Victor (Primera Parte)

Europa 179X

-¿Regresarás a París?, ¡es una locura, podrías morir!, los pobladores están asesinando a los nobles, los envían sin compasión a la guillotina ¿es tanto tu dolor que quieres morir para ir con ella?... respóndeme por favor - Sofía Von Fersen trataba de convencer a Víctor Clemente de Girodelle de no regresar, pero era inútil, la decisión estaba tomada.

-Necesito comprender qué la llevó a tomar la decisión de traicionar a los reyes y unirse al pueblo, Oscar siempre fue impetuosa, valiente y fuerte, pero también siempre fue leal a sus principios y a la corona, al igual que el General Jarjayes - respondió calmadamente Víctor ante la mirada angustiada de Sofía.

Aquella fue la última vez que se vieron, la joven sueca sentía morir algo dentro de ella, aquel hombre se había convertido en alguien especial, no lo admitiría jamás, pero Víctor le inspiraba más que un sentimiento de amistad, y, así mismo, sabía que era una pelea perdida ante la comandante Oscar Françoise de Jarjayes; aquella mujer, que en un principio ella misma había confundido con un hombre, estaba metida en el corazón de Víctor y él se negaba a dejarla salir.

Cuando el Conde De Girodelle llegó a su destino, pudo constatar de primera fuente que los ánimos en París no eran los mejores. Después de la ejecución de los reyes, la ciudad se encontraba inmersa en un reinado de terror, comandado por Robespierre, Víctor trató de buscar alguien que le ayudara a encontrar la tumba de Oscar, pero le fue imposible. En medio de ese caos reinante en la ciudad, fue cuando de repente vio como un delicado jovencito de rubios y ondulados cabellos era atacado por unos hombres que lo perseguían.

-¡Ven aquí monstruo!

-¡Hay que eliminar a esas bestias!

-¡Es una plaga, acábenlo!

-¡No tengan compasión!

Inmediatamente acudió a defenderlo impelido por un fuerte deseo de justicia, dado que su porte y sus ropas, aunque sencillas, delataban su linaje, se vio en la necesidad de recurrir a la violencia, enfrentándose en solitario a una turba molesta. Atacaba a uno, lo golpeaba otro, apenas y pudo escapar llevándose al muchacho con él. No lograba entender por qué el odio hacia los nobles no les dejaba mostrar compasión por un jovencito que difícilmente entendería bien la diferencia entre lo bueno y lo malo.

-¿Qué haces en un lugar como este? ¿Dónde están tus padres? - El muchacho no decía nada, Victor, reparando en sus palabras, se respondió a sí mismo - No puede ser, fueron asesinados, lo lamento tanto... - en ese momento un fuerte dolor no le dejó continuar más, la herida que le habían propinado en el abdomen sangraba demasiado. Sintió perder el conocimiento, sin embargo no podía permitirse desfallecer dejando al muchacho solo. -Será mejor que busquemos ayuda..., debemos darnos prisa - El Conde sentía que las fuerzas lo abandonaban. Con gran dificultad logró vendar su herida frenando un poco la pérdida de sangre, necesitaba con urgencia algún médico que le ayudará. Presa del dolor, apenas logró moverse con la ayuda del muchacho que permanecía aferrado a él, estaba tan desconcertado que no lograba prestar atención al lugar donde se dirigían; no entendía por qué, pero algo le decía que a partir de ese momento, nada volvería a ser igual. El joven le ayudó a quitarse los ropajes manchados y sin ninguna dificultad lo hizo recostarse. Víctor no notó como aquel muchacho parecía saborear la sangre que quedaba en sus manos producto de tocar las heridas.

-Estarás bien, lo prometo; no sentiras dolor, solo tranquilízate. Déjame tomarte para mí y todo pasará… - el mozuelo de rubios y ondulados cabellos le sonreía mientras le hablaba de una forma suave, casi seductora, como si quisiera sumergirlo en alguna especie de trance. Lentamente se acercó al herido posando los labios en su cuello.

Ajeno a lo que pasaba, Víctor no pudo detenerlo y finalmente las fuerzas lo abandonaron. Cuando despertó, se sintió extraño, estaba en un lugar desconocido y aquel jovencito estaba de pie junto a él, viéndolo de una forma inquietante, su semblante, antes inocente, se había tornado en oscuridad - Dime ¿te sientes diferente? - preguntó el muchacho, dejando por fin su mutismo inicial, a la vez que esbozaba una sonrisa un tanto malvada.

-¿Qué me sucede? ¿qué me hiciste? - preguntó inquieto. El Conde sentía algo extraño dentro de su ser, su cuerpo estaba débil, pero lleno de una nueva necesidad que no lograba comprender.

-No suelo mostrarme bondadoso ante otros, pero sé demostrar agradecimiento y admito que sin tu ayuda, difícilmente habría escapado de aquellas personas; en fin, no pienso volver a cometer esa imprudencia. Mi nombre es Edgar Portsnell y soy un vampiro.

-Debo estar alucinando producto de mis heridas, o definitivamente he muerto y estoy en el infierno – Víctor alegó confuso ante las palabras de Edgar.

No, no es el infierno, quizá lo parezca de momentos, pero aprenderás a sobrellevar lo que se venga a partir de hoy… Se podría decir que has muerto y que todo lo que conociste jamás volverá a ser igual... Eres un vampiro ahora, esa extraña sensación que te invade es el deseo de sangre. Te convertí en uno de nosotros, es por eso que lograste sobrevivir, la herida que tenías era muy grave, habrías muerto desangrado, y realmente habría sido una lástima perder a alguien como tú, no es común encontrar gente de noble cuna y buen corazón; ¡Mira que arriesgar la vida por un extraño! Cualquier otro se habría hecho de la vista gorda, incluso mi padre prefirió abandonarme antes de aceptar la vergüenza de un hijo bastado.

-¡Muchacho has enloquecido!, ¡aléjate de mi! - diciendo esto trató de levantarse de la cama en donde aún permanecía. No supo cómo, pero Edgar ya estaba frente a él deteniéndolo.

-¡Vaya! No creo posible el haberme equivocado - dijo Edgar - aunque no lo creas, hice esto por tu bien, lo juro, no había otra forma de salvarte y tal como te dije antes, no me habría perdonado el dejarte morir, eres un ser afortunado... jamás envejecerás, conservarás tu vigor y belleza por siempre, nadie podrá resistirse ante tí. Acepta lo que ahora eres.

Así, Víctor vió como todo su mundo cambiaba radicalmente, desde ese día decidió ocultarse, dejar atrás todo lo que formaba parte de la vida que murió con su naturaleza humana. Aceptó acompañar a su creador al pueblo inmortal de la familia de Poe, un lugar donde no existía el tiempo, ni el dolor, donde pudo comprender mejor el nuevo estado de su ser. Era un lugar idílico, casi un paraíso terrenal. Edgar por su parte insistía en que aquel, era al final su destino - Nada es casualidad Víctor, si nos encontramos es porque así tenía que suceder.

-Dime Edgar... ¿realmente eres feliz así? - Víctor preguntaba con un ánimo entre la serenidad y el vano conformismo, aún le era extraño abordar esos temas con un "jovencito", pero sabía perfectamente que esa apariencia al final era una máscara.

-No se puede decir que realmente estamos vivos - respondió serenamente Edgar - no podemos cambiar, pasarle nada a nuestra descendencia; vemos el mundo seguir su curso como espectadores, ni siquiera podemos formar un hogar o establecernos sin levantar sospecha, al menos en mi caso eso es imposible. Recuerda, tener la voluntad de vivir es difícil y hacer que tus días pasen con felicidad lo es aún más; las personas cobardes, si no tienen cuidado, pueden convertir sus deseos en sueños… sinceramente me habría gustado tenerte para mí, yo te tomé y estás unido a mi, pero no quiero compartirte con Oscar; vete, llámala siempre al anochecer, quizá algún día venga a tí y sacie tu anhelo, si es tanto tu deseo ella vendrá, pero no dejes que eso te consuma - diciendo esto, se despidió de Víctor y se fue dejándolo solo.

El Conde de Girodelle abandonó el pueblo de Poe una mañana de abril, ese pueblo lleno de rosas que le recordaban la elegancia y belleza de su amada Oscar, una rosa tan perfecta que no había ninguna que la llegase a igualar. Al caminar un poco, le pareció estar alucinando, contempló la figura de su ex Comandante arrancando pétalos de rosa por el camino, mientras se dirigía hacia la niebla que llenaba el lugar, rápidamente quiso darle alcance - ¡Oscar, Oscar!… - pero su llamado no fue atendido; fue entonces cuando la imagen que contempló se desvaneció, solo era un recuerdo, un recuerdo muy vívido. Lágrimas salieron de sus ojos - Estoy empezando a enloquecer - se dijo mientras recuperaba la compostura.

Al volver a Versalles tantos recuerdos lo asaltaban, creyó por un instante escuchar su voz, sí, era ella pasando revista a los soldados "Dichas las instrucciones, pueden ir a sus puestos"; Víctor la veía evidentemente sorprendido, ella caminaba hacia él, pero su imagen pronto se desvaneció, nuevamente era solo un recuerdo -Es verdad… han pasado más de 40 años- susurró tristemente bajando la mirada.

Una particular asociación

París, época actual

-Deja de pensar tanto las cosas y llámala de una vez, me desespera verte contemplando esa tarjeta, si tanto quieres ver a la rubia haz algo - Alain había perdido toda la paciencia ante André, apenas habían pasado tres días desde que se había encontrado con Oscar y en ese tiempo el de ojos verdes había permanecido en un estado aletargado, algo que no había pasado desapercibido para su amigo y socio.

-No entiendes Alain, no sé cómo decirte esto sin sonar como un loco, pero siento que ya la he visto en otra parte, no lo sé… es como si nos conociéramos de algún lado - respondió.

-Quizás estudiaron juntos en la infancia o fue tu novia en otra vida, da igual, si no les llamas tú lo haré yo - no terminó de decir esto, cuando tomo el teléfono y marcó el número en la tarjeta mientras André trataba de impedírselo, ya que no se sentía preparado para verla de nuevo.

-Diga - contestaron desde la otra línea

-Hola, soy Alain.- acostumbrado a llamar la atención de buenas a primeras se molestó al no percibir reacción ante su nombre, después de un bufido explicó de mala gana -Nos conocimos hace un par de días en un callejón y descubrimos que tenemos intereses en común hacia unos seres extraños... por cierto ¿eres la rubia intensa o la niña hippie?

-¡Hortense, te habla el idiota de la otra noche! - respondió Oscar gritando en la bocina del teléfono, lo que provocó que Alain sintiera romper su tímpano.

-¿Por qué gritas? estoy a la par tuya - respondió Hortense tomando el teléfono

-No grité para ti - sonrió Oscar de forma maliciosa, mientras tomaba sus cosas para irse al conservatorio de música.

-Diga, habla Hortense

-Toma habla con ella por favor, tu rubia intensa me acaba de reventar el tímpano - Alain le entregó el teléfono a André a la vez que con una mano se apretaba el oído.

-Por favor Oscar disculpa a mi amigo, Alain a veces se puede comportar como un niño pero, ya que ambos por una u otra razón queremos eliminar esas plagas lo mejor sería apoyarnos.

-Descuida André, mi hermana también se comporta como una niña a veces - respondió la mujer viendo a Oscar - pero lamento decepcionarte, soy Hortense; en serio me alegra poder hablar contigo, realmente salta a la vista quien es el más maduro de ustedes dos ¿será que podamos vernos en algún lugar esta tarde?

-Por supuesto, me parece buena idea - secretamente sintió un alivio al enterarse de que no hablaba con Oscar - pueden venir al Gimnasio de la 74 Bis Rue Lauriston, Alain y yo las estaremos esperando. Nuestra oficina está ahí, es un lugar discreto y podremos conversar tranquilos.

-Interesante negocio... De acuerdo, allí estaremos – diciendo esto, Hortense colgó el teléfono y se dispuso a marcharse a su trabajo. La mayor de las hermanas se había esmerado en mantener en funcionamiento la cafetería que era de su madre, un lugar pequeño pero acogedor.

Después de la esgrima y la equitación, no había otra cosa que Oscar amara más que tocar el violín. Siempre le traía buenos recuerdos. Le encantaban las melodías de Mozart y tenía una especial fijación en tratar de tocarlas a un ritmo más acelerado. Inmersa en su música, no notó que tenía un acompañante hasta que fue interrumpida por una conocida voz.

-Vaya Jarjayes, se ve que te encanta Mozart - un joven rubio de ojos verdes la contemplaba desde el umbral de la puerta.

-Su música me tranquiliza… Además debo ensayar, en tres semanas es la presentación - respondió sin mirarlo ni dejar de tocar.

-Es bueno que ensayes pero también deberías salir un poco, ya sabes... para quitar el estrés, siempre dices que estas ocupada, quizá una salida ocasional te venga bien y hasta mejora tu técnica - dijo el hombre mientras se acercaba y posaba sus manos en los hombros de ella.

-Será mejor que me quites tus manos de encima, no vaya a pasarte un accidente que haga que no puedas tocar ese hermoso piano de cola - Oscar le dirigió una mirada de advertencia.

-Cielos, relájate - exclamó poniendo las manos en alto mientras se apartaba de la joven - no iba a intentar nada si es lo que piensas, solo creo que debes relajarte un poco, todos los músicos se toman un tiempo, tu amado Mozart no era la excepción.

-No me importan tus argumentos - respondió indiferente - solo déjame tranquila, no tengo interés en las diversiones frívolas. No soy como tú, Sebastián.

-Algún día cambiarás de opinión, lo sé, no serás una gruñona de por vida - respondió soltando una sarcástica risa a la vez que se alejaba rápidamente de ella.

Oscar no estaba dispuesta a tolerar una más de sus burlas por lo que se disponía a seguirlo, pero el sonido de su celular la detuvo, era su hermana.

-¿Qué sucede? - contestó con suspicacia.

-Cielos, por lo menos saludame - respondió Hortense.

-Debe estar sucediendo algo importante, nunca me llamas cuando estoy en ensayos - dijo la joven rubia relajando el tono de su voz.

-De acuerdo, no es nada malo, es solo que pasaré por tí hoy, ¿recuerdas quien llamó esta mañana cierto? pues pacté una cita, sabes lo mucho que me interesa hablar con ellos, realmente siento que podemos sacar provecho de una pequeña colaboración.

-¿En serio tengo que acompañarte?... oye realmente me gustaría hacer otra cosa, y no tener que soportar al idiota de la otra noche y a su amigo; a la fecha nos ha ido bien trabajando solas ¿por qué habría de ser diferente?

-Modera tu lenguaje, iremos así tenga que arrastrarte de los cabellos - diciendo esto colgó el teléfono. La decisión no era negociable.

-Esto tiene que ser una broma - se dijo a sí misma, rápidamente guardó su violín, ya no tenía caso seguir ensayando. Salió del conservatorio para caminar un poco antes de que llegara su hermana, se sentía intranquila, y necesitaba tomar aire fresco.

-¡Oscar! - una voz interrumpió sus pensamientos - No creí volver a verte, menos por aquí.

-Tú eres... - preguntó la aludida tratando de recordar quién era la persona que le hablaba.

-Soy Amelie, me salvaste la otra noche - respondió emocionada, desde aquella vez la joven no lograba sacar a la cazadora de sus pensamientos.

-¡Oh!, ahora lo recuerdo, eres la chiquilla que pensó que yo era hombre - dijo entre risas, cosa que no fue del todo agradable a su interlocutora.

-Tu forma de vestir y actuar no ayuda a ver la diferencia - respondió con un aire de falsa seguridad.

-¡Pero qué insolente eres! - contestó la cazadora, a la vez que se acercaba a ella con una mirada desafiante, lo que hizo que Amelie se perturbara. - Me agradas - relajando el rostro y puso una mano en el hombro de la pequeña rubia, la que sintió como un choque eléctrico recorría su espina, "Ella es fascinante" pensó la joven.

-¿Y qué haces aquí, eres músico? - preguntó Oscar, razonando que quizá hablar con ella le ayudaba a distraerse, por lo que decidió acompañarla al recinto.

-No todavía, vine para solicitar información, por lo que veo tocas el violín… ¿eres alumna o profesora?

-Ambas, quiero formar parte de la orquesta, por lo que estoy tomando un par de clases para mejorar mi técnica con el violín, pero también doy clases particulares de piano; no tengo que ser tan experta para enseñarle a un par de personas - al decir esto se encogió de hombros - ¿Qué clases tomarás?

-Me gusta el piano - se apresuró a responder - quizá seas mi profesora.

-No lo creo, no me dejan enseñare a menores de 20, dicen que soy una mala influencia - dijo sin verla.

-¿Cómo sabes que no cuplo 20 aún? no me conoces - dijo en tono que queja.

-No lo sabía, pero gracias por confirmar mis sospechas, pequeña niña - Al decir esto Oscar le dedicó una sonrisa que la hizo sonrojarse. De pronto recibió un mensaje en su celular, era Hortense que la esperaba afuera. - Debo irme, te veré luego Amelie.

La alta rubia se limitó a despedirse haciendo un gesto con la mano, mientras se alejaba, Amelie no podía dejar de verla, era como una visión, su porte, su rostro, su modo tan seguro, "tengo que verte de nuevo, Oscar, mi corazón me pide que lo haga".

-¿Qué tal tu día hermanita? - le dijo Hortense apenas la vio acercarse.

-No ha estado tan mal, pero podría ponerse mejor si no vamos donde tus nuevos amigos - respondió a modo de reproche mientras subía al auto, pronto se corrigió - Lo lamento, no quiero ser grosera.

-Lo sé… sólo quiero ayudarte y créeme, siento que ellos podrían ser buenos aliados - de pronto, Hortense reparó en que su hermana estaba distraída - ¿Quieres verlo, no es así?

-¿Qué? - respondió Oscar de forma indiferente - No sé de qué hablas, tú fuiste la que concertó esta cita, no yo, esos dos ni siquiera me importan.

-Hablo del hombre que ves en tus sueños, el caballero elegante, el que siempre te llama. Quieres verlo y hablar con él, lo dicen tus ojos.

Oscar se sintió descubierta, la noche anterior había soñado que estaba junto a ese misterioso hombre en un magnífico jardín y que él le dedicaba las más hermosas palabras… y de pronto, le había dado un beso, un beso que no dejaba de recordar. Se obligó a guardar silencio, no le apetecía hablar de eso y como siempre, Hortense respetó sus tiempos.

Al llegar al lugar indicado, la menor de las Jarjayes no pudo menos que sorprenderse - ¡Wow, un gimnasio!, no está mal, ¿crees que me den un descuento? - la rubia codeó a su hermana con un gesto de complicidad.

-No seas cínica, hace quince minutos ni querías venir - respondió entre risas Hortense mientras le daba las llaves del auto -Solo por eso te daré el gusto de que nos lleves a casa.

El local estaba vacío y pese a que faltaba un poco para hora de cierre, los dos amigos decidieron cerrar antes para no tener interrupciones, ni posibilidades de que los escucharan. Al entrar pudieron notar que André las esperaba en la entrada, después de un breve saludo, se dirigieron a la oficina del local. Oscar trataba de disimular la sensación que le provocaba ver nuevamente al hombre de ojos verdes, era algo que no lograba comprender, sus gestos, su forma de expresarse, su voz, le eran extrañamente tan familiares, no lo admitiría, pero era como si supiese quién era él. Éste, por su parte, trataba de no mirarla para no evidenciar su turbación; había pensado tanto en ella desde ese día, que tenerla cerca le despertaba sensaciones extrañas.

-Sean bienvenidas a nuestro humilde negocio - Alain los esperaba acomodado en la oficina, con los pies sobre el escritorio - Pónganse cómodas, tenemos mucho de qué hablar.

-Por lo visto, tomarte las cosas en serio tampoco es tu fuerte - expresó Oscar mirándolo con reproche.

-Baja los pies ¿Quieres?, esto es algo serio - dijo André reprendiendo a su compañero.

-Lo siento, olvidé que querías dar una buena impresión - respondió Alain mirando a Oscar.

-Gracias por aceptar esta reunión - rápidamente Hortense tomó la palabra - tal como les comenté la otra noche, tengo interés en saber un poco más de ustedes, quizá los cuatro juntos podamos acabar con esta particular plaga. Nosotras realmente hemos dedicado mucho tiempo en tratar de entender qué es lo que sucede, nunca antes había ocurrido algo así en París, pero todos aquí sabemos las historias que contaban nuestros abuelos.

-La verdad nunca pensé que fueran reales - respondió André - No al menos hasta ese día en que vi como uno atacaba a un amigo, al principio no podía creer lo que veían mis ojos.

-¿Tienen alguna idea acerca de donde provengan? - preguntó Alain - No sé por qué, pero me da la impresión de que ustedes saben más que nosotros, tú por lo menos- miró a la mayor de las hermanas.

-Solo sé que ellos buscan algo, pero no logro entender qué; tampoco creo que sean todos iguales, al menos no del mismo clan - respondió Hortense - Si prestan atención, podrán notar cierta marca distintiva que los une a su respectivo clan. Esto no solo los agrupa, también define la forma en que cazan y eligen a sus víctimas.

Así fueron pasando las horas, cada uno fue compartiendo lo que sabía, incluso aquellos detalles que consideraban importantes sobre los vampiros que habían logrado cazar, en un momento Hortense había dicho que consideraba que aquel encuentro no era casual, quizá realmente se necesitaban los unos a los otros para poder exterminar de una vez por todas a esos monstruos. En cuanto a Oscar, se empeñó en permanecer callada e indiferente, trataba de concentrarse en lo que decían, pero no podía quitar de su mente lo ocurrido en el sueño de la noche anterior, así como las palabras escritas en la libreta de su abuela. Sabía que algo grande se avecinaba y no lograba atar completamente los cabos sueltos. Su mente estaba en otro lado, hasta que escuchó la mención del feriado nacional.

-Creo que mañana debemos estar atentos - expresó André - la celebración del catorce de Julio siempre deja rastros de ellos, es como si pudieran sentir la sangre que se derramó hace más de 200 años durante la Revolución.

-¡Mañana es catorce de Julio! - dijo un tanto sorprendida Oscar.

-¡Vaya! hasta que por fin abres la boca, y no, no es mañana, es hoy, ya pasa de medianoche creo que hemos perdido la noción del tiempo - expresó Alain viendo su reloj.

-¡Medianoche!... tengo que irme - rápidamente Oscar salió del lugar en que estaban.

-¡Espera!, ¿a dónde vas? ¡Oscar! - Hortense trató de alcanzarla, pero le fue imposible. La joven había subido al auto y rápidamente lo puso en marcha.

-¿Pero qué le sucede? - preguntó Alain al momento de alcanzar a Hortense.

-La Revolución, catorce de Julio... ¡Lo tengo!, hay que ir a la plaza de la Bastilla, ella se dirige hacia allá- expresó Hortense

-¡Vamos en mi auto! - invadido por un repentino deseo de proteger a la joven, André se dirigió sin demora a su vehículo, no podía permitirse que algo le sucediera. Los tres se dispusieron a ir tras ella.

-o-o-

Cada 14 de Julio Víctor se dirigía a la Plaza de la Bastilla, en donde dejaba una rosa en honor a su amada Comandante. Esa noche en particular, no podía dejar de pensar en ella por más que trataba, era ya demasiado su tormento. Presa de su dolor, se encontraba de rodillas llorando apoyado en la reja del monumento colocado en honor del lugar donde se librara una de las batallas más cruentas y simbólicas de la Revolución Francesa, el mismo lugar donde Oscar había perdido la vida; fue entonces cuando sintió que era observado, despacio se giró y pudo verla, era ella quien lo miraba fijamente.

Oscar por su parte no podía dar crédito a lo que veían sus ojos, era él, el hombre que veía en sus sueños, aquel que la llamaba. Presa por la curiosidad decidió acercarse.

Él, mientras tanto, permanecía inmóvil, al ver que la que creía un espejismo se le acercaba, cerró los ojos tratando de evadir lo que estaba pasando.

-¡No es real, no es real! ya se irá, siempre se va, no es real, nunca lo es – Victor repetía en un tono frenético – ¡No es real, no es real, no es real!

Victor solo detuvo su frenética recitación cuando sintió una de las manos de Oscar en su rostro, con los ojos inundados de lágrimas se atrevió a mirarla, poniendo una de sus manos sobre aquella que tocaba su mejilla. Era ella, por fin podía sentirla, por fin aquella visión que siempre lo acompañaba en sus delirios era real, finalmente volvía a aspirar su aroma, sentir tu calor, por fin su atormentada alma tenía un poco de paz.

-Oscar – dijo con la voz temblorosa, mientras ella estaba de rodillas a su lado.

-Aquí estoy – fue lo único que ella se limitó a decir, aunque necesitaba saber quién era él y qué extraño lazo del destino los unía, no podía evitar sentir compasión al ver su agonía; sabía que al encontrarlo debía aclarar muchas cosas, más no se atrevía a preguntar nada en ese momento. -Tú eres quien me llama cada noche, mi nombre es Olivia… ese nombre me dieron mis padres, pero tú me llamas "Oscar" ¿Quién eres, por qué te veo siempre en mis sueños? – Indagaba ante el hombre que tenía frente a ella.

-Olivia, "la emisaria de la paz", es un hermoso nombre – le dijo tiernamente Victor.

-¡Oscar! – Una voz los interrumpió.

-Ven conmigo – Incorporándose Oscar extendió su mano a Víctor – no quiero que nos vean, ven conmigo por favor.

Él, sin dudarlo, se asió de su mano y juntos se alejaron de aquel lugar.

-¡Oscar! ¿Dónde estás? – el llamado de André no tuvo respuesta.

-¿La encontraste? – preguntó Alain.

-No, creí que estaba aquí… no lo entiendo, dejó el auto en este lugar – respondió desconcertado.

-Tranquilos, ella está bien – dijo Hortense a los dos jóvenes – solo tiene que resolver algo antes.

Ambos hombres no podían entender lo que Hortense quería decir, se limitaron a obedecerla cuando les dijo expresamente que no la buscaran. La mayor de las Jarjayes sabía que Oscar había encontrado a la misteriosa persona que la llamaba; no necesitaba que se lo dijeran, ella ya lo sabía, puesto que en el cuaderno de su abuela estaba escrito que un 14 de Julio, en el monumento en recuerdo a una cruel batalla, Oscar y aquel hombre misterioso que veía en sus sueños se encontrarían y si no lo habían hecho antes, era solo porque la joven cazadora nunca se había atrevido a visitar ese lugar después de medianoche.


Nota aclaratoria: La forma en que Girodelle se convierte en vampiro es inspiración mía, para lo cual no tomé nada oficial a excepción del crossover con el manga Poe no Ichizoku, del cual pude leer un poco y formarme una idea de la personalidad de Edgar, su protagonista, además de un par de sus diálogos.