CAPÍTULO XXIV. Precario.

Miré sobre su hombro al otro lado del bar, preguntándome si lo que estaba haciendo era realmente necesario; mis ojos volvieron a su rostro y esperaba que mi gesto fuese suficiente para interrogarle sus razones.

Víctor se limitó a gruñir y apretar más su brazo a mí alrededor.

-esto es bobo, Víctor.

Lo escuché gruñir, antes de soltarme sólo un poco y voltear para fulminar con la mirada al sujeto, que ahora parecía haber encontrado algo mucho más interesante en la superficie de su mesa. No estaba del todo seguro si el gruñido había sido a causa de su molestia con el tipo o por mi forma de nombrarlo –era consciente de que todavía no le gustaba mucho que me dirigiera a él por su nombre, pero… no planeaba seguir manteniendo las distancias, después de lo que le había dicho-.

-ese idiota pensó que estabas disponible- refunfuñó, dando un largo trago a su cerveza.

Tuve que parpadear un par de veces y negar con la cabeza para aclarar mis propios pensamientos. Que dijera algo así no tenía el significado que debería, no era la prueba irrefutable que él me quería igual que yo lo hacía; sus palabras siempre parecían tener dobles intenciones, desde su regreso.

-no creo que sea eso…- repliqué.

Víctor se limitó a fulminar con la mirada el vaso que la mesera había tenido el buen tino de llevarse en cuanto vio su rostro.

-te mandó una bebida…- fue el turno de dirigir ojos asesinos al desconocido – y estoy sentado justo aquí.

Sonreí, no pude evitarlo mucho más.

Mi mano se fue inconscientemente a su mejilla, acariciando la zona con suavidad.

-probablemente no se cree que esté con alguien tan guapo…

-deja las zalamerías. Sabes que las detesto –no, en realidad yo sabía que no lo hacía; pero estaba consciente de que no las deseaba de mí. Porque seguía estando a mi lado por venganza, por un deseo todavía no colmado y no por cualquier sentimiento romántico de su parte.

Víctor puso los ojos en blanco, evitando mi contacto. Suspiré, era obvio que no podíamos encontrar el balance adecuado para esta relación; cosas que me parecían irrelevantes, le molestaban –y yo no estaba siendo mejor con ello-. Las peleas… eran una cosa demasiado común ahora.

Eso estaba mal, era algo terriblemente incorrecto; ni siquiera podía compararse con la forma en que comenzó nuestra relación –que también era errónea-, siendo maestro y alumno jamás sobrepasamos ninguno de estos límites y era evidente que nos queríamos. Luego, al reencontrarnos, podía racionalizar nuestra dinámica como el castigo que él imponía y yo estaba dispuesto a soportar –me lo tenía merecido y él tenía el derecho de ser mi verdugo-. Sin embargo, ahora…

No había forma de racionalizar algo así, sólo estaba mal.

Había días en los que parecía que estábamos compitiendo por quién decía la cosa más punzante o quien gritaba más fuerte.

A pesar de ello, tampoco resultaba más fácil decirnos adiós de verdad.

¿Cómo habíamos llegado a esto?, me preguntaba cada una de las veces.

-bien- terminé mi trago, dejé el dinero por la bebida en la mesa y salí de ahí.

Quería gritarle.

Sentía las palabras vibrando en mi pecho, desesperadas por salir a los gritos –le había dicho cómo me sentía, la forma en que mi corazón todavía le añoraba y sólo había ganado algo parecido a un castigo mayor al que ya padecía-. Tal vez mis gritos también debían ser para mí.

Desde que Víctor había regresado de Canadá, nuestra relación se había convertido en algo –todavía más- complejo y difícil de sobrellevar. Los silencios se incrementaron, las miradas duras y los labios torcidos; las palabras cortantes y los bordes filosos de nuestras personalidades chocaban a cada momento.

Yo trataba de controlarme –se suponía que era el mayor ahí y, en alguno debía caber la madurez-, pero resultaba imposible recientemente. Sus palabras dolían y me sangraban, así que terminaba por soltar las mías.

El aire fuera no estaba precisamente más fresco y no sirvió de nada para ayudarme a controlarme. Caminé hasta el estacionamiento, recordando de pronto que había llegado en el auto de Víctor; tuve que dar media vuelta e ir a buscar el sitio de taxis.

-¿por qué estás tan molesto?- le escuché preguntar, aunque su presencia la sentí desde que tuve que volver a pasar frente al bar.

Me detuve. Mirándolo. Ahora sí que dolía quererlo tanto.

-no hacemos más que discutir últimamente…- solté, queriendo extender mis manos y preguntándome cómo tomaría ese gesto. Antes lo sabía de seguro, ahora no tenía idea de nada –por tonterías. Ayer me gritaste porque fui a conocer al nuevo novio de Yuri.

Víctor cerró los ojos un segundo, antes de inhalar de forma profunda y cruzarse de brazos.

-la verdad- continué -, es que no entiendo los límites de esta relación, no comprendo qué buscas de mí y… no sé qué hacer cuando estoy contigo.

Sus cejas se unieron al centro de su rostro, en un gesto de disgusto.

-no tienes por qué pensarlo tanto.

-¿qué se supone que significa eso?- pregunté, cruzando mis brazos a modo de escudo, preparándome para el golpe que sabía iba a llegar.

-no sé por qué insistes en pensarlo tanto todo… no somos nada más que amantes.

-¿amantes?- la palabra quedaba rara en la situación, en realidad –Entonces, ¿por qué te molesta que manden bebidas para mí? Sólo soy un amante, Víctor, no hay motivos para celarme.

Amantes… era casi mejor de lo que había esperado. Aun así, no era suficiente.

-no son celos…

Mis cejas se alzaron sorprendidas, mientras lo veía con incredulidad. El enojo subiendo a la superficie de nuevo.

-¿entonces? ¿Puedo volver y aceptar su copa y su compañía? – me golpeé mentalmente en cuanto las palabras se deslizaron desde mis labios. No quería ponerlo celoso, no deseaba forzar nada y permitirle un momento para aclararme lo ridículo que era.

No obstante, la necesidad me ganaba. Mi corazón suplicaba por una señal –aunque pequeña- de que significaba algo para él, de que después de mi confesión… quizá.

Me tomó de la muñeca con demasiada fuerza, sus dedos oprimiendo casi dolorosamente mi carne.

-no volverás dentro- sentenció.

-acabas de decir…

-¡sé lo que dije!- gruñó entre dientes, su cuerpo acercándose al mío irremediablemente.

-esto es ridículo, Víctor- él debía ser consciente, ¿no?

-lo que es ridículo es que digas que quieres volver con ese borracho- dijo, prácticamente arrastrándome hasta el estacionamiento –sólo para dejar claro tu punto.

-¿y cuál es el punto, Víctor?- cuestioné, cuando nos detuvimos para que abriera las puertas del vehículo.

Se giró para fijar su vista en mí, sus ojos azules destellando con visos amenazantes.

-tengo celos, profesor- soltó, casi dolorosamente; como si ponerlo en palabras fuese una tortura –me da celos pensar que te vayas con alguno de ellos, incluso me da celos pensar en Plisetsky cerca de ti. No es lógico, ni tampoco significa nada más que eso. Siempre fui posesivo: cosas, amigos, cualquier cosa. Incluso cuando estaba en el Internado, tuve duros momentos ocultando nuestra relación porque deseaba marcarte como mío… Es difícil para mí hacer entender a mi cuerpo que no tenemos esa clase de relación.

-así que estás celoso, pero no significa nada…- murmuré, tratando de no tirarme sobre su yugular –sería lo mismo que Makkachin le haga gracias a alguien más.

Pareció sorprenderse de que recordara el nombre de su perro, pero siempre había sido sencillo para mí recordarlo todo sobre él. No era sorprendente, era patético.

-sólo estás queriendo hacer esta discusión más grande de lo que es- bufó, abriendo la puerta para mí y recargándose sobre ella -, Makka nunca haría algo tan desleal… él aprendió bien.

La broma cayó agría en la boca de mi estómago.

-a veces quisiera… ¡ah!- mis manos se volvieron garras, con el impulso violento de apretarlas en su cuello –Nunca había sido así… eres…

La risa que soltó sólo insufló más en mi ánimo asesino.

-¿irresistible?- se inclinó contra mí, su cuerpo alzándose poderoso y aprisionándome contra la ventanilla trasera del carro; mientras sus palabras perdían beligerancia y se convertían en algo diferente; resbaladizo y sugerente.

-¡odioso!- refunfuñé, poniendo mis manos en su pecho para impedirle acercarse más; si bien mi respiración comenzó a fallar ante su tono y cercanía.

-uhm…- su dedo índice subió hasta mi rostro, trazando de forma ligera la línea de mi mandíbula, para seguir con mi labio inferior -¿odioso? ¿Has dejado de quererme, ya?

Parpadeé, siendo tomado por sorpresa.

Debería decirle que sí –pese a que sería mentira-, debería terminar con ello.

Encontré a mis brazos subiendo y enroscándose sobre sus hombros, mis manos yendo a jugar con el cabello en su nuca, mi cuerpo balanceándose para apretarse contra él; todo sin una orden expresa de mi parte pensante. No importaba. Sus manos se cerraron sobre mis caderas y una sonrisa enorme surcó su rostro.

Quería quitársela. Lo besé.


Hola!

Aquí nuevo capítulo!

El próximo estará el próximo domingo ;)

-Clarisse