Hiding Places.
Donde Gideon conoce a Gold, Baedan se siente más que culpable, Belle se vuelve una fiera loca y Gold no tiene tiempo para estupideces.
La inauguración había sido un éxito, durante los días siguientes la gente continuaba asistiendo a la biblioteca a todas horas. Regina Mills, alcaldesa de la ciudad, lo tomaba como una cuestión de moda. Conocía lo suficiente a sus conciudadanos para saber que la curiosidad y lo novedoso del lugar pasaría a segundo plano en unas semanas. Orgullosa veía a la gente ir y venir por la calle principal, mientras ella observaba sentada en la parada de autobús, disfrutando de unos minutos de paz fuera de la oficina antes de regresar a trabajar un par de horas más.
No tenía nada que ver claro con que era hora de la salida de algunas de las escuelas locales y desde donde estaba podía ver como el viudo Arrow bajaba de su camioneta a buscar a su pequeño hijo al jardín de infantes. Por supuesto que no.
Regina se volvió hacia su bolso, sacando un pequeño espejo de ésta, comenzó a mirarse disimulada y rápidamente. Se miró los labios, las mejillas, acomodó su cabello y también se aseguró que las noches sin dormir no se notaran tanto bajo sus ojos. De reojo por el reflejo logró ver como unos chicos iban corriendo tras otro más pequeño, giró sobre sí misma pero los chicos no estaban ya.
— ¿Flóh? —La dulce y conocida voz la hizo girar nuevamente, frente ella se encontraba un pequeño niño de ojos grandes, cabello castaño en desordenados rulos ofreciéndole una pequeña flor blanca.
Regina sonrió recibiendo la ofenda. —Gracias, Roland. —Tras él iba llegando su padre a medio trote y disculpándose desde la distancia. —Muy lindo de tu parte—.
—Perdone que la moleste, madame Mayor. Corrió y no pude detenerlo antes. —Se disculpaba el guardabosque, tomando a su hijo por los hombros. La miraba sonriendo, ella correspondió su sonrisa mirándole a los ojos.
—No hay por qué disculparse, señor Arrow. Me gustan las pequeñas flores que Roland tan amablemente corta para mí. —Dijo esto mirando al niño delante de ella acariciándole la mejilla suavemente por un momento. —Gracias. —Le repitió al niño.
—Papi y yo vamo'a almorzá, ¿vienes?—Borboteó Roland entusiasmado a lo que Regina se quedó algo helada, pues no esperaba semejante invitación y el ligero rubor de Robin Arrow indicaba que él tampoco. Sin embargo él fue más rápido para recuperarse, carraspeando asintió sonriendo.
—Iremos a Granny's por un par de emparedados. ¿Qué opina, señorita Alcaldesa? ¿Nos acompaña? —. Ambos, padre e hijo esperaban la respuesta mirándola con avidez. Cuando por fin salió de su estupor, Regina asintió sonriendo a ambos.
—Por supuesto. —Debía llamar a la oficina y cancelar su almuerzo y tal vez las citas siguientes. —Solo si después me permiten invitarlos a tomar un helado—.
Belle miró una vez más el gran reloj de pared, comprobó su precisión con el de pulso suyo y finalmente con un dejo de desesperación miró a la computadora. Pasaban las horas y no había pista de Gideon. O de Baedan.
Un par de semanas habían pasado sin incidentes con los Niños Perdidos. Y por eso ella estaba agradecida, no había encontrado aún la manera de que la escuela o el orfanato se hicieran responsables de ponerles un freno a esos chicos. Todos los días Gideon y Baedan venían después de la escuela a la biblioteca, algunas veces el muchacho pasaba unos minutos más con ellos antes de irse a su propia casa. Después del primer encuentro que tuvo con él había preguntado sobre el muchacho a las únicas personas que podía considerar amigos en la ciudad: Rubí y Granny. Quienes no tardaron en deshacerse en piropos y alabanzas hacia él. Es un tipo muy lindo, lástima de su edad. Se había lamentado Rubi, mientras Granny le lanzaba una mirada de advertencia.
Belle no dejaba de agradecer la presencia del joven en la vida de su hijo, ahora veía a Gideon más tranquilo e incluso alegre. Sus relaciones en clase mejoraban a pasos lentos pero ella no perdía la esperanza de que tal vez muy pronto sus compañeros de clase serían sus amigos.
Pero en ese preciso momento el tiempo pasaba, ellos no llegaban y no podía evitar pensar que algo podría haberle sucedido a su pequeño hijo. Sí, a veces ella se permitía ser una madre "helicóptero", zumbando alrededor de su hijo pendiente de que nada le pasara. No le gustaba, pues su padre había sido así con ella por lo que sabía lo asfixiante, como infante, que eso puede ser. Pero el nudo en la boca del estómago había comenzado a apretarse cada vez más y aquello se estaba volviendo insoportable al ser acompañado por un peso importante a la altura del pecho.
Decidió distraerse de todo eso. Repitió su rutina mirando los relojes disponibles. No había por qué entrar en pánico, se tranquilizaba sola, aún era buena hora para que los chicos aparecieran por la puerta de la biblioteca, tal vez se habían desviado un poco, era viernes y seguro que Baedan haría planes con sus amigos, mientras Gideon le esperaba paciente, como había ocurrido antes.
Para su buena suerte, los habitantes de Storybrooke seguían encantados con la biblioteca y pasaban a todas horas, sino a leer, si a curiosear por el lugar. Entre los habitantes habituales a curiosear estaba el viudo Jefferson Hatter, un hombre unos años mayor que ella, agradable y guapo que se había presentado en la biblioteca el mismo día de la inauguración por la tarde la primera vez y había continuado visitando la biblioteca cada tantos días, llevándose algún material de lectura y regresándolo puntualmente en el tiempo próximo a cerrar la biblioteca, haciéndole compañía mientras ella y Gideon cerraban el establecimiento para retirarse a descansar. Casos similares le ayudaban ahora mismo a distraerse del reloj.
Pero para cuando en el "aparatejo" dieron las seis de la tarde los nervios de Belle estaban en punta. Gideon no había llamado, no había asomado un pelo, mucho menos Baedan y ella no podía dejar su trabajo aún. La tensión que por el transcurso de la tarde se había formado en su estómago era ahora una fiera que le arañaba las entrañas, el miedo la envolvió, entonces Belle, se dejó dominar inevitablemente por el pánico.
Ni bien dieron las siete ella cerró la biblioteca, asegurando el lugar corrió al restaurante. Buscando a Gideon con desesperación mientras caminaba. Sacó su móvil intentando llamar a Baedan una vez más, pero la línea le mandó directamente al contestador. Intentó lo mismo marcando al celular que le regaló a Gideon, éste timbró y timbró pero nunca contestó nadie en la otra línea. Abriendo la puerta con algo de violencia paseo la mirada por el lugar sin rastro de su hijo entre los comensales.
— ¡Hey, Belle! —Saludó Ruby animadamente, la sonrisa en su rostro desapareció al ver el rostro desencajado de Belle. — ¿estás bien? ¿Qué te pasó? —.
Belle seguro no imaginaba cuál sería su aspecto, pero Ruby que la miraba con susto podía ver lo pálida que estaba, los ojos algo desorbitados y la respiración agitada de su amiga. Sin duda la mujer no tenía ni idea de que ese era su semblante. Algunos comensales se volvieron a verla y mentiría si dijera que no hubo reacción alguna. Los hermanos Cava, al menos cuatro de los siete que eran, la miraron con alarma, pena y temor. Archie el joven psiquiatra había reacomodado sus gafas sobre su nariz, irguiéndose para observarla con preocupación y Granny que hacía su aparición por el pasillo que llevaba a recibidor del hostal.
Granny fue inmediatamente hacia ella preocupada se acercó y tomándola por el brazo y la cintura la hizo pasar hasta la pequeña sala de espera, atravesaron a paso veloz el restaurante mientras Belle movía la cabeza de un lado a otro en busca de Gideon. Granny podía sentir como la joven madre temblaba con pequeños espasmos que recorrían su cuerpo. La mujer la hizo sentarse en el sofá, Rubí venía tras ellas angustiada por su amiga pero a una simple señal de su abuela se dio la vuelta desapareciendo unos instantes.
—Tengo que encontrarlo, Granny. —Murmuraba Belle a media voz, con la mirada llorosa.
A los pocos instantes regresó Rubí, trayendo consigo una taza de té caliente para ayudar a calmar los nervios de Belle que ahora se mordía los labios para evitar romper en llanto. Granny acariciaba su mano, sentada frente a ella en la mesa de café, tomó la taza de manos de su nieta y se la ofreció a la chica que la tomó con manos temblorosas.
—Tranquilízate primero mi niña, necesito que me digas qué sucede. Estás más pálida que de costumbre, ¿acaso no estás comiendo bien? —. Cuestionó la mujer mayor mientras la observaba beber un sorbo de té. Belle respiró un par de veces profundamente antes de poder hablar. Rubí esperaba expectante a lo que tuviera que decir.
—Es Gideon. —Explicó con voz quebrada. —Desapareció—.
—Te digo que no. Es imposible que suceda eso, papá. —Argumentó Baedan ante la posibilidad de una tormenta de nieve a principios de marzo, aún era invierno, eso era verdad, pero estaban más próximos a la primavera por lo que una excursión a la cabaña con sus amigos no era una idea descabelladamente irresponsable como su padre argumentaba.
—No subirás a la cabaña sin supervisión. Jefferson no cuenta como tal y esa es mi última palabra—. Refutó Robert Gold tajantemente mientras reordenaba piezas de joyería en las vitrinas de la tienda. Bae pateó el suelo con enfado a modo de berrinche, pero no dijo más por el momento, eso no quería decir que se diera por vencido, seguiría abordando el tema. Tal vez lograra hacer a su padre sucumbir ante su petición antes de salir de la escuela y dejar la ciudad para dirigirse a Nueva York a estudiar en la Universidad.
La puerta se abrió de golpe, una pequeña figura entró y cerró de golpe haciendo trastabillar la campanilla sobre ella con alegre titileo a pesar de lo agresivo de los movimientos. Gold se irguió molesto ante tal falta de respeto a su propiedad.
— ¿Pero qué…?—. Pero la exclamación de Baedan le interrumpió antes de que toda su molestia se volcara en el pequeño niño, flaco, menudo y pálido que se agazapaba resbalando su espalda por la puerta.
— ¿¡Gideon!? —.
Horas antes
Sentía que el corazón se le saldría del pecho por la boca, respirar hacía doler sus pulmones y sus piernas estaban como gelatina, apenas y lograba coordinarlas para seguir corriendo. Huyendo.
En el receso había recibido la amenaza, la cual no le asustó porque sabía que contaba con la compañía de Bae al salir de la escuela para regresar a casa. Era viernes e iba a tardar en reunirse con él, así que como era su costumbre se fue a refugiar a la biblioteca de la escuela, pero en su camino se había topado con James, justo en la puerta que le llevaba a su santuario. Sintió como se le detuvo el corazón, el mundo se movió más lento y sombrío, sabía que James algo le decía pero no dio tiempo, ni oídos y dando la vuelta corrió pavorosamente fuera del alcance de los tres bullies que le seguían pisándole los talones.
Había salido por la primera puerta de emergencia que se le cruzó en el camino, lo que fue una mala jugada de la suerte porque había salido por la parte de atrás de la escuela, lo que significaba que estaba más lejos de casa que antes. Ahora con el cuerpo exhausto, trataba de esconderse en cualquier lugar, pero eran descansos cortos cuando al fin encontraba un lugar pues pronto su agitada respiración y jadeos lo evidenciaban ante sus perseguidores. A James pronto se le habían unido, Scott y Peter.
— ¿Qué quieren de mí? —. Había tratado de preguntar con el poco aliento que tenía. Como respuesta sólo tuvo risotadas de los tres amigos, aprovechando esto salió corriendo una vez más, pero sus piernas tambalearon y tropezó. No sabía muy bien donde estaba, había corrido sin rumbo presa del miedo y ahora lo levantaban del suelo. Intentó gritar pero una mano pronto cubrió su boca para callarlo.
— ¿Sabes? Los de tu clase sólo tiene un lugar en éste mundo—. Le decía la voz de James momentos antes de sentir un fuerte golpe en el estómago que terminó de sacarle el aire, la cabeza le dio vueltas y por un momento no supo de sí mismo.
—James, creo que esta vez nos pasamos. —Exclamó Scott, al darse cuenta que el chico que llevaban arrastrando estaba inconsciente.
—Es basura de New Jersey, nunca es demasiado. —Declaró el otro con la voz cargada de odio, un odio irracional. Peter que siempre le seguía la corriente había concordado con él y propinado golpe a la cabeza del niño para reafirmar su posición, cansado de ser el tercero y no el segundo en la línea de comando entre los tres. Demasiado cobarde para tomar el liderazgo.
—Deberíamos dejarlo y ya. —Dijo Scott quejumbroso.
— ¿Acaso tienes miedo, gallina? —Se burló Peter, comenzando a hacer sonidos del animal mencionado.
— ¡Claro que no! —Dijo rápidamente Scott dando un manotazo en la cabeza de Peter quien dejo de reírse.
— ¡Ya cállense! — Los silenció James que comenzó a guiarlos, tenía una idea especial para la lagartija French. Los llevó hasta el basurero detrás de un oscuro edificio, comercios sin nada que vender y que se encontraban deshabitados en su mayoría. Estaban cerca del muelle, pero ir hasta allá los dejaría al descubierto y alguien podría ver que llevaban al chico nuevo inconsciente, por lo que arrojarlo a un bote pesquero quedaba fuera. Pero el basurero sería igual de satisfactorio, por ahora.
Scott dejando ver miedo se negó a arrojarlo ahí. Además, apestaba. —Hazte a un lado, imbécil. —Dijo James, Scott y Peter levantaron la tapadera del gran recipiente; uno haciendo caras de asco y el otro con el rostro rojo por el esfuerzo de levantar la pesada tapadera. James solito cargó con Gideon arrojándolo con fuerza dentro del contenedor con todo y su mochila dentro, después de haberla revisado y sacado el dinero que encontraron. Se subieron a unas cajas que había cerca para observarlo al fondo del basurero.
Gideon seguía inconsciente. —Tú. —Dijo James golpeando el pecho de Peter. —Te quedarás vigilando, si sale del basurero, me dices inmediatamente. La mierda de Jersey debe quedarse en la basura—. Dio un manotazo a Scott, cerraron el contenedor y se fueron por golosinas y refresco mientras dejaban en la esquina cercana a Peter para que observara.
Después de unos minutos, Gideon comenzó a removerse un poco, le dolía todo y olía horrible, fuera donde fuera que estaba. La oscuridad era tal que no lograba verse ni las manos, comenzó a respirar agitadamente otra vez, se sentía ahogar por el hedor. Se puso de pie lentamente, pero entonces su cabeza golpeó contra la tapa del contenedor, lo que lo hizo darse un sentón y llevarse las manos a la cabeza con un gemido de dolor.
Volvió a levantarse, alzando como pudo la tapadera, asomó la vista un poco cuando la luz le lastimó los ojos. Pero una vez que se dio cuenta de que no había moros en la costa abrió su prisión cómo pudo y usando su fuerza restante salió del contenedor, cayendo al suelo despatarrado. Escuchaba el barullo de personas pero no lograba saber de dónde provenía el ruido, por lo que caminó en busca de la calle principal del pueblo. Su horror aumentó al ver ensimismado a Peter justo por el callejón que daba a esa calle que buscaba.
— ¡JAMES! ¡LA LAGARTIJA SE SALIÓ DEL BASURERO! —.
El grito vino detrás de él que había optado por buscar una calle paralela para salir a la avenida principal y correr a casa. No valía la pena volverse a confirmar que venían tras él una vez más. Obligó a sus pies a correr a pesar del cansancio extremo que sufría, cada uno de sus músculos le gritaba que quería descansar. Corrió en línea recta, lo que pudo, dobló esquinas sin saber muy bien a dónde iba hasta que ya no escuchaba a sus perseguidores, sólo el fuerte latido de su corazón que retumbaba en sus oídos. Estaba exhausto. Harto.
Por su mente no pasaba otro pensamiento que el de huir. Quería saber por qué le pasaba esto a él. ¿En qué soy diferente? ¿Qué te hice James? Las lágrimas se agolpaban en su rostro. El aire que aspiraba por la boca le secaba la garganta, era sofocante. No quería correr más, ya no.
Dobló una esquina más, una multitud de niños y sus padres se arremolinaba delante corrió entre ellos evitando chocar con alguien. Lo primero que se le ocurrió fue tirar de la primera puerta que encontró, abrió y se metió dentro, cediendo a aquel cansancio. Se desvaneció una vez más.
Baedan corrió hacia su pequeño amigo, al tiempo de verlo resbalar. Gideon estaba sudoroso y sucio. Despedía aroma a basura y tenía muy mal semblante. Gold se había acercado por su espalda mientras su hijo levantaba al niño en sus brazos.
—Tráelo dentro, Baedan. —La voz suave y ligeramente preocupada de su padre sonó tras él. Asintiendo Bae esperó a que su padre hiciera a un lado la cortina de cuentas que separaba el frente de la tienda con la parte de atrás para llevar al niño hasta una pequeña cama que el mismo Gold usaba algunas veces cuando decidía quedarse a hacer inventario hasta tarde. Depositó a Gideon con cuidado sobre las mantas ligeras de la cama, mirándolo con preocupación.
— ¿Qué debemos hacer papá? —Preguntó Bae sin apartar la mirada del pequeño niño que ahora parecía aún más pequeño ante sus ojos. —Es mi culpa, debí esperarlo en la escuela. —Asumió rápidamente la responsabilidad, al no haber buscado al pequeño niño cuando después de despedirse de August y algunos compañeros más no lo encontró en ningún lado de la escuela. Su padre lo hizo a un lado acercándose con un frasco en una mano.
—No fue tu culpa, hijo. ¿Por qué lo sería? —Dijo Gold pasando el frasco bajo la nariz de Gideon.
—Tendría que haberlo buscado, papá. —Se lamentó de nuevo, un nudo se formaba en su garganta y le hacía flaquear su voz. La verdad era que estaba asustado al ver el estado en que se encontraba su amigo. — Pensé que se había ido a casa. —Murmuró bajo, pensando en voz alta por accidente. Su padre se irguió al ver moverse al niño, dejando caer su mano con algo de peso sobre el hombro de su hijo.
—No. Te. Culpes. —Zarandeó un poco a su hijo, alejándose de nuevo con paso lento. Bae, que no quitaba los ojos de Gideon, soltó un suspiro, calmándose.
Gideon abrió los ojos.
— ¡Papá! —Exclamó Baedan para que su padre volviera a acercarse. —Gideon, ¿estás bien? —.
El niño comenzó a mirar a todos lados, el lugar era desconocido para él, estaba algo oscuro y había demasiadas cosas en todos lados, movía la cabeza de un lado a otro, su respiración se aceleró, sintiendo un poco de pánico hasta que el rostro conocido del muchacho apareció frente a él. Baedan lo tomó por los hombros cuando se había levantado de golpe e intentaba hacerlo recostarse de nuevo. Murmurando palabras suaves en tono tranquilizador, cuando le había repetido por milésima ve que estaba bien, que estaba en un lugar seguro Gideon por fin cedió, apoyando la cabeza en la almohada una vez más, cerró los ojos dejando que su cuerpo descansara un poco.
Gold se acercó a su hijo, tendiéndole un paño húmedo. —Ayuda a tu amigo a limpiarse un poco, buscaré algún abrigo, no puede andar en el frío de Maine sin un suéter. —Bae asintió tomando el paño, viendo cómo su padre comenzaba a rebuscar entre las ropas que tenía ahí. Robert Gold podría ser el hombre más temido y algo odiado del pequeño poblado, pero también era bien sabido su buen corazón, al menos para su hijo.
— ¿Dónde estamos, Bae? —Cuestionó la temblorosa voz de Gideon, sentado una vez más.
—Estamos en la tienda de mi padre. —Comenzó a explicarle mientras le pasaba el paño por los brazos a Gideon. Tenía un corte bajo el codo, y las rodillas raspadas. Bae meneó la cabeza con un sentimiento de impotencia. —Ese de ahí es mi papá. —Señaló él con la cabeza mientras seguía absorto en su tarea, encontrando pequeños cortes en las pequeñas manos de su amigo lo hizo molestar un poco. —Gid… Fueron esos chicos ¿verdad? Los mismos de la vez pasada—.
Hizo la pregunta sin rodeos, sabía que su padre estaba escuchándoles pero no le importó, al fin y al cabo su padre ya estaba al corriente de la situación que vivía Gideon en la escuela. El pequeño niño que se había dejado asear por el muchacho sin chistar ni una sola vez, bajó la cabeza, después de un rato un sollozo contra el que había luchado desde que lo atraparan escapó de su boca, su cuerpo se sacudía involuntariamente.
Le era vergonzoso llorar frente a su amigo, pero lo que había atravesado hoy era demasiado para él, no podía guardarse más sus emociones. Eran tantas que ni siquiera sabía qué sentir. No tardó en sentir la presencia del adulto, que lo hizo temblar con cierto miedo, sin embargo no levantó la cabeza y simplemente se soltó a llorar.
Baedan nunca había visto tan diminuto a Gideon. Sabía que tenía apenas cinco años, pero siempre lo vii más maduro que eso. Ahora que lo veía encogerse en sí mismo y sacudido por sus sollozos era inevitable no darse cuenta de que era apenas un niño. Gold por su parte dejó al pequeño sollozar, no hizo nada por consolarle, pero si a su hijo, que había apretado los puños a sus costados. Rodeó sus hombros con un brazo acercándolo a su lado unos momentos.
—Traeré el almuerzo. —Puntualizó Gold, señaló la tetera y Bae entendió de inmediato; preparó un té para Gideon. Mientras escuchaba la campana de la entrada sonar. No soportó más y se sentó al lado de Gideon, quien aún no paraba de llorar desconsoladamente, desesperado, confuso y exhausto, el muchacho imitando a su padre, pasó un brazo por los hombros de su amigo.
¿Qué importaba ya la vergüenza? Gideon se dijo. No podía ya con eso que sentía, se dejó consolar por su amigo, inclinando su cuerpo hacia el joven. Sorpresivamente eso funcionó. La desolación le abandonó de a poco y para cuando la tetera silbó anunciando que el agua estaba lista, el pequeño se había tranquilizado sollozando solo un poco ahora. "quiero a mi mami." Pensó, deseando que su madre lo envolviera en sus brazos y lo dejara llorar hasta dormirse. Pero no podía ir con ella, no aun. Ella se pondría muy triste si lo veía así, se enojaría también y probablemente lloraría. "No quiero eso, no quiero lastimar a mami." Gideon cerró los ojos.
—Toma, bebe esto. —Murmuró Bae, moviéndolo un poco, le había dejado dormitar unos instantes, hasta que la preocupación se había apoderado él otra vez, entonces después de poco menos de veinte minutos decidió despertarlo y aliviar su ansiedad dándole una taza con té. —Ayudará con el dolor. —Aseguró. Gideon bebió poco a poco, soplando al caliente líquido para enfriarlo, ambos se quedaron en silencio.
—Sí. —Dijo Gideon después de un rato, Bae estaba ahora sentado frente a él terminando de limpiarle el rostro. Su vieja herida se veía amoratada, y ahora lucía un nuevo corte sobre esa misma. —Fueron ellos—.
Baedan lo miró con el ceño fruncido. — ¿Sabes sus nombres? —Preguntó con voz contenida. Al haber atravesado por algo similar, sabía que no importaba mucho, las autoridades escolares se volvían sordos a esas acusaciones con excusas banales. Gideon asintió, nombrando a sus agresores lentamente. — ¿Qué pasó hoy? —Quiso saber el joven, aun asumiendo su responsabilidad, pero no entendiendo por qué Gideon no le había esperado donde siempre.
—Me acorralaron. —Comenzó a narrar el niño entre sorbos de té. —No pude llegar a la biblioteca. —Con voz pausada Gideon relató sus pericias desde el momento en que abandonara el salón de clases hasta que llegó a la tienda de antigüedades. —Ni sé cómo llegué aquí—.
Sin duda había recorrido una distancia importante y Baedan le creía totalmente que no supiera cómo había llegado hasta ahí. La tienda y la zona que mencionaba Gideon, que no podía ser otra que la cercana al muelle, estaban de extremo a extremo de la ciudad. Una a las orillas del bosque, la otra a las orillas del mar.
En ese momento escucharon la campana anunciando el regreso de Gold, se quedaron callados una vez más. Él entró llevando consigo bolsas de papel con comida para todos. Sin mediar palabra sacó los contenidos de sus paquetes, disponiéndolos sobre su mesa de trabajo. Enlistó lo que había llevado y los chicos se acercaron a comer. Gideon no levantaba el rostro en presencia de Gold, lo que a Bae le daba gracia, aunque después comenzó a sospechar si no habría escuchado ya los rumores sobre su padre. Entonces se puso nervioso, tal vez no era timidez lo que propiciaba su conducta sino miedo. Baedan carraspeó.
—Papá, este es Gideon. El chico del que te conté. —Su padre lo miró algo desconcertado, era obvio que él ya lo había asumido con anterioridad. Pero prontamente se dispuso a saludar amistosamente a Gideon, tendiendo su mano. El hielo estaba roto. Gideon sonrió, disculpándose por la manera en que había llegado e interrumpido, no mencionó que le había sucedido concretamente, pero Gold podía figurarse lo sucedido, después de tantos años como profesor en Storybrooke había detectado cierto patrón. Nunca entre alumnos tan jóvenes, pero un patrón que sin embargo se repetía.
Poco después los dos chicos conversaban un poco más animados mientras continuaban comiendo y Gold se dedicaba a escucharlos, les dejó charlar una vez que terminaron sus respectivos alimentos mientras él se disponía a trabajar, sin evitar sonreír ligeramente ante cualquier disparate que pudieran soltar. La aguda voz infantil de Gideon hacía a Gold ponerse algo nostálgico rememorando la niñez de su ahora bastante crecido hijo. Entonces Bae le llamó directamente.
—Pops, las heridas de Gideon… no puedo detener esto. —Su voz revelaba algo de espanto lo que le hizo levantar la cabeza de su inventario. El niño tenía sangre corriéndole de la frente a la mejilla, su hijo sostenía el trapo con que lo había limpiado con anterioridad, ahora bastante sucio.
—Retira ese trapo, está sucio. Botiquín, en el baño. —La autoridad en su voz hizo a Gideon temer un poco y a Bae lo alertó a llevar a cabo sus instrucciones sin demora, obedeció pues mientras Gold se sentaba frente a su amigo. —Tranquilo, solucionaremos esto—.
Prometió cuando los ojos del niño se ensancharon con horror. Un extraño iba a curarle, un hombre que a pesar de ser papá de su único amigo en el pueblo, le daba miedo. Con su traje negro y su bastón, como el catrín de las historias de terror mexicanas que su madre le había leído en Halloween. Baedan notó la rigidez en los rasgos del niño y no tardó en tranquilizarlo. —Papá es experto en curar heridas. —Le aseguró cuando le alcanzó el botiquín a su padre, sentándose junto a Gideon de regreso en la cama. —Curaba todas las mías, aún lo hace—.
Una leve sonrisa levantó la comisura del labio del mayor ante el comentario de su hijo, mientras sostenía el rostro del pequeño y limpiaba nuevamente la herida con toques ligeros y presiones fantasmales, pero no le puso un parche, sino una especie de crema que le prometió detendría la hemorragia y así lo hizo. Gold le aseguró que no era grave, solo una herida escandalosa. Pidiendo su permiso antes que nada, Gold le examinó las otras heridas, meneando la cabeza tomó unas pequeñas pinzas. —Esto te va a doler—Le dijo con la mirada seria, poniéndose sus gafas de aumento. Gideon no comprendió de momento hasta que le inmovilizó la rodilla, a lo que Bae ayudó sabiendo ya lo que se venía. Gold lavó la herida concienzudamente, y sin decir "agua va" le hundió las pinzas dentro de la herida, él no pudo hacer nada más que gritar por el dolor.
La campanita de enfrente sonó estridentemente mientras se escuchaba pasos apresurados. — ¡Wow! ¡Chicos! ¿A quién están torturando? ¡Por todos los cielos! —Decía Jefferson asomándose por la cortina de cuentas. Gold no había apartado la mirada de la rodilla de Gideon, con las pinzas extraía pequeños fragmentos de asfalto de la herida. Mientras el niño se limitaba a compungir todo su rostro con dolor, tratando de no gritar.
—Hola Jeff. —Saludó Baedan mientras iba hacia él miró el reloj de pared de su padre. — ¿Qué haces aquí? —.
Él interpelado lo miró con una ceja levantada, había notado su mirada en el reloj. —Es tarde, sabría que te encontraría aquí. Entrenamiento, Bae. —Agregó al ver la cara de confusión del muchacho, sonriendo abiertamente se volvió hacia donde estaban Gideon y Gold. — ¿Qué le sucedió a éste pequeño amiguito? Parece que hubieras peleado contra el suelo. —Rio ligeramente, ignorante de la situación, Gold rodó los ojos ante el poco tacto del hombre.
—Siempre tan hilarante, Jefferson. —Su sarcasmo era más que tangible, pero así previno a Jefferson de seguir hablando, Gold terminó de limpiar la herida, derramando un poco de agua destilada sobre ella, a lo que Gideon saltó por el ardor apretando los dientes para no quejarse de nuevo. Jefferson inhaló por la boca con simpatía y una mueca de dolor.
—Eso debe arder. —Golpeó a Bae en la espalda. —Bueno, dejémoslos con la tortura al viejo y al chiquitín, hay que empezar la tuya, Bae—.
Gold prefirió pasar de aquel comentario. Fue el turno de Baedan para hacer una mueca de dolor. —Pero… debo llevar a Gideon a su casa. —Se excusó de inmediato.
—Oh, pero no te hagas problema. Tu padre puede llevarlo. —Sonrió Jefferson dándole una mirada significativa. —Todos sabemos dónde está la biblioteca. —Aquello hizo a Gold detenerse de golpe, apretó la quijada, no necesitaba ver a Jefferson para sentir la sonrisa de coquetería que tendría en la cara. Por un momento había olvidado que a quien curaba en esos momentos era Gideon French, hijo de la bibliotecaria que se le había puesto al tú por tú en dos ocasiones, Belle French. —Vamos, Baedan Gold, no te salvarás, además Grace se nos unirá hoy—.
Jefferson se llevó a rastras a Bae, que se disculpó con su amigo. —Perdón Gid, debo irme. ¿Estarás bien con papá? —Aquella frase se sintió extraña en cuanto salió de su boca, y no sólo para él, pudo ver la espalda de su padre erguirse con incomodidad, mientras el rostro confundido de Gideon no atinaba a decir nada y sólo asintió. Salieron de la tienda por la puerta de atrás Jefferson y Bae, quien no podía dejar de preocuparse. —Debería llevar yo a Gideon, Belle debe estar preocupada por él —.
—Tu padre es el adulto responsable aquí. La bella bibliotecaria se sentirá mejor al ver a su hijo llegar con uno, un adulto responsable, digo. —Una última mirada al lugar y se alejaron de la tienda hacia la camioneta de Jefferson.
Dentro en la tienda Gold apuraba una taza de té para sí mismo. Cavilando la idea de preguntar lo sucedido. Pero no lo hizo, el niño se había quedado en silencio sobre la cama y la vista clavada en sus manos. Sus ojos se desviaron al botiquín que yacía a su lado, por hacer algo metió dentro todo lo que pensaba que debería ir dentro y lo que no lo puso en un rincón para echarlo a la basura.
Gideon trató de llamar la atención Gold. —Amm, ¿señor? ¿Do-donde pongo esto? —Preguntó cuando el hombre se dio la vuelta para mirarlo, alzando el botiquín.
—Uh, sí… —Gold señaló la puerta que daba al pequeño baño. —Déjalo sobre la taza, yo lo guardaré después, gracias. — Gold dejó su taza y tomó la chaqueta que había encontrado, era una vieja chaqueta de Baedan, azul con naranja y se la tendió cuando el niño fue a la cama por la basura. —Te llevaré con tu madre, está frío fuera, será mejor que uses esto—.
Gideon asintió, llevó la basura al baño y la depositó en el cesto de basura. Cuando regresó Gold no estaba, pero le había dejado la chaqueta en la cama, caminó hasta ahí, poniéndose la chaqueta. Le quedaba algo grande, sobre todo por los brazos, se arremangó lo mejor que pudo. Miró a su alrededor, no sabiendo cómo salir de ahí. Agudizó el oído y logró escuchar el tap del bastón del mayor, viendo la cortina de cuentas salió por ella recordando que por ahí había entrado el hombre llamado Jefferson, lo había visto algunas veces en la biblioteca, charlando con su mamá, pero nunca se había acercado a conocerlo.
Gold se paseaba por su tienda llevando un artefacto hacia algún lado y después a otro. Al escuchar las cuentas y los pasos tímidos del niño caminó por detrás del mostrador en el que estaba la antigua caja. Gideon caminó mirando las vitrinas de la tienda, curioso.
—Creo que tengo algo tuyo, por aquí. —Dijo Gold llamando su atención, Gideon renqueó de regreso hacia dónde estaba el hombre que se agacho tras el mostrador, le dio la impresión de que desaparecía. Cuando se irguió llevaba algo en su mano, Gideon por instinto retrocedió, no dejaba de darle algo de miedo el papá de Baedan. Gold alzó la mano, mostrándole un libro, un libro con cubierta azul. El hombre le tendió el objeto.
Confundido el niño tomó el libro y le dio vuelta para ver la portada, su rostro se iluminó con una sonrisa, era su libro, el libro de mamá. Aquel que había perdido hace semanas y que no había tenido el valor de confesarle a mamá que no tenía ya, que lo había perdido huyendo de los Niños Perdidos. Estaba contento, a pesar de que la cabeza comenzaba a doler de nuevo, le habría agradecido infinitamente que lo hubiera recuperado, habérselo regresado y Gold le habría sonreído diciendo que no había nada que agradecer, que el libro debía ser devuelto a su dueño original, habría caído una capa más de hielo entre ellos y Gideon no habría resistido el abrazarle sin poder expresar su agradecimiento de cualquier otra manera, derritiendo completamente a Gold, quien le habría acariciado la cabeza por mero reflejo, como habría hecho con su propio hijo, pero no pudo decir nada, el hielo sólo se haría más espeso y el miedo infundado de Gideon adquiriría fundamentos importantes que lo harían alejarse de aquél hombre, cuando la puerta de la tienda se abriera de golpe, y entrara su madre.
Belle había ido preguntando por la calle a quién se atravesara en su camino por su hijo, cualquier señal que le diera una pista sobre el paradero de su hijo, después de había dedicado a entrar en cada negocio y preguntar por él. Hasta el momento sin éxito, nadie le había visto y Rubí estaba teniendo los mismos resultados por la otra zona. No podía levantar una denuncia de desaparición hasta cumplirse 24 horas, lo que para una madre desesperada era algo estúpido e incompetente de parte del departamento judicial.
Era el último lugar en el que pensaría que encontraría algo relacionado con su hijo, pero de todos modos entró a la tienda de antigüedades de Gold, con el peso en el corazón y los ojos cansados de soportar las lágrimas. Sin embargo al abrir la puerta se quedó plantada bajo el alegre repiqueteo de la campana. La escena podría ser parte de una alucinación. El hombre mismo estaba medio inclinado hacia la figura pequeña de un niño, sus ojos se encontraron unos instantes antes de que el niño volteara hacia ella, sus rodillas se doblaron, era su hijo, su pequeño Gideon.
— ¡GIDEON! —Exclamó ella con voz desgarrada y el niño corrió hacia ella rodeándole el cuello con sus pequeños brazos. Belle dejó al alivio expandirse de su pecho hacia cada rincón de su cuerpo, no se había dado cuenta la imposibilidad de respirar que había tenido durante todo el día hasta que tuvo a Gideon en sus brazos. Gold no sabía qué hacer, se sentía un intruso ante aquello, en su propia tienda, simplemente se irguió poyando ambas manos sobre el bastón, observándolos en silencio.
—Mami, lo siento. —Decía el niño con el rostro hundido en el cuello de su madre. —Perdóname mami, perdón. —Repetía una y otra vez, sabía que su madre había estado asustada no la culpaba, también él lo había estado. Belle no atinaba a decir nada, simplemente abrazaba con fuerza a su hijo.
El ruido del lento andar del hombre los sacó de su pequeña burbuja, Belle se separó de Gideon para mirarlo de cerca. ¿Qué había sucedido? — ¿Dónde estabas? Te llamé varias veces, nunca contestaste, ¿Para qué te di el teléfono si no vas a contestar cuando te llamo? Sabes que debes avisar cuando no vendrás a casa. ¡Me tenías muy preocupada! ¡Debiste llamar! ¡Baedan debió llamar! ¿No pesaste que tu madre estaría preocupada? ¡Tú no eres así Gideon! ¡Por dios! —No podía detenerse, el miedo y preocupación anteriores se había transformado rápidamente en enojo cuando lo miró ahí, con Gold nada más y nada menos. Gold… por dios, la perversidad del ese hombre no tenía fronteras.
—Miss French, tranquilícese, el niño está bien. —La voz calmada del hombre no hizo más que alimentar su ira. Se irguió poniendo a Gideon tras ella y caminando hacia Gold, la nariz ensanchándose, los labios pálidos de tanto apretarlos y la mirada con un brillo feroz.
—Usted sabía dónde estaba. —Le dijo con la voz cargada de desprecio, señalándole con el dedo índice sin dejar de mirarlo. —No se le ocurrió llamarme para avisar que tendría a mi hijo con usted ¿qué pretende? —De acuerdo era una acusación sin fundamentos, ridícula y fuera de lugar. Pero para ella tenía sentido totalmente en ese momento, aunado a las notorias nuevas heridas de su hijo que la hacían enardecer de ira. El rostro de Gold perdió toda expresión, "Bien, si las cosas serán así…"
—No soy yo quien descuida a su progenie. —El comentario iba con veneno. No le acusaría de irresponsable en su propia tienda, después de haber visto por el hijo de la mujer desde que atravesara la puerta de su propiedad y desfallecido en la puerta. —No pretendo nada, no sé qué le pasa por la cabeza, pero los niños no tienen para mi utilidad alguna, la esclavitud fue prohibida mucho tiempo atrás.
— ¿Entonces es esto un secuestro? —. Gritó con algo de histeria en la voz.
— ¡Ah, ahora soy un secuestrador! —. Se burló Gold entre dientes con la quijada apretada y enseñando los dientes, esa mujer lograba sacarlo de sus casillas con demasiada rapidez. ¿Qué estupidez es esta? Secuestrador ¿yo?... esta mujer está loca. ¿Qué clase de monstruo cree que soy?
Definitivamente esta era una discusión ridícula, pero una no sabía qué sentía, por ende solo soltaba la conmoción emocional con lo primero que le venía a la cabeza y el otro herido en el orgullo, incapaz de ser la parte calmada , respondía mordazmente, decidido a no perder esta batalla. Los adultos eran extraños, siempre enojados. Gideon nunca había visto así a su madre y ver a Gold plantado en ambos pies y hablando con los dientes apretados le daba más miedo que nunca.
— ¿Por qué no? —Calmó ella alzando los brazos con dramatismo, después de todo tal vez los rumores que había escuchado de Gold fueran ciertos. — ¿Por qué otra razón está mi hijo aquí? ¿Qué quiere de mí?—.
Gold entrecerró los ojos y lanzó una carcajada sarcástica. — ¿Y qué podría querer yo de usted? —Espetó con sorna, barriéndola con la mirada desde los pies hasta el último cabello fuera de lugar, una mueca de superioridad en el rostro y los hombros cuadrados, rectos. —No tiene nada que ofrecer—.
El sonido seco de piel contra piel creó un silencio sepulcral. La bofetada le vino con fuerza, la palma bien abierta y la fuerza impresa por el giro de su diminuto cuerpo impulsando su mano hasta hacer contacto con la mejilla de él sonoramente. Bofetada que le volvió el rostro al no esperar el impacto. Gideon abrió los ojos tanto que sentía que le saldrían de las cuencas de los ojos, ver el rostro de Gold viendo hacia un costado, la furia que despidió el hombre lo estremeció aún más, invadido por el miedo fue a abrazarse a su madre. De no haber estado todo en silencio no habrían escuchado el furioso siseo del hombre.
—Largo. —Lo dijo con los dientes rechinando de furia contenida, debía ser prudente ahora. Gideon tironeo de la falda de su madre, Belle caminó hacia atrás sin volver la espalda. Ya no estaba furiosa, poco a poco tomó consciencia de lo que acababa de hacer, pero aún seguía muy enojada y no podía dejar de sentirse más tranquila después de haberle abofeteado.
El niño abrió la puerta, Belle observó cómo el hombre recuperaba su posición anterior, erguido, sacando el pecho, ambas manos en el bastón justo frente a él, con la mejilla enrojecida, quijada apretada y ojos resplandecientes.
Gold habló con los dientes apretados y la voz cargada de venenosa frialdad: —Lo único que quiero de usted, es la renta, a tiempo y completa—.
Con esa última amenaza Belle salió de la tienda, tomó a Gideon de la mano y caminó rápidamente hacia la biblioteca, sacó el teléfono para llamar a Rubí avisando que había encontrado a Gideon. La conversación fue corta, así como el recorrido a casa. Había prometido a Rubí que le contaría al día siguiente dónde lo había encontrado y una vez que hablara con su hijo sabría lo sucedido. El niño fue en silencio todo el trayecto, su madre lo llevaba demasiado aprisa y su pequeño compas no era capaz de seguirle el ritmo, llevaba el libro bajo la chaqueta abrazado a él pero lo sentía resbalar de cuando en cuando. Entonces trastabilló su madre lo sintió caer tras ella, al sentir cómo se zafaba del agarre de su mano.
Asustada quiso ayudarlo a levantarse, entonces cayó en la cuenta de que había estado tironeándolo todo el camino hasta que llegaron a las escaleras que conducía a su hogar. —Mi amor, perdóname. —Se disculpó angustiada, la cabeza seguía puesta en la discusión con Gold y no había sido consciente de que estaba lastimando a su hijo. Gideon se levantó sin soltar el libro subiendo con ella.
No quería hablar de lo sucedido en el día, corrió a su habitación en cuanto su madre abrió la puerta. Belle lo dejó ir. Llamando a la puerta minutos después. Ella sí quería saber que había sucedido.
—Gid… por favor, déjame entrar. —Le rogó a la puerta esperando a que él abriera, el pequeño Rumple se arremolinó en sus piernas, exigiendo la atención negada en esas largas horas en que le dejaban solo. Un pequeño click indicó que Gideon había abierto la puerta, al menos quitado el seguro.
Entró lentamente, con el animal entrando detrás de ella directo a los pies del niño, que había reemplazado su ropa por el pijama. —Hola Rumple. — Saludó al minino con la voz disminuida en un susurro, se agachó y tomó al gato en sus brazos acariciándolo.
Belle se dio cuenta de que no podía hablar aun con su hijo, cuando al ver a la luz más brillante la frente del niño con una nueva cortada sobre su ceja, justo arriba de la anterior que antes había estado a punto de curarse la hizo sentir la bilis subiendo por su garganta. —Bañate, iré a preparar la cena. —Ordenó ella saliendo apresuradamente de la habitación de su hijo que sólo asintió.
Belle no fue a la cocina. Cubriéndose la boca con una mano, casi corrió al baño y devolvió el estómago. Al darse cuenta de lo que había sucedido realmente con su hijo, el peso de la situación que atravesaba éste era demasiado para sus nervios, no había necesidad de que Gideon se explicara, ahora con la mente un poco más calmada, era obvio lo que había provocado la ausencia de su pequeño. Se lavó la boca y el rostro, recargándose en el lavabo un momento, respirando profundamente para calmarse.
Fue hasta su habitación y se dejó caer en la cama, tratando de evitar que las lágrimas salieran, no quería llorar de rabia, respiró profundamente mirando el techo de su habitación y no pudo resistirlo más rompiendo en silencioso llanto, encogiéndose en sí misma, luchando. Cuando cayó en cuenta que sus lágrimas eran de alivio, dejó de luchar por retenerlas.
Bueno este es un capítulo algo angustioso, pero necesario... Espero que les haya gustado.
