el gato se encontraba un poco desconfiado y buscó zafarse de su agarre. Saltando sobre su cabeza, escapando hacia la habitación.
-¡Hey, ven aquí! –gritó Gideon, corriendo tras del animal.
-¡Woo! Lo siento Gideon, creo que no le agradé. –se disculpó Bae cuando el otro regresó a la habitación, con el gato en sus manos pegado a su pecho. –Pero es muy bonito.
El niño le sonrió abiertamente, mientras acariciaba las orejas de su mascota. Belle se sentó en el extremo del sofá observándolos.
-Mamá y yo aún no le encontramos un nombre. –Se lamentó Gideon, mirando a su madre.
-Bueno, te he dado opciones pero ninguna parece gustarte, insistes en llamarlo Rumple –Bae bebía de su vaso, soltó un bufido, casi ahogándose.
-¿Rumple? ¿Cómo de arrugado? –se rio él.
-¡No! –exclamó Gideon entre divertido y ofendido –Como de Rumplestilskin.
-Acaba de leer la historia hace unos días y le gusta como suena. –Explicó Belle –Aunque Baedan tiene razón Gid, rumple en puede significar arrugado, pero también despeinado… y tu pequeño amigo definitivamente lo está.
-También me gusta Poe –añadió Gideon haciendo pucheros.
-¿Rumple Poe? –Bae soltó una carcajada –Eso sí suena gracioso.
El rostro de Gideon se iluminó. Miró a su mamá y luego al felino entre sus brazos. -¡Mamá! ¡Ése! ¡Rumple Poe! –Exclamó alzando al gato sobre su cabeza, que maulló aterrorizado -¿Ves? ¡Le gusta!
-Suena como si fueras a cantar un villancico –dijo Bae desternillándose de risa, cantando –¡Rumple Poe pon, rumple por pon!
