La bibliotecaria.
Segundo encuentro de Belle y Gold. Él no puede evitar ser... bueno, él.
"Maldita la hora en que acepté el grupo de tutorías" Refunfuñó Gold en su interior, suficiente tenía ya con sus alumnos regulares de literatura. El conductor del pequeño autobús bajó primero. El profesor vestido en su costoso traje de tres piezas, camisa de seda y gemelos de oro en los puños se levantó con gracia apoyándose en su bastón y se volvió hacia los alumnos. Los más jóvenes murmuraban entre ellos con excitación, mientras los mayores, todos amontonados en la parte de atrás, se gritaban entre sí, se olvidan de los asientos y se lanzaban cosas. "Grupo mixto de excursión" cuadró su quijada y se paró todo lo imponente que era, sino en estatura si en carácter.
–Pongan todos atención –dijo después de aclararse la voz. No hubo necesidad de levantar la voz. Desde el momento en que carraspeó, los alumnos si bien no habían regresado todos a sus lugares, de menos se habían sentado en donde o en quien pudieron. Gold sonrió de medio lado. –Bajaremos en orden. Primero bajarán los de 8vo grado, enseguida los de 11vo. Harán dos filas en la entrada de la biblioteca. Y tomarán un compañero que previamente les ha sido asignado, alumno de onceavo con alumno de octavo, ya lo saben. –El gemido de descontento fue general. Gold sonrió con malicia-. Bienvenidos al programa de tutorías.
Agregó sardónicamente para después bajar del autobús, seguido por los alumnos. Quienes obedecieron sus indicaciones arrastrando los pies, en orden y sin tanto alboroto. Tras de ellos se encontraban los demás autobuses que llevaban los grados restantes. Gold maldijo internamente la suerte de su hijo al ser de 12vo grado no tenía que cumplir con tutorías ya.
–No sé cómo lo haces, Gold –La directora Malenie Draco se acercaba por la acera, con su peinado alto y labios color carmesí.
– Pensé que no podrías venir hoy, ¿no es por eso que estoy yo aquí? –. Melanie le dedicó una amplia sonrisa.
– ¡Vamos, Gold! Pensé que te alegraría asistir a la inauguración de tu preciada biblioteca. – Gold dirigió una mirada desdeñosa al edificio. El departamento arriba de la biblioteca así como la biblioteca en sí, le pertenecían. Se le había mantenido cerrada desde que la bibliotecaria anterior se jubilase, bueno muriera. –Ahora bésame, que no pienso esperar todo el día.
Gold torció los ojos, sus finos labios se alzaron en una ligera sonrisa y se inclinó hacia ella besando su mejilla. Mal, se rio entre dientes, dándole un golpe juguetón en el hombro.
–Eres una drama queen ¿lo sabías? –Gold se volvió a ella dedicándole una amplia sonrisa triunfante. Colocando una mano tras su cintura la incitó a caminar y adentrarse en la biblioteca tras el grupo. El lugar estaba muy ruidoso para ser una biblioteca, había niños y jóvenes de todas las edades. Algunos padres de familia acompañando a los infantes de jardín de niños y algunos menos que acompañaban a los de primaria.
El lugar estaba abarrotado, al fondo de la sala pudo notar a la joven alcaldesa rodeada de algunos ciudadanos, con Sidney Glass flasheando a todo aquél que, según él, lo mereciera. Tras ella, retorciéndose las manos y mordiendo su labio inferior estaba Belle French, la pequeña mujer que ahora se encargaría de este bullicioso infierno. El lugar era poco espacioso, pero la distribución de todo propiciaba el espacio suficientemente cómodo para moverse entre estantes, mesas y sillas sin molestar a otros. En ese momento junto a Regina apareció su molesta hermana, Zelena, sonriendo y hablando muy alto, antes de poder ser notado; Gold se disculpó con Mal, y se apresuró hacia su grupo asignado.
La inauguración no se llevaría a cabo hasta dentro de una hora, con un poco de suerte Zelena no lo buscaría. Tomando su tiempo a favor, asignó actividad a su grupo; dándoles instrucciones y reglas sobre el fin a lograr en aquella visita y las consecuencias de no completarlo, para después caminar entre las personas, paseando la mirada, yendo de grupos de personas en grupos de alumnos, concentrándose en analizar y criticar interiormente cada uno de los cambios hechos por la nueva bibliotecaria. Evitando a Zelena, pronto sus pies lo llevaron a la parte más alejada de la biblioteca, donde había menos gente y pudo sentirse un poco aliviado con la tranquilidad que ahí encontró.
Recorrió con la mirada los lomos de los libros de los estantes a su alcance, entonces entendió por qué no había casi nadie por ahí. Eran la sección de Ciencias Sociales. Una risa nasal sarcástica escapó de él. Suponía que la atención ahora mismo se encontraba en la colorida zona infantil. En su camino hacia allí, la había logrado observar pero sólo a distancia.
En ese lugar no podía, ni debía, entrar una persona más. Por diminuta que fuera. Los niños no eran el problema, los padres, cada uno girando sobre sus respectivos hijos, sofocándolos, eran los que realmente estorbaban. Ni siquiera los estaban acompañando a leer, simplemente estaban ahí, asegurándose de convertir a sus hijos en sujetos susceptibles y dependientes. Hambrientos de atención ajena. Como si cada niño, por naturaleza no exigiera ya la suficiente.
Con suerte, la inauguración sería rápida. Una vez terminada, pasaría lista a su grupo y los dejaría ir. Terminando así su día laboral e iniciando su fin de semana, que igualmente no lo entusiasmaba demasiado salvo por la perspectiva de no tener que aguantar más alumnos.
Gold decidió seguir dando vueltas por esas zonas poco concurridas de la biblioteca. Había olvidado quitarse el abrigo, y la verdad es que el lugar estaba tan bullicioso que el calor había aumentado considerablemente. Se sacó el abrigo e inmediatamente el peso le recordó que Baedan, su siempre distraído y olvidadizo hijo, había metido en su bolsillo el libro propiedad del hijo de la bibliotecaria.
"Entrégaselo, papa." Le pidió en el desayuno. "Olvidé hacerlo yo en la semana".
-Bae –se lamentó él. La intención de que fuera él quien devolviera el libro era no tener que cruzarse ni con el infante ni con su madre. Aunque ciertamente era algo un poco improbable dada su situación. Gold malabareó con su abrigo y su bastón, tratando de conservar el equilibrio mientras doblaba su abrigo sobre uno de sus brazos. El hombre escuchaba aún los altos murmullos de la gente esparcida por el lugar.
Había paseado por estantes llegando al apartado de Artes, miró su reloj. ¡Maldita sea! Maldijo entre dientes, el tiempo parecía haberse detenido. Ansiando matar el tiempo tomó el primer volumen que se le cruzó en el camino. Miró a su alrededor en busca de una silla, al no encontrarla decidió apoyarse en la pared, enganchando su bastón a su brazo contrario y se perdió en la lectura.
Las cosas en la inauguración iban… bien. Eso quería pensar Belle. Temprano había revisado una vez más que todo estuviese en su lugar. Había acompañado a Gideon al autobús, desayunado sin premuras, esperando a que se hicieran las diez de la mañana que era la hora en que los grupos escolares comenzarían a llegar. Divididos en dos tandas; primero los grupos del Kínder y la primaria, en los que seguro vendría Gideon de regreso, después, en punto de las once llegarían los grupos de la secundaria y la preparatoria.
Sin contar a padres y profesores esperaba alrededor de 150 niños, adolescentes y jóvenes. No estaba segura qué tan bien podrían encajar todos en el lugar. Cuando al fin habían ido llegando se dio cuenta que su estimación había sido poco acertada. A pesar de que muchos niños de grados menores no se habían presentado, algunos de los que sí traían a ambos padres. Lo cual estaba resultando en un escandaloso y apretado conjunto de personas.
Durante el transcurso de la mañana, Belle observó un poco triste cómo su hijo se encontraba un poco alejado de su grupo. Inmerso en la búsqueda de algo nuevo que leer. Sentándose en un rincón. Por suerte, al parecer no había rastro de los Niños Perdidos. Gideon se los había descrito, por más que buscara entre los niños de 5to grado, no encontraba a ninguno que encajara con las descripciones echas por su hijo. La verdad es que ella no sabía cómo reaccionaría el día en que los conociera.
Belle se vio envuelta en varias conversaciones a la vez de un momento a otro. Los padres de familia, preguntando qué libros eran recomendados para los niños, siendo que el espacio acondicionado para los más pequeños estaba repleto de pequeños tesoros, fáciles de localizar y de ser alcanzados por los propios niños. Algunos padres se quejaron de que no había sillas más grandes en ese espacio. Ella amablemente les explicó que el espacio estaba condicionado para que los chicos pudieran usarlo por su cuenta y a su gusto, aunque a muchos la explicación no les quitara el ceño fruncido y se fueran rumeando que debería haber más sillas altas.
Los grupos de primaria no traían padres, al menos no muchos, un par por grupo, como apoyo a los profesores. Ana Moose, la maestra del 2do grado al que asistía su hijo, se acercó rápidamente, disculpándose por la presencia de aquellos. "Ya sabes, papás helicópteros" se había reído con ella. Comenzando a charlar rápidamente de las pericias que había pasado aquella tan sólo para subir a los chicos al autobús escolar. Poco a poco se acercó también la maestra del 5to grado, Mary Margaret Nolan, charlaron las tres un rato, felicitando a Belle por el trabajo hecho con la biblioteca.
Cuando un pequeño desacuerdo surgió entre unos alumnos de segundo y tercer grado, Ana se disculpó yendo a calmar las aguas. Belle aprovechó el momento para charlar con Mary Margaret sobre sus alumnos, que eran pocos. –Hicimos un reglamento en clase. –Explicó ella –Aquellos que no cumplieran con él, y no entregaran un ensayo, se les negaría el premio de asistir a la visita de hoy.
-¿Los padres de familia no te causaron problemas por ello? –preguntó Belle, pensando que ella se habría molestado si le hubieran negado la visita escolar a su hijo.
-Oh, no. Fue un acuerdo tomado por los alumnos. Una especie de sistema de esfuerzo-recompensa –trató de dar a entenderse la mujer –No tenemos grupos numerosos, así que tratamos que todos vayan al mismo paso. Quienes no se aplican, el grupo mismo trata de acoplarlos a su ritmo.
Belle miró alrededor. El bullicio aumentaba conforme los demás se asentaban en los espacios disponibles o paseaban por las estanterías. –Maestra, quisiera cuestionarle sobre los chicos que apodan los Niños Perdidos. –Mary Margaret se removió un tanto incomoda –Sé que no es el momento ni el lugar, sólo quisiera abordar el tema con usted en alguna ocasión.
-Conozco la situación de Gideon, señorita French –dijo con sincera tristeza –Ana me ha hablado de lo solitario que es. Por un momento, para ser sincera, pensamos que simplemente necesitaba su tiempo para acercarse a los demás. –Belle la miró con intensidad, mientras Mary Margaret bajaba la cabeza –Lamentablemente nos hemos dado cuenta de que son los demás quien no se quieren acercar a él.
-¿Tienen alguna idea a qué se debe esto? –cuestionó Belle, suavemente.
-No la teníamos –exclamó la maestra, mirándola a los ojos – Lo atribuíamos a que era nuevo, llegó muy iniciado el año escolar –comenzó a enumerar –Es de la ciudad, eso tiende a crear ciertos prejuicios, además del hecho que tiene cinco años y está en segundo grado, cuando debería estar en el Jardín de infantes aun. –MM tomó un respiro –Pero ésta semana la directora nos dijo que usted se había presentado a la escuela, alegando maltrato físico contra él. Fue entonces que Ana se dio cuenta que lo tienen marcado.
-¿Marcado? –murmuró Belle con un nudo en la garganta.
-Sí, no había ocurrido desde hace algún tiempo. –Dijo pensativa –Siempre ha habido un grupo llamado Los Niños Perdidos, así apodan a los niños que vienen del orfanato, no por falta de espacio allá. Sino para que socialicen. Pero algunos no resultan muy buenos para convivir en paz con los demás. Es cuando marcan a alguien como el receptor de sus juegos, bromas y desafortunadamente otro tipo de agresiones. Los demás por miedo a sufrir el mismo fin, evitan a esa persona.
-Lo cual es horrible –lamentó Ana que regresaba uniéndose a la conversación. –He tratado de que los chicos se animen a incluir a Gideon. Parecía que íbamos por buen camino, hasta ésta semana que llegó con el parche en la frente. Muchos volvieron a evitarlo incluso dentro del salón. Juro que me rompe el corazón verlo dentro de la escuela durante el receso. Siempre en la biblioteca. Leyendo, adelantando su tarea. -Ana soltó un bufido hacia arriba haciendo su fleco bailar con la fuerza de su suspiro.
En ese momento, Belle deseaba preguntarles si habían presenciado alguna agresión directa hacía su hijo. Desafortunadamente fue el momento preciso en que la alcaldesa decidió aparecer, seguida de cerca por su fiel perro, el señor Glass que llevaba su cámara fotográfica colgada al cuello. Tuvo que disculparse con las maestras para vida de dirigirse a la recién llegada y darle la bienvenida.
Belle hubiera preferido regresar a su charla con las docentes, pero la alcaldesa había decidido que ella debía ir a su lado, mientras charlaba ligeramente con los asistentes. Asegurándose de sonreír abiertamente, glorificando el trabajo llevado a cabo para hacer posible la reapertura del lugar. Ganando simpatizantes. Belle no quería ser parte de un mitin político, por lo que trataba de disculparse una y otra vez para alejarse de ahí, pero siempre en vano. Las conversaciones eran poco estimulantes, siendo que la alcaldesa lo único que hacía era afirmar cuán duro habían trabajado para que llegara éste día. Vanagloriándose de las acciones que había concretado para asegurar la reapertura de la institución.
Belle no tenía el menor interés en aceptar o negar las auto-alabanzas de la mujer. Ella era nueva en éste lugar y la vida política del mismo le venía importando lo mismo que a la alcaldesa la biblioteca. Lo único que en ese momento le interesaba era que todos los congregados desarrollaran cierta simpatía por el lugar y decidieran venir a menudo. Después de todo ese era el único objetivo que compartían Regina y Belle.
El reloj marcó las once y la puerta de la biblioteca se abrió nuevamente, dando paso a un grupo demasiado ordenado. Entraron formados en parejas, apretujándose cerca de la puerta, esperando. Acto seguido apareció una mujer alta, rostro alargado, piel blanca y carnosos labios rojos. Vestía un elegante sobrero estilo gánster de los 50's, a juego con una blusa de seda color granate y pantalón de vestir gris. El corazón de Belle dio un extraño salto, caminando elegantemente solo un paso atrás de la guapa mujer entró Gold. Apoyándose con gracia en su bastón, armado en su impecable traje de tres piezas y camisa oscuros y corbata a juego con la blusa de la mujer a la que guiaba hacia el escritorio de recepción con una mano en la parte más delgada de su cintura. Algo debió caerle mal del desayuno, porque su estómago se revolvió. Antes de verse descubierta mirando fijamente, Belle desvío la mirada. Encontrándose con la de la alcaldesa que la miraba expectante, Belle se dio cuenta que algo debía decir, pero no sabía qué.
-Estoy segura que la señorita French podrá responder a nuestras inquietudes más tarde, Zelena –dijo Regina, volviéndose hacia sus interlocutores, con una falsa sonrisa en el rostro, mirando con intensidad a su hermana, que se había unido al corro de personas que los rodeaban sin que Belle la notara antes. Zelena Mills llevaba unos pantalones sastre largos de un verde muy oscuro, una blusa blanco aperlado fajada a la cintura y un saco negro adornado con una gran flor oscura sobre la solapa derecha, ahora mismo se encontraba al lado de su hermana, quien se volvió hacia ella y añadió: –Habrá tiempo para todo, querida.
Belle se mordisqueó su labio inferior nerviosamente, la alcaldesa estaba claramente molesta, mas cómo saber si estaba molesta por la pregunta hecha por su hermana o por su claro desconocimiento de la misma. La conversación terminó, disolviéndose el pequeño grupo que les rodeaba, la alcaldesa miró hacia su reloj.
-Son ya las once, ¿Dónde está Mal? -exclamó ella acomodándose el cabello con un dejo de impaciencia.
-Acaba de llegar, madame -dijo Sidney dirigiéndose a ella como si de realeza se tratase. Regina levantó el rostro hacia la puerta principal. Donde vio a la directora de la escuela mixta de Storybrooke alejándose de un Gold que sin dirigirles una mirada se había vuelto al grupo que esperaba cerca de la puerta -¡oh, lo logró! -se extrañó la alcaldesa -De verdad lo convenció de venir.
-¿Al señor Gold? -comenzó Belle, Pues claro, después de todo es el dueño.
-¿Gold? -interrumpió Zelena con la voz llena de interés y descarado erotismo. Su postura cambió totalmente, se irguió todo lo alta que era, sus ojos se clavaron en la espalda de Gold, se arregló el cabello lista para encaminarse hacia él. Pero en ese momento la mujer con la que había entrado se plantaba frente ella.
-Zelena, querida. -Saludó ella besando las mejillas de la pelirroja. -Te ves espectacular. –agregó mirándola de pies a cabeza, la otra se regodeó en sí misma, dando una vuelta para lucir su atuendo. Belle observó la vestimenta de la recién llegada. Sí, Zelena se vestía de una manera sofisticada, pero su aduladora llevaba su atuendo con mayor delicadeza y clase. Su estatura y porte imponiendo cierta autoridad.
-Mal, ¡Qué gusto que vinieras! –Exclamó Regina con falsa animosidad –Veo que lograste traer a Gold.
Mal se rió entre dientes, echando una mirada sobre su hombro para mirar a la espalda de Gold –No fue difícil. Sólo tuve que arrastrarlo.
Las mujeres rieron, Belle sonrió por educación. Mientras Sidney flasheaba su cámara en dirección a ellas. Una vez las risas cesaron, ella no pudo evitar notar como Zelena se acicalaba el cabello una vez más, mirando sobre el hombro de Mal, Regina entrelazó un brazo con el de su hermana, murmurándole algo por lo bajo. La voz de Mal la trajo de vuelta a la tierra:
-¡Oh, querida! ¡Qué rudeza de mi parte! –Exclamó tendiéndole una mano, ofreciéndole una sonrisa sincera –Perdona mis modales, por favor. –Agregó una vez que Belle tomó su mano, acto seguido ella la cubrió con la otra –Mi nombre es Malenie Draco, soy directora de la escuela medio superior mixta. Es un gusto conocerte.
-El gusto es mío, señorita Draco –asintió Belle, sonriendo hacia la mujer que aun sujetaba su mano entre las suyas –Soy Belle French.
-Oh por favor, Belle. Llámame Mal. –le dijo ella liberando su mano al fin. –Después de todo, gracias al programa de tutorías, estaremos comunicándonos frecuentemente. Será mejor que dejemos de lado las formalidades en pro de un ambiente cooperativo ideal.
Belle sonrió a la mujer ante el optimismo que irradiaba al hablar del programa de tutorías implementado por su escuela con el fin de invitar a los alumnos a usar los medios bibliográficos físicos y no sólo los electrónicos.
-Por supuesto, señorita Mal. Permítame felicitarla por el programa, considero que es importante darle valor a la información física y verificada.
-Por supuesto que lo es, señorita French, aunque un poco arcaica en este lugar, ¿no es así? –atajó Zelena con un tono de voz ponzoñoso. Quién se daba la vuelta en ese momento para enfrascarse en conversación con unos padres de familia que se le habían acercado. La punzada de humillación no le sentó bien. Belle presionó sus labios en un intento de controlar su enojo. Respiró profundamente, cerrando los ojos, cuando los abrió, de percató cómo Mal había sido testigo de su pérdida de compostura. La mujer le sonreía con comprensión brillándole en los ojos.
-Ah, lo sé. Difícil. –Concedió Mal, en un murmullo sólo para Belle –Pero ya hemos hecho los pedidos necesarios, Belle. –Agregó en voz suficientemente alta para que llegara a los oídos de la otra mujer que se volvía hacia ellas nuevamente dejando a Regina lidiar con sus votantes. –El fondo escolar será quien cubra el gasto de los nuevos contenidos, necesarios para la investigación de nuestros alumnos. Es como se había acordado ¿no es así?
Recuperando su voz, Belle se sonrió, siguiendo a Mal ya que no tenía idea de qué hablaba. Sí, se necesitaban pedir volúmenes recientes para la biblioteca, pero era un tema que pensaba tratar con la alcaldesa más adelante. –Por supuesto –Asintió ella. –Tal ha sido el acuerdo. Si las instituciones han de ayudarse entre sí, para fomentar la investigación y lectura en los jóvenes, definitivamente deben estar sobre la misma página. En el caso de la biblioteca ofreciendo los contenidos necesarios para lograr este fin.
Zelena no hizo más que torcer la boca –Pues, parece que el memo, nunca llegó a mí. Después de todo formo parte del consejo para la distribución del fondo escolar.
-Manejamos fondos escolares diferentes, querida –señaló Mal, inclinando la cabeza un poco. –No es sorpresa que no supieras de éste acuerdo.
La sonrisa de Zelena se tornó fría y un tanto espeluznante, aún una sonrisa abierta y completa, con la mirada muerta y la quijada apretada. Mal se sonreía con satisfacción, Belle no quería seguir un minuto más ahí. Sin embargo, siguió al lado de las mujeres un rato más, por suerte la conversación fue desviada a temas menos agresivos y ella se dedicó sólo a escuchar, asentir o emitir sonidos de asombro en los momentos correctos.
Minutos pasaron, Belle no dejaba de mirar a su reloj, ansiando la hora en que pudiera desaparecer entre los demás, envolverse ella misma en alguna lectura, lo que fuera, para estar lejos de las hermanas Mills. Llegado el momento se dispuso a alejarse de ellas, con la excusa de reunir a los asistentes en el vestíbulo principal, dónde se llevaría a cabo la inauguración, con la alcaldesa firmando primera el libro de visitas de la biblioteca. Regina había estado a punto de detenerla, hasta que explicó la razón por la que se retiraba del grupo.
-Señorita French –dijo mirando su reloj –Es tiempo, sí, vaya a reunir a los rezagados. - Belle asintió con una sonrisa sincera al sentirse librada de aquella incomoda compañía y se retiró caminando hacia las estanterías, pidiendo a quienes se encontraban alejados de la parte del frente de la biblioteca que se dirigieran hacia allá para poder llevar a cabo la ceremonia de inauguración.
-¡Es como una pequeña muñequita de porcelana! –suspiró Malenie al verla alejarse. –En verdad, Regina. Una hermosa pieza de porcelana. Pero sobre todo eficiente, ¡Mira en qué convirtió éste lugar!
Zelena torció los ojos con un resoplido. –No es gran cosa ¿o sí? Después de todo, para eso se le paga.
Malenie pensaba ignorar aquél comentario, pero decidió no hacerlo –Bueno querida, hay muchos que aunque les pagan bien, no hacen su trabajo.
Regina rió descaradamente ante el mordaz comentario, Zelena se volvió hacia Malenie, mal encarada y con un destello de furia asomándose en sus ojos, anticipándose a que su hermana abriera la boca Regina intervino: -Pensé que apreciarías su dedicación, Mal. –Agregó Regina con media sonrisa.
-¡Oh, querida! Su belleza también, no puedo esperar a contarle a Ella.
Zelena soltó un nuevo resoplido. –Es encantadora, pero no sé. No tiene clase, ni gusto al vestir… ¡Solo mira cómo se ha vestido para la inauguración! Desastroso.
Malenie se acercó a ella, sonriéndole divertida. –No todos podemos vestir tan bien como tú.
-Lo sé y es una desgracia –Zelena se irguió con orgullo y falsa modestia ante el halago de la otra mujer. –A todo esto ¿a qué hora inaugurarás esto, querida hermanita?
Regina miró su reloj, faltaban escasos quinde minutos para las doce del día. –Mal, ¿a dónde se metió Gold?
-Oh querida. Yo sólo lo traje, no voy a estar tras él todo el día. –rió ella y después agregó: -Hubieras pedido de favor a la señorita French que lo mandara para acá.
-No se me ocurrió antes –se lamentó Regina con un dejo de molestia. Los ojos de su hermana brillaron con interés.
-Yo puedo ir a buscarlo. –Dijo con recatado entusiasmo –Después de todo, Gold y yo nos entendemos muy bien.
Belle dejó sus pies vagar por las conocidas secciones. Invitando a quien se encontraba a seguir a los demás hacia el vestíbulo, pidiéndoles de favor que pasaran la voz. No pensaba asomarse a los recónditos rincones de la biblioteca, pero con tantos chicos no había cabida para la pereza, así que se dirigió hacia allá, esperando no encontrar a nadie.
Desafortunadamente encontró a un grupillo que había seguido a una parejita. Belle tendría que reportarlo a sus profesores. Ella odiaba tener que ser estricta, pero también detestaba la indisciplina en las bibliotecas. Los chicos y chicas se fueron arrastrando los pies, pero soltando pequeñas risitas y volviendo el rostro de vez en cuando hacia ella.
Siguió buscando más rezagados, miró su reloj y levantó el rostro. Al final del pasillo pudo notar una oscura silueta, no lograba ver a quién quiera que fuera, pues la luz de la ventana envolvía su identidad en sombras. Belle decidió acercarse con cautela. Ya que la silueta reflejaba que aquella persona estaba leyendo. Y ella sabía lo molesto que podía ser que te interrumpan durante una solitaria lectura. Se acercó lentamente pues, por el pasillo, el perfil de aquella silueta era extrañamente conocida. Lo cual era un tanto imposible, ya que no conocía a mucha gente en Storybrooke. A poco menos de tres metros, Belle se paró en seco.
¡Por supuesto que conocía a aquella silueta! Belle lo observó en silencio. Se encontraba en una posición relajada, libro en mano, recargado en la pared con abrigo y bastón colgados en la otra. Chaqueta abierta luciendo aun así imponente. Hombros relajados, su pecho subiendo y bajando al compás de su respiración. Observó sus labios fruncidos en concentración, dibujó el filo de su nariz contra la luz de la ventila sobre su cabeza y sus graciosas orejas que le recordaban a las de un duende.
-Quedarse mirando no es muy agradable de su parte, Miss French –murmuró lo suficientemente alto para que ella lo escuchara, pero no apartó los ojos del libro que descansaba sobre su mano –Es grosero, a decir verdad.
Gold continuó leyendo sólo hasta que hubo terminado su párrafo, para mirar a la pequeña bibliotecaria que lo miraba aún con un poco de vergüenza tiñendo sus mejillas de rosa.
-Lo siento, no era mi intención –Gold la miró de arriba abajo. Belle pudo sentir cómo la sangre caliente le subía al rostro haciéndola sonrojar aún más ante la mirada del casero al notar como la comisura de la boca de él subía, en una mueca un tanto coqueta, o así le pareció a ella.
Gold cerró el libro con un ligero estampido, haciéndola saltar. La observó con extremo cuidado, pensando en cómo romper el silencio entre ellos.
-Debo admitirlo, Miss French –Dijo una vez que se aclaró la garganta –Ha hecho un buen trabajo aquí.
Belle se sonrojó aún más. –Se lo agradezco, Mr. Gold –.
Él la miraba intensamente, por lo que tuvo que bajar la mirada un poco tímida ante tal cosa. El hombre podía ser cruel y exasperante, como aquella noche en que se conocieron, o increíblemente intrigante y atractivo como en esos momentos. Una vez más, algo se removió en su estómago.
Gold la observó nuevamente, antes de hablar. -¿Hay algo que la moleste, Miss French? –Belle relajó el rostro cayendo en cuanta que se encontraba frunciendo el ceño, hundida en pensamiento.
-Le pido disculpas, Mr. Gold –dijo, señalando el libro agregó: -No era mi intención interrumpir su lectura.
-No hay ningún problema Miss French –aseguró él, tomando apoyo en su bastón nuevamente una vez alejado de donde se encontraba apoyado contra la pared, anteriormente. –No estaba tan envuelto en ella.
Agitó una mano restándole importancia. Algo sucedió con ella, era como una especie de hechizo, uno del que no podía escapar. El lento y elegante avance de aquél hombre había interrumpido sus pensamientos cuando pensaba vocalizarlos. Quedando boquiabierta y sin emitir sonido.
-¿Sí, Miss French? –preguntó.
Gold se acercó, su pulso se aceleró un poco, Belle retrocedió caminando hacia atrás hasta el sentir golpear su espalda contra el estante tras ella, él no detuvo su avance, acercándose cada vez más con esa media sonrisa en su rostro. No había escapatoria, los ojos de Belle danzaron buscando una salida, cuando el brazo de Gold apareció frente sus ojos, apoyado en el estante, Belle volvió el rostro para encontrarse frente a frente. Ella lo desafió con la mirada mientras él seguía sonriendo. Sentía que su corazón saldría de su pecho disparado ante la velocidad de sus latidos. Entonces la sonrisa de Gold se ensanchó, mientras el bajaba el rostro hacia ella, murmuró con voz grave:
-Miss French, si no se mueve me temo que éste –le muestra el libro en su mano –Será uno más por ordenar.
-No le temo al trabajo, Mr. Gold.
Belle recuperó su voz, su bravía y su todo, se irguió todo lo alta que podía ser, sacando provecho de sus zapatillas, sin moverse de lugar tomó el libro, dio media vuelta y revisándola numeración lo colocó en su espacio correspondiente, justo sobre su cabeza.
Gold la observó un poco atónito, el espacio entre sus cuerpos no era poco, pero era lo suficiente para poner sus nervios a flor de piel. Un dulce aroma floral invadió su nariz, cerró los ojos un momento, disfrutando del aroma de su cabello. Antes de que ella se volviera sobre sus talones una vez más, abriéndolos de golpe, retrocedió un paso.
-Eso es bueno. Una inspirada mentira, Miss French –Gold se pateó internamente.
-¿Mentira? –El hechizo estaba roto –Perdóneme pero no he hecho tal cosa.
-Todos nos mentimos, Miss French –se burló él, lidiando elegantemente con su abrigo, poniéndolo sobre su hombro mientras, apoyado en su bastón, se inclinó hacia ella –Sin excepción.
Belle lo miró seriamente. –Tal vez, pero no ha sido la ocasión, Mr. Gold. –Arrastró cada letra de su nombre, provocándole que una corriente le viajara desde la nuca hasta la punta de los dedos de los pies. –Disfruto de mi trabajo y por lo mismo no le temo-. Podía apreciar como perdía terreno en aquella discusión, por lo que decidió retroceder a temas de su dominio.
-¿Ha hablado ya con la alcaldesa respecto a su contrato? –Sus ojos azules se abrieron, sorprendidos. Sus dientes fueron rápidamente a morder su labio inferior "Bien, mucho mejor".
-No he tenido oportunidad de hacerlo –balbuceó su excusa.
-Pensé que no mentía, Miss French. –Sonrió de medio lado en una mueca sardónica triunfal. –No me lo tome a mal, Miss French… pero acaba de probar mi teoría.
-Déjeme re frasear, Mr. Gold. No he usado la única oportunidad que tuve para reunirme con ella. –Enunció cada palabra con claridad y firmeza – Asuntos más apremiantes fueron discutidos en su lugar.
Aquel día que la alcaldesa Mills se había hecho presente en la biblioteca había sido un poco frustrante. Todo estaba mal. Ella había hecho las cosas de una manera y la mujer las quería de otra. Al final, cuando Belle tenía dos hojas de notas por ambos lados en letra apretujada, Regina Mills había decidido que, después de todo, no estaba tan mal. "No creo que quede mejor para la inauguración de mañana si hacemos los cambios hoy. Mejor será que quede así. Con el tiempo será perfecta".
-¿La biblioteca? –Bufó, riendo despreocupado y burlón, encogiéndose de hombros –Conozco a la alcaldesa, Miss French, aquí –señaló a su alrededor –No hay nada que refleje su mano.
Gold tomó su abrigo, poniéndoselo mientras caminaba para dirigirse hacia el vestíbulo, pero una idea le asaltó en ese instante, se detuvo y regresó sobre sus pasos, posicionándose frente ella una vez más.
-Su contrato aún está vigente –susurró inclinándose hacia su oído, quería verla nerviosa, acabar con sus nervios que a juzgar por su manera de erguirse toda tiesa él estaba cerca de lograrlo. –Pero no olvide que aún tenemos que discutirlo. – Belle pudo sentir pequeños cabellos de su cabeza acarician su sien mientras él se retiraba, dejando detrás un ligero cosquilleo en la oreja expuesta a su tibio aliento.
-¡Robert Gold! –Gold cerró los ojos con una mueca de dolor, mientras que Belle había saltado ante la sonora voz que resonó por el pasillo hacia ellos. –Robbie, querido –Gold se volvió hacia la mujer que se aproximaba hacia ellos, estampó una falsa y educada sonrisa en su rostro. La mujer abrió los brazos con exageración, capturándolo con ellos, a Belle se le figuró a un gran pájaro verde atrapando una presa.
-Zelena –murmuró entre dientes, mientras ella besaba sus mejillas.
-¿Dónde te habías metido? –Le dijo golpeándole el hombro –Te he estado buscando por todos lados.
-Ocultándome de ti, por supuesto –dijo él con sorna.
Zelena lanzó una carcajada que pretendía ser coqueta pero que a Belle le puso los pelos de punta -¿Ocultándote? ¿De mí? –Entonces sus ojos viajaron hacia Belle -¿Con ésta?
-Yo no… -Balbuceó Belle al ver el desprecio en los ojos de la alta pelirroja. –Yo solo estaba…
-Sí –se hizo oír Gold por encima de sus balbuceos, también él había notado la mirada de Zelena y no desaprovecharía la oportunidad que se le presentaba –No hay como esconderse en la parte más oscura de la biblioteca y ser reprendido por la hermosa bibliotecaria –Carajo… su lengua lo había traicionado. No había vuelta atrás… ¿0 sí? –Bueno –agregó encogiéndose de hombros –La joven bibliotecaria –se corrigió con gesto sardónico y una sonrisa burlona. Definitivamente se iba a patear a sí mismo, no en el trasero, sino en las bolas. Tal vez el dolor lo ayudaría a dejar de pensar con ellas.
-¿Hermosa? –Rio Zelena abiertamente –Joven, claro ¿pero hermosa? ¡Oh, querido! Creo que ya necesitas lentes-se burló. –Es que ¡Mírala! –Señaló a Belle de pies a cabeza. –Mira esa ropa, tan poco profesional y nada adecuada para la ocasión, esos zapatos, por dios –Gold frunciría el ceño ofendido por la forma en que Zelena se estaba expresando, pero se limitó a recorrer nuevamente a Belle con la mirada mientras la otra mujer señalaba cada "horrible" prenda, sus blancas medias, zapatos altos, su pequeña falda y su blusa con holanes al frente, sus labios rojos y mejillas enrojecidas por igual –Y no me hagas hablar de su cabello.
Belle estaba enojada, el enrojecimiento en su cuello y mejillas lo exponía así, sus puños apretados a los lados de su cuerpo sólo lo confirmaban. Entre Gold probando sus nervios y la pelirroja colmando su paciencia simplemente no creía soportar demasiado antes de explotar. Belle respiró profundamente, antes de hacer algo de lo que podría arrepentirse.
-La inauguración tendrá lugar en unos instantes, les rogamos su incorporación al resto de asistentes en el vestíbulo. –Dicho esto se alejó pisando fuerte.
-¿Fue algo que dije? –exclamó Zelena con falsa inocencia, mirándolo por entre sus pestañas, coqueta, nuevamente.
-Eso fue innecesario, Zelena –dijo él en algo cercano a un gruñido, caminando hacia el vestíbulo tras la bibliotecaria.
-No lo dirás en serio, Robbie –Gold reculó ante el sobrenombre –Querido, tú mejor que nadie sabe que la ropa es la mejor presentación.
Él la ignoró. Para las pulgas de Zelena, aquello no le pareció en lo más mínimo. Gold caminó hacia el pequeño vestíbulo dejando atrás a la mujer, quién no tardó en alcanzarle atrapándole el brazo, obligándolo a caminar junto a ella. Él no dijo una sola palabra, sentía cierto rechazo por ella, repulsión era la palabra, sobre todo después de la manera en que había insultado a la pequeña bibliotecaria y en lo personal, sentía que le había interrumpido algo importante, había estado a punto de lograr su cometido con ella. Ver esa misma y pasada furia florecer de sus mejillas habría sido una gran satisfacción.
Para Gold la inauguración fue rápida, pero dolorosa. Esperaba de todo corazón no ser involucrado, pero Regina Mills tenía otros planes. No contenta con llamarlo al presídium como personalidad invitada, le hizo hablar en frente de todos. Si había algo que Gold detestaba era no estar preparado. Eso era un golpe bajo, considerando que él sólo iba en calidad de profesor-niñera, por lo que no había prevenido ningún discurso acorde a la situación. ¡Éstas cosas se anuncian con tiempo! Pensaba para sus adentros, entregando el micrófono una vez que finalizó una poco articulada intervención.
Miró su reloj, considerando cuánto tiempo más tendría que soportar el tortuoso intercambio de banalidades con los asistentes. Asentir, dirigir una mueca, estrechar brazos y por último hacer todo esto con Zelena colgada del brazo. ¡La cereza del condenado pastel! Su cuota de paciencia para socializar con otros estaba agotada. Necesitaba retirarse a un lugar sin tanto alboroto por todo el fin de semana. No lo soportaba más.
-Zelena, si me disculpas –Dijo sacando el brazos de entre los de ella, que continuaba presionándolo más y más contra su cuerpo.- Necesito hacer uso de los servicios–.
Ella lo miró con una extraña mueca. – ¡Por Dios, Gold! Soy una dama -. Gold frunció el ceño, ella le dio un golpe ligero al decir aquello, coqueta. –Con gusto te acompañaré-.
-Por favor Zelena, no digas tonterías-. Se soltó definitivamente de su agarre, casi huyendo se perdió entre la multitud, fue hacia sus alumnos había planeado llamarlos y que fueran a entregar la actividad que les había destinado, pero en lugar de hacer como había planeado fue buscándolos de uno a uno, por suerte no estaban muy dispersos, firmó sus permisos y fueron libres. Y él también.
Salió de ahí antes de poder ser detenido por nadie más, por suerte la tienda estaba cerca. Llegó a su tienda, empujando la puerta una vez que quitó el seguro, pero no giró la señal de cerrado a abierto. No lo haría hasta estar seguro que el barullo en la biblioteca hubiera terminado. Así no se arriesgaba a visitas indeseadas. Tomando un largo respiro caminó apoyándose pesadamente en su bastón hacia la habitación en la parte trasera.
La carrera de huída le había dejado caluroso por lo que se sacó el abrigo y el saco. Tomó el saco y lo acomodó meticulosamente en el respaldo de la silla, cuidando que no fuera a caer y arruinarse. Tomó el abrigo con intención de ponerlo en su habitual perchero, pero al tomarlo sintió un peso importante, metió la mano a los bolsillos en busca del peso encontrando un libro. Había salido tan rápido de la biblioteca que olvidó entregarle su libro al hijo de la bibliotecaria.
"Otra vez será." Pensó para sí mismo mientras se ponía a trabajar.
