De: Helene Rowle.

Disclaimer: Este capítulo va dedicado a todos ustedes. Los amo tanto. Nunca pensé que a tanta gente le agradara esta historia. La Leyenda de Korra no me pertenece, pero si la inspiración que surgió después de leer sus comentarios.

Capitulo quinto.

Vacío

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Sus sentidos lentamente comenzaron a despertar. Primero fue el tacto, notando la suavidad tras su espalda y el calor acogedor que la envolvía. Más tarde fue su olfato, que aspiro una mezcla de humedad y polvo que la hizo fruncir el ceño. No tardo en intentar mover un brazo, su mano estirando cada dedo, extrañamente entumecidos en un intento de calmar la comezón de su nariz y al instante sus ojos comenzaron a pestañear, lánguidos, agotados, como si no hubiera dormido en días.

Lo primero que vio fue un techo sobrio, gris en su totalidad que le resultaba de todo menos familiar.

Esa fue la primera señal de alerta.

Se sentó sobre la cama con cuidado, sintiendo su largo y oscuro pelo caer sobre sus hombros. Levanto la sabana que cubría su cuerpo y noto que llevaba puesto el atuendo que usaba cuando trabajaba en el taller. Su vista inspecciono con cuidado la vacía y solitaria habitación que apenas poseía muebles y que carecía de luminosidad, dándole la sensación de estar en un lugar sombrío. Era como si aquel lugar no hubiera sido habitado por largo tiempo.

"¿Cómo llegue aquí…?"

El destello de un recuerdo hizo que una punzada de dolor cruzara su mente.

Ojos verdes. Preocupación. Dolor. Todo negro.

Y finalmente miedo.

No entendía porque, pero de entre toda esa confusión aquel sentimiento prevalecía por sobre todo lo demás. Pero no era un miedo infundido por algo en concreto, era más que eso. Era un miedo ante la incertidumbre, ante la duda, el miedo que sentiría un depredador al ser emboscado en su propio hogar.

Inseguridad.

Pero Asami no recordaba lo último que vio antes de perder la conciencia. Recordaba su taller, el proyecto en el que estuvo trabajando y por mucho que repaso en su mente los últimos momentos antes de que todo se fuera a negro, no podía encontrar algo inusual. Como si su mente estuviera bloqueando un recuerdo en concreto.

Con su mano masajeo su sien, tratando de aliviar el palpitar que envolvía su cabeza.

Tac-tac-tac

Era un suave golpeteo que le resultaba molesto. Al principio lo atribuyo a su mente perturbada, que le dolía a horrores. Después de unos segundos el sonido seso, abriendo paso a aquel silencio imperturbable que reinaba en aquella habitación.

Asami no tardo en volver a escuchar el suave Tac-tac-tac y esta vez sí levanto la mirada con curiosidad. Con cuidado se levantó de la cama, sus músculos agarrotados quejándose cuando decidió ponerse en pie. El suelo estaba frio y sus pies descalzos comenzaron a dar un paso tras otro, reticentes de seguir moviéndose. Aun así la joven Sato no tardo en acercarse a la ventana, una de tamaño mediano ubicada en la pared a los pies de la cama. Lo primero que vio fue un paisaje que le resulto desconcertante. Un denso bosque, repleto de árboles que impedían que la luz del sol pasara entre su follaje y un camino de piedra que se perdía entre la inmensidad de aquel lugar. Definitivamente estaba en un segundo piso, fue lo último que alcanzo a analizar antes de que su mirada bajara hacia el origen del sonido.

"¡Pabu!"

El pequeño animal la miraba con curiosidad desde el otro lado del cristal. Para su suerte, la ventana no tenía seguro y fue fácil deslizarla para dejar entrar a Pabu, que no dudo en escurrirse en la primera abertura y subir por el hombro de Asami hasta acurrucarse en su cuello. Esta frunció el ceño, pasando una mano por el rojizo pelaje del animal.

"¿Dónde está Bolin, Pabu?" Susurro para sí, no esperando una respuesta. Con su mano tomo en brazos al pequeño animal y lo acurruco entre su pecho, notando lo desgastado y sucio de su pelaje, totalmente opuesto al siempre vivo y rojo color que poseía y que su dueño siempre cuidaba con esmero.

"¿Qué te paso?" Pabu la observo, sus ojos negros normalmente alegres y llenos de vida, agotados y opacos. Pero aun así soltó aquel sonido característico de su especie, e inclino la cabeza con curiosidad. Esto hizo que los labios de Asami tironearan hacia arriba, en una pequeña sonrisa.

Antes de que cualquier otro pensamiento inundara su mente, unos pasos resonaron a la distancia, como ecos que rebotaban en un lugar totalmente vacío. Los ojos verdes de Asami miraron con intensidad la puerta que estaba frente a ella. Más grande que la que estaba al lado de la cama y totalmente hecha de metal.

"No, es platino." Fue el pensamiento fugaz que cruzo su mente antes de que una pequeña abertura apareciera en la puerta, a ras del suelo, lo suficientemente grande como para deslizar una bandeja metálica, con cuencos sobre ella. Asami no se movió de su lugar, hasta escuchar como los pasos reanudaban su camino lentamente desapareciendo a la distancia.

Soltó un pequeño suspiro, aliviada antes de acercarse con cierta reticencia. Tomo la bandeja, mientras Pabu volvía a acomodarse sobre su hombro y la llevo con cuidado hasta la cama, posándola y sentándose a su lado. El olor a sopa recién hecha hizo que su estómago rugiera, notando de inmediato cuanta hambre tenia pero aun así no podía encontrar la voluntad para comenzar a comer. No cuando sentía una desconfianza a todo lo que la rodeaba.

Pabu comenzó a olisquear el aire y se escurrió desde su lugar hasta pararse sobre la cama y acercarse con lentitud, casi como si estuviera pidiendo permiso, a la comida que se presentaba ante él. Asami le sonrió antes de tomar el pan que acompañaba la sopa y partirlo por la mitad, dándole el resto a Pabu que no tardo en devorar lo que se le ofrecía.

Al observar al pequeño animal comer con tanto ahínco, no pudo evitar tomar la cuchara y llevarla hasta la sopa, revolviéndola con cierta inseguridad antes de llevarse una pequeña cantidad a la boca. El sabor lo reconoció al instante.

Era la sopa que su padre le preparaba cuando niña y su estómago se revolvió.

El flash que golpeo su mente hizo que soltara la cuchara.

Ahora recordaba.

Y una extraña sensación de soledad la envolvió. Una que no comprendía.

No quiso volver a probar la sopa. Simplemente se la acerco a Pabu y se dedicó a observarlo comer. Sus pensamientos no paraban de girar sin ningún sentido, porque su mente no deseaba analizar la situación. No cuando su forma de ver el mundo era la de un Ingeniero: realista, concisa, en busca de todas las opciones posibles que expliquen una situación. Ya sean buenas… o malas.

Y no se sentía lo suficientemente fuerte como para enfrentar la peor de las situaciones.

Su mirada volvió a la ventana. Observo como los rayos de sol lograban finalmente atravesar el espeso follaje de los árboles, dándole más vida a todo aquel lugar. Y su mirada busco el cielo. Deseosa de encontrar aquel color que siempre le traía seguridad.

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Las horas que pasaron se volvieron más amenas gracias a Pabu. Después del shock inicial, se había dedicado a explorar el resto de la habitación. Ni si quiera había intentado acercarse a la puerta de metal. A leguas podía notar que solo estaba hecha para abrirse por fuera. En cambio, sí que exploro la otra puerta de madera. Dentro y para su alivio, había un baño equipado con una tina, un pequeño mueble al lado del inodoro y un lavamanos justo al frente. Examino el único mueble y encontró con sorpresa varias prendas de su ropa, junto con otros utensilios de aseo personal.

No dudo en tomarse un baño, aunque primero tomo a Pabu y se dedicó a limpiarlo en el lavamanos. No podía negar que no se divirtió al hacerlo, riéndose de lo emocionado que el animal se puso al poder remojarse en agua.

Después le toco a ella, que se dio un largo tiempo para bañarse y lograr despejar su mente caótica.

Cuando salió, sus ideas ya estaban mas claras. Y extrañamente no se sorprendió al ver la puerta de metal entreabierta.

"Pabu." Le hablo al pequeño animal que tenía en brazos. "Quiero que te quedes aquí y si viene alguien, escóndete." Lo dejo sobre la cama y le dirigió una última mirada antes de salir por la puerta. Los pasillos eran igual que la habitación: sobrios, grises, hechos de platino. Eligio el pasillo derecho, por donde había escuchado los pasos desaparecer. Y no tardo mucho tiempo en detenerse bruscamente.

Los pelos de su nuca se erizaron y se puso en guardia al instante. Reconocería aquella mascara en donde sea.

Pero el seguidor de Amon estaba desarmado y le hizo una señal con la cabeza para que lo siguiera. La mente de Asami era un torbellino de emociones, pero no le quedo de otra que seguirlo, sus sentidos en total alerta.

Recorrieron varios pasillos y giraron un par de veces antes de llegar a un espacio amplio y detenerse frente a una puerta de metal.

El igualitario la abrió y siguió su camino desapareciendo por uno de los muchos pasillos de aquel lugar.

Asami soltó un suspiro, tratando de prepararse mentalmente. Tenía el presentimiento de saber a quién encontraría al otro lado de la puerta. Pero su subconsciente rogaba porque no fuera así, rogaba que fuera cualquier persona menos él.

Y aun así, cuando entro por la puerta y examino el gran escritorio de caoba, la persona que estaba sentada al otro lado no era nada más y nada menos que Hiroshi Sato.

Su padre.

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Era imposible explicar lo que sentía en esos momentos. Su conciencia lentamente comenzaba a emerger de las profundidades de su mente, despertando sus sentidos que se llenaron de un insoportable dolor que venía de todos lados. Como agujas que atravesaban su piel hasta la punta de sus dedos. Sus oídos estaban tapados, dándole la sensación de que algo bloqueaba el ruido a su alrededor y un pitido intermitente hacía que su sien palpitara adolorida. Sentía los parpados tan endemoniadamente pesados, que paso largo rato tratando de abrirlos. Y mientras luchaba, a duras penas tratando de despertar de aquel infierno de pesadillas en la que llevaba sumergida tanto tiempo – o esa era la sensación que tenía – fue lentamente consiente del resto de su cuerpo. Los dedos de su mano derecha estaban tan agarrotados que ni si quiera pudo empuñarlos. Cada vez que su pecho subía y bajaba, diferentes tirones envolvían sus costillas rotas que la hacían querer dejar de respirar. Y cuando finalmente logro que sus ojos se abrieran, la luz que la rodeaba fue enceguecedora para sus ojos que llevaban demasiado tiempo sin ver aquel resplandor.

De lo único que estaba segura, era que había dormido demasiado tiempo. Y aun así, sentía que no era suficiente.

"¡Despertó!" Aquel grito llego a sus oídos amortiguado, como si una pared gruesa impidiera el paso del sonido. Ni si quiera pudo entender el significado de aquellas palabras, lo único que Korra podía oír era un silencio interminable y… descorazonador. Un olor a desinfectante llego a sus sentidos, un olor que cualquiera reconocería: estaba en el hospital. Una sombra bloqueo la luz y corto el hilo de pensamientos que se estaban formando en su mente.

Se topó con los ojos cafés de Jinora, que la miraban llorosos y aliviados. Observo como sus labios se movían, pero aunque lo intento, no pudo entender nada. Se relamió los labios resecos, y trato de formar una oración que termino siendo apenas un susurro. Era frustrante para su mente no poder moverse como acostumbraba. Pero lo que más le preocupaba, era la sensación de no poder oír.

El entumecimiento de su cuerpo lentamente comenzaba a desaparecer, a medida que intentaba con más ahínco moverse. Era doloroso, si, y muy agotador, pero finalmente pudo levantar su brazo unos centímetros antes de dejarlo caer. Frunció el ceño, pero no se rindió y siguió intentado levantarse, ignorando la punzada que envolvía sus costillas cada vez que su piel se estirada. Unas manos se posaron en sus hombros y la obligaron a volver a recostarse sobre la suavidad de aquella cama.

Le dirigió una mirada molesta, que desapareció al instante al toparse con los ojos serios de Tenzin. Observo como trataba de decirle algo, sus labios moviéndose pero simplemente nada llego a sus oídos. Y el pánico comenzaba a inundarla.

En el pasado había recibido muchas heridas. Costillas rotas, huesos fracturados, hasta una vez tuvo una hemorragia interna al caer de una gran altura – se había resbalado mientras trataba de escalar un iceberg con las manos desnudas. Pero nunca en sus 17 años de vida, había dejado de escuchar. Tenzin, que no había dejado de examinarla, noto inmediatamente cuando sus pupilas se dilataron debido al pánico.

"Jinora, llama al doctor." La orden fue clara y su hija no dudo en salir corriendo de la habitación. Era la primera vez en mucho tiempo – más claramente, desde el nacimiento de Meelo – que pisaba un hospital. Uno que estaba atestado de personas heridas debido al caos que había ocurrido en Ciudad Republica.

Siguió ejerciendo presión en los hombros de Korra, que constantemente trataba de levantarse. Era una fortuna que su fuerza estuviera mermada, pensó Tenzin. Si no, toda aquella situación habría resultado más escandalosa. Pero había algo raro en los ojos de Korra desde el momento en el que se habían posado sobre los suyos. Lo podía ver, después de todo conocía a aquella niña mejor de lo que ella se conocía a sí misma. Era la viva imagen de él en su adolescencia. Y de su padre. Aquel fuego repleto de terquedad le era tan familiar que verlo tan apagado era perturbante.

"¿Qué sucede?" La voz de aquella joven doctora hizo que Tenzin volteara la vista. No tuvo que dar explicaciones. En tan solo un instante ya se encontraba siendo echado del cuarto del hospital, mientras que la Doctora comenzaba a examinar a la recién despertada Avatar. Cerró la puerta con cuidado, antes de soltar un suspiro.

"¿Cómo está?" Miro a su hija mayor y su preocupada mirada se suavizo.

"Estará bien Jinora." Poso su mano en uno de sus hombros. "Korra es fuerte."

No se atrevió a decir nada más. Ni si quiera el mismo se sentía seguro de aquella afirmación. "Será mejor que vayas a comer algo, yo me quedare." Vio cómo su hija abría la boca para replicar y de inmediato negó con la cabeza. "Tienes que alimentarte bien, no has comido bien estos días."

Jinora bajo la mirada con los labios apretados en una fina línea. Asintió con suavidad antes de dar media vuelta y caminar por el largo pasillo del hospital. Tenzin la siguió con la mirada hasta que la perdió de vista. Entonces cerró los ojos y dejo que sus hombros cayeran agotados, dejando de lado aquella postura de seguridad.

La puerta se abrió en un instante y la Doctora le hizo un gesto con la cabeza para que entrara. Lo primero que vio fue a Korra sentada sobre la cama, mirándose las manos fijamente.

"¿Cómo está?" Tenzin vio con pesadumbre como la joven mujer soltaba un suspiro derrotado.

"No puede escuchar." El cuerpo de Tenzin se tensó. "Cuando recién llego al hospital, tenía las costillas rotas y los oídos llenos de agua y su cuerpo mostraba señales de fatiga extrema e hipotermia. Pero en el momento, solamente extrajimos el agua y nos dedicamos a tratar de estabilizarla." Sus ojos miraban con tristeza la figura del Avatar. Era tan joven.

"De sus odios salían un hilo de sangre, pero comparado con todo lo demás, era un detalle tan mínimo que lo pasamos por alto." Se acercó a un estante y extrajo una botella de plástico. "Imagínese por un instante que esto es nuestro oído." Coloco la botella de manera perpendicular. "Justo aquí." Indico con su dedo la punta trasera del frasco. "Se encuentra el tímpano. Es una especie de tela, muy delgada que recibe los sonidos como si fueran vibraciones y envía estas señales al oído medio, permitiéndonos escuchar." Le dirigió una mirada a Korra, que los observaba fijamente con sus destellantes ojos azules. "Estuvo demasiado tiempo expuesta a una presión de agua demasiado alta, lo que le produjo un Barotrauma al oído que se agravo e hizo que el tímpano se rompiera."

Tenzin había escuchado toda la explicación en silencio, lo más tranquilo posible hasta que la doctora dejo de hablar. Entonces se atrevió a realizar la única pregunta que rondaba su mente. "¿Volverá a escuchar?"

El ceño de la joven mujer se frunció profundamente. "Ahí está el problema. No estoy segura." Tenzin la observo fijamente. "Soy maestra agua. Y es la primera vez que veo un caso así en alguien que sepa controlar aquel elemento." Esto último lo dijo con pesadumbre. "También soy sanadora, pero no pude hacer mucho." Cerró los ojos por un instante. "No estoy segura si…"Se quedó en silencio.

"¿Qué?" Tenzin normalmente no era alguien impaciente. Pero toda esta situación lo estaba sobrepasando.

"Quizás exista la posibilidad de que un sanador mas experimentado pueda hacer algo. Pero no es algo de lo que esté segura." La doctora no quiso decirlo en voz alta, porque le dio la sensación de que sonaría demasiado engreído. Pero sabía que ella era la mejor sanadora del hospital. Por eso se había ofrecido voluntariamente a tratar al Avatar. "Solo conozco dos personas con la suficiente experiencia para poder hacer algo." Le dirigió una mirada tan significativa a Tenzin que este entendió de inmediato el mensaje.

Mascullo por lo bajo una maldición. No le pediría a su madre realizar un viaje tan largo, no con su avanzada edad, por mucho que esta dijera que se encontraba en perfecta forma. Y solo había otra sanadora en el mundo que pudiera competir con su madre en habilidades.

Lamentablemente, no era una opción que le agradara.

Soltó un largo suspiro resignado ante la mirada divertida de la doctora. "Yo me hare cargo." Esta asintió satisfecha.

Si había alguien capaz de curar a Korra, definitivamente era Kya.

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Era difícil asimilar su nueva situación. Había observado como Tenzin y la doctora, conversaban largo rato. Y por mucho que lo intento, no pudo escuchar nada de lo que decían a pesar de que su cuerpo ya le respondía de mejor manera. La sesión de sanación que recibido hace apenas unos minutos atrás, mejoro la circulación de la sangre en su cuerpo, despertando así sus dormidos músculos. Tenía que alabar la habilidad de aquella doctora mientras movía las manos, con una pequeña sonrisa en los labios.

Aunque eso no quitaba la molestia en sus oídos. Era verdad que la dolorosa presión que sentía había desaparecido en parte, pero todavía no podía escuchar. Para su alivio, al tratar de ponerse en pie no tuvo dificultades con el equilibrio. Katara le había dado clases – a duras penas – sobre medicina básica. Entendía cómo funcionaban los oídos, y la importancia que tenían para poder caminar.

No llevaba ni siquiera unos segundos en pie cuando fue empujada de nuevo a la cama. Le dedico una mirada molesta a Tenzin.

"No quiero… estar sentada." O eso creyó haber dicho. Era extraña la sensación de hablar y no poder escuchar tu voz. Al parecer Tenzin entendió lo que quiso decir, porque le dirigió aquella mirada desaprobatoria que siempre venía con una reprimenda del tamaño del polo norte. Una sonrisa contenta se formó en su rostro. Tenía ciertas ventajas esto de no poder oír.

Al parecer Tenzin entendió claramente la causa de aquella sonrisa, porque le dirigió una mirada gélida. Korra levanto ambas manos en son de paz.

Vio cómo su maestro suspiraba y no pudo evitar soltar una risa traviesa. Una que hizo que las duras facciones de Tenzin se suavizaran. El alivio que lo envolvió al ver a Korra consciente y actuando como siempre, logro que un peso se le quitara de encima.

"¿Papá?" La Doctora y Tenzin voltearon la vista hacia la puerta, y por lo tanto, también lo hizo Korra por curiosidad. Jinora le dedico una sonrisa tan grande que no tardó en ser envuelta en unos brazos delgados, mientras que una corriente de viento golpeo toda la habitación.

"Estaba tan preocupada…" Murmuro Jinora casi en un sollozo que hizo que una tranquila sonrisa se formara en los labios de Korra. No podía oír, pero sí que podía sentir el suave temblor del cuerpo que envolvió con sus brazos. Y también entendió lo agobiada que estaba la joven maestra aire. Lo había notado en su rostro pálido, cansado, como si no hubiera dormido bien en días.

Y sabía que significaba eso. Recordaba con toda claridad lo que había pasado antes de desmayarse. Pero no quería pensar en eso.

No aun.

Se dijo a si misma que por una vez en su vida, tenía que tomarse las cosas con calma. Resolver un problema primero.

Le dedico una mirada a Tenzin. Una fija, seria, determinada.

Una que hizo suspirar resignado al maestro aire.

Las horas que siguieron fueron una experiencia totalmente nueva para Korra. El no poder escuchar, hizo que el resto de sus sentidos trabajaran más de lo normal. Más despiertos, activos.

Pero eso no evitaba que fuera desesperante.

Korra era una persona demasiado hiperactiva para su propio bien, y el estar envuelta en un silencio constante hacia que sus nervios se crisparan. Detestaba la sensación de ser sorprendida todo el tiempo. Como no podía escuchar, no podía saber cuándo alguien se acercaba por su espalda. Dependía totalmente de su vista, de su instinto y del resto de sus sentidos, lo que hacía que estuviera en constante alerta. El perderse en sus pensamientos era mucho más sencillo ahora que no tenía ningún ruido que la distrajera, lo que resultaba frustrante al estar encerrada en un cuarto de hospital, constantemente vigilada por Tenzin que la conocía lo suficiente como para saber que trataría de escapar, ante la primera oportunidad.

Jinora fue en parte, una gran ayuda para evitar eso.

Había desaparecido cuando le trajeron el almuerzo – que engulló como si no hubiera un mañana – para volver más tarde con un cuaderno y un lápiz. Korra la había observado con curiosidad cuando la vio sentarse a los pies de su cama y comenzar a escribir.

¿Cómo estás? Leyó cuando Jinora le extendió el cuaderno, con una caligrafía impecable y bella. Una sonrisa se formó en su rostro mientras tomaba la pluma que le extendían y comenzaba a escribir.

He estado mejor. La joven maestra aire sonrió. La caligrafía de Korra era desigual, escrita con impaciencia, reflejando de manera perfecta su personalidad. El Avatar no tardo en volver a escribir

¿Cómo está tu madre? La pregunta escrita hizo que los ojos de Jinora se oscurecieran parcialmente. Una alarma sonó en la mente de Korra.

Jinora tomo el cuaderno que se le extendía y escribió la respuesta.

Está bien. Tiene uno que otro hematoma, pero nada grave. Y el bebé también se encuentra bien.

Mientras leía, Korra soltó un largo suspiro aliviado antes de que otra incógnita se formara en su mente. Una que no se había atrevido a preguntar hasta ahora. Tenía miedo, pero aun así tomo el lápiz y escribió.

¿Y tus hermanos?

Jinora no tuvo que escribirlo para que Korra entendiera. De un salto se levantó de la cama, ignorando la dolorosa punzada que golpeo su costado. Sentía las piernas débiles, pero aun así trato de caminar lo más rápido posible. Salió de la habitación con Jinora siguiéndola de cerca, gritándole en vano que se detuviera.

Claramente y aunque pudiera escucharla, no le haría caso.

Al salir al pasillo, se topó de frente con la doctora que comenzó a gritarle que entrara al cuarto. Korra rodo los ojos molesta, al parecer todos olvidaban que no podía escuchar. No tardaron en llegar más gente que trataron de detenerla, pero a pesar de estar agotada y todavía herida, seguía teniendo aquella fuerza que la caracterizaba y con facilidad escapo de todos. Corrió por los pasillos sin ningún rumbo, chocando más de una vez con una persona al no poder escuchar sus pasos, hasta que finalmente un familiar color anaranjado llamo su atención. El traje de Tenzin resaltaba en aquel lugar insípido y blanco.

"¡¿Qué estás haciendo aquí Korra?! ¡Deberías estar descansando!"

Korra estuvo tentada a golpearse la frente con la mano, frustrada.

¿Por qué seguían insistiendo en hablarle, maldita sea? Al parecer Tenzin pudo ver claramente aquella frustración y de inmediato conto hasta diez para calmarse. La tomo del brazo y la guio hacia unos asientos que se encontraban en la sala de espera.

Justo a tiempo, apareció por un pasillo Jinora y la doctora, que se acercó molesta hacia donde se encontraban. Tenzin se levantó y trato de aplacar la furia de la joven Doctora que le lanzaba constantemente miradas irritadas a Korra. En cambio, Jinora camino lentamente hasta donde estaba mientras escribía algo en el cuaderno.

¡Eso fue peligroso, Korra! No me asustes así.

La joven Avatar le sonrió para tranquilizarla, y se inclinó de hombros tratando de decirle que no se preocupara.

Jinora se sentó a su lado soltando un suspiro resignado. Korra le extendió la mano, pidiendo el cuaderno y escribió algo rápidamente cuando ya lo tuvo en sus manos. Se levantó y toco el hombro de Tenzin, llamando su atención.

¡QUIERO ENTRENAR!

La letra era clara y abarcaban toda la página. Tenzin se llevó una mano a la frente, soltando un suspiro.

Al parecer ya era hora de volver al templo aire.

"¿Korra?" Todos los presentes, exceptuando la nombrada, voltearon a ver al origen del sonido. La joven Avatar, curiosa, giro con la cabeza hasta toparse con ciertos ojos verdes que recordaba bien.

"¡Bolin!" Exclamo en su mente antes de acercarse con una sonrisa.

"¡Korra, eres tú!" Volvió a gritar Bolin, esta vez con los ojos acuosos antes de darle un verdadero abrazo de oso. Korra se rio, recibiendo gustosa la muestra de cariño. "Estaba tan preocupado. No te imaginas las cosas que han pasado ¡La mansión de Asami se derrumbó! ¿Y dónde te habías metido? Me tenías tan preocupado. Con lo que le paso a Mako, me sentía a punto de reventar."

Korra tenía el ceño fruncido mientras miraba con atención los labios de Bolin en un intento de entender. Y vaya que lo intento, incluso su subconsciente lo deseo con todas sus fuerzas. Pero nada paso. Bolin noto de inmediato como esos ojos azules se oscurecían debido a la frustración y la tomo por los hombros para que lo mirara.

"Oye, que te pasa. Estas súper rara ¿Qué te paso? Espera ¿Por qué estás en el hospital?" El rostro de Bolin se desfiguro en una mueca que casi hizo reír a Korra. "¡¿Qué haces en el hospital?! ¡¿Estás bien?!" La agito por los hombros levemente. "¡Korra, respóndeme!"

Pero nada escucho. Solo unos ojos azules que lo miraban con frustración.

Jinora se acercó con las manos tras la espalda. Insegura y algo tímida. "¿Bolin?"

El nombrado giro la cabeza hacia abajo y se topó con la mirada de la joven maestra aire. "¿Si? ¿Quién eres?"

"Me llamo Jinora." Se presentó educadamente con una leve sonrisa. Bolin soltó los hombros de Korra y golpeo su puño contra su palma, con un rostro que decía claramente "¡Acabo de recordar algo!"

"Sé quién eres. Korra me ha hablado de ti. Eres una maestra aire ¿No?"

Jinora sonrió esta vez más ampliamente antes de asentir. Y luego agrego. "Tengo que decirte algo, y es respecto a Korra."

Bolin frunció el ceño y volteo a ver a la nombrada, que los observaba fijamente intercalando la mirada entre uno y el otro.

"¿Y porque no me lo dice ella?"

Los ojos de Jinora se tiñeron de tristeza. "Ese es el problema. No te lo puede decir."

Bolin inclino la cabeza sin comprender.

"Korra ya no puede oír."

Primero el maestro tierra hizo una mueca de incredulidad. Como si fuera un mal chiste. Luego volteo a ver a Korra, que le dirigía una mirada decaída, como si comprendiera de cierta manera lo que estaban hablando. Luego miro a Jinora, que miraba el suelo con los puños apretados.

"¿Q-Qué?" Tartamudeo llevándose una mano a la frente, sintiéndose triste inmediatamente. "¿C-Como paso eso? ¿D-Desde cuándo?" Bolin seguía tartamudeando, y Jinora sintió pena por su rostro angustiado. El maestro tierra era tan expresivo que con solo mirarlo podías saber su sentir.

Esta vez fue Tenzin, que había estado observando la escena, quien interrumpió.

"Yo puedo contarte eso." Y le hizo una seña con la mano para que fueran a sentarse. Korra los siguió varios pasos atrás, distante, sumergida en sus pensamientos.

Tenzin miro fijamente al maestro tierra antes de comenzar a relatar. No había querido que Jinora tuviera que hablar sobre aquel día. Así que simplemente se dedicó a contar lo mismo que le habían dicho a él, buscando la forma de hacer el golpe más llevadero. Pero al final no pudo evitar la mueca horrorizada de Bolin al escuchar la batalla y especialmente, las consecuencias que trajeron para Korra.

¿El no poder oír nunca más? Trato de imaginárselo y sintió un escalofrió. El no poder escuchar su música preferida, ni la voz de su hermano, ni los chillidos de Pabu. Ni el cantar de las aves por la mañana o las risas de sus amigos.

Definitivamente era algo horrible. Y miro a Korra con gran pena. Esta rehuyó su mirada, detestando lo que sabía encontraría ahí. Detestaba que la miraran con lastima.

Todos se quedaron en silencio hasta que Korra le extendió un cuaderno a Bolin, que el tomo curioso, antes de leer.

No te preocupes.

Por cierto ¿Qué haces en el hospital?

¿Asami está bien?

Bolin encontró curioso que solo preguntara por Asami y no por Mako. Pero al final el recuerdo de los hechos lo entristeció y se quedó en blanco.

Korra al ver eso, sintió como un extraño nudo crecía desde su estómago hasta su garganta. Después de varios minutos Bolin se animó a tomar el bolígrafo que le extendió y comenzó a escribir, tachando más de una vez varias palabras, antes de terminar y extenderle el cuaderno con inseguridad.

Estábamos en la mansión de Asami. Te buscamos por todos lados. Algo exploto y la mansión de Asami se vino abajo. Mako quedó malherido, pero no te preocupes. Ya está mejor.

Luego había muchas palabras tachadas, como si Bolin no supiera como explicar lo último.

Pero Asami no apareció.

El creciente miedo que envolvió a Korra fue algo que hace tiempo no experimentaba. No fuera de sus pesadillas. Cerró los ojos y trato de calmarse. No podía entrar en pánico y trato de consolarse con la idea de que Hiroshi nunca – o realmente deseaba creer eso – le haría daño a Asami.

Luego pensó en Mako, y se sintió realmente preocupada por su estado. Pero si Bolin decía que estaba bien, le creería. Ahora tenía otras prioridades, y una nueva que se había agregado recientemente.

Ahora debía rescatar a tres personas.

Y tenía que encontrar la forma de hacerlo. Con audición o sin ella.

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Dar de alta a Korra fue algo más sencillo de lo que espero Tenzin. La doctora puso reparos al principio, pero al final resignada acepto el hecho, sin antes darle una última sesión de sanación a Korra, una revisión completa de su estado y una receta médica con unos medicamentos que debía tomar.

Cuando Korra dio el primer paso fuera del hospital, se quedó quieta observando todo a su alrededor. Veía a la gente pasar, observaba el cielo azul, los Satomoviles recorrer las calles. Incluso a la lejanía podía ver el mar azul.

Pero nada llegaba a sus oídos más que aquel silencio insoportable, que con el pasar del tiempo lentamente comenzaba a aceptar.

Korra nunca fue una persona resignada, pero en ese momento, el no poder escuchar era el menor de sus preocupaciones. El viaje de vuelta al templo del aire fue tan innaturalmente silencioso que Tenzin y Jinora no pudieron evitar sentir la desolación que envolvía a Korra. La desesperación de haber perdido algo que siempre dabas por sentado, la rabia que bullía en el interior de la joven Avatar era visible para cualquiera que se detuviera a observar aquellos ojos azules que brillaban determinados.

Cuando Korra piso la isla en la que había vivido los últimos meses, noto de una pasada la destrucción que la envolvía.

"¿Cuántos días dormí?" Pensó mientras caminaba entre los árboles quemados y las cabañas destruidas, siguiendo a Tenzin y a Jinora. Pero en un punto se detuvo asombrada, mirando con atención todo a su alrededor. En donde alguna vez estuvo un bello camino de piedra y cientos de árboles, solo existía una planicie llena de ceniza. Y repleta de carpas en donde observaba a gente salir y entrar.

Fogatas, personas caminando y repartiendo comida. Toda aquella escena fue demasiado sobrecogedora para Korra. A medida que entraban a aquel campamento, la gente a su alrededor comenzó a reconocerla. La señalaban con la mano, varios niños que corrían por ahí se detuvieron a observar al Avatar pasar, incluso adultos dejaron de trabajar para regalarle una suave sonrisa, o una simple inclinación de cabeza. Todos le dirigían una mirada que nunca antes había recibido y que le resultaba tan rara que se sintió repentinamente avergonzada.

Admiración. Respeto.

Korra no lo sabía, y quizás Jinora más tarde se daría el trabajo de explicárselo, pero lo que sucedió aquel día en la isla del aire se esparció como pólvora entre toda Ciudad Republica. Todos sabían que la joven Avatar había arriesgado su vida para proteger su hogar y a todos sus habitantes. Su azaña fue descrita de muchas maneras, desde la que más separaría a los hechos reales, hasta versiones en donde la hacían ver como una verdadera heroína. Pero definitivamente, la imagen que todos tenían de la nueva Avatar había cambiado, lentamente tomando una forma que se asentaría con los años y que se esparciría por todo el mundo.

Pero para eso, faltaba mucho tiempo aun.

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Muchos hogares fueron destruidos en el ataque y cientos de ciudadanos buscaron refugio en el templo del aire, sabiendo que los monjes los recibirían con los brazos abiertos. O eso fue lo que le explico Jinora, cuando finalmente se instalaron en su hogar. Penma al enterarse de la nueva condición de Korra, no pudo evitar abrazarla con fuerzas. La joven madre estaba tan alterada por toda la situación que fácilmente se quebraba ante la primera oportunidad y Korra, que nunca había sido partidaria de las muestras de afecto, se dejó abrazar.

Un nudo se formó en su estómago al observar lo demacrada que estaba Penma debido a la pena y la angustia. Era la primera vez que la joven madre se separaba de sus hijos pequeños por tanto tiempo, y la impotencia que la envolvía al no haber podido protegerlos le quitaba la vitalidad que siempre la rodeaba.

Era desolador caminar por el templo, que se sentía mucho más grande de lo normal debido a la falta de las dos almas que le daban vida a todo a su alrededor. Los gritos de Meelo ya no inundaban todo el lugar, ni las preguntas de Ikki, que siempre abordaba a la primera persona que se topara en su camino.

Y Korra encontraba tan desesperante esa situación, que sentía que en cualquier momento explotaría. Así que decidió hacer algo que en el pasado nunca habría hecho por voluntad propia. Se encamino al patio trasero del templo, busco el lugar más cómodo y alejado que pudo encontrar y se sentó bajo uno de los pocos árboles que habían sobrevivido al incendio.

Cruzo sus piernas, se acomodó en posición de loto y suspiro varias veces para acallar las voces de su cabeza. Cerro los ojos y repitió todas las instrucciones que Tenzin le había dado cientos de veces.

"Primero tienes que cerrar los ojos y respirar profundamente."

Escuchaba claramente la voz de su maestro entre sus pensamientos, tan real que por segundos pensó que estaba a su lado.

"Ahora trata de sentir todo a tu alrededor. Cierra todos tus pensamientos, todo lo que te atormente y concéntrate en el aire, en los olores, en el suelo bajo tu cuerpo."

Eso hizo Korra, acalló todos sus pensamientos. Suspiro cuando una brisa de aire golpeo su rostro, se dejó llevar por los olores que la rodeaban; ceniza, humo, el olor a salitre del mar. De la nada, el suelo bajo su cuerpo se convirtió en un ser vivo, que le transmitía energía y calor a su cuerpo.

Su mente se apagó.

Y por primera vez en su vida, pudo meditar.

Tenzin la observaba desde lejos con una sonrisa orgullosa.

Dicen que la mejor forma de aprender una lección es tocando fondo.

Korra pudo confirmar eso aquel día.

El no poder escuchar, le abrió una puerta para conocer otro lado suyo que nunca había sido capaz de encontrar. Cuando finalmente decidió abrir los ojos, su consciencia despertó y observo asombrada como el sol se escondía en el horizonte, abriendo paso a la oscuridad de la noche. Korra sentía como si hubiera dormida días y despertaba con energía de sobra. La sonrisa que se formó en su rostro fue emocionada, y se levantó sacudiendo su ropa antes de darse vuelta.

Camino unos pasos antes de fruncir el ceño al notar una silueta que no le era, del todo agradable ¿Qué hacia Lin Beifong apoyada contra un árbol y observándola fijamente? Encontró curioso el detalle de que no llevara el uniforme puesto, su vestimenta consistía en unos pantalones sueltos de color verde y una polera de un color similar, holgada y cómoda. Se acercó dudosa, sintiendo como era atravesada por aquella mirada fría y calculadora, que la examinaba como si fuera un gran depredador listo para atacar a su víctima. Aquel pensamiento logro que un escalofrió recorriera su espina dorsal.

Definitivamente Lin Beifong era una persona de temer.

Los ojos de la maestra tierra brillaron divertidos. Cuando Korra estuvo cerca, le extendió un cuaderno. La joven Avatar lo tomo dudosa y se dedicó a leer.

Que haga esto no significa que me agrades. Todavía siento que eres una chiquilla egocéntrica y malcriada, pero Tenzin tiene razón. Eres más inútil que antes ahora que no puedes escuchar. Escribí algunas cosas que quizás te puedan servir. Mi madre me las enseño cuando era joven.

No seas cabezadura.

Korra abrió la boca lista para soltar improperios sin importarle que no pudiera escuchar, pero lo único que encontró fue un espacio vacío. De por si Lin Beifong era una persona silenciosa, y ahora que no podía escuchar, se volvía mil veces peor.

Soltó un bufido, indignada, antes de abrir el cuaderno y comenzar a leer.

A medida que pasaban las letras, sus ojos se fueron abriendo ante la sorpresa.

Y una sonrisa se formó en su rostro.

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"¿Qué significa todo esto, papá?"

Hiroshi Sato observo a su hija con una sonrisa, antes de indicarle con la cabeza que tomara asiento. Asami simplemente se cruzó de brazos, sin obedecer.

"Eres igual de terca que tu madre." Fue lo que dijo el hombre mayor, con una sonrisa de lado que hizo que Asami se sorprendiera. Nunca hablaba de su madre. Era un tabú entre ellos dos. "Siempre fue una persona amable ¿Sabes?" Hiroshi dejo de observar a su hija para girar su silla y mirar por el gran ventanal que se encontraba detrás de él. Su mirada se desenfoco, como si estuviera recordando cientos de cosas. "Igual a ti en tantos sentidos. Tenía el mismo carácter, el mismo corazón bondadoso que hizo que me enamorara de ella."

Asami sintió una punzada en su pecho al observar a su padre. Su mirada era triste. "Tu madre fue la mejor persona que he conocido en mi vida. Tenía apenas 30 años cuando murió, Asami." Esta vez Hiroshi giro la silla para observarla fijamente. "Tenía toda una vida por delante. Ella te amaba ¿Sabes? Mucho más que a mí" Una sonrisa agridulce se formó en su rostro. "Igual que yo. Fuiste lo más bello que nos pasó."

Las manos de Asami temblaron, pero trato de mantenerse firme. Escuchar todo aquel relato estaba tocando una fibra sensible que se había adormecido con los años, una que había tratado de encerrar en lo más profundo de su corazón.

"Pero… Ella se fue ¿Y sabes cómo murió?" Hiroshi se levantó de su silla para caminar hasta pararse frente a su hija y extender una mano para acariciarle el rostro. Asami se derritió ante el calor de su padre, el que había sido su principal pilar a lo largo de su vida. "Murió protegiéndote."

Asami se mordió el labio, cerrando los ojos, negándose a llorar. "Pero ella no murió de una forma natural hija. Ella fue asesinada." La voz de Hiroshi se volvió tan fría, tan llena de resentimiento que Asami abrió los ojos de golpe. "¿Y sabes quien la mato Asami? Maestros control."

Una idea se formó en la mente de la joven Sato, que lentamente fue tomando forma al analizar toda la situación. Su mente trabajaba tan rápidamente, que comenzó a sentir una opresión en su pecho.

"Los maestros tienen toda la culpa. Siempre la tuvieron. Si ellos no existieran… Tu madre seguiría aquí." La forma en la que Hiroshi dijo lo último, con tanta firmeza, con tanta seguridad como si aquello fuera la verdad absoluta del universo, logro que Asami diera un involuntario paso atrás.

"Papá… No todos los maestros son-"

"Mentira." Hiroshi la miro fijamente. "Todos son iguales hija ¿No lo ves?"

Asami negó varias veces con la cabeza, perturbada. El recuerdo de sus amigos, de Korra hacia que toda aquella situación le fuera insoportable.

"No es así papá, tú conoces a Korra, sabes que ella nunca-"

"¿El Avatar?" Hiroshi soltó una risa irónica, volviéndola a interrumpir. "Quizás tenga un corazón bondadoso, pero sigue siendo una maestra, la peor de todas." El mayor de los Sato no podía negar aquello. Korra había llegado a la vida de su hija para hacerla sonreír. Y como padre, ver a su sangre feliz era una de las cosas más importantes en su vida. Pero la venganza, el odio que por años se había formado en su corazón eran mucho más grande que todo eso.

"¡¿Y por esa razón te uniste a Amon?!" Exploto Asami, dando varios pasos atrás, alejándose del calor de su padre como si lo quemara. "¡Lo que le hizo a Mako y a Bolin es imperdonable! ¡Les quito su vida!" Ver a sus amigos tan vacíos, tan enfermos, fue algo demasiado doloroso para Asami.

"Es lo que se merecen."

"¡¿Por qué?! ¡¿Por haber nacido así?!

Hiroshi se quedó callado por unos segundos. "Es una maldición que quizás no pidieron, pero eso no los hace menos culpables."

Con esas palabras, Asami entendió. Entiendo finalmente cuan profunda era la herida del corazón de su padre, tan dolorosa que le había arrebatado los valores que siempre le había inculcado desde que nació.

"¿Por qué me dices todo esto?"

Hiroshi la miro a sus ojos. "Porque quiero que me apoyes Asami. Necesito tu ayuda."

Quiero que te unas a Amon… Conmigo.

Fue lo que Asami entendió a pesar de que su padre no lo dijo en voz alta. Agacho la cabeza, y cruzo sus brazos tratando de crear una barrera que la separara de su padre.

"Yo… Necesito pensar."

Hiroshi asintió. No podía pedirle más.

Asami no dijo más y le dio la espalda.

Abrió la puerta y se topó con un enmascarado que le hizo una seña para que lo siguiera. La guio hasta el cuarto en donde había despertado, antes de cerrarle la puerta y dejarla adentro.

Encerrada, como una prisionera.

Así se sentía Asami cuando vio la gran puerta de platino que le impedía el paso. Que le negaba la posibilidad de salir de aquel frio y lúgubre cuarto.

Se sentó en la cama, sus brazos temblando. Agacho la cabeza, sus manos tapando su rostro. Se mintió a sí misma, negándose a aceptar que lagrimas caían de sus ojos. Se negó a aceptar que su padre la había traicionado.

Era su familia. Su única familia.

Era lo único que había tenido toda la vida ¿Y ahora, que opción tenía?

Sintió un cosquilleo en su brazo y levanto la cabeza para toparse con los ojos negros de Pabu. Le dedico una mueca que trato de ser una sonrisa, mientras que el pequeño animal apoyaba sus patas en su brazo y le lamia con cuidado la mejilla.

Consolándole. Tratando de expresarle que todo estaría bien, a pesar que Pabu ni si quiera podía comprender aquella situación. Lo único que sabía era que Asami sentía pena, y Pabu detestaba el olor a lágrimas.

La joven Sato soltó una pequeña risa que se convirtió en un quejido, antes de romper a llorar.

Lloro como nunca lo había hecho.

Lloro por su madre, por el calor y su olor que le fue arrebatado a tan temprana edad. Lloro por la soledad de su adolescencia, su padre centrado en su trabajo dejando a una joven que estaba aprendiendo de la vida y que no tenía a nadie a quien recurrir. Lloro por las personas que la buscaron por interés, lloro todo lo que no pudo llorar cada vez que visitaba la tumba de su madre.

Y finalmente, lloro porque sí. Porque podía hacerlo, porque se lo merecía, porque era lo que haría cualquier otro en esa situación.

Asami nunca entendió cuanto necesitaba desahogar todo el dolor que llevaba dentro. La tristeza, la angustia, la soledad en la que creció dentro de un hogar gigante y vacío.

Lloro hasta que se quedó dormida sobre la cama, con Pabu acurrucado a su lado.

Y soñó con el cielo, con el mar, con el color azul.

-x-

Korra observaba el periódico en sus manos totalmente sorprendida. No podía creer lo que leía.

"LIN BEIFONG RENUNCIA A SU CARGO COMO JEFE DEL ESCUADRON DE POLICIA."

Y más abajo, en una pequeña sección.

Las polémicas que se formaron tras la decisión de Lin Beifnog de evacuar solo a los maestros control la noche en la que Amon ataco Ciudad Republica, hizo que muchos pidieran la dimisión de su cargo.

Al final, debido a la presión presento su renuncia esta mañana en la oficina del alcalde.

Korra dejo de leer antes de lanzar el periódico al suelo y quemarlo con un movimiento de su mano. Estaba molesta, su sangre bullía como un volcán a punto de entrar en erupción.

Levanto la mirada al sentir una presencia y vio la mirada desaprobatoria de Tenzin. Su mirada decía: No quemes nada dentro del templo.

Y Korra le respondió con la mirada: Me importa una mierda. Luego le dio la espalda antes de caminar a paso firme fuera del templo. Las cosas no habían mejorado con el pasar del tiempo. Había pasado apenas dos días desde que la dieron de alta del hospital y su cuerpo todavía resentía las consecuencias de sus actos. Desde muy temprano en la mañana, hasta ya bien entrada la tarde, entrenaba sin parar en un intento de sacar toda la frustración que llevaba dentro.

Era lo único que lograba calmarla, ante la impotencia de no poder hacer más. La única esperanza que logro hacer los días más llevaderos se centraba en una sola persona: Lin Beifong. Si, la odiaba, pero eso no evitaba que hiciera su labor de manera impecable, eficaz. Y sin darse cuenta, habia depositado sus problemas sobre ella, la única capaz de encontrar algún indicio de Amon en aquellas circunstancias. Pero ahora aquel recurso desapareció como el agua entre sus dedos.

Tironeo su pelo, frustrada, soltando un grito molesto antes de lanzar una llamarada de sus manos. Comenzó a saltar con agilidad, lanzando fuego por doquier como si estuviera peleando con cientos de enemigos. Cuando en realidad, estaba tratando de espantar a sus demonios.

Inmediatamente bajo sus pies sintió una vibración pero reacciono demasiado tarde. Una gran roca golpeo su espalda lanzándola al suelo. Soltó un gruñido frustrado, sus costillas quejándose por el golpe. Su primer instinto fue gritar a quien le había atacado, pero recordó su falta de audición así que simplemente se paró y le dedico una mirada furibunda a su atacante.

Grande fue su sorpresa al toparse con Lin Beifong, que le dedicaba una mirada gélida. Le lanzo una tela que Korra atrapo en el aire, mirándola sin entender. Lin le hizo una señal con la mano, un gesto que le indicaba que se pusiera la venda en los ojos.

Korra entendió, antes de tragar saliva con fuerza. Se levantó adolorida, y soltó un suspiro tratando de calmar sus nervios. Se vendo los ojos y suspiro. Recordó las palabras que había leído hace un par de días.

Respira. Siente la tierra bajo tus pies. La tierra está viva, como tú.

Se concentró, calmando su respiración, relajando su cuerpo. Y por un instante sintió que una ola de energía golpeaba su mente, la tierra mostrándole todo el lugar por apenas unos segundos. Noto a Lin a unos pasos, cerca de los árboles. Aquel estado apenas lo había logrado hace unas horas, una pequeña visión de un poder que solo Toph Beifong y su hija, Lin, sabían usar.

Trato de no perder la concentración, trato de seguir viendo sin ver. Solo sentir lo que la tierra le transmitía. Luego, se preparó para el ataque.

Sintió con claridad el golpe de Lin contra el suelo, vio con extraña claridad – a pesar de tener los ojos vendados – como una porción de tierra se desprendía del suelo. Pero eso fue el único avance. El trozo de tierra apenas lo pudo esquivar y los siguientes ataques de Beifong fueron implacables.

Korra apenas entendía aquella nueva habilidad.

Fue una verdadera masacre para la joven Avatar.

Después de apenas media hora de entrenamiento Lin se compadeció – o más bien, se aburrió – de la desgastada figura de Korra, que respiraba agitadamente, cubierta de polvo. Detuvo su ataque, soltando un suspiro resignado y Korra, que apenas se estaba levantando, sintió los claros pasos de Lin desaparecer por el gran patio trasero. Se quitó la venda de los ojos frustrada, limpiándose la sangre que caía de su boca.

Estaba molesta.

Realmente molesta.

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Asami despertó lentamente. Sentía los ojos irritados de tanto llorar, pero extrañamente un peso había desaparecido de su cuerpo. Observo el cuerpo de Pabu a su lado, que dormitaba tranquilo y acaricio con cuidado su pelaje antes de tratar de levantarse. Se llevó una mano a los ojos, tratando de calmar la molestia que sentía.

Había tomado una decisión.

Camino hasta el baño y busco por todos lados hasta que, contenta ante la consideración de su padre, tomo la croquera y un par de lápices que se encontraban en uno de los cajones. Su padre sabía que amaba dibujar y más aún, cuando se sentía estresada.

Esta vez, para su suerte, esto le serviría mucho. Tomo una hoja y con un lápiz, escribió una carta. La doblo y tomo una toalla que corto en tiras y se encamino nuevamente a la cama.

Toco con uno de sus dedos la cabeza de Pabu hasta que logro despertarlo.

"Pabu, tengo una misión para ti." El animal soltó un bostezo, estirándose cual gato y rascándose la cola con los dientes. Asami se rio y amarro el pedazo de toalla alrededor de su cuello. Luego, coloco la carta doblada y la amarro firmemente con otra tira de toalla. Era un collar demasiado rudimentario y claramente feo, pero serviría para su propósito.

"Pabu, necesito que le entregues esto a Korra." El zorro rojo la observo, inclinando la cabeza. Apenas comprendiendo. "Solo a Korra. Nadie más puede tocar esta hoja." Asami rogo por que Pabu pudiera entenderla. "Entrégale esto a Korra ¿Bueno?" Lo último lo dijo casi en una súplica.

Pabu era inteligente, y finalmente pudo entender en parte su mensaje. Asami lo tomo en brazos, abrió con cuidado la ventana y lo dejo salir. Este comenzó a bajar con agilidad, subiendo por una delgada rama de un árbol que estaba cerca. Bajo y corrió por el pasto. Se detuvo un momento, mirando hacia la ventana en donde vio los ojos de Asami que lo miraban fijamente, con suplica.

Y desapareció entre la maleza.

Asami soltó un suspiro antes de dirigirse a la puerta y tocarla con sus nudillos con fuerza. No se extrañó cuando esta se abrió y se revelo uno de los seguidores de Amon, que posiblemente llevaba largo rato ahí vigilando.

"Llévame con mi padre."

El viaje fue corto, antes de que se diera cuenta estaba abriendo una puerta de un gran taller. Dentro vio chispas saltando por todos lados, su padre con una máscara y un soplete trabajando en una gran maquina humanoide.

"Padre." Su voz sonó firme, segura de su decisión.

Hiroshi se sacó la máscara, y miro a su hija, sorprendido de verla ahí. Esta se acercó a paso lento y se detuvo a solo un metro de distancia.

"Acepto. Me uniré a Amon."

Aquella afirmación fue como la navidad para un niño pequeño para el mayor de los Sato. Sonrió, feliz y se levantó y abrazo a su hija.

"Sabía que entenderías."

Asami cerró los ojos con fuerza, tratando de tragarse el nudo de desesperación que envolvió su garganta. Un peso cayó sobre sus hombros, uno terrible, doloroso. El olor de la colonia de su padre se volvió agrio para su olfato. Incluso su calor le quemaba la piel, pero se forzó a relajar su cuerpo y devolver el abrazo.

"Perdón."

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Los días pasaron.

Y con cada puesta de sol, con cada nuevo anochecer, la sed de venganza envolvía con más fuerza los pensamientos de Korra. Sus músculos se curaron por si solos, acostumbrados a las heridas de batalla. Las costillas rotas se soldaron nuevamente gracias a la auto-sanación que se imponía cada noche. Las horas de meditaciones se alargaban cada vez más y las horas de entrenamiento con Lin Beifong se extendían a medida que aprendía.

En comparación con cualquier otro, Korra domino aquel arte demasiado rápido para el gusto de Lin. Demasiado veloz para su orgullo.

Al vendarle los ojos y quitarle su capacidad de oír, la mente de Korra se centró en lo único que le quedaba: el tacto. La conexión con la tierra era lo único que le permitía estar en contacto con la realidad, la única cosa que tenía cuando se vendaba los ojos. Se centró tanto en aquella habilidad que utilizar zapatos se volvió un estorbo. Sus pies descalzos comenzaron a ver: se convirtieron en sus ojos y oídos. Y a medida que más practicaba, el rango de visión que tenía fue aumentando. Paso de poder ver apenas unos metros, hasta alcanzar un rango casi de un kilómetro a la redonda.

¿Si Korra estaba feliz por su nueva habilidad?

Era decir poco.

Korra estaba eufórica. Desde que perdió la capacidad de oír, se sintió indefensa, vulnerable en una batalla. Ahora podía ver y escuchar simplemente tocando la tierra bajo sus pies.

Era maravilloso. Un placer que Korra nunca creyó tener. Sentía una conexión con su alrededor que jamás había experimentado y que desencadeno en un hecho en específico que nunca pensó lograr.

Todo comenzó una semana después de su salida del hospital. Se había levantado junto con el sol para la sorpresa de todos. Tenzin la observo con los ojos como platos cuando entro al comedor y tomo un cuenco con arroz.

Korra solto un bufido irritado y miro molesta a su maestro, que negaba con la cabeza como si viera un milagro. Incluso alcanzo a captar la sonrisa divertida de Jinora por el rabillo del ojo. Hizo un puchero con los labios y soltó un suspiro resignado. Penma le sirvió un humeante plato de sopa que no tardo en devorar con energía, ante la sonrisa de la joven madre que cada día se veía mas demacrada. Korra se sentía culpable cada vez que la veía. Notaba como sus ojos se oscurecían por la preocupación, como las energías abandonaban a Penma con el pasar de los días.

El Avatar termino de comer con un rostro serio, y dejo el plato sobre la mesa, levantándose de un salto. Le dedico la sonrisa más agradecida en su repertorio a la joven madre antes de salir corriendo por el templo y llegar a la puerta principal. La abrió con un empujón de su hombro y se topó con una imagen que ya se tornaba familiar. El campamento provisional en la isla se volvía cada día más grande con las marchas que se desarrollaban en Ciudad Republica. Korra solo veía el cambio a través de los diarios y ante la llegada de más familias que buscaban refugio.

El caos comenzó cuando Lin Beifong renuncio a su cargo, un hecho que fue la chispa que desencadenaría los indicios de una guerra civil. Los Maestros control habían desaparecido en su gran mayoría debido a las fuerzas de Amon, dejando en gran parte a gente sin poderes. Personas que lentamente comenzaban a ser influenciadas por la forma de pensar del líder de los igualitarios.

La misma Lin Beifong alabó la estrategia de Amon. Había movido las fichas de tal manera, que había dejado en Jaque al alcalde y a todos los maestros control de Ciudad Republica. La manera en la que había movido los hilos, primero forzando a la líder de la policía – la imagen pública de seguridad, de poder para todos los ciudadanos – a mostrar una clara preferencia por un grupo en específico de ciudadanos: Los maestros Control, anteponiendo la seguridad de ellos por sobre el resto. Luego fue la publicidad espontanea alrededor de la Ciudad. Carteles que aparecían de la noche a la mañana, mensajes escritos en las paredes de los edificios, personas misteriosas que casualmente, sembraban rumores.

Y en tan solo una semana, sin utilizar la fuerza, había tomado la ciudad a base de inteligencia y astucia.

Korra podía escuchar la risa satisfecha de Amon mientras caminaba entre la gente del campamento. Muchos de ellos la saludaban con una sonrisa y se acercaban a darle una palmada en la espalda. Se había vuelto extrañamente popular entre todos los refugiados – quizás porque había pasado mucho tiempo creando hogares con su tierra control o quizás simplemente por ser el Avatar, el rayo de esperanza de todo el mundo. Pero definitivamente, no era algo que la hacía sentir cómoda. Siempre deseo ser el centro de atención, ser admirada por todos, pero aquella fama no le sabia a victoria, si no al polvo de una arrasadora derrota.

"¡Korra!" El grito hizo que mucha gente volteara la cabeza. Lamentablemente, Korra estaba demasiado concentrada en el suelo para darse cuenta de los gritos que exclamaban su nombre, pero se detuvo de golpe al sentir bajo sus pies unos pasos que se acercaban a gran velocidad. Levanto la vista y una sonrisa se formó en su rostro. Ahí estaba Bolin, agitando las manos y acercándose junto con Mako. Un nudo culpable se formó en el estómago de Korra. No había pensado en Mako en ningún momento de la semana, algo que la hizo sentirse aún más incómoda al ver su estado. Caminaba con ayuda de una muleta, y tenía el rostro con varios cortes, pero aun así una sonrisa de lado surcaba su rostro.

Korra se acercó sin dejar de sonreír, pero sintiendo que algo faltaba. Algo no encajaba en su interior. Ahí estaban los hermanos y aun así… Su pecho se sintió vacío.

Bolin salto a sus brazos apenas la tuvo a su alcance y Korra rio dejándose querer. Mako se acercó cojeando, y estiro la mano para tomar la del Avatar con suavidad. Un gesto dulce, que logro que un hormigueo envolviera la punto de sus dedos.

Korra quiso decir muchas cosas, pero frunció las cejas al ver algo desagradable. Como si hubiera pisado mierda de vaca.

A unos metros atrás, estaba una de las personas que menos soportaba. Tahno, maestro agua o como le gustaba llamarlo para sus adentros: La niña bonita. Todavía podía recordar aquel partido de Pro-control que le sabía tan lejano: los movimientos ilegales, las trampas y los sucios trucos que usaron. Saboreo por un instante el recuerdo de su victoria y sonrió con arrogancia cuando los ojos de ambos se toparon.

Tahno hizo una mueca de arcada, y su compañero - ¿Shazu o Shaozu? - miraba el suelo fijamente, con expresión molesta.

Korra miro a Mako, buscando explicación y deshaciendo el contacto de sus manos involuntariamente. El maestro fuego soltó un suspiro, y la miro fijamente.

La conversación fue algo así:

Korra: "¿Qué hacen esos dos acá?"

Mako: "Después te lo explico, por favor no los quemes"

Korra: "No prometo nada."

Para el alivio de Mako, Lin Beifong apareció de entre la gente, que se apartaba de su camino como si tuviera la peste. Siendo líder de los policías o no, seguía inspirando miedo a todos los maestros control. Incluyendo al par de hermanos, que se pararon rectamente, incluso Korra por un momento creyó que harían el saludo militar.

Rio por lo bajo divertida. Desde hace días que Lin le había dejado de parecer intimidante. Irritante, grosera y muy molesta sí, pero no intimidante. Observo irritada como la mayor de los presentes le hacia una señal a Tahno para que se acercara.

Korra casualmente toco el suelo con su talón.

Una piedra apareció bajo el pie de Tahno logrando que estuviera a punto de besar el suelo.

Korra silbo disimuladamente cuando recibió una advertencia de los ojos de Lin Beifong. A su alrededor comenzaron a acercarse diferentes personas que estaban repartidas en el campamento, generalmente personas jóvenes, de su edad o apenas mayores. Observo en silencio como Lin movía los labios, al parecer dando un discurso a todos los presentes. Al no poder escuchar, Korra no le quedo de otra que examinar con detalle las expresiones. Definitivamente no era buena leyendo a los demás, pero últimamente lograba identificar con mayor claridad ciertos gestos.

Bolin fue fácil. Primero fue sorpresa, luego una mueca de horror, para más tarde resignación.

Mako fue un reto más grande. No mostro ningún gesto además de sus cejas que se juntaron en clara señal de molestia.

Tahno fue igual de fácil que Bolin. Sorpresa. Horror. Resignación.

El tal Shazu o como se llame, fue el único que no mostro ninguna señal de sentimientos. Tenía el rostro inexpresivo, incluso diría que deprimido. Fue ahí cuando noto la falta de un integrante. A ese sí que lo recordaba. Las rocas de Ming le habían dejado varios moretones dolorosos, pero no tuvo que pensar mucho al respecto. Cada vez que faltaba un maestro control, solo significaba una cosa: Amon. Sintió un poco de lastima por el par. Incluso casi un poco de empatía. Ella también había perdido gente a manos de los igualitarios.

Sus ojos se toparon con los de Bolin, verdes como el pasto en primavera, y una punzada golpeo su corazón. Le recordaban tanto...

Lin golpeo su cabeza con su puño, espabilándola. Soltó un gruñido molesta y se llevó la mano al lugar dañado: la maestra tierra tenía la mano igual de dura que una roca y luego siguió con los hombros caídos a Beifong, que camino con paso seguro entre la gente. Todos volteaban a ver al extraño grupo que caminaba detrás de Lin, como pequeños pollitos siguiendo a mamá gallina. Ese pensamiento hizo que Korra soltara un bufido divertido, una sonrisa surcando sus labios al imaginarse a la maestra tierra vestida con un disfraz de plumas. Aquella imagen alegro toda la caminata hasta el templo del aire, e incluso cuando Tahno y el otro chico – seguía sin recordar bien su nombre – entraron a su hogar, seguía sonriendo ante la imagen mental de Lin disfrazada.

Lamentablemente, tuvo que reprimir la sonrisa cuando entraron al comedor y vio a más personas reunidas. Ahí estaba Tenzin, con los brazos cruzados y mirando con atención a otro par de personas que no conocía. Eran jóvenes, como ella, pero tenían el rostro ojeroso y demacrado, como si no durmieran en días. El mismo rostro de muchos de los refugiados.

Camino a un rincón, apoyando su espalda contra la pared y cruzo los brazos, observando como Lin hablaba, con su usual mascara de frialdad. Tenzin abría la boca para agregar algo, negaba con la cabeza o asentía firmemente dependiendo de la situación. Para Korra era escalofriante la forma en la que se había acostumbrado a su falta de audición: el silencio insoportable, la tranquilidad que siempre la rodeaba, la sensación de soledad que la envolvía cada vez que cerraba los ojos. Los pasos resonaron bajo sus pies descalzos – apenas utilizaba calzado en el último tiempo – y observo de soslayo el rostro de Mako, que se apoyó igual que ella contra la pared. Demasiado cerca, invadiendo su espacio, haciendo que sus hombros se tocaran apenas en una caricia silenciosa. Como si le digiera Estoy aquí.

Extrañamente, aquel gesto no la tranquilizo. Últimamente nada lo hacía. El peso sobre sus hombros, el dolor, la culpa, todo se acumulaba en su interior de tal manera que a veces creía que envejecía. Se quedó quieta por largo rato, todo lo que duro aquella reunión improvisada, sin apenas mover un musculo. No perdió de vista en ningún momento las miradas de Mako, que de vez en cuando la observaba disimuladamente, ni el continuo movimiento de Tahno, que se quejaba en voz alta. Era agradable no poder escuchar su irritable voz.

En un punto, todos asintieron, finalmente llegando a un acuerdo. Lin Beifong dijo algo en voz alta y todos comenzaron a dispersarse. Mako le hizo un gesto con la cabeza, y siguió a Bolin por el pasillo. Tenzin le dirigió una mirada significativa, antes de darle la espalda. Solo bastaron unos minutos para que en aquel cuarto solo estuvieran Lin y ella. Como se había vuelto costumbre, le estiro un cuaderno roído por el uso constante: ninguna de las dos era cuidadosa cuando se ensartaban en una discusión muda, muchas veces rompiendo hojas de pura rabia. Jinora había presenciado más de una vez aquella interacción y siempre soltaba risas disimuladas cuando las veía.

Korra leyó con cuidado, parpadeando sorprendida. Miro a Lin como si no creyera nada, pero el gesto de la maestra metal fue algo que la dejo en blanco.

Era la primera vez que la veía sonreír.

Quizás era un gesto divertido, burlón, incluso hasta aterrador, pero ahí estaba Lin Beifong sonriendo como pocas veces en su vida.

-x-

Horas después, Korra se vestía con un traje rudimentario, repleto de metal, el mismo que utilizaban los policías de Ciudad república. El traje poseía hombreras de metal, con pequeños cuadros que se unían entre sí, como escamas, y que cubría sus hombros y su estómago. Se impresiono bastante al descubrir lo firme que era, como si se hubiera puesto una armadura mucho más liviana y adaptada a su cuerpo. Los pantalones eran de una tela suave pero totalmente impenetrable, como si de alguna forma hubieran vuelto el metal en una sustancia moldeable como el cuero. Todo el traje le agregaba a su cuerpo varios kilos extra, un detalle que no le molesto. Al contrario, cuando vivía en el polo norte acostumbraba a llevar pesas de metal bajo su ropa, un detalle que la hizo sonreír en añoranza. Aquella época de su vida se sentía tan lejana, que a veces no podía evitar extrañar la tranquilidad que siempre la rodeaba. Irónico si pensamos el ferviente deseo que siempre sentía en el polo Norte de escapar, de ver el mundo, de experimentar cosas nuevas. Y ahí estaba, soltando un suspiro cansado, aceptando que quizás el mundo no era como se lo había imaginado. Salió de su habitación, caminando por los pasillos del templo hasta llegar al gran comedor, que se encontraba vacío.

Las vibraciones bajo sus pies hicieron que girara el rostro y se topó con una cara que lentamente comenzaba a serle familiar. Interactuar tanto con Lin dejaba ya de ser tan horrible, para convertirse en algo simplemente soportable. Un avance importante en su relación. La maestra metal le extendió un papel de tamaño mediano, que Korra tomo sabiendo de antemano lo que encontraría. Vio como Lin le asentía, y simplemente daba la vuelta para desaparecer por donde había venido.

Korra abrió el papel encontrándose con un gran mapa de toda Ciudad república. Diferentes cruces y flechas señalaban y marcaban lugares específicos, que la joven Avatar se dedicó a analizar con cuidado.

Las cosas empeoraron de un momento a otro. El alcalde desapareció misteriosamente el día de ayer, para la gran sorpresa de Korra y todos los que escucharon la noticia. Desde entonces que la llegada de refugiados, que hasta entonces siempre había sido constante, se detuvo abruptamente. Las embarcaciones dejaron de arribar a la isla, ni si quiera barcos pesqueros y buques que salían a altamar podían verse ya en las costas de la Ciudad. El ambiente en la isla comenzaba a decrecer y Lin Beifong había tomado cartas en el asunto, reuniendo a todas las personas que estuvieran en condiciones para una misión de reconocimiento. Eran escasas las personas que aun conservaban sus poderes, así que se había visto en la necesidad de incluso aceptar a aquellos maestros que ya no eran capaces de usar sus habilidades. Cualquier ayuda era recibida con agrado.

Entre todos, Korra era la que había recibido una de las misiones más importantes y peligrosas. Lin Beifong reconoció que era de las más capacitadas para infiltrarse en los lugares más conflictivos por su nueva habilidad. Tenzin en un principio mostro reparos en aceptar que realizara una misión tan arriesgada, más aun al tener que depender tanto de su capacidad de sentir a través de la tierra. Llevaba tan poco tiempo manejando esa nueva cualidad que resultaba inquietante lanzarla al campo de batalla, pero al final no pudo luchar contra la terquedad de Korra y la implacable mirada de Lin Beifong.

Necesitaban al Avatar más que nunca. Y la misma Lin le había afirmado a Korra que la mejor forma de mejorar una habilidad era probándola en batalla.

Por eso Korra revisaba el mapa entre sus manos, sentada en uno de los sillones en total soledad. Las cruces rojas señalaban los distritos que habían sido tomados por los igualitarios, antes de perder total contacto con la Ciudad. La joven Avatar se encargaría de registrar el estado de todos aquellos lugares, para inspeccionar al enemigo y tratar de recolectar la mayor información posible, en el mayor sigilo y anonimato. El resto de zonas, marcadas con círculos negros, eran las áreas que aún no eran tomadas por Amon – información de la cual ninguno podía estar seguro.

El mapa estaba repleto de flechas de diferentes colores, que indicaban lugares seguros por donde podrían infiltrarse. Korra examino por largo rato una ruta que seguir, tratando de pensar en las diferentes posibilidades que cada una acarrearían. Al final solo soltó un suspiro y se masajeo la cien. Recostó su cabeza contra el respaldo del sillón y cerró los ojos, tratando de tranquilizarse, calmando su respiración y los latidos de su corazón. El silencio al que ya se había acostumbrado, le resulto de la nada insoportable y frustrante, su mente se volvió un remolino de emociones contradictorias que llenaron su pecho de una sensación angustiante.

Intento abrir los ojos, pero le resulto casi imposible. La oscuridad comenzó a volverse cada vez más profunda logrando que su mente se apagara.

Imágenes difusas comenzaron a llenar su mente, voces que no conocía inundaron sus oídos que no deberían poder oír y finalmente, colores se aclararon tomando una forma definida.

Al principio pensó que era Tenzin. La inconfundible flecha azul, el atuendo anaranjado y la barba café. Pero a pesar de la similitud, no era su maestro. Aquel monje tenia las cejas mucho menos pobladas, gestos mucho más suavizados y unos ojos café claro que brillaban con bondad. Se encontraba sentado en una cama matrimonial, sus manos masajeaban su frente y se notaba claramente angustiado.

"Aang. Todo estará bien."

La voz le sonó inquietantemente familiar, solo que mucho más joven, más dulce y llena de un tono que murió hace mucho tiempo.

"Katara…" Murmuro el antiguo Avatar, levantando la cabeza para ver a una mujer adulta con unos profundos ojos azules. La nombrada le sonrió antes de sentarse a su lado y tomarle la mano, entrelazando sus dedos.

"Eres fuerte Aang, y esto solo es un obstáculo más." Su voz era consoladora, logrando que las facciones del monje se suavizaran. Una suave sonrisa se formó en su rostro, dedicada totalmente a su compañera.

La escena se distorsiono, volviendo a mezclarse entre sí y ahora Korra no veía todo desde lejos. Ante ella estaba una joven Katara, que la miraba con una adoración que le resulto sobrecogedora. Sintió un calor en su pecho que le era ajeno, sentimientos embriagadores que nunca en su vida había experimentado. El calor que envolvía su mano, los dedos suaves que rodeaban los suyos le traían un cosquilleo en la piel que no debería sentir. Llamas quemaban su pecho, expandiéndose hasta su estómago llenándola de una paz increíble, de sentimientos dulces, de un olor a mar y a jazmín.

La escena desapareció, se difumino frente a sus ojos como agua entre sus dedos. Abrió los ojos y observo el techo del templo, sintiendo aquel sentimiento que Aang le había mostrado inundándola. Todavía podía sentir la calidez en su mano derecha, y observo el lugar vacío en el sillón a su lado.

Cuando el torbellino que inundo su mente se calmó, solo sintió un vacío.

Un vacío que no estaba segura de cómo llenar.

-x-

Era ya de noche cuando comenzó la misión.

Korra observaba a todo el equipo con el rostro serio. Se encontraban todos en la costa, preparando una embarcación que los llevaría a Ciudad Republica. Su mirada se topó con la de Tenzin, que la examinaba minuciosamente. Le expreso con los ojos lo que Korra no podía oír y está en respuesta, le sonrió. Era una sonrisa engreída, que le decía claramente: Soy el Avatar, no me pasara nada. Observo como el maestro aire negaba con la cabeza, resignado. Lin que pasaba justo por ahí, le dedico una mirada de costado y un suave movimiento con la cabeza.

Korra se sintió satisfecha y sin más, se acercó al puerto y salto al mar. Se dejó tranquilizar por el frio de las corrientes y girando sobre sí misma para darse impulso, nado a gran velocidad. En apenas un par de minutos llego a la costa y salió del agua con cuidado, observando a todos lados con inquietud. Cerro los ojos unos segundos concentrándose en la tierra bajo sus pies y al no sentir ninguna vibración en varios metros a la redonda, decidió seguir su camino. Corrió por la playa, dando un salto para subir al puerto. Se escabullo entre las grandes cajas del lugar hasta llegar a una calle que estaba totalmente deshabitada. Bajo sus pies sentía suaves vibraciones de pasos a lo lejos, y corrió alejándose lo más posible. En un punto se detuvo y saco el mapa que llevaba en su bolsillo, abriéndolo con cuidado. Trato de ubicarse rápidamente, recordando las indicaciones de Tenzin y cuando se sintió más segura, continúo su camino.

Realizo la misma maniobra varias veces, siempre eligiendo lugares estratégicos en donde nadie podría verla a simple vista. A medida que recorría las calles deshabitadas, más y más presencias llegaba a percibir bajo sus pies y tuvo que desacelerar el paso. Salto sobre un barril de basura y escalo por la pared de una casa, para subir al techo y tener una mejor imagen del lugar. De inmediato pudo ver a un grupo de Igualitarios caminando por una calle a varias cuadras a la distancia y de una rápida ojeada al mapa noto que finalmente se estaba acercando a uno de los puntos que tenía que explorar. Cerró los ojos, concentrándose y bajo rápidamente del techo, tomando un callejón que la llevaría en línea recta hacia donde tenía que ir.

Se detuvo al sentir una presencia más grande bajo sus pies y reacciono rápidamente escondiéndose en una orilla. Sintió que una gota de sudor bajaba por su frente al ver aquellas maquinas humanoides que le traían tantos malos recuerdos. Junto a ellas caminaban filas de igualitarios que marchaban tranquilamente por las calles, y Korra entendió que vigilaban todo el lugar.

Conto rápidamente todas las maquinas que podía sentir bajo sus pies y se dirigió al lugar en donde las sentía más aglomeradas. Nuevamente uso la estrategia de saltar a un techo, y examino con cuidado la escena frente a sus ojos, memorizando cada detalle.

Los igualitarios habían tomado un gran edifico y colgado logos de su rebelión por todo el lugar. Entraban y salían constantemente igualitarios y para la sorpresa de Korra, también personas comunes y corrientes. Decidió acercarse aún más y de un salto bajo a tierra. Noto tarde su error. Estando en el techo, no era capaz de percibir nada y al no poder oír, no escucho los grandes pasos de una máquina que se acercaba.

Sus pies le enviaron señales de advertencia y giro tan rápido como pudo, pero el golpe que recibió fue inevitable. Su espalda golpeo contra una pared de concreto, quitándole el aire. Sintió una corriente eléctrica extenderse por todo su cuerpo que nacía desde su hombro derecho, y soltó un grito adolorido. Abrió los ojos en medio de todo el dolor y vio claramente la máscara de un igualitario. A pesar del entumecimiento de sus extremidades, estiro uno de sus brazos y tomo el bastón que refulgía en electricidad, sin importarle la descarga abrazadora que rodeo su mano. Apretó con fuerza el arma, utilizando cada rastro de energía que le quedaba y esta se partió en dos. Inhalo con los ojos cerrados y los dientes apretados debido al dolor, estiro una mano reaccionando por instinto dejando que fluyera una energía que nunca había experimentado. El airea a su alrededor comenzó a girar y una corriente lanzo al igualitario lejos.

Korra se apoyó contra la pared, abriendo apenas un ojo y observando con impotencia la cantidad de igualitarios que la rodeaban. Una gran maquina se acercaba con sus pasos que retumbaban bajo sus pies, pero aun así no se dejó intimidar, apretando los dientes.

Siguió su instinto. Movió sus manos de una forma totalmente ajena, dejando que las corrientes de aire la envolvieran, impulsándola hacia arriba. Cuando estuvo en el aire, finalmente fue consciente de lo que estaba haciendo y una sonrisa orgullosa se formó en su rostro, al mismo tiempo que aterrizaba sobre una casa. Soltó una risa encantada, sintiendo como la adrenalina despertaba sus extremidades entumecidas y sin dudarlo, comenzó a correr por sobre los techos utilizando la nueva habilidad que había descubierto. Igual que el agua, que el fuego y la tierra, el aire se sintió tan natural como si hubiera nacido para controlarlo. Este se arremolinaba a su alrededor, agitando sus prendas y su cabello, obedeciendo cada orden que el Avatar le indicaba.

Corrió por largos minutos, nunca deteniendo la velocidad, saltando casa por casa hasta que noto una gran avenida abriéndose frente a ella. De un ágil salto, cayó sobre el concreto y cerró los ojos dejándose inundar por las vibraciones bajo la tierra. Noto la agitación de varias entidades detrás de sí, que avanzaban a gran velocidad. Trato de perderlas, tomando callejones escondidos y saltando cada muralla que se le presentaba.

Después de lo que parecieron horas, sintió que las presencias desaparecían en la distancia y se permitió soltar un respiro tranquilo.

"Ahora saben que estoy aquí." Se lamentó frustrada, revolviéndose el cabello y apretando los dientes. "¡Debí ser más cuidadosa, maldita sea!" Se gritó internamente, golpeado la muralla tras su espalda con su puño, debido a la frustración. "Ahora ¿Qué tengo que hacer?" Trato de tranquilizarse, sentándose en el suelo. Tomo la posición de loto y a pesar de no ser un buen lugar para meditar, se sumergió en el silencio que la rodeaba y cerro su mente. Dejo que la tierra le transmitiera cada vibración a su alrededor y respiro tranquila al no sentir ninguna presencia.

"Vamos Korra. Eres el Avatar, algo se te ocurrirá." Murmuro una voz en su mente que le infundio ánimos. Una sonrisa se formó en su rostro y abrió los ojos, observando su mano derecha. Sintió el fantasma de un cosquilleo en la punta de sus dedos, y recordando algo, se permitió dejarse llevar por la sensación. Corrientes de aires agitaron su pelo, arremolinándose en su palma logrando que una risa sincera naciera en los labios del Avatar. Empuño la mano, sintiendo que una nueva energía la rodeaba.

Finalmente, lo había logrado.

Pero sus pensamientos se detuvieron de golpe al sentir una lejana vibración. Era apenas perceptible, una presencia que nunca había sentido hasta ahora. Frunció el ceño, tratando de concentrarse. Abrió los ojos sorprendida al sentirla repentinamente tan cerca, y volteo la cabeza de golpe.

Pestañeo varias veces, no creyendo lo que veía.

"¿Pabu?"

El pequeño animal soltó un chillido contento y corrió a su encuentro. Korra lo recibió con los brazos abiertos, riendo ante los grititos de alegría que el animal soltaba al encontrarla. "¿Qué haces aquí amigo? ¿Por qué no estas con Bolin?" Recién fue consiente de la extraña ausencia del animal en los días anteriores. Ni si quiera había sido consiente, pero llevaba mucho tiempo sin verlo. Acaricio su cabeza, sonriendo suavemente. "¿Dónde te habías metido?" Su mano bajo por su cabeza hasta su cuello y noto algo extraño. Frunció el ceño notando la textura pero la falta de luz apenas le permitía ver. "¿Qué traes ahí?" Pabu chillo, inclinando la cabeza hacia un costado. Korra palpo con cuidado el extraño collar que rodeaba su cuello, hasta notar una textura diferente. La toco con sus dedos, sintiéndola fría y lisa y la tiro con suavidad. Fácilmente se desprendió y levantándola, noto que era un papel algo arrugado. Se levantó de su cómodo lugar en el suelo, con Pabu aun en sus brazos y camino por el callejón hasta salir a una avenida, permitiendo que la luz de la luna iluminara todo el lugar.

Abrió el papel con cuidado, sintiendo la curiosidad envolverla, pero la sorpresa fue mucho más allá de lo que pudo imaginar.

Reconoció la letra de inmediato.

Eran inconfundibles los trazos finos, suaves y perfectos de Asami.

El mensaje era corto.

"Korra, sin importar lo que veas ni lo que oigas, por favor, confía siempre en mí.

Siempre estaré de tu lado.

Asami."

La sonrisa que se formó en el rostro del Avatar fue de sincera felicidad. Entendió mucho más de lo que Asami quería expresar. Un suave cosquilleo recorrió su mano y el fantasma de una sensación ajena lleno su estómago.

Miro a Pabu.

"Llévame con Asami, amigo."

-x-

Cerró la puerta con lentitud. El suave click del seguro inundo toda la habitación.

Los pasos resonaron en la madera del suelo, y recorrió el gran escritorio de caoba con sus manos enguantadas. Observo los estantes, leyendo con cuidado cada libro, deteniéndose con curiosidad en cada título que le llamaba la atención. Su mirada se detuvo en los grandes sillones de cuero, que lucían caros y cómodos. Examino sin interés las fotografías, que enmarcaban una familia y un hombre reconocido en toda Ciudad Republica. No pudo evitar sonreír tras su máscara, recordando el rostro del hombre lleno de desesperación, atrapado en una de sus celdas. Rio suavemente recordando la rabia e impotencia de sus ojos, y se sentó en la silla del alcalde, disfrutando la sensación de poder que lo recorrió en un escalofrió exquisito.

Se quedó quieto, dejándose llevar por la emoción. Elevo su mano hasta su rostro, se bajó la capucha y con cuidado extrajo la máscara blanca, que coloco con reverencia sobre el escritorio, examinándola con una sonrisa. Su rostro tostado, sus cabellos negros y sus ojos oscuros se presentaron ante aquel cuarto vacío, presenciando un secreto que solo una persona en todo el mundo conocía.

Abrió uno de los cajones, mirando con cuidado cada carpeta, distraído en sus pensamientos de poder. Su mano revolvió los papeles, los lápices y el tacto de una pieza fría llamo su atención. Tomo con cuidado el extraño objeto y lo examino en su mano.

Era una pieza redonda, blanca con una flor tallada con gran detalle. Recorrió la textura con su pulgar, curioso ante lo que representaba.

Reconoció la flor de loto con claridad.

Una extraña sensación de descubrimiento envolvió su cuerpo y siguiendo su instinto se levantó de la silla. Observo el estante esta vez buscando algo en específico y encontró un libro de tapadura negra que le llamo la atención. Lo tomo entre sus dedos, abriéndolo con cuidado, leyendo con sorpresa cada letra.

Observo la pieza en su mano, y la lanzo en el aire, volviéndola a atrapar.

Un piar lo distrajo y su mirada se perdió en la ventana. El gorrión agitaba sus alas hasta posarse en el marco de la ventana, soltando su canto que inundo todo el lugar.

Noatak camino hasta pararse frente al cristal, abriéndolo lentamente. El pájaro se quedó estático, moviendo sus alas de manera antinatural. Se elevó en el aire en una posición grotesca, acercándose al rostro moreno del maestro sangre antes de soltar un piar agónico y la sangre se escurrió entre sus plumas ensuciando el suelo de madera.

El hombre conocido como Amon, se dio la vuelta, dejando caer la pieza blanca al suelo.

La sangre del pájaro ensucio la suave pieza de un color escarlata hasta cubrirla por completo.

Y la flor de loto blanco, se tiño de rojo.

-x-

Fin.

Nota autora: ¿Alo? ¿Hay alguien por ahí? Se está volviendo una tradición disculparme por la demora… Pero bueno, lo importante es que volví con un nuevo capítulo. Este es el penúltimo capítulo de la primera temporada ¿Saben que significa? Si gente, finalmente se acerca el Korrasami ¡Yey! Tengo tantas ganas de escribir cosas Flu flu, que no puedo esperar. Este capítulo fue dedicado totalmente al desarrollo de las habilidades de Korra, un capítulo de transición muy importante. Sé que es un fanfic de romance, pero me encanta la idea de centrarme en el desarrollo de Korra como Avatar.

Estos días que tengo libre tratare de avanzar con el próximo capítulo, pero no quiero ilusionarlos dándoles una fecha de actualización. Hare lo que pueda.

Los adoro gente

Y recuerden.

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