CAPÍTULO XVIII. La Ola Sobre Mi Cabeza
Ahora.
Los bordes de la madera se clavaban en mi columna, con cada movimiento; podía sentir la punzada dolorosa pinchando mi piel a cada estocada. Sus manos aferrándome con fuerza –probablemente iban a dejar marca-, mientras las mías se enredaban en su cuello y subían hasta su cabello para enredarlo.
Nos escuchaba, mis gemidos contra su carne, sus jadeos roncos y mis suplicas. Más, más, más. Mis uñas, encajándose en su piel y el golpeteo desnudo –rítmico- de su cuerpo y el mío, colisionando cada vez.
Los besos parecían –eran- desesperados, como si no bastase con uno, ni tampoco otro –u otro-; eran un hilo infinito de ellos, estaban unidos uno, tras otro, entre una bocanada y otra, una mordida y otra. Se convirtieron en extremidades sin control, sin fin aparente, sólo labios, sólo lengua, sólo dientes y piel. No parecía suficiente -quería consumirlo- como si la intención fuese respirarnos mutuamente.
Cedí mi cuerpo, dejándolo hacer; sentía sus dedos clavarse y sus dientes atravesar la piel, su miembro conquistar mi interior y hacer crecer mi placer. Le dejé hacerlo, porque era la única forma en que me sentía atado a él ahora, porque era muy bueno en ello y porque le deseaba.
Deseaba ser uno sólo con él.
Exploté. Mis dedos de los pies se cerraron convulsamente y mi cabeza cayó contra la puerta, mi boca abierta en un grito silencioso.
Después de alcanzar el clímax, sentí mi cuerpo ingrávido. Con los ojos entrecerrados, tratando de volver mi respiración al ritmo normal, pude sentir su aliento golpeando contra la piel de mi cuello –donde nuevas marcas habían sido colocadas en su sitio- y el sudor recorrer mi espalda, provocándome escalofríos.
Tenía las piernas trabadas tras su espalda, mi cerebro trataba de hacerme comprender que debía deshacer aquello y romper la conexión para continuar con nuestra rutina previamente establecida. Sin embargo, ellas no respondieron al llamado, casi como si hubiesen quedado muertas tras la actividad intensa.
Víctor, permaneció unos minutos más así, antes de que sus piernas cedieran; terminamos los dos en el piso, hasta que nuestro corazón se serenó, igual que nuestras respiraciones.
-deberíamos…- murmuré contra su hombro.
-shut.
Así que callé y me permití reposar la cabeza contra su piel por más tiempo.
El silencio se extendió, llenando los minutos que pasaron, permitiendo que el sudor en mi cuerpo se enfriara y me hiciera consciente de otras cosas: el piso frío, las sombras que se deslizaban –provocadas por las farolas de la calle- entre los muebles y las esquinas de las paredes.
-Víctor…
El beso vino de la nada, encendido por algo que yo no alcancé a vislumbrar; por enésima ocasión, esa noche, me dejé arrastrar.
Respondí el beso de forma tan profunda como él lo hacía y me llené las manos con el tacto de su piel.
Cuando la luz de la mañana golpeó mi rostro, parpadeé, escuchando con atención –mi oído agudizándose- el leve sonido de su respiración acompasada. Tenía su brazo rodeándome y su pecho presionado contra mi espalda, una pierna sobre las mías y, por primera vez, parecía que tendríamos que enfrentarnos a la "mañana después".
No sabía cómo hacerlo a partir de ahí.
¿Debía levantarme y pretender que era algo normal –que se quedara una noche entera-?, ¿o debía intentar hacer parecer que continuaba durmiendo para que él decidiera?
-deja de pensar…- soltó y yo tuve que frenarme de forma consciente para que mi cuerpo no saltara ante la sorpresa de su voz.
-no estoy…
-escucho tu cerebro trabajar- dijo con voz ronca por el sueño, sonando más a un gruñido que cualquier otra cosa -, hoy no tengo llamado, así que agradecería el poder dormir.
Parpadeé, mucho más allá de sorprendido. Giré la cabeza todo lo que pude para verle sobre mi hombro, con los ojos cerrados y una arruga surcándole la frente.
-necesito ir al baño- expliqué.
-ve.
Bien, no era precisamente que estuviese pidiendo su permiso; en realidad, lo único que deseaba –por el momento- era que me soltara lo suficiente para poder levantarme e ir. Bufé.
-¿qué?- espetó, sin moverse ni un poco.
-necesito ir al baño- repetí, recalcando la situación, moviendo mi hombro para que su brazo lo hiciera también.
Víctor dijo algo, entre dientes, gruñendo mientras se daba la vuelta y me daba la espalda en la cama. Me erguí sobre la cama y le observé, tan cómodo y plácido, en mi cama. No entendía nada.
Me levanté, poniéndome la ropa interior y el pantalón de pijama –que siempre dejaba a mano- y atendí mis necesidades, para irme directo a la cocina; no tenía planeado atormentar a mi mente con todas las cosas que estaban mal en esa escena –Víctor en mi cama-, así que me decanté por comenzar a preparar mi desayuno, escuchando la televisión de fondo.
Me encargué de preparar un par de huevos, freír un poco de tocino y salchichas, tostar varios panes; calenté agua para café y cocí una pequeña cantidad de arroz. Estaba colocando mi plato cuando lo noté, recargado contra la pared más próxima al refrigerador.
Miré sobre mi hombro, percatándome de que no traía puesto más que su ropa interior. Mi cuerpo se tensó, de pronto, casi haciéndome tirar el plato con arroz que había estado sirviendo. Para evitar más accidentes, lo dejé con cuidado sobre la encimera y me volteé para verle de frente.
Sus brazos estaban cruzados sobre su pecho y había algo tormentoso en su mirada.
-¿quieres…- se me trabó un poco la lengua a media pregunta, no acostumbrado a formular nada parecido –comer?
… conmigo. Aunque no me atreví a concluir de esa forma la cuestión, era muy probable que se negara, si osaba a plantearlo así.
Víctor pasó la vista por la sartén donde los huevos, las salchichas y el tocino desprendían un vapor de agradable aroma, para después prestar atención a la cafetera y una jarra de jugo que había sacado del refrigerador. Por un segundo, antes de caminar hasta la mesa y sentarse, su mirada se clavó en mí –de forma extraña, como si hubiese ahí algún mensaje, pero éste no lo comprendí-.
Tomé su gesto como una afirmación para la comida, así que le pasé el plato que ya tenía preparado, antes de servirme uno a mí y alcanzarle una taza con agua caliente, junto a todo lo necesario para preparar un café decente.
El desayuno fue silencioso, el único ruido era el producido por un programa matutino en el televisor y los cubiertos chocando contra la vajilla; a pesar de ello, el ambiente era demasiado cercano a hogareño como para que su mente se me escapara por imposibles derroteros. Todavía podía recordar días enteros así: dulces y cálidos.
-así que… ¿sigues siendo amigo del Dr. Plisetsky?- rompió el silencio, con voz baja y apariencia serena; como si no existiera diferencia si contestaba o no.
-sí- contesté, un poco sorprendido todavía.
-siempre pensamos…- comentó, fijando la mirada en la pantalla del televisor –que ustedes tenían algo, cuando cursaba el internado.
Afirmé, con gesto todavía sorprendido.
-eso me dijiste- solté, sin querer sacar a relucir el pasado, pero era imposible no caer en ello -. Nunca tuvimos nada. Quizás al inicio… pero jamás funcionó así entre nosotros, somos sólo… Yuri es un amigo.
¿Por qué tuve que explicarle? No estaba seguro, pero el esclarecimiento de nuestra relación se había filtrado de mis labios antes de darme cuenta; había sido casi como una necesidad, decirle que había algo menos por lo que necesitara odiarme.
-¿y el otro?, ¿también es sólo un amigo?
Ladeé la cabeza, cuestionándome internamente sobre por qué podría preguntar Víctor algo así, antes de alcanzar a contestar.
-ah, sí- balbuceé, confundido sobre el rumbo que estaba tomando esa conversación -. Lo conocí hace un par de años.
-así que… ¿quieres hacerme creer que no tienes a nadie más por ahí?, ¿alguien esperando a que termine con nuestro juego para volver y ser feliz con él?
Inhalé hondo ante el tono de su voz –frío, glaciar- y todas las implicaciones que dejó caer, ahí sobre la mesa y en medio de los dos.
-¿de verdad piensas eso de mí?- murmuré, bajando la mirada hasta mi plato a medio comer.
-¿por qué habría de pensar algo diferente?- dijo, soltando el tenedor y dejándolo chocar contra la mesa con un repiqueteo –Cuando terminó… cuando terminó, dejaste claro que no sentías lo mismo que yo, aun cuando me lo decías todo el tiempo… ¿por qué no debí poner en duda todo lo demás? ¿O es que me imaginé todo lo que pasamos juntos?
Tragué el nudo que se había formado en mi garganta, el desayuno completamente olvidado –no habría forma de hacerme comer después de todo aquello-. Dejé con cuidado mi tenedor sobre mi plato y me resigné a dejar mis manos sobre la mesa.
No estaba seguro de qué decir, pero tal vez era momento de soltar un par de verdades. No cambiarían nada, pero seguro que a mí me dejarían un poco más tranquilo.
-en cada ocasión- expresé de forma clara, aunque podía ver un leve temblor en mis manos- en la que hemos estado juntos, jamás ha habido nadie más.
Las palabras se escurrieron entre nosotros, calando en las realidades –en las verdades- que cada uno conocía. Víctor me observaba, como intentando calzar esa información en el rompecabezas que tenía sobre mí, decidiendo si calificaba como una mentira más o una verdad.
-no te creo- concluyó, sus ojos clavados en mí.
Con un gesto suave, afirmé; no esperaba nada diferente.
-es tú derecho.
Me levanté lentamente –no permitiría que se vislumbrara ni un poco la decepción que sus palabras me habían provocado-, tomando los platos y cubiertos para llevarlos al lavatrastos.
-¿por qué has dicho eso?- gruñó, levantándose y plantándose tras de mí –Como si tuviese otra opción.
-podrías creerme.
-¿y qué gano yo?- estaba más irritado que en cualquier otra ocasión anterior, permitiéndome ver realmente el tamaño de la cicatriz que le había dejado… que supuraba. Me hizo sentir muy pequeño -¿Qué ganaría con creer algo de lo que dices, de nuevo?
Cerré las manos en puños, era demasiado. Tenía más de 30 años, no podía permitirme ponerme al nivel de él en esa discusión, se suponía que yo debía ser el razonable; aun así, no pude detenerme.
-¡nada! No ganas, absolutamente, nada.
Víctor parpadeó y sonrió de forma fría.
-por supuesto que no- caminó los escasos pasos que nos separaban y tomó mi cintura -. Por fortuna, para esto… no necesito creerte.
Me besó. No, me devoro y yo, me dejé caer entre sus labios.
Hola!
No he demorado tanto! Otra vez se me fue la cabeza y olvidé subir aquí el capítulo, pero weee... sólo fue uno y un día :D (perdón)
En fin, espero haya valido la pena la espera y lo disfrutara. Agradezco, sus lecturas, reviews, favs y follows, del mismo modo que doy la bienvenida a lxs nuevxs lectores 3
HaruAngyK: si, tienen una relación demasiado extraña, lo sé... pero no me hacen mucho caso cuando les digo que se sienten y hablen como la gente normal u.u
Bueno, el próximo estará aquí el viernes (de verdad espero que mi cerebro no me juegue otra mala pasada).
Les quiere:
~Clarisee
