CAPÍTULO XXIII. Incendiario.
Mis manos palpaban piel a placer, carne tibia y suave; mientras mis labios bebían del sabor de su dulce boca. Podía sentir la estructura de su columna, frágil y elegante; tenía, también, los pulmones llenos con su perfume floral…
Y mi cerebro saturado de una enorme sensación de error.
Alejé a la mujer y sus ojos verdes me miraron, ni siquiera recordaba su nombre; sólo era un medio para comprobar una teoría. Cerré los ojos con fuerza y me forcé a sonreírle con pena, tratando de hacerla creer que me arrepentía por hacer algo así, antes de salir de ahí, sin mirar atrás.
Una ira intensa me quemaba las entrañas, subiendo por el centro de mi torso hasta atorarse en mi pecho; era como calor hirviente que me hacía sentir ganas de golpear algo y, al mismo tiempo, tirarme al piso y patalear. Casi podía sentirlo salir a modo de ácido por mi garganta, mientras pensaba en lo injusto que era todo aquello.
El fresco del exterior permitió que algo de ella se deslizara fuera de mí, pero la mayoría perduraba… porque el sentimiento de impotente estupidez estaba arraigado ahí mismo, coexistiendo con la furia que nos tenía.
Con las manos en los bolsillos, caminé toda la distancia que me separaba del pequeño hotel donde nos habíamos hospedado. La filmación había durado mucho más de lo que todos pensamos que lo haría, no se suponía que la temporada de una serie abarcara tanto tiempo de grabaciones; sin embargo, habían ocurrido algunos contratiempos con algunos actores durante una escena de riesgo que no había terminado del todo bien para ellos –nada demasiado grave para demandar, pero lo suficiente para retrasarlo todo-.
A esa distancia, alcanzaba a ver las pequeñas casitas que funcionaban como habitaciones de un auto hotel; había huido de ahí por la tarde, porque uno de los actores secundarios no comprendía lo que significaba que alguien no estuviese interesado en repetir. Había sucedido una vez en noviembre cuando llegué al continente –antes del lío con el profesor- y ahora no tenía forma de mantenerlo lejos de mí.
El resonante enojo volvió a hacer eco, recordándome por qué no estaba dispuesto a repetir. Hirviendo y burbujeando. Masajeé mi cuello, recargándome contra el poste de un aviso de tránsito. Pensando.
Toda esa cosa enojada y furiosa, había explotado dentro de mí desde el último encuentro que había tenido con Katsuki. Antes de su confesión –aún debatía si era sincera o no-, toda emoción mía parecía atravesar un grueso filtro, dejándome con casi nada… ahora, sólo tenía espacio para una: enojo.
Con él: por ponerme en esa situación –de nuevo-; pero sobre todo, era conmigo. Estaba furioso conmigo mismo por la forma en que mi corazón canto de alegría cuando dijo esas palabras, por como mis manos corrieron a tomarlo y mis labios a besarlo… y todo yo se rindió a sus pies, como un maldito perro sin memoria, feliz con un dueño que le había abandonado.
El calor de la ira iba hacía mí y la manera en que había dejado de estar con nadie más que no fuese él –desde el inicio-. Con la forma en que mi traicionero cuerpo revivió al escucharlo y parecía quererle aún –después de todo-.
Pero yo no era sólo mi cuerpo y podía mantener la cabeza fría, para pensar… verdaderamente hacerlo.
Recordando a la mujer que acababa de dejar en el bar, fue bastante evidente para mí que mi cuerpo si controlaba algo, importante, y era que ahora sólo deseaba al profesor.
Gruñí, sacando un cigarrillo de uno de los bolsillos –pensando, vagamente, en lo enojado que se podría poner Katsuki si supiera que fumo a veces; casi podía escuchar su discurso enojado-, lo encendí con enojo –porque era verdaderamente absurdo que esa idea hubiese caldeado en algo mi pecho- y me dispuse a disfrutarlo. Al menos, la sensación de familiaridad con el humo entrando a mis pulmones y liberándolo de a poco, fue como una válvula que me permitía ir relajándome de a poco.
Pronto. Mucho más de lo que había previsto, tendría que volver a Detroit y debería enfrentarlo. Él había dicho lo que había dicho y, ahora, era mi turno de tomar una decisión al respecto.
Antes de la debacle por confesión, le había prometido a Chris utilizar mi tiempo lejos para analizar lo que quería; según él ya había dejado mi punto claro con el profesor y ahora sólo estaba aferrándome por cuestiones que no comprendía –ni yo, si hablaba con honestidad-. Tenía razón, por supuesto y eso era justamente lo que iba a decirle cuando lo cité esa noche –que era momento de tomar distancia, para dejar de jodernos el cerebro mutuamente-… pero él había tomado una decisión osada.
Suspiré, apagando el cigarrillo. Había desperdiciado mi tiempo lejos, entre intentar ligar con personas al azar –sin ninguna suerte- y gruñir por cuán injusto era lo que dijo; no había pensado realmente qué quería. Todavía tenía un poco de tiempo, no obstante, tenía la sensación de que no importaba cuánto tiempo tuviera, aun no tendría una respuesta.
Cuatro días después, me encontraba –otra vez- frente a la puerta de su departamento; esperando. Quería…
El profesor llevaba puesta un pijama, una de esas cosas que te pones por la forma familiar en que se siente la tela en tu piel –cálida y acogedora- y no por lo bonita que pueda ser. Incluía unos pantalones de tela azul gastada y una camiseta con agujeros en varios puntos de ella color blanco.
Su cabello estaba estropeado y tenía el sonrojo, casi infantil, que sólo puede darte el recién despertar. Incluso había una línea rosada sobre la piel de su mejilla, provocada por algún doblez en la almohada.
Algo oscuro gruñó dentro de mí, ante la visión. Era la misma cosa fea que me hacía desearlo y querer deshacerme de él, al mismo tiempo. Inhalé profundo, tratando de controlar ambas emociones.
Se hizo a un lado, para dejarme pasar. Caminó tras de mí, sus pasos suaves y lentos.
-hoy no hay cena- explicó, entrando en la cocina, comenzando a llenar la tetera -. Debiste avisarme para que te preparara algo.
Sólo entonces me di cuenta de que no había anunciado mi visita y que, tampoco, era una hora muy conveniente para visitas. El reloj sobre su pared anunciaba pasadas las once de la noche. No me había dado cuenta…
-me fui, esperando encontrar una respuesta para nosotros- dije, en medio de su sala de estar; observé sus manos temblar cuando colocó la tetera sobre el fuego.
-¿ah, sí?- miró sobre su hombro, sus ojos bajos pero claros y, aparentemente, sinceros -¿y qué decidiste?
-la verdad es que no logré nada…- metí mis manos en los bolsillos -. La mitad del tiempo estoy recordando cómo es que me dejaste: mintiendo y sin tomarme en cuenta. Me rompiste, profesor.
Sus labios se contrajeron en gesto doloroso, sus dientes mordiéndolos con la intensidad suficiente para volverlos blancos. No me detuve, a pesar de querer que esta conversación no doliera tanto.
-la otra parte, me la paso preguntándome qué de todo lo que me has dicho es la verdad- negué con un gesto, cuando lo vi dar un paso en mi dirección, pidiéndole silenciosamente espacio -. Me has hecho muy difícil creer en ti… y ahora me dices que me quieres.
El profesor afirmó con la cabeza y dejó que ésta cayera al frente; el cabello cubriéndole medio rostro y sus ojos clavados en el suelo. No parecía sorprendido por mis palabras, aunque ni siquiera yo supiera qué era lo que tenía para decirle, antes de abrir la boca y hacerlo.
-no fue nuestro tiempo antes- dijo, posando sus manos sobre la barra de desayuno y suspirando profundamente -, parece que tampoco lo es ahora…
-no- afirmé caminando hasta él -. Definitivamente no fue nuestro momento hace años y, claramente, tampoco lo es ahora; de hecho, dudo mucho que exista un tiempo en el que podamos estar juntos y ser felices, profesor. A pesar de que no podemos culpar a nadie más que a nuestras propias decisiones de ello.
Lo vi encogerse en su ropa ante las implicaciones. Yo tampoco era justo, recriminándole por todo lo ocurrido –después de todo, no había sido él quién nos había metido en esa situación en la actualidad, esa era totalmente mi responsabilidad-; aun así, era mucho más fácil achacárselo todo a él.
-te he escuchado, supongo que… ¿te irás, ahora?- soltó en voz baja.
Sus palabras resultaron ser un interruptor extraño para el silencio, que fue lo que siguió a su pregunta –enteramente valida-. Simplemente le observé, dejando que se extendiese.
El sonido de la tetera, avisando que el agua estaba hirviendo, rompió con la quietud que se había apropiado del lugar. Sin embargo, ninguno se movió para hacer algo al respecto, había algo en el silencio: la carga de las palabras que ninguno de ellos se estaba atreviendo a pronunciar.
-no puedo irme- dije, alcanzando la piel de su cuello con la punta de mis dedos -. No todavía.
-¿todavía quieres castigarme?- murmuró, su respiración comenzando a agitarse, al igual que su pulso, que golpeaba mis dedos.
-no estoy seguro de lo que quiero…
-esto es una mala idea- aseguró, elevando su mirada a la mía.
-es una idea terrible, profesor- corregí, barriendo la piel de sus hombros y mejillas con las yemas de mis dedos, narcotizándome con la sensación de su suave piel.
-terminarás recriminándonos todo esto- hablaba con la voz de la razón, diciendo todo aquello que, ambos estábamos seguros, ocurriría y terminaría mal.
-sí.
No mentiría era la peor idea que se me ocurría: no le estaba perdonando nada, no estaba creyendo en nada de lo que me decía… ni siquiera estaba seguro de cuáles eran mis sentimientos por él –al menos, no estaba seguro sobre cuál era el que predominaba-. Esto era casi como al inicio, pero peor, porque tendría perfecto conocimiento de sus sentimientos por mí –si es que su confesión era verdad-.
Su pecho subió y bajó apresurado, sus labios temblando con palabras no dichas.
-tú… terminarás odiándome de verdad- dijo al final, sus ojos oscureciéndose ante el profundo sentimiento que expresaban.
-ya te odio, Yuuri.
Otro suspiro profundo, dejó sus labios. Observándome.
-entonces… ¿por qué?- su voz salió un poco temblorosa.
-no puedo dejarte, todavía- repetí, colocando mis manos para elevar su rostro y tenerlo a mi entera disposición.
-nos romperás a ambos- susurró, entre respiraciones entrecortadas.
-lo sé.
Sus ojos cayeron en mis labios y su lengua barrió su labio inferior. Él sabía que esto terminaría terriblemente mal, pero era obvio que tampoco estaba listo para una despedida. Así que no dije adiós.
Mis labios se apoderaron de los suyos, mis dudas y sentimientos confusos dejaron de importar. Lo único que me anclaba a ese momento era su piel en mis manos y sus labios dulces contra los míos; el ansia controlándolo todo –semanas separados, años añorando eso, todo desembocaba en ello-, nuestras lenguas juntas y sus dedos apoderándose de mechones de mi cabello, mis dientes aprisionando la carne tibia y su aliento acelerado golpeando mi piel. Nuestras manos codiciosas.
Y mientras la ropa comenzaba a caer a nuestro alrededor, una sensación nueva me llenó: la del desastre inminente, como observar desde un punto elevado una ola gigante que viene hacia ti o como ver las llamas de un incendio acercase inexorables –no hay nada que puedas hacer para detenerla, sólo te queda aguantar el golpe y esperar sobrevivir-. Esperaba hacerlo… sobrevivir, de nuevo a él, aunque en ese momento me sentía como llamas, devorándolo todo a mi alrededor -yo era el caos y terminaría por quemarnos a ambos-.
Hola!
Sé que vengo con retraso de una semana, pero se me complicó con varios contratiempos... en fin, espero valga la pena esperar por el capítulo y sea de su agrado ;)
Como pueden ver, esto está entrando en la recta final, así que espero disfruten lo que queda de trayecto.
Les quiere:
~Clarisee
