Disclamer: Ya saben, la historia es mía, los personajes no C:
ADVERTENCIA:
Este capítulo contiene escenas de tipo sexual entre dos hombres, aunque a estas alturas no sé si la advertencia sea necesaria… de cualquier forma, sobre advertencia no hay engaño. Continúen bajo su propio riesgo.
CAPÍTULO XII. La Tormenta En El Horizonte
Ahora.
El olor de su piel era tal y como lo recordaba, y teniendo que realizar el viaje con las ventanas cerradas del auto a causa del frío afuera, era casi demasiado.
Su mano derecha permanecía en mi rodilla si no estaba ocupada con la palanca de cambios, haciendo círculos sobre la tela del pantalón; la mía estaba irremediablemente perdida en el minúsculo espacio entre su muslo y su entrepierna. No la movía de ahí, no trazaba nada, simplemente permanecía en su sitio, expectante.
Me encontraba echado sobre el asiento, mi cabeza girada hacia él y medio flotando por causa de la cercanía, del insidioso deseo que me estaba comenzando a ahogar por medio de su aroma. Cerré los ojos, esperando que el recorrido se volviese corto sólo por desearlo.
Mis labios todavía sabían a los suyos y mis palmas hormigueaban por hacer contacto… por tocar algo que se les había negado demasiado.
Estaba tan perdido que mi mente no se hizo ninguna de las preguntas que debería -¿esto es correcto?, ¿no lo complicará todo aún más?, ¿no debería detenerlo?-, en su lugar se ocupó de recoger todos los tonos de plateado en que brillaba su cabello, o las sombras de rosa que coloreaban sus labios.
En algún momento del trayecto le di las indicaciones necesarias para llegar a mi departamento, ni siquiera cuestioné esa directriz; entendía perfectamente los nuevos límites en esta relación… él lo querría todo y yo se lo brindaría. Era mi turno, después de todo.
Estacionó el automóvil en el sitio correspondiente a las visitas de los inquilinos del edificio y me siguió de cerca mientras pasaba por el área común, saludaba a mi portero y un par de vecinos que se encontraban de camino al área de escaleras y ascensores; sus pasos fueron tranquilos durante el camino, su presencia a mi lado densa.
Cuando las puertas del elevador se cerraron, mis manos se volvieron puños dentro de las bolsas de mi abrigo para no abandonarme a la idea de tirarme encima de él; no quería que ninguno de mis vecinos nos encontrara haciendo algo así en ese lugar. Reí por dentro, me sentía fuera de mí –nervioso, ansioso, exaltado, excitado-. Las manos me sudaban y tuve que hacer un esfuerzo real por frenar la carrera que mi corazón había iniciado en mi pecho.
Le miré sin girar la cara, su alta figura recargada contra las paredes de metal mientras las luces que señalaban los pisos que dejábamos atrás se iluminaban, mostrando nuestro avance; tenía el rostro elevado al cielo raso, dejando a la vista su perfil de rasgos pronunciados y la larga curva de su garganta, los tendones que bajaban hacia sus hombros. La piel clara y lechosa, delicada y deliciosa. El cabello corto cayéndole sobre uno de sus ojos, plateado.
Era demasiado apuesto, aún después de todo este tiempo.
No, eso era erróneo. Él era así de guapo, gracias a que había pasado todo ese tiempo. La edad le había sentado muy bien, su cuerpo delgaducho se transformó en uno fibroso y musculoso, por ejemplo; sus rasgos habían terminado por marcarse del todo, ya no tenían esa vaguedad andrógina. Era un hombre ahora. Uno muy atractivo.
La puerta se abrió y salimos uno detrás del otro, sus pasos justo detrás de los míos. Ahí no había personas que interrumpieran nuestro camino, así que el recorrido fue rápido y directo hasta la puerta de mi hogar.
Al intentar abrir la puerta, me percaté que mis manos temblaban y tuve que luchar contra ello para gobernarme y poder hacerlo bien. Escuché su risa baja a mis espaldas, mientras lograba introducirla en el cerrojo y girarla; no dignifiqué eso al ignorarlo y entrar.
El lugar estaba a oscuras, pero eso no impidió a Víctor deambular por el espacio abierto; la sala, comedor y cocina podían verse fácilmente desde el punto en que nos encontrábamos –pequeños espacios, lo suficientemente ordenados para no dar vergüenza-, mientras que el baño y la habitación eran los únicos lugares tras una puerta.
Él avanzó –recordando quitarse los zapatos y dejarlos junto a la puerta- con cuidado entre los muebles, ayudándose de la luz que entraba por las ventanas que daban a la calle. Se quedó quieto justo en medio, deshaciéndose solamente de su abrigo, guantes y bufanda. No me permitía ver nada más allá de su ancha espalda.
Inhalé profundo, armándome de valor para llevar a cabo aquello hasta el final y no frenarme hasta alcanzar las últimas consecuencias. Caminé hasta él, mis pasos suaves y casi silenciosos, en mis calcetines sobre la mullida alfombra de la sala.
Mis manos se posaron sobre sus hombros, sintiéndolos tensarse ante el movimiento; mi frente se acomodó contra su nuca. Lo respiré.
Me llené con el olor de su colonia, del champú de su cabello, de la fragancia de su piel. Dejé que mis pulmones se inflamaran con su esencia –la misma que, estaba seguro, había quedado plasmada en mi automóvil- y la melancolía me barriera entero sólo a causa de ello. Dejé que los recuerdos y las advertencias se fragmentaran, mientras mis dedos comenzaban a dibujar patrones sin sentido sobre el suave tejido de su suéter, sobre la piel que iba dejando a la vista de a poco. Dejé…
Que el pasado se ahogara y se perdiera –al menos de momento-, ante el sabor de su piel cuando no pude resistirme más y mordí ahí: justo entre su hombro y su cuello.
Víctor me había dejado marcado la última vez y, aunque logré frenarme antes de hacer lo mismo, la intención sí que era igual.
Escuché su respiración volverse trabajosa, cuando mis manos encontraron su camino hasta la cinturilla y se colaron bajo la tela; no estaba seguro de cuánto tiempo me daría la oportunidad de estar así, manejando yo la situación, pero no quería desperdiciar la oportunidad que me estaba brindando –era obvio que sería la excepción no la regla-.
Recorrieron mis dedos su abdomen, su pecho; reconociendo esos arcos y valles que eran conocidos y nuevos a la vez. Les permití vagar todo el tiempo que Víctor me regaló, perdiéndose también en su espalda, sintiendo cada ondulación provocada por los huesos de su columna, los hoyuelos de sus caderas.
Me consintió besarle, sobre el suéter y justo en su piel; hociquear en su cuello y hombros. Olerle. Consumirle. Desnudarle.
Cada prenda de la que me deshacía dejaba a la vista una nueva maravilla; brazos trabajados, espalda tallada con cuidado, piernas fuertes… un trasero firme.
Quise caminar para colocarme frente a él, en lugar de eso, Víctor dio la vuelta y besó mis labios, aferrándose a mis hombros; envolví mis brazos a su alrededor, enganchándome a él mientras mis sentidos se perdían. Sus labios no eran suaves, eran necesitados al igual que los míos. Aquel beso no fue delicado para nada, no era más que una forma de conquista, una manera de apagar aquella hambre.
Víctor me despojó de la ropa con mucha más eficiencia de la que yo mostré –con una habilidad que me hizo preguntarme vagamente cuánta experiencia había requerido-, haciéndome notar que no era el único con manos errantes que deseaban reaprender viejos caminos, encontrar nuevos.
Mis uñas se enterraron en su carne, cuando el oxígeno en mis pulmones no fue suficiente y sus dientes se cerraron sobre mi labio inferior –por fortuna, en esa ocasión no terminó en sangre-.
Me aparté de él, sólo el tiempo suficiente para jalar su mano y llevarlo hasta la habitación.
La cama gobernaba el diminuto sitio -luego me preguntaría qué opinaría Víctor de él, pero en ese momento no tuve oportunidad de nada-, fui llevado hasta ella y prácticamente echado encima.
El cuerpo de Víctor pronto cubrió el mío y sus besos ya no se limitaron a juguetear en mis labios; sus manos lo reconocieron todo. Nuestras respiraciones compusieron sinfonías aceleradas en medio de todo aquel silencio. Su olor quedó impregnado en mi piel y en el edredón bajo nosotros. Su sabor inundó mi boca, mi cerebro.
Sus dedos entraron en mí –apoyado solamente por una loción encontrada en el cajón de mi mesa de noche- y fue evidente que hacía demasiado tiempo que nadie más lo había hecho; creí ver una sonrisa de satisfacción ante eso, pero bien podía ser mi imaginación, mi mente drogada de él.
Cuando mi cuerpo se abrió para darle cabida, no sólo estaba me encontraba electrificado, sino que parecía haber estado muerto y vuelto a la vida sólo por ese momento. Era dolor y placer, tal y como siempre lo había imaginado –porque de todo aquello que hicimos, de todo lo que fuimos, jamás logramos estar así; todo había terminado antes de llegar a esto-. Era todo placer, sentirlo palpitando dentro.
Los embistes fueron largos y duros al principio, rítmicos de la forma en que lo podían ser dos cuerpos chocando con hambre, guiándose por la naturaleza del placer puro y sin diluir. Sus besos fueron salvajes, dominantes y sucios. Sus manos encajándose en mis caderas.
Mi cuerpo reaccionó alegremente, encontrándose con el suyo en cada estocada, mis uñas marcando caminos de piel abierta en su espalda, en lo alto de sus hombros. Nuestros dientes, hallando piel blanda para poseer y marcar –aunque antes me había podido frenar, ahora resultaba imposible-.
El ritmo se volvió errático después, mis piernas enredándose sobre sus nalgas, buscándolo para sentirlo más cerca –consúmeme, devórame… ahógame-. No hubo más besos, sólo el choque de dos cuerpos, cuyo sonido pareció inundarlo todo, labios y dientes errantes… y entonces, un golpe perfectamente localizado.
Los dedos de mis pies se encogieron y solté algo muy parecido a un ruego y a un aullido, un jadeo suplicante bajo mi aliento; lo vi sonreír ante ello, abierta y petulantemente, antes de decidir concentrar Cada. Golpe. Ahí.
Mis manos cayeron a mis costados, aferrándose convulsamente a la tela bajo nuestros cuerpos, apretándola y retorciéndola mientras mis ojos trataban, sin mucho éxito, de mantenerse abiertos y enfocarlo. Quería grabar en mi memoria estas nuevas imágenes: del sudor cayendo por la punta de su nariz, de su boca abierta buscando que entrara más aire, de sus ojos -azules volviéndose negros ante este goce- fijos en el punto donde nos uníamos… de la mano que tuvo que soltarme para clavarse en el colchón en busca de más apoyo. Pero no podía concentrarme en eso.
Mis ojos se cerraron con fuerza y mi boca se abrió en un grito ahogado, cuando simplemente todo fue demasiado; una ola de placer barrió todo dentro de mí –la habitación, el frío de afuera, las cosas pasadas y futuras-, nada más importó más allá de ese gozo inyectado directo en mis venas, ese que cruzó desde la punta de mis pies hasta el último de mis cabellos, y del hombre que lo provocó, el que tenía dentro. Me corrí, con mis manos buscándolo ciegamente para anclarme.
Cuando fui capaz de abrirlos de nuevo, tenía una mano aferrada a uno de sus bíceps y la otra enterrada en sus mechones plateados; leves temblores me recorrían entero, mientras él bombeaba arrítmica y frenéticamente, sólo un par de veces más, su miembro palpitó y le sentí llenarme, antes de caer deshecho sobre mi cuerpo.
Le dejé ir, mis brazos cayendo deshuesados a mis costados y él rodó para echarse a un lado. De nuevo, eran sólo nuestras respiraciones aceleradas lo único que podía oírse en el cuarto. Quizá duramos así sólo un par de minutos, no puedo estar seguro, cuando el tránsito de los segundos se veía distorsionado bajo el lente de mi dicha post-coital.
Había sido una experiencia sexual para la que no tenía precedentes, intensa, descarnada y dura; me había dejado sintiéndome en carne viva y, ahora que la bruma comenzaba a dispersarse, podía darme cuenta de cuanto de ello se debía a cuánto lo había deseado –aun cuando todo había terminado y se suponía que lo había olvidado-. Todos mis deseos ocultos parecían escurrirse sobre el edredón, cada una de las fantasías que no me había atrevido siquiera a formar en pensamientos. Cada una de ellas cayendo ruidosa a nuestro alrededor.
-es tarde, debo irme…- murmuró, irguiéndose sobre la cama, observando la pared frente a nosotros; parecía querer huir, casi como si las hubiese escuchado. Era lo primero que decía cualquiera de nosotros desde que nos habíamos subido al auto.
Tuve el impulso de tomarlo de la mano y regresarlo a mi lado, pero me contuve. En lugar de pararlo, lo vi levantarse y salir de la habitación; le escuché tomar su ropa, subir los cierres necesarios para vestirse y calzarse y, después, salir.
El frío –porque ni siquiera nos habíamos tomado el tiempo necesario para encender la calefacción- que había ignorado con facilidad durante todo el acto, se coló hasta donde estaba recostado; se me pegó a la piel como algo pegajoso y se filtró hasta alcanzar mis huesos. Me estremecí.
No habíamos hablado en toda esta debacle y, sintiendo resbalarse su semilla de mi interior, fue evidente que tampoco habíamos utilizado ningún tipo de protección. Hace mucho que ninguno de nosotros era un adolescente descuidado que pudiera justificar ese tipo de faltas. No. Esto era peor. Esto resultaba mucho peor y más peligroso.
Suspiré, o algo bastante similar a ello.
Sabía que era un desastre –en más de un sentido- y debía meterme a bañar, pero no logré juntar más energía que la necesaria para tomar el extremo del edredón y jalarlo encima de mí. Aunque eso no calmó el frío que me calaba dentro, fue suficiente para que ser capaz de cerrar los ojos y dormir.
Sin embargo, eso no me impidió preguntarme -antes de caer rendido- sí acaso lograría sobrevivir a otro encuentro como aquel… con el corazón intacto.
Me quedé sin internet... básicamente, así que lamento la enooooooooooorme demora, como recompensa esta es una doble actualización... corran a leer el siguiente :D
