CAPÍTULO XXVII. Lejos.
Las primeras semanas fueron las peores –más terribles aún que nuestro primer rompimiento-; la imagen de las lágrimas sangrantes de Yuuri, cayendo sobre mi propio pecho desnudo antes de decirnos adiós, me carcomía.
Era doloroso caminar, pensando en llegar a su casa por una cena caliente y un espacio tibio en su cama y, después, tener que frenarme en seco por tales pensamientos, recordando que ya era imposible.
Desgarraba, cuando notaba en el aire las notas de bergamota y manzana de su perfume y darme cuenta que no era él.
Ya había pasado una vez por eso, había sido lacerante y terrible; una segunda ronda no debió haber sido así de penoso. Pero lo era.
Dolía pensar en él…
Una tarde, mientras caminaba por la calle, me pareció ver su espalda –con un suéter ligero color azul y el cabello negro sólo un poquito más largo- entre la multitud; tuve que obligarme a dejar de verlo y girar mi rostro hacia los estantes de las tiendas, hasta que pensé estaría muy lejos.
Una noche, cuando estaba en medio de una fiesta con la gente de producción –la nueva temporada estaba por comenzar a rodarse-, vi unos ojos cafés, observándome desde una cara blanca y fue… como volver. Conscientemente me forcé a terminar la noche solo.
Un día… vi caer una flor desde un árbol. Le recordé, pero no lo hice como en los últimos momentos de mi fallida venganza; mi mente se vio inundada por su risa burbujeante y tímida, sus mejillas sonrosadas y su lechosa piel, besada por los rayos vespertinos de un sol benevolente.
… hasta que ya no lo hizo.
Mi cita tuvo antojo de comida japonesa.
Lo cual era el motivo principal por el que me encontraba en ese lugar, observándola comer un plato de sopa miso –que estaba seguro no era ni la mitad de bueno comparándolo con los suyos-.
No se suponía que a esas alturas del partido todavía estuviese comparando todo –y a todos (as)- con él; sin embargo, era algo con lo que ya estaba comenzando por hacer las paces. Había sido una constante en mi vida, desde su llegada hasta ese momento, qué importaban unos meses –años- más; por lo menos ahora, el recuerdo venía con una sensación de melancólico gusto y no con el regusto odioso del odio y la ira, lo que era agradecido en cualquier momento.
Tenía un tiempo, permitiendo que las memorias llegaran, sin freno. Me había dado cuenta que, cuanto menos luchara contra ello, era más sencillo evocar las partes buenas. Poco a poco, me estaba llenando de lo bueno; liberándome así, también, de lo que venía cargando desde hacía años.
Eso no me impedía comenzar a ver en todo lo que yo había errado. Yuuri no era un santo y no estaba libre de culpa; pero en última instancia, fui el propio verdugo de la relación que habíamos mantenido -la segunda vez-.
La verdad completa: había tenido miedo.
Había estado aterrado al pensar que todo lo que compartimos era mentira, que todos los sentimientos que habían ardido entre nosotros no eran más que una manipulación de su parte. Lo que no resultaba lógico, visto ahora. Él se había arriesgado a amarme –y decírmelo-, tanto como yo lo hice la primera vez.
Fuimos idiotas, concluí.
-… y por eso, tuve que volver a rodar todo de nuevo- bufó, quitando un mechón de cabello de su rostro.
Mi cerebro re-direccionó su atención, tratando de darle alcance a la conversación; sin embargo, era difícil.
En el bolsillo de mi abrigo –porque una atípica tormenta tropical, previa a la temporada de tormentas, había provocado lluvias torrenciales y vientos gélidos-, el peso de un sobre se sentía enorme; era como si tuviese una brasa de fuego ardiente o un ladrillo ahí.
Fruncí los labios, obligándome –muy conscientemente- a prestarle atención a la rubia frente a mí; mientras mi cerebro iba –una y otra vez- hacia el contenido de ese bolsillo, de ese sobre color crema y caligrafía fina, elaborada y grabada. Era una cosa costosa, de papel grueso y con textura…
Gruñí, internamente. No podía hacerlo.
-¡oh, no! Mira la hora- solté, mirando mi reloj de pulsera con alarma; esperando que las clases de actuación funcionaran en ese momento tan bien como lo hacían frente a una cámara -. Mañana debo ir a reunirme con la gente de la producción… para la lectura del guion…
No era una total mentira, en realidad si era algo que debía hacer; pero la reunión era pasando el mediodía y, realmente, esta cita no iba a ninguna parte. Ya había tenido mi cuota de encuentros de una sola noche y relaciones vanas, después de la primer ruptura con el profesor me había hartado de ellas. No pretendía caer en eso, no de nuevo.
-¿me llamarás?- preguntó, cuando la despedí en el taxi.
Sólo la cortesía me hizo decirle que sí, aunque los dos sabíamos que eso jamás ocurriría.
Al llegar a casa, dejé todo sin cuidado sobre un sofá y volví a tomar entre mis manos el sobre –que había llegado con el correo regular esa misma mañana y sobre el que, desde entonces, no había podido dejar de pensar-. Es más grande que el correo normal y también un poco más pesado.
Lo abrí –otra vez- y leí su contenido –nuevamente-.
Negué con la cabeza, repetidas veces, al terminar. No estaba –en absoluto- seguro de por qué había recibido esa carta; es decir, sí había tenido una breve colaboración con Altín para una pasarela en la que él fue el DJ –incluso intercambiamos números y, muy de vez en cuando, nos comunicábamos para compartir sobre música-, pero no creía ser merecedor de una de las invitaciones para su boda.
Además… además…
También estaba el hecho de que se casaría con Yuri Plisetsky, el que yo –obviamente- sabía que era uno de los mejores amigos de Yuuri –la persona que estaba trabajando duramente en superar-, lo que hacía imposible que éste no asistiera al evento. Nada bueno saldría de un encuentro así.
Ya no dolía pensar en él y, definitivamente, encontrarnos lejos uno del otro me había ayudado a aclarar mucho; por primera vez, me había tomado el tiempo para pensar concienzudamente en todo lo que fuimos, pero…
-por favor, no lo hagas- refunfuñó Chris, en nuestra llamada de Skype semanal.
Suspiré, o algo así, porque inmediatamente después solté una carcajada baja y casi sin alegría. Me leía demasiado bien. Siempre.
-no es como si lo haya decidido ya- contesté -, además… ¿no pareceré grosero si no acepto ir?
-¿y qué harás cuando lo veas? Te vuelves idiota cada vez que te lo encuentras- mi amigo negó con la cabeza, mientras su hijo comenzaba a tratar de quitarle los anteojos del rostro -, la primera vez casi lo obligaste a mantener una relación contigo y la segunda, de verdad es que eso hiciste; luego, cuando lo tuviste para ti, aprovechaste el tiempo solo para vengarte de algo que, como él te dijo, hizo por tu propio bien.
-gracias por poner en palabras algo que ya sé- rezongué, dejándome caer contra el respaldo del sofá en el que estaba sentado.
-era sólo por si te habías olvidado algo… - su nariz se frunció con diversión –Igual, deberías estar consciente de que es muy probable que lleve una pareja, como una pareja real.
-no sé por qué, si quiera, lo estás mencionando- arrugué la frente ante la conjetura, demasiado cerca de los pensamientos que también habían venido a tocar a mi puerta.
-podrás engañarlos a todos, pero no a mí, Vitya…- bajó al pequeño al piso cuando fue evidente que no deseaba mantenerse quieto y, después su atención volvió, aguda a mí –No me dirás que, una parte pequeña y enferma de ti, fue muy feliz cuando descubriste que Plisetsky se iba a casar con alguien que no fuese tu profesor.
-no sé de qué estás hablando- balbuceé, tratando que nada se resbalara en mi tono.
-¡oh, por todos los cielos! Conozco tu posesivo trasero, estabas tan celoso de Plisetsky que dabas pena- en el fondo, se alcanzó a escuchar a Masumi gritando su acuerdo, desde algún sitio tras Chris. Eso no fue vergonzoso, para nada.
-¡tú también llegaste a pensar que ellos podían tener algo!- me excusé, no quería parecer un celoso neandertal.
-sí, pero yo no salía con Yuuri… ni tampoco dudé de cualquiera con el que se relacionara.
-creo que ya dejamos establecidos el montón de fallos que tiene mi personalidad. Gracias, amigo- bufé, provocándole una risa alegre.
-todos tenemos nuestros fallos y, la verdad, es que los tuyos los mantenías bajo control… hasta que enloqueciste un poco cuando te dejó.
Cerré los ojos, tratando de concentrarme en el ahora y no en la última vez que hablé con él, cómo de rotos nos encontrábamos. Chris pareció notar que requería de una breve pausa, porque permaneció en silencio el tiempo suficiente como para permitirme salir de aquel agujero.
-Víctor- dijo y luego me miró, sus ojos serios y concentrados –Lo que te voy a decir, espero te sirva y me hagas caso en esta ocasión. Tal vez, deberías ir…
-¿qué?, pero acabas de…
-sé lo que dije, pero sabes qué- su voz contenía toda la seriedad del mundo cuando continuó –ve y obsérvalo. Míralo bien y déjalo ir. Necesitas un cierre, mi amigo. Debes dejarlo ir, esta vez para siempre.
Mis labios se alzaron en una sonrisa frágil, aunque no tenía motivos reales para sonreír. Pero Chris tenía razón, era el momento de hacerlo y soltarlo, por fin.
Hola!
Actualicé sin que pasaran meses, lo que es algo nuevo para mí XP
En fin, aquí está... ya falta poco para el final, espero lo estén disfrutando n.n
Chapa, muchísimas gracias por tus palabras, siempre es un gusto saber cuándo algo que haces con cariño gusta ^^ ...
El siguiente cap. estará aquí la próxima semana ;)
Les quiere:
~Clarisee
