Les recomiendo escuchar Surrender - Natalie Taylor
CAPÍTULO XXII. Desbordante.
-¿en serio?
La pregunta de Phichit era totalmente justificable, así como su tono –sorprendido a niveles insospechados-; Yuri no sólo nos estaba informando que había golpeado en la cara a su rebelde docente de música, sino que él lo había sometido después del suceso con un beso… un beso y todo lo demás… en la oficina de rector del internado… con una puerta sin seguro.
Yuri estaba sonrojado, desde la punta de sus cabellos hasta las orejas –era un rojo escarlata bastante llamativo-; pero terminó por afirmar y dar un largo trago a su cerveza.
Ese viernes, nos reunimos en casa de Yuri, como respuesta a su llamado de auxilio. Jamás imaginé que sería por un asunto similar, usualmente mi amigo tenía más sentido común que eso.
-¿y nadie los encontró en medio del acto?- pregunté, tomando mi lata entre mis dedos, observando atentamente las emociones que dejaban ver sus rasgos.
-no, era tarde… la mayoría se había ido ya. Por suerte.
-por suerte- Phichit se carcajeó y lo golpeó en la espalda, disfrutando demasiado de la oportunidad de burlarse de él.
-eso significa que ahora ustedes están todos felices con pareja, menos yo- mi amigo tailandés formó unos pucheros bastante infantiles con sus labios; provocando que yo casi escupiera la cerveza de la risa.
Aunque, la verdad, fue que terminé atragantándome ante la suposición a la que llegó.
-no tengo pareja, Phichit.
-¡oh, por favor! Después de lo que nos contaste de la cita y el sexo… - una de sus cejas se enarcó con suspicacia –Te noto diferente, estoy seguro de que sales con alguien. Casi podría asegurar que es algo serio.
-no lo es.
Al menos, no como cualquiera de ellos suponía. Mi relación con Víctor era seria porque era evocadora y dolorosa, porque lo removía todo y no había lugar para más nada. Era seria, porque siempre había tenido sentimientos serios por él, no porque ahora ambos trabajáramos para tener un futuro juntos… pero, definitivamente, era seria ya que le había entregado mi corazón para romperse cuando le confesé todo –o al menos, una parte- y él todavía lo tenía –no estaba seguro aún de qué haría con él-.
-¿has salido con él, de nuevo? ¿Varias veces?- preguntó Yuri, quién evidentemente prefería desviar la conversación hacia mí.
-bueno… sí, pero eso no significada nada…- me sonrojé sin poder evitarlo, era muy celoso de mi intimidad.
-¿has tenido citas con alguien más?- continuó con su interrogatorio.
-no… pero nunca he sido de salir a citas.
-y eso sólo reafirma lo que dije: estás saliendo en serio con ese tipo del que no nos has dicho nada- remarcó Phichit, cruzándose de brazos -¿Por qué no nos has contado nada de él?
-porque no es importante…- refunfuñé, implorando internamente que la conversación terminara.
-no nos ha contado nada porque es alguien mucho más joven- interrumpió Yuri, sus ojos verdes clavados en mí -; en realidad, es un ex alumno del internado.
-¡¿qué?!
La única palabra que logro salir de la boca de Phichit era la misma que yo estaba gritando, por dentro; sin embargo, me contuve –como pude- de decirla en voz alta y evidenciar con ello lo evidente.
-¿por qué dices eso?- esperé no escucharme tan desesperado como me sentía, lo que menos deseaba era que se involucraran y revolvieran todavía más ese embrollo de relación que tenía con Víctor.
-fue demasiado evidente el día que lo encontramos en el bar- se encogió de hombros, como si realmente todo eso fuese supremamente obvio -. No dejó de verte todo el tiempo y odió cada ocasión en la que Kenjiro o yo te tocábamos… además, te pusiste pálido y evasivo con tus respuestas y, por último: te fuiste poco después que él lo hiciera. Debo decirte que me ofendiste gravemente al abandonarnos por un polvo con el chiquillo ese.
Gruñí como respuesta a toda su afirmación, no quería darle más armas para continuar con su análisis.
-¿cuántos años tiene?- la curiosidad de Phichit era obvia y, también lo era que, no descansaría hasta conocer todas las respuestas a sus inquietudes.
Suspiré recargando mi rostro sobre la fría mesa de vidrio, rogando por piedad de alguno de ellos.
Yurio entrecerró los ojos, palpablemente calculando en su mente la edad que debía tener Víctor.
-yo diría que tiene entre 23 o 24 años…
Los ojos de Phichit se abrieron con sorpresa, al igual que su boca, que cayó abierta y no atinó a más que a boquear un par de veces, tratando duramente de encontrar qué decir sin lograrlo exitosamente.
-¡Yuuri! ¡Sólo es un bebé!- chilló, casi volcando su cerveza al dejarla caer en la mesa sin cuidado.
Me sonrojé sin poder evitarlo, eso era un tema que tenía bien grabado; diez años no eran sólo demasiado tiempo, eran experiencias de vida completamente diferentes. Diez años representaba, básicamente, una generación entera de distancia. En ese hueco era donde se hallaban nuestras diferencias y cada uno de las decisiones que habíamos tomado, desde perspectivas diametralmente diversas.
Sí, tenía muy presente que yo era demasiado mayor para él.
-¡Déjalo!- sancionó Yuri, conteniendo una sonrisa casi malvada –Es obvio que el niño lo satisface, como para dejarnos tirados y esconderlo… Además, debe tener más aguante que alguien de nuestra edad.
-¡no estamos tan viejos!- gruñó Phichit, el rubio se limitó a reírse sin más.
Negué con la cabeza, esperando que la tortura terminara, antes de que cualquiera de ellos tuviese las agallas de preguntar cosas más vergonzosas. Me puse en pie y caminé hasta la terraza del departamento; el viento era bastante fresco afuera y golpeaba con fuerza, gracias, en parte, a la altura a la que nos encontrábamos.
A Yuri le encantaban las vistas desde ahí y, esa noche, había cientos de luces encendidas alrededor; brindándome la oportunidad de desapegarme, con su imagen, un poco de la realidad.
Adentro, escuchaba a Phichit y Yuri seguir con la charla, probablemente cambiando de tópico, ya que no estaba yo ahí para continuar indagando sobre Víctor. Recargué mis brazos cruzados sobre la barda que servía de barandilla de protección, suspirando y pensando en el mensaje que había recibido esa tarde.
Víctor salía de la ciudad de nuevo, por varias semanas en esta ocasión; según entendía –del montón de respuestas cripticas que me había dado- estaba por finalizar la filmación de… lo que fuese que estaba grabando y se iría a Vancouver para hacerlo.
Ese mensaje, me había provocado muchísimas dudas; porque… bueno, ¿qué le había hecho avisarme? No, mejor dicho: ¿qué le había hecho darme una explicación? Jamás hubo una antes. También me hacía preguntarme sobre cuánto tiempo requeriría y qué estaría haciendo… con quién.
Ese nuevo lado de mis pensamientos terminaba por asustarme, de vez en cuando. Desde que le había confesado todo a Víctor –bueno, casi… con sólo una pequeña, pequeñita excepción-, parecía no tener control absoluto sobre mis emociones o pensamientos respecto a él. Parecía que, desde el momento en que había aceptado que estos sentimientos seguían ahí, todo lo demás se había desbordado: las inseguridades, los celos…
Me permití sonrojarme un poco al recordar los otros aspectos que también habían terminado por soltarse de mi control: los sueños despierto, el golpeteo acelerado de mi corazón cada vez que lo veía, la forma en que buscaba su aroma en las almohadas después de que salía de mi cama.
No sólo era vergonzoso, era patético. Porque estaba seguro de que Víctor aún intentaba castigarme, lo veía en sus ojos cada vez que teníamos una conversación –medianamente- decente o compartíamos una comida hecha por mí, podía percibirlo en la forma en que tomaba mi cuerpo y lo marcaba.
Él no había decidido perdonarme –lo cual estaba bien, tenía ese derecho- y tampoco parecía propenso a superarlo y continuar. Así que… ahí me encontraba yo, justo al borde. Saltaría si me lo pidiera… quizá era demasiado tarde –él lo había hecho y yo no estuve ahí para acompañarlo en la caída-.
Suspiré y miré mi cerveza, percatándome que se había terminado en algún momento de mi charla interna. Probablemente era hora de irme, no pretendía terminar ebrio y dejando el automóvil estacionado en la calle. Entré, dispuesto a despedirme, cuando una alerta de mensaje llegó a mi celular.
Me detuve en el vano de la puerta francesa para observar de qué se trataba con el ceño fruncido, era noche para tratarse de trabajo y sus amigos preferían las llamadas a los mensajes.
Parpadeé, leyendo el remitente más de un par de veces y, el mensaje, un par más.
"Me voy mañana. Voy camino a tu departamento"
Miré a mis dos amigos, platicando con voces estridentes y el reloj en mi muñeca; Víctor estaría en mi lugar en menos de media hora –si iba desde su lugar- o tal vez en 40 minutos si estaba yendo desde el foro en que grababa.
-debo irme- me encontré diciendo, antes de pensar siquiera en si era buena idea o no.
-¿qué sucede?- los ojos verdes de Yuri preguntaban más de lo que deseaba.
-eh… nada- fruncí el ceño, esperando no verme extremadamente sospechoso -, mañana tengo un día ajetreado.
-¿mañana? ¿Sábado?
Phichit parecía igualmente dudoso, pero yo no tenía mucha intención de contarles nada; así que afirmé con un gesto contundente de cabeza y salí del departamento lo más rápido que pude, no sin antes escuchar como Yuri aseguraba que estaba corriendo a otra escapada con mi amante… lo que era bastante próximo a la realidad.
En camino a mi hogar, tuve tiempo para pensar las cosas con el cerebro un poco más frío; me pregunté las razones que tenía para correr a verlo, sólo con un mensaje como llamada. Pensé, de igual forma, en los motivos que tenía para no hacerlo, para dar media vuelta al auto y alejarme de él.
Sin embargo, continué conduciendo; sabía bien que era débil ante él. Siempre lo había sido. Quizás lo era más ahora que antes, tal vez era un remanente de mi profundo deseo de ser perdonado, de volver a ser querido.
Ya no tenía pretensiones de engañar a nadie –mucho menos a mí mismo- sobre lo que sentía. Con mi corazón tronando, cuando salí del automóvil y le vi recargado sobre el cofre de su carro, simplemente… dejé que el último secreto que guardaba se deslizará de mí.
Recorrí la distancia que nos separaba y llevé mis brazos a su cuello –sintiendo lo tersa y cálida que era su piel-. Miré sus ojos –azul caribe y marino, combinados- clavados en los míos. Este era el secreto final, lo único que le ocultaba ya.
-sé que no podrás perdonarme- murmuré, agradeciéndole internamente que me permitiera juguetear con el cabello de su nuca -, que te hice mucho daño. Lo siento. Pero hay algo que debo decirte- su mirada era intensa, su gesto concentrado para no mostrarme nada; yo estaba seguro de estarlo mostrando todo –: nunca he dejado de quererte…
-Katsuki…- gruñó, obviamente no feliz ante mis palabras.
-siempre has sido tú- dije con firmeza, como si no hubiese escuchado la advertencia en su voz -, no ha existido nadie más.
-no hagas esto…- murmuró, sus manos aferrándose a mis bíceps; probablemente deseaba mantener la distancia y alejarme, pero sólo las mantuvo ahí.
-te quiero- solté, al final.
Mi secreto final. Dos simples palabras, goteando de mis labios, como venas expuestas y sangrando. Esa era toda la verdad: que, a pesar de todo lo que había hecho para que él se fuera y del tiempo que había pasado, nunca hubo nadie para mí, más que él.
Le tendí mi corazón –ahora sí- entero.
-¡maldición!- rumió, su rostro dolorido.
Di un paso atrás, dándome cuenta que esa no era una confesión que pudiese tener una conclusión alegre; empero, las manos de Víctor continuaron con su sujeción, los dedos oprimiendo en mi piel. No me dejó alejarme, mientras veía atravesar en su rostro cientos de emociones a la vez.
De pronto, tuve sus labios contra los míos y fueron salvajes, llenos de ira y dolor; eran jueces y verdugos, impartían una clase diferente de castigo. Sus manos fueron erráticas: a veces suaves y otras ásperas, mientras me atraían contra su cuerpo. Me apretó contra él, mi pecho contra el suyo; un cuerpo contra otro, sin espacio para nada en el medio.
Sólo había fuego, como aceite encendido, quemándonos por dentro.
Me recordó, vagamente, el primer beso que habíamos compartido, donde no había existido nada medido, ni premeditado; cada una de nuestras reacciones había sido así, porque era lo que nuestro cuerpo había pedido. Ahora tenía esa sensación también, la de que mi cuerpo –al fin- estaba obteniendo aquello que había estado buscando.
Mis uñas rasparon la tela de su abrigo –casi con la intención de rasgarla- y mi boca se abrió para él. No sólo dejé que explorara y mordiera, y conquistara; respondí cada embate, mi lengua trenzándose con la suya, mis dientes aferrándose a su carne. Me dejé consumir y lo devoré.
Me separó de él con un movimiento brusco, manteniéndome a la distancia de sus brazos extendidos. Sus pupilas dilatas me observaron, antes de soltarme por completo.
-no eres justo- declaró, cuando sus ojos volvieron a fijarse en los míos.
Afirmé. No, no lo era… en realidad, resultaba ser todo lo contrario: era injusto, egoísta. Le quería. Como antes, como siempre. Le quería.
No he muerto, sigo viva... tuve semanas muy estresantes en el trabajo, así que por eso la demora; pero ya estoy de vacaciones soooo el siguiente cap. estará aquí entre viernes y domingo ;)
~Clarisee
