Disclamer: los personajes no me pertenecen, la historia sí :D
CAPÍTULO XIV. Se Alza El Pico De La Ola.
Ahora.
Mi piel bullía con su respiración golpeándola de lleno, con su voz rompiéndose en mi oído y sus dientes hundiéndose, dejando marcas profundas. Me escocía, el cuello convertido en un lienzo manchado de morados, amarillos y violetas –mordidas y chupetones* en diferentes estados de sanación-, como un collar asimétrico que se escondía bajo mis camisas formales en el trabajo.
-no…- me quejé, cuando pude sentir sus incisivos perforando la piel.
Era ridículo. No podría ponerme corbata si continuaba con ello. Traté de alejarme, pero no había mucho espacio para maniobrar cuando se tiene el rostro prácticamente enterrado en la almohada, así que terminó por dejarme una nueva marca para añadir a la colección.
Sus embestidas se volvieron frenéticas al soltarme el cuello, sus manos a mis costados, mientras intentaba afianzarse para hacerlas profundas; mi cuerpo respondiendo a cada empuje, arqueando la espalda para darle más acceso, abriendo más amplias las piernas… dejándolo hacer.
Lo sentí jadeando contra mi cabello, mis codos venciéndose y haciéndome resbalar de cara contra la almohada; podía sentirlo golpeando repetidamente el punto dulce en mi interior, mis jadeos volviéndose agudos y suplicantes. ¡Cuán suplicante podía volverme!
Estaba seguro de que estaba balbuceando algo, probablemente algo terriblemente bochornoso, aunque inconexo; pero no tenía registro de ninguna de las palabras que salían de mi boca, estaba perdido en el éxtasis de su mano levantándose de la cama para trazar las líneas de mi espalda y trasero, de su cuerpo levantándose tras de mí para aferrarse a mi cadera y golpear ahí, una y otra vez.
-no puedo…- solté, sintiéndome completamente en el borde.
-claro que sí, profesor…- soltó, su voz proviniendo de entre sus dientes apretados -¡córrete!
Su orden fue un cortocircuito.
Placer regándose por mi cuerpo, electricidad recorriendo mis nervios. Retorcí las sabanas entre mis manos y grité contra la almohada, viniéndome fuerte y cayendo sin fuerzas y desmadejado… o al menos eso intentó mi cuerpo, porque Víctor me retuvo hasta que terminó, dejándose caer y arrastrándome bajo él.
Todo su cuerpo estaba en contacto con él mío, unidos aun de la forma más íntima posible; cada vez que respiraba, podía percibir su pecho chocando contra mi espalda. Presionando sólo un poco más contra el colchón. Cada exhalación acariciando mi oído. Pesaba.
El peso de su cuerpo era algo que pensé que conocía, pero se había modificado con el paso de los años en que estuvo lejos; aun así, era agradable, sentirme completamente cubierto por él. Suponía que encontrándome en estado de alegría post-coital me daba cierto margen para pensar cosas idiotas.
-¿no es estúpido?- soltó, cuando su respiración se normalizó.
-¿qué cosa?
-pensar que hay personas que se sienten unidas después de algo tan básico como el sexo- dijo, rodándose a mi costado; sus ojos observando el cielo raso con aburrimiento -. Me alegra poder evitarme esos problemas.
El silencio cayó sobre mí como una losa.
Tuve el repentino deseo de estallar a carcajadas, podía sentir la risa burbujeándome en el pecho con ganas de salir; sin embargo, logré frenarme de hacer evidente la forma en que me había golpeado.
Le sentí levantarse, quitarse el condón –porque no éramos adolescentes idiotas que repitiéramos los mismos errores dos veces y, seguido de una incómoda conversación al respecto, se acordó que, a pesar de estar ambos limpios, era algo que se tenía que hacer. Después de todo, no éramos exclusivos… o confiables- y entrar al baño para hacer uso de mi ducha –evité mirarlo al irse, no quería que, por error, se girara y pudiese ver en mi rostro el impacto de sus palabras-. No era la primera vez que decía cosas como aquella y estaba comenzando a crear un pequeño muro para protegerme; empero era muy reciente, débil todavía como para frenar del todo los embates de su afilada lengua.
Me erguí en la cama y evité, también, mirarme al espejo; no hacía falta verme para saber que era un desastre todavía mayor que la última vez. Cada uno de estos encuentros me dejaba deshecho de diez formas diferentes, desde las marcas que sus dedos dejaban en la piel de mis caderas hasta los nuevos hematomas sobre el pecho y cuello; además, había finas líneas sangrantes… que no se veían a simple vista, heridas que llegaban más allá de mi cuerpo.
Aun así, se lo permitía… porque una parte de mí creía que lo merecía y esa parte, enferma de mí mismo, secretamente se regodeaba en ese dolor; era mi castigo, estaba recibiendo mi merecido y el equilibrio en el mundo podía seguirse manteniendo.
Me coloqué con cuidado la bata que siempre dejaba lista en la silla del rincón, mientras le escuchaba terminar y caminé hasta mi diminuta cocina, moviéndome por la fuerza de la costumbre para preparar té –sirve agua en la tetera, me diría mentalmente, luego sólo ponla a calentar… haz una cosa y luego sigue con la otra, no dejes que esto se convierta en algo que no es-; escuchando los sonidos amortiguados de su presencia, a través de la puerta del cuarto de baño.
Encendí la televisión y ahogué el sonido de él, tratando de concentrarme en el equipo de científicos que trataban de encontrar a un delincuente peligroso. Lo único que hacía era actuar como si todo fuese normal, común, frío y casual.
Víctor me encontró apoyado en la mesa, bebiendo pequeños sorbos del té.
-estaré ocupado unos días hasta tarde- dijo, tomando su abrigo del sillón donde lo había arrojado -, así que es probable que no te llame… no lo sé, depende de mi estado de ánimo. Nos vemos, profesor.
Salió por la puerta.
-adiós- murmuré al aire y suspiré.
Bien, era momento de recomponerme; tomé una larga ducha caliente, me vestí con mi pijama favorito –que incluía un pantalón de franela que me quedaba enorme y tenía varios agujeros- volví a preparar una taza de té caliente y me senté frente al televisor para ver alguna cosa boba y cursi en ella, algo que me hiciera olvidarme que, en la vida real, el amor no se concretaba por obra del destino en diez días o dos encuentros casuales.
Cuando vi a Reese Witherspoon hablando con acento sureño pidiendo afanosamente el divorcio, supe que había encontrado lo necesario para pasar esa noche. Después de todo, tendría unos días de descanso de toda esa situación.
Fueron sólo tres días, la noche del jueves me envió un mensaje de texto mientras terminaba mi última clase de la jornada: quería cena y después ir a mi departamento.
Lo ridículamente deprisa que le di mi respuesta afirmativa, me hubiese hecho enrojecer de vergüenza si alguien lo supiese; por fortuna no era así, de tal modo que pocos minutos después ya tenía un lugar al que dirigirme para la cena.
Al llegar, me sorprendió lo tranquilo y íntimo que parecía; resultó ser un restaurante de comida española atendido por una familia de dicho país, quienes mantenían todo el lugar pequeño y agradable, acogedor. En cualquier otra situación…
Miré a Víctor al otro lado de la mesa, sus dedos moviéndose velozmente sobre la pantalla de su teléfono celular mientras contestaba un mensaje –otra vez-. Bajé la mirada a mi merluza y me concentré en no fruncir el ceño, yo no era una cita a la que estuviese ignorando, yo sólo era un acompañante ventajoso que le ayudaría a calmar más de un apetito. Sólo. Eso.
-… así que, ¿cómo ha estado tu semana, eh?, ¿Profesor?
Levanté la vista de mi plato, sorprendido, para clavar mis ojos en él –pensé por un segundo, que bien podría haber estado hablando por teléfono de nuevo, no precisamente dirigiéndose a mí-.
-¿disculpa?- balbuceé.
-te he preguntado sobre tu semana- soltó, en tono aburrido -. Se supone que mantengamos una conversación durante la cena, ¿no?
-¿sobre mi semana?- cuestioné dudoso.
-¿no es un tema común para este tipo de situaciones?- parecía confundido, tal vez con un poco de tedio –No es realmente relevante, pero hay que llenar el silencio con algo, ¿no crees?
Mi boca que se había abierto ante el cuestionamiento se cerró ante sus palabras, mis dientes mordiendo con fuerza mi lengua para no soltar nada; ni la más mínima respuesta, pues era evidente que sólo deseaba molestar.
-mi semana ha estado bastante bien, señor Nikiforov- contesté con voz tranquila, felicitándome mentalmente cuando no me tembló para nada.
Víctor parpadeó, no estoy seguro el motivo y estaba a punto de decir algo, cuando su teléfono volvió a sonar sobre la mesa, distrayéndonos a ambos.
-disculpa- dijo al recogerlo, contestar y alejarse de la mesa; incluso se tomó la molestia de salir del local.
Dejé la servilleta sobre la mesa, junto con el dinero que cubría lo pedido, y le di una última mirada a mi merluza –casi sin tocar- en el plato. No, yo no era una cita a la que tenía que deleitar con buenos modales y una conversación alegre e interesante, pero esto ya era francamente ridículo.
Salí del lugar.
El frío me golpeó directo en la cara, me enrollé mejor la bufanda y caminé hasta donde recordaba se encontraba el sitio de taxis; no pasó mucho tiempo antes de sentirlo caminando a mi lado, sus pasos más largos lográndome alcanzar sin problemas.
-¿a dónde se supone que vas?
Me detuve, girándome para enfrentarlo, mis manos escondidas del viento helado en mis bolsillos.
-es evidente que estás ocupado hoy- respondí en su lugar -, podemos volver a quedar otro día.
-te dije que quería salir hoy, ¿por qué te llamaría de no ser así?
Me encogí de hombros, yo no tenía la respuesta a esa pregunta.
-¿estás molesto?- cuestionó, cruzándose de brazos, siendo muy obvio que la pregunta era más una prueba que sólo la simple interrogante -¿te enojaste conmigo porque estaba al teléfono… que te ignorara?
Respiré profundo, dándome la oportunidad para dejar pasar mi primer impulso y decirle que era un idiota por hacerme ir hasta ahí para dejar claro su punto –yo no era importante, era útil y nada más. No hacía falta, ya lo tenía muy bien aprendido, no hacía falta hacer esa escena-.
-¿intentaba ignorarme?- respondí, mirándolo a los ojos, esperando que entendiera que yo no entraría en ese juego; era suficiente castigo ser una herramienta, no tan divertido convertirme en un simple y llano felpudo -¿Quiere que me sienta mal por ello, que le reclame? Estaba seguro de que resultaría en algo infructuoso, por lo que pensé que era mejor dejarlo para que atendiera sus asuntos sin distractores y que me llamaría cuando lo considerara necesario.
Víctor frunció el ceño y simplemente me observó por varios segundos, probablemente decidiendo la mejor manera de asestar el golpe que estaba seguro vendría.
-supongo que tienes razón- concluyó, controlando su gesto e, incluso, atreviéndose a sonreír un poco -, estoy ocupado y no tengo tiempo hoy para distracciones…
-bien- dije.
-bien- repitió, lo que era frustrante.
-bien- gruñí, dándome cuenta de lo infantiles que estábamos sonando los dos, porque yo sólo deseaba tener la última palabra. ¡Era un hombre de casi 30 años comportándome como un tonto! Suspiré y me di media vuelta, listo para alejarme.
No di más que un par de pasos, antes de que el brazo de Víctor cayera sobre mis hombros y comenzara a caminar a mi lado.
-pero… ¿qué?
-dije que quería pasar la noche contigo.
Bufé y continué caminando, está vez en dirección al lugar donde habíamos dejado aparcado su automóvil. Bien, pensé, parece que yo no era el único bobo ese día. Podía vivir con eso. Esperaba.
*Chupetón: es como en mi tierra se le conoce a los hematomas que se dejan al succionar con fuerza la piel.
No es domingo, lo sé u.u ... lo que pasa es que ya tenía listo el capítulo y lo estaba editando cuándo me percaté de que, en realidad, mis personajes todavía no se encontraban en el punto en que los había descrito, no calzaba lo que estaba ocurriendo con las situaciones que escribí... así que tuve que tomar una decisión difícil y escribir un nuevo capítulo que es este, espero haya valido la pena y lo hayan disfrutado.
Agradezco sus lecturas, follows, favs y reviews, mucho, mucho C:
Chapa, es lo mismo que yo quiero, pero no se dejan! :3
Les quiere:
~Clarisee
