Disclaimer: creo que la misma palabra lo define todo: fanfiction
(Nada de Naruto y sus personajes me pertenece salvo las candentes escenas producto de mi imaginaci
ón como efecto de la cafeína)


Después de la lluvia

Capítulo 3


Mi trabajo en el hospital estaba lejos de volver a la normalidad. Ahora no solamente Naruto abarcaba mis pensamientos sino también mi pelea con Shikamaru.

Habían sido realmente contadas las ocasiones en las que habíamos discutido. Siendo más jóvenes casi no lo habíamos hecho porque él siempre había preferido darme por mi lado a tener que enfrentarme, porque lo consideraba demasiado problemático. Sin embargo, eso había cambiado con los años, ambos fuimos madurando y al final dejó de seguirme la corriente cuando no estaba de acuerdo en cosas que realmente le importaban.

En todos esos años no había dejado de insistirme para volver a las misiones cada vez que nos veíamos, argumentaba que mi talento como espía se desperdiciaba conmigo encerrada en el hospital y que podría hacer mejores cosas como personal activo para Konoha. La sutileza no era su fuerte y la paciencia no era el mío así que, por lo general, eso conllevaba una discusión por mi falta de confrontación ante los problemas.

Shikamaru era mi mejor amigo, el hermano que siempre estaba ahí para protegerme. No me gustaba pelear con él. Pero que sacara a colación el tema de mi regreso a las misiones era la única cosa que me ponía del peor humor posible.

Cuando llegó mi hora del almuerzo, decidí salir del hospital y caminar, necesitaba despejar mi mente. Haruhi se sorprendió cuando le dije que saldría ya que lo usual era que almorzara en la cafetería o que me quedara trabajando, sin embargo, pareció no darle demasiada importancia al asunto.

Era un día bastante bonito, el cielo no tenía ni una sola nube y el sol brillaba con toda su intensidad de mediodía sobre los tejados multicolores de la aldea.

Mis pasos comenzaron a formarse sin ninguna dirección específica mientras yo volvía a sumergirme en mis pensamientos así que no supe donde estaba hasta que escuché las risas casi infantiles a mi alrededor: había llegado a la academia ninja.

La nostalgia me invadió lentamente al ver los rostros de todos esos preadolescentes, tan llenos de esperanzas y energía, tal y como lo había sido yo a su edad. Esos sin duda habían sido los mejores años de mi vida. Recuerdo las ganas que había tenido de terminar mi entrenamiento y comenzar con mi vida como kunoichi, cuando había soñado con ser una heroína, con la grandeza y la felicidad… ¿después?

Después todo se había hecho un caos.

Me había convertido en una heroína, al igual que muchos con los que había crecido, pero eso no me había llenado de dicha. Es difícil pensar en la felicidad cuando todo termina, miras atrás, y te das cuenta de todas las cosas valiosas que has perdido en el camino y que nunca recuperarás.

—¡Ino! —escuché que gritaban a la distancia. Giré mi cuerpo y vi la distintiva melena de Sakura acercarse a toda prisa hacia mí—. ¿Qué estás haciendo por aquí?

—Es mi hora de descanso, salí a estirar las piernas un poco.

Ella sonrió y me preguntó cómo estaba. Yo hice lo mismo y de ahí pasamos a conversar sobre banalidades mientras permanecíamos sentadas en un banco cercano, observando a los futuros shinobis. También traía su almuerzo consigo así que comenzamos a comer juntas.

Mi amistad con Sakura era, quizá, una de las cosas más extrañas. Habíamos sido amigas de niñas y nos habíamos distanciado por culpa de nuestros sentimientos hacia Sasuke, lo que nos había llevado a una rivalidad que había alcanzado su final sin que ninguna de las dos se diera por vencida realmente.

Para ella, el asunto había quedado en el pasado. En cuanto a mí, no podía negar que seguía peleando para superar su sombra.

—¿Supiste que Naruto estuvo en el hospital? —me preguntó de repente provocándome un sobresalto que no pareció notar.

—¿Ah, sí?

—Sí, me lo dijo Iyashi-san ayer cuando estábamos con Tsunade-sama.

Desenvolví con cuidado el emparedado de pavo y pan integral que había traído conmigo y tragué saliva. Las manos me temblaban y no podía entender porqué. Bueno, sabía porqué, y lo supe porque las imágenes de lo que había ocurrido en el armario volvieron frescas a mi memoria. Me sentía como una delincuente estando a punto de ser descubierta.

—Ah, pues… no —respondí intentando no delatarme—. He estado muy ocupada últimamente.

Sakura miró al frente y suspiró.

—Supongo que no fue nada importante. Está de misión en estos momentos con Shikamaru.

—Shika me comentó algo la última vez que lo vi —dije, mientras el remordimiento continuaba carcomiéndome por dentro. No sólo por Naruto sino porque recordé mi pelea con Shikamaru. Mi vida era un desastre total—, ¿sabes cuánto tiempo estarán fuera?

—Tal vez dos semanas, a lo mucho tres. Estarán en Suna para los preparativos de los exámenes.

Me limité a asentir con la cabeza.

Ambas continuamos comiendo nuestros respectivos almuerzos mientras Sakura me ponía al tanto de la última misión que había realizado, del último hombre al que había conocido y de su decisión de aceptar tener un grupo de genins para ese año. Yo aporté a la conversación probando qué tal se sentía decir Sakura-sensei en diferentes tonos y ambas reímos como hacía mucho tiempo que no lo hacíamos. En realidad, esa había sido mi manera de darle apoyo en su nueva travesía y, al mismo tiempo, expresar lo orgullosa que me sentía de ella. Era mi mejor amiga después de todo.

Cuando terminó de contarme sus vivencias, el silencio se instaló entre nosotras. Estaba acostumbrada a que eso sucediera y no me incomodaba porque, la realidad era que yo no tenía mucho que decir, al menos no algo que valiera la pena ser dicho.

—¿Ya me vas a decir quién es?

Detuve mi emparedado de pavo a la mitad del camino hacia mi boca y me volví para mirarla. Ella ya estaba a punto de terminarse su almuerzo y mantenía la mirada fija en la nada frente a nosotras.

—¿Perdón?

Había algo de diversión en su mirada cuando se giró hacia mí.

—Ino, si vieras la cara que tienes en estos momentos comprenderías que eres demasiado obvia. Algo nuevo está pasando así que quiero saber quién es —respondió con tono sabelotodo sin dejar de sonreír—. Anda, dime, ¿lo conozco?

—Es probable. —Sus palabras me habían tomado por sorpresa y, como la expresión de mi rostro al parecer me había delatado, no tenía caso negarlo.

Se deslizó sobre el banco para acercase un poco más a mí. Parecía realmente entusiasmada con el tema.

—Dame un nombre.

—¿Para qué?

—¿Es bueno en la cama?

—¡Sakura! —exclamé, sintiendo el calor subir por mis mejillas. Casi me río de mi misma y de mi reacción tan puritana.

—¿Qué? —me preguntó con falsa inocencia—. Es una pregunta legítima. Te recuerdo que tú me haces un interrogatorio peor cuando se trata de mí así que este es mi momento de la venganza.

Tenía razón. Los vínculos de la amistad femenina requieren de cierta reciprocidad y yo no había dejado de atosigarla con un eterno y bochornoso interrogatorio en cuanto tenía la oportunidad, no porque fuera una chismosa que quisiera conocer hasta el último detalle sino porque era realmente divertido verla en apuros para responderme. Además, lo cierto era que quería hablar de Naruto con alguien… aunque ese alguien no supiera que hablaba de Naruto.

Me eché a reír sin poder evitarlo y le dije:

—Conocí a alguien y nos acostamos un par de veces, no hay por qué armar un escándalo.

—Vas a verlo de nuevo, ¿verdad?

A esas alturas yo ya sabía que era imposible resistirme a Sakura, así que me sinceré con ella porque resultaba tranquilizador hablar de lo que me estaba pasando, no importaba que ella me estuviera obligando a hacerlo.

—Es probable. —admití.

Frunció el ceño mientras me miraba durante algunos segundos. No entendía qué era lo que pasaba con las personas a mi alrededor, pero me resultaba un poco perturbador que se me quedaran viendo con tal intensidad a la menor provocación. Lo había hecho Naruto, lo hacía Haruhi y, más recientemente, también lo había hecho Shikamaru. No tenía idea de qué esperaban encontrar en mi rostro.

—No pareces muy entusiasmada —dijo finalmente—. ¿Tiene algún defecto que no pueda ser negado? ¿come con la boca abierta? ¿le huelen mal los pies? ¿tiene cola? —Volví a reír, esta vez con más fuerza antes de negar con la cabeza—. ¿Entonces qué pasa? No hay nada de malo con salir con alguien y pasarlo bien.

Mi risa se desvaneció y me encogí de hombros. Tenía mis razones para no querer disfrutar mi tiempo con Naruto de esa manera, para evitar tener relaciones. Eran unas razones bastante patéticas, pero existían. Y me importaban más de lo que deberían.

—Lo sé, es sólo que… no es lo que suelo hacer —confesé, jugando con la esquina de la servilleta de papel que envolvía mi almuerzo.

—Bueno, pues opciones no te han faltado —me respondió con sinceridad, haciendo que me tensara. Sabía que Sakura no tenía ni idea de lo que yo hablaba ni del sentido en el que tomé lo que me decía, pero eso no evitó que me sintiera incómoda con sus palabras.

Envolví lo que restaba de mi almuerzo y me puse de pie.

—Debo regresar al hospital —dije antes de acercarme al bote de basura y depositar todo lo que había traído conmigo. Me despedí de ella y comencé a alejarme. Parecía sorprendida por mi repentino cambio de actitud, pero no dijo nada al respecto.

—Ino —la escuché llamarme y me detuve para mirarla—. Me alegra que estés saliendo con alguien, y lo digo en serio.

No supe qué responder. Le sonreí con timidez y después volví la vista hacia el camino de vuelta al hospital.

Durante los días siguientes, no pude dejar de pensar en lo que Naruto me había prometido con su "tendremos lo que tú quieras" y lo que significaba en realidad: nada de ataduras. La idea me resultaba atrayente en más de un sentido, pero sabía que era ridícula. La gente no podía tener sexo sin más, era imposible. Uno de los dos siempre acaba siendo víctima de las emociones, y eso se traduce en alguien que termina herido.

Se supone que no hay que separar el sexo del amor. Mi madre solía decirme que ambas cosas se nutren mutuamente, y aun así yo lo había hecho. Me había convencido a mí misma de que, aunque ambas situaciones provocaban euforia, la del sexo era la más honesta y la que menos daño podría causar al final. Con el sexo no había riesgos de tener un corazón roto.

Sin embargo, comencé a pensar que algo era indiscutible: cuantas más veces se acostaban dos personas juntas, aumentaban las posibilidades de que una de ellas acabara enamorándose de la otra. Eso me hizo preguntarme cuántas harían falta en mi caso para que apareciera el primer chispazo de emoción en alguno de los dos.

Si aparecía dentro de mí… ¿sería capaz de apagarlo?

Me había convencido a mí misma de que nunca me había sentido realmente enamorada, al menos no en la manera de la que había escuchado hablar a muchas personas. Había tenido un par de 'novios', pero las cosas habían acabado realmente fatal y pensar en ello siempre me recordaba que yo parecía estar predestinada para el desastre. Cada persona que se interesaba en mí, que realmente se preocupaba, terminaba mal. Y el solo pensamiento era suficiente para darme escalofríos.

Así que esa noche, cuando llegué a casa, estaba decidida a no volver a verlo. Me dije a mí misma que no tenía ningún caso que lo hiciera, él no era como los otros hombres con los que había estado y eso sólo iba conducirme tarde o temprano a la frustración. No valía la satisfacción corporal que me proporcionaba si el precio a pagar era lastimarlo.

Decidí que lo ignoraría la próxima vez que lo viera. No iba a hablar con él. Por supuesto que…

—Estamos en el salón, Ino —escuché la voz de mi madre tan pronto como abrí la puerta.

Cerré los ojos apretando los párpados, y me maldije por no recordar un "pequeñísimo" detalle. Con toda la lentitud de la que fui capaz me quité las sandalias y avancé hasta la habitación contigua.

Todas mis ideas se esfumaron cuando vi a la mujer que bebía té con mi madre. Vestida a la manera tradicional con un kimono bordado de flores en distintas tonalidades rosas, a pesar de ser bajita, tenía un aura demasiado imponente. Reconocí la tonalidad de mis ojos en los suyos, su cabello ya había perdido el color dorado y se había rendido al blanco, añadiéndole a su apariencia ese toque de sabiduría que sólo las canas pueden dar.

—Hola, abuela —saludé queda, acercándome para tomar asiento en el extremo opuesto de la pequeña mesa.

—¿Dónde te has metido todo el día, jovencita? —parecía realmente ofendida porque yo había salido como alma que llevaba el diablo tan pronto como mi madre dijo que llegaría de visita aquella mañana.

Claro que, mi padre resultó más listo que yo y se fue de misión al saberlo.

—Estaba trabajando.

Mi madre me extendió una taza de té y yo la tomé con ambas manos, dejando que el calor de la bebida se colara por mi piel

—¿Hasta tan tarde? —preguntó con tono despectivo.

—Sí, abuela, hasta tan tarde. —El reloj marcaba las diez y media. Lo que significaba que era demasiado tarde para tomar té, pero supuse que ella se había empecinado en esperarme.

Como sabía que no iba a prestarme la más mínima atención, no me molesté en explicarle que habían llegado dos casos de emergencia y que había tenido que atenderlos yo. Miré a mi mamá y pude ver que, incluso ella, tuvo que darle un punto de razón porque últimamente parecía que vivía en el hospital.

Odiar a tu madre es un cliché realmente sobreexplotado por todo el mundo, cómicos, novelistas, empresas de tarjetas, psiquiatras… al igual que lo es la dulce abuelita que te llena de dulces, besos y abrazos cuando tus padres te regañan. La mía no era así y no lo había sido desde que podía recordar.

Mi madre y ella habían sido originarias de Konoha, incluso mi madre había recibido la preparación para convertirse en una kunoichi, sin embargo, luego de que un día mi abuelo hubiera sido casi asesinado por un desertor de la Aldea Oculta entre la Hierba durante uno de sus viajes como comerciante, habían decidido mudarse a una pequeña villa productora de sake al sur de Konoha.

Mis padres se habían conocido cuando él había ido en una misión con su equipo a los quince años y había tenido que quedarse a descansar en la villa debido al mal tiempo. No se habían separado desde entonces.

A mi abuela, que era una mujer extremadamente tradicionalista y demasiado rencorosa, no le gustaban los shinobis ni mucho menos había apoyado la decisión de mi madre de convertirse en uno de ellos. Así que no le había caído para nada en gracia cuando su hija se casó con uno de esos a los que veía como, y cito: "salvajes máquinas entrenadas para matar".

Ni mencionar lo que sucedió al enterarse que su único nieto, una chica por supuesto, decidió seguir el camino de su padre en lugar de tener una vida sencilla, llena de rectitud y de lo que "una mujer debía ser".

Ella vivía en su villa y nosotros en la nuestra. Separados por kilómetros y kilómetros que eran brevemente acortados por medio de cartas cada pocos meses. Sin embargo, en la última le había escrito a mi mamá diciéndole lo enferma que se sentía y que era muy probable que muy pronto terminara muerta sola en su casa.

Lucía quejosa, avejentada. Pero tuve que recordarme que sólo tenía setenta y pico años, y que no era ninguna inválida.

Yo no odiaba a mi abuela. Lo había intentado, sí, pero no había conseguido hacerlo a pesar de que las pocas veces que pasaba tiempo con ella sólo se dedicaba a hacer de mi vida un infierno. Pero no la odiaba. De ser así, probablemente dejaría de importarme todo lo que me decía, podría cortar de raíz el lazo que nos une y por fin liberarme de sus críticas incesantes hacia cada cosa que hacía.

Por desgracia no había podido.

—No entiendo por qué lo haces. El dinero de tu padre debería ser suficiente para que no tuvieras que hacerlo —continuó con su sermón, valiéndole realmente poco que el hombre del que estuviera hablando con tanto despecho se tratara de mi padre y el esposo de su hija—. Tendrías que concentrarte en encontrar un buen marido.

Contuve las ganas de soltar un suspiro porque aquel comentario indicaba que el sermón de los últimos años estaba a punto de comenzar.

—No estoy interesada en el matrimonio en estos momentos.

Me miró altiva, escudriñándome con sus gélidos ojos azules de arriba a abajo. Una mueca de disgusto se dibujó en su rostro y no la pudo ocultar aunque lo hubiese querido.

—Ya veo. No sé cómo vas a conseguirlo cuando te interese. —Hizo una pausa intencionada para beber un poco más de su té—. A los hombres no les gustan las mujeres que tontean por ahí, las que no se cuidan… ni las que son más listas que ellos.

Aquello terminó con la poca paciencia que tenía aquel día. Dejé la taza con un golpe sobre la mesa y la miré con molestia.

—Es suficiente, abuela. Me voy a dormir, mañana tengo que levantarme temprano —dije con sequedad, levantándome del piso.

Me incliné para darle un beso a mi madre en la mejilla y salí de la habitación. Pude captar un vistazo rápido de la expresión que se dibujó en su rostro al escuchar a su nieta hablándole de aquella manera. Honestamente me dio igual.

O eso quise creer… pero su veneno ya había provocado en mí el efecto que había esperado al escupirlo. Había dado en los dos puntos que más me dolían y estaba segura de que ella lo sabía.

Llegué al baño y abrí el grifo, dejando que el agua me cayera sobre las manos antes de mojarme la cara, esperando que el frescor pudiera aliviar el zumbido que golpeaba mis oídos. Respiré profundo una, dos, tres veces más, y alcancé la toalla que había cerca para secarme.

Lentamente alcé la mirada y vi el reflejo de una mujer que la mayor parte del mundo no conocía, una mujer que sólo aparecía cuando me encontraba sola. Dejé la toalla junto al lavamanos sin dejar de mirarla. Sentí pena por ella porque parecía que estaba a punto de echarse a llorar. También la envidié, porque al menos ella podía hacerlo.

Hacía mucho tiempo que yo había perdido esa capacidad.

Medité seriamente la posibilidad de intentar abrir la puerta, pero resolví que lo mejor era llamar antes de entrar. Respiré profundo, mis nudillos dieron tres pequeños golpes en la madera y esperé.

Naruto abrió la puerta con expresión somnolienta, pero sus ojos se abrieron como platos al verme. Supongo que su reacción se debió a la yukata que llevaba puesta y al maquillaje un poco sobrecargado que lucía en ese momento.

—Hola —me dijo con una sonrisa mientras cerraba la puerta detrás de mí—. Qué sorpresa.

—¿Buena o mala? —Mantuve mis manos entrelazadas en mi espalda y me giré para mirarlo. Tenía el cabello muy alborotado y los pantalones demasiado bajos, lo que me permitía ver el inicio de los huesos de su cadera.

Él pasó junto a mí y se acercó a la mesa en el centro de su pequeño departamento para quitar la ropa que colgaba de sus sillas. Eso me hizo sonreír. Al parecer, seguía siendo un desastre.

—Quiero mostrarte algo.

—¿No podía esperar hasta mañana? —me preguntó sin dejar de hacer una limpieza rápida.

—Decídelo tú. —Se volvió para verme y entonces se quedó con la boca abierta, literalmente.

Ver que un hombre se excita con sólo verte produce gran satisfacción. Los pantalones de su pijama de franela se alzaron como una tienda de campaña cuando abrí la yukata y dejé al descubierto lo poco que llevaba encima. Unas medias negras que me llegaban a la altura del muslo, y que iba a juego con el sostén y las bragas.

Eran prendas de encaje negro, regalo de cumpleaños por parte de Tenten, y el corte me favorecía. El sostén me juntaba los pechos y creaba un buen escote, las bragas me quedaban por debajo de las caderas y tenían un corte alto por detrás que revelaba la curva de mi trasero, el color negro parecía más oscuro en contraste con mi piel pálida.

Su mirada me recorrió lentamente. Ascendió de pies a muslos, a caderas, a pechos, a cuello, a boca, hasta llegar por fin a mis ojos. Me observó en silencio, con una expresión tan imperturbable que contuve el aliento mientras sentía que me sonrojaba. Mi osadía era puro teatro que tenía más que ver con quien los demás veían que con quién yo me sentía en realidad, pero funcionaba.

Con esas prendas no veía lo que mi abuela criticaba siempre. No prestaba atención a la suave curva de mi abdomen, a la prominencia de mis caderas o a la forma y el volumen de mis pechos. Con esas prendas lucía mi cuerpo igual que la ropa, como algo meramente práctico que se usaba con un propósito.

—Tienes razón, puede esperar. —Hice el amago de cerrar la yukata y entonces lo vi sonreír abiertamente mientras se dejaba caer sobre la cama.

—Ven aquí —me dijo con la voz enronquecida debido a lo excitado que estaba, y me sentí envalentonada. Por un momento había creído que me fallaría y que me invitaría algo de comer o a jugar shōgi. Sobre todo porque había oído que apenas había regresado de su misión con Shikamaru aquel día.

Avancé con pasos firmes, balanceando mi cadera de manera elegante mientras intentaba mantener la compostura aunque tenía las manos temblorosas y las piernas comenzaban a flaquearme. Al llegar a él, me incliné un poco para encontrar su mirada y apoyé las manos en sus hombros.

Extrañamente sentí que estaba pisando terreno desconocido, pero ya había llegado demasiado lejos como para echarme para atrás.

—¿Quieres que me lo quite o prefieres hacerlo tú?

Siempre había sido catalogada por quienes sólo se guiaban por lo que alcanzaban a ver. Era demasiado bonita para ser una gran kunoichi. Era demasiado lista y segura de mí misma para ser sólo una buena esposa. Al parecer, nadie podía creer que yo pudiera ser ambas cosas. Así que, ya que nunca iba a superar esos dos estigmas que me habían perseguido a lo largo de mi vida, decidí buscar otra cosa en las que realmente pudiera destacar.

Y la había encontrado de la forma menos esperada.

En cuanto a lo sexual había sido perfecta: dispuesta a complacer sin esperar nada a cambio. Me había esforzado por aprender y por lograr que los hombres con los que estaba quedaran realmente satisfechos, me había vuelto la mejor en eso.

Había separado el amor del sexo porque me había dado cuenta de que no podía con ambos. El amor requería demasiadas cosas a las que yo no estaba dispuesta, cosas como confiar, ser abierta, arriesgarme a interesarme en una persona lo suficiente como para entregarle mi corazón esperando que no lo rompiera en mil pedazos. Esperando que yo no terminara destruyéndonos de manera irremediable. Lo había intentado y había fracasado miserablemente, así que prefería no hacerlo ya.

En cambio, el sexo era un asunto completamente distinto. El sexo me ayudaba a concentrarme en otra cosa que no fuera precisamente eso: el fracaso que me sentía. Era buena en ello, incluso me habían dicho que era excelente, así que eso estaba bien para mí. Prefería entregar mi cuerpo y mis habilidades por un rato a tener que sufrir el dolor que me había causado darme cuenta que no podía ser algo mejor que eso.

Demasiado bonita para ser una kunoichi. Demasiado inteligente para ser una simple esposa. Perfecta para ser una chupapollas. Ésa era mi realidad, así que había dejado de pelear contra ella y la había aceptado.

Sonreí al ver que no era la única que se había ruborizado. Naruto tenía las mejillas enrojecidas y se humedeció los labios sin apartar la mirada de mí.

Lentamente se inclinó para recorrer mi cuello con los labios y su mano se deslizó por debajo de mis bragas para acariciarme. Solté un jadeo al sentir sus dedos, pero no me aparté. Al notar lo húmeda que estaba por él, sacó los dedos y deslizó mis bragas a través de mis muslos con toda calma, dejándolas caer a mis pies. Su mirada era tan intensa que tuve que desviar la mía.

Puso sus manos a ambos lados de mi cadera y me guió para sentarme a horcajadas sobre él. De inmediato sus labios reclamaron los míos en un beso fuerte, casi brusco, que me hizo jadear. Sus manos seguían clavadas en mis muslos cuando descendió y abrió el broche frontal del sostén con los dientes, haciendo que mis pechos quedaran libres con un ligero rebote.

Me levanté un poco para ayudarle a bajarse los pantalones y descubrí que no llevaba ropa interior. Lo miré con la ceja alzada y él me sonrió con su irresistible desfachatez antes de besarme de nuevo.

Disfrutaba de la sensación que me invadía al estar piel con piel. Donde él era duro, yo era blanda; donde él era áspero, yo era tersa; donde él era recto, yo tenía curvas. Parecíamos el par de piezas de un rompecabezas que estaban destinadas a encajar.

Cuando tomó mi pezón entre su boca me arqueé hacia él. Puse una mano sobre su cabeza y deslicé los dedos entre su cabello, que era lo bastante largo como para agarrarme a él, sintiéndolo como una suave caricia. Tiré con demasiada fuerza sin querer y al sentir que él gemía contra mi pecho, lo solté un poco pero no aparté la mano. Él cubrió el otro pezón con la boca, y lo sometió al mismo tratamiento.

Gimiendo, floté en aquel mar de placer, me rendí ante él, acepté sin vacilar el olvido que me proporcionaba la excitación.

—Tienes la voz más sexy que he escuchado —me dijo, haciendo que yo abriera los ojos de golpe.

Bajé la mirada para encontrar la suya y negué con la cabeza. Mi cabello se esparció con mi movimiento y cayó sobre mis hombros.

Él me miró de nuevo con esa mezcla de vacilación y aceptación que había usado desde que esto había comenzado. Finalmente, puso una mano en mi nuca y me inclinó para que lo besara.

Deslicé la mano entre nuestros cuerpos para rodear su erección y alcé las caderas para empujarlo lentamente dentro de mí hasta llegar lo más profundo que podía. Ambos gemimos de placer. Yo tenía una mano apoyada sobre su bíceps y noté cómo se estremecía. Apoyé la frente contra la suya y cerré los ojos por un instante antes de volver a abrirlos para comenzar a moverme.

Mientras escapaba por el balcón de mi habitación y caminaba en dirección a su apartamento, me había dicho a mí misma que lo único que quería era que él me follara, simple y llanamente, igual que lo había hecho en el armario, pero esa palabra puede significar muchas cosas.

Con algo de vacilación empecé a moverme hasta que encontré un ritmo que me satisfacía, y que me llevó al borde del éxtasis. No solamente subiendo y bajando sobre su erección sino ondeando las caderas de tal manera que podía sentir golpeando las paredes de mi interior.

Él me ayudó moviéndose acompasadamente conmigo, suavizando sus envites cuando yo cambiaba de ángulo. Movió las caderas al ritmo que le marqué, incluso cuando su respiración se volvió entrecortada.

Le rodeé el cuello con los brazos y él empezó a besar el mío. Ladeé la cabeza para darle mayor espacio y él aceptó el ofrecimiento, acariciando mi piel sensible con los labios, la lengua y los dientes.

Entonces deslizó las manos hasta mi trasero y me alzó un poco para cambiar de ángulo, lo que fue el detonante para que el orgasmo me golpeara con fuerza. Él aumentó el ritmo y obtuvo su propia liberación poco después que yo.

Nos quedamos en esa posición, en silencio, esperando que el ritmo de nuestras respiraciones encontrara su cadencia normal y finalmente me levanté para comenzar a vestirme.

Había cumplido mi misión. Había conseguido dejar de pensar en la conversación que había mantenido con mi abuela, al menos durante un rato, así que iba a resultarme más fácil apartarla de mi mente. No iba a poder olvidarla, eso sería imposible, pero podía relegarla a un rincón apartado y fácil de ignorar. Justo donde debía estar.

Alcancé mis bragas y me las puse con eficiencia, después me incliné para tomar mi sostén e hice lo propio.

—Eres la primera mujer con la que estoy que siempre se comporta como si quisiera largarse de inmediato —lo escuché decir tras de mí cuando me alejé para buscar la yukata.

—¿En serio? Pues he conocido a muchos hombres que lo hacen todo el tiempo.

—¿Has venido sólo por el sexo?

—Sí —dije volviéndome hacia él.

—¿Y si no es lo único que yo quiero? —Me congelé al escucharlo.

—¿Sabes? A la mayoría de los hombres les encantaría que una mujer medio desnuda apareciera a mitad de la noche, tuvieran una follada espectacular, y se largara sin esperar nada más.

—No soy como la mayoría.

—¿No te ha gustado? —Me aclaré la garganta un poco para disimular la inseguridad que se había reflejado en mi voz y aparté la mirada. Estaba roja como un tomate y me sentía como una tonta sin el escudo que me había proporcionado mi papel de seductora. Sobre todo porque había algo en sus palabras que me decía que había más de un sentido en ellas.

Él se me acercó lentamente y me atrajo hacia su pecho.

—Me ha encantado, pero no quiero que te vayas todavía —me susurró al oído.

Me estremecí al sentir la caricia de su aliento y me mordí el labio cuando su boca me rozó el cuello. Sin embargo, esta vez me resistí. Puse las manos en su pecho y lo alejé para recoger la última prenda mía que había en el suelo.

—No tengo otro motivo para quedarme —le dije con frialdad.

Parecía sorprendido por mi respuesta, así que aproveché para levantar la yukata. Quería convencerme a mí misma que eso era lo que en el fondo buscaba, que se desencantara de mí para que me dejara ir.

—¿Por qué no te gustan las relaciones?

—Porque complican las cosas —dije metiendo un brazo en la manga.

Después de abrochármela pasé las manos por la tela para alisarla.

—¿En qué sentido?

Cerré los ojos y respiré profundo. No quería esta conversación, pero estaba casi segura de que él no me dejaría ir hasta que la tuviéramos, por lo que decidí responderle tan rápido como me fuera posible.

—Tener una relación implica que las dos personas intentan crear cierto nivel de conexión emocional.

—¿Y qué hay de malo con eso? —me preguntó mientras se cruzaba de brazos.

—Que no tengo tiempo para eso.

—Querrás decir que no quieres tener tiempo, ¿verdad?

—Es cuestión de semántica. Quieres lo que no tienes; no quieres lo que tienes; tienes lo que no quieres; no tienes lo que quieres. Al final todo significa insatisfacción en alguna de las partes. —No era mi intención parlotear, pero las palabras se escurrían entre mis dientes sin que pudiera evitarlo.

Sus ojos se quedaron fijos en mí durante un buen rato.

Teniéndolo a él mirándome de esa manera, me dio la sensación de que me estaba convirtiendo en algo más que un par de pechos, unas piernas y un trasero. Era como si él no viera las piezas por separado sino todo como un conjunto, incluso lo que yo quería ocultar.

Naruto me conocía como no lo había hecho ningún otro con quien había estado. Había crecido con él, habíamos compartido misiones, amigos, partes importantes de nuestros caminos. Mi desnudez ante él se debía a las cosas que sabía que conocía de mí y eso me hizo sentir incómoda. Totalmente expuesta.

Me quité la liga que había traído en la muñeca a manera de pulsera y la utilicé para recogerme el cabello en una coleta, y caminé hacia la salida.

—Espera, Ino. —Lo ignoré, pero él avanzó con rapidez para alcanzarme cuando yo abría la puerta. Puso la mano contra la madera y dejó caer todo su peso contra ella, cerrándola—. Lo dices en serio, vas a marcharte.

Me limité a asentir.

—¿Es que no te he dado suficiente placer?

Lo miré sorprendida. No había esperado que atribuyera mi repentina salida a algo referente a él y no como un problema mío.

—No es eso —respondí vacilante—. Has estado muy bien. —Mi cumplido no pareció hacerle ninguna gracia.

—Pero no lo suficiente como para ganarme que te quedes, ¿verdad?

Volví a centrar mi mirada en la madera de la puerta porque me di cuenta de que no podía decirle lo que quería si lo miraba a los ojos. Las cosas no estaban saliendo como yo había esperado cuando planeé ir a su apartamento. Lo único que había buscado era quitarme la amarga sensación de las palabras de mi abuela, distraerme, y no tener una conversación sobre un tema del cual no estaba muy segura en realidad.

—Esto no va a funcionar… —dije en un suspiro derrotado luego de algunos segundos—. Nunca funciona, las personas terminan encariñándose y…

—Mírame, Ino —me pidió, interrumpiéndome.

No quería hacerlo, pero terminé cediendo y concentré mis ojos en los suyos. La seriedad en su expresión se había desvanecido un poco ahora que una pequeña sonrisa intentaba plasmarse en sus labios.

Acunó mi mejilla en la palma de su mano y tuve que resistir el impulso de frotarme contra ella.

—No te preocupes, no me encariñaré demasiado contigo. Te lo prometo —me dijo antes de volver a apretarme contra su cuerpo para reclamar mis labios.

¿Cómo puedo explicar con exactitud cómo me sentía con él? Incluso ahora, pensando en ello, recuerdo cada detalle de aquel momento… el calor de sus manos sobre mi piel, sus labios en los míos y la sensación de la barba incipiente en sus mejillas acariciando las palmas de mis manos.

—Necesitaré algo más cómodo para dormir —susurré cuando él me dio espacio para tomar aire.

La sonrisa apareció en todo su esplendor en sus labios al escucharme y sus facciones adquirieron un aire casi infantil. Fue hasta su armario y sacó una camiseta de manga corta que me dio. Desabroché el nudo de mi yukata y la dejé caer al piso para reemplazarla con la prenda que él me había dado.

La euforia y, últimamente, mi resolución no solían durar. Y esta vez se desvanecieron cuando lo vi tendido en la cama. No dejaba de pensar en que todo esto era un error, uno que probablemente terminaría pagando muy caro. Recordé que apenas hacía unas horas había decidido no volver a verlo y que esto significaba que había fallado tontamente otra vez.

No había nada que pudiera hacer al respecto, así que me acosté a su lado. El sexo me había dejado adormilada, cada fibra de mi ser pedía a gritos descansar por fin. Coloque la mano sobre la suya, que estaba posada sobre mi vientre, y me dediqué a esperar.

Escuché el sonido de su respiración hasta que parpadeé y me di cuenta de que la habitación estaba a oscuras. Naruto estaba roncando suavemente a mi lado y seguía tocándome con una mano como para asegurarse de que no me iba. Lo escuché durante un rato más. El roce de sus dedos era un anclaje que me gustaba más de lo que esperaba.

Al final me quité las sábanas y su mano de encima, y me levanté de la cama. Me saqué la camiseta por la cabeza, la doblé con cuidado y la dejé sobre la silla cercana antes de recoger mi yukata y ponérmela de nuevo. Caminé hacia la salida y abrí la puerta, descubriendo por la escasa luz del exterior que el amanecer estaba por llegar a la aldea.

Ni siquiera en aquel entonces carecía del todo de corazón. Me esforzaba al máximo por ocultarlo, pero estaba allí.

Así que no pude evitar volverme para mirar a Naruto una última vez antes de marcharme.

«Continuará…»


¡Hola, mundo!

Aquí estuvo la tercera entrega de esta historia, mis disculpas por la demora pero he querido avanzar lo más posible esto antes de publicar y, ahora que ya tengo escrito hasta el capítulo 5, pude lograrlo.

Oh, ¡lo olvidaba! Hoy comencé a publicar nueva historia, ésa es un ItaIno y tiene por título "Fractured moonlight", así que si lo suyo son las parejas poco comunes, pues ojalá se pasen por allá y me digan su opinión.

Muchísimas gracias por sus reviews, espero que la historia siga siendo de su agrado y me lo hagan saber ^^

¡Nos leemos en el siguiente!