Disclaimer: creo que la misma palabra lo define todo: fanfiction
(Nada de Naruto y sus personajes me pertenece salvo las candentes escenas producto de mi imaginaci
ón como efecto de la cafeína)


Después de la lluvia

Capítulo 2


"Entonces tendremos lo que tú quieras, Ino. Puedo darte lo que quieras…"

Lo que yo quisiera. Era fácil prometer algo así, pero resultaba difícil pedirlo. En ese momento me había dado cuenta que no sabía lo que quería, lo único que tenía claro era que no podía dejar de pensar en él, Naruto. A pesar de que lo había evitado en los días siguientes, su imagen y sus palabras no habían dejado de perseguirme desde ese momento.

Me siguieron en mi camino hasta llegar a casa, mientras cenaba con mis padres y lavaba los platos. Me siguieron cuando subí a mi habitación y me puse la pijama antes de meterme bajo las mantas de mi cama. Incluso me siguieron a la mañana siguiente.

Terminé de cepillarme los dientes y me miré en el espejo. De inmediato, mi reflejo se vio reemplazado por el que había visto la tarde anterior, cuando los dos nos perdimos en nuestra imagen a través del espejo mientras yo me corría gracias a él.

Intenté dejar de lado esos pensamientos y volví a mi tarea de alistarme antes de ir a trabajar. Bajé a desayunar y me despedí de mi madre sin lograr prestarle del todo mi atención a las cosas que me estaba diciendo. Probablemente ella no había notado mi falta de atención, pero eso era porque me había convertido en una experta maestra del disimulo.

El trayecto hacia mi lugar de trabajo no resultó ni más largo ni más corto que de costumbre. Siendo la primera hora de la mañana, cuando los habitantes de la aldea apenas comenzaban a prepararse para sus actividades diarias, me encontré con el mismo puñado de personas a las que saludé igual que siempre.

Llegué al hospital y me tomé un segundo para pensar por última vez en Naruto antes de iniciar con mi trabajo y entonces lo dejé de lado.

Después de la guerra, aquél sitio se había convertido en algo más que un lugar para laborar para mí. Había sido mi refugio y, quizá, había sido lo que me había impedido hundirme en la miseria que comencé a sentir desde entonces. Ahora habían pasado casi ocho años desde aquella primera mañana en la que me había presentado con el firme propósito de no echarlo a perder.

Allí nadie tenía ningún problema con que fuera mandona. Los pacientes que atendía acataban mis órdenes al pie de la letra porque daban por hecho, casi de manera automática, que me preocupaba por ellos. Cosa que era verdad.

Así que resultó ser un buen lugar para mí.

—Llegas un minuto tarde, Ino-senpai —comentó Shiranui Haruhi, una de las enfermeras en turno. De cabello castaño muy cortito y enormes ojos grises, era un par de años menor que yo, aunque también nos diferenciaba la experiencia. Ella todavía poseía una fe casi ingenua de la cual yo carecía desde hacía tiempo atrás.

Miré el reloj que se alzaba por encima del escritorio de la recepción y sonreí. Faltaban cuatro minutos para que empezara mi turno.

—Quería darte el honor de llegar primero al fin —le respondí sin dejar de prestarle atención a la hoja de registro que estaba llenando en ese momento.

Ella me enseñó la lengua en gesto juguetón y luego me extendió el montón de carpetas que contenían los expedientes de los pacientes a los que comenzaría a hacer el seguimiento matinal. Siempre parecía estar de un excelente humor, jugueteando con una aguja larga que no dejaba de pasar entre los dedos. Ella era el positivismo en persona.

De inmediato Naruto apareció en mi mente, pero usé todo mi autocontrol para relegarlo al fondo.

Haruhi y yo no éramos del todo amigas, últimamente no había tenido el interés para fraguar una verdadera amistad sin contar aquellas con las que había crecido, aunque eso no significaba que la chica no me cayera bien. Parecía más mi asistente que una enfermera, pero ella prefería andar conmigo durante el turno porque, en sus palabras, "era de la que más podía aprender".

Sabía que se refería al hecho de que había algunos ninjas médicos que no aceptaban del todo aprendices, a veces el trabajo era bastante competitivo y preferían pelearse pacientes que intentar enseñar.

Yo no tenía ningún problema con lo uno ni con lo otro.

Caminamos juntas hasta los vestidores y ella comenzó a platicarme sobre lo que había hecho en su día de descanso mientras yo me ponía la parte superior del uniforme de los ninjas médicos, el cual utilizaba a manera de una sencilla bata sobre mi ropa. Nunca me había gustado el uniforme tradicional y el infierno se congelaría antes de que yo lo usara completo. Dedicaba demasiado tiempo cada mañana en mi aspecto personal como para llegar al trabajo y ocultarme tras ese traje que siempre me había parecido algo menos que horrible.

—Parece que el día será tranquilo —me dijo con aire ausente cuando volvíamos al primer piso para comenzar con las rondas. Yo asentí en silencio.

Por lo general, los días eran así.

Últimamente la mayoría de nuestros pacientes habían sido aldeanos civiles y, como llevaban vidas relativamente sencillas, no implicaban más que algún corte profundo, alguna que otra fractura u otra lesión no mortal. Además, yo casi no formaba parte del equipo médico de cirugía, por lo que mi trabajo era incluso más simple que el de muchos ninjas médicos.

No podía esperar a que comenzaran los exámenes chūnin de ese año. No quería desear el mal, pero algún shinobi herido en batalla tal vez podría darle un giro interesante a la tranquilidad del hospital.

Abrí la primera puerta y entré a la habitación donde había un hombre sentado en la cama. Era el dueño de uno de los restaurantes del centro de la aldea y había llegado días atrás, después de quemarse el brazo con aceite hirviendo. La lesión se había visto realmente escalofriante, incluso me había preocupado que llegara a perder cierta habilidad motriz. Sin embargo, cuando vi que no había sido así, le había dado un ungüento que yo misma había preparado y lo había dejado ir a casa, citándolo para revisión.

Lo saludé a él y a su esposa con una sonrisa y de inmediato me puse a hacer mi trabajo. Arrastré una silla cercana y me senté junto a la cama para quitarle el vendaje y revisarlo a conciencia. Me había convertido en una persona realmente meticulosa, no sólo con mi aspecto, sino con mis pacientes. Nunca dejaba nada al azar y era por eso que me había hecho de buena fama como médico.

La herida se veía mejor de lo que esperaba, no había rastros de infección ni tampoco había desarrollado ámpulas, gracias a que lo había tratado utilizando el chakra y al ungüento. Por eso me gustaba mezclar lo que me había enseñado Tsunade con lo que había aprendido de herbolaria gracias a mi familia. Tenía lo mejor de dos mundos, así que había aprendido a aprovecharlo.

Llegué a la conclusión de que si todo continuaba así, la cicatriz que le quedaría no sería tan terrible como se podría haber pensado en un principio.

—Listo —dije después de lavarle y colocarle un vendaje limpio—. Eso sería todo, señor Kirihara. Lo veré la próxima semana.

La mujer que había permanecido sentada en el sillón junto a la ventana me miró con lágrimas haciendo brillar sus ojos y me tomó la mano para agradecerme con una reverencia que me puso un poco incómoda. Velar por mis pacientes era mi trabajo, a lo que me dedicaba realmente, así que esas muestras de agradecimiento me resultaban innecesarias.

Que su esposo fuera capaz de continuar con su vida normal sin padecer una grave deformación, sólo significaba que había hecho bien mi trabajo en esa ocasión. Que no lo había echado a perder. Desde mi punto de vista, no había ningún motivo de celebración por ello.

—Gracias, Yamanaka-san. Eres muy amable. De verdad, gracias.

Le sonreí manteniendo los labios juntos y después regresé mi atención al paciente.

—Mientras tanto, trate de tomarse las cosas con calma, ¿de acuerdo? Si llega a sentirse mal, no dude en venir a verme.

Recibí una respuesta afirmativa por ambos y entonces dejé la habitación con Haruhi siguiéndome.

—Sigues sorprendiéndome, pensé que esa herida se vería peor en este tiempo. Nunca había visto una quemadura tan grave curarse a ese grado en cuestión de días. Es casi como si hubieras hecho magia.

—Las propiedades milagrosas del Aloe arborescens y de la Lavandula angustifolia —le dije mientras bajábamos las escaleras.

Noté que no me seguía y, cuando me giré, la vi parada a un par de escalones, hojeando con ahínco un pequeño cuaderno de bolsillo.

—Extracto de aloe vera y aceite esencial de lavanda —añadí al ver que seguía inmersa en sus notas.

Nunca había sido particularmente paciente, pero como ella siempre parecía legítimamente dispuesta a aprender, no me molestaba tener que repetirle las cosas un par de veces. Después de todo, yo había tenido más de veinte años para aprender lo que ella llevaba estudiando los últimos tres a mi lado.

—El extracto de aloe sirve para calmar y favorecer la curación de las quemaduras y heridas mientras que el aceite de lavanda usado como aromaterapia es apropiado para dolores de cabeza, estados de estrés e insomnio y como primer auxilio en cortes, quemaduras y picaduras de insectos —le expliqué sacando todo ese conocimiento de memoria—. El ungüento le calmaba el dolor y lo relajaba al mismo tiempo que ayudaba al proceso de sanación.

—¡Aquí está, sabía que lo había anotado! —exclamó con alegría, sacándose la aguja de la boca luego de un instante. Sus ojos se abrieron de par en par al ver mi expresión—. No creas que no pongo atención, es sólo que es demasiada información —declaró acercándose a mí—. No sé cómo lo haces.

—Años de práctica —respondí con una sonrisa antes de abrir la puerta del siguiente paciente.

El flujo de pacientes resultó más lento que de costumbre, pero eso no afectó mi estado de humor. Haruhi se quedó todo el día conmigo y, entre mis lecciones rápidas de herbolaria y sus anécdotas hilarantes, las horas comenzaron a pasar con normalidad, sumergiéndome en la rutina que tanto abrazaba. Con ella los turnos no se me hacían tan largos como a muchos otros médicos, ellos preferían la emoción de algún shinobi regresando a una misión con su último ápice de chakra, yo prefería atender a personas que conocía y que, de igual manera, me necesitaban.

Había terminado con mi último paciente de la mañana cuando la hora del almuerzo llegó.

Haruhi iba contándome su teoría sobre por qué el sexo era como un pastel de chocolate cuando repentinamente su voz se desvaneció. Puse los expedientes sobre la mesa de la estación de enfermeras y noté que ella estaba perdida mirando a uno de los ninjas médicos que iba pasando por ahí. Sólo lo conocía de vista, ya que apenas había comenzado a trabajar en el hospital, pero sabía su nombre. Satoru… algo.

Era difícil no saberlo cuando mi enfermera-asistente no dejaba de sacarlo a colación a la menor provocación.

—Ve, sé que quieres hacerlo —le dije volviendo la mirada al expediente luego de que el shinobi se dirigiera a la cafetería.

Ella se volteó para verme con aquellos enormes ojos llenos de sorpresa, sus mejillas se habían teñido de un pálido color rojo y eso me hizo sonreír. La chica realmente me caía bien.

En ese momento tuve la oportunidad de entablar una amistad de verdad con ella más allá de una mera relación de trabajo. He estado al borde de tantas cosas, tantas veces, que casi siempre me echo para atrás. A veces me saboteo tanto a mí misma que termino saboteando a los demás pero esta vez, en lugar de hacer lo que siempre hacía (ignorar las cosas), la miré con una sonrisa y le dije:

— Sí, Haruhi, te he puesto atención y sé que te gusta. Así que puedes ir a almorzar y yo me encargo del papeleo.

Estaba segura que ella estaba tan sorprendida como yo porque no había hecho lo de siempre.

Hubo un par de segundos de silencio en los que una inmensa sonrisa se fue dibujando en sus labios antes de dar un pequeño saltito entusiasta y luego me abrazó súbitamente. Eso hizo que me tensara de pies a cabeza. Después de darme unas palmaditas en la espalda, Haruhi retrocedió unos pasos. No sé si se dio cuenta de que su gesto me había convertido en una efigie rígida, porque no hizo ningún comentario al respecto.

—¡Eres la mejor jefa del mundo! —exclamó en voz un poco alta para un hospital. Se dio vuelta, alejándose con un andar tan alegre que parecía que iba dando saltitos.

—No soy tu jefa —le recordé, pero ella parecía demasiado feliz así que dudé que me hubiera escuchado.

Cuando la vi desaparecer tras la esquina del corredor, sonreí sin poder evitarlo y regresé a los expedientes.

Alguien se paró junto a mí.

—Tal vez eres demasiado mandona con ella y por eso te cree su jefa.

Di un respingo aunque no me giré para mirar al propietario de esa voz.

—Bueno, de ser así entonces la mitad de la aldea ya me consideraría su reina —respondí, tratando de concentrarme en el papeleo—. ¿Qué estás haciendo aquí, Naruto?

Él no me respondió de inmediato así que volteé a verlo.

—Hola —me saludó con una sonrisa brillante.

Yo volví la atención a las formas que estaba llenando y le dije:

—Hola.

Me sentía incapaz de mirarlo, a pesar de que la tarde anterior no había podido despegar mi mirada de él a través del espejo. Era absurdo que me sintiera cohibida después de lo que habíamos hecho en días anteriores, sobre todo cuando descubrí una vocecilla en mi cabeza me recordó que estaba dispuesta a permitir que volviera a hacerlo.

Seguía parado junto a mí, lo bastante cerca como para que habláramos con un volumen más o menos bajo, pero aún así mantenía la distancia para no tocarme. Eso me hizo sentir una extraña mezcla de gratitud y desilusión.

—¿Qué estás haciendo aquí? —volví a preguntar cuando el silencio se prolongó demasiado. Él apoyó su cuerpo en el brazo que tenía recostado sobre el mostrador.

—Querías verme.

Lo miré con una ceja alzada ante su afirmación.

—No sé si sentirme ofendida o halagada. Has dado por hecho que sabes lo que quiero aunque todavía no te lo he dicho —dije, regresando a los papeles. Ya ni siquiera sabía lo que estaba escribiendo.

—Tengo muy claro lo que quieres, Ino —respondió esbozando una sonrisa sincera que se reflejó en sus ojos, y no pude evitar devolverle el gesto.

—¿En serio? —Conocía a la perfección aquel juego, no era la primera vez que participaba en él. Siempre acababa ganando porque los hombres con los que había estado nunca sabían lo que yo quería en realidad. Y por eso había sido virgen hasta pasados los veintitrés—. ¿Y qué quiero?

Naruto asintió, manteniendo la sonrisa, y recorrió mi rostro con la mirada como si estuviera memorizándolo. Sin inclinarse hacia mí ni bajar la voz, me dijo con toda naturalidad:

—Quieres que te lleve a ese armario —dijo apuntando con la barbilla a la puerta que había detrás de mí.

Mis dedos se tensaron en el bolígrafo y dejé de escribir.

Me quedé mirándolo durante un rato, sintiendo mi mano temblar sobre el papel. Una ola de calor me recorrió el pecho, el cuello, las mejillas y la nuca; y no tenía nada que ver con el clima primaveral. Tragué saliva, tenía la garganta dolorosamente seca. Al oírle decir aquello, supe que al fin había encontrado un digno oponente.

No tenía sentido negarlo, pero lo habría hecho si él se hubiera comportado con fanfarronería o si hubiera cerrado distancia entre nosotros para crear una sensación de cercanía. Sin embargo, fue lo bastante listo como para permanecer justo donde estaba.

Un grupo de enfermeras se instaló en la estación rompiendo con el extraño momento que se había formado. Algunas me saludaron y también lo saludaron a él, por lo que aproveché para continuar escribiendo aunque esta vez mi escritura no parecía tan fluida como antes.

Pensé que tal vez había alardeado y que se iría tan pronto como la aparición de esas enfermeras se había interpuesto en sus planes, pero me sorprendió cuando se quedó ahí, mirándome llenar mis expedientes.

Comenzamos a charlar antes de que me diera cuenta de que lo hacíamos.

Él sabía sacar información con naturalidad, su interés sutil y sus comentarios hacían que resultara muy fácil darle lo que pedía. No presionaba ni juzgaba. Me preguntó sobre lo que hacía en ese momento, mis pacientes y los detalles que conformaban mi rutina diaria en el hospital, y yo le contesté. No volvió a sacar a colación lo que yo quería que me hiciera, y no me importó. Era extraño, resultaba ser el primer hombre que parecía genuinamente interesado en mí y que no era Shikamaru, aunque él lo hacía en calidad de mejor amigo.

Las enfermeras seguían ahí, haciendo también su trabajo, y a veces nos volteaban a ver como si esperaran que algo más sucediera además de la conversación que manteníamos en ese momento. Seguro les daba mucha curiosidad que Naruto se apareciera en el hospital sin ningún motivo aparente.

Al cabo de unos minutos, estaba tan excitada que me estremecía cuando cruzaba las piernas para alternar mi peso entre una y otra, y las bragas me rozaban el clítoris. Tenía los pezones tensos contra el sostén, la prenda de satén y encaje impedía que resaltaran a través de la blusa, pero al mismo tiempo los estimulaba sin piedad. Mis manos me temblaban, así que una la mantuve aferrada al bolígrafo y la otra la cerré en un puño apretado sobre el mostrador para que él no se diera cuenta.

Finalmente, después de lo que me pareció una eternidad, estaba por terminar con mi papeleo casi en el preciso momento en que la última enfermera se alejaba para continuar con su trabajo.

Apenas había desaparecido en las escaleras, cuando sentí la mano de Naruto alcanzar mi nuca y empujarme contra sus labios. Sus brazos me envolvieron mientras su cuerpo me empujaba hacia atrás. Mi cadera golpeó contra la manija de la puerta antes de que él la abriera para que pudiéramos entrar. Sin dejar de besarme, cerró la puerta con el pie y me puso con la espalda contra la pared del fondo.

No sé cómo lo hizo, yo estaba centrada en agarrarme a él y en rezar para que no acabáramos cayéndonos al suelo o sobre los anaqueles que contenían insumos para las camas de las habitaciones.

Creo que jamás deseé tanto algo como lo que estaba pasando entre nosotros en ese momento.

Con necesidad le ayudé a quitarme la bata y a quitarle a él la chaqueta. No había elegancia en nuestros movimientos, había cruda urgencia que nos hacía parecer algo torpes. La piel de sus brazos era tersa y sus músculos se movían bajo mis dedos. Sus manos se deslizaron por todo mi cuerpo, acariciando, apretando, queriendo abarcar todo lo que había de mí y más. Las mías fueron hasta su pantalón y sentí su mordisco sobre mi hombro cuando aferré con suavidad su erección.

Jadeé al sentir sus dientes y lo apreté un poco más sin querer. Él jadeó también y soltó una palabrota que me hizo reír brevemente. No era la primera vez que escuchaba una cosa así, pero en él parecía algo muy original.

Se bajó los pantalones y los bóxers con dos jalones e hizo lo mismo con mi falda y mis bragas. Sin vacilar, me agarró de las caderas y me pegó a su cuerpo mientras me besaba el cuello. Su boca descendió hasta mi hombro, y entonces dobló un poco las rodillas para poder besarme los senos, que había dejado parcialmente al descubierto al subirme la blusa y el sostén hasta el cuello. Sus manos se deslizaron por mi piel, delineando el contorno de mi cuerpo, las puso en mis muslos y me levantó contra la pared.

El movimiento fue tan súbito que me tomó desprevenida.

Lo rodeé con los brazos y las piernas, y solté un gemido cuando su erección me rozó el clítoris.

Me penetró de inmediato. Llegó hasta el fondo de golpe y tuve que morderme el labio con fuerza para no gritar de placer. Se movió con embestidas duras y rápidas, sin preocuparse apenas por mi comodidad y fue fantástico. Apoyé una pierna en el piso, porque me costaba algo de trabajo mantenerme sostenida sólo de sus brazos. La usé para hacer fuerza contra él mientras trataba de seguirle el ritmo, aumentando la profundidad en cada una de sus entradas.

Cuando tomó mi pezón entre los labios, me arqueé hacia él. Lo bañó con la lengua antes de empezar a succionar con suavidad, y mi sexo se contrajo. Mis dedos se mantenían aferrados, los de la derecha al cabello en su nuca y los de la izquierda a su brazo. Nuestras respiraciones entrecortadas, a veces gemidos a veces jadeos, resonaban en medio de aquel pequeño cuarto.

Su pelvis chocaba contra mi clítoris con cada embestida, y aquel placer intermitente me acercó aún más al orgasmo y contribuyó a que estuviera más húmeda. La fricción era deliciosa, no hacía falta ninguna lubricación, nuestros cuerpos se movían al unísono. Piel contra piel, su miembro dentro de mí, un ajuste perfecto. Él se movía, yo también. Él daba, yo recibía. Rodeé sus muslos con las piernas y lo insté a que se apretara más contra mí.

Murmuró mi nombre y respondí susurrando el suyo.

Todo se tensó más y más, y de repente se liberó. El orgasmo me golpeó de lleno, como un relámpago seguido del sonido distante del trueno. Me estremecí y abrí los ojos, nuestras miradas se encontraron. Él me agarró las caderas mientras me penetraba con más fuerza, con mayor rapidez, y gimió cuando se corrió poco después que yo. Nuestros orgasmos habían sido casi simultáneos.

Nos quedamos así durante un largo momento con la respiración acelerada, y finalmente se apartó para alcanzar uno de los trapos que había perfectamente doblados en el anaquel detrás de él y me lo extendió para que pudiera limpiarme. Nos colocamos nuestras ropas en silencio y yo no pude evitar hacer una mueca cuando vi que mi bata se había arrugado bastante al terminar en el piso.

—¿Quieres ir a comer a algún lado?

—No hace falta.

—¿Por qué? —Me tensé a mitad de mi camino para acomodarme el cuello de la bata.

No pude soportar el peso de su mirada y desvié la mía hacia la puerta.

Si hubiera pensado las cosas con calma, tal vez habría podido recurrir al pretexto de que la hora de mi descanso había terminado. Sin embargo, estoy tan acostumbrada a una honestidad casi brutal que no pude evitar utilizarla en esa ocasión.

Me acomodé las copas del sostén y repetí el proceso con la blusa.

—Porque cada vez que nos veamos, ambos obtendremos lo que queremos. Así que las citas o las palabras bonitas no son necesarias —le respondí finalmente, avanzando un par de pasos hacia la salida.

—¿Crees que te pediría salir conmigo o que te diría algún cumplido sólo para acostarme contigo?

Me detuve y me volví hacia él para asentir en silencio. Nos miramos ceñudos. Sentí las mejillas arder al ver que él me recorría con la mirada en medio de la escasa iluminación del armario, no sé qué esperaba encontrar. Al final me miró a los ojos.

—No te gustan las relaciones, no te gustan los cumplidos —frunció el ceño al decirlo y eso me hizo sonreír. Tal vez se le hacía difícil de creer que habían dejado de gustarme—, pero puedo venir y follarte en un armario —razonó con un tinte de interrogación al final.

—Exacto.

Se pasó una mano por el cabello. Lo dejó más revuelto que de costumbre y me dieron muchísimas ganas de alisárselo. Respiró hondo, y me miró de nuevo.

—¿Te gusta que te diga lo que tienes que hacer? —preguntó mientras se acercaba. Me puso una mano en la nuca y me echó la cabeza hacia atrás para acariciarme el cuello con los labios.

—No me disgusta —respondí en voz baja, sintiendo el pulso latirme con más fuerza en el recorrido de su boca.

—¿Por qué?

Dejó de acariciarme y volvió a mirarme a los ojos, esperando su respuesta. Yo sonreí con algo de obviedad cargada de nerviosismo.

—Porque a veces necesito dejar de pensar, lo hago todo el tiempo. Además, tú mismo lo dijiste, soy una mandona. Ha sido interesante hacer esto al revés. Es bueno hacer algo así, sin más.

Permaneció en silencio durante unos segundos, y al final comentó:

—En serio puedes hacerlo, ¿verdad? Separar ambas cosas.

Supe perfectamente a qué se refería: al amor y al sexo. Me dije que se merecía una respuesta sincera, así que pensé en ello antes de contestar.

—Sí.

—¿Siempre?

—Sí, Naruto. Siempre.

Esperé a que dijera algo más, pero no lo hizo. Le di la espalda, terminé de alcanzar la puerta y salí del armario. Afuera, esa área del hospital comenzaba a tener flujo de enfermeras y ninjas médicos que se preparaban para concluir con su turno ahora que la hora del almuerzo había terminado.

Me acerqué al mostrador y tomé otras carpetas con expedientes. Verifiqué que todo se viera en orden y fui a las escaleras.

Tenía mucho trabajo por hacer.

Llegué a casa más tarde que de costumbre. Mi trabajo en el hospital se había demorado, debido a que había estado muy distraída. Todo el tiempo estuve pensando en él, en lo que habíamos hecho, y eso había afectado mi usual eficiencia.

Haruhi pareció darse cuenta, pero no dijo nada al respecto sino hasta que estuvimos de regreso en los vestidores.

—Me duele un poco la cabeza —le mentí cuando vi la sincera preocupación en su rostro al preguntarme qué me pasaba.

Mi respuesta pareció satisfacerla así que no dijo más. Ambas salimos del hospital y nos separamos a un par de calles, pues vivíamos en direcciones contrarias.

Cuando llegué a casa todo estaba en silencio. Fui directamente a la cocina para sacar una botella de agua del refrigerador, miré el reloj empotrado en la pared y vi que era casi medianoche. Supuse que mis padres ya estarían dormidos así que serví en un plato algo de la fruta que había cortada en cubitos en un recipiente del refrigerador, y subí a mi habitación.

Puse la fruta y la botella con agua en el buró junto a mi cama y entré al baño para lavarme la cara y cambiarme la ropa por mi pijama. Regresé a mi habitación y me senté en la cama, cogí el plato con fruta y me dispuse a comer, pero no pude hacerlo.

No podía dejar de pensar en Naruto.

En el pasado, había hecho cosas dignas de toda una ramera, pero siempre había sido en la intimidad. Nunca había hecho algo así en un lugar público, ni con alguien a quien no hubiera visto sólo una vez a lo mucho.

Todo esto era demasiado diferente. Lo deseaba, pero al mismo tiempo también le temía. No sabía qué tan lejos llegaría si se lo permitía.

Finalmente desistí de la idea de comer. Dejé el plato intacto donde había estado instantes antes, abrí la botella para beber un gran trago y también la devolví al buró antes de levantarme para salir por la puerta que daba al pequeño balcón de mi habitación. Ni siquiera podía decirse que era un balcón como tal, apenas cabía una persona sentada con las piernas encogidas, pero me gustaba estar ahí.

La aldea se alzaba frente a mí envuelta en la suave tranquilidad de la noche. Una fresca brisa me dio la bienvenida, alborotando mi cabello y colándose por la tela de mi camisón de algodón. Cerré los ojos, crucé los brazos sobre mi pecho, y me dediqué a disfrutar de la sensación que me provocaba. De alguna manera, era suficiente para despejarme la mente.

—¿Acaso no sabes que se llama a la puerta? —pregunté cuando sentí que ya no estaba sola.

A pesar de la pobre iluminación, fui capaz de reconocer de inmediato a la presencia que se había sumado a mí en esa noche. Nunca podría confundirla. Era el único que se atrevía a treparse hasta mi balcón, sin importarle que mi padre durmiera en la habitación contigua. No le había importado cuando teníamos trece, así que no había motivo para que comenzara a preocuparle ahora.

—Lo pensé, pero luego vi la luz de tu habitación encendida así que ¿para qué molestarme?

"Típico de él", pensé mientras sonreía sin poder evitarlo.

—¿Qué te trae a mi balcón esta noche? —volví a cuestionar girándome lentamente.

Shikamaru estaba sentado sobre la baranda a mi izquierda, con la espalda recostada en el muro, una de sus piernas estaba flexionada y la otra se balanceaba con libertad en el aire. Vistiendo el uniforme jōnin, tenía una mano metida en el bolsillo de su chaleco y con la otra sostenía un cigarrillo encendido.

Recordé que había empezado a fumar luego de la muerte de nuestro sensei.

Es sólo hasta que cobremos venganza, me había dicho cuando le pregunté porqué lo hacía. Sin embargo, a pesar de que lo había dejado después de que logramos nuestro cometido contra los dos miembros de Akatsuki; al iniciar la guerra, él se había llenado de tantas responsabilidades que había vuelto a hacerlo.

Durante los años siguientes, cada vez que me veía prometía que lo dejaría, pero al pasar el tiempo, yo había dejado de exigirlo y él de prometerlo.

"Todos tenemos diferentes maneras de lidiar con nuestros sentimientos…", me recordé intentando contener la punzada de dolor que rodeó mi corazón al recordar a Asuma y toda la serie de recuerdos que su memoria detonaba. Algunas heridas se cierran, pero otras no lo hacen; y debía admitir que yo tenía demasiadas que no lo habían hecho y que dudaba que alguna vez el dolor disminuyera aunque fuera un poco.

Él me miró desde su posición antes de darle una calada al cigarro, el pendiente en su oreja destelló intermitentemente. Respiró profundo y mantuvo el humo dentro.

—Tengo una misión mañana y me gustaría que me acompañaras —dijo mientras exhalaba lentamente. Me ofreció el cigarrillo, pero yo negué con la cabeza. A ambas cosas.

—Shika, ya hemos hablado de esto…

—No, tú te has negado a hablar de esto —me interrumpió con tranquilidad, pero firme—. ¿Cuánto tiempo más piensas esconderte?

—Yo no me escondo.

—¿Y cómo llamas a lo que haces en el hospital? —contraatacó antes de fumar un poco más.

—Es trabajo, Shikamaru. Tú tienes el tuyo, entrenando nuevos shinobis o siendo al que todos recurren para un plan; déjame hacer el mío en lo que puedo ser —respondí algo arisca.

Él sonrió de lado y apartó la mirada, soltando una pequeña exhalación llena de ironía.

—Ambos sabemos que ser una ninja médico no es, ni remotamente, lo único que puedes ser. —Se terminó el cigarro y dejó caer la colilla al suelo, aunque no la pisó.

Nunca he dudado de su capacidad de liderazgo ni de su inteligencia, las había visto de primera mano desde que éramos adolescentes, así que no me sorprendía que fuera capaz de ver a través de mí y mi fachada De saber lo que pensaba o, incluso, lo que sentía. De algún modo, siempre lograba verlo.

Yo había dejado las misiones en cuanto el orden se restableció en el mundo luego de la guerra.

Cuando él se había enterado no le había caído para nada en gracia, incluso se había molestado, pero había respetado mi decisión cuando le había dicho que sólo era por un tiempo a pesar de que no le di ninguna justificación. Sólo un par de meses. Había creído que ese tiempo resultaría suficiente para que pudiera pensar las cosas con calma, para superar lo que se suponía que debía superar, ordenar prioridades y establecerme nuevas metas.

Sin embargo, ese par de meses pronto se hicieron un año, y luego pasó otro y otro más, hasta que finalmente dejé las misiones por completo para dedicarme al hospital y a la florería. Los planes para el futuro se desvanecieron en mi cabeza, hundiéndose en la neblina que conformaban la mayoría de mis pensamientos y no hice el menor intento por evitarlo. Me había resultado más fácil dejar que pasara.

A la vista de todos seguía siendo la misma, nadie había notado que había perdido el camino. Excepto él.

Permanecí en silencio, porque no supe cómo contestar. Mis ojos se perdieron en el punto rojo de la colilla de cigarrillo que iluminaba el rincón de mi pequeño balcón. Entonces mi orgullo salió a relucir y lo fulminé con la mirada. Esperé a que se disculpara o dijera algo más pero, al ver que no lo hacía, le dije adiós con voz indignada y entré a mi habitación.

Cerré la cortina de un manotazo y me quedé ahí. Vi su sombra cuando bajó de la baranda y se quedó parado casi frente a donde yo estaba durante unos segundos. Finalmente, su silueta desapareció en un parpadeo y supe que se había ido.

Muy dentro de mí sabía que Shikamaru estaba en lo correcto respecto a todo, pero no podía aceptarlo. A veces, a pesar de que sabes que alguien te está diciendo la verdad, es más fácil enfadarte que admitir que tiene razón.

A veces, eso duele menos.

A veces, eso da menos miedo que tener que afrontarlo.

«Continuará…»


¡Hola de nuevo!

Bien, pues este fue el segundo capítulo de esta historia, la cual es un gran reto porque no escribo historias largas (ni mucho menos en tan poco tiempo), pero espero que les haya gustado. Lo sé, mi versión de Ino para esta historia es un tanto, ¿cómo decirlo?... "no tan común". Sin embargo, creo que se ve así porque la historia está narrada desde su perspectiva, lo que hace que se vea diferente a "como los demás la ven". Pero en fin...

Muchas gracias por sus reviews en el cap pasado, ¡son geniales y no saben lo mucho que ayudan a la inspiración!

¡Hasta la próxima!