CAPÍTULO XXI. Frío.

Lo observé caminar, entre las pestañas de mis parpados entreabiertos; el sonido de la música que tenía de fondo y sus pasos, eran suaves y relajantes –coordinando con el delicado tarareo que hacía para seguir la canción-; una brisa suave ondeaba las cortinas de las ventanas mientras el apetitoso aroma de la cena en la cocina lo inundaba todo.

Era… la imagen perfecta de postal hogareña.

Me tragué un suspiro y permanecí recostado, intentando dormir.

No había tenido la intención de terminar ahí esa tarde, pero había estado filmando desde la noche anterior y estaba agotado; mi departamento no auguraba nada más que una cama desecha y fría. Así que había acabado en ese lugar: en su sillón, medio tirado y cansado; envuelto en el aroma de la sopa de miso y la suave colonia del profesor –diseminada por todo el lugar-.

No quería pensar en todas las veces que había terminado ahí sin pensarlo –no eran muchas, pero si las suficientes para que el profesor ya no se quedara paralizado en la puerta ante mi llegada-. Probablemente especulaba que sólo estaba ahí por la comida.

-Víctor…- le sentí sacudirme levemente el hombro con intención de despertarme; gruñí ante el nombre, instintivamente, para terminar por abrir los ojos y verle, encima de mí, su rostro observándome con cuidado –la cena está lista.

Afirmé y me dirigí hasta la mesa, donde había colocado un tazón pequeño de arroz, la sopa miso y ebi fry* acompañado de sunomono de pepino; la comida era fragante y deliciosa, de ese modo en que lo es la comida que se prepara en casa para deleitar simplemente a la familia.

Dejé que la rutina continuara, cuando –al terminar la comida- lo llevé hasta la habitación y le despojé de la ropa; cuando le colmé de besos y me permití llenarme con el tacto de su piel lechosa.

Había pasado –hace muchos años- días enteros soñando en cómo sería: el sabor de sus gemidos más íntimos, el sonido de su voz al quebrarse por el placer, su piel contra la mía. Después, puse todo mi empeño en olvidar que tuve esos deseos y logré borrarlos –por un tiempo-.

Hubo otros, después de él. Hombres y mujeres, que captaban mi atención sólo por momentos. Relaciones fugaces que no lograban acallar el eco de los recuerdos, memorias que me susurraban cuando permitía a mis pensamientos perderse en rincones oscuros.

Pensé que le odiaba –lo hice durante mucho, mucho tiempo: al iniciar la universidad, cuando estuve con alguien por primera vez, cuando aprendí a beber para callar su voz diciéndome que no le importaba-, luego descubrí que ese sentimiento se hacía más profundo y oscuro, arraigándose en mis huesos, volviéndose una parte de mí.

Los mantuve a distancia a todos. No tenía ningún amigo real en la universidad, no mantenía a parejas que desearan conocerme; no deseaba exponerme de nuevo, como lo hice con él.

Del odio, creí que había llegado a la indiferencia; podían pasar semanas sin que su nombre me atravesara los pensamientos, sin anhelar/odiar un encuentro. La sangre ya no me hervía con furia al rememorar nuestra última conversación. Al mismo tiempo que mi vida cambiaba, tomando rumbos que jamás había imaginado.

Al principio, lo hice por pura mezquindad. ¿Quién no desea que su ex lo vea en la portada de una revista y se arrepienta, en comerciales y vea que otros lo desean? ¿Quién no sueña con tener ese tipo de venganza: me tenías y ahora ya no me tienes? Nunca pensé que seguiría ese camino, ni que encontraría que, en realidad, lo disfrutaba; pero lo hacía. Así que lo había seguido, hasta dónde llegara…

-¡Víctor!... más- el jadeó del profesor me regresó de mis divagaciones sobre el pasado; parpadeé, dándome cuenta que había agregado una nueva marca de dientes al collar que permanecía en sus clavículas. Tenía mucho cuidado de no dejarlas sobre el cuello, eran movimientos calculados: señales de mi presencia, sólo para sus ojos, para mantenerme ahí, aún sin estarlo. Él había dejado un par en mi espalda: zanjas cavadas por sus uñas, en la capa más superficial de la piel.

Tomé una respiración profunda, mientras las estocadas se volvían erráticas y entraba en ese bucle que siempre me hacía querer más: más profundo, más duro, más juntos; era algo que me comía el cerebro y cualquier pensamiento coherente. Solamente estaba el querer más.

Cuando sentí la liberación aproximarse, el estremecimiento construirse en mi columna, miré los ojos del profesor, vidriosos y perdidos; el rostro lo tenía sonrojado, perlado de sudor y sus labios rojos formaban palabras que no llegaba a pronunciar. Estaba por llegar.

Mis dedos tomaron su miembro, bombeando con cuidado, ayudándolo a encontrar su liberación. Mis movimientos eran frenéticos, acelerados y poco pulcros; lejos quedaban todas esas lecciones sobre el placer, aprendidas en todas esas camas. El profesor siempre me reducía a ese estado primordial.

Al principio, estaba seguro de que era simplemente porque el sexo era una forma de castigo y, como tal, no debía ser algo "bonito" y poco me importaba su placer; sin embargo, mucho temía que tenía más que ver con el hecho de que era él.

El orgasmo fue un impacto directo, mi visión se volvió blanca y, sencillamente, me perdí por una pulsación entera. Abrí los ojos para encontrar que mi cuerpo había caído sobre el suyo, su semilla estaba esparcida sobre su pecho y había terminado por cubrirme a mí también –al caer sobre él-, mi nariz estaba enterrada en su cuello y, básicamente, lo respiraba.

Rodé mi cuerpo lejos del suyo y permanecí con los ojos clavados en el techo. Me pregunté si era mejor irme o dejarme vencer por el sueño ahí mismo. Sabía que mi presencia lo confundía y, sin embargo, no podía reunir la suficiente energía para que me importara; del mismo modo en que no podía soltar el resentimiento, era incapaz de hacer a un lado la sensación de que, lo que me dijo bien podía ser mentira –había confiado en él una vez… eso no había terminado bien-.

Aparentemente, también me resultaba imposible dejar de ir a su casa y enredarlo todo.

Me senté y le di sólo un último vistazo, antes de meterme en la ducha, cambiarme y salir de aquel lugar.

Era perfectamente consciente –mientras encendía el motor de mi auto-, de que no crucé más que un par de monosílabos con el profesor durante mi estancia en su casa; no lo hacía del todo conscientemente, era algo que no podía controlar y… en realidad, no buscaba ponerle fin todavía.

Mientras conducía hasta mi departamento, cruzaron por mi mente todos esos pensamientos que me invadían, últimamente: las mentiras del profesor, las verdades a medias y mis sentimientos revueltos a causa de todo. No, eso no era verdad. No había –en realidad- sentimientos revueltos –sólo un montón de pensamientos-, no había sentimientos. Punto.

Cuando me habían pedido volver a Estados Unidos para comenzar a trabajar ahí, no me pasó por la cabeza volverlo a ver; no fue así cuando me pidieron ir precisamente a Detroit por la filmación, fue lo primero que cruzó mi mente, empero no tenía ninguna clase de esperanza: la ciudad era enorme y nada me aseguraba que siguiera ahí. Aun así, lo había encontrado y el primer sentimiento que tuve fue el odio avivado en la sangre y la idea fija de impartir castigo.

A pesar de ello, cuanto más tiempo pasaba con él, ese odio se iba sosegando, volviéndose en una cosa fría y calculadora; incluso cuando me dio su versión de lo ocurrido… no había podido conjurar nada más allá de la furia inicial de ese momento. Todo estaba bajo una capa pesada de hielo y no podía acceder a ello.

Suponía que estaba bien, no sentir ninguna de esas emociones con mayor intensidad; sólo teniendo esos breves arranques –durante las discusiones, durante el sexo-, no hundiéndome en lo que fuese que estaba ocurriendo. De seguir así… podría salir de esa relación –o lo que fuera- sin daño y eso era excelente.

Estacioné en mi edificio y me encaminé hasta mi apartamento, solitario sólo por mi fiel compañero, quien me esperaba durmiendo en su sitio junto a la cama. Makkachin era una sombra peluda y café, la cual acaricié, antes de tirarme sobre la cama.

Cerré los ojos, simplemente pensando, ¿hasta dónde dejaría que aquella situación avanzara?

¿Había sido ya suficiente?

-no quiero sonar como si te estuviese sermoneando- dijo, mirándome con dureza a través de la pantalla de mi laptop-, pero estás llevando esto, demasiado lejos.

-¿de verdad?- pregunté, dándole sorbitos a mi café.

-te puedo asegurar que, si lo pensaras bien, habrías acabado ya con esa… cosa que mantienes con Katsuki y estarías ya en otra cosa- aseguró, bebiendo de su propia taza -. Nunca has sido rencoroso, Vitya.

Me crucé de brazos y recargué los codos en la mesa, suspirando.

-¿ah, no?

-por supuesto que no- Chris gruñó, acomodándose los anteojos y mirando a su espalda, parecía estar escuchando algo con atención -. Espera, Masumi dice que deberías dejar las niñerías y dejar al pobre hombre en paz… sus palabras, no las mías.

-¿así que él sabe?- no debería sorprenderme, Christophe siempre le contaba todo a su esposo, era una regla inamovible en su relación.

-¡por supuesto!- soltó una risa, por algo que no alcance a escuchar al otro lado de la pantalla -¡Basta, Masumi! Víctor no es tan malo, sólo está herido…

-no estoy herido- gruñí, mirando el reloj en mi muñeca; pronto, tendría que despedirme para dormir algo antes de partir hacia el foro de grabación.

-lo estás, lo has estado por años y, por lo que veo, estás buscando una forma en que él te sane…- frunció el ceño; a sus espaldas, podía verse un cielo azul sólo roto por los rascacielos de Ginebra, a través de unas puertas francesas -¿Qué quieres de él, Víctor? Hace años lo querías para siempre, en diciembre querías lastimarlo… ¿ahora qué quieres? Sólo que queda pensar que pretendes que el sane el daño que te hizo, pero eso es imposible, Víctor.

"Lo que te hizo, ya pasó y no hay nada que pueda hacer ahora para cambiar eso. Es responsabilidad tuya decidir qué hacer al respecto. ¿Qué quieres de él?

-no lo sé- solté, terminado mi café de un trago -; la verdad es que ya no lo sé.

Chris –mi mejor amigo, hasta ahora y el único que me vio atravesarlo todo-, negó con la cabeza y se permitió un momento de silencio para terminar él mismo con su café.

-tal vez deberías comenzar por poner distancia entre ustedes… es sólo un sugerencia.

Bufé, recordando dónde había pasado la mayoría de mis días últimamente.

-cambiemos de tema, ¿sí?

Los ojos verdes de Chris taladraron los míos por un segundo entero, antes de que terminara por afirmar con un gesto y apoya la cabeza en una de sus manos.

-muy bien, ¿de qué quieres hablar?- arrugó los labios antes de esbozar una sonrisa enorme –No, espera, antes de que cambiemos de tema tengo sólo una pregunta…

Entrecerré los ojos con perspicacia, esa mirada no auguraba nada bueno.

-¿qué cosa?

-mencionaste que encontraste una vez a Katsuki en un bar con Plisetsky… entonces, ¿si tenían una relación? Esa duda se quedó en mi mente, desde siempre.

-¿es en serio?

-bueno, cuando estuvieron juntos no me parecía apropiado preguntar, pero ahora…- se encogió de hombros.

Gruñí –sí, eso se estaba volviendo algo común en mí- y lo fulminé con la mirada.

-no lo están…- luego, recordé esa conversación que había tenido con el profesor y tuve que corregirme –lo estuvieron un tiempo, mucho antes de nosotros.

Christophe sonrió.

-ahora sí, cambiemos de tema… ¿qué tal la filmación?, ¿es tan emocionante como parece?- el rubio arrugó el rostro, restregándose la cara con las manos –Ahora vivo a través de ti, desde que llegó Luca, no tengo vida más allá de pañales y biberones.

Solté una risa ruidosa, no pude evitarlo.

-¿quién hubiese pensado que serías tú, el que terminaría casado y con hijos primero?- pregunté, puntualizando una realidad de la que me había burlado, hace algún tiempo.

Mi mejor amigo se había separado de Masumi para ir a la universidad, ambos estuvieron separados por años enteros, sólo viéndose ocasionalmente y… lo habían logrado. Ahora tenían un matrimonio feliz y estable con el agregado de un bebé, sólo les faltaba el perro –aunque Chris siempre había sido más de gatos-.

-es agotador- expliqué, recostándome contra el respaldo de la silla -, pero divertido… no pensé que sería tan cansado, pero casi siempre inició el rodaje por la tarde y terminó el siguiente día a la mañana. Ayer regresé de un llamado a las once de la mañana para terminar de filmar a las nueve de la mañana de hoy.

-¿estás diciendo que no has dormido nada?

-justo eso estoy diciendo- negué con un bostezo -, teníamos una llamada acordada, no podía dejarte plantado.

-oh, por Dios- Chris aleteó sus manos con gesto melodramático, fingiendo contener las lágrimas -, me harás llorar.

-basta- reí entre dientes, el cansancio comenzaba a pesarme –; debo irme, tengo llamado a las cuatro, tengo que dormir algo…

-bien, Vitya. Nos vemos- agitó su mano en despedida -, pero no ignores mi consejo: ¡decídete o pon distancia! No hagas más largo esto para ambos.

-lo pensaré- colgué.

Lo pensaré.


Hola!

Sigo viva, el trabajo nada más no me suelta, así que he tenido los tiempos para escribir y editar muy recortados... en fin, aquí está el capítulo, dónde se ven ya algunos cambios en el formato (ya que el pasado terminó) y agregué el punto de visto actual de Víctor, espero este agregado les guste y lo disfruten de aquí en adelante, ya que se intercalará con el de Yuuri.

Bueno, espero subir el próximo el lunes sin falta.

Les quiere:

~Clarisee